Regreso a Killybegs
Capítulo 19
CONOCÍ A ANTOINE EN EL THOMAS ASHE, en abril de 1977.
Decía que yo le había enseñado a orinar esa noche, pero no tengo ningún recuerdo de eso. Lo había visto desde lejos, en el fondo de la sala, sentado con Jim O’Leary, nuestro experto en explosivos, y Cathy, su mujer. Junto con dos simpatizantes vascos perdidos entre los presentes, era el único que tenía puesta una camiseta republicana. Todos aquí eran del IRA, salvo aquellos que llevaban insignias de su gloria.
Al comienzo, creí que era estadounidense, de esos que tiemblan con todas sus raíces irlandesas, que lloran al poner un pie por primera vez en nuestro suelo, que corren a comprarse una gorra de tweed y un suéter blanco de lana entorchada. De esos que lo aman todo de Irlanda, desde su barro hasta su lluvia, desde su pobreza hasta su tristeza. De esos que quieren hacerse útiles, que piden un fusil pero que dudan, en todo caso, de entregarnos el pasaporte y declarar su pérdida en el consulado estadounidense.
Luego, miré sus labios, su movilidad extrema, esa manera particular que tienen los franceses de masticar largamente las palabras. Hablaba con la boca bien abierta, como la gente sin secretos.
Lo vi al día siguiente, para la marcha de Pascua. Estaba alineando a los Fianna en la calle cuando lo vi. Estaba llorando.
Miraba a la gente, a nuestras mujeres, a nuestros niños y a nuestros hombres. No como llora un niño o una persona herida, sino en silencio, aprovechando la lluvia para ocultar sus lágrimas. Cuando los antiguos prisioneros se formaron en tres las a centenares, y las viudas llevaban sus coronas y los niños iban endomingados, se dio media vuelta para darle la cara al muro. El francesito no era como los otros visitantes. No observaba nuestro sufrimiento, sino que lo compartía.
Hacía frío. Nos pusimos en marcha y él nos siguió. Uno más de la familia. Poco antes, yo lo había llamado “hijo” por primera vez. Lo había colocado en la esquina de Divis y le había prometido una sorpresa. El IRA era mi sorpresa. Decenas de combatientes en uniforme de des le, con sus boinas negras y tahalíes blancos. Miré a mis hombres con los ojos de él. Me estremecí. Había llegado un día atrás y estaba metido en la guerra. Los helicópteros, los tanques, nuestras banderas, nuestros autines, nuestros tambores. ¿Qué veía este hombre? Soldados de la sombra, niños sin padres, mujeres sin nada de nada. Tristes y abatidos, éramos una humanidad sombría.
Con la pobreza, la dignidad, la muerte, esas compañeras silenciosas.
Como él, miré los abrigos fatigados, los zapatos embarrados. Como él, los pelos empapados de lluvia, las caras agotadas. Vi mi propia sombra gris en el re ejo de un vidrio. Yo no podía renegar de ese pueblo. Estaba hecho de mí y yo había sido moldeado por él. Y
Antoine estaba boquiabierto. Yo, emocionado, y orgulloso también.
Mi país le hacía ese regalo.
Ese domingo de abril fue la primera y la última vez que vi a Antoine llorar. Luego, muchos años después, le pregunté por qué. Él
me respondió simplemente que las lágrimas eran su manera de aplaudirnos.
* * *
Al salir de Long Kesh, supe que Antoine había sido utilizado por el IRA. Indignado por mi arresto, por el juicio, por la condena, asqueado con las huelgas de la higiene, le había suplicado a Jim O’Leary que le asignara una tarea, alguna cosa que pudiera servir.La guerra de Irlanda es un asunto de los irlandeses. Siempre descon é de los extranjeros que querían luchar a nuestro lado.
¿Explicar nuestra situación en sus países, organizar reuniones, organizar ruedas de prensa, convocar manifestaciones? Sí, claro, mil veces. Pero nunca se me pasó por la mente entregarles una sola de nuestras balas.
—Eso nos tiene jodidos —me decía Jim—. Connolly nos enseñó el internacionalismo, no el culto de las fronteras.
—El IRA no es un ejército de mercenarios —le respondía yo.
