Regreso a Killybegs

Sorj Chalandon · Capítulo 12 de 26

Páginas del PDF

Regreso a Killybegs

Capítulo 10

LOS CHICOS LLEGARON GRITANDO, tirando sus piedras en las aceras y rompiendo las botellas de vidrio contra las paredes de ladrillo.

—¡Llegó la Policía! ¡Están entrando al barrio! —gritó un niño en uniforme de futbolista.

Estaba lleno de mugre y sudor. Lo detuve. Estaba temblando.

—¡Suelta eso, rápido!

Miró el ladrillo que tenía en la mano y lo dejó caer.

—¡Y corre! ¡Ve a donde tu papá!

—¡Mi papá está preso! —gritó mientras huía.

Se oían las explosiones cercanas. La Policía lanzaba gases lacrimógenos. Y munición trazadora hacia el cielo. Los jóvenes corrían, cada vez más numerosos. A centenares, desordenados, guiados por algunos Fianna ya casi sin aliento. Acababan de lanzar piedras contra un fuerte de la Policía y algunos vehículos blindados.

Ahora los perseguían. Por lo general, la Policía se detenía al llegar al gueto, pero aquel 14 de agosto de 1969 nos tumbó las puertas.

—¡Bogside! ¡Bogside! ¡Bogside!

La gente repetía el nombre de un barrio de Derry, donde los nacionalistas se enfrentaban a la Policía desde hacía cuatro días.

—¡Vuelvan rápido a sus casas, por el amor de Dios! ¡Pónganse a salvo!

Yo, a mis cuarenta y cuatro años, con los brazos extendidos en plena calle, les decía a los niños que dejaran de correr, que caminaran, que fueran a protegerse detrás de las puertas.

—¿Y el IRA? ¿Dónde está el IRA? ¿Por qué no de ende nuestra calle?

Era una mujer, en bata, en la puerta de su casa.

—¿Qué haces ahí en el medio, como un espantapájaros? —me gritó un joven que me empujó.

—¡Ahí vienen! ¡Los policías!

Los habitantes llegaban de todas partes para proteger a sus hijos.

Algunos llevaban en la mano unos mangos de palas, o palos de hurling, o tubos de metal. Una mujer agitaba una cuchara sopera en la oscuridad. En unos cuantos minutos, Dholpur Lane quedó bloqueada. Una carreta, colchones, un sillón, escombros, una estufa de hierro fundido arrastrada por unos hombres. La primera barricada de la noche. Justo antes de la de Kashmir Road, más arriba, y otras después, en otras calles. Por todas partes, el ruido de la revuelta. Ese estrépito de hierro, de vidrios rotos, de golpes sordos y de gritos.

—¡Tyrone!

Era Danny Finley que llegaba corriendo, con una cobija bajo el brazo, con seis muchachos de la Compañía C. Me llamó con un gesto. Estaba sin aire. Se arrodilló.

—¡La calle es nuestra, Tyrone! ¡La aseguramos y la mantenemos!

No hablaba: gritaba. Articulaba cada palabra para que se oyera en el tumulto. Era un capitán de navío en el puente barrido por el viento. Desenrolló la manta en el suelo, detrás de la barricada.

Una subametralladora Thompson 1921, dos carabinas M1, dos revólveres Webley, una granada y municiones en una bolsa de papel.

—¡El IRA! ¡Volvió el IRA! —gritó un hombre.

Estaba de pie sobre un tonel. Saltó al suelo y me abrazó riéndose.

—¡El IRA, gracias a Dios! ¡Protégenos! ¡Muéstrale quiénes somos!

¡El IRA! El grito recorría la calle. La gente ya no huía. Volvía a la carga con los puños desnudos.

—¡Vuelvan a sus casas! ¡Dejen las calles libres para los combatientes! —ordenó Danny.

—¡IRA! ¡IRA!

