Presentimientos

Clara Sánchez · Capítulo 5 de 44

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Presentimientos

Julia

—No, deje que sienta el calor del sol.

Y a Félix le pareció —puede que por ser lo que más deseaba en el mundo— que a Julia la frente se le relajaba y que casi sonreía.

—Le está gustando el sol —dijo Félix sin poder contener la emoción.

El doctor no dijo nada, parecía que ya tenía la cabeza en otro caso tal vez más terrible que el de Julia.

—Lo siento —dijo—, tengo que irme.

Le tendió la mano a Félix y Félix se sorprendió de lo pequeña que era, lo que seguramente sería una ventaja para operar. Manos pequeñas, delgadas y ágiles. Durante la conversación, no había parado de meterlas en los bolsillos de la bata moviéndolas como dos animalillos inquietos.

—No se desanime, tenga paciencia. Mañana pasaré de nuevo y para cualquier cambio que considere importante estoy en mi consulta.

Nada más salir volvió a entrar invirtiendo en ello una gran cantidad de pasos cortos y rápidos.

—Procure que su hijo cambie de aires.

 

Julia

Hasta la hora de volver al banco, ya tenía marcado un objetivo: ir a la playa de Poniente en busca de otro complejo Adelfas. Podría hacer tiempo en el mercadillo, porque en cuanto a las dos del mediodía hablase con el director de la sucursal y dispusiese de un móvil y la gasolina que quisiera para el coche todo resultaría más fácil, entonces podría recorrer el resto de complejos, tal como le habían sugerido en la comisaría, de un modo menos trabajoso. Y quizá lo habría esperado de no haber escuchado el extraño llanto de Tito. El querido llanto de Tito la empujaba a no detener la búsqueda. Mientras tuviese fuerzas debía intentarlo todo en cada minuto, absolutamente todo.

Tardó en llegar andando a Poniente más de media hora y a los cinco minutos de marcha ya se había bebido los dos pequeños vasos de agua. Las Adelfas II caía escalonadamente sobre la arena. Era muy grande y nuevo o por lo menos desde lejos lo parecía. Antes de llegar entró en el lavabo de uno de los restaurantes que extendían sus terrazas sombreadas por toldos casi hasta la orilla del mar. Los manteles verdes estaban sujetos a las mesas por pasadores metálicos para evitar que se los llevase el viento. Había bandera roja y las olas llegaban cargadas de espuma. El ambiente resultaba atronador.

Por fortuna, el baño aún estaba limpio y pudo sentarse tranquilamente en la taza. Este momento de recogimiento la reconfortó, como si dentro de su soledad aún se pudiera aislar un poco más. El esfuerzo que tuvo que hacer para descargar todo lo que tenía dentro la revitalizó y la despejó. Se lavó las manos, la cara y puso la boca bajo el chorro del grifo, pero no se tragó el agua porque sabía ligeramente salada. El típico problema de los pueblos turísticos de la zona, por eso Félix y ella habían comprado una garrafa de agua mineral por el camino, para no tener que salir corriendo a buscarla al llegar. Y mira por dónde se les había olvidado la leche. Le tranquilizó pensar que por lo menos durante la noche Tito no habría pasado sed. Y ahora ya todo eso sería historia, el abastecimiento estaría solucionado.

Se sentía mejor, incomparablemente mejor que hacía un rato. Fue hasta Las Adelfas II por un estrecho paseo que separaba los edificios de la arena. Caminaba con paso rápido. A su derecha se sucedían torres de apartamentos, hoteles, pizzerías, hamburgueserías, marisquerías y heladerías con cucuruchos gigantes de plástico adornando la puerta. El complejo según se acercaba se iba haciendo inabarcable a la vista. Buscó una calle por las inmediaciones semejante a la del verdadero Adelfas en que aparcaron el coche al llegar la noche anterior. Podría ser una situada en la parte posterior. Se detuvo en ella y se la imaginó de noche. Recordó que olía a azahar y a madreselva y a todas esas plantas mediterráneas que se mezclan como si alguien hubiese abierto un gran tarro de pomada, igual que ahora.

