Regreso a Killybegs

Sorj Chalandon · Capítulo 23 de 26

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Regreso a Killybegs

Capítulo 21

EL 2 DE DICIEMBRE DE 2006, nos invitaron a la boda de Déirdre.

Era la nieta de Pat Sheridan, un veterano de Long Kesh. Algo no andaba bien, el silencio de algunas miradas. Cuando llegamos Sheila y yo, la joven recién casada bailaba sobre una de las mesas del bar, alzando los brazos y con una copa en la mano. La sala estaba llena.

Fuimos a sentarnos a nuestra mesa de siempre. Nos habían guardado el puesto. En el escenario, una orquesta tocaba música de los años sesenta. Nos habíamos perdido el himno nacional y el discurso del padre de la novia y yo no me había puesto corbata.

Al verme, Déirdre me hizo señas en medio de risas.

—¡Por n, Tyrone! ¡Diez minutos más tarde y llegas a mi divorcio!

Le guiñé el ojo y levanté el pulgar a modo de saludo. Yo no quería ir. Incluso me disponía a meterme en la cama, pero Sheila insistió. Se había puesto su vestido de esta de terciopelo verde y mangas blancas y un gran peine negro en su pelo gris.

“Nadie entendería, Tyrone. Además, no tengo ganas de decirles mentiras”.

Le hablé de un dolor de cabeza, luego de estómago, luego de nada. Simplemente no tenía ganas. Sheila puso mi traje gris sobre la cama, sonriendo, de todas maneras. Entonces, me vestí, y luego la seguí.

El bar había cerrado la barra por esa noche. Cada cual había llevado su bebida. En mi bolsa de papel, llevaba seis latas de Guiness y un frasco de vodka. Sheila había llevado una botella pequeña de ginebra y una grande de agua tónica. Los jugos de fruta habían sido puestos para todos, alineados sobre la barra. Había dos personas en nuestra mesa, que vivían en Divis. Nos pasaron unas sillas, de mano en mano, por encima de las cabezas, rozando las ores de papel blanco que tapizaban en cielo raso. Algunos minutos más tarde, Sheila se quitó los zapatos para bailar. Así, de repente, con una prisa un poco ridícula. Se estaba poniendo a tono con la esta, las amigas, la ebriedad. Yendo a los baños, me crucé con el hermano del novio.

Habíamos estado juntos en la cárcel.

—¡Qué noche, ah, Gerry! —dije por educación, mientras orinaba ruidosamente.

Él se abotonaba el pantalón.

—Lo que tú digas…

Gerry Sheridan nunca había sido muy conversador. En Long Kesh, los guardias lo llamaban la Ostra. No les soltaba ni media palabra. Tampoco nos hablaba a nosotros. Pero su mirada era su sonrisa. Aquella noche, Gerry no volteó la cabeza. Era la primera vez desde que tengo memoria. A lo mejor, quise pensar, era su manera de reclamarme mi tardanza.

Nos perdimos la misa. Y también la procesión por Falls Road, con un tanque británico Saracen alquilado para abrir el cortejo. Los recién casados habían sido detenidos en las escaleras de la iglesia

por cuatro falsos soldados en uniforme inglés, en medio de risas y de vivas. Luego, los llevaron al bar así, saludados por las bocinas, subidos en la torreta y gritando por la vida. Esos juegos no me gustaban para nada. Hace diez años les apuntábamos a esas cucarachas caqui con nuestros lanzacohetes y ahora nuestros hijos pagaban por circular con eso. Lo decoraban con ores, guirnaldas, le colgaban la bandera nacional en la antena, instalaban altoparlantes, atravesaban los barrios nacionalistas y hacían sonar música rock a todo volumen junto con el ruido del motor.

“Eso es la paz, Tyrone”, decía Sheila, cuando un tanque maquillado de esta pasaba frente a nosotros con estruendo.

Me agarraba entonces el brazo, se reía, levantaba una mano feliz.

“A diferencia de ustedes, ellos lograron apropiárselo sin un solo disparo”.

Ella me tomaba el pelo y yo me desprendía de ella, para ngir brevemente estar enojado. Yo gritaba “viva el IRA”, agitando mi gorra con la mano.