Él se carcajeaba.
—¿Mercenarios, Tyrone? Cuando tu papá quería luchar por la república española, ¿era un mercenario?
Me sacaba de mis casillas. Tenía razón, estaba equivocado, según mi estado de ánimo. No quería que un extranjero muriera en nuestra guerra, ni que se convirtiera en prisionero. Eso era todo. Me imaginaba la propaganda británica, la prensa, los unionistas. ¿El IRA? Un revoltijo de franceses, estadounidenses o alemanes necesitados de una revolución. ¿El IRA? La última atracción para los
izquierdistas occidentales. ¡Despierten, irlandeses! ¡Miren quiénes luchan en su tierra a su nombre!
Jim se burlaba de mí. Me consideraba un nacionalista de miras estrechas. Un día, me preguntó si había salido de Irlanda. Si había cruzado el mar. Si había escuchado una sola lengua extranjera en mi vida. Si conocía una sola mirada del exterior. Si tenía la menor idea de lo que era Roma o Bruselas. Si había ido más lejos de la esquina de mi casa. Daba en el clavo. Todavía no había traicionado a Belfast por París. Estábamos en el Thomas Ashe, pidiendo cervezas para nuestras mesas. Fue antes de que el soplón me denunciara. Antoine estaba ahí, escuchándonos sin hablar. Los dos se miraron riéndose.
Me dije que esos dos estaban tramando algo. Y tenía razón.
El francesito aprovechó mis trece meses debajo de las cobijas para desa arme. Jim discretamente lo puso en contacto con un o cial de asuntos extranjeros. Antoine era lutier, parisino, probablemente desconocido por los servicios británicos. Por supuesto que se pasaba todo el tiempo por nuestras calles y bebía en nuestros clubes, pero eso mismo hacían muchos otros. Tocaba el violín. Esa era su arma. Para la Policía, debía ser un idealista buscando armonías.
Jim hizo sus averiguaciones. Antoine vivía en una calle tranquila, que daba al Boulevard des Batignolles, en el barrio de los lutieres. Había una habitación de servicio desocupada. Le dio la llave en un llavero en forma de ancla marina. Se convirtió en un escondite, con un patio interior y un muro bajo junto al edi cio vecino. Había tres estaciones de metro equidistantes: Rome, Liège, Europe. Una ubicación ideal y tranquila. Varios de los nuestros se
sucedieron bajo este techo seguro en París. John McAnulty, Mary Devaney y Paddy Best. Ninguno de ellos conoció jamás a Antoine.
También transportó dinero para una unidad de paso. Y para unos combatientes de camino hacia Hungría. En dos ocasiones, alquiló vehículos con falsos papeles franceses. Escondió chalecos antibalas en su taller. Sirvió de intérprete. Acompañó a un o cial del IRA, en un tren de noche, de París a Bilbao. No hacía preguntas. Nuestras razones eran su conciencia y nuestro sufrimiento era su certeza.
Cuando supe que Antoine le había ayudado al IRA, me fui a ver a Jim. La conversación fue acalorada y breve. Yo era su jefe. Exigí saber los nombres, los lugares, las fechas, los hechos. El francés debía quedar por fuera de todo eso.
Al siguiente sábado, llevé al francesito a un lugar apartado del Thomas Ashe, un rincón para nosotros, detrás de la barra. Un hombre vigilaba la puerta. Antoine se sentó. Yo permanecí de pie.
Tiré la llave sobre la mesa frente a él. El ancla marina.
—¿Qué es eso?
Me miraba estupefacto.
—Las llaves de mi casa.
—¿A quién se las diste?
Bajó la mirada.
—¿A quién, hijo?
Sacudió la cabeza. No conocía sus nombres.
Me incliné sobre la mesa. Susurré. Nos llegaban en oleadas los clamores de la sala. En la tarima, la banda tocaba Oh! Danny Boy.
—Tú no eres irlandés, Antoine.
Se lo dije suavemente y despacio, como quien anuncia una mala noticia.
“¿Qué serías si no fueras irlandés?”, había preguntado en una ocasión el dueño del Mullin’s.