El barrio ignoraba nuestras órdenes. Las mujeres volvían a salir de sus casas, con sus bebés en los brazos. Otras golpeaban el piso con sus cacerolas, con sus sartenes, o con tapas de botes de basura metálicos. Un sacerdote corría de las unas a las otras, con sus oraciones a la mano. Los jóvenes recogían sus piedras abandonadas.

Una chica lanzó una botella incendiaria al otro lado de la barricada.

No éramos más que seis volunteers, pero el gueto nos festejaba como a un ejército de liberación. A unas cuantas calles de allí, el cielo estaba en llamas. Unas casas ardían en Bombay Street. Cuando

lanzaron los tarros de gas, la multitud se precipitó a ahogar el humo. Los baldes de agua pasaban de mano en mano. De repente, parecía pleno día. El primer tanque acababa de doblar la esquina con un faro blanco apuntando a nuestra calle. El cloro de las granadas, el humo de los incendios, una niebla opaca. Yo estaba arrodillado, con la cara protegida por un trapo. Una niña estaba cortando una camisa en tiras, que les entregaba a los insurgentes para que se cubrieran la boca. Detrás de mí apareció un pequeño niño que extendió tímidamente la mano hacia nuestra granada. Se la rapé. Él se encogió de hombros y se fue corriendo.

—¡Fiannas! ¡Evacuar a los civiles! —gritó Danny.

Los scouts formaron una cadena famélica. Eran nada más quince, recorriendo la calle paso a paso y suplicándole a la gente que regresara a sus casas.

Entonces, Danny hizo dos tiros de revólver al aire.

—¡El IRA les ordena dispersarse!

¡El IRA les ordena! ¡Estábamos retomando la calle! Por n íbamos a luchar.

Al frente, en un muro gris, un viejo eslogan pintado en negro se burlaba.

I.R.A. = I-RAN-AWAY

“IRA = Yo hui”.

Hacía varias semanas que la población nos suplicaba que reaccionáramos. Y nosotros éramos incapaces. Más desorganizados,

más aislados que nunca. La Policía y los unionistas eran amos y señores de nuestras calles. Desde el comienzo de la campaña por los derechos cívicos, los católicos habían sido maltratados. ¿Qué pedíamos? Viviendas decentes, un trabajo, no seguir siendo ciudadanos de segunda. ¿Un hombre? ¡Un voto! Igualdad con los protestantes. Teníamos las manos desnudas y unas banderolas de telas deshilachadas. Para los Brits, esa rabia era insurreccional. Para los unionistas, cada una de nuestras quejas era un grito de guerra.

Jamás compartirían el poder. Hacían un llamado a la confrontación nal, a la gran batalla. Por n iban a expulsar a los papistas.

Lanzarnos uno a uno al otro lado de la frontera. Habían limpiado sus barrios. Esta vez atacarían nuestros bastiones, nuestras casas, nuestras escuelas, nuestras iglesias.

“¡Un Estado protestante para el pueblo protestante!”.

Sus gritos de la noche.

Sorprendida por los disparos de Danny, la muchedumbre retrocedió.

El tanque británico también. Una reversa estridente y el regreso repentino a nuestra oscuridad.

Fue entonces cuando se oyó el primer disparo al frente. Luego el segundo.

—¡Balas de verdad! ¡La Policía está disparando con balas de verdad!

Agarré la subametralladora Thompson. Me acurruqué detrás de la barricada. Los cartuchos temblaban entre mis dedos y se

deslizaban por el acero del cargador. Metí munición hasta el tope.

Veinte balas. Conté las que quedaban en la bolsa. Nueve más.

Insu cientes para recargarla por completo.

Seguían disparando. Danny se sentó pesadamente junto a mí.

—¡No sé qué pasa! ¡Aquí hay algo raro!

Hizo girar el tambor y reemplazó las dos municiones disparadas.

—¿Con qué están disparando? ¡Esos no son sus revólveres!

¡Parecen fusiles de caza!