Cuando salí de los baños, observé la mesa de Gerry Sheridan. La Ostra estaba hablando con Mickey; los dos tenían las frentes muy juntas. Volteó la cabeza. Mickey me miró, con los labios blancos.

Cuando Mickey salió de la cárcel, caímos en brazos el uno del otro.

De todos los combatientes que nos habíamos reunido para abatir a Popeye, el guardia, yo era el único que había salido indemne. Yo

había vendido a Mickey; Terry cayó poco después y también Jane, la chica de la bicicleta que se haría cargo de recoger las armas. Incluso los dos muchachos de Divis, los refuerzos, fueron apresados.

Mickey confesó bajo tortura. Por eso habían caído los demás y nunca nadie se lo sacó en cara.

Una vez que había bebido bastante, expresó públicamente su sorpresa de que a mí no me hubieran agarrado.

—¿Por qué? ¿Supieron algo de mí?

Mickey protestó. ¡Nada! Ellos no sabían nada, pero a mí me conocían en el barrio, entonces habrían podido imaginar ciertas cosas. Eso era todo. Arrugué las cejas. Recuerdo perfectamente ese instante.

—¿Estás seguro de que no tienes nada qué contarme, Mickey?

A mi amigo le empezaron a temblar los labios y las manos. Los golpes con la porra se le habían llevado la mitad de los dientes, tenía un brazo inutilizado. No entendía lo que yo quería decir. Me lo juraba. Estaba en pánico. Fui todo un hijo de puta, detestable, más listo que el demonio. Mickey daba lástima. Lo había dicho todo sobre mí. Todo. Me había traicionado en la sangre, en cada uno de mis gestos, cada uno de mis pensamientos. A los británicos les quedaba fácil agarrarme como quien coge una fruta de un árbol.

Durante semanas, Mickey vivió con el temor de verme llegar a su celda. Miedo de ver mi cara golpeada y mi mirada escrutadora pidiéndole cuentas. Luego, durante años, esperó que me arrestaran.

Prefería hacerle frente a mi rabia que dudar de mí. Y me esperó. En

vano. Entonces, comprendió que mi libertad había tenido un precio, cuyo monto era él mismo.

Quedamos encadenados el uno en los brazos del otro cuando él salió de la cárcel. Él con su secreto y yo con el mío. Teníamos que afrontar la paz, heridos por ese silencio. Desde entonces, nos evitábamos. Yo sigo siendo Tyrone y él sigue siendo Mickey, pero, al deponer las armas, sepultamos la verdad.

No podía ser desprecio. No hacia mí. Debí haber sorprendido una conversación dolorosa entre los dos hombres. Esas confesiones de noche que convoca la ebriedad. Mickey había enviudado nueve días atrás. Decía que, sin su mujer y sin la guerra, la vida ya no era nada.

Era eso. Yo acababa de sorprender la tristeza de Mickey, su desconcierto ante el duelo y la paz.

Más adelante en la noche me crucé con Mike O’Doyle. Él también me observó. Regresó a su mesa y desde allí me miraba furtivamente por encima del vaso. Catorce días después, él sería el encargado de interrogarme. Me preguntaría el nombre y el apellido, la fecha de mi nacimiento, para un ceremonial ridículo. Trataría de hacerme hablar.

“¿Desde hace cuánto nos traicionas, Tyrone?”.

Pobre chico. Todo tenso junto al viejo combatiente, a quien maltrataba con sus preguntas y sus miradas. ¿Ya lo sabía aquella noche? Jamás se lo pregunté. Sheila estaba ebria. En un momento dado, se tropezó con su silla. Mike se levantó, riéndose, hizo algunos pasos con ella y retomó su observación silenciosa.

¡Lo saben!

Era obvio. Todos lo sabían. Esa boda era una trampa. Sheila me había llevado allá para hacerme hablar. Mezclé su ginebra con lo que me quedaba de cerveza. Miré las demás mesas, los vasos olvidados a la mitad. Les ayudaría a limpiar todo eso, bebería a escondidas todo ese desperdicio.

No. No sabían nada. Era solo una mala noche. Como las que me atormentan desde hace más de veinticinco años. Ya no logro leer las miradas, ya no conozco los labios. Me parece que una palmadita es un empujón y que el silencio es desdén.

