Regreso a Killybegs
Capítulo 17
DESDE QUE SALÍ DE LONG KESH, el IRA había decidido mantenerme apartado. Demasiado visible, demasiado conocido. El Estado Mayor me había pedido comportarme como un militante político. Yo participaba en las manifestaciones pací cas. En las marchas, caminaba bajo los retratos de los huelguistas del hambre.
Avanzaba en medio de la multitud llevando en la mano mi corona de ores. Para la conmemoración de Pascua, no marché en uniforme negro con nuestros soldados, sino en las las de las familias de los prisioneros. A los ojos de todos, yo era uno de los antiguos de la protesta de las cobijas, uno de los antiguos de la huelga de la higiene. Un antiguo combatiente.
Un día, mientras me tomaba una cerveza con Sheila en el Thomas Ashe, un militar británico se acercó a nuestra mesa y me preguntó mi nombre. El o cial que lo acompañaba me miró sonriendo.
—No te preocupes. Meehan está jubilado.
Sheila puso su mano en la mía.
“Deja que los acontecimientos vayan llegando”, me había dicho el agente del MI-5.
Yo no forzaba nada. No provocaba nada. Dejaba que las cosas pasaran. Me decía a mí mismo que haber aceptado la traición tal vez les bastaría. A sus ojos, yo era un agente. Pero todavía no había
traicionado. No había dicho nada, ni hecho nada, ni había denunciado a nadie. Solo había tenido esa conversación parisina que ellos consideraban como un pacto. Tuve una idea loca. Esperé que todo se detendría en ese punto. Que nunca más me volverían a pedir nada.
La cárcel me había cambiado. Eso es lo que se murmuraba a mis espaldas. Antes de la huelga de la higiene, yo bebía. Me bajaba mis cervezas como cualquier otro ser humano en esta isla. Sin embargo, después de mi salida, empecé a beber. No era lo mismo. Yo conocía a algunos compañeros que lo hacían. Bebían a escondidas, cada vez más lejos de su barrio. Ponían a otros a pedir un vaso de vodka.
Mandaban a un joven a la tienda de licores y lo dejaban quedarse con el cambio. Faltaban a las citas. Olvidaban las consignas. Cuando se volvían peligrosos para la seguridad, el partido los sacaba.
Entonces, rompían el vaso, hacían promesas. Llevaban un pelícano dorado al revés para que se les reconociera como abstemios. Bebían gaseosas con mirada de ahogado. Y muchas veces volvían a comenzar de nuevo.
Yo sufría de dolores de estómago, de las articulaciones, de la cabeza. Por las mañanas, cojeaba antes de poder caminar normalmente. Temblaba. La cerveza era mi agua, el vodka mi alcohol. Me había comprado un frasco de cuero verde y metal de once decilitros. Hice el cálculo. Eran siete cucharadas soperas y veintidós cucharaditas.
En dos ocasiones, el dueño del Thomas Ashe me había pedido discretamente que me fuera. La tercera, puse a todo el bar como testigo. Este cabrón estaba expulsando al amigo de Danny Finley.
Jalé el mantel que cubría la gran mesa con los sándwiches. Me lo puse sobre los hombros, como la cobija de la cárcel. Grité, en medio de los platos rotos y el pan regado. ¿No les refrescaba esto la memoria? ¿Acaso querían que cagara en el suelo para acordarse, ahora sí? Unos tipos del IRA intervinieron. Todo el mundo debía calmarse. La guerra la hacíamos en las calles, no en nuestros bares.
Me fui de ahí. Y volví al día siguiente para ofrecer excusas.
El IRA me lo había aconsejado. Walder me lo había ordenado.
Incluso antes de convertirme en traidor era una molestia. El agente del MI-5 se preguntó si yo no hacía eso para que la comunidad me rechazara. Para quedar fuera de servicio, inútil. Me recordó que nada había cambiado. Yo había matado a Danny, Jack seguía en la cárcel y Sheila era frágil. Tenía que dejar el alboroto.
Era una orden. Entonces, empecé a beber menos, y menos. Luego, a beber como antes, cuando me daban ganas.
Pero yo sabía que ya no era dueño de la situación.
* * *
Bobby Sands murió el 5 de mayo de 1981, al cabo de sesenta y seis días de huelga de hambre. Durante su agonía, fue elegido diputado en Westminster, pero eso no bastó. Francis Hughes murió el 12 de mayo, a sus veinticinco años, al cabo de cincuenta y nueve días de huelga de hambre. Pasty O’Hara y Ray McCreesh murieron juntos, el21 de mayo, a los veintitrés y veinticuatro años, al cabo de sesenta y un días de huelga de hambre.
El 22 de junio, cuando la Brigada de Belfast decidió ejecutar a un guardián de Long Kesh, Joe McDonnell, Martin Hurson, Kevin Lynch, Kieran Doherty, Thomas McElwee y Michael Devine se preparaban para morir.
La ciudad entera estaba envuelta en un manto de duelo. El IRA debía reaccionar.
Franck Mickey Devlin llegó al lugar donde estábamos reunidos, en el segundo piso de una casa de ladrillos en el barrio de Divis Flats.
Éramos tres en la pequeña habitación, sentados en el suelo. Mickey me dio unas palmaditas en el hombro, contento de verme otra vez.
Estuvo a punto de sacar el bolígrafo, para tomarme el pelo de nuevo, pero se retuvo. Al ver el cruci jo, se persignó. Luego, le guiñó el ojo al papa.
Al entrar, le había pedido té a nuestra an triona. Ella golpeó la puerta. Jim O’Leary abrió y recibió la bandeja.
—La calle está tranquila —dijo la mujer.
