Presentimientos

Clara Sánchez · Capítulo 4 de 44

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Presentimientos

Félix

Le costó trabajo despegarse de la silla, igual que si una mano la atrajese hacia abajo. Dudaba de si no estaría cediendo una vez más para aliviar la situación. Rocío la animaba con la sonrisa que tan buen resultado le estaba dando. Cuando por fin se liberó de la tapicería gris y los brazos de plástico duro, se fue derecha a la bombona de agua, cogió uno de los vasos de papel encerado y bebió repetidas veces hasta que no pudo más. Pero temiéndose que no fuese bastante, llenó otros dos vasos y salió. Haciendo equilibrios con ellos sacó las llaves de la taquilla y se las metió en el bolsillo. Notaba cómo Rocío detrás de las persianas de la entidad hacía como que no la observaba.

Fuera el resplandor le dio en toda la cara y echó de menos las gafas de sol. Negras, grandes, de patilla ancha, le quedaban muy bien y siempre las llevaba encima. Por lo que ahora, mientras esperaba en el semáforo, tuvo que entrecerrar los ojos.

El agua de los vasos empezaba a perder frescor. Y de pronto pasó algo sorprendente. Le hizo reaccionar y despejarse completamente el llanto de Tito. Duró varios segundos y se cortó. Miró alrededor, aunque de sobra sabía que el llanto no había partido de ningún lugar fuera de ella. Tampoco lo había escuchado sólo en el interior de su cabeza como cuando se sueña. El llanto de su hijo había sido claro y puro, un destello aislado del resto de ruidos de la calle. Lo había escuchado dentro y fuera de su cerebro y al mismo tiempo ni fuera ni dentro, sino en otro lugar que no se pudiera ver, pero que estuviera aquí, junto a ella.

 

Félix

Desde el capazo Tito gruñó e inmediatamente, como era de temer, arrancó con un llanto tan potente que podría haber roto todos los cristales del hospital y que, sin embargo, no logró despertar a Julia, aunque sí que cambiase de expresión, o mejor dicho, que se le formara un ligero y casi imperceptible gesto de perplejidad, como si hubiese reconocido el llanto de su hijo y se preguntara qué le ocurría. Puede que Tito tuviese frío. Así que quitó la funda de una almohada y le cubrió con ella y al ponerle el chupete poco a poco fue calmándose. Luego tiró de la fina colcha de algodón blanco con letras azules del hospital de la cama de al lado y se la puso a Julia encima de la otra. No sabía hasta qué punto era conveniente moverla puesto que ni siquiera le habían hecho el TAC, por lo que se limitó a descubrirle un pie como a ella le gustaba.

Por su parte trató de acomodarse en el sillón, estiró las piernas y cerró los ojos. No tenía más remedio que descansar y reponer fuerzas. No sabía lo que le esperaba mañana. Trataría de no pensar y no dejarse arrastrar por la oscuridad de la habitación y la noche. Sólo tendría que haber dicho, voy yo por la leche, quédate con el niño, y todo continuaría igual que antes, pero Julia salió disparada y casi no le dio tiempo de reaccionar. O bien, podría haber repasado el equipaje al llegar del trabajo para que no se olvidara algo tan importante, y entonces todo continuaría igual. La idea de que ahora podrían estar durmiendo tan tranquilamente en el apartamento le desesperaba.

Si estuvieran durmiendo en el apartamento no se les habría ocurrido pensar lo difícil que es que todo transcurra como uno tiene planeado, aunque lo que se planee sea algo sencillo. Empezaba a darle la impresión de que el azar o lo que sea que hace que el mundo funcione no distingue entre fácil o difícil. Apretó los párpados para que el sueño acudiera antes y luego rezó las pocas oraciones que se sabía varias veces porque aunque no era creyente tenía comprobado que rezar tranquilizaba y adormecía. Sin embargo, hoy el resultado se hacía esperar y el labio se le movía con un tic nervioso, así que se levantó, fue a la otra cama y se tendió junto al capazo con un enorme sentimiento de culpa por querer estar cómodo y por querer dormir y por sentir que el trance por el que estaba pasando Julia perturbaba su vida.