Y, sin embargo, aquella noche en mi bar, algunas miradas se silenciaron. No las de las mujeres, ni la de los compañeros lejanos, los compañeros de ruta, sino la de los hermanos de armas. Por primera vez en mi vida, vi al IRA como lo ven los enemigos. Porque el IRA estaba ahí. A pesar del cese al fuego, del proceso de paz, a pesar de nuestras armas destruidas una a una, seguía ahí. En esa mesa atestada, detrás de la barra, en ese grupo que murmuraba, en la puerta, en las sillas, en ese traje oscuro o en esa camisa clara. Ahí estaba, hostil. Yo sentía su descon anza. Reconocía sus gestos, sus maneras, esa estrategia de evadirse. A lo largo de toda mi vida, sospeché de los hombres. Mucho. Murmuraba sus nombres al oído de un amigo, los señalaba con el dedo. Me bajaba del taburete del bar o cruzaba la calle para decirle al sospechoso que siguiera su camino, porque yo estaba ahí. Hoy, ese hombre era yo. Tyrone Meehan, en esa noche de esta, estaba vigilado. Inclinándose hacia el hombro de Mickey, la Ostra me señalaba. Me tomé un trago que no era mío. Un licor amargo. Sentía calor, frío, ya no tenía estómago

ni corazón. Sentía ganas de vomitar. Tenía miedo. Me levanté cuando Déirdre se acercó a mi mesa.

—¡Rápido, un trago para Tyrone Meehan! Si no, va a desertar —

gritó la recién casada.

Un tipo me pasó una cerveza negra. Cinco más hacían la, llenas y planas de tanto esperar. La chica Sheridan se sentó en mis rodillas.

—¿Por qué esa cara larga, hombrecito de Sheila?

A fuerza de llamarme así, mi mujer había hecho que se enterara todo el mundo en el barrio, y en la ciudad, y tal vez en el país.

Ofrecí excusas. ¿Sabes una cosa, jovencita? Tengo ochenta y un años. Los días se hacen largos cuando uno ha llegado al nal.

—¿Al nal? Tú vas a vivir cien años, Tyrone Meehan.

Se rio. Se puso de pie y abrazó a Sheila, que regresaba a la mesa.

Percibí la mirada incómoda de Mike O’Doyle. ¿Vivir cien años? Me pareció que sacudía la cabeza para decir que no.

* * *

El día siguiente era domingo. Mi teléfono celular sonó hacia las once de la mañana.

—¿Tyrone? Habla Dominik.

Yo estaba en la sala, leyendo el Sunday World. Se me regó el café.

—En el cementerio, a mediodía.

Sin decir una palabra más, colgó.

Hacía tiempo no veía al policía pelirrojo. También llevaba mucho tiempo sin ir a la tumba de Henry Joy McCracken. Me levanté sin decir una palabra. Sheila estaba en misa. Yo había dejado de ir. Ellos me habían prohibido comulgar, yo los privaba de mis oraciones. Tomé un taxi y no mi vehículo. Domingo. La lluvia, las fachadas grises del norte de la ciudad, nadie. Luego, di vueltas a pie, con el periódico en la mano para dar la impresión de estar ocupado en algo. Tenía puesta una gorra, unas gafas oscuras y una bufanda alrededor de la boca.

Cuando le daba la tercera vuelta al barrio, vi que el policía pelirrojo estaba ahí, contra la reja. Al verme, se subió en un automóvil y abrió la puerta del pasajero. Miré a mi alrededor, la tristeza del séptimo día. Me subí y él arrancó.

Instintivamente, bajé el parasol para ocultar mi cara. Tomó la dirección de la autopista. Yo tenía rabia. Habíamos quedado en que siempre sería yo quien llamara. No quería que me timbraran como a un sirviente. Quería que él hablara primero. Lo miré. Él tenía la cabeza volteada hacia la calle.

—Esto se acabó, Tyrone.

Se me cortó el aliento.

—¿Qué se acabó?

Su mirada seguía ausente.

—Tú, yo, Dominik, Tenor, toda esa mierda.

Me escurrí en la silla. Había olvidado ponerme el cinturón de seguridad. Lo ajusté. Creo que estaba sonriendo. Se acabó. Listo. Ya podía volver a vivir.