Luego, se fue, sin hacer ruido.
—¿Quieres té, Tyrone? —me preguntó Jim.
—Sí —respondí.
Mickey se sacó unas fotos del bolsillo de la camisa. Cinco imágenes, tomadas desde lejos. Las ordenó sobre la alfombra como
un juego de cartas.
Me levanté a cerrar las cortinas y a prender la luz.
Los otros se inclinaron sobre los documentos.
—Qué jeta —dijo Jim.
—Se llama Ray Gleeson. Vive cerca de Cliftonville, en un barrio mixto.
—¿Católico? —preguntó Jim.
—Sí. Tiene cincuenta y tres años. Trabaja para la administración penitenciaria desde 1962 y entró a Kesh hace cuatro años.
Jim me pasó una foto.
—¿Amigo tuyo, Tyrone?
Popeye.
Mi guardián. Con su uniforme demasiado grande, una camisa sin forma, la cabeza calva, el cigarrillo en la comisura de los labios.
Me dirigí hacia la lámpara de la mesa de noche, con el pretexto de la oscuridad. Les di la espalda. Popeye. Mi corazón latía con violencia, mi cabeza era un tambor de angustia que todos debían estar oyendo.
—¿Lo conoces?
—No —respondí.
Me agaché. Miré las otras imágenes. Popeye inspeccionando su vehículo por debajo a manera de precaución, Popeye caminando por el centro de la ciudad, Popeye detenido en un semáforo.
—¿Por qué él? —pregunté.
La pregunta se me salió. Un cuestionamiento estúpido. Dejé de respirar.
Mickey me miró de manera extraña. Sin saberlo, me ayudó a salir del lío.
—Quieres decir, ¿por qué un católico?
—Exacto. ¿Por qué un católico?
Jim se encogió de hombros vagamente. Respondió que el barrio mixto nos facilitaría la huida.
El más joven de nosotros tomó la palabra. Yo apenas lo conocía.
Tenía una cara de sabelotodo que no me gustaba. Me dijo que las huelgas de hambre eran nuestra prioridad y que el IRA debía responder en ese ámbito.
Lo miré. Sonreí con frialdad.
—Terry. Te llamas Terry, ¿no? Por casualidad, no me estarás explicando cómo es la situación en la cárcel, ¿no?
Quedó petri cado, sorprendido con mi agresividad.
—¿Quieres enseñarnos tácticas militares, o qué?
—Cálmate, Tyrone —murmuró Mickey.
Ordenaba las fotos, sin quitarme los ojos de encima.
—Un guardián es un guardián. Aquí la religión es lo de menos.
Asentí con la cabeza. Tenía que calmarme. Mickey tenía razón.
“Si tus compañeros te miran con extrañeza, todos nos jodemos, Meehan. Eso quiere decir que hablaste más de la cuenta o que no hablaste lo su ciente. Si pones mala cara en lugar de reírte o si te ríes en lugar de poner mala cara, van a dudar de ti. Y las dudas son mortales”, me había advertido Walder.
Entonces, volví a ser el Tyrone de siempre, quejándome del té tibio.
—El jueves empieza a trabajar a las once. La cosa está calmada en su área. Siempre hace las mismas acciones. Prende el carro, llega a la esquina de Clifton y se pone el cinturón de seguridad mientras espera a que el semáforo cambie a verde. Ahí le podemos caer —
dijo Terry.
—¿No toma precauciones? ¿No cambia de ruta?
El muchacho sonrió.
—Aparte de mirar debajo del carro, no. Nada.
—¿El asunto es para el próximo jueves? —preguntó Jim O’Leary.
—Cuanto más pronto, mejor —respondí.
Había retomado el control de mis emociones. Mickey me miró, asintiendo con la cabeza. Jim lo miró a él con el rabillo del ojo. Los percibí aliviados. El viejo Tyrone Meehan había vuelto.
—¿Quiénes van a participar en el golpe?
—Yo, Terry, tres hombres de Divis y una muchacha en bicicleta para recoger las armas —me respondió Mickey.
—¿Jim?
O’Leary sacudió la cabeza.
—Tú me conoces, Tyrone. Me va mejor con la pólvora que con las pistolas.
—Explica tu presencia aquí, entonces.
Yo había vuelto a adquirir un tono de comandante.
—El procedimiento no había sido de nido. Primero habíamos pensado poner un explosivo en el carro, pero como lo revisa todas las mañanas…
Corté el discurso de Jim, levantando una mano. Me imaginaba al policía pelirrojo y al agente del MI-5 presenciando la escena. Era la primera vez que mi imaginación los convocaba.
Voz cortante.
—Mickey, la próxima vez arreglas eso antes. Esto es un informe militar, no un debate público.
Mickey hizo un gesto a rmativo con la cabeza. Entendido. Jim se puso de pie.
—Cuanto menos sepamos… —dijo, al tiempo que salía de la habitación.
Jim O’Leary era el encargado de los explosivos. En el movimiento, lo llamábamos “Mallory”. Era un militar, no un político.
Consideraba que, en cualquier circunstancia, el fusil estaba por encima del partido. Se oponía a las negociaciones, al diálogo, a los arreglos. Brits out! ¡Fuera británicos! Como le ocurría a mi padre,
esas dos palabras resumían todo su programa. No soñaba con la paz irlandesa, sino con la debacle británica. Luchar contra ellos, espantarlos, humillarlos y, solamente después, negociar su derrota.
