Regreso a Killybegs

Sorj Chalandon · Capítulo 9 de 26

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Regreso a Killybegs

Capítulo 7

EL TÍO LAWRENCE MURIÓ el 17 de marzo de 1942, el Día de san Patricio. Un techo se desplomó de repente bajo su peso. Él se resbaló y cayó de espaldas, golpe en la nuca, con los ojos al cielo y los brazos abiertos. El día de su entierro, parecía que toda Irlanda hubiera asistido. Detrás del hombre que tocaba la gaita, en kilt azafrán, iba mi madre encabezando la marcha, con una corona enjuta en las manos. La seguían Róisín, Mary, Áine, el pequeño Kevin, Brian, Niall y Séanna. Yo llevaba a la bebé Sara, en la primera la de los hombres.

Lawrence no pertenecía al IRA, pero el movimiento le había hecho el honor de la bandera. La llevaba un Fianna ondeando al viento.

Éramos centenares. Muchas caras venidas de otras partes. Séanna y Tom Williams ayudaron a levantar el féretro, yo no. Pasó de hombro en hombro, sin que nadie me hiciera ninguna señal. Era demasiado joven o demasiado pequeño, apenas acorde para acompañar a los muertos. No estaba triste. Sin embargo, en Irlanda, la tristeza es lo último que muere. Caminaba con los vecinos, los amigos, los antiguos prisioneros, seguía a los soldados del IRA, tres columnas negras a lo largo de la avenida. Me sentía orgulloso de esa multitud, feliz de pertenecer a los Meehan y a los Finnegan. Orgulloso también de caminar siguiendo los pasos del o cial Williams, mi jefe.

Algunas madres del barrio murmuraban que Tom Williams cargaba demasiados dolores. Algunos padres decían que, frente a esos ojos, la muerte se amilanaría. Tenía siempre las cejas fruncidas con arrugas de dolor. Cuando una emoción lo sofocaba, se volvía opaco. Estaba adolorido. Respiraba mal. Un asma de la infancia lo as xiaba. Una vez, lo hice reír. Vi que el pequeño Tom se escondía detrás de esa melancolía.

La tarde del entierro, él y yo hablamos de la muerte de todos. De su hermana, Mary, fulminada por una meningitis a los tres años. De su madre, llamada Mary también, que se fue a los veintinueve años en el parto de una bebé, muerta a su vez seis semanas después.

—Es culpa de la miseria, no culpa de la vida —decía Tom Williams.

Entonces, hablamos de la miseria. Hablamos de la Gran Hambruna. De los niños con los pies descalzos en el barro. De la lepra del pan pintada en esas bocas mal alimentadas. De mi padre muerto en la escarcha. Teníamos en común la rabia. Y el odio también. Igual que nosotros, Tom había tenido que huir de su barrio. Una bomba unionista lanzada a un grupo de niños que jugaban en un parque. Hubo muertos. Y fue su tío, Terry Williams, quien terminó en la cárcel por haber defendido su calle, su familia.

Pero no los asesinos protestantes. Era injusto. Todo era injusto.

Estábamos solos en el mundo y nuestra guerra había sido borrada por una guerra diferente de la nuestra. El mundo entero miraba para otro lado. Solo podíamos contar con nosotros mismos, con nadie más. Tom estaba desempleado, igual que todos los hombres de nuestros barrios. Como de seguro habríamos estado Séanna y yo si

el tío Lawrence no nos hubiera dejado el negocio, sus escobas, sus cepillos de limpiador de chimeneas. Jamás habría trabajo para nosotros en este país.

Encendió un cigarrillo. Me pasó uno con tres dedos: el primero de mi vida. Lo cogí. Para cerrar los ojos en medio del humo, como hacen los adultos. Observaba la calle sentado en unas escaleras.

Igual que él, me solté la corbata y me desabotoné el cuello. Me habló de Pascua. Estaba preocupado. Solo tenía dos años más que yo, pero no lograba distinguir en él esa juventud. Tom Williams tenía el rostro marcado y la mirada de un viudo. Jamás oiría tantas heridas en la voz de otro hombre.

* * *

Los británicos nos habían prohibido toda agrupación el domingo de Pascua de 1942. Sin embargo, nosotros habíamos decidido desobedecer. Nadie nos impediría conmemorar la insurrección de 1916 y de agradecer con honores a los héroes de la República.

El movimiento había planeado tres procesiones ilegales en Belfast, protegidas por los Fiannas en uniforme. Cuando le pregunté qué debíamos hacer si la Policía intervenía, Tom sonrió.