—¿Y por qué eres tú el que me anuncia eso? ¿Walder no está?

Silencio. El policía hizo una seña con el mentón.

—Tú sabes, Tyrone. Los ingleses…

—¿Qué con los ingleses?

—Volvió a Londres. Su misión terminó.

—¿Y Honoré?

—Retomó sus estudios.

Mejor. Dos menos. Si se van así, los unos después de los otros, entonces hicimos bien en deponer las armas.

—¿Y yo? ¿Qué va a pasar conmigo?

—Queremos proponerte un trato, Tyrone.

—¿Un trato?

Estábamos en pleno sector protestante. En todos los muros, había banderas británicas pintadas. Retratos de Guillermo de Orange, que había vencido a las armas católicas en 1690. Algunos frescos paramilitares en honor a su grito de guerra: “¡No nos rendiremos!”.

El policía detuvo el auto frente a un parque.

—Caminemos un rato, Tyrone.

Yo tenía el corazón en batalla, las piernas ojas. Y una sed terrible. El paladar como un cartón y la lengua áspera. Ya no tenía voz. Esperaba. Miraba sus pasos lentos, su manera de prender un cigarrillo, de alcanzármelo, de mirarme a través de la llama.

—Vas a tener que irte, Tyrone.

—¿Qué pasa?

Era la voz de un hombre muy viejo.

—En primer lugar, te ponemos a salvo en algún punto y, luego, te expatriamos.

—¡Respóndeme, carajo! ¿Qué pasa?

El policía aspiraba el humo de su cigarrillo. Quemaba el tiempo.

—Te creamos una nueva identidad. También tendrás un lugar donde vivir y una pensión de 150 000 libras, para sostenerte mientras tanto.

Lo agarré de la manga.

—¡No quiero tu plata! Soy irlandés y en Irlanda me quedo, carajo.

—No tienes de otra —respondió suavemente el policía protestante.

Lo observé. Nunca lo había visto tan calmado.

—Me descubrieron, ¿cierto?

—Cierto.

Golpeé la reja del parque con el periódico.

—¡Puta mierda! Pero ¿cómo es posible? ¿Qué pasó?

—El cese al fuego hizo que se movieran las líneas…

Lo agarré de los hombros. Era más alto que yo, más joven que yo, habría podido lanzarme al piso con solo mirarme, pero se dejó maltratar.

—¡No me habrán vendido, cabrones!

—Nosotros no. Ni la Policía de Úlster, Tyrone.

—¿El MI-5? ¿El perro de Walder?

El policía se soltó de mis manos y se metió las suyas en el bolsillo.

—¿Qué estabas pensando, Tyrone? En serio. ¿Cómo pensabas que iba a acabar todo?

—¿Por qué mierda no me podían dejar en paz?

—Justamente porque así es la paz, Tyrone. Tú les servías en tiempo de guerra, y vas a servirles también en tiempos de paz.

—No entiendo nada. ¡Nada!

Yo gritaba. Él trató de calmarme poniéndome una mano en el brazo.

—Sinn Féin está recogiendo los frutos del proceso de paz.

Ustedes están marcando puntos por todas partes, se van a convertir en el primer partido político de Irlanda del Norte y eso los hace cagarse de la rabia, Tyrone.

—¿Y yo qué tengo que ver con eso?

—En Londres, a ustedes no los quieren. En Dublín, tampoco.

Ustedes ya depusieron las armas, entonces no pueden dispararles, pero les pueden hacer daño.

—¿Qué me estás diciendo?

—Un traidor es una bomba para la moral de un grupo. Como una granada de fragmentación. Hace volar pedacitos por todas partes.

Un traidor hiere a todo el mundo. Es difícil reponerse de eso.

—¡Ustedes son unos cerdos!

—Quería ponerte sobre aviso.

—¿Cuándo me van a vender?

—Ya ocurrió.

Me costaba trabajo respirar.

—¿Me vendieron al IRA?

—Vendieron no. Fue un regalo. Y ellos a rmaron también que tenían tres agentes entre las directivas del movimiento.

—¡Están hablando mierda!

El policía sonrió.

—Tal vez, Tyrone. Pero el IRA no se va a conformar con tu apreciación. Todo el mundo va a sospechar de todo el mundo y el desorden va a ser grande.