“Sería un hombre avergonzado”, respondió mi padre después de dar un largo sorbo a su cerveza.
Me recosté contra la pared, diciéndole que él era Antoine el lutier parisino, no Tom Williams, ni Danny Finley. Era un amigo de Irlanda, un camarada, un hermano, pero también una persona de paso. Ninguno de sus ancestros había muerto durante la Gran Hambruna, ninguno de sus abuelos había sido colgado por los ingleses, ninguno de sus hermanos había caído durante su servicio activo, ninguna de sus hermanas había sido hecha prisionera. Le dije que mientras él se divertía, había gente que corría peligro.
¿Divertía? Protestó con un gesto.
—Uno no juega a la guerra, hijo. La hace.
Le dije que por más que quisiera no podía pretender estar al nivel de nuestra furia.
Luego me senté frente a él. Puse una mano en la mesa, con la palma hacia arriba. Le dije que pusiera la suya al lado. Mi mano de campesino. Su mano de músico. Piel de Tyrone. Piel de Antoine. La una gastada por el ladrillo, la otra pulida por la madera. El cuero y la seda.
—Prométeme que vas a abandonar todo eso.
Me miró.
—Prométemelo.
Le dije que seguiría siendo nuestro francesito, nuestro lutier. Nos hablaría del arce, del ébano, del boj, del palisandro. Pondría en medio de nuestras cervezas un cilindro de madera clara, jurando por su vida que es el alma de un violín. Tocaría para nosotros gigas ebrias, el himno nacional, un lamento junto a una tumba para llorar a uno de los nuestros. Sería nuestro re ejo y nuestra diferencia.
—Te lo prometo.
Había comprendido.
Entonces, me incliné sobre la mesa y tomé su cara entre mis manos.
—Soldadito de nada.
* * *
Thomas McElwee murió el 8 de agosto de 1981, a los veinticuatro años, al cabo de sesenta y dos días de huelga de hambre. Micky Devine, el 20 de agosto, al cabo de sesenta días de ayuno. Tenía veintisiete años.Fue entonces cuando la familia de un huelguista pidió que cesara el martirio. El padre, la madre, en lecho de muerte y de dolor, calentando con sus manos las manos del moribundo. Su hijo había entrado en estado de coma. Los padres dieron la autorización para que lo alimentaran. Luego, otra madre cedió. Y otra. Y otra más.
Ocho madres más, que renunciaron a perder a sus hijos.
La huelga de hambre terminó o cialmente el 3 de octubre de 1981, a las 3:30 de la tarde. Cien voluntarios estaban esperando para unirse a la protesta. Algunos, en secreto, habían puesto su nombre más arriba en la lista para comenzar más rápido.
Algunos días después, se les dio autorización a los prisioneros para llevar ropa de civil, pero no de reivindicarse como prisioneros políticos.
Se dice que Margaret Thatcher nunca cedió.
Antoine había seguido ese martirio paso a paso. Sentía rabia ante su impotencia. Observaba nuestra angustia como un testigo que se mantiene en la distancia.
—¿No te parece que el francés podría sernos útil? —preguntó.
Dudé, mientras miraba a Walder.
—¿Cuál francés?
El agente británico hizo un gesto de lástima.
—¡Ay, no, Tenor! Por favor, déjate de esas tonterías.
Me quedé en silencio. Ignoraba qué tanto sabían ellos.
—¿No te dice nada el nombre Antoine Chalons?
Íbamos caminando por la calle, protegidos por un gran paraguas.
—Nadie va a hacerle daño a tu Antoine.
Me miró sonriendo.
—Todo lo contrario, Meehan. Todo lo contrario.
Yo tenía las manos entre los bolsillos. Me apretaba a propósito el muslo izquierdo hasta hacerme doler, con el pulgar y el índice.
—Hiciste bien en aconsejarle que abandonara esas tonterías, pero eso no nos conviene para nada.
Lo miré.
—Él no tiene nada qué ver con todo esto.
Walder se detuvo en seco. Yo levanté la mirada.
—¿Nada? Esconde terroristas, contrabandea dinero. ¿A eso le llamas “nada”?
—¡Estás mintiendo! ¡No tienes pruebas!