La calle estaba casi desierta. Montones de habitantes habían tomado la ruta de Ballymurphy y de Andytown a pie para ponerse a salvo. Otros se habían escondido en sus casas. Un óglach del IRA llegó hasta nosotros y se inclinó hacia delante.

—¡Son los unionistas! ¡La Policía está persiguiendo a la gente y esos cerdos van detrás! ¡Nos disparan e incendian las casas!

A dos calles del lugar donde estábamos se oyó la detonación de una pistola. Danny se acostó entre la carreta y un colchón. Hizo dos disparos. Luego, se dio la vuelta. Con una seña me indicó la esquina de atrás. Después ubicó a los otros combatientes con un movimiento del dedo.

—¡Son tiros de intimidación! ¡Con cuidado! —gritó Danny.

Estábamos bajo una lluvia de piedras y pernos de acero. Al frente tenían hondas. Sus botellas incendiarias golpeaban nuestras fachadas. Me levanté. Me puse la Tommy Gun contra la cadera.

Disparé. Nada. El choque del acero. Me acosté bocarriba. Seguridad olvidada. Volví a la carga al escuchar “fuego”. Sudaba. Temblaba

todavía. Era un bulto de miedo y de odio. Estaban al frente. Los podía ver. Una pequeña multitud, con antorchas y gritos. Los cazadores de brujas, los diablos de catecismo. Una sombra parecía bailar en medio de la calle, con un fusil en la mano. Rompían vidrios, puertas. La Policía se hacía la de la vista gorda. Tiré a matar. Cuatro balas secas. Casi una ráfaga. Le disparé a ese bulto de sombras vivas. Me sorprendió la violencia del arma. Se resbaló contra mi muslo. La volví a agarrar. Del otro lado de la calle, nuestros hombres abrían fuego con sus carabinas. Danny estaba en la barricada, apuntándole a la noche por encima de las cabezas. De repente, cayeron por todas partes tarros de gas. Retrocedí en medio del humo blanco, con los ojos en llamas, el estómago al revés, la garganta apretada. Me faltaba el aire. Luego, nada más. El fondo del agua. Tenía la boca bien abierta, el pecho apuñeteado. Me estaba muriendo. Entonces, así era morir. Debí de guardar aire en un rincón de la boca, de la nariz, del bolsillo. Después, el choque. Un golpe violento en la sien. Otro en el hombro. Balas, piedras, no lo supe. Había bajado mi subametralladora. La volví a levantar. Quise asegurarla contra la cadera. Tosí. Tenía sangre en los ojos. Oprimí el gatillo. Creo. Ya ni sé. Oí mis disparos. Vi el fuego del arma. Danny cayó. Yo estaba detrás de él. A veinte metros. Disparé tres veces y Danny cayó hacia delante. Se incorporó. Se dio media vuelta y me miró con la boca abierta. Esbozó un gesto. No comprendía. Estaba estupefacto. Soltó el revólver. Se llevó las manos al pecho. Se deslizó en el colchón sobre el vientre y golpeó el suelo con la frente. La luz blanca del tanque salpicó la calle. Yo estaba de pie. Danny estaba tendido. Caí de rodillas.

—¡Le dispararon a Danny!

Era la voz de uno de los nuestros. No supe quién.

—¡Y Tyrone está herido!

Unos brazos me levantaron. No me pasó nada. Estoy vivo. No me pasó nada. Murmuraba para mí. Una mano me quitó el arma. Detrás de la barricada, el tanque retrocedía con el motor rugiendo. No se oyó un tiro más. No se lanzó una piedra más. Tan solo el aliento cortado. El olor del incendio. Las cenizas grises que volaban en el cielo. Los gritos de las mujeres y de los hombres.

—¡Asesinos! ¡Asesinos!

Pedradas de niños en vano, para hacerles abolladuras diminutas al acero del tanque.

—¡Tyrone! ¿Me oyes, Tyrone?