—Van a estar bastante ocupados con nosotros.

Esa fue la respuesta de mi jefe.

Abrí grandes los ojos. Quería saber qué se traía el IRA entre manos.

—¿También quieres nuestro organigrama?

Se me enrojecieron las mejillas. Sacudí la cabeza y aspiré una bocanada ardiente de humo para callarme.

—Cada cual a su tarea, Tyrone Meehan.

Luego se levantó. Con los dedos en las sienes, me hizo un saludo de soldado. Al frente, dos óglachs se apartaron de su muro de oscuridad para protegerle los pasos.

—¡Hasta luego, Fianna! —dijo Tom Williams.

Lo miré alejarse por Bombay Street, con tres sombras para él solo. Volteó en la esquina. Iba silbando God Save Ireland! Apreté el sliotar blanco. Sentí miedo por todos nosotros.

El Domingo de Pascua, mamá nos vistió para la misa. Yo llevaba puesta una vieja camisa blanca de Séanna. Niall, uno de mis pantalones. Mi uniforme de Fianna iba escondido debajo de la cobija de Sara, en el cochecito. La calle estaba desierta y tensa. Por todas partes, en los guetos nacionalistas, las puertas amigas se abrían a los scouts rebeldes. Nosotros nos preparábamos por parejas, en los patios traseros, escondidos en los guardarropas, en los talleres, en los cobertizos, en los bares destartalados. Cuando llegamos frente a la tienda de la familia Costello, Sheila abrió la puerta. Mi familia se agrupó en torno del cochecito, como quien consuela a la bebé. Me estaban escondiendo. Entré disimuladamente al local de los Costello mientras los Meehan continuaban su camino hacia la iglesia.

Danny Finley estaba en el segundo piso. Se vestía en silencio, bajo la mirada de un Jesús triste. Sentada en las escaleras, Sheila me observaba mientras yo me ponía mi pantalón corto negro. Enrojecí.

Yo la amaba. Eran tiempos de timidez y uno no se atrevía; además, la ciudad lo sabía todo sobre sus hijos. Si una mano se posaba sobre otra, decenas de dedos se tensionaban. Nada qué ver con la maldad o la mofa. Es simplemente la impresión de que siempre había un juicio detrás de las cortinas. Los británicos vigilaban nuestros gestos, el IRA vigilaba nuestros compromisos, los curas vigilaban nuestros pensamientos, los padres vigilaban nuestra infancia y las ventanas vigilaban nuestros amores. Nada para escondernos, jamás.

— Brits! Brits! —gritó una voz en la calle.

Sheila se levantó de golpe y bajó a toda velocidad las escaleras.

Danny siguió poniéndose la camisa. La calma era su forma de nerviosismo.

—Mierda, le falta un botón a la manga —gruñó mi compañero.

Se acomodó las rodillas del pantalón.

En la calle, un tanque anunciaba por un altoparlante que cualquier agrupación era ilegal. Que las manifestaciones en tiempos de guerra eran un acto de traición. Al comienzo de las hostilidades con Alemania, los camiones militares rondaban por nuestros barrios para llamar a los jóvenes católicos a vestir el uniforme inglés. Pocos respondieron al llamado. En 1941, más de doscientos mil nacionalistas en edad de combatir habían huido de Belfast; muchos

otros dormían en los campos o en las colinas que rodeaban la ciudad para escapar a los sargentos de reclutamiento. Nuestros padres, nuestras madres, nuestras familias, se manifestaban por miles en las calles cada día, pues se negaban a que sus hijos murieran por el rey.

El 27 de mayo, Londres renunciaba al servicio militar obligatorio en Irlanda del Norte. Solo los protestantes de Úlster partieron a luchar por su bandera.

Mamá me había planchado cuidadosamente el uniforme. Una camisa de color verde oscuro. Una chaqueta del mismo color, con cuello militar cerrado, hombreras, dos hileras de botones de cobre, un cordón blanco para sujetar el silbato y un pañuelo anaranjado. El cinturón era el de mi padre, y también heredé su bandolera. El camión enemigo se alejaba. Clavé el al ler con la insignia de los Fianna junto a mi corazón: la lanza de los insurgentes de 1798 con un fondo de sol brillante. Luego, nos sentamos arriba, en la parte alta de las escaleras a esperar las órdenes. Me puse el sombrero de eltro en la cabeza, Danny se puso el suyo en la rodilla. Nos robábamos los “Baden-Powell” por docenas en las tiendas de scouts en Dublín y en Cork. Irlanda y Gran Bretaña perseguían a nuestro ejército secreto, pero no podían prohibir nuestros sombreros.