—La Policía francesa tiene todo lo que necesita. Le tienen vigilado el taller y yo te propongo que lo pongamos bajo protección.
Volvió a reanudar la caminata. Le hice una pregunta bastante idiota.
—¿Quieres qué?
Walder encendió un cigarrillo y miró hacia la calle.
—Los franceses lo están vigilando y nosotros vamos a darles un refuerzo. Vamos a decirles que necesitamos a ese tipo. Que no nos lo pueden quitar.
Ese día, me negué a entrar al cementerio. Jugar a hacerle honores al héroe acompañado del enemigo me revolvía el estómago.
Walder fue cortés, como de costumbre. No daba órdenes, sino que proponía. Me pidió que aprovechara la circunstancia del n de la huelga para dar la sensación de cambiar de opinión respecto de
Antoine. Yo tenía que volver a verlo. Invitarlo a nuestro círculo secreto. Pedirle las llaves.
—Pero tú serás el único que las utilice, Meehan. Por ningún motivo debes hospedar a nadie más, ni transportar nada. Él va a ser tu coartada.
—Espera… para el IRA, yo no tengo nada que ir a hacer a París.
—Pues ya te inventarás algo, Tyrone. Tu imaginación es legendaria.
Antoine Chalons llegó a Belfast dos días después, el 11 de octubre de 1981.
Lo llevé en automóvil a las colinas de la ciudad.
—¿Todavía estás dispuesto a servirle a la República Irlandesa?
Me miró sorprendido. Sus ojos reían. ¿Dispuesto? ¡Claro que sí!
¿Cuándo? ¡De inmediato! Cualquier cosa que yo le pidiera. Lo calmé con la mirada. Pasamos junto a unos tanques del Ejército. Le sonrió al soldado del casco que sobresalía en la torreta abierta, aplastando la mejilla contra la culata de su fusil.
—¡Pan, pan, pan! —dijo divertido el lutier. Una ráfaga francesa, una onomatopeya de buen humor lanzada a través del parabrisas.
Me entregaría la llave la próxima vez que viajara. No, nunca me preguntaría nada. Sí, vendría a buscarme al aeropuerto y vendría a dejarme en él cuando terminara mi estadía. Te lo prometo, Tyrone.
¿Un secreto entre los dos, Antoine?
—¿Ni siquiera a Jim?
Ni siquiera. Solo tú y yo. Una misión de con anza absoluta.
De repente, me miró con cara de inquietud.
—¿No van a dar un golpe en Francia?
Jamás, soldadito de plomo. No se llena de sangre una base que apoya tu causa. La amas, la proteges, la respetas. El IRA jamás tocará tu tierra. Es sagrada para nosotros.
—¿De acuerdo, hijo? ¿Quedamos en eso?
Quedamos en eso. Por supuesto. Si hubiera tenido más libertad de movimiento, habría sacado su violín para acompañar la gran noticia. Antoine ingresaba a nuestras las. Dejaba su vida sin amor por el amor a nuestras vidas. Tuve un sentimiento extraño. No era ni vergüenza, ni culpa, ni remordimiento. Lo miré. No lamentaba nada.
Al usarlo, yo reparaba su testarudez. Jugaría a la guerra sin ningún riesgo, sin ningún daño. Yo iba a protegerlo. Él tenía los ojos cerrados. Las manos cruzadas detrás de la nuca. Era todo felicidad.
Y yo estaba realmente contento por él.
—¡Pan, pan, pan!
Inclinado sobre la grabadora, Walder se sobresaltó. Me interrogó con la mirada.
—Nos habíamos cruzado con un tanque.
Asintió sonriendo.
—Un verdadero terror, tu francesito.
Tres meses atrás, habían instalado una grabadora miniatura y un micrófono en mi guantera. Todos los sábados, en la o cina de correos de Castle Place, yo escribía una tarjeta postal en una mesa llena de papeles. Los casetes iban dentro de un sobre cerrado, metidos dentro de un Belfast Telegraph. Walder entraba, se acercaba a la mesa y cogía el periódico. Sin intercambio de palabras, sin miradas. Era práctico. Como si no fuera él, como si no fuera yo.