Pero, para no engañarse, ese olor estaba en todas partes. Buscó el sitio, a unos metros de la puerta de entrada, en que podrían haber aparcado. Aunque, a decir verdad, se sentía confusa porque había varias entradas y porque la memoria ya estaba contaminada con la visita hecha a Las Dunas esta misma mañana. Puede que sin darse cuenta lo que tenía en la cabeza fuese ese conjunto de apartamentos y no el verdadero. Lo cierto era que cada paso que daba la iba alejando más y más de los detalles que captó la noche anterior y los que percibió al subir al coche para marcharse a comprar la leche. Ahora se daba cuenta de que en general se fijaba mucho menos en las cosas de lo que creía, la realidad era que se fijaba muy poco. Si en este momento cerrase los ojos, no sabría cómo era de larga la calle, ni el color exacto de la verja de entrada. ¿Azul? No, no era azul, era gris tirando a negro.

La verja estaba abierta. Alguien, harto de tener que usar la llave, la había encajado para que no se cerrase del todo. Sería muy molesto tener que ir a bañarse con dinero, llaves y móvil. Félix en cuanto aterrizaba en la playa no soportaba esas pequeñas servidumbres. Salía a la playa únicamente con el bañador. No quería toalla, ni gafas de sol, nada de lo que tuviera que estar pendiente. Ahora en cambio debería tener mucho cuidado con no olvidarse los biberones, los pañales, con ponerle a Tito la gorra y siempre una camiseta aunque estuviese en la sombra. Debía evitar pensar en Tito de esta manera porque la debilitaba. Estaba con su padre y estaba a salvo, eso era lo importante.

Félix era más fuerte de carácter que ella. Puede que al dedicarse a resolver los casos de fraude de la aseguradora estuviera familiarizado con la otra cara de la gente, la que no se enseña y que de este modo hubiera aprendido a no dejarse arrastrar por las emociones. Aunque también podría ser que por su carácter hubiese acabado en este oficio. Desde que se conocieron hacía dos años Julia dedujo que era muy bueno en su trabajo. Era abogado y enseguida comenzó a especializarse en los casos dudosos y turbios. Por lo visto la empresa se ahorraba mucho dinero con él y la seguridad había aumentado de manera ostensible. Precisamente Julia y él se conocieron cuando fue al hotel en que ella trabajaba a investigar el robo de la diadema de la novia.

Entró y comenzó a pisar grava. ¿Había grava en el Adelfas verdadero? Hizo un esfuerzo para recordar, pero el detalle de la grava había desaparecido en las arenas movedizas de la mente. Estaba llegando a la conclusión de que no había nada tan poco fiable como la mente. No había nada tan poco fiable como una persona, como unos ojos, unos oídos y una boca. En Las Dunas por la mañana había caminado sobre una línea de piedra caliza rosa igual que ésta, aunque también creía haber visto grava en torno a los arbustos y las plantas. Se podría pensar que la ornamentación de las áreas comunes de este tipo de zonas residenciales constaba de los mismos elementos, y que sólo cambiaba la distribución. Félix sabría inmediatamente qué detalles debería o no desechar, pero ella no tenía ni idea. Todo le parecía importante e inútil al mismo tiempo.

Se internó por un pasadizo para llegar a la piscina. Tenía el vago recuerdo de que la piscina en el Adelfas verdadero la había presentido más que visto. Ahora los niños jugaban felices en un agua de un azul tan intenso que se podía masticar mientras sus madres tomaban el sol. ¿En qué estarían pensando las madres? ¿En qué pensaría ella si estuviese aquí tumbada al sol con Tito a su lado? Y ¿en qué estaría pensando ahora su propia madre?

Su madre, su madre. ¿Para qué llamarla? El capital que llevaba en el bolsillo mermaría por lo menos en dos euros, y su madre no podría hacer nada desde su casa alejada del aeropuerto, de las estaciones de tren y de autobuses, alejada del mundo en las afueras de Madrid, además no lo entendería, tendría que explicarle una y otra vez que no sabía por qué no era capaz de encontrar el apartamento. Levantó los ojos a un azul más profundo que el de la piscina. El color azul conseguía que este mundo pareciera placentero y completamente irreal, una fantasía. Si alarmaba a su madre, saldría corriendo en su ayuda y podría caerse y romperse un hueso y entonces Julia tendría que cuidar de ella y no podría dedicarse en cuerpo y alma a buscar a Félix y Tito. Si lo pensaba bien, se recordaba estando siempre muy preocupada por su madre porque su madre era muy sensible y cualquier mala contestación o desaire o una mirada desabrida podían amargarle el día.