—¡Manada de hijos de puta!

Le di la espalda y caminé hacia la avenida.

—¡Tyrone!

Me alcanzó corriendo.

—No hagas estupideces, Tyrone. Van a venir a buscarte y te van a interrogar. ¡Tú sabes muy bien lo que les hacen a los traidores!

—Estamos hablando del proceso de paz. No me van a tocar un pelo.

Seguí caminando. Esperaba que me volviera a alcanzar, que me hablara, que me explicara cómo les había ido a los otros. ¿Qué se hace después de la traición? ¿Qué le pasa a uno? ¿A dónde ir?

¿Morir en Inglaterra, como un apóstata? ¿Exiliarse en los Estados Unidos? ¿A Australia? Papeles falsos, vivienda falsa, trabajo falso, amigos falsos, vida falsa. Además, el IRA encuentra a los traidores.

Por todas partes. Mucho tiempo después. Unos sesenta soplones fueron ejecutados, centenares más fueron expulsados de nuestras ciudades.

¡No! Yo no haría lo mismo. Punto nal. Aquí me quedaba. Este era mi hogar. Tenía tanto derecho a esta tierra como todos los irlandeses reunidos.

Esperé que viniera corriendo a alcanzarme. Que me detuviera, que me llevara a la fuerza, me calmara, me escondiera, me protegiera. Pero no se movió. Cuando doblé la esquina, él ya se había subido a su vehículo. No lo volví a ver. Decía llamarse Frank Congreve. Jamás supe si ese era su verdadero nombre. Tampoco supe cómo había perdido el ojo izquierdo.

* * *

—¿Tyrone?

Yo estaba dormido. Me senté, con la boca abierta, retomando ruidosamente mi respiración. Un buceador que sube a la super cie.

—Mike O’Doyle y Eugene Finnegan están aquí. ¿Sabes… el Osito?

Sheila estaba junto a mi mesa de noche, agarrándose con ambas manos la bata a la altura del pecho. Me faltaba el aire. Me pulsaban las sienes, tenía la frente helada.

Tienes apnea. Vas a tener que ir al médico, me decía muchas veces.

Mi mirada nocturna. Regresaba de un lugar lejano, lejanísimo.

Un sueño en sudor con gritos. Me levanté. Estaba temblando.

—¿Estás bien, Tyrone?

Metí los pies desnudos en mis zapatos de calle.

—¿Quieres que les diga que estás enfermo? ¿Que vuelvan mañana?

—¿Dónde están?

—En la sala.

—Ya bajo.

—Parecen molestos, ¿sabes? —murmuró mi mujer.

Antes de saberlo, ya comprendía. El instinto del animal antes del fuego. Algo le iba a ocurrir a su hombre. Alguien iba a hacerle daño, su corazón lo presentía. Había conocido demasiado la guerra para creer en esta paz.

Eran las once de la noche del 14 de diciembre de 2006. Dos tipos del IRA habían tocado la puerta. No era normal. Tenían la cara seria, la mirada de las malas noticias. No le sonrieron a Sheila y rechazaron su té. Sheila tenía el vientre atenazado de preocupación.

Le pedí que se quedara arriba.

—Por favor, Sheila.

Ella asintió. ¿Cuántas veces no habría preparado mi cama, rezando en la noche para que la muerte me ignorara? Me conocía demasiado. Conocía mis gestos cuando merodeaba el peligro.

—¿Qué hiciste, Tyrone?

Le puse un dedo en los labios, adoptando la seña del ángel. Cerré la puerta tras ella y bajé despacio.

El Osito miraba las fotos de la chimenea. Mike vigilaba la escalera.

Cuando aparecí, el primero se quitó su gorro de lana. El segundo se quedó con él puesto. Sonreí a medias. Les tendí la mano. Ninguno de ellos la tomó.

—Mike, Eugene…

Breve saludo con la cabeza.

El Osito miraba a O’Doyle. Silencio incómodo.

—Tenemos un problema, Tyrone.

Sonreí de nuevo.

—¿Ustedes tienen un problema?

—Tú tienes un problema —respondió el Osito.

Señalé el sofá, el sillón. Ellos se quedaron de pie.