* * *
Llegué a descubrir a Honoré. Un poco como quien aprende a conocer un vino francés. Lo observé mucho tiempo antes de probarlo. Era diferente de Walder o del policía pelirrojo. Ellos se quedaban en Belfast, con sus preguntas de militares. Cuando se encontraban conmigo, estaban en guerra. Honoré, por su parte, no era soldado sino más bien una especie de estudiante que trabajaba en su materia. Y yo era el tema de estudio.Nos encontrábamos en la Facultad de Jussieu, en París. A diferencia de Belfast, las rejas del establecimiento no estaban protegidas, las escaleras estaban libres y los salones de clases muchas veces estaban abiertos. Solamente una vez, tras violentos incidentes entre estudiantes de izquierda y de derecha, había porteros ltrando los estudiantes. Honoré me pidió una foto de identidad, para hacerme un carné de personal administrativo, por si se llegaba a necesitar, pero los vigilantes desaparecieron al día siguiente y quedamos como antes. En los días soleados, nos sentábamos al aire libre, en las sillas de los salones. Yo hablaba y él tomaba nota. De lejos, un profesor con su alumno. En la cafetería, en el fondo de un gran an teatro vacío, sentados a las mesas
desiertas, nos parecíamos a los fantasmas que nos rodeaban. Él y yo almorzábamos sándwich y gaseosa. Nada de alcohol durante nuestras conversaciones. Me lo había pedido como un favor.
Entonces yo llegaba a las citas con mi frasco en el bolsillo. Bebía a escondidas del inglés.
La primera vez que vi a Honoré estaba de saco y corbata, como para la embajada, pero en la ciudad, conmigo, prefería el jean, camisetas polo y zapatos deportivos.
Al principio, el agente británico me preguntaba cosas sin importancia. Creo que lo tomaba como un calentamiento. Lo que tramaba el IRA no le interesaba.
“Lo que quiero saber es lo que piensan”.
¿Qué pensaba el IRA? Quería comprender quién daba las órdenes entre nosotros, quiénes eran los políticos y quiénes los militares.
Saber si había disensos en ese sentido y quiénes los protagonizaban.
Me hacía preguntas sobre la actualidad irlandesa. En el último congreso de Sinn Féin, a quién había ovacionado la multitud y a quién había dejado hablando prácticamente solo en la tribuna. ¿Por qué? ¿Qué incidencia tenía eso en la estrategia del movimiento?
Todo eso me parecía anodino, pero su manera de tomar notas me hacía recordar quién era. Escribía mirándome sin cesar. Nunca bajaba la mirada hacia las hojas. Dibujaba las letras y juntaba las frases por instinto. Mis ojos, sus ojos, el hilo de la charla. Temía romperlo o perderlo. Sabía que, al mirarme, yo casi olvidaría que él estaba escribiendo. De vez en cuando, Honoré asentía con la cabeza, cerraba los ojos, daba señas de su comprensión. Cuando yo dudaba, él me daba ánimos arrugando las cejas. Dos amigos que conversan.
El mayor parecía cautivar al joven. Jamás en mi vida me habían escuchado de esa manera.
Es difícil de escribir, de decir, de comprender, pero poco a poco fui tomándole gusto a esos intercambios. Mis palabras no mataban a nadie, no hacían sufrir a nadie, no mandaban a nadie a la cárcel.
“Estoy seguro de que te va caer bien Honoré”, me había dicho Walder.
Yo había esbozado un gesto de indiferencia.
A veces, me parecía hasta divertido.
—¿No te parece que ponerle a un partido el nombre de Sinn Féinn es excluyente para los protestantes? —me dijo un día.
—¿Excluyente?
—¿Acaso llamarse solo nosotros no es excluyente? Claro que sí.
—“Nosotros mismos”, Honoré. Las palabras Sinn Féin quieren decir “nosotros mismos” en gaélico. Nos liberaremos por nosotros mismos.
Tomó nota. Hizo cara de desagrado y encerró la palabra en un círculo negro.
—Cuando encierro en un círculo, es para veri car —me previno.
—Encierras muchas cosas.
—Es verdad.
El gran interrogante del agente británico era nuestra actitud respecto de un eventual cese al fuego. Nuestros periódicos, nuestras reuniones, nuestras manifestaciones, reclamaban una paz duradera.
