Presentimientos

Clara Sánchez · Capítulo 20 de 44

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Presentimientos

Félix

Hasta la noche en que Julia salió a comprar la leche y no regresó, Félix no tuvo una noción clara de lo que era la sensación de peligro. Por todos los casos que veía en su trabajo, había llegado a la conclusión de que muchas personas se salvaban por el azar, el destino, la suerte o como se quiera llamar a una combinación de circunstancias que nos afectan favorable o desfavorablemente y también que algunas se salvaban porque presienten el peligro y logran anticiparse a los acontecimientos unas décimas de segundo. Y también que a otras les atrae el peligro. Ahora Félix empezaba a tener miedo, lo que no podía permitirse de ningún modo porque si algo debilitaba y le hacía a uno sentirse inseguro y en manos de fuerzas incontrolables era precisamente el miedo.

Desde niño no había vuelto a sentir lo que sintió la tarde del cuarto día. El mundo tenía ahora cuatro días de antigüedad, el tiempo que llevaba Julia en el hospital. Antes había un mundo y ahora había otro aunque a ojos del resto de la gente pareciese el mismo. Como siempre, por la mañana fue a recoger a su suegra al apartamento para llevarla al hospital. Y a eso de las once, de vuelta de nuevo en el apartamento, pudo ducharse, desayunar y dormir un rato. Sobre todo, necesitaba estirarse todo lo largo que era sobre el colchón y cerrar los ojos aunque no durmiese. Mientras, oía los aspersores como quien está viendo una película, porque no pertenecían a su mundo real, nada normal pertenecía a su mundo real. Su mundo real era una isla de la que no se podía salir por muchas vueltas que se dieran. Aunque se intentase y se idearan nuevos caminos, al final todo empezaba y terminaba en Julia y no había escapatoria.

Al mediodía después de darle a Tito el puré que había dejado preparado su suegra, se hizo una tortilla de atún y se la comió frente a la televisión encendida, pero pensando en Julia, pensando con toda intensidad qué más podía hacer para arrancarla de ese estado. Tal vez traerla al apartamento para estar con ella constantemente. Se tumbó y se quedó de nuevo dormitando. Durmió en profundidad una media hora, más que durante el tiempo que había estado en la cama. Lo despertó Tito. Hacía calor en el apartamento. Era el momento en que había que cerrar las persianas y las cortinas porque el sol se metía por todas las rendijas. Le cambió y pensó que donde mejor estarían sería en la orilla de la playa.

Se bañaron. Félix tomó a Tito en brazos y lo sumergió varias veces en un agua tan cristalina y verdosa como si el fondo estuviese formado de esmeraldas. Tito movía las piernas de alegría y gritaba. Estaba viviendo, estaba siendo feliz y no lo sabía. Los rayos del sol los traspasaban y los volvían invisibles. El pelo infantilmente rubio de Tito desaparecía entre los reflejos del agua. Todo era demasiado grandioso para ser cierto. Sacó a su hijo pisando con dificultad sobre guijarros y lo enrolló con la toalla aterciopelada de peces y medusas que Julia le había comprado. Le puso el pequeño sombrero que también le había comprado para la playa. A Félix habían empezado a escocerle los ojos en el agua y no paraban de caerle las lágrimas. La puta sal. Vistió a Tito con un pañal, una camiseta de tirantes y otra de manga corta. Donde ellos estaban el aire empezaba a correr más de la cuenta. Era el momento de la retirada. Cuando llegase al hospital, le diría a Angelita que diese al niño por bañado, que ningún agua puede ser tan sana como la del mar. Sólo le lavaría la cara para que no la tuviese tirante. Además, siempre sufría al imaginar a su suegra sacando a Tito de la bañera con sus flacos brazos. Siempre sufría imaginando que se le escurría al suelo.

Cuando ya lo había acomodado en la silla y le había dado zumo del biberón, se giró hacia el mar y se pasó las manos por la cara. Apretó un poco los párpados con los dedos para aliviar el escozor y al volver a abrirlos, la vio.