—Están corriendo muchos rumores sobre ti, Tyrone. Rumores graves.

Mike O’Doyle tenía las manos en los bolsillos. Se puso derecho.

Un gesto de respeto. Punto a favor para mí.

—¿Qué rumores, Mike?

—Ven con nosotros.

Miré por la ventana. Mal disimulado a través de la cortina de encaje, se veía sobre un costado de la calle un vehículo esperando, con dos hombres a bordo.

—Así no. De noche no. Si tienen algo que decirme, manden a alguien del Consejo del IRA.

—Tú sabes perfectamente que ellos son quienes nos envían, Tyrone.

—Pierdes tu tiempo. Conozco el procedimiento.

—Coge tu abrigo.

Mi vida estaba en juego. Estaba seguro de eso. Independiente del cese al fuego, irme de la casa en este momento era podrirme en una cuneta al otro lado de la frontera. Tenía que lograr que se fueran.

Que volvieran después, a la luz del día y sin esas caras.

—Apúrate, Tyrone —dijo el Osito.

—Por Dios, Mike, Eugene. ¿Ustedes nunca se han emborrachado?

La frase me salió así, con las palabras ensambladas una a una para dar un buen golpe. Mike abrió bien los ojos. Eugene frunció las cejas. Los había sorprendido. Ahora era el turno de ellos. No podía darles un segundo. Tenía que agarrarlos como a un conejo de campo.

—¿Quieren que les diga que lo lamento? Bueno: lo lamento. Pero uno no se pone a molestar a la gente por eso en plena noche.

Ningún cambio. La misma sorpresa. Trataban de entender. Yo, por mi parte, estaba actuando. En el fondo, me reía. Hacía avanzar mis peones. Conocía muy bien su juego. Era yo quien había establecido las reglas. Walder se creía el más poderoso. Honoré, el más inteligente. El policía siempre me miraba con un miedo anticipado y yo bailaba en un hilo delgado.

—Traigan a Joe Cahill y a todos los demás. Y ofrezco excusas públicamente.

Mike O’Doyle se quitó la gorra. Estaba bajo mi techo. Parecía que lo había recordado brutalmente. Se descubría la cabeza frente a un o cial.

El Osito estaba pálido.

—¿De qué estás hablando, Tyrone?

—¿Cómo que de qué estoy hablando? Ofrezco excusas. Estoy dispuesto a subirme al escenario del Thomas Ashe y arrodillarme, ¿y eso no les basta?

Me fui a la cocina, a sacar una cerveza. Bebí mientras los miraba.

Les estaba ganando la partida. La muerte pasaba de largo. Ellos eran minúsculos; y la sala, inmensa.

Bajé la voz.

—No he debido beber en el entierro de Tom. No hacer escándalo. Yo sé. ¡Pero tampoco era para haber movilizado una unidad por eso!

—Se dice que eres un traidor, Tyrone.

El Osito se había lanzado de primero. Escupí la cerveza. Me erguí.

—No te oí bien.

—Un agente británico —remachó Mike O’Doyle.

La muerte acababa de entrar. Había dado una vuelta por el barrio, había hecho unas muecas por la ventana, había seguido de largo y ahora tocaba a la puerta.

—Fuera de aquí. Los dos.

—Tyrone… —comenzó Mike.

—¡Cállate, O’Doyle! ¿Tú qué sabes? ¿Qué te enseñaron cuando entraste al ejército? Los británicos tienen dos maneras de hacer la guerra: ¡la propaganda y el fusil!

—Yo sé, Tyrone.

Empecé a gritar.

—¡No! ¡Tú no sabes nada! ¡Nada! Estamos ganando esta guerra.

Ya renunciaron a matarnos, pero ahora quieren abatirnos. Nos lanzan un veneno y ¡zas! ¡Todo el mundo se lo traga, incluido tú!

Estaba lleno de ira. De verdad. Tenía sangre en la boca y muerte en los puños. Ya no estaba actuando. Estaba aullando mi rabia para que todo el barrio se enterara. En el segundo piso, oí la puerta, los pasos de Sheila en los primeros escalones. Yo temblaba. Tenía la boca torcida, espuma en la esquina de los labios, los ojos entrecerrados para ocultar su fulgor. Todo mi cuerpo era una barricada.