Él quería saber si era un eslogan de dientes para afuera o si era nuestra forma de pensar.
—¿Cómo pueden defender frases como el fusil en una mano y el sufragio en la otra?
Entonces, le explicaba, como un hombre a un niño. Yo era paciente y teníamos tiempo. Sí, el movimiento republicano estaba dispuesto a hablar de paz, pero necesitábamos una señal clara de Londres. Sin esa señal, nuestro pueblo nos prohibiría entregar las armas.
—¿Incluso después de las huelgas de hambre?
Lo miré bien a la cara. Los contactos entre Londres y el IRA nunca se habían interrumpido. Jamás. Ni siquiera durante la agonía de Bobby, ni siquiera después de su muerte y la de sus compañeros.
Siempre hubo una manera de comunicarse entre los dos bandos. Él lo sabía. Yo lo sabía. No sé por qué no dejaba de hacer esas preguntas capciosas.
—¿Cuál señal clara?
—Un acto con los prisioneros.
—Un acto.
—O una palabra. Una frase que nos permita una salida honorable.
—Es demasiado pronto.
—Entonces… el fusil en una mano.
Escribió esa frase y la subrayó. Al igual que yo, sabía que en Irlanda del Norte no se obtendría una victoria militar. El IRA no podía vencer a las fuerzas británicas. Después de haber combatido a nuestros abuelos, a nuestros padres y a nosotros, los británicos tendrían que combatir a nuestros hijos y a los hijos de nuestros hijos. Asentía con la cabeza mientras me miraba. Había algo en sus ojos. Curiosidad, interés, incluso simpatía. Me lo pregunté mucho tiempo sin llegar a saber. Un día, me preguntó por qué esta guerra.
—Dios nos hizo católicos, el fusil nos hizo iguales —respondí.
Rodeó la frase con un círculo la frase por veri car, solo para hacerme sonreír.
En 1991, cambiamos la Facultad de Jussieu por los buses rojos de dos pisos importados desde Inglaterra para el turismo de París.
“Mañana, a las tres de la tarde en Times Square”, decía el inglés para hacer referencia a esos vehículos propios de su país.
Tanto en invierno como en verano nos íbamos en el segundo piso, al aire libre, teniendo la precaución de escoger bien a nuestros vecinos de asiento. Escogíamos a los asiáticos o a los árabes. Los escuchábamos. Si hablaban inglés entre ellos, nos cambiábamos de lugar. Honoré se sentaba siempre en la ventana y yo en el pasillo, para que no me vieran desde la calle. De fondo, la visita comentada.
Música e información turística. Cada turista iba con sus audífonos. Y
nosotros podíamos conversar tranquilamente en voz baja. Honoré se
bajaba siempre en el Louvre y yo en Opéra. Sin despedidas. Hasta la próxima.
Cuando volvía al escondite, a veces pasaba por el taller de Antoine. Lo miraba desde la calle, a través de la ventana del primer piso, inclinado sobre una voluta, navaja en mano. Muchas veces, los residentes del barrio se detenían a verlo trabajar. Él no los veía, pero sentía mi presencia. Alzaba la cabeza. Apenas un movimiento, un guiño, el código de la resistencia, antes de volver a su labor.
Podía adivinar que su corazón latía con fuerza. Al otro lado de la vitrina estaba el gran Tyrone Meehan, que venía en secreto a ayudar a su país a combatir. ¿Qué había hecho? ¿Transportar armas?
¿Examinar lugares? Poco importaba. Lo importante es que estuviera seguro en esta ciudad, en esta calle, en ese escondite, y eso se lo debía a un lutier francés.
París me daba el valor para afrontar Belfast. Con Honoré, yo estaba radiante. Con Walder, andaba pegado a las paredes. Mi trabajo con el uno me autorizaba a informar al otro. Al n y al cabo, ¿por qué no instruir al enemigo sobre nuestra política? ¿Qué teníamos que esconder? Nada. Sinn Féinn no hacía más que reclamar un diálogo con los británicos. Ahí, en París, Honoré y yo habíamos iniciado unos diálogos de paz. Durante once años, él había sido Margaret Thatcher, luego John Major y luego Tony Blair, mientras que yo había sido el IRA.