No me pasó nada. Nada en absoluto. Maté a Danny Finley. Había cerrado los ojos, me dejaba llevar. No estaba herido. No de manera importante. Solo eran piedras. Volví a recuperar el aliento. Me arrastraron por el suelo, me llevaron unos brazos y unas piernas.

Luego, me subieron a espaldas de un hombre. Una puerta. Una sala.

Un sillón. Tenía algo debajo de las caderas, como un juguete de niño olvidado. Alguien me puso un cojín debajo de la cabeza. Una mano en la nuca. Una sábana suave en mi rostro, el agua de un vaso contra mis dientes cerrados. El líquido helado en el cuello, serpenteando hasta llegar al hombro. Maté a Danny Finley. La ebre. Empecé a temblar de nuevo. En la calle, un altavoz de la Policía escupía unas órdenes.

Volví a ver la cara de sorpresa de Danny. Cayó hacia delante. Le dispararon en la espalda. Su hermano fue asesinado por los

unionistas. Él fue asesinado por un republicano. El 14 de agosto de 1969, asesiné a Danny Finley.

Era el n nuestro. Y también el mío.

* * *

Permanecí casi una semana en cama. Algunos Fianna y algunos hombres de la Brigada de Belfast se turnaban para hacer la vigilancia desde la esquina. Junto a mí, día y noche, estuvo siempre Jim O’Leary, un ingeniero experto en explosivos del 2.º Batallón.

Cuando abrí los ojos, me dio la bienvenida, como si llegara al umbral de su casa. Jim era muy cercano a la familia. Su mujer, Cathy, quería a Sheila como a una madre.

Al tercer día, bebí una taza de té con media tostada. No estaba en mi casa. No conocía ni la habitación ni a Lise, la mujer mayor que me cuidaba. Al cuarto día me enteré de que mamá, mi hermano y mis hermanas habían tomado el camino del exilio. Sheila los había llevado a donde una tía en Drogheda, al otro lado de la frontera.

Róisín, Mary y Áine lloraban. Las chicas decían que no querían huir así. Sara vomitó durante todo el trayecto. El pequeño Kevin se escondió en el taller para no ir. Mamá les dijo que no irían más lejos. Lo juró. Se había ido de Killybegs, habían sido expulsados de Sandy Street, de Dholpur Lane. Su viacrucis se acababa en Drogheda. Cuando Sheila le preguntó si algún día volvería a Belfast, cuando todo se hubiera calmado, mi madre se persignó diciendo que volvería el día que Cristo Rey entrase allí en majestad.

Sheila cruzó de nuevo la frontera, sola.

Hubo disturbios en diversas ciudades. Por primera vez desde la guerra, Londres había desplegado al ejército británico en Irlanda del Norte. No a la Policía, ni a los B-Specials, ni a los auxiliares armados norirlandeses, sino a los británicos, los verdaderos. Mi an triona me explicó que el Regimiento Real del País de Gales había tomado posesión de Falls Road. Los habitantes del barrio les ofrecían a los soldados té con galletas. Abrí bien los ojos.

—¿Té con galletas?

La mujer sonrió.

—No tienen nada qué ver con los asesinos.

Mientras me reacomodaba la cobija, decía que ellos habían evitado lo peor. Que sin ellos, los unionistas nos perseguirían y nos matarían a todos.

Yo tenía la boca seca, áspera, la garganta de cartón. Le pregunté:

—¿Y Danny?

Ella me miró con sus ojos magní cos. Una mirada de orgullo y de compasión.

—Lo entierran el miércoles.

Se sentó en el borde de la cama. Sonreía con tristeza.

—Bombay Street ya no existe. Todo se incendió. Si nuestra calle está intacta, es gracias a él y gracias a ti.

La puerta se abrió. Dos hombres entraron. Conocía al más corpulento, un o cial de nuestro Estado Mayor. Jim se puso en posición de rmes.

—Danos un momento, Lise. Y tú también, O’Leary.

Esperó a que se cerrara la puerta. Sentí el estómago de plomo.