Mallory era un técnico. Reservado, paciente, trabajador, se pasaba los días y las semanas preparando unos explosivos cada vez más e cientes. Trabajaba según el encargo, para poner bombas en los automóviles, en los felpudos de las puertas, en las cartas. No diseñaba de la misma manera una bomba destinada a los tanques patrullando el campo que una bomba destinada a estallar en la ciudad, en la ruta de una patrulla a pie. Los tarros de leche que descansaban en las aceras eran una amenaza para el enemigo, al igual que los postes de electricidad, los contadores de gas a la altura de las piernas, la menor grieta en un muro. Si los británicos arrancaban nuestras banderas, él ponía bombas en los mástiles.
Jim O’Leary descon aba de los explosivos militares que venían de Hungría o de Checoslovaquia. Era un campesino. Prefería lo tosco de nuestros campos. Un gran costal de herbicida, azúcar, ácido, un poco de tierra de Irlanda, jabón en lentejuelas para infectar las heridas, pernos, puntillas y asunto concluido.
No tenía escrúpulos. No se lamentaba. Nunca. Solo un principio dictado por nuestra comandancia: nada de víctimas civiles. El IRA daba media hora de advertencia antes de la explosión de una bomba. Sin embargo, a veces no bastaba. Y podía haber víctimas. Yo estaba con él, un día, en un bar republicano. Una transeúnte acababa de morir en la calle por causa de uno de nuestros explosivos. La televisión pasaba las imágenes una y otra vez. El IRA
le había advertido con tiempo a la Policía, pero ellos no habían evacuado la calle.
—¡Británicos hijos de puta! —maldijo un muchacho, poniendo el vaso en la mesa.
—La bomba fue la que la mató, no los británicos —lanzó Mallory.
El muchacho no era del barrio. Hacía el ruido de los que buscan aceptación.
—¡Sin los británicos no habría bomba, pedazo de imbécil! —
replicó el joven.
—Falso. Sin el tipo que fabricó la bomba no habría ninguna bomba.
—Al IRA no le gusta que lo fastidien —insistió el desconocido.
Se bajó del taburete. Quería que Jim se explicara. No alcanzó a avanzar diez metros. Dos de nuestros muchachos lo detuvieron. Uno lo agarró por la nuca y lo hizo sentarse de nuevo. El otro le habló a la oreja y le señaló a Mallory con el mentón. Jim bebía tranquilamente, sin quitarle los ojos de encima a ese joven. Se estaba enterando de quién era el hombre que tenía al frente. Se puso pálido, con la boca abierta. Un gran cuerpo sorprendido.
Cuando la operación era arriesgada para los civiles, Jim se quedaba hasta después de la explosión. En una ocasión, anuló una explosión por causa de una boda. La patrulla y los novios pasaron a algunos metros de su bomba a control remoto, los soldados envueltos en el cortejo sonriente de los vestidos largos y las chaquetas. Otra vez, con una mujer, regresó a buscar su bomba, en
el segundo piso de un bar protestante, donde debían reunirse unos dirigentes unionistas. La reunión había sido cancelada. Rescató el paquete de Semtex, escondido en los baños. Lo arrestaron en la calle. Once años de cárcel.
—¡Eres un asesino, Jim O’Leary! —le dijo el cura, el día de su matrimonio.
—Encárgate de mi misa, yo me encargo de tu país —respondió.
Desde ese día, en solidaridad con su hombre, Cathy nunca volvió a comulgar.
* * *
Cuando Fionna Phelan se subió al autobús, la seguí. Fue a sentarse al fondo y yo me senté a su lado. Se sorprendió. El vehículo estaba casi vacío. Agarró la cartera con fuerza. Le tendí la mano.—Tyrone Meehan. Yo estaba con Aidan en la celda de Long Kesh.
Su cara cambió. Le volvieron los colores. La sonrisa también. Me tomó las manos como si fueran las de su hijo.
—¿Tyrone Meehan? Me asusté. Lo siento.
Me miró mejor.
—¿Qué hace en Strabane?
Quería que yo fuera a su casa, a ver a su hijo, a su marido.
Estaba emocionada, como en una cita galante. Yo debía regresar esa misma noche a Belfast. Me bajaría en la siguiente parada.
—No le hable a nadie de mí.
—¿Ni siquiera a mi marido?
—No, ni siquiera. A nadie. Lo siento.
Estaba inquieta. La alarma de las mujeres de aquí.
—¿Qué pasa?
Mis manos en las suyas.
—Nada. Todo está bien. Solo quería saber si habían recibido un mensaje de su hijo, a nales del año pasado.
Me miró sorprendida. ¿Un mensaje? ¡El mensaje! El único. Abrió la cartera, luego su billetera roja. Con cuidado, sacó la nota de su hijo, protegida por un sobre de plástico. Sonrió con tristeza.
—Rompió una Biblia. No ha debido…
¿Cómo le había llegado la nota? Por la época de Navidad, un hombre frente a la reja timbró. Ella miró por la ventana. Ahí estaba afuera, con un objeto pequeño en la mano. Él le hizo una seña y lanzó el objeto por encima de las rejas. Ella gritó.
—Mi hijo salió corriendo y mi marido iba detrás. Creí que era un unionista, una bomba. El tipo huyó.
En el pasto, había un llavero en forma de foca plateada con una cremallera en el centro. Su hijo lo volteó con el atizador. Luego, se agachó, recogió el juguete y lo abrió.
Cuando el papel cayó en su mano, cerró el puño para que nadie lo viera. Luego, miró con preocupación hacia el nal de la calle.
Había pasado ocho años en la cárcel de Crumlin. Gritó de alegría al reconocer la nota.
—Cerró la puerta, pasó el pestillo, puso la cadena, corrió las ventanas. Luego, me dijo que extendiera la mano.
—“Noticias de nuestro Aidan”, dijo mi hijo. El muy tonto se reía de verme llorar.
