Regreso a Killybegs
Capítulo 22
EN LA MAÑANA, nuestras botellas de leche aparecieron rotas.
Vidrio en las escaleras de piedra de la entrada. Brady, el lechero, había pertenecido al 2.º Batallón del IRA. Era un hombre valiente.
No me imaginaba que pudiera romper los frascos al amanecer contra el muro de la casa.
—Seguramente fueron algunos chicos.
Seguramente, sí.
Sheila salió a buscar el pan y nuestros periódicos donde Terry Moore, el panadero de la esquina. Terry y yo habíamos estado en la cárcel de Crumlin al tiempo, y su hijo estuvo con el mío en Long Kesh. Todas las mañanas, desde hacía muchos años, Terry nos apartaba cuatro periódicos. En primer lugar, el Irish News, el periódico de la comunidad católica de Irlanda del Norte. El Newsletter, su competencia protestante. También el Guardian y el Irish Times, publicados en Londres y en Dublín. Los habitantes del barrio reservaban sus periódicos: era la costumbre. Cuidadosamente, Terry anotaba con un bolígrafo de tinta azul los nombres de la familia en un borde. Los nes de semana, cuando estaba en buenas condiciones, ponía “Ronnie” o “Weeman” en nuestro paquete. Un simple “Meehan” indicaba que había un problema entre nosotros, tal vez por una palabra de más, después de una copa de más.
Aquello no duraba mucho tiempo. Al día siguiente, dibujaba una
carita infantil en el periódico con mi nombre y escribía algo como:
“Me invitas a una Guinness y asunto acabado”. Era nuestra manera de hacer la paz.
Esa mañana, el viernes 15 de diciembre de 2006, Sheila regresó con el pan pero sin los periódicos.
—¿Cómo es eso de que no los apartó?
—No los apartó. Eso fue todo lo que dijo.
—¿Nada más? ¿Estás segura?
Claro que estaba segura. Me relató el silencio de la tienda, la mirada de Éirinn al otro lado del mostrador, la incomodidad de Terry. Le dio su paquete de pan, huevos, tocino, salchichas. Cuando ella tendió la mano hacia la pila de periódicos, ubicada en el mostrador de vidrio, el comerciante bajó la mirada.
—Hoy no.
—¿Por qué?
—Ya tienes lo del desayuno, Sheila. Puedes darte por bien servida.
Me levanté de la mesa. Estaba iracundo. Quería ir a ver a Terry el tendero, a Brady el lechero, a nuestros vecinos, los unos después de los otros. ¿Cuál era el problema? ¿Habíamos hecho mucho ruido anoche? ¿Habíamos hablado mal de alguien? ¿Le habíamos hecho algo malo a alguien? Iba a hacer una ronda por el barrio, a hacer preguntas con los puños listos, pero Sheila me detuvo. Caí en el sillón. Ella me tomó la mano, se arrodilló frente a mí.
—Si quieres hablarme, háblame. Si no quieres, lo comprendo.
Pero, te suplico, Tyrone, no me mientas.
Luego, se levantó. Llenó un cubo de agua. Sacó un cepillo para limpiar de rodillas la entrada, pegajosa por la leche derramada.
Me puse el abrigo, luego una bufanda y una gorra, casi cubriéndome los ojos. Llovía. Una lluvia de diciembre, con ráfagas de viento helado provenientes del puerto. Detrás de mí, oía el cepillo rascando el cemento. Cuando la desgracia rondaba, Sheila se aturdía con las labores domésticas. Sacudía el polvo, lavaba, limpiaba a fondo nuestro pequeño mundo, bendiciendo cada objeto por su presencia.
Caminé por Falls Road, a lo largo de los ladrillos hostiles, hice una señal con la cabeza para detener un taxi colectivo que subía por Andytown. Conocía a Brendan, un exprisionero, como casi todos los choferes del barrio republicano. El cura de St. Joseph estaba sentado adelante, junto a este. En el puesto de atrás, iba una mujer joven, con su hijo en las rodillas, entre una colegiala en uniforme y un hombre mayor. Un joven iba sentado en uno de los asientos plegables. El otro iba desocupado. La colegiala lo bajó para que yo me sentara. Ni una palabra. Atrás se alcanzaba a oír la radio.
“Llueve en Belfast”, anunció el presentador con un fondo de música suave.
—Eso ya lo sabíamos —dijo sonriendo el cura.
El conductor apagó la radio. Quedamos en silencio. Me faltaba el aire, cada vez más. Observé a la chica, al joven, percibí un fulgor en
los ojos de la mujer. Me preguntaba si ellos lo sabrían. Si la noticia se habría regado de calle en calle hasta el puerto. Si esa misma noche, al salir de mi casa, el Osito y Doyle no habrían puesto en alerta a toda la ciudad. Le sonreí al bebé. La joven madre me devolvió el gesto. Este silencio de tumba era por mí. Cuando me subí al automóvil, todo el mundo hablaba, estaba seguro de eso.
Incluso me pareció ver al padre Adam voltearse hacia atrás, riéndose con todos. Ahora, todos estaban tiesos. Un carro de estatuas.
Pasamos frente a la sede de Sinn Féin, Falls Park, el Hospital Royal Victoria. La colegiala dio media vuelta y golpeó suavemente el vidrio de separación con el conductor, con una moneda de veinte peniques. El taxi se detuvo. Mi mirada se cruzó con la de Brendan en el retrovisor. Yo conocía esos ojos. Ese desprecio que le tenemos reservado al enemigo. Le sonreí. Así no más, guiñando el ojo e inclinando ligeramente la cabeza. Una seña habitual, un gesto de complicidad. Él no respondió. Metió mal el cambio. El motor protestó ruidosamente.
—¡Puta! —respondió el chofer.
El cura le dio unas palmaditas en el hombro.
—Brendan…
—Perdón, padre, se me escapó.
Me rozó con el borde de sus ojos. Se encerró en sí mismo, mirando jamente la lluvia.
Me bajé en el cementerio de Milltown. Al pasar frente a la orista, compré un ramo de ores secas. Caminé por entre las tumbas, los compañeros. En el sector republicano, hice una ofrenda de margaritas amarillas a los huelguistas del hambre. Y una a Jim O’Leary, el gran Mallory, nuestro experto en explosivos, mi amigo, muerto por Irlanda el 6 de noviembre de 1981.
Luego, fui poniendo las ores al azar, como un niño que va dejando guijarros por temor a perderse. En cada ocasión, murmuraba una palabra. De pie, muy recto, me ponía en posición de rmes como un viejo soldado. Hola, Bobby. Hola, Jim. Me senté un instante en la tumba de Tom Williams, estela trágica.
Las nubes envolvían las colinas. La lluvia arañaba de negro las estatuas de arenisca. Un instante de sol, tres rayos de luz. Luego, de nuevo la penumbra. El cielo se cerró como una cortina fúnebre.
Me acerqué a la reja. Di media vuelta. Me despedí de Milltown.
Del otro lado de Falls Road se encuentra el cementerio municipal. Un lugar de reposo sin esa historia en común. Allí la muerte es gris, no tricolor. La gente va cabizbaja, el corazón no se exalta. Allá se entierra a los que no son como nosotros. Allá es donde iré yo, porque soy otro.
* * *
Al caer la noche, decidí ir a entregarme al IRA.Cuando pasé por mi casa, Sheila me esperaba, sentada en mi sillón. La televisión estaba apagada. Su silencio me impactó.
Permanecí de pie, con una última margarita todavía en la mano. La
or estaba como yo, con la cabeza agachada. Sheila se levantó. Le tendí la or. Yo iba a hablar, pero ella me puso