Aunque la entrada a la habitación hacía un quiebro que evitaba que desde fuera se vieran las camas y que llegaran la luz del pasillo y los ruidos, permanecía inalterable un sostenido mar de fondo de pisadas, suspiros y palabras sueltas. Y una pequeña claridad caía en la oscuridad como una gota de leche en el café. Aun así Félix logró hundirse en un estado que no sabría explicar, en que vio a Julia levantarse de la cama, vestirse con la ropa que llevaba cuando salió del apartamento y cruzar el cuarto buscando algo. El caso era que Félix tenía los ojos abiertos y la veía perfectamente como también veía con claridad las franjas azules de la sábana, pero no podía moverse ni hablar. Se notaba paralizado, angustiosamente paralizado, y trataba de respirar lo más fuerte posible para llamar la atención de Julia y que lo sacudiese y le ayudara a recobrar la movilidad y levantarse y hablar. ¿Se estaría muriendo sin que nadie se diese cuenta? Hacía esfuerzos desesperados por mover la cabeza y revivir y con cada esfuerzo se desanimaba más y más. Menos mal que de pronto, cuando ya se daba por perdido, una luz fuerte y ruidosa le ayudó a salir de sí mismo y pudo abrir los ojos de verdad.

¿Estaría Julia haciendo estos titánicos esfuerzos para volver a la vida? Tal vez nacer resultase la peor de las pesadillas y por eso la memoria había optado por eliminarla.

La enfermera no podía sospechar el infierno del que acababa de sacar a Félix al encender la luz.

Miró con recriminación la cama. Dejó claro que no le parecía bien que un no enfermo se tumbara en una cama del hospital. Félix se iba a disculpar, pero le pareció pueril que le preocupara lo que pudiese pensar esta enfermera mientras su mujer permanecía inconsciente, quizá grave. Miró el reloj. Eran las siete y Tito iba a empezar a llorar de un momento a otro. La enfermera le cambió hábilmente el gotero a Julia y le administró una inyección en una cánula que le habían puesto en el brazo.

—Tengo que bajar a la cafetería para hacerle un biberón al niño —dijo Félix resumiendo en esta frase un sinfín de problemas y matices.

—Tiene tiempo, hasta las nueve no empiezan a pasar los médicos. Ahora voy a darle agua y un poco de alimento. Vamos a ver, ¿qué le gusta comer a… —consultó el parte— a Julia? ¿Cuáles son sus platos preferidos?

Félix, que no solía tener ningún problema para entender las frases más incoherentes, los titubeos y cualquier intento de dar gato por liebre, de resultar más brillante o ingenuo de lo que se era, ahora se había desconcertado.

—¿Le gustan el chocolate, la leche, el marisco? —añadió ella mientras levantaba unos grados la cama.

Julia no era alguien que pensara en la comida, y los que no piensan en la comida comen lo necesario, por eso quizá estaba tan delgada. De todos modos, no le hacía ascos a una buena cerveza helada, a un batido de fresa, a unas sardinas asadas o a un pastel de chocolate.

—Le gusta todo, menos los plátanos. De todos modos no creo que eso importe ahora mucho —contestó Félix bordeándola con Tito en brazos.

—Todo importa —oyó a su espalda mientras salía al pasillo.

La luz eléctrica se mezclaba con la natural procedente de alguna cristalera y acentuaba el cansancio de los rostros del personal que estaba a punto de terminar el turno. La gente con la que se cruzó en el ascensor no sabía que en la 407 su mujer dormía profundamente sin saber dónde se encontraba, ni cómo, ni quién cuidaba su cuerpo. Ni mucho menos el alma. Que Félix recordara nunca le había dado por pensar demasiado en este asunto del alma porque el alma no se veía, ni se palpaba, ni se olía, ni se oía, ni tampoco tenía sabor, no se podía analizar en un laboratorio, así que del alma se podía pensar y decir lo que se quisiera porque nunca se iba a poder contrastar con la realidad. Decir alma era decir todo y en el fondo no decir nada. Y aun así el alma debía de ser lo mejor que tenía una persona. ¿Seguiría intacta y sana el alma de Julia? Se supone que el alma al ser invisible podría haberse mantenido a salvo. La pregunta era dónde. Probablemente en sus pensamientos si es que seguía pensando.

Y si seguía pensando estos pensamientos serían los sueños. Su alma se comunicaría con ella a través de los sueños. Pero puede que algo de su alma también hubiese quedado en el propio Félix, o que las almas se comuniquen entre sí en un código tan oculto como ellas. Porque en honor a la verdad Félix jamás había sentido su propia alma, ni nada le había hecho pensar que la tuviera.

La cafetería daba a un jardín con grava, plantas de la zona y un conjunto de tres palmeras en el centro. En el ambiente flotaba un vago olor a detergente, que desde luego no había sido usado para limpiar los restos de aliento y huellas de dedos impresionados en las cristaleras.