Los Fianna salieron a la calle casi al tiempo. Danny y yo estábamos de pie, detrás de la puerta de entrada de la casa Costello.

Sheila acechaba detrás de la cortina que corría con un dedo. Su padre tenía la mano en el pomo. Esperaba. El sonido metálico de un silbato. Al frente, se abrieron dos puertas y aparecieron cuatro scouts. Nosotros salimos también. Danny nos hizo ponernos en la

en la acera. Éramos diez. Y otros diez más allá, que salían del callejón. Y otros más, que llegaban por Kashmir Road.

—¡Vamos! ¡Izquierda! ¡Izquierda! ¡Izquierda, derecha, izquierda!

La voz de un o cial. Marchamos hacia Falls Road. Yo temblaba.

Una tontería. Temblaba y me castañeteaban los dientes. Había soñado tanto con este instante heroico. Yo, Tyrone Meehan, des lando en uniforme y siguiendo el compás. Pero tenía miedo. O

frío. Ya no sabía. Tenía el sombrero encima de los ojos y no me atrevía a levantarlo. Las muchachas de Cumann na gCailíní llegaban de Leeson Street, con sus faldas verdes y el pelo recogido. Brazo derecho, brazo izquierdo, balancines en des le. Avanzábamos por la avenida como un ejército de niños.

Sheila nos seguía. En una bolsa, llevaba nuestra ropa de civil.

Cada scout era seguido desde cierta distancia por una madre, una hermana o una amiga. Cuando aparecieron nuestras banderas, se me llenaron los ojos de lágrimas, me reí de alegría, grité. El tricolor de nuestra República era inmenso. Jamás había visto el verde, el blanco y el naranja otar libremente bajo el cielo.

El estandarte de los Fianna era magní co, con sus ecos dorados y su sol radiante en fondo azul. Un muchacho llevaba los colores nacionales; una de las chicas, el emblema de los Fianna.

Ocupábamos la calle. Se la habíamos arrebatado a los soldados ingleses, se la habíamos quitado a los bombarderos alemanes. Esta calle era irlandesa. Reconquistada por unos mocosos vestidos de soldados. La gente esperaba en las aceras, frente a las puertas. A

nuestro alrededor, unos hombres del IRA vestidos de civil daban órdenes breves. Cuando avanzaron las banderas, la población nacionalista llegó de todas partes. Emocionada, preocupada, con alegría o con nerviosismo. Una multitud hermosa y digna. Mujeres, niños a centenares, hombres, viejos que se creían o ciales, ordenándoles a los niños formar mejor las las. Una fanfarria iba a la cabeza del des le. Algunas autas, tres tambores y unos acordeones. Tocaban God Save Ireland! llevando la cadencia del paso. Yo estaba en un costado, entre la calle y la acera, igual que los otros Fianna. Nuestra orden era proteger a la gente de los unionistas de Shankill, a unas cuantas calles de ahí, y de los soldados británicos, en caso de que aparecieran. Algunos hombres de mayor edad llevaban palos de hurling en unas bolsas grandes, palos tachonados. Nada de armas. Era para defendernos, no para atacar.

Al llegar a la esquina de Conway, se dio la orden de dispersión.

Brutal. Todavía estábamos lejos del cementerio. Dos hombres se subieron al techo de un camión y, con las manos levantadas, le gritaron a la muchedumbre que abandonara la marcha.

—¡Vuelvan a las aceras! ¡Ya mismo! ¡No regresen solos a sus casas! ¡Únanse a un grupo si están aislados!

—¡No más de cinco personas! —gritó el otro.

Reconocí al mayor. Nos había dado una clase sobre la Gran Hambruna.

Chi é separando los brazos para dispersar la marcha.

—¡Pasen la voz! ¡No corran! ¡Caminen por las aceras!

Danny Finley se subió al camión.

—¡Los Fianna se cambian aquí, ya mismo! ¡Y cada uno se reúne con su cumann!

Sheila llegó corriendo. Vació la bolsa con la ropa en la acera.