—Hola tigrecillo —le dijo a Tito.

Era una chica de unos dieciocho años, tal vez menos. Por su trabajo estaba acostumbrado a calcular la edad con bastante precisión. Incluso en la gente que parece mucho más joven de lo que es hay rasgos a veces imperceptibles para ellos mismos que delatan el paso del tiempo.

—¿Cómo se llama? —le preguntó a Félix.

—Tito, ¿y tú?

—Sandra. ¿Es tu hijo esta monada?

Félix asintió. Qué suerte tenía Sandra, aún no estaba encerrada en una isla. Era una chica alegre y superficial como todos querrían ser siempre, o al menos un poco más de tiempo, y en algunos casos se contentarían con haberlo sido por lo menos una vez.

—Vives ahí —dijo Sandra volviéndose hacia los apartamentos—. Y yo también, soy tu vecina. Te veo entrar y salir con esta preciosidad. También os veo en la piscina. ¿A que sí, Tito, guapo? Pero tú tienes la cabeza en otro sitio, no ves a nadie.

—Ya —dijo Félix sin querer ser descortés, pero deseando cortar la conversación.

Por el moreno de la piel, Sandra llevaría alrededor de un mes correteando por la playa. Tenía unas partes más ennegrecidas que otras porque el sol se le había ido pegando mientras se bañaba o hacía deporte y no tumbada en una hamaca. Los ojos se habían contagiado del color verdoso del mar y resultaban más bonitos de lo que serían en otra parte y el pelo lo llevaba cortado con unos mechones más largos que otros. Unos eran rojos, otros rosas y otros negros. Un pequeño alfiler le atravesaba la ceja y un tornillo plateado el labio. En las muñecas llevaba atadas cintas que dejaban líneas de piel blanca al descubierto. Debía de ser una punki y seguramente para vestirse usaría botas militares y pantalones rotos y mataría el tiempo hablando con los colegas sentada en el sillín de una moto. La naturaleza y el aire libre no parecían su sitio natural.

—Estamos formando un equipo de voleibol. Mañana vamos a jugar un partido, ¿te apuntas?

Puede que Félix al ir en bañador no aparentase la edad que tenía ni lo clásico y del montón que era. Julia se había empeñado en comprarle uno de esos meybas modernos que arrancan bastante debajo del ombligo y que llegan a las rodillas y ahora ocurría esto. Tampoco llevaba las gafas, hasta que no se secase del todo no pensaba ponérselas. Se pasó las manos por el pelo porque con el agua se le habría revuelto, cayeron granos de arena y sal y sintió que con este bañador y este pelo estaba siendo otro, alguien que le podría gustar a aquella chica.

Ella dirigió la vista hacia Tito.

—La señora mayor puede cuidarle —dijo ella.

Quizá se había quedado traspuesto tumbado en la arena y esto era una fantasía provocada por la necesidad de salir de su pequeño y angustioso mundo, y Sandra representaba una vida en que todo era posible. A ella los ojos se le entrecerraban tras la pantalla verdeazulada del aire. De los hombros le salía luz. A su espalda se extendía un desierto de arena con toallas y sombrillas.

—Piénsate lo de mañana —dijo riendo de tal manera que se le formaban dos pequeños hoyos a los lados de la boca. La nariz era aguileña y la piel se le estiraba y brillaba especialmente en el pabellón—. Necesitamos a dos más y uno tienes que ser tú.

—Bien, me lo pensaré —contestó Félix enrollando la esterilla.

—Espera. Mira cómo estás de arena. Podrías bañarte mientras yo cuido de Tito. Aprovecha mientras estoy con él. ¿A que sí, terroncito?

La verdad es que le sentaría muy bien meterse en el agua esmeralda y bracear un rato, libre, tranquilo. Cuanto mejor se encontrara de ánimo mejor podría atender a Julia.