Tito tenía los ojos abiertos e inquietos. Hizo ruidos como si quisiera arrancar a hablar y al no poder no tuviera más remedio que llorar. Félix le puso el chupete y cogió el biberón y la leche de la bolsa de osos. Compró una botella de litro y medio de agua de mineralización baja y le pidió a un camarero nada servicial que le calentara un poco. A continuación le pidió un café con leche y una ensaimada. Se fue tomando el café mientras le daba el biberón a Tito, pero no le apetecía tocar la ensaimada. Le repugnaba tener hambre, ¿tendría hambre Julia? Se fijó en el camarero. Por muy hosco que fuese no resistiría que le pegasen un golpe fuerte en la cabeza. Si no llegaba a morir del golpe, al menos sangraría o se quedaría inconsciente como Julia. Nadie está hecho de piedra o de hierro por duro que parezca, nadie tiene la coraza de las tortugas. A la mínima nos matan o nos matamos o tenemos que estar en un hospital como éste.

Un rayo de sol salía del jardín y atravesaba el cristal y se estrellaba contra la mesa. Tras tomarse el biberón, Tito empezó a llorar, tendría gases. Y al camarero no pareció hacerle mucha gracia que comenzara tan temprano el jaleo. Así que Félix salió con él en brazos al vestíbulo y paseó arriba y abajo percatándose, por pura manía de fijarse en todo, de lo que tardaban los ascensores en subir y bajar. Fue entonces cuando un paciente en pijama y bata se acercó al niño.

—Chiquitín —dijo, levantando un dedo amarillento, que Félix no deseaba que cayera sobre la cabeza de su hijo.

—Voy a cambiarle —dijo Félix emprendiendo el camino de vuelta a la cafetería.

Pero al llegar a la mesa se dio cuenta de que el paciente le había seguido. Le preguntó a Félix si le importaba que se sentara allí y le pidió al camarero hosco o taciturno, según se mirase, un café con leche y churros. La mano le salía escuálida y algo temblorosa de la manga azul claro ribeteada de azul oscuro.

—Estamos en el mismo pasillo —dijo el paciente—. Le he visto al pasar.

Félix se limitó a mirarle. De pronto la imagen de Julia en la cama le angustiaba, porque Julia, ocurriera lo que ocurriera aquí y en el mundo entero, continuaba en la cama de la 407 y podría haber terremotos, maremotos y cualquier tipo de catástrofe y ella no se enteraría de nada. Tito se puso rojo y empezó a apestar, por tanto había que subir para lavarle bien en el baño. Mientras Félix guardaba el biberón en la bolsa de osos, aquel hombre le observaba hacer.

—¿Es su mujer la que está…?

Félix asintió. Le pidió otro café al camarero y la cuenta.

—Yo he tenido cuatro infartos y he estado inconsciente varias veces y ahora aquí me tiene, desayunando. ¡Cuánta vida! —exclamó contemplando a Tito—. Mis hijos ya son hombres, son mayores que usted.

—Mi mujer es buena conductora, sobre todo es prudente. Así que no sé qué pudo ocurrir para que se diera con un árbol. Anoche salió a buscar una farmacia y ya no volvió —dijo lamentando que cada una de estas palabras fuera completamente inútil.

Tampoco aquel hombre podía decir nada, no podía decir que no se preocupara, ni que todo volvería a ser como antes, sólo podía ponerse a sí mismo como ejemplo viviente de que las cosas se arreglan.

—Cuando quiera hablar conmigo, estaré unos días más en la 403 —dijo, y dejó caer la mano transparente en la cabeza de Tito.

Dijo que se llamaba Abel. Abel a secas. Y, aunque Félix no estaba para trámites sociales, no tuvo más remedio que darle su nombre.

Ahora, durante el camino de vuelta, Félix sabía a lo que iba, lo que le esperaba al final cuando sortease el pequeño vestíbulo de entrada a la habitación. Oyó resonar sus propios pasos por el pasillo, de la misma forma en que a veces se oye el propio corazón mientras se está tumbado en la cama y la cama casi tiembla con los latidos. Sabía que el milagro no se había producido. Siempre se llama milagro no tanto a que ocurra lo imposible sino a que se cumpla el deseo, porque que se cumpla un deseo es bastante difícil.