Y el hombre que lanzó el juguete, ¿lo había visto?
—Sí, muy bien, gracias a la luz de la calle. Era bajito, no muy joven, calvo. Hasta me acuerdo que pensé que si nos quería hacer daño se debería haber puesto una gorra.
Popeye había cumplido su palabra.
* * *
—¿Meehan?—No hables, Popeye. No me preguntes nada. El IRA te va a matar el jueves.
—¿De qué me estás hablando, Meehan?
Repetía mi apellido como si anunciara un acontecimiento desconcertante.
Yo sabía que él estaría allí, en el bazar del club canino de los Docks de Belfast. Popeye tenía un fox terrier marrón con blanco. El IRA había pensado llevar a cabo la operación ahí mismo. Poner una bomba en su vehículo en Fountain’s Tavern, pero la multitud era muy densa. Había mujeres, niños, perros. Abatir a Ray Gleeson de camino a la prisión equivalía a matar a un guardián. Eliminarlo aquí era otra cosa. Jim O’Leary se abstuvo.
Le repetí la amenaza a Popeye. Lo habían localizado, espiado, seguido, fotogra ado. La cosa era para el jueves.
—Voy a tener que denunciarte a la Policía, Meehan.
Lo miré. Podía hacer lo que quisiera. Tenía la misma cara de la mujer atacada por los pájaros del a che de Hitchcock. Me puso la mano en el brazo.
—¿Por qué vienes a decirme eso?
Lo miré. A él y a su perro, en medio de la muchedumbre del domingo. Los anuncios por el micrófono, la música de baile, el olor a perrera. Yo estaba traicionando. Retiré mi brazo. Hice un gesto de impotencia. ¿Por qué? Por mí, sin duda. Para protegerme a mí mismo. Una mujer se tropezó conmigo; su perro tenía lazos con los colores de la bandera británica. Se excusó, me sonrió, saludó a Popeye. Yo no tenía nada qué hacer aquí y, sin embargo, ese era mi lugar como traidor.
Corrí hasta la parada del autobús. Estaba en pánico. Este no era mi vecindario. En todos los muros había gra tos en honor de los paramilitares unionistas. Los bordes de las aceras estaban pintados de color azul, blanco y rojo. Era el territorio de ellos. El santuario del enemigo. Sentí miedo de encontrarme con uno de ellos. Alguien podría grabarse mi cara en su memoria de odio. Peor aún, alguno de los nuestros. Una unidad del IRA en una operación.
“Oye, pero ¿ese no es Tyrone Meehan, el que está allá en esa acera?”.
Si me veían en esa acera yo quedaba acabado. Pero Popeye lo había hecho. Se había metido en el corazón del gueto de Strabane
para llevar la carta de Aidan. Ahora yo llevaba el mensaje al corazón del suyo. Me agradeció sin entender. Reconocí su mirada.
La de un prisionero.
* * *
Me detuvieron tranquilamente el 8 de julio de 1981 por la mañana, en Castle Street, la calle que lleva de Falls Road al centro de la ciudad. Frente a las chicanas, las barreras y los bloques de concreto que obstruían la calle, la Policía registraba a los católicos. Las mujeres y los niños a la izquierda, los hombres a la derecha. Había docenas de personas esperando levantar las manos para la requisa.En su garita, los soldados examinaban a la gente, con el ojo puesto en el visor del fusil. Estaban tensos. Desde las cinco de la mañana, la muerte de Joe McDonnell tenía enardecidos a nuestros barrios. Él era el más antiguo de los huelguistas del hambre, muerto a los treinta años, al cabo de sesenta y un días de ayuno. Cuando llegué a la garita, tiré en la mesa todo lo que llevaba en los bolsillos. El policía me preguntó cómo me llamaba, dónde vivía, de dónde venía y a dónde iba. El procedimiento habitual. Su colega llamó a la central.
—Se escribe M-E-E-H-A-N. Tyrone, como el condado.
Me ordenaron seguirlos. En medio de la multitud, unos muchachos gritaron unas consignas por mí. Yo estaba solo en el tanque, con los uniformados. Ni una palabra, ni un insulto, ni un golpe. Ni siquiera me esposaron. El vehículo subió por Falls Road, hasta la estación de Glen Road, frente al cementerio de Milltown.
Walder me esperaba en una o cina. También el policía pelirrojo.
No había mesa: solo nuestras tres sillas.
—¿Cigarrillo, Tenor? —preguntó Walder.
—Mi apellido es Meehan.
—Meehan es para el policía imbécil que te trajo hasta acá. Para nosotros, tú eres Tenor.
Los dos británicos se sentaron. Walder se veía contrariado. Mi mirada se cruzó con la del policía, quien me tranquilizó con un guiño de ojo.
—Mira, Tenor. Te mandamos llamar para recordarte las reglas.
Miraba el cigarrillo entre mis dedos.
—Lo que hiciste por el guardián es valiente. Pero eso no es lo que queremos de ti.
—Tú no eres policía, Tyrone —continuó Dominik—. A ti no te corresponde imponer la ley y el orden en Irlanda del Norte.
—La ley y el orden somos nosotros —agregó el MI-5.
—Entonces, ¿qué se supone que debía hacer?
Walder empezó.
—¡Muy buena actitud!
—¿Dejarlo morir?
—¡De todas maneras se va a morir… tu Popeye!
Me puse tenso. Yo jamás había utilizado su apodo.
—¿Y sabes por qué se va a morir tu Popeye? Porque los que quieren liquidarlo siguen ahí.
El pelirrojo se inclinó hacia mí.
—Ya lo reubicamos a él junto con su esposa. Está a salvo. Pero
¿de qué va a servir eso? El IRA va a escoger a otro y se lo va a cargar en cualquier momento.