Como era mucho mayor que el resto de madres, en el colegio solían preguntarle si era su abuela o si ella era adoptada, lo que naturalmente nunca se había atrevido a preguntarle a su vez a su madre. Para sus adentros la pequeña Julia consideraba que su madre era especial, no sólo porque fuera distinta, sino porque tenía en su poder el anillo luminoso.

Era lo único de auténtico valor que poseían y ni en los momentos de mayor apuro económico a su madre se le pasó por la cabeza venderlo, por la sencilla razón de que se lo regaló su marido, el padre de Julia, antes de morir y sin él se sentía verdaderamente sin nada. Julia lo llamaba luminoso porque su gran piedra amarillenta brillaba un poco en la oscuridad y deslumbraba a la luz del sol. La piedra iba engarzada en una pieza maciza de oro que simulaba a los lados los picos de las coronas y que nada más había visto en los cuadros de ambientación medieval. A Julia le encantaba ponérselo con un pañuelo de seda blanco y negro de su madre, que como tenía los dedos más anchos que los suyos se lo debía ajustar con algodón incluso a día de hoy.

Hizo el recorrido hacia el apartamento que en cierta manera tenía grabado en alguna parte de la memoria. Subió los escalones que tenía que subir como si estuviera siguiendo los pasos de una vida anterior y cuando llegó el momento de pararse ante una puerta se paró y llamó. Entonces oyó una voz de hombre.

—¡Voy! —dijo la voz con toda claridad.

Era la de Félix, estaba segura. Por fin había llegado, los brazos y las piernas se le aflojaron, igual que si hubiera corrido diez kilómetros sin parar. Oyó unas profundas pisadas aproximándose dentro del apartamento.

Cuando conoció a Félix mientras trabajaba en el robo de la diadema de la novia, no le pareció nada del otro mundo, ni siquiera daba la impresión de que su trabajo tuviera un interés especial. Para estar investigando, no hacía preguntas astutas, ni tomaba notas, ni tenía la mirada penetrante que se le supone a alguien que se dedica a descubrir la verdad entre mentiras y malas artes. Más bien las gafas arrinconaban la mirada a un segundo o tercer plano. Además, los ojos tenían el poco brillo de estar siempre encerrados. Y por eso lo que mejor se recordaba de él era la voz, suave y joven. Una voz que daba la impresión de haberse quedado estancada en los veinte años. No era guapo ni lo pretendía y era evidente que otro en su lugar se habría sacado más partido.

Pero lo que más aprendió a apreciar de él era su enorme capacidad de comprensión. Comprendía todas las situaciones, todos los puntos de vista, por qué alguien robaba o mataba. Tenía ese don, lo que no quiere decir que justificara nada, sino que al comprender las acciones humanas no se asustaba ni se asombraba y no se dejaba llevar por los nervios. Para Julia ese carácter le vendría de su padre o de su madre. Hasta que los conoció, claro, y descubrió que su padre y él no se parecían en nada en absoluto.

Su padre era un hombre anormalmente iracundo, que se ponía rojo y saltaba por nada. Daba la impresión de tener el sistema nervioso tan irritable que a la mínima podría echar chispas de todos los colores. Era más bajo que Félix y enjuto por tanto desgaste nervioso, con los ojos pequeños y rápidos, sagaces. A veces era simpático, pero algo le avisaba a uno de que no debía bajar la guardia porque al minuto siguiente podría cambiar.

Vivían en Toledo y eran propietarios de un taller de coches, bastante grande especializado en la marca Renault, con diez operarios y dos o tres empleados en la oficina. Julia y Félix llegaron allí un mediodía y ni siquiera se quedaron a dormir. Félix estaba deseando marcharse. Comieron todos juntos unos manjares que a la madre de Félix le habría llevado varios días preparar y por la tarde fueron a visitar el taller, que había sido el negocio del que había vivido la familia desde que Félix nació. En el fondo la más sorprendente era la madre de Félix. Una señora gruesa y saludable que no hacía ningún caso de los altibajos de su marido y sobre todo no la acobardaban. Varias veces en el transcurso de unas pocas horas se pegaron unas cuantas voces y se insultaron. Félix los miraba como debía de haberlos mirado millones de veces a lo largo de su vida, impotente, resignado y decepcionado porque sabía que nunca entrarían en razón y porque era imposible que fueran como él habría querido.