Nosotros le pasamos nuestros uniformes. Camisa, chaqueta, pantalón. Quedé en calzoncillos en la calle. No me importaba. Metió ese verde rebelde en su mochila. Aplastó los sombreros. A nuestro alrededor, la gente se dispersaba murmurando. La calle no tenía miedo. Estaba inquieta. ¿Qué había ocurrido? ¿Por qué detener la marcha en medio de la conmemoración? Una mujer joven llegó apresuradamente hasta donde Sheila. Cogió el fardo que llevaba en las manos, sin una palabra, sin una mirada. Luego lo escondió debajo de su abrigo y se agarró del brazo de un hombre. Cruzaron la avenida. Ella caminaba con di cultad, con una mano sobre el vientre, como una futura madre. Él parecía tranquilizarla. No conocía a esta mujer ni a este hombre. Sin embargo, sabía que nuestra bolsa estaría esta noche en el local, tras recorrer calles diferentes, pasando de manos desconocidas en manos desconocidas.

Desde mi llegada a Belfast, esas imágenes me tranquilizaban. Eran sencillas y hermosas. Como esas puertas abiertas en el camino de nuestras fugas. Ese té nocturno, ofrecido por una mujer que nos había sorprendido en su jardín. Esa confesión ngida de rodillas frente a un cura, cuando unos policías me habían perseguido hasta su iglesia. Ese suéter negro, lanzado a mis hombros por un vecino, cuando hacía la guardia en una calle durante el mes de noviembre.

—En el lugar donde está mi hijo, ya no lo va a necesitar más.

— Go raibh maith agat —agradecí en gaélico.

El hombre sonrió. Me miró mejor.

—¡Ah, caramba! ¡Refuerzos del Estado libre!

Luego, se rio anudando las mangas de lana tejida alrededor de mi torso.

Un avión de reconocimiento inglés sobrevolaba nuestro barrio. Los niños le mostraban el dedo corazón esperando que se estrellara contra la barrera de globos cautivos que dominaban la ciudad. Falls Road había vuelto a su escasa circulación. Las familias se paseaban por las aceras. En pocos minutos, ningún Fianna a la vista, ni rebeldes, ni manifestantes. Solo sus habitantes caminando aprisa para ir a tomar el té.

* * *

Tom Williams acababa de ser capturado por los británicos, junto con cinco hombres de la Compañía C. El 2.º Batallón de la Brigada de Belfast perdía a uno de sus jefes. Nosotros estábamos reunidos en el local, alrededor del cuadrilátero vacío. Por precaución, Danny solo había prendido una veladora. Las noticias llegaban de todas partes.

Corrían por el barrio, cada vez peores.

Para proteger nuestra manifestación, Tom y sus soldados habían abierto fuego contra una patrulla de policía, en Kashmir Road. Tom fue herido. Había dado la orden de replegarnos, pero los policías los

persiguieron como una jauría. En Cawnpore Street, nuestros hombres aprovecharon las puertas abiertas. Un policía entró a la fuerza a una casa. Se llamaba Patrick Murphy, un católico. Vivía en Falls Road y tenía nueve hijos. Todo el mundo lo conocía. Le dispararon en la sala.

—¡Era un policía hijo de puta! —gritó Danny Finley.

Pero, de todas maneras, era un católico.

—¡Un cerdo traidor! —gruñó de nuevo Danny.

Todos asentimos con la cabeza, pero nuestros corazones de Fianna estaban desconcertados. El IRA acababa de asesinar a uno de los nuestros. O casi. Un desempleado católico que alimentaba a su familia como podía.

—¿Disparándonos por la espalda? ¿Ah?

De acuerdo. Pero de todas maneras. Era de nuestra carne. La piel británica era cuero de animal. Su sangre no tenía el mismo color de la nuestra. Era una sangre de soldado. Más espesa, más negra, más sucia. Al dispararle a Murphy, acabábamos de cortarnos las venas.

Danny me agarró de los hombros. Me dijo que lo mirara a los ojos. “¡Así no!” “¡Directo a los ojos!” ¿Y qué veía yo en sus ojos?

¿Acaso a un asesino de irlandeses? ¡No! ¡Obvio que no! Yo tenía que corregirme y tenía que aprender. Tenía que volver a comenzar desde el principio. ¡Esta no era una guerra entre protestantes y católicos!

Wolfe Tonne, el padre del republicanismo, era protestante.

¿Entonces qué? ¿Cuál era la diferencia? Un protestante podía unirse al IRA, un católico podía disfrazarse de soldado del rey. ¿Y? ¿Quién

era nuestro enemigo? ¿El protestante del IRA o el católico de uniforme británico? ¿A cuál debíamos combatir?

—¿Entiendes eso, Tyrone Meehan? ¡Aquí estamos luchando por la República Irlandesa, no por Roma! Tus curas se quedaron en el otro lado de la frontera. ¡Hazme el favor de no mezclarlo todo!

Éramos unos veinte scouts reunidos en el local. Danny miró a cada uno, para ver si el mensaje había quedado claro.

