Presentimientos

Clara Sánchez · Capítulo 42 de 44

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Presentimientos

Julia

Julia se levantó para ir al lavabo. Se notaba que disfrutaba de cada paso que daba, de cada cara y cosa que veía, de la música, incluso de la conversación de Félix. Cuando Félix hablaba, ella escuchaba atentamente como si cada palabra fuera decisiva para seguir viviendo. En algún momento de estos días le confesó que todo lo que él solía contarle de su trabajo en la aseguradora y cómo lo interpretaba y sacaba conclusiones le había servido de gran ayuda para avanzar y salir adelante. Y esto era algo que Félix jamás se habría esperado, ni de Julia, ni de nadie. No se tenía por una persona original, ni demasiado reflexiva, le aburría divagar sobre la vida. Casi todo lo que sabía con algo de certeza era fruto de la observación, y la observación le había llevado a pensar que uno no debía hacer más de lo que buenamente podía. Las mayores pifias las cometían los que se pasaban de héroes, de víctimas, de salvadores o simplemente de listos. Era mejor no forzar nada, aunque si era sincero, él en la enfermedad de Julia había sido demasiado osado. Pero ¿y los de Tucson? ¿Hasta dónde habrían pretendido llegar los de Tucson?

Al rato, regresó Julia. No andaba con soltura, no estaba acostumbrada a los tacones tan altos, que se empeñaba en ponerse en situaciones que consideraba importantes. Dejó el bolso en el asiento. Había venido a decirle que el baño estaba hasta los topes y que tardaría en volver. Luego se inclinó sobre él y le besó en la boca. Por un segundo el pelo de Julia le tapó toda la cara y le dejó a oscuras. Julia dio un sorbo al gin-tonic, lo que tal vez aún fuese una imprudencia, pero Félix no le dijo nada, se limitó a seguirla con la vista hasta que desapareció al fondo. Después volvió la atención a la barra. Se habían congregado tantos allí que no localizaba a Marcus. Ojalá se hubiese marchado. Al menos Julia en el lavabo de mujeres estaría a salvo de tropezárselo.

 

Julia

Al ver a Marcus en La Felicidad el corazón le dio un vuelco espectacular. ¿Qué hacía éste aquí? ¿Y si ella seguía soñando? Tuvo que mirarle tres o cuatro veces para convencerse de que era él. La barba de dos días, la mirada atormentada en sus preciosos ojos grises. Julia tenía este color tan metido en la retina que podía verlo a varios metros de distancia en la penumbra. Estaba detenida junto a una damisela de cerámica pegada en la puerta del baño. Julia se había acercado por el lavabo, no por necesidad, sino por romper el maleficio de la pesadilla. Ya no se sentía peor vestida que las demás, ya era como todas, con dinero, un techo, una cama y un armario con ropa dentro. Sin embargo, tanto dormida como despierta, las cosas nunca salían como las tenía planeadas o como era razonable que salieran. Tal vez obedecieran a un plan, pero era un plan desconocido. Por supuesto el baño había dejado de interesarle, ahora vigilaba los movimientos de Marcus al acecho de alguna posible presa. Lamentablemente conocía por experiencia cómo funcionaba Marcus. Tanto en el sueño como en la vida real él le había echado el lazo para conseguir algo. Digamos que mientras dormía las piezas se habían armado de una forma un tanto burda para dejarle claro que era él quien había robado la tiara de la novia en la vida real. Al robarle el coche en el largo sueño, se había declarado como un delincuente de tercera y aunque podía tratarse de una exageración propia de las pesadillas, Marcus no era un Marcus exagerado.