Me faltaba el aire. Me acordé de Tom y de su asma. El o cial se sentó en la cama. Lo miré. Escarbaba en mis ojos. Tomó aire lentamente.

—Yo sé cómo te sientes, Tyrone.

No respondí. Dejé que el silencio ocupara mi lugar.

—Cuando uno de los nuestros cae, el que estaba al lado siempre se pregunta por qué sigue vivo.

El hombre miraba la pequeña habitación. Los ramos secos detrás del cruci jo, el retrato de un gato blanco en una cesta de lana.

—No hay justicia en la muerte, Tyrone. Danny cayó. Habrías podido ser tú.

Me miró de nuevo, con una mano sobre la mía.

—De ser así, él se estaría haciendo las mismas preguntas que tú.

Entonces se levantó lentamente. Se acercó a la ventana y corrió la cortina con un dedo. Me estaba dando la espalda.

—¿Sabes qué ocurrió en Dholpur Lane el jueves 14 de agosto de 1969?

Maté a Danny Finley de dos tiros en la espalda.

—¿No lo sabes? Esa noche, el IRA demostró que era capaz de defender un barrio. Que otra vez se iban a encontrar con nuestra resistencia.

Yo maté a Danny. Fui yo. Tosía, no veía nada. Disparé. Dolor de cabeza. Mis ojos confesaban. Mi visitante solo escuchaba su propia voz.

—Vive con su valentía, no con su muerte.

Cállate. Sal de aquí, y el otro también. Váyanse de la habitación.

—Tu combate será tu revancha, Tyrone.

Me tendió la mano. No lo sabía. Nadie lo sabía. En la oscuridad, en el humo, en el tumulto, solo Danny y yo estábamos frente a frente. Nadie vio su mirada en el momento de la muerte. Inspiré todo el aire de la habitación, y también el de la calle, del barrio, de mi país, hasta las nas lloviznas saladas del muelle de Killybegs. Me hizo una señal con la mano, un saludo elegante. Cordial y fraterno.

Algo que me decía que yo seguía vivo. Él no lo sabría jamás. Ni él, ni el otro, que levantó la mano a su vez.

—Salvaste tu barrio, Tyrone —agregó el segundo visitante.

—¿Danny es un mártir?

¿Qué me pasó? ¿Por qué pregunté eso? Unas palabras demasiado apresuradas. Me quedé boquiabierto.

—Es un mártir de la libertad irlandesa, sí.

El o cial me miró sin prisa, mientras el otro salía.

—Y tú eres un héroe.

* * *

En un comienzo, me negué. Simplemente quería estar entre la muchedumbre y nada más, uno en medio de tantos. Llevar el

féretro. Nada más. Durante la procesión, unos hombres de la unidad vinieron a verme. Sus palmadas en mi hombro, sus voces como plegarias.

—¡Es él! ¡Es Tyrone Meehan!

Murmullos en las aceras. Miradas embelesadas. Gestos de reconocimiento. Al verme pasar, dos viejos nacionalistas adoptaron la posición de rmes para presentarme sus honores, llevándose los dedos a la sien. Una muchacha me dio un beso de sobreviviente.

Otra me regaló un ramo de ores primaverales. En la acera, un grupo de niños imitaba el paso cadencioso de los Fianna. No había británicos en el trayecto. Estaban apostados en las calles circundantes, detrás de las barreras con caballos de Frisia, con sus

“bacías de barbero” de camu aje cubiertas con follaje, puestas en la cabeza.

Al principio, me negué a tomar la palabra, pero después acepté.

Me aplaudieron cuando me acerqué al micrófono. Largamente.

Como quien agradece. Yo maté a Danny. Temblaba. No he dejado de temblar desde ese día. La multitud era densa y estaba atenta.

Acerqué mis labios al metal.

Cientos de miradas. Su mujer en primera la. Sheila. Jim. Los otros.

—¡Danny Finley no ha muerto!

Aplausos.