—En la Policía británica, hay menos católicos que dedos en esta mano. El que se mete ahí sabe cuáles son los riesgos. Murphy es el ejemplo.

Luego, recti có su postura. Separó las piernas y se llevó las manos a la espalda. Retomando su voz de jefe, dijo:

—Na Fianna hÉireann, ¡en guardia!

Todos recti camos la postura, con las manos junto al cuerpo y el mentón levantado.

—Na Fianna hÉireann, ¡de rodillas!

Un solo movimiento grave y digno. Todos juntos sobre el cemento.

Él se arrodilló a su vez. Cerró los ojos.

—En el nombre del Padre, del Hijo…

Y rezamos en voz alta, por el alma gris de Patrick Murphy.

* * *

Los seis combatientes del IRA fueron condenados a muerte, pero solo Thomas Williams fue ejecutado. Delante de los jueces, mi

amigo reivindicó el comando de la operación y la paternidad de los disparos mortales. Herido, sofocado, acorralado por una crisis de asma y con el arma tirada en el suelo, Tom lo había asumido todo.

El Gobierno irlandés hizo un llamado a la clemencia. El Vaticano esperó en vano un gesto de misericordia. Tom fue colgado a los diecinueve años, el 2 de septiembre de 1942, en el patio de la cárcel de Crumlin, en Belfast. Lo enterraron como a un perro, en ese mismo recinto, en tierra tomada, sin cruz, ni lápida, ni nada de él.

Los británicos nos privaban de su cuerpo.

“Conocí al más valiente de los valientes. Caminó sin vacilar hacia el cadalso. El único que temblaba era Thomas Pierrepoint, el verdugo”, les contó el padre Alexis a los prisioneros en la capilla.

—No recen por Tom Williams —dijo el capellán—; más bien pídanle a él que rece por ustedes. Porque Tom es ahora un santo en el paraíso.

Entonces, Tom nos guio.

En toda la ciudad, distintos grupos atacaron a la Policía y a los guardias de Úlster con ladrillos. Una estación de policía fue incendiada. En Crossmaglen, treinta óglachs del IRA atacaron el fuerte británico con la intención de raptar a un o cial y colgarlo. La operación fracasó, pero un policía fue muerto. Otros dos cayeron en el condado de Tyrone. Un cuarto fue abatido en Belfast, cuando perseguía a unos hombres que habían puesto una bomba. Estábamos perdidos, locos de rabia, ebrios de venganza. En la primera página del Belfast Telegraph, un periodista escandalizado relató cómo dos republicanos habían desa ado a unos soldados estadounidenses haciendo el saludo nazi.

El padre Alexis contaba también que Tom silbaba mientras se dirigía a la muerte. Silbaba God Save Ireland! , nuestro viejo himno nacional. El que cantábamos en familia, en los bares, en las manifestaciones, en los estadios. El que tarareábamos en las calles al cruzarnos con las patrullas británicas.

El que gritábamos a voz en cuello hasta perder el aliento, con las manos llenas de piedras.

“God save Ireland” said the heroes!

“God save Ireland” said they all.

Whether on the sca old high

Or the battle eld we die,

Oh, what matter when for Erin dear we fall!

* * *

En octubre de 1942, mi hermano Séanna fue encarcelado. Sin cargos, sin juicio, sin sentencia. Los cabeciduros a la sombra. El 3 de enero de 1943, me tocó a mí el turno, y a Danny Finley. Durante una semana, me dolió el brazo. El izquierdo, el que me agarró el policía; el derecho, al que se aferraba mi madre. Hostilidad, amor.

Dos manchas negras iguales que maltrataban mis carnes.

Llegaron en medio de la noche. Rodé por las escaleras: me jalaban del pelo y del cuello de la camisa. Yo dormía vestido, los esperaba.

El pequeño Kevin lloraba, Brian y Niall lloraban, la bebé Sara chillaba en su cuna. Un policía me dio varios culatazos en el ojo con

su fusil. Golpeó a mamá. En el brazo, en la cara, para obligarla a soltarme. Cayó al suelo, con las manos en la boca. Mamá tirada. Mi primer verdadero grito de venganza. El que nos hace levantar y combatir. Que pega en el vientre cuando duda el corazón. Mamá tirada. Sus labios, mi cara, su saliva y mi sangre. Se arrancó el rosario, me lo alcanzó con sus dos manos, le gritaba a la Virgen mientras me llevaban. Por primera vez, invoqué al odio para que me socorriera.

En la calle, más arriba, frente a un muro y con las manos en alto, estaban Danny y algunos hombres. De los techos tiraban pizarras.