Sin embargo, ante todo, yo era Tyrone Meehan, combatiente republicano. No renegaba de nada, no ensuciaba nada. Había dejado al hijo de puta en Falls Road. En París, yo no traicionaba: instruía.
Hacía un trabajo útil, militante, fundamental, tal vez histórico. Algo que nadie en el movimiento había intentado todavía. Sin la aquiescencia de mis jefes, incluso sin su autorización, yo estaba en contacto directo con el enemigo a través de su embajador, y estábamos preparando el porvenir. Era vertiginoso. Más allá de la ebriedad. Me sentía más fuerte que todos y que todo. Más grande que nuestros políticos, que el Consejo del IRA, que Walder, que el policía pelirrojo. Mucho más importante que Honoré, ese muchacho de Norfolk que escribía conforme yo dictaba. Jamás había sentido ese poder. En mi vida, jamás había tenido tal fuerza. No obedecía a nadie. Estaba haciendo la historia de mi país. En secreto, en silencio, apartado de los míos, le servía a mi patria con toda mi potencia. Yo era muchísimo más útil para la paz que un disparo ridículo desde un tejado a una patrulla nocturna.
Había respeto en la forma como me miraba Honoré. Ese brillo particular, esa atención total, era belleza a la que yo no podía darle un nombre, era eso. Honoré me respetaba. Bebía cada una de mis frases. Seguía encerrando en un círculo la información que debía veri car. Cada vez con menos frecuencia. La palabra fascinación me llegó como una revelación. Era eso, exactamente. El término preciso.
Yo fascinaba al enemigo y este me respetaba. Ya no me dominaba, sino que era yo quien lo tenía.
Una tarde de junio de 1994, mientras nuestro autobús estaba estacionado en Trocadéro, el respeto que Honoré sentía por mí se transformó en admiración. Acababa de decirle que el IRA había tomado la decisión del cese total de hostilidades. Me miró sin escribir. Mucho tiempo, sin decir una palabra. Luego, volteó la cabeza. La Torre Ei el, los turistas sonrientes, los vendedores de recuerdos, el cielo sin ninguna amenaza. Cuando volvió a mirarme, me pareció ver a un niño.
—¿Estás seguro, Tyrone?
Tyrone. No Meehan, no Tenor. El nombre de pila que me dio mi padre. Sí. Estaba seguro. Yo lo sabía. Antes de nalizar el año. Para este verano, tal vez.
—Una tregua —murmuró Honoré para sí mismo.
—No. El cese total de hostilidades.
Me miró de nuevo. Como quien acaricia a un amigo. Luego dejó de mirarme por primera vez. Escribía. Le temblaba la mano. Como si no quisiera dejar escapar esta fórmula.
“El cese total de hostilidades”.
Contempló la frase hasta Champ-de-Mars.
Y no la encerró en un círculo.
Los británicos negociarían con el IRA. Los protestantes serían obligados a aceptarnos en las las del poder y luego en la mesa de las decisiones. Y algún día Irlanda se uniría de nuevo. Por la frontera cruzarían los niños con sus risas. Nuestras mujeres, nuestros hombres, nuestras hijas y nuestros soldados correrían por los campos hacia nuestros hermanos de la República. Vendrían por n los abrazos, los besos y el llanto de alegría. Nuestras banderas ondearían por n al viento, bajo el sol. Nos pondríamos de rodillas, en las ciudades, en los pueblos, desde los callejones de Belfast hasta las avenidas de Dublín, desde las colinas de Wicklow al puerto de Killybegs, para rezar entonces por nuestros mártires y agradecerle al cielo. Y nuestros hermanos protestantes aceptarían nuestras manos tendidas. Nunca más la guerra, y la paz para siempre. Y yo, en un rincón en la sombra, ni siquiera en uniforme, sin medallas, sin amigos, sin vivas. Yo, en medio de mi pueblo, desconocido, anónimo. Yo, el que habría logrado todo eso. Que podría por n pedirle perdón a Danny Finley, a Jim O’Leary, y perdón a mis sueños.
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