Casi podría jurar que al principio de conocerse Julia le había gustado, hasta que sin darse cuenta la propia Julia le puso en bandeja la ocasión de hacerse con una joya tan valiosa, y él no resistió la tentación. Lo conoció en la cafetería del hotel. Le sirvió un café y una ginebra y charlaron un rato. Al día siguiente también se dejó caer por allí y se tomó una cerveza. Julia le puso un plato rebosante de almendras saladas, y él le dio las gracias elevando hacia ella sus bonitos ojos. Esa misma noche cenaron juntos. Ella le habló del intenso trabajo que tenía por delante porque era la encargada de preparar un cóctel para los invitados de una boda casi principesca. Se casaba la hija de los dueños de una gran cadena de tiendas de ropa que estaban forrados. A él aquello le interesó aunque Julia estaba tan pendiente de gustarle que no se dio cuenta. En el fondo, todo estaba bastante claro. Siempre es uno el que se engaña por no dar prioridad a las evidencias, como decía Félix, en lugar de a los deseos. Y se dejó llevar. Se enamoró de él, que era lo mismo que decir que Marcus se convirtió en una droga para Julia. Y era evidente que él se había enamorado de ella. ¿Evidente?, ¿por qué evidente?, ¿desde cuándo una ilusión era una evidencia? Luego vino el robo de la diadema y Marcus desapareció. Y apareció Félix, que trabajaba para la compañía que había asegurado la joya. En aquellos días Julia se sentía mal por la ausencia de Marcus. Vivía pendiente de recibir noticias suyas y agradeció los locos días de la boda en que empezaba a trabajar a las siete de la mañana y terminaba a las once de la noche preparando cócteles con que aquellos ricachones agasajaban a diario a sus invitados. Entre unas preocupaciones y otras no se le ocurrió pensar que ella le había contado a Marcus la conversación que había oído entre la novia y el novio sobre el sitio en que la chica pensaba esconder aquella diadema familiar que habían llevado su bisabuela, su abuela y su madre en sus respectivas bodas y que no quería ponerse ni muerta. Sólo verla le daban ganas de vomitar, pensaba enterrarla en un enorme macetero con un bambú que había en su suite y diría que había desaparecido.

Y lo malo fue que cuando culparon al novio y tuvieron que confesar la verdad y sacaron toda la tierra del macetero para rebuscar en ella una y otra vez, la diadema ya no estaba allí. Y hasta que Julia no cayó dormida en Las Marinas y sufrió aquella interminable pesadilla no se le ocurrió sospechar de Marcus. ¿Por qué iba a sospechar de él? Estaba demasiado entretenida en desear verle entrar de nuevo en la cafetería y luego en intentar olvidarle.

En el sueño descubrió quién era. Su inconsciente, más calmado y libre de interferencias voluntarias, había descubierto la verdadera naturaleza de este hombre miserable y mediocre. Apareció un año después de que se largase tras el robo, cuando Julia ya se había casado con Félix y estaba embarazada de Tito. Pero ¿qué es un año cuando se trata de amor? Comenzó a verle. Tomaban café, daban algún paseo y con frecuencia subían a una habitación del hotel.

Aprovechaban para estar juntos en el cuarto que ella y otros empleados usaban para descansar un rato cuando la jornada se hacía demasiado larga. Estaba en la planta baja y daba a un patio interior. No merecía siquiera la pena abrir la ventana, era menos triste con la luz encendida. No eran muchos los que la utilizaban salvo para darse una ducha. Si se echaban en la cama solían hacerlo sobre el cobertor, sin abrirla.

Julia en cambio tenía la costumbre de pedirle a la camarera sábanas limpias, que ella misma cambiaba. Después de hacer el amor con Marcus las quitaba y volvía a poner las anteriores. Al principio él la ayudaba, luego, en lo que ella llamaba segunda época, se negó porque decía que ese ritual le deprimía y se marchaba enseguida, y entonces para Julia la habitación se cargaba de una gran melancolía desagradable, no de la melancolía que a uno le puede gustar porque es triste y alegre a la vez, sino de otra que es triste y amarga a la vez.

—No pienso volver más aquí —solía decir Marcus—. No soporto este ambiente. Me pone enfermo. Con algo de dinero nos podríamos marchar a Grecia unos días, y allí viviríamos la vida de verdad.

Al principio Julia creyó que podría controlar la situación hasta que comenzó a sentirse demasiado nerviosa e irritable, con los sentidos tan embotados que tenían que repetirle las cosas para poder entenderlas, igual que si hubiese una pantalla entre ella y el mundo. Y esa pantalla podría llamarse miedo. Temía cometer fallos y que Félix se diera cuenta de lo que ocurría, pero sobre todo temía que se enterase de que le había mentido, y sobre todo le apenaba que las cosas no fuesen como tenían que ser.