De poder elegir, él habría preferido que su padre fuese Iván, el encargado del taller. Un hombre de aspecto sensato y tranquilo, que incomprensiblemente llevaba treinta años trabajando con el padre de Félix, lo que hacía pensar que el padre de Félix no era tan peligroso como parecía. Félix e Iván se dieron un abrazo muy afectuoso y luego estuvieron charlando un rato de motores de una forma en que nunca hablaría Félix con su padre. Cuando Julia y Félix se subieron al coche para marcharse, él suspiró aliviado y durante el viaje le habló del viejo Iván como Félix llamaba a Iván de un modo en que jamás le oiría hablar de su padre.

Julia volvió a verlos brevemente y por última vez el día de la boda. Parecían fuera de lugar, apagados, callados y observando lo que ocurría como si se encontraran a varios kilómetros de allí.

Los pasos del otro lado de la puerta llegaron a su destino, y abrió una chica de unos dieciocho años, alta y corpulenta. Debía de pesar sus buenos ochenta kilos. Era muy rubia y muy blanca. Un tipo de mujer que gustaba en los tiempos de Rubens y que ahora en ese sentido estaba fuera de juego. Llevaba pantalón corto y la parte de arriba del bikini. Se quedó mirando a Julia directamente a los ojos. Se leía en ellos que era una chica difícil, por lo que Julia trató de trasmitirle la idea de que la vida en general era difícil, pero que aún no se hacía una idea de hasta qué punto. No parecieron entenderse.

—Perdona, creo que me he equivocado de piso.

La chica sin molestarse en hablar cerró la puerta tras ella. Apareció un balón en sus manos. Seguramente sería buena en deportes, en esto las muñecas no podrían competir con ella. Pero antes de que pudiera adelantarla escaleras abajo, saltando los escalones de cinco en cinco, Julia le dio el alto.

—Disculpa, quiero preguntarte algo muy, muy importante.

La chica se apoyó en la pared con un golpe seco y se abrazó al balón.

—¿Has visto a un hombre de cuarenta años con un niño de seis meses? Se trata de mi marido y mi hijo y los estoy buscando.

A la chica esto le hizo gracia. Enseñó dos dientes delanteros bastante separados entre sí.

—¿Los estás buscando? ¿Es que los has perdido?

Julia asintió con la cabeza. También se apoyó en la pared de enfrente.

—Anoche llegamos de viaje a estos apartamentos o a otros como éstos, pero se nos había olvidado la leche del niño y fui a comprarla a una farmacia por los alrededores del pueblo. A la vuelta no fui capaz de encontrar el apartamento y así estoy desde entonces.

—Vaya tonta —dijo la chica con toda razón.

Julia tenía ganas de llorar.

—Es ridículo, ¿verdad? Dicen que hay por lo menos cinco complejos Adelfas y no sé en cuál los dejé.

La chica pareció compadecerse un poco.

—He visto a varios hombres de cuarenta años con niños así. Este sitio es un zoo.

Julia la miró suplicante. Cada vez tenía más ganas de llorar. Tanto tiempo sola, yendo de acá para allá y ahora estaba a punto de desmoronarse delante de esta criatura, como si la angustia o la impotencia siempre necesitaran testigos para salir afuera.

—¿Podrías dejarme el móvil? El mío me lo han robado.

La chica se pasó las manos por los costados del pantalón para demostrar que no mentía.

—Nunca lo llevo cuando voy a jugar al voleibol.

Una vez abajo la chica echó a correr con sus potentes pisadas, y Julia permaneció un instante parada preguntándose de dónde había salido la voz de Félix. Sería una alucinación, deseaba tanto oírla que la había imaginado, no se le ocurría otra explicación, aunque siguiera sin entender nada.

Fue hasta la piscina central y abrió una ducha. Se refrescó los brazos y la cara con la boca abierta. Las gotas de agua entraban en la boca como si fuera lluvia, una lluvia algo áspera, pero fresca. Luego metió toda la cabeza debajo de la ducha. Las gotas que le caían del pelo le mojaron la camisa. Creía que estaba llorando. No quería, pero no lo podía remediar como si estuviera escrito en el libro de la vida que en Las Adelfas II al final debía llorar. Se metió por completo bajo la ducha. Cerró los ojos y los abrió cuando la ducha se cerró automáticamente.

Toda la gente de dentro y fuera del agua la miraba. Dejaron de nadar, de leer y de pensar en sus cosas para mirarla. Las zapatillas le chorreaban y le pesaban. Maullaron al pisar el césped. Vaya loca. Sentía una enorme vergüenza de cómo la observaban. Por lo menos había dos niños igual que Tito y dos madres igual que ella en el borde de la piscina. Los padres podían parecerse a Félix antes de verlos de cerca.