Golpeaban en el metal de los tanques. Nos subieron a la fuerza en un camión. Patadas, puños, rabia. Los policías dispararon con sus fusiles hacia las ventanas. Eran los B-Specials, los peores de todos, los asesinos de nuestro pueblo.

* * *

Llegamos a Crumlin al caer la tarde. Éramos diez irlandeses, con los tobillos y las muñecas encadenados, caminando uno tras otro en los corredores.

Danny y yo éramos los más jóvenes.

—¿Los Fianna están buscando su gente en las guarderías? —se burló un detenido.

En esta prisión, había sido profanado el cuerpo de Tom Williams.

Me habían descrito el lugar. Muros de ladrillo embadurnado de gris blanco. La pintura enferma, en jirones, con ampollas, manchada de dedos, suelas y humedad. El suelo de baldosas hexagonales rojas.

Los pasillos metálicos, las pasarelas, las escaleras de caracol en hierro, los techos abovedados, los corredores estrechos e in nitos.

Nuestras celdas de puertas negras. Yo sabía todo eso. Pero no había imaginado ni el ruido ni el olor. Un espanto de gritos, de protestas, de órdenes, de ladridos humanos. El metal de las rejas, el golpe de las puertas, la chatarra rechinante en el suelo, las paredes, las puntillas de las suelas. Me habían hablado de la soledad de las cárceles, no de su bullicio. Estaba pasmado. Y todo olía a hombre enfermo. Su sudor, su aliento, su mugre, su comida, su mierda, sus orines. Al llegar al ala B de la cárcel, me llevé las manos a la nariz jalando la cadena de los demás.

—Apesta a cerdo irlandés, ¿no, niño rebelde? —soltó el guardia.

—¡No respondas! —ordenó Danny, que caminaba detrás de mí.

—¿Tu mamá no huele así entre las piernas?

Yo miraba aquel día sucio a través de los tragaluces enrejados.

—¿Te recuerda tu porqueriza?

—¡Es un niño! Déjalo respirar —dijo otro prisionero.

Sin decir palabra, los guardianes se abalanzaron sobre él. Cayó al suelo. Caímos nosotros. Nos golpeaban y nos escupían.

Intentábamos protegernos. Yo le pegaba patadas al aire. Llegaron otros guardianes chillando. Unos diez, corriendo con los garrotes levantados en el aire. Se alinearon dándoles la espalda a los muros, los unos frente a los otros, y nosotros en el medio. Golpeaban, todos juntos, al tiempo, como una hilera de leñadores. Nos aplastaban los brazos y las piernas con sus talones. Yo gritaba de dolor. Los otros

aullaban de rabia. Unos puños invisibles golpeaban con violencia las puertas de las celdas.

—¡IRA! ¡IRA! ¡IRA!

Ya no sentía el olor de la cárcel. Ya no oía su metal. Tenía sangre en la boca, las orejas en llamas, la nariz aplastada. El bullicio estaba en mí. Pensé en los golpes de mi padre. Mi cabeza de piedra. Mis ojos ardientes. Mis mejillas embadurnadas de babas para que él creyera que eran lágrimas. Hubo un pitazo brusco. Dos guardianes nos tiraron un balde de agua helada. Sentí frío de miedo al llegar, ahora estaba congelado de dolor. Quedamos tirados desordenadamente en medio del corredor de los prisioneros. Un revoltijo de carne y cuerdas. Los carceleros quedaron sin aliento.

Nos miraban sin decir palabra sosteniendo en el puño sus palos. Un o cial apareció. Prendió un cigarrillo.

—Mañana, a las celdas. Por ahora, no se mueven.

Luego dio media vuelta.

Así nos quedamos toda la noche, apretujados en el cemento sucio de agua y de sangre. Yo estaba acostado bocarriba, con el pie de un tipo en mi garganta, la mejilla de otro contra la mía, y el peso muerto de Danny sobre mis piernas. Alguien había vomitado. Cerré los ojos sin dormir. Temblaba. Entonces, escuché una voz, un hilo minúsculo.

—Tyrone.

Era Danny. Susurraba.

Yo tenía sangre en la boca, una espuma marrón en los labios.

—Si me oyes, mueve el pie.

Lo moví un poco.

—¿Me oyes?

Otra vez el mismo gesto doloroso.

—Resulta que una unidad del IRA le tiende una emboscada a una patrulla inglesa en el campo, por los lados de Crossmaglen. Los Brits pasan todos los días muy puntuales a las cinco de la tarde. A las cinco y diez, nada. El capitán Paddy mira el reloj y dice: “Mierda, espero que no les haya pasado nada”.