—Si no es Popeye será Pilón u Oliva —sonrió Walder.
Me pasó otro cigarrillo con la punta de los dedos, a la manera de Belfast.
—Entonces, si tus compañeros lo vuelven a intentar, tú los dejas.
Simplemente nos dices quién va a ser asesinado, cuándo, dónde y cómo. Nosotros nos encargamos del resto.
—¿El porqué no les interesa?
El agente del MI-5 me miró apretando los puños. Una sombra de desprecio.
—No juegues a eso, Meehan.
—¡Nada de arrestos! Ese fue nuestro acuerdo.
—Hoy en día, esos tipos son tan peligrosos para ti como para nosotros —remató el policía.
—No les he dicho nada, no les he dado nada. ¡Yo no tengo miedo!
Walder se levantó. Me agarró de las solapas con ambas manos.
—¿No tienes miedo? ¿Pero eres estúpido, o qué, irlandés? Eres un agente británico, con un alias y un o cial al mando. ¡Estás
muerto, Meehan!
—¡Cálmate, Stephen! Creo que ya entendió —dijo sonriendo el pelirrojo.
El agente me soltó. Me alisó la chaqueta.
—Lo siento, Tyrone. Estamos trabajando muchas horas en este momento.
—Una sobrecarga de mierda —agregó el otro.
Los dos se levantaron. Walder me puso un brazo en el hombro.
Murmuró.
—Queremos algo de uno de tus muchachos. Creemos que está coordinando una fuga de Crumlin desde el exterior.
—No he oído nada al respecto.
—No respondas enseguida. Tienes tiempo.
—Es que no es una cuestión de tiempo. No sé nada.
—Piénsalo otro poco. Sabemos que Franck Devlin está tramando algo y queremos saber qué es.
—¿Mickey?
Se me escapó. Quedé desconcertado. Un error de atención, un descuido de principiante. Me cogieron cansado. Quise arrancarme la lengua a mordiscos. Mis labios temblaban.
—¿Devlin es Mickey? —inquirió Walder.
El policía se golpeó el muslo con la palma de la mano. Estaba radiante. El agente del MI-5 me miró sonriendo.
—Popeye, Mickey. Qué imaginación la de ustedes.
—No entiendo.
Se le endureció la expresión. Labios de piedra.
—¿No entiendes? Entonces, te voy a explicar. Sabemos que un tal Mickey estaba en lo de Popeye, que hizo seguimientos, tomó fotos. Pero nadie había hecho la conexión entre Devlin y él.
—Puta, Devlin. ¡Lo teníamos en la nariz! ¡En la nariz! —repetía el policía.
—¡No toquen a Franck, mierda! Estuve en Crumlin con Franck.
Él es amigo…
—¿Amigo? ¿Cuál amigo? Tú cambiaste de amigos. ¡Ahora tus amigos somos nosotros! —respondió el policía.
Luego miró el reloj.
—Fin de la conversación.
—Nada de arrestos —murmuré otra vez.
Ya no era una exigencia, sino una súplica. Gritaba en mi cabeza.
Tenía la boca seca y unas ganas terribles de orinar. Estaba abatido, in nitamente triste. Mi razón ya no funcionaba. Busqué una frase, una palabra. Ni siquiera los miré para decir algo. Cuando llegué a la puerta, el policía me metió un sobre en el bolsillo. Me sobresalté.
—No te estamos comprando. Es para que te vayas a la casa en taxi. Nada.
—Gastos imprevistos, si quieres —sonrió el MI-5.
Me tendió la mano. Pero lo ignoré. Me dirigí hacia la garita.
—A propósito, Tyrone.
Me di media vuelta. El policía avanzó hacia mí, ofreciéndome la mano.
—Lamento la muerte de Joe McDonnell.
Estaba frágil, con la sensibilidad a or de piel. En las escaleras, sentí a orar unas lágrimas antiguas. El estómago me dolía. Me castañeteaban los dientes. Tenía mucho frío.
Entonces, acepté su mano. Y también la del otro. Las apreté ambas.
* * *
Pasé por el Thomas Ashe en mi camino de regreso. Había decidido despilfarrar las treinta libras del sobre. Al principio, me tomé dos pintas de cerveza, sentado a una mesa vespertina. Aparte de tres caras taciturnas, el club estaba vacío. La voz de la televisión, un partido de hurling, el golpe seco de las bolas de billar. También hice sendas paradas en el Busy Bee y en el Hanlon’s Corner. Un vodka cada vez, tomado en la barra como un hombre que lleva prisa.Regalé sin brindar. Le pagué dos cervezas a un amigo, otra a un desconocido. Esperaba que el rumor se regara.
“¡Tyrone Meehan está lleno de plata!”.
“¿De dónde sacaste tanto billete, Meehan?”.
“¿Papel nuevo? Nada que ver con las porquerías que nos dan en el subsidio por desempleo”.
Me habían dado treinta libras. Los treinta denarios de Judas. Lo hicieron a propósito, estaba seguro de eso. Había decidido dejarme agarrar. O morir. Podía lanzarme desde lo alto del Albert Bridge, al río Lagan. No sé nadar. O estrellarme en un carro, yendo a cualquier parte, lanzarme de noche por un acantilado. O podría sentarme a beber hasta que el corazón me dejara de latir.
Me miré en el espejo frente a la barra. Me había quedado con la gorra puesta, como un vendedor de ovejas que celebra su venta.
