Presentimientos

Clara Sánchez · Capítulo 33 de 44

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Presentimientos

Julia

Romano se concentró un tiempo excesivo en dar unas pinceladas.

—No le aconsejo ese camino, es demasiado complejo. No está suficientemente documentado al menos desde el punto de vista científico. Ya hemos hablado de esto alguna otra vez. Siempre se han estudiado los sueños que se han tenido, no los que se están incubando. Esta parte, por lo menos hasta ahora, era cosa de chamanes y gente así. Vuelvo a insistir, deberíamos ponerla en manos de gente más especializada —se giró con el pincel en la mano—. Usted solo no puede hacerlo a no ser que piense que es un juego y que no le importe jugar con la vida de su mujer.

Estas palabras le habrían herido de dar en el blanco, pero no había un blanco, no había una solución ni un camino seguro, no había nada. En ningún momento Romano le garantizaba que en Tucson fuesen capaces de despertarla.

—Estoy intentando entenderla —dijo Félix—. Ahora sueño más que antes. ¿Cree usted en los sueños lúcidos?

—Todo es posible, pero yo soy un científico y he de apoyarme en hechos. Personalmente nunca he tenido un sueño lúcido. Nunca he sabido que estaba soñando. Usted no puede hacer nada. Todo lo que haya que hacer lo hará ella. Tenga en cuenta que cuando soñamos ensayamos estrategias de supervivencia al quedar la mente libre de distracciones y que por tanto sería posible pensar que ella esté inventando una historia o una manera de poder despertar.

 

Julia

El mimbre del sillón de la terraza de Chez Mari Luz se estremeció al levantarse. Se tocó el anillo y las llaves del coche para cerciorarse de que las llevaba consigo. Pasara lo que pasara no volvería a distraerse y a perder de vista lo poco que tenía. Por una parte se encontraba más tranquila que antes. Marcus ya no la perseguiría: había muerto al resbalarse al salir de la ducha en un charco de agua que fortuitamente había en la pieza contigua. Se había dado un golpe en la cabeza con un sinfonier y al no recibir asistencia inmediata había muerto. Lo había encontrado el personal de la limpieza porque la puerta que daba a la parte trasera de la discoteca estaba entornada, lo que les había extrañado a todos, ¿por qué dejaría la puerta abierta mientras se duchaba?, y aunque no fuera tan extraño, cualquier cosa en estas circunstancias puede resultar rara.

Al oír esta noticia por boca de Óscar, Julia sintió el impulso de contarle la verdad, para que las piezas encajaran también para él y todo tuviera sentido. Si algo tenía sentido para dos parecería más auténtico que si nada más tenía algo de sentido para Julia. Pero se contuvo. Ahora había que pensar en la policía, en que no sospechara de ella.

Policía. Jamás se le habría ocurrido que esta palabra pudiera tener nada que ver con su vida.

—Lo de anoche sólo lo sabíamos el pobre Marcus, tú y yo. Ahora, tú y yo. Es mejor que nadie más se entere y nos evitaremos problemas —dijo Julia—. La diadema que vendiste era robada, pertenecía a una chica que se iba a casar. Un resbalón lo tiene cualquiera.

—No te creo, ¿cómo puedes saber a quién le robó la diadema?

Julia se metió en su coche dejándole con la palabra en la boca. Mientras arrancaba, le vio de pie repitiendo la pregunta.

—¿Cómo puedes saberlo?

No le contestó que se lo había contado Sasa porque no sólo lo sabía por eso.

Se marchó hacia la playa como tenía previsto sin sentir ninguna lástima por Marcus. Incluso muerto, lamentaba que siguiera vivo en su conciencia. Y sobre todo lamentaba haber tenido que ser ella quien lo quitara de en medio. Cierto era que Marcus podía haberse librado de este accidente simplemente dándose cuenta de que había agua en el suelo o cayendo de lado y no hacia atrás, pero también era cierto que sólo aparentemente había sido un accidente y que ella había vertido el agua allí para que se matara. Y el hecho de que todo hubiese ocurrido como había deseado la sobrecogía, porque no era fácil que alguien joven y fuerte se matara de esta manera tan sencilla. Era su deseo de matarle el que lo había matado. Descendió hasta el pueblo pensando que ya no era la misma persona de hacía un rato. Aunque moralmente podía justificarse pensando que había sido en defensa propia, para la policía sería un homicidio o un asesinato, no estaba segura. Sus huellas estaban por la habitación y el portero de la discoteca sabía que había estado con él. Sólo tenían que seguir el rastro de la culpabilidad para dar con ella.

A su izquierda quedó la discoteca. Quién le iba a decir la primera noche que la pisó que aquel hombre que le prestó el móvil y con el que bailó, aquel hombre que olía un poco a ginebra y tenía los ojos maravillosamente grises iba a morir por intervención de ella. Uno ponía el pie en un sitio y el universo se removía. Cuando volviera con Félix y Tito, ella tendría una vida desconocida para ellos, sería como regresar de la guerra o de un exilio o de un viaje muy largo.