Fuera la gente pasaba cansinamente con toallas al hombro camino de la playa. No se podía mirar hacia ningún lado sin encontrarse con espectaculares rayos de sol. Caían sobre los hombros y se clavaban en los ojos. Sentía los pies completamente cocidos dentro de las Adidas. Después de esto y tras cinco años de servicio tendría que tirarlas y empezar con las rozaduras de otras nuevas. Julia tenía la piel muy sensible, sólo soportaba las fibras naturales, algodón, lino, pura lana virgen, y de metales, el oro, aunque no abusaba de él porque le resultaba demasiado llamativo.

Anduvo hasta la mitad de la arena por unas tablillas de madera extendidas hasta allí. En la orilla se quitó las zapatillas y hundió los pies en el agua. Era tan agradable que se daría un baño si no fuese porque debía llegar a tiempo al banco. Sacó las plantillas de las zapatillas y las estrujó con la mano. La chica de Rubens estaba jugando al voleibol. Una de las compañeras la llamó por su nombre, Rosana.

Rosana, Rosana, ¿de dónde venía ese nombre? ¿Por qué sabía que se llamaba Rosana Cortés? Tenía el pelo rubio y lacio y los hombros rojos, y de pronto, como atendiendo a una orden, se volvió hacia Julia, también parecía preguntarse dónde la había visto antes. A Julia le caía bien. Las dos, cada una a su modo, tenían que luchar contra la corriente. Se saludaron con las manos, las levantaron espontáneamente, puede que la chica un instante antes. Con toda seguridad se estaban despidiendo para siempre.

Pasó de nuevo por los manteles verdes, que ahora se movían mucho menos. El peso del sol lo inmovilizaba todo. Caminó por la arena con las zapatillas en la mano y los pantalones remangados hasta el saliente de rocas que dividía la playa y que la obligaba a seguir por el interior. Así que tuvo que volver a calzarse y empezar a andar deprisa. No estaba segura de cuánto tiempo se había entretenido en Las Adelfas II, pero todo indicaba que demasiado. Y no podía caminar más rápido porque no había dormido bien en el coche y le dolía un costado cuando forzaba la marcha y porque tenía sed. En ningún otro momento de su vida había reparado tanto en estas pequeñas y constantes necesidades.

El camino hacia el banco se hacía interminable. Además tenía miedo de perderse otra vez, de que el pueblo con su puerto y sus playas a derecha e izquierda volviera a darse la vuelta. Aunque poco, aún disponía de dinero para comprarse una botella de agua, pero no podía entretenerse, no era el momento de beber. Era mucho mejor llegar a tiempo a la sucursal para disponer de todo el dinero y el agua que quisiera. Un esfuerzo más. Cuando por fin se vio en el puerto, esquivó las redes extendidas al sol. De la lonja sacaban cajas de madera chorreantes. Lo veía todo con los ojos empañados por el calor. Por supuesto no le daría tiempo de echar un vistazo al coche aparcado en la explanada, así que sin intentarlo tiró hacia la calle principal. La recorría bajo las palmeras y gracias a sus sombras soportó este último tramo. Las piernas le flaqueaban y sentía la angustia típica de ir a desvanecerse. Le hacía resistir la idea de la sucursal y su aire acondicionado, empujar la puerta de cristal, dejar el llavero en la taquilla y entrar por fin en el paraíso.

Para asegurarse, preguntó la hora. Gracias a Dios eran las dos menos seis minutos cuando vio ante ella el escaparate con la oferta del fondo de inversiones y las copas de cristal. La miró con reservas porque hacía unas dieciséis horas que desconfiaba de todo. Desde que salió a comprar la leche para Tito los hilos invisibles que la ataban a su vida normal se habían roto y estaba empezando a comprender que la manera de hacer las cosas antes ya no servía.