¿Morir? Un campesino despreciable. Los pobres no tienen tiempo de pensar en eso. Me detuve en mis ojos escurridos, esa crin de pelo gris, esas orejas, esas arrugas como surcos en mi cara. Miré el cuello arrugado de mi chaqueta, mi camisa abierta, el tweed gastado de mi ropa. Miré mi derrota. Inclinándome hacia delante, me encontré con la mirada de Patraig Meehan en el espejo, de repente. Y todo ese vacío alrededor, ese silencio cuando él se acercaba, ese respeto, ese malestar. Volví a ver la madera, el cobre, el calor, la oscuridad dorada del Mullin’s, el bar de mi pueblo. Mi padre estaba ahí, había vuelto dentro de mí. Sonreía como un imbécil, levantando mi vaso para brindar con su re ejo. Posaba de sobrio. Titubeaba. Daba lástima. Había renunciado a su guerra, a España, a la República, a la vida. Partió por nuestros caminos de invierno, con piedras y tierra en los bolsillos. Quería morir en el mar y murió en una zanja. Había convocado a las gaviotas y la Policía tuvo que espantar a los cuervos. Ya no le quedaba nada. Nada del padre, ni del combatiente.
No era más que un montón de jirones mezclados con escarcha.
Entonces, renuncié a morir. A vivir también. Estaría en otro lugar, entre el cielo y la tierra. ¡Los jodería a todos! A los Brits, al IRA, a esos tipos que solo dan órdenes. Estaba harto de esta guerra,
de esos héroes, de esta comunidad as xiante. Estaba cansado.
Cansado de combatir, de manifestar, cansado de la cárcel, cansado de la clandestinidad y del silencio, cansado de las mismas oraciones repetidas desde la infancia, cansado del odio, de la rabia, del miedo, cansado de nuestras pieles terrosas, de los agujeros en nuestros zapatos, de nuestros impermeables mojados por dentro. Mi hermano Séanna daba alaridos en mis orejas. Repasé palabra por palabra sus argumentos de desarme. ¿Qué había hecho por mí la República?
¡Los hermosos, los grandes, los verdaderos, los Tom Williams, los Danny Finley, habían muerto con nuestra juventud! Enterrados con nuestros libros de historia, Connolly, Pearse, todos esos hombres de corbatas y cuellos redondos. Nosotros éramos unos copistas, un mamarracho de gloria. Repetíamos sin cesar los cantos antiguos.
Estábamos hechos de alma, de carne, de ladrillos, enfrentados a un acero sin corazón. Íbamos a perder. Ya habíamos perdido. Yo había perdido. Y no le haría a Irlanda la ofrenda de otra vida.
—¿Kevin, me sirves la última antes de que cierres tu puta cortina de hierro?
Me acosté ebrio y febril. Cuando me desperté, había decidido alejarlos de Mickey. Les entregaría una información. Sin importancia, pero una información, al n y al cabo. Tal vez así me los quitaría de encima. Y lo salvaría a él. Tenía que hacer mi o cio de traidor. Antes de que se terminara el día, habría franqueado la puerta. Era como hacer el juramento de la República. Un camino sin marcha atrás. Lo había empezado a recorrer y me iba a perder en él.
Ya era muy tarde para las preguntas, para las dudas. Muy tarde para las respuestas, también.
Al cabo de una semana, Jack salió del aislamiento. Volvió a su celda, con sus compañeros. Un regalo del señor Walder para su Tenor, su traidor. Y yo le di las gracias.
“Eres un tipo agradable”, me había dicho el pelirrojo al regresar de París.
Eso era. Un hijo de puta es tal vez un tipo agradable que bajó los brazos.
* * *
Les di el número 23 de Poolbeg Street a los británicos. Me encontré con Walder en el cementerio. Me escuchó mientras le daba la espalda al muro, mirando las tumbas. Llevaba unas ores en la mano. Me pidió que las pusiera en la tumba de Henry Joe McCracken.El número 23 era un escondite ocasional. Casi una ruina, que había servido para guardar armas y dinero. Desde hacía cuatro meses la habíamos limpiado. La calle era demasiado concurrida, la casa estaba demasiado expuesta. Los chicos del barrio entraban a ella por una ventana rota y fumaban a escondidas. Una noche, dos de nuestros muchachos intervinieron en el momento en que un joven escarbaba en el ducto de la chimenea. Había encontrado una de nuestras pistolas y municiones. El muchacho dejó caer el cargamento y huyó.
Walder me miraba con una sonrisa que no me gustaba.
—¿El número 23 de Poolbeg Street?
Dije que sí. Poolbeg, en la parte baja de Falls Road. Agachó la cabeza. Conocía el lugar. Me agarró el brazo.
Caminamos por entre las tumbas, como viejos amigos. Me contó la historia de Damian Bray, un muchacho de quince años que fumaba hachís en el mismo barrio. También revendía la droga, para ganar dinero de bolsillo. Tenía dos compañeros un poco mayores que se proveían en Dublín y luego saltaban la frontera con las barras de droga cosidas en sus chaquetas impermeables.
—No era gran cosa. Cien gramos por aquí, doscientos gramos por allá. No era propiamente la ma a, pero nos podía ser útil.
Se detuvo frente a la tumba de McCracken. Me pasó las ores.
—Un día, arrestamos a Bray. Le dio tanto miedo que se vomitó.
Puse las ores, apoyando una rodilla en la tierra.
—Una familia muy honorable, esos Brays. El papá en Long Kesh, el hermano en el IRA. Verdaderos republicanos, excepto él. El muchacho escribía en los muros: “IRA = Policía”. ¿Te das cuenta?
Me daba cuenta.
—Entonces, le propusimos un trato. Nos importaba un comino que fumara o que tra cara, pero si quería salir libre del interrogatorio debía darnos algo a cambio. Un poco como tú, ¿ves?