Tuve una convulsión. Una carcajada. Un dolor en el tórax y en el vientre.

— In ainm an Athair, agus an Mhic, agus an Spioraid Naoimh…

Recité en mi cabeza el padrenuestro en gaélico.

Y Tom Williams rezaba conmigo.

Al día siguiente, me llevaron a una celda, solo. En mis tres metros por dos, una cama de hierro, una mesa de noche, una letrina y una palangana. Dos ganchos en la pared para mi ropa. Un techo abovedado de ladrillos pintados de color crema, un suelo de sangre coagulada, un tragaluz en lo alto que agotaba el día. Mi primer calabozo. Y mis primeras lágrimas que esperaban mi señal. Desde mi llegada había estado muy ocupado con el orgullo y el dolor, sin embargo, una vez se cerraron la puerta y las paredes sobre mí, ahí quedé con mis diecisiete años. Ya no era Fianna, ni republicano, ni siquiera irlandés, soldado de nada y de nadie. Lloré, tendido en la

cama, con las rodillas dobladas contra el pecho y las manos entrelazadas debajo del mentón. Justo en ese instante, comprendí que mi vida se sofocaría entre esas paredes cautivas y mi calle alambrada. Entraría, saldría, hasta mi último respiro. Manos libres, amarradas, liberadas de nuevo para llevar un fusil mientras esperaba las cadenas. Sin saber si la muerte me esperaba adentro o afuera.

—¡Despierto! ¡Sentado o de pie! —aulló un guardián, con el ojo puesto contra la mirilla.

Entonces caminé. Tres pasos, dos pasos, a lo largo, a través, cambiando el ritmo de repente, para tomarme por sorpresa.

Cumplí dieciocho años el 8 de marzo de 1943. Se lo dije a algunos compañeros. Oí sus voces. Gritaban desde sus celdas remotas.

— Lá Breithe shona dhuit, wee Tyrone!

¡Feliz cumpleaños, pequeño Tyrone!

Eran voces de hombre, laceradas de alcohol, de humo, agotadas de gritos y de prisión.

—¡Prohibido hablar irlandés! —bramó el guardián, golpeando las puertas.

Nuestra lengua era un arma. Los carceleros lo sabían.

El domingo 14 de marzo, en la misa, dos prisioneros se me acercaron. Uno era inmenso; el otro, más pequeño. El padre Alan no controlaba a su rebaño de pecadores. Algunos cantaban los cánticos y respondían al capellán, pero los demás aprovechaban la celebración de la misa para intercambiar noticias. Aunque nos tenían prohibido hablar entre nosotros, incluso a la hora de la caminata, aquí se toleraba el bullicio. Los guardianes se hacían los de la vista gorda. Una hora de libertad para no volvernos locos.

—Cumpliste dieciocho el lunes pasado, ¿no? —me preguntó el grandote.

Otros diez se acercaron de repente, dándonos la espalda, para formar un escudo. Me sorprendió el movimiento con el que nos rodearon. No conocía al hombre que me hablaba. Asentí con la cabeza.

—Sí, dieciocho, el lunes.

—¿Eres hermano del teniente Séanna Meehan?

¿Teniente? ¿Séanna era teniente?

—Sí.

Un gesto con los ojos. Estaba sorprendido. Fingí estar al corriente.

—El día de hoy, Fianna, puedes escoger. Volver a tu casa cuando salgas o unirte a nosotros.

—A nadie se le obliga —dijo el más pequeño—. Hay otras maneras de ayudar a la República.

—Estudiar, por ejemplo —retomó el primero.

Asentí de nuevo. En Killybegs, yo era mal alumno. Jamás entendí las razones de la escuela. Nada de Matemáticas ni de Lógica. Me gustaban el Gaélico, el Inglés y la Historia. Nada más. Los curas nos jalaban el pelo. Mi padre me pegaba por cada mala nota. A mi madre le costaba trabajo leer el misal.

—Yo estaba bajo las órdenes de Tom Williams.

Lo dije así no más. No era ni vanidad ni insolencia. Simplemente quería que estos hombres supieran que no había acabado de llegar de mi pueblo. El grande señaló al pequeño con la cabeza.

—Joe estaba con Tom cuando lo arrestaron.

—Joe Cahill —murmuró el otro, al tiempo que me tendía la mano.

Detrás de mí, el cura leía la Epístola a los Romanos de Pablo.

—“Se entontecieron en sus razonamientos, viniendo a oscurecerse su insensato corazón”.