—¿Y qué más están diciendo? ¿Cuántos traidores hay conmigo?

¿Dos? ¿Diez? ¿La ciudad entera? ¿Y a mí quién me dice que tú no eres un traidor, Mike O’Doyle? ¿Y tú, Eugene Finnegan, que no haces más que preguntar y preguntar?

Los dos se miraron. Sheila bajaba lentamente.

—¿Acaso no se dan cuenta? ¡Les están haciendo el trabajo sucio a los británicos! ¡Eso es! ¡Denuncien a Tyrone Meehan! ¿Y luego a Mickey también? ¿Y a los hermanos Sheridan y a Déirdre, la recién casada? ¿Y a Sheila también, de paso?

Me di vuelta bruscamente. Mi mujer estaba pálida, descalza, casi junto a mí, con las manos juntas, como lo hacía mamá.

—¡Por Dios! ¿Nos estabas espiando, Sheila Meehan?

—¡No!

Un grito de ratón.

La agarré del brazo. La sacudí para hacerla perder el equilibrio.

Sheila estalló en llanto. Tenía miedo. Por primera vez le estaba haciendo daño. Daño real. Yo no sentía nada.

La tumbé al suelo. Su bata de dormir se abrió y dejó ver brevemente un seno. El Osito bajó la cabeza. Mike intervino.

—¡Basta, Tyrone!

Me había enloquecido. Sheila se había abandonado. Estaba tendida de lado, en medio de la sala.

Mike me agarró por la cintura. El Osito trató de levantar a Sheila. Ella lo rechazó. Volvió a caer pesadamente. Mi mirada se

cruzó con la suya. Sheila estaba destrozada. Se puso de medio lado, mirando hacia la pared, con el cuello torcido y las manos en la cara, las rodillas contra el vientre, en la postura del bebé que va a nacer o del viejo que va a morir.

¡Patraig Meehan! Lo vi en el espejo del aparador. Un hijo de puta con el puño levantado, listo para golpear hasta sacar lágrimas. Mi padre y sus hijos. El pequeño Tyrone, la pequeña Sheila, hermanados por el horror. Mike me arrinconó contra el muro. Yo escupía.

—¡Mírenla, hijos de puta! ¡Miren lo que le están haciendo a mi mujer!

La puerta de la casa se abrió. Entraron dos tipos, antiguos miembros del 3.º Batallón.

—Los vecinos se están empezando a preocupar —dijo el mayor.

Volví a gritar una vez más, para poner de testigo a la noche.

—¡Soy Tyrone Meehan, un soldado de la República Irlandesa! ¡Y

nadie me impedirá luchar por la libertad de mi país!

Uno de los óglachs hizo una señal.

—Suéltalo, Mike.

El joven me soltó. Yo estaba de pie, con las piernas apartadas, los brazos abiertos. Como un hombre que ha roto sus cadenas.

El Osito salió primero. Sin una palabra, le dio la espalda al campo del horror. Mike se volvió a poner la gorra. Me miró. Yo le sostuve la mirada. Tenía cara de desolación. Cruzó la puerta y la muerte cruzó con él. Los otros dos salieron de la sala. Cuando

estuvieron en la calle, el mayor se dio media vuelta. Flanagan, creo.

Lo había visto en Long Kesh.

—Ya sabes dónde encontrarnos, Meehan. Pero no te demores mucho.

Y continuó su camino.

Esperé. La puerta estaba abierta de par en par. Una vecina apareció, llevando una bufanda en la cabeza. Hizo un movimiento con la mano y luego cerró la puerta.

Sheila no se había movido. Estaba tendida frente a la pared, protegiéndose la nuca con las manos. Tiritaba. Su pierna izquierda se agitaba con temblores. Gemía. Me arrodillé a su lado. Luego, me tendí sobre un costado, detrás de ella, en cucharitas, como el domingo por la mañana, cuando teníamos tiempo. La tomé en mis brazos. La apreté muy fuerte. Su cabello contra mi cara, sus dedos entre los míos, su olor marchito. Mi aliento esperaba la señal del suyo, para ponerse en marcha. Yo ardía de calor. Ella estaba helada.

Su voz. Una voz de sufrimiento.

—¿Qué hiciste, hombrecito?

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