Las horas fueron transcurriendo con altibajos. Al principio se llevaron a Julia para hacerle el TAC, y luego al cabo de dos horas llegó un doctor con el resultado. Primero se oyeron unos pasos cortos y rápidos y a continuación entró él. Era el doctor Romano, de unos sesenta y cinco años. Su recortada barba blanca y la voz grave y cuidada le daban una gran credibilidad. Era, por decirlo de alguna manera, la voz de la experiencia, que se limitó a decir que el resultado era el esperado y que tendrían que tener paciencia porque podría despertar en unos días o… en unos meses, en cualquier momento, no se podía precisar.

—Pero ¿cómo se llama lo que tiene? —preguntó Félix tratando de controlar su ansiedad.

Parecía un coma, aunque aún era pronto para determinar qué categoría de coma. Era mejor decir que estaba sumida en un profundo sueño.

Félix preguntó qué podía hacer él. Y el doctor se le quedó mirando bajo sus cejas, que también empezaban a blanquear.

—Cuantos más estímulos reciba del exterior, mejor. Será bueno tocarla, darle masajes suaves, hablarle. Pero tampoco querría infundirle falsas esperanzas, nuestra comprensión de las relaciones entre los procesos operados en el cerebro y la vivencia o pensamiento consciente resulta todavía muy pobre. De momento no tenemos más remedio que esperar, observar su evolución y confiar en que el propio cerebro se autorrepare y encuentre la forma de superar esta situación. Personalmente quiero confiar en que los cien mil millones de neuronas de Julia no se quedarán de brazos cruzados. Sabemos que el cerebro continúa activo durante el sueño. Y si Julia logra soñar todo ese engranaje, que hace que ella sea quien es, necesitará encontrar motivaciones para seguir funcionando, por lo que no es imposible que pudiera también encontrar alguna para despertar.

Aunque sabía que en cuanto el doctor se marchara se le ocurrirían mil cosas que preguntarle, ahora la presencia de Julia convertía en inútil cualquier respuesta y cualquier explicación que no sirviera para hacerle hablar y moverse. En este momento, él, que estaba acostumbrado a no perder de vista lo importante, sólo fue capaz de pensar que la refrigeración se había estropeado y que apenas salía algo de aire por las rejillas.

Todo el mundo, pacientes, médicos y familiares, sudaba, así que un operario tuvo que ir abriendo las ventanas herméticamente cerradas con un destornillador de estrella. Del pasillo llegaba el olor de los ramos de flores que habían sacado de alguna habitación y que habían alineado junto a la pared. Por una parte resultaba bonito, pero por otra era un intento imposible de endulzar la realidad. Félix le retiró la colcha a Julia y le bajó la sábana hasta la cintura. Tenía las mejillas sonrosadas como si hubiese estado corriendo por la playa. Se la quedó mirando, no estaba seguro de si todas las veces que le había parecido la mujer más guapa del mundo se lo había dicho o sólo lo había pensado. Bajo los párpados, los ojos se le movían de un lado a otro con rapidez igual que si se hubiera despertado dentro del sueño y estuviera en pleno trabajo llevando y trayendo bebidas en la cafetería del hotel.

La verdad era que ni el doctor Romano ni nadie podía saber qué ocurría en esta mente dormida y, de soñar, el grado de confusión de los sueños. Tampoco se podía asegurar que llegase a detectar las señales de fuera como caricias o determinadas frases con un significado especial para ella. Ni era esperable que al despertar fuese a recordar algo, y en caso de recordarlo, sería un recuerdo muy vago. A veces en la prensa era noticia el sorprendente caso de alguien que de pronto despertaba a los diez años o más de estar inconsciente y entonces era de suponer que esa persona acababa de abandonar un largo sueño en que había vivido una vida todos esos años, porque en ese tiempo su mente seguiría funcionando de alguna manera, tendría sensaciones y mientras las tenía esa persona no sabía que estaba soñando y que todo lo que estaba viviendo era irreal y que al despertar se desvanecería en su mayor parte. Pero ¿qué sabía nadie lo que ocurría detrás de la frente? El doctor dijo que había que procurar no convertir los intentos y buenas intenciones en ilusiones.

El sol avanzaba dentro de la habitación volviendo dorados el suelo, el techo, el armario metálico, una silla, media cama, parte del capazo de Tito. La onda expansiva también capturó al doctor Romano tiñendo ligeramente de rubio su pelo blanco. Lo tendría así desde los treinta años y por eso estaba absolutamente acostumbrado a él y no había sentido la tentación de cambiar el color. Pero donde el sol parecía cebarse de verdad era en la cara de Julia, por lo que Félix fue hasta la persiana para bajarla, pero el doctor lo detuvo con su extraordinaria voz.