La pared de hombres se compactó a mi alrededor. Levanté la mano.

—Juro delidad a la República Irlandesa y al IRA —me dijo en un susurro el primer prisionero, para que yo repitiera.

—Juro delidad a Phoblacht na hÉireann y al Ólaigh na hÉireann.

—Juro delidad a la proclamación de 1916 y juro luchar por la edi cación de una república socialista…

El capellán rezaba suavemente. Y empezó a regañarnos. El padre Alan no era nada parecido al padre Alexis, quien había acompañado el martirio de Tom Williams. Este cura nos odiaba.

—“Si el intelecto no se puri ca, el corazón también se oscurece.

El corazón oscurecido ignora su locura, se cree sabio y se vuelve idólatra”.

Su sermón era tembloroso, mi promesa apenas un susurro. Sabía que se dirigía a mí. Conocía a sus prisioneros. Conocía nuestras artimañas y nuestros ardides. Todos los domingos, veía las palabras que pasaban de mano en mano, los objetos, los signos. Sabía lo que signi caba la ausencia del uno o la presencia del otro. Había observado el movimiento que me rodeaba. Sabía que, en medio de este grupo cerrado, un joven juraba lealtad. Sin hacer ruido, un pecador estaba rompiendo el pacto de paz. Un alma se le escapaba para siempre. En el momento de la eucaristía, yo había regresado al frente, a mi lugar.

—Que pasen a comulgar los que no tengan sangre en las manos

—decía el sacerdote todos los domingos.

Y todos los domingos, yo era el único que me arrodillaba frente a él.

Ese día, me observó largamente. No reconocí su cara. Ya no tenía su sonrisa habitual. Yo tenía las manos juntas. Me puso la hostia en la lengua.

— Corpus Christi.

Le sostuve la mirada.

—Amén.

Me sentía mal.

Cuando me levanté, el cura se inclinó hacia mi oreja.

—¿Sabes que acabas de hacer la promesa de matar?

Yo seguía con las manos juntas y el sabor seco del pan ácimo en el paladar. No podía decir que sí. No hay palabras para dar la muerte. Entonces, simplemente prolongué esa mirada. No lo desa aba. Dejaba abierta de par en par la puerta de mi corazón.

—Al seguir a Barrabás condenas a Jesús —murmuró el sacerdote.

Miró la concurrencia silenciosa. Los prisioneros se veían serios.

Como si supieran cada una de las palabras de nuestra conversación.

—El próximo domingo, en el momento de la comunión, no te acerques al altar. Quédate con tus cómplices.

Luego, me dio la espalda.

Cuando regresé a mi lugar, un muchacho me dio una palmadita en el hombro.

—Más vale una buena querella con Dios que la soledad —me dijo, y se rio.

Entretanto, el cura se quitaba la estola con un gesto de disgusto.

Pasé veintiocho meses en la prisión de Crumlin. Y jamás regresé a la capilla. Fabriqué un cruci jo con miga de pan, yeso arrancado al muro y saliva. Valía más que la gran cruz de plata que el padre Alan ponía en el altar para la misa. Cuando me liberaron, el 26 de abril de 1945, los británicos habían casi ganado su guerra. Y nosotros estábamos agotados.

Con Séanna, retomamos el negocio de limpieza de chimeneas del tío Lawrence. Encontrábamos un poco de trabajo en el gueto, pero el centro de la ciudad y los barrios protestantes estaban prohibidos para nosotros. Muchas veces, los clientes nos pagaban con trueques.

Trabajo por comida. Róisín trabajaba en la o cina de correos de nuestro barrio. Mary ayudaba en la tienda de los Costello. Los pequeños se esforzaban por amar la escuela. Y mamá perdía la cabeza. Se pasaba los días entre la cocina y la iglesia. Rezaba en voz alta mientras limpiaba la casa. A veces llamaba la atención de la gente en la calle. En la esquina de Dholpur Lane, lanzaba sortilegios blandiendo su rosario. Yo la tomaba del brazo y la conducía a nuestra casa.

—Estamos aislados —me dijo Séanna, sentado una noche frente a la puerta.

Sentía lo que nuestro padre había vivido cuando había perdido su guerra. Cuando su país había quedado partido en dos, y sus esperanzas quedaron cubiertas de cenizas. Éramos los hijos de ese desastre. No vencidos, sino desamparados. Los únicos en Europa que no teníamos bandera vencedora que poner en las ventanas, los únicos que no bailamos en las calles. La guerra había terminado. La nuestra continuaba.

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