—Venga-dijo ella, sentándose junto al niño. Cogió el biberón con zumo y se lo puso en la boca.

Félix consultó el reloj. Total eran las cinco y cuarto, había tiempo para bañarse, cambiarse de ropa e ir a recoger a su suegra. Echó a correr hacia la orilla, bueno, no a todo correr, a medio correr, no le salía de dentro disfrutar plenamente de los momentos. Tuvo que ir metiéndose poco a poco hasta no hacer pie. Le quemaba la frente y los ojos continuaban escociéndole. Entre las piernas flotaban algas y minúsculos peces. Se zambulló lo más profundo que pudo y abrió los ojos. No quería pensar en el escozor. Buceó hasta que no pudo más. Al salir respiró hondo y se puso boca arriba haciendo el muerto. Se dejó llevar. El calor del sol y el frío del agua eran una combinación perfecta. Luego nadó hasta que le pareció que se había alejado demasiado mar adentro. Así que comenzó a bracear hacia la orilla, pero el oleaje no le dejaba avanzar. No le importaba, el esfuerzo le venía bien, no tenía ninguna prisa por llegar. Era un pez transparente, un habitante del mar.

Cuando por fin salió, trató de buscar a Tito y a Sandra con la vista, pero se encontraba desorientado. La playa de repente se había llenado de gente. Parecía que se habían multiplicado los niños en sus sillitas y las Sandras vagando por allí, hasta que localizó el color teja de los apartamentos asomando detrás de otros amarillos que asomaban tras paredes blancas y la posición respecto a ellos de su hijo y la desconocida en cuyas manos lo había dejado. Pero seguía sin verlos. Miró el reloj. Hacía sólo veinte minutos que se había metido en el agua, aunque allí había perdido la noción del tiempo y le había dado la impresión de que era mucho más. Le pareció reconocer a una pareja que ya estaba tumbada en las hamacas cuando llegaron Tito y él a eso de las cuatro, pero se encontraban tan ensimismados bronceándose que era inútil preguntarles nada.

Muy bien, se dijo para no desanimarse, tarde o temprano daré con ellos. Recorría la playa a grandes zancadas, aminoraba cuando avistaba un niño o una chica de las características de Sandra y lanzaba la mirada contra los pequeños campamentos esparcidos por la arena por si reconocía la toalla de peces y medusas de Tito. Pero ¿hasta dónde pretendía llegar? La playa era muy larga, podría tardar más de una hora en recorrerla. Volvió sobre sus pasos con la esperanza de encontrarlos donde los había dejado, de que antes, por esas cosas inexplicables que pasan, no los hubiese visto. Regresó corriendo todo lo rápido que la arena le permitía. Con la diferencia de que ahora descubrió una cucharilla brillando semienterrada. Era la cucharilla con la que le había dado el yogur a Tito, no había la menor duda. Así que debía ir a los apartamentos y hablar con alguien, preguntar por la chica y pedir prestado un móvil para llamar a la policía.

La arena, cuanto más alejada de la orilla más quemaba, pero el asfalto era peor, le abrasaba los pies. ¿Cómo se le había ocurrido dejar a Tito con una desconocida?, debía de estar realmente mal para perder así el sentido común y la noción de lo que está y no está bien. Tito era su hijo, un hijo pequeño, indefenso con el que cualquiera podría hacer lo que quisiera. Era lo que más quería en el mundo y lo había abandonado con cualquiera para darse un chapuzón en el mar. ¿Tan vital era darse un baño? Había llegado a un punto en que se sorprendía a sí mismo. No tenía llave para entrar, la había dejado en la bolsa de osos, y tuvo que esperar a que saliese alguien. Se había fiado de Sandra, no había sabido leer bien en su cara. Los hoyos junto a la boca y los piercings lo habían despistado. Le había confundido su espontaneidad. La chica miraba a los ojos y no trataba de ocultar ninguna parte de su cuerpo, no se cruzaba de brazos ni creaba barreras de ningún tipo entre ellos, inspiraba confianza, pero tal vez el sol le había impedido percibir la micromusculatura de la cara, la que se esconde tras la musculatura más evidente, por ejemplo la que se contrae alrededor de los ojos cuando uno se ríe de verdad y no finge. Hasta ahí no había llegado, ni siquiera había pensado en ello. Se había dejado arrastrar por la novedad y cabía la posibilidad de que le hubiese engañado.