—¡Danny Finley no ha muerto, porque todos ustedes están vivos!

Miré las lágrimas que tenía al frente.

—Danny Finley no ha muerto, porque el lunes nació Mary Mulgreevy en Clonard Street. Porque, el martes, Declan Curran nació en Crocus Street. Porque, esta misma mañana, Siobhan McDevitt nació en Dunville.

Escalofríos. Mujeres con las manos entrelazadas. En la primera la, el o cial que me había visitado tenía los ojos empañados.

—Danny Finley no ha muerto. ¡Se llama también Mary, Declan, Siobhan!

Nuestras banderas ondeaban junto a la tribuna. Yo miraba los rostros radiantes de la gente.

Yo maté a Danny Finley.

—¡Nuestra revancha será la vida de esos niños!

* * *

Una mujer vestida de rojo se levantó. Esperó que hicieran silencio.

En cada mesa, había montones de botellas y de pintas de cerveza vacías. Miré a mi alrededor. Yo los conocía a todos. Jim O’Leary, el experto en explosivos que velaba junto a mi lecho de enfermo, y Cathy, su mujer. Pete el Asesino Bradley, los hermanos Sheridan.

Cada vez que mi mirada se cruzaba con la de alguien, se levantaba un vaso de cerveza en mi honor. Mike O’Doyle, Eugene el Osito, rostros cincelados por la cárcel. De ella entraban y salían. Esperaban entre la vida y la muerte.

La mujer de rojo se llevó el micrófono a los labios.

— A brave son of Ireland was shot on Dholpur Street tonight…

Las cervezas reposaban en las mesas. Desde las primeras notas el bar quedó en silencio. Tan solo esa voz, acompañada por muchas otras, como una muchedumbre que se pone en marcha. La mujer se volteó a mirarme. Los demás también. Para Tyrone Meehan, cantaban los clientes habituales del Thomas Ashe La balada de Danny Finley, muerto hacía un año, con todos sus días y sus noches.

La canción había sido compuesta una semana después de la desaparición de Danny, la publicaron en los periódicos republicanos y la cantaron en todo el país. Unos amigos la habían oído en un pub en Londres, en un bar irlandés de Chicago, donde los estadounidenses lloran cantando el exilio. Yo también tarareé.

En el coro, todo el bar se levantó.

— Slán go fóill mo chara…

Adiós, amigo.

Empujé mi silla hacia atrás. Me puse de pie, en medio del gran salón, con los brazos a los lados, pegados al cuerpo, y los puños cerrados. Danny Finley ahora les hacía compañía a sus héroes muertos. Pearse, Connolly, Thomas Dunbar, Tom Williams. Él había cantado en su nombre muchas veces, y ahora éramos nosotros quienes cantábamos en el suyo. Sentí la mano de Sheila en mi brazo.

Jack estaba ahí, a mi lado. Solo tenía nueve años. Me miraba, miraba a la gente. Durante toda mi vida conservaré de él esa imagen de orgullo.

Levanté la mano por los aplausos. Me senté. Otras cervezas se apretujaban frente a mí. La Guinness de mi padre tenía el sabor de la desdicha. Desde hacía un año, vivía como muerto. Mi nombre había circulado demasiado para que retomara las armas. Yo estaba

retirado. Era algo provisional pero necesario. Durante el día, la gente se retiraba la gorra al verme pasar. Las sonrisas. La calidez de las palabras. Por la noche, Danny me miraba. Había aguantado durante un año. Acaso aguantaría toda mi vida. Era demasiado tarde para hablar. ¿Confesarle a quién? ¿Al padre Donovan? ¿Al IRA? ¿A Sheila? ¿A Jim? ¿A mi hijo, de quien soy el sustento? ¿A quién? ¿Y

para qué? ¿Para el descanso de mi alma? ¿De mi corazón? ¿De mi vientre? Yo había matado a Danny y lo había ocultado. Cargué su féretro, honré su nombre, pedí venganza. Era demasiado tarde para disipar el humo de Dholpur Lane. Estaba adolorido, avergonzado y solo.