Aparcó más lejos de lo habitual, en una zona en que la capa de arena era más profunda y al andar se le hundían las zapatillas hasta los cordones. Se tumbó en una parte donde aún tardaría media hora en llegar la última y fina ola de mar. Cerró los ojos y cuando los entreabría a lo lejos veía un yate. Lo más bonito de los yates era verlos e imaginarse a la gente en cubierta divirtiéndose, pensaba cada vez más y más cansada. Era un cansancio profundo que la iba hundiendo en la arena, y aunque quisiera no podía moverse, porque a pesar de no estar completamente dormida los músculos no le respondían. No era la primera vez que le sucedía algo así, por lo general le pasaba cuando estaba agotada al límite. Entonces seguramente ocurría que el cerebro no tenía potencia para mandar las señales correspondientes al resto del cuerpo, o no quería, o estaba entretenido en otros asuntos. La sensación era la de colarse por un agujero oscuro dentro de su propia mente y era angustiosa, tanto que hacía esfuerzos sobrehumanos para despertarse del todo. Debía de ser algo así como nacer o morir, pero sólo si uno se resistía, si se oponía con fuerza a ese hecho natural y no se dejaba llevar como Julia ahora se estaba dejando llevar.

Se dejó resbalar por el hoyo de arena. Dejó que mil manos suaves e invisibles la hundieran más y más. Se dejó arrastrar por una corriente oscura. El viaje no era doloroso ni incómodo, y sólo se volvería infernal luchando contra él. De esta manera duró poco y cayó dormida. Profundamente dormida. Se vio en una habitación, que no conocía, en una cama, rodeada por Félix, Tito, su madre y un hombre mayor y muy delgado que podría ser don Quijote en pijama. Por la ventana entraba un rayo caído de la parte más azul del cielo. Llevaba en este cuarto toda la vida, y llevaba toda la vida teniendo la sensación de que esta situación era extraña.

—¿Cómo te encuentras? —le preguntó Félix, pasándole la mano por la frente.

Julia no contestó, estaba mirando a Tito, que empezó a llorar. No iba bien conjuntado, ella nunca le habría puesto el pantaloncito de felpa rojo con una camiseta azul claro. Su madre se lo puso en los brazos. Sintió sus lágrimas en la cara saladas igual que las gotas del mar. Entonces Julia, sin comprender por qué, salió de la cama y estuvo volando sobre sus cabezas hasta que notó algo frío en el pie como si le pasaran una esponja mojada.

Se despertó. Una ola le había llegado al pie que tenía estirado. En algún momento del sueño se había puesto de lado y había doblado una pierna sobre otra igual que solía hacer en la cama. No sabía cuánto tiempo llevaba dormida. Se pasó las manos por la cara, estaba seca, no estaba mojada por las lágrimas de Tito y, sin embargo, su contacto había sido tan real. Aún lo notaba muy en el fondo de su ser. Parecía que toda la playa tenía su olor, y recordaba la forma disparatada en que iba vestido. Recordaba todo con bastante detalle, desde el momento en que comenzó a hundirse en la arena y a desaparecer, hasta que de pronto se encontró en aquel lugar que no era su casa. Puede que se tratara del apartamento que no encontraba y que el cerebro intentase compensar y resolver la situación creando este sueño. Al fin y al cabo, soñar era igual que abrir los ojos de repente en un sitio nuevo y extraño, aunque no entendía qué podían estar haciendo el hombre flaco y su madre en el mismo sitio que Tito y Félix.

Tal vez estas imágenes la avisaban de que su madre había sufrido un accidente y estaba en el hospital, aunque entonces ¿por qué era Julia quien estaba en la cama y no su madre? Ahora su madre era rubia e iba vestida con una ropa que no le había visto nunca. Félix tenía una cara de emoción que tampoco le había visto en su vida. Los sueños por muy reales que parezcan siempre tienen componentes desconcertantes, desajustes de la lógica que mientras soñamos encontramos normales y que no hay que tomar de forma literal, así que en todo esto había un significado oculto, un mensaje que su subconsciente le había enviado y que ella debía desentrañar. Pero hasta ahora era como un cuadro de esos en que sólo el pintor sabe por qué está ahí esa gente.

En su situación actual consideraba una gran suerte que el sueño no se hubiese desvanecido como otros muchos de los que al despertar no recordaba nada. Éste había logrado conservarlo y al fin y al cabo gracias a él había vuelto a ver a Tito y de alguna manera a abrazarlo. Aún veía la habitación atravesada por un rayo demasiado azul que, con la exageración propia de los sueños, volvía azul todo lo que encontraba en su camino, la pared, un armario metalizado y el pelo llamativamente rubio de su madre.

Le ardían los muslos y fue al agua. Estaba algo turbia, grisácea, igual que un cielo con polución. De todos modos y a pesar de que habría preferido un agua más transparente y que echaba de menos un buen trozo de jabón, sintió un gran bienestar. Se tropezó con un pedazo de corcho blanco, desperdicios seguramente del yate. Salió más relajada, pisando con gusto el reborde de las olas grises que cada vez se acercaban más a su pequeño montón de pertenencias. Esperó de pie a secarse. Las zapatillas se habían cuarteado por algunas partes, y los veraneantes comenzaban a cruzar la arena cansinamente hacia la orilla. Mientras se peinaba supo lo que iba a hacer a continuación. Le pondría gasolina al coche y haría tiempo hasta la hora de dormir recorriendo a pie el pueblo por si se tropezaba con su marido y su hijo. Luego se compraría un bocadillo y una botella de litro y medio de agua muy fría y se marcharía a pasar la noche al lugar de costumbre.

Las Marinas empezaba a resultarle tan familiar como una casa, sólo que una casa en que Félix y Tito se habrían escondido en una de las habitaciones y ella debería encontrarlos. Y en el fondo eso es lo que parecía esta situación, un juego, una broma, que como todo juego y broma terminaría algún día. También había que pensar que los juegos encierran trampas y obstáculos para hacerlos más emocionantes, y más emocionante sería que uno de los jugadores no supiera que estaba jugando, pero el juego no dejaría por eso de ser sólo un juego.