Despachó con rapidez varios pasadizos y saltó sobre las palas y los cubos de unos niños para poder toparse con la piscina. Eran las seis y media y el momento de mayor barullo en la urbanización, la transición entre la siesta y la hora de la cena, que para los extranjeros empezaba a las ocho. A esa hora, como si alguien diese una palmada, los veraneantes aparecían vestidos y arreglados con prendas claras que oscurecían más la bronceada piel, y hasta los más feos resultaban guapos, y hasta los más cascados, sanos. Todo el mundo participaba de un aspecto saludable que se extendía por todas partes. Los niños se estaban lanzando a la piscina de las formas más extravagantes posibles y el agua estallaba en el aire. Sombreando el césped había diversos árboles de los que Félix solamente podía identificar por su nombre el sauce llorón. Abuelas, madres jóvenes, padres de cuarenta años con aire ausente, adolescentes haciendo tiempo para que llegara la noche.

Se paró en seco. Tras las lánguidas ramas del sauce vio la bolsa de osos colgando de la silla y a su lado a Tito en los brazos de Sandra. En un brazo, mejor dicho, porque con la otra mano fumaba y la alargaba lejos de Tito lo más que podía, pero la dirección del viento lanzaba el humo hacia él. Y todo esto ocurría fuera de Julia, en otro universo distinto al suyo en que ella no sabía absolutamente nada de Sandra.

La voz de Félix sonó dura, era imposible que sonara de otra manera.

—Os he estado buscando.

Sandra no dijo nada, mantuvo el aire risueño de la cara como pudo, los hoyuelos se le alisaron y los ojos se oscurecieron un poco. Era la musculatura externa la que aguantaba el tipo, la interna se había desmoronado.

—¿Por qué lo has hecho? —dijo apretando las mandíbulas de una manera que él sabía que era desproporcionada, pero que por primera vez no podía controlar y quizá cuando pudiese controlarla ya fuese tarde y hubiese dicho algo irreparable.

—Pero ¿es que no me oíste? —replicó ella.

Félix negó con la cabeza, era mejor tener la boca cerrada. Notaba el peso del sol y la sal en los hombros. Tito lo miraba alegremente, aún no le afectaba que su padre estuviera enfadado.

Resultaba que nada más sentarse junto a Tito el viento empezó a meterles arena en los ojos, y no era plan, sobre todo por el niño, así que cuando Félix iba hacia el agua Sandra le gritó que se llevaba a Tito a la piscina de los apartamentos. Creía que le había oído, le pareció ver un gesto de la mano afirmativo.

De todos modos, no parecía amedrentada porque tuvo serenidad para reparar en los pies desnudos de Félix. ¿No había visto las chanclas? Se las había dejado allí, pero claro, la arena las habría cubierto.

Félix le quitó al niño de encima, lo puso en la silla y echó un vistazo alrededor por si se dejaban algo. Ella continuó en la misma postura, con el brazo del cigarrillo estirado.

—En el futuro cuando nos veas aquí, en la playa o donde sea, mantente alejada de nosotros.

Ahora sí que a Sandra le cambió la expresión, sólo se le ocurrió dar una calada y mientras la daba la silla de Tito traqueteó por los adoquines rosas.

