Presentimientos

Clara Sánchez · Capítulo 36 de 44

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Presentimientos

Félix

La llegada de un grupo de chicos y chicas la decidió a volver al coche. Se vistió detrás del capó levantado y sacó del bolsillo del pantalón el anillo y se lo puso antes de que lo olvidara, se cayera al suelo, quedase enterrado entre la arena y las piedras y perdiera así toda la magia que tenía. Se lo llevó a la boca como hacía Tito con los juguetes para reconocer las formas y de qué estaban hechos. Se podía decir que Tito reconocía el mundo con la boca. Tenía los ojos cerrados y estaba sentada en el asiento del conductor y cuando retiró la mano del anillo de la boca y la puso en el volante sorprendentemente sintió un beso en los labios. Abrió los ojos de golpe, casi asustada. Había sido un beso de Marcus.

Por supuesto Marcus no estaba aquí, ni siquiera en el mundo de los vivos, y no había nadie más con ella y sin embargo el beso había sido real, completamente real. Reconocía a la perfección los labios de Marcus, delgados, sonrosados igual que las encías. Era la boca que más le había gustado en toda su vida, pero ahora Marcus estaba muerto, y este beso le daba miedo. Aunque tal vez había sido una forma de decirle, desde la otra vida, que la perdonaba por haberle matado. Dondequiera que estuviese, Marcus había reconocido su parte de culpa.

En ese sitio invisible, que estaría en todas partes y en ninguna, se comprenderían los sentimientos y los actos que en este mundo de las cosas y los seres tangibles no se comprenden del todo. En ese lugar no sería necesaria ninguna explicación, no habría malentendidos, no se podría mentir porque cualquier acto o pensamiento se desplegaría ante la vista como si se desenrollara una cuerda y no podría ser nada más que lo que era.

 

Félix

La voz de Marcus era áspera, muy apropiada para cantar baladas románticas o susurrar al oído. Hablaba español bastante bien.

—Siento molestarle, no me conoce, pero necesito hablar con usted.

Ésta fue la carta de presentación de Félix. Marcus reaccionó poniéndose en guardia y dejando entrever que tenía muchas cosas que temer.

—¿Cómo sabe mi número?

—Soy el marido de Julia. Por favor, no cuelgue. No llamo por lo que usted cree. Julia ha sufrido un accidente.

Se hizo un profundo silencio lleno de desconfianza.

—No conozco a ninguna Julia.

—Sí la conoce. Es una empleada de la cafetería del hotel Plaza. Tiene su número de teléfono anotado por todas partes y sé de buena fuente que usted y ella eran amantes. Por favor, no cuelgue. Ahora eso no importa, lo que importa es que ella siente un interés especial por usted y le haría mucho bien que le hablase, que le creara la ilusión de que si despierta y vuelve a la vida van a estar juntos.

—Pero ¿de qué habla? Es una trampa, ¿verdad?

Félix no se podía creer lo que estaba oyendo. Una trampa. Vaya tío acojonado, cobarde y miserable.

—Parece un hecho que mi mujer está enamorada de usted. Puede no gustarme la idea, pero no puedo hacer nada, ya es mayorcita para enamorarse de quien quiera. No se trata de eso, ¿comprende? Está sumida en algo así como un coma, del que estamos tratando que salga por medio de estímulos externos y por eso le necesitamos.

—No me lo creo —dijo.

Era evidente que no le importaba lo más mínimo la situación de Julia. Ni siquiera había preguntado qué le había pasado.

—Tal vez debería ir a Madrid para convencerle, pero no puedo dejarla sola. Estamos su madre y yo cuidándola y además tenemos un niño pequeño.

—¿Cómo se llama el niño?

—Tito. Por supuesto, si decide venir tiene todos los gastos pagados. Sólo quiero que venga, que coja la mano de mi mujer, que le diga que la quiere, que la echa de menos y que la está esperando para vivir juntos el resto de sus vidas, que le diga lo que crea que a ella le gustaría oír.

Marcus hizo un ruido de desagrado. Estaba claro que para él Julia había sido un simple pasatiempo, que no significaba nada. Y Félix estaba sufriendo la gran desilusión de Julia, su decepción, su enorme frustración antes que ella misma. Puede que incluso el accidente se hubiese producido por una distracción al pensar en él.

—Entiendo que a usted ni se le pasaba por la cabeza rehacer su vida con Julia.

—Pero ¿qué dice? Para nada.

Para nada. ¿Sería capullo? Julia había puesto sus deseos y sus esperanzas en él, y él los despreciaba. Si lo tuviera delante, tendría que partirle la cara.

—Lo que le diga a Julia no le comprometerá. Lo urgente es que salga de este estado. Después nunca le molestaríamos y yo personalmente se lo agradecería. Estoy muy bien relacionado y en disposición de poder ayudarle si necesita regularizar aquí su situación. Le doy mi palabra.

—Una palabra no es nada de nada.

—Bien, si quiere algo más que mi palabra, hablaremos de ello cuando venga.

—Déme su dirección y si me decido me presentaré allí en cualquier momento del día o de la noche y no me haga ninguna encerrona, se lo advierto por su bien.

Félix colgó asqueado. Ahora no estaba seguro de que hubiese sido una buena idea llamarle.