Sin embargo, nada de esto era comparable con lo que vino después cuando Marcus comenzó a necesitar dinero para enviar a su país. Había contraído allí una deuda y tenía que pagarla de cualquier forma. Fue en este momento cuando Julia consideró que debía retirarse. La presión era demasiado grande para cualquiera y más para alguien en su estado. Precisamente apeló a su embarazo para pedirle que dejasen de verse. Ya no podía más, se iba a desmoronar, pero Marcus no quiso. Dijo que se encontraba atrapado y que ahora no iba a aguantar que le diese la patada. A estas alturas Julia reunía fuerza sólo para pensar lo justo y no fue capaz de reaccionar. Y así iba saliendo del atolladero, un atolladero en que cada vez se hablaba menos de amor y más de dinero, mientras tanto Julia trabajaba sin descanso en el hotel para sacar un dinero extra que darle a Marcus.

Él prometía que se lo devolvería con intereses. Julia por su parte, entre la angustia y el exceso de trabajo, iba cayendo en una fatiga continua. Siempre tenía sueño.

Por fortuna, tras el nacimiento de Tito, Marcus la dejó tranquila unos meses. Y ella no le echaba de menos. La paz, la tranquilidad y el no tener que engañar a Félix eran muy superiores a los sentimientos fuertes. Durante la baja por maternidad, se dedicaba a Tito todo el tiempo. Le cambiaba, le daba de mamar y observaba a este pequeño ser que había venido al mundo porque ella y Félix habían querido. Lo normal era que mientras le daba de mamar y entre toma y toma le entrase sueño y se quedara traspuesta o profundamente dormida, hasta que la despertaba el llanto del niño. No lograba recuperarse del cansancio que había ido acumulando desde que conoció a Marcus y ni siquiera se acordaba ya de cuándo no lo sentía. Parecía que los lejanos tiempos en que era una persona como las demás se habían extinguido como los dinosaurios.

Y cuando se acabó la baja y se incorporó sin ninguna gana, a rastras como si dijéramos, al bar del hotel, Marcus reapareció. Estaba más guapo que nunca. La cara más curtida por el aire y el sol y los ojos tan claros que hacían pensar que para volver aquí habría cruzado a nado océanos profundamente azules. Julia, sin embargo, cayó en la cuenta de que la había pillado por sorpresa y que iba más descuidada que en los viejos tiempos. Marcus le preguntó cómo se llamaba su hijo.

—Tito —dijo Julia con gran precaución.

—¿Está bien?

—Sí, muy bien.

—Me gustaría que hablásemos. No quiero malentendidos entre nosotros.

—¿Cómo va lo de tu deuda?

—Saldada. Está completamente saldada. No tienes que preocuparte por eso.

Julia acababa de comprender que el problema no era Marcus, sino que ella tenía un infierno dentro que necesitaba arder, lanzar grandes llamas al cielo. Y era de suponer que Marcus también lo tendría. Sólo que Julia no lo manejaba ni lo resistía tan bien como Marcus el suyo. Y empezaron de nuevo a verse, ahora con más complicaciones porque Tito exigía mucha dedicación. Julia llegó a tal grado de confusión que tuvo que implicar a su madre. En varias ocasiones dejó a Tito con ella para poder verle con más tranquilidad. Se planteó incluso la posibilidad de divorciarse de Félix y comenzar una nueva vida con Marcus, si éste hubiese expresado un fuerte deseo de que así fuera, pero no lo hizo porque tenía otras preocupaciones más urgentes. Marcus volvía a necesitar dinero. Resulta que había emprendido un negocio que no estaba saliendo bien. Otra vez el dinero.

«Lo único que te importa es el dinero, ¿verdad?», le dijo un día Julia por decir. Y Marcus le sostuvo la mirada con una frialdad que a Julia le obligó a bajar la suya.

Ahora, retrospectivamente, veía su vida más en conjunto y las conexiones entre las partes le daban aparente sentido a los acontecimientos y una explicación, la explicación de que un clavo arranca otro clavo y un problema tapa otro. Julia tuvo que ir al médico porque se quedaba dormida en cualquier parte. Era exagerado, tenía que tratarse de algo más que cansancio, y lo único bueno de su dolencia era que el asunto Marcus había pasado a segundo plano. ¿Y si estaba enferma? El médico achacó su estado a la depresión posparto. La depresión le habría provocado desórdenes en el sueño. Le recetó pastillas, cuyo efecto no se hacía notar demasiado.

Entre tanto, Marcus dijo que si no reunía dinero suficiente para pagar un local que había comprado tendría que marcharse fuera del país. Y Félix reservó un apartamento en Las Marinas para pasar el mes de julio, lo que a Julia le pareció una gran idea. Ya no podía más, no controlaba su cuerpo y no se sentía capaz de hacer frente a su vida.