El agente del MI-5 volvió a caminar lentamente.
—Entonces, nos dio una dirección. Me imagino que ya sabes cuál.
Permanecí en silencio.
—Estaba buscando un rincón para esconder su mierda y se encontró una pistola. El IRA lo descubrió. Él se escapó. ¡No te imaginas cómo esos muchachos los odian a ustedes!
—¿Qué me estás diciendo?
—Que de tanto tomarse la ley en sus propias manos el IRA se ha ganado enemigos entre los hampones. Con nosotros, quedan en manos de un juez. Con ustedes, se ganan una bala en la rodilla.
Entonces, al n de cuentas, pre eren a los Brits.
—¿Para qué me cuentas eso?
—¿Para qué? Pues, después de la confesión del muchacho, empezamos a vigilar el 23, Tyrone. Vimos a tus muchachos desocuparlo hace varios meses. Desde entonces está vacío. Nada. Un desierto.
Se detuvo junto a la puerta.
—¿No será que estás tratando de tomarnos el pelo?
—El 23 nunca estuvo vigilado. Eso es mentira. ¡No arrestaron a nadie!
—¿Arrestar a quién? ¿A tres Fianna y al pobre idiota que limpió todo? Queremos golpear al IRA, no darles la oportunidad de crear héroes gratis.
Metió un sobre en mi bolsillo. No protesté.
—Hasta luego, Meehan. Llama cuando quieras.
Dio algunos pasos. Luego se dio media vuelta y volvió a acercarse.
—A propósito, Mickey habló. ¿Y sabes qué? Nos dio el nombre del siguiente guardián de la lista, el lugar de la operación, todo.
Me observaba.
—Y, además… lo siento, pero también nos dio tu nombre. Y el del tipo de los explosivos. ¿Sabes? El que no debía estar ahí en esa reunión.
La lluvia comenzó a lavar el cielo. Él se levantó el cuello del abrigo.
—En todo caso, hiciste bien en sacarlo. El trabajo de un jefe es hacer respetar las reglas.
* * *
Martin Hurson murió el 13 de julio de 1981, a los veinticinco años, tras cuarenta y seis días de huelga de hambre. Kevin Lynch, el 1 de agosto, también a los veinticinco años, al cabo de setenta y un días.Kieran Doherty al día siguiente, a los veintiséis años, tras setenta y tres días de ayuno.
Por su parte, Franck Mickey Devlin fue torturado durante cinco días seguidos en el centro de interrogatorios de Castlereagh. Privado de sueño, de pie, desnudo durante horas frente a una pared, con los brazos separados. Lo golpearon, lo electrocutaron, lo estrangularon, lo quemaron con cigarrillos, lo as xiaron con tela húmeda. Entre un interrogatorio y otro lo tiraban, con los ojos vendados, en un cuarto insonorizado. Los que padecieron aislamiento sensorial dicen que hasta sus gritos se oían a la sordina. Europa había cali cado esos tratamientos como inhumanos y degradantes. A Walder le
importaba un comino. Para él, los republicanos debían confesar.
Antes de que dispararan otro tiro, que explotara otra bomba, que muriera otro Popeye en algún lugar de la ciudad.
¿Me quedaba claro?
“Imagínate que yo soy tu prisionero, Meehan. Tu mejor amigo está en nuestras manos. Nuestros hombres se lo van a cargar. Yo sé dónde y cuándo. ¿Qué haces conmigo?”.
Me quedaba claro.
El barrio estaba conmocionado por el arresto de Mickey. Su mujer fue a hacerle visita a Sheila. Las dos lloraban. Hice el té y me fui de la casa.
—Encarcelado es mejor que muerto —murmuré junto a mi mujer al regresar a casa.
No me gustó su mirada. Buscaba en mí el alcohol. Pero yo no había bebido. Solo dos pintas de cerveza, en un bar que no era el mío. Nada más quería eludir el abatimiento y la tristeza.
Los británicos habían arrestado a Mickey el 3 de agosto, tras un castigo in igido a un violador. El tipo era un reincidente, cuya presencia estaba prohibida en el barrio Divis Flats desde hacía varios meses. La noche anterior, había acosado a una mujer que regresaba a su casa. La había golpeado en la cara y había tratado de llevarla a la fuerza a unos arbustos. Estaba borracho, titubeaba. Ella
se escapó. Corrió hasta llegar a la sede de Sinn Féin, donde puso la queja e hizo una descripción del agresor.
El IRA llegó por la noche a la casa de los padres del individuo.
Secretamente había regresado a vivir allí con ellos. Tenía una cerveza en la mano y estaba acostado vestido en su cama de niño.
Nuestros hombres llevaban pasamontañas. La madre se interpuso gritando. El padre agarró una silla para defenderlo.
—¡A los padres no los toquen! —ordenó Mickey.
Dos de nuestros muchachos se lo llevaron a rastras por las escaleras. Yo estaba en la calle, un poco retirado. No estaba comandando la operación. No me gustaban esos castigos. Nosotros éramos un ejército, no la Policía. Nuestra tarea era sacar a los británicos, no zurrar a los delincuentes. Sin embargo, la población reclamaba seguridad en nuestras calles.
Mickey esperaba en la puerta, con otros dos. La madre se abalanzó contra él y le quitó la máscara. Él la empujó. Ella cayó al suelo, señalándolo y gritándole:
—¡Es Franck Devlin! ¡Yo te conozco, Franck Devlin!