Una punzada agria le atravesó el estómago. La puerta del banco estaba cerrada. El peor de los presentimientos se había cumplido. ¿Es que no podía salirle algo al derecho? Era para volverse loca. Dentro se movían empleados. Pulsó el timbre. Tal como se temía no le hicieron caso, así es que volvió a llamar con un timbrazo largo y sostenido. Rocío le hizo el gesto de que estaba cerrado sin mostrar ningún síntoma de reconocerla. Julia le enseñó la muñeca donde normalmente llevaba un reloj y como si efectivamente lo llevara se dio un golpe con el dedo. En contestación, Rocío formó un dos romano con los dedos índice y corazón. A las dos cerraban. Julia hizo un gesto negativo con la mano indicando que aún no eran las dos y pronunció la palabra director todo lo remarcada y alto que pudo. Rocío se encogió de hombros y se dio media vuelta con su blusa de seda de hacía cinco temporadas.

Sintió un odio ciego hacia aquella mujer. Por ningún cliente ni compañero de trabajo había llegado Julia a sentir un odio semejante. Permaneció parada, sin saber qué hacer, la sucursal no abría por la tarde. Se había quedado apenas sin dinero, sin agua, y sin objetivo y necesitaba pensar en algo. Se sentó en un banco de piedra del paseo, en el más próximo. Apoyó los codos en las piernas y la cara en las manos sin quitarle ojo a la puerta. ¿Y si los esperase a la salida?, en algún momento tendrían que salir de allí y entonces abordaría al director, al que distinguiría por ser el nuevo del grupo. Había sido tan amable con ella por teléfono que seguramente no sabía que no la habían dejado entrar.

A las tres menos cuarto seguían pasando siluetas entre la cristalería del escaparate, entre las lamas de las persianas y las luces que habían encendido. Fue entonces cuando, quizá porque había dejado que trabajara el subconsciente mientras esperaba alelada verlos salir por la puerta, una sospecha se formó en su mente abrasada por el calor de mediodía: en su anterior visita no había hablado por teléfono con el director de la sucursal, sino con el cliente forrado de pasta que había abandonado antes que ella las oficinas. Ahora lo veía claro. El cliente y Rocío están de pie, lo suficiente para que él se haga cargo de la situación y quiera echar una mano a su amiga Rocío y así garantizarse las máximas atenciones de la sucursal. Por eso mira a Julia fríamente, porque está de parte de los otros. Entonces, para aparentemente no complicar más las cosas, dice que volverá luego y le hace a Rocío un gesto de despedida con la mano.

Julia entrecerró los ojos para centrarse más en este recuerdo, buscando detalles que se hubiesen quedado dentro del recuerdo. Y de hecho algo le llamaba ahora la atención, algo a lo que en aquel momento no le dio importancia: en la palma de la mano con la que él decía adiós a Rocío tenía un móvil, de lo que se podía deducir que no se estaba despidiendo, sino mostrándole el móvil, diciéndole: llámame al móvil que me haré pasar por el director de la sucursal y te despejaré el camino. ¿Cómo no se había dado cuenta? La voz del cliente y la del director eran la misma, no había diferencias entre ellas como para asegurar que eran distintas. Pero sobre todo le ponía en la pista el que la actitud de la hija de puta de Rocío hubiese cambiado nada más salir él por la puerta, ¿qué otras complicidades habrían establecido con las miradas y los sobreentendidos y mil matices que ella no había captado?

La sacó de estas consideraciones el ver a un motorista con dos pizzas en las manos llamando al timbre del banco y a Rocío salir precipitadamente a abrirle. Julia se levantó de un salto dispuesta a correr hacia la puerta, pero enseguida comprendió que era inútil. Actuaron tan deprisa que toda la operación de abrir la puerta, coger las pizzas, pagar y volver a cerrar duró medio minuto. Era evidente que el tiempo estaba de parte de ellos. Cerraron más las lamas de las persianas, querrían comerse las pizzas a gusto, sin testigos molestos, con agua fresca o con cerveza helada, con coca-colas y con el aire acondicionado tan fuerte que algunos llevaban jerséis.

Según estaban las cosas no se atrevía a tocar los ocho euros que le quedaban. Debía reservarlos para llamar por teléfono o para echar gasolina. A estas horas en el mercadillo estarían recogiendo los puestos. Sabía que siempre quedaba alguna naranja por el suelo, una sandía con un golpe, pero al levantarse para dirigirse hacia allí, vio algo más. Detrás del mercadillo flotaban en el aire unas grandes letras en que ponía supermarket. Era la primera vez que se fijaba en ellas. Parecía que las hubiesen puesto allí para crearle un nuevo objetivo hacia el que ir. Un buen supermercado era lo que necesitaba. Un supermercado lleno de cosas era lo único que ahora mismo podía animarla a volver a la carga e intentar atravesar un resplandor tan pesado.