Regreso a Killybegs
Capítulo 9
Killybegs, miércoles 27 de diciembre de 2006
—¿QUIÉN ESTÁ SENTADO JUNTO A MÍ? ¿Joshe o el padre Joseph Byrne?
—¿Con quién querías hablar, Tyrone?
Sonreí.
—Eras tú el que quería hablar conmigo.
—Entonces es el padre Byrne.
—Necesito un amigo, no un cura.
Joshe no respondió. Había cambiado. Yo había dejado un mirlo silbador, un duende de nuestros bosques con la cara picada. Ahora me encontraba con un monje enclenque y mustio en túnica negra.
Me sentí todavía más viejo.
Estábamos en la iglesia de Santa María de la Visitación, en la primera banca de madera, frente al altar. Todo había sido remodelado. Detestaba el fucsia rosa que cubría el coro. Sin rincones ni nada para escapar a la luz. Joshe miraba al frente. Murmuraba, jugando con la cuerda blanca de su hábito.
—Estás temblando, Tyrone.
—Tengo sed.
Miró hacia la bóveda. Silencio.
—Jesús no habría podido hacer nada sin Judas.
—¿Me hablas a mí?
—A los dos.
Lo observé. Tenía las manos juntas.
—¿Qué buscas?
—Vine a ayudarte, Tyrone.
—¿Quién te dijo que necesito ayuda?
—Tú. Por eso viniste.
Miré detrás de nosotros. Había una muchacha rezando cerca de la puerta.
—¿Quién te envía?
—El niño que fuiste. Él me envía.
—¡Deja eso! Aquí solo estamos tú y yo.
Joshe cerró los ojos. Todavía esa sonrisa. Igual que cuando éramos niños. Sin hablar, así mostraba que sabía más cosas.
—Dame tu perdón, Joshe, y terminemos con esto.
Pareció sorprendido.
—Para eso me hiciste venir, padre Byrne, ¿o no?
—No soy un repartidor de absoluciones.
—Eres un cura. Tu trabajo es salvarme el alma, no el pellejo.
—Has debido haber sufrido mucho, amigo.
Se arrodilló. Yo lo imité, con las rodillas adoloridas.
—No me puedo quedar así por mucho. Dime lo que tienes que decir.
Abrió los ojos.
—Siempre supe que tú eras el más valiente de nosotros, y también el más leal.
Ahora me miraba.
—Para poner a prueba esa valentía y esa lealtad, Dios Nuestro Padre te concedió el don de la traición, Tyrone.
Miré hacia el frente.
—¡Deja eso, te dije!
—Tu país necesitaba ser traicionado y tú necesitabas traicionarlo.
—¡Puta, Joshe! No más.
—Jesús le pidió a Judas Iscariote retirarse de la Cena, ¿te acuerdas? Le dijo: “Lo que has de hacer, hazlo pronto”.
Me levanté.
—Me voy, Joshe.
Me puso una mano en el brazo.
—Como Cristo necesitaba un Iscariote, tu país te necesitaba a ti.
De un solo movimiento alejé el brazo.
—El traicionado y el traidor sufren por igual, Tyrone. Uno puede amar a Irlanda hasta morir o amarla hasta traicionarla.
Lo miré.
—¿Qué historias son esas?
—Traicionaste para abreviar esta guerra, Tyrone. Para que el sufrimiento de tu país cese.
La rabia me consumía.
—¿Y tú qué sabes de mi traición, Joshe? ¿Qué sabes, padre Byrne? Leíste los periódicos, ¿o qué?
—Yo te conozco.
—¡Nada! ¡No conoces nada! ¡La última vez que me viste estaba recogiendo turba y tenía quince años!
—Pero tienes quince años, Tyrone Meehan.
Caí pesadamente en el banco. Joshe repetía tonterías de claustro.
Yo tenía razón de estar preocupado. El duendecito había sido maltratado por la vida, por la Iglesia, por todos los santos. Ya no parecía un ser vivo. Su toga era demasiado grande, demasiado negra. Joshe llevaba los pies desnudos en invierno. En los ojos el silencio de los dementes. Se le había caído el pelo; los dientes también. Daba la impresión de que la muerte lo jalaba de una manga.
—¿Me puedes hacer un favor?
Asintió con la cabeza, con su mirada perdida de bienaventurado.
—Cuando veas a Sheila en Belfast, dile que, si el francesito quiere, acá es bienvenido.
—¿El francesito?
—Dile así. Ella entiende.
Joshe Byrne volvió a poner la frente en sus manos entrelazadas.
—Dame un poco de tu dolor, Tyrone.
Cada vez hablaba más bajo.
—Comparte esa tribulación. Concédeme esa gracia. Haz de mí tu cómplice.
Había vuelto a cerrar los ojos.
—No hablé con el IRA, ni con Sheila, ni con nadie. ¡Ahora no voy a contarle todo a un monje que vuelve de Zimbabue!
—Esto no tiene nada qué ver con la confesión sino con el afecto, Tyrone.
—¡No quiero tu lástima, Joseph Byrne! No es la amistad lo que me hace falta, sino la dignidad.
Me miró. Me acerqué y lo tomé suavemente por las muñecas.
—Yo traicioné, Joshe.
Sus ojos lloraban los míos.
—Y traicionar fue difícil. Inhumano. Fue demasiado grande para mí. Entonces, no me preguntes por qué. Ese porqué es lo único que me queda.
Observó largamente mi cara, mi mirada, mis manos que temblaban sobre su piel. Esbozó su sonrisa secreta.
—Te agradezco, Tyrone.
Lo solté. Me levanté lentamente.
—¿Por qué me agradeces?
—Al ofrecerme tu dolor, me has pedido perdón. Entonces, te perdono.
Suspiré, sacudí la cabeza. Me alejé del banco sin despedirme. Sin genu exión, sin persignarme.
Estaba asqueado de amor.
—Compartiré tu tristeza, tu soledad y tu rabia también, Tyrone Meehan.
Sus palabras a mis espaldas. Mis pasos de fugitivo. Solo en las iglesias y en las cárceles las voces nos persiguen.
Salí a la lluvia de diciembre. Atravesé el pueblo.
Estaba triste. Y solo. Y con rabia, también.
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