Se encendieron luces por todas partes. Al tipo se lo llevaron en un automóvil hasta una pequeña plaza en la calle de la víctima. Se defendía. Mickey le dio un golpe violento en la sien con la culata. Lo amarraron a un poste de luz, por el cuello y el estómago, con el torso desnudo. Una mujer llegó corriendo, le alcanzó a uno de los nuestros un letrero que decía “violador” y se fue como soplo. El IRA le colgó el letrero del cuello. Le untaron el torso de brea fría.
Parecía inconsciente, con la cabeza inclinada hacia atrás. Había
sombras en las ventanas, fantasmas en las aceras, siluetas en los umbrales.
—¡Nuestro país está en guerra! —gritó Mickey para que lo escucharan.
Un óglach cargó su arma. Crujido del metal en medio del silencio. En el primer piso de una casa, un hombre se tapó los oídos con los dedos.
—¡No toleraremos ningún ataque a nuestra comunidad, ni ninguna violencia contra las mujeres que la componen!
El soldado hizo dos tiros. No en las rodillas, sino en los muslos.
Habíamos decidido que el condenado debería volver a caminar.
Soltó un grito largo, un desgarro lento. Su cabeza volvió a caer.
—¡IRA! ¡IRA! —vitoreó una voz a lo lejos.
Una combatiente recogió los casquillos calientes con unos guantes y luego nos replegamos.
La comunidad detestaba a los padres del muchacho. El cartero los olvidaba. En las mañanas, su botella de leche aparecía rota frente a la puerta. En los bares, se negaban a atender al padre, las jugadoras de bingo dejaban sola a la mujer en la mesa. Era la familia indeseable de la cuadra. Ya no tenían nada que perder. Entonces, decidieron hacer la denuncia en la Policía. Y acusaron a Mickey.
La ciudad tenía un aire desolado de cuervo negro. El cielo, las miradas, todo apestaba a tristeza. Tristeza por Mickey, por su mujer.
Y yo también estaba triste. Por primera vez, sentí repugnancia por las habilidades de los británicos. En todas partes, en las conversaciones, en las miradas, en los silencios, aparecía el horror de la tortura. Y también, en todo caso y a pesar de todo, el hecho de que Mickey no hubiera podido aguantar. Había hablado. Los británicos lo cacareaban. Su prensa se deleitaba con eso. Walder me protegía. El policía me protegía. Habían desviado la sospecha.
Franck Devlin había sido arrestado un mes después de que yo pronunciara su nombre. Una eternidad. Yo no había traicionado.
Estaba agotado. Pude respirar un poco. Una última ilusión de inocencia.
* * *
En el tercer sobre, que recibí el 5 de agosto, había 350 libras y dos tiquetes de avión para París. Un adelanto para pagar mi primer viaje. Tenía que encontrarme con Honoré en el embarcadero de turismo sobre el Sena. Solo lo había visto una vez, en la primera ocasión en que estuve en Francia, con Sheila y la falsa pareja de policías. Era un inglés puro. Ni siquiera un protestante rudo de los de por aquí. Me miró como se mira a un traidor. No me dio la mano.Se quedó tan solo el tiempo su ciente para tomarse una cerveza, para mirar mi triángulo rosado. Tampoco fue más cordial con el agente del MI-5 o con el policía. Era joven: treinta y cinco años apenas. Solo conocía de Belfast lo que vio en un sobrevuelo en helicóptero. Me observaba, me estudiaba. Me dijo que era Sinn Féin lo único que le interesaba, no el IRA. Nuestro partido, no nuestro
ejército. Señaló con el mentón a los otros dos, diciendo que de las bombas se encargaban ellos.
—No sé mucho de política —le dije.
—Tú sabes qué es lo que piensa cada cual en tu movimiento.
Cuáles dirigentes están perdiendo impulso y cuáles están acercándose cada vez más al poder. Eso lo sabes, ¿o no, Tenor?
Me encogí de hombros. Sí, claro. Eso lo sabía.
—A mí, eso es lo único que me interesa, ¿entendido? Y como me queda un poco difícil ir a las reuniones de ustedes…
Luego, se retiró de la mesa llevándose un periódico enrollado a la sien, a modo de saludo.
No me gustaba ese individuo. Había entrado en mi vida a la fuerza. El policía y el agente del MI-5 casi me daban tranquilidad.
Ahora teníamos una historia en común. Ellos conocían mis maneras y yo conocía su proceder. Todo había quedado dicho entre nosotros.
No había comprensión, pero tampoco había odio. Un día, el policía me dijo que combatiría mis ideas hasta la muerte, pero que las respetaba. Cuando me entregó los tiquetes para París, Walder me confesó que le habría gustado conocerme en otro lugar y en otra época. ¿Acaso mentían? ¿Tanto él como el otro? Tal vez el propósito de esas palabras era ablandarme, quizá las sacaban de su manual de o ciales. Me importaba un comino. Yo era un prisionero y estaba condenado a las mentiras a perpetuidad, y esos dos guardianes no le añadían humillación a mi aislamiento.
Honoré no formaba parte de esta historia, no era el mismo enemigo. Era un ladrón de ovejas que aprovecha la cerca abierta.
Después de los otros, me iba a exprimir como una fruta. Tenía la palidez de un funcionario de embajada. Tenía tinta en las manos, no sangre. Me lo imaginaba debajo de una lámpara de o cina, pintando organigramas, con la boca entreabierta y sacando la lengua. Para él, nuestro país era un grá co, nuestro combate una estadística. No éramos hombres y mujeres, sino ratones de laboratorio. El policía nos seguía con la mira de su fusil; este nos observaba con un microscopio. Me llamaba Tenor. Esperaba que no supiera nada de mí, de Danny, de la existencia de Jack y Sheila. Permanecer anónimo. Un sinónimo de traidor. Apenas un alias.
Seguramente me iba a hacer detestar París.
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