Si se había producido la extraña circunstancia de que también él estuviese esta noche aquí, en La Felicidad, sería porque tenían que verse y hablarse. Se apartó a un lado para no molestar a las que entraban y salían del baño, bastante serenas todavía. Sabía que de un momento a otro él la vería, vería su pelo rojo entre las ráfagas de luz. Y así fue, de pronto notó que la luz la iluminaba aquí y allá y que la mirada de aguilucho de Marcus se detenía en ella. Ya no había vuelta atrás. Julia fijó la vista en él para dejarle claro que le había visto y que no podía huir. Así que sin dejar de mirarle avanzó y avanzó. Jamás los tacones le habían resultado tan odiosos. Estaba tardando una eternidad en llegar. Entonces Marcus se apartó de la barra y también anduvo hacia ella. Se encontraron a mitad de camino. Julia se retiró hacia la pared, donde era improbable que los viera Félix. Marcus la siguió, parecía tan asombrado como ella.

—Vaya —dijo—. ¡Qué sorpresa verte aquí! —dijo Marcus.

—Sí, la verdad es que no creía que fuera a volver a verte y menos en Las Marinas. Es una coincidencia increíble.

Julia consideró que ya se estaba embalando a hablar. Marcus era un hombre de pocas palabras y su silencio resultaba un arma bastante poderosa para tirarle a ella de la lengua. Lo lograba sin mover un dedo, sólo creando un intenso horror al vacío. Ahora él la observaba sopesando la situación.

—Ya —dijo—. Imagino que andará por aquí tu marido.

—Sí. Esperaba que me preguntases por mi hijo.

—¿Por qué? ¿Le ha sucedido algo?

Julia negó con la cabeza descorazonada, no le estaba gustando hablar con Marcus. Aquella penumbra le recordaba la habitación del hotel. Por un lado era un alivio no haberlo matado de verdad, pero por otro le gustaría matarlo con la facilidad con la que lo hizo en el sueño.

—Sé una cosa, Marcus.

Él, como era de esperar, no preguntó.

—Sé que robaste la diadema de la novia.

Hizo como que no recordaba, frunciendo el entrecejo con tanta fuerza que le dejó un surco.

—No entiendo lo que dices.

—Sí que lo entiendes. Robaste la joya y la vendiste y cuando te gastaste el dinero volviste a mí de nuevo. Me importas una mierda.

Marcus sonrió. Por primera vez en su vida, sonrió, y con la sonrisa los músculos se le descolocaron, la mirada le cambió, se hizo más blanda, los labios se le estiraron y le dibujaron unos surcos a los lados un poco ridículos. Julia lamentó que esta sonrisa no le hubiese llegado antes y deshiciese así el hechizo que la había mantenido atada a un sueño, y éste sí que había sido un sueño absurdo. En el fondo todo lo que acababa de decirle, casi ahogándose de rabia, habría carecido de valor y habría caído en el vacío si no fuese por esa sonrisa, que había vuelto el mundo del derecho. Lo estaba viendo como era. Ya no significaba nada. Sólo se dijo para sí, lo hecho, hecho está.

Marcus había sido descubierto y podía liberar su verdadero ser. El Marcus del sueño era el real.

—Crees que sabes algo y no sabes nada. Tu pequeña mente sólo ve cosas pequeñas, hechos pequeños, ideas pequeñas. Tienes fantasías pequeñas y una vida aburrida —dijo Marcus tal vez calibrando su poder sobre Julia.

—¿Sabes una cosa? —replicó Julia indignada—. Aunque no lo creas, existe una vida en que ya estás muerto. En esa vida yo misma te he matado. He tenido la sensación de haberte matado y de tener que cargar con la culpa. No era agradable, pero tampoco me daba ninguna pena y no me dejabas ningún recuerdo. Ya no tenemos nada más que decirnos.

Cuando Julia emprendió la retirada, Marcus la sujetó por el brazo. Pero Julia ya estaba preocupada por Félix, le horrorizaba que los sorprendiese. No sabría qué decirle ni por dónde empezar a explicarle aquel embrollo que al fin y al cabo ya había pasado, y uno puede hacerse a la idea de que el pasado es sólo un sueño, a veces bueno y otras malo.

—La gente como tú en cuanto puede se deshace de lo que le molesta. Cualquier cosa que le estorbe por insignificante que sea tiene que eliminarla. Piensa en ello.