Fue a este último minuto al que no paró de darle vueltas Félix en la cabeza mientras le preparaba la papilla de frutas a Tito; mientras se la daba, le cambiaba y le pasaba la esponja por la cara y la cabeza y mientras se duchaba rápidamente y respiraba aliviado porque su hijo estuviese sano y a salvo aunque hoy Angelita debiera regresar más tarde al apartamento. No le contaría nada, no valía la pena alarmarla con hechos que no habían ocurrido en realidad. Los únicos hechos que importaban eran los que cambiaban las cosas. Ahora que se había apaciguado, la frase que le dijo a Sandra le parecía brutal.

En el trayecto al hospital no le habló a Tito como solía hacer, lo sentó y le puso el cinturón de seguridad mecánicamente sin pensar en lo que hacía porque su comportamiento con Sandra le reconcomía. Se había dejado llevar por un impulso primitivo, el impulso de desahogarse. En el momento en que los vio a Tito y a ella comprendió que a la chica no la había guiado ninguna mala intención, sin embargo, él no quiso relajarse, no quiso sentirse aliviado porque había algo más profundo que sólo le concernía a él. Si se trataba con un poco de objetividad a sí mismo, lo que tenía era un gran sentimiento de culpa porque había estado disfrutando como pocas veces del agua y de la vida mientras se bañaba y porque había sido feliz. Se había comportado como un energúmeno puesto que Sandra no sabía nada de lo que ocurría. Supondría que estaba divorciado y que pasaba las vacaciones con su hijo y su madre. Supondría que todo el mundo que está en una playa tendría ganas de pasarlo bien, y supondría que en el fondo le estaba haciendo un favor arrancándole de su monotonía, y puede que acertase. Así que, si tenía tiempo y ganas y si el remordimiento persistía después de ver a Julia, buscaría la manera de disculparse.

Como siempre que entraba en el hospital, le dio la impresión de que las puertas se cerraban tras él herméticamente, lo que tampoco le importaba mucho porque era el único sitio en que no pensaba en el hospital.

Y como siempre, recorrió el pasillo y al llegar al cuarto de Julia le pareció oír una voz. El instinto le dijo que debía detenerse. Era la voz de Abel, que como el humo buscaba la salida. Llegaban palabras y sonidos sueltos igual que si se escapasen de un confesionario. Debía de estar sólo él porque nadie le interrumpía, ni se oía ningún ruido más. A Félix le desagradó que, aunque dormida, un desconocido le estuviese hablando en susurros, que de alguna manera estuviera asaltando su intimidad por el oído. Si de verdad Julia era capaz de escuchar, no podría hacer nada por no enterarse de lo que este hombre le contaba, y seguramente lo que le contaba no podía decirse en voz alta, porque entonces hablaría en voz alta, a no ser que le diese pudor que alguien pensara que hablarle a Julia era como estar hablando solo.

De pronto Abel se calló, había escuchado un pequeño grito de alegría de Tito. Félix entró con él en brazos. Abel estaba sentado en el sillón junto a la cama y hacía que miraba al suelo para darse tiempo a reaccionar. En Julia no se apreciaba aparentemente ninguna alteración, pero los ojos expertos de Félix captaron la tensión de la frente y de las manos. ¿Qué habría salido por esos labios demasiado rojos? No se atrevió a preguntárselo porque no sabía si la agresividad que se le había despertado con el asunto de Sandra ya estaba superada. Tal vez si empezaba a increpar a Abel no pudiera controlarse. Abel levantó la vista y mostró su rostro quijotesco.

—Tu suegra ha bajado a tomarse algo a la cafetería, se sentía un poco mareada. Los enfermos soportamos bien este ambiente, pero para los que venís de la calle es muy agresivo.

—¿Cuánto tiempo hace que ha bajado? —preguntó Félix dejando a Tito sobre la cama vacía. Ya no se molestaba en traer el capazo para este pequeño rato, sólo un biberón con agua y el chupete.

—Una media hora, tal vez menos.

Félix pensó que media hora hablando era mucho tiempo y también Abel, que debía de tener en cuenta el hecho de que le hubiesen oído, pero no podía acortar ni alargar el tiempo. Félix permaneció de pie al lado de Tito esperando algo. Por fortuna, Abel comprendió que ese algo consistía en que se marchara.