Hacia la medianoche, Franck Devlin y su mujer vinieron a estrecharme la mano. Todo el mundo lo llamaba Mickey. Tenía esa sonrisa. Me pasó su bolígrafo.

—Gracias, Mickey. Esta noche no.

—¿No lo vas a necesitar? ¿Seguro? ¿Tienes el tuyo?

Desde 1942, cada vez que me encontraba con él, me guiñaba el ojo y me pasaba su bolígrafo. Nadie comprendía ese gesto que se había vuelto legendario. Era un secreto, nada más entre él y yo.

Mickey me había descubierto veintiocho años atrás, y siempre aprovechaba para recordármelo. No era con maldad, sino como un juego de niños. Y yo me ponía rojo. Me puso la mano en el hombro.

—Mucho camino recorrido, ¿no? —me dijo antes de regresar a su mesa.

Levanté mi vaso yo también, a la altura de los ojos, para saludarlo.

Ocurrió en Crumlin, al día siguiente de mi llegada. La primera cárcel de mi vida. Antes de que me encerraran, pedí permiso para ir al baño. Había guardado un trozo de lápiz en mi media, un pedacito de mina envuelta en una astilla de madera. No sé por qué lo hice.

Como si me creyera libre, detrás de la puerta de un orinal en un bar.

La pared era de color gris mugre, y escribí “IRA” con grandes letras.

Luego entré a mi celda.

Al día siguiente, en nuestra sección solo se hablaba de eso. Una gran carcajada. ¿Pero quién? ¿Quién había reivindicado al IRA si todos estaban ahí por eso? ¿Quién se creía en un orinal dublinés?

¿Quién se las quería dar de listo para espantar a futuras vejigas?

Mickey era el encargado de la ropa. Encontró el lápiz, que yo había dejado olvidado en el dobladillo del pantalón. Le hice prometer silencio. Y él lo prometió. Sin embargo, para él, Tyrone Meehan sería siempre el muchachito de Crumlin que reivindicó el IRA en las paredes del orinal, porque era el único que no pertenecía al ejército secreto. Franck protegía mi juventud.

Esa noche, en mi club, me sentí en casa ajena. No en mi casa, sino en la de ellos, por primera vez. Había entrado a las malas en la belleza de los valientes.

—¿Vamos, Tyrone? ¿Te vas a poner el abrigo? Todavía es temprano.

Sheila estaba de pie. Jack, dormido sobre la mesa con la cabeza encima de los brazos.

El Thomas Ashe se desocupaba poco a poco.

—¡Hasta luego, Tyrone!

—¡Dios te guarde, Meehan!

Sillas apiladas, mesas arrastradas por el suelo, ruido de vasos amontonados, de la cortina de hierro que bajan para cerrar el bar.

Rumor de ebriedad, de risas, de cerveza, de voces demasiado fuertes. Me puse el abrigo. La gorra. Atravesé el salón titubeando.

En una de las paredes, había un retrato enmarcado de Danny, con una cinta negra puesta en diagonal. Me detuve. La luz brusca de los neones salpicaba su mirada y su frente.

Teniente Daniel Danny Finley

1924-1969

2.º Batallón, Compañía C

Óglaigh na hÉireann

Tenía los ojos altivos. No me miraba. Había decidido dejarme en paz. Sentí la mano de Jack en la mía. Salimos a la oscuridad de la noche. El olor de la lluvia. Me subí el cuello de la chaqueta, miré hacia la calle, las casas, las ventanas negras, las sombras pesadas que regresaban ebrias. Me desprendí de la mano de Jack. Levanté el puño. Grité.

— Éirinn go Brách!

— Éirinn go Brách! —gritó mi hijo a su vez.

Luego lancé un largo rebuzno. Un quejido espantoso. El grito de George, el llanto del asno.

OceanofPDF.com