—Bien, me marcho. Si me necesitáis, ya sabéis dónde encontrarme, no me iré muy lejos —dijo riéndose y después de reírse, tosió.

La tos lo acompañó por el pasillo.

—Soy yo, Félix —le dijo a Julia cogiéndole la mano.

La tenía fría. Tal vez soñaba que hacía frío o que se estaba bañando en el mar. Así que se le ocurrió decirle que hoy la playa estaba espléndida y el agua tan transparente que si uno miraba hacia abajo podía verse las piernas y, en el fondo, las algas. Notó que se relajaba y también él, y dudó si decirle que esa misma tarde había conocido a una chica llamada Sandra muy simpática, atolondrada y exasperante, que había sido muy cariñosa con Tito. No se lo dijo.

Tampoco le dijo nada a Angelita cuando regresó de la cafetería.

Nunca lograba descansar bien en el hospital, pero esta noche en particular apenas podía dormir. Tras un breve sueño de media hora en el sillón, una enfermera lo despertó con la brusquedad que les sirve para mantenerse ellas mismas activas, y al marcharse la respiración de Julia se hizo más fuerte como si estuviera esforzándose para despertar también ella. Félix se agitó mucho, seguramente quiso pensar que ya había llegado el fin y que la tortura terminaba. Así que le cogió la mano y se la apretó.

—Venga, sal ya de ahí —le dijo—. ¡Ven aquí! Te estoy cogiendo de la mano y te traigo aquí.

Se notaba que Julia hacía un esfuerzo tremendo. En medio de la oscuridad del cuarto su respiración era cada vez más rápida y soltó un gemido. Puede que en el sueño llorase o estuviera trepando a algún lado o corriendo y no pudiera más.

—Es muy fácil. Es mucho más fácil de lo que crees porque estoy aquí, a tu lado. Estamos en el mismo sitio, en la misma habitación, pero no lo sabes, sólo tienes que intentar saberlo, decirte a ti misma que estás conmigo, sentir mi mano, oír mi voz y olvidar todo lo demás, todo lo que tengas alrededor, a las personas con las que estés. Nada de eso es real. En cuanto sepas que nada de eso es real, volverás aquí, a la vida verdadera.

Tal vez en Tucson, esa clínica de la que le había hablado el doctor Romano, este estado lo habrían aprovechado al máximo, dispondrían de técnicas muy especializadas, sabrían cuándo era el momento idóneo para hacer saltar al paciente a la vigilia, incluso le ayudarían aplicándole electrodos. ¿Y si estaban perdiendo una oportunidad única?

Le hundió los dedos hasta la raíz del pelo y se los pasó por el cuero cabelludo. Luego le cogió la mata de pelo con las dos manos y tiró un poco de él, sin hacerle daño, lo suficiente para que lo sintiera, sólo para hacerle reaccionar.

La respiración se le agitó aún más y movió la cabeza. ¿O se la había movido él mismo? Aunque trataba de no sugestionarse, no era imposible que cayera en la trampa de sus propios deseos. Le soltó el pelo un poco pesaroso por lo que había hecho porque sospechaba que no había sido una experiencia agradable. ¿Y si una mano invisible le tirara a él del pelo por muy suavemente que lo hiciera? Como mínimo le asustaría. No sabría quién hacía aquello porque no lo vería a no ser que en su sueño atribuyese está acción a alguien conocido. Pero la realidad era que sobre lo que ocurría en esta habitación Julia estaba ciega. Y sobre lo que ocurría en su mente era imposible hacerse una idea.

—No tengas miedo —le dijo—. Soy yo, Félix. Sólo intento que vuelvas con nosotros, pero desde aquí doy palos de ciego, no puedo meterme en tu cabeza, así que eres tú la que debe encontrar la forma de saltar a este lado. Por muchos peligros que creas que corres estás a salvo y segura. No olvides que no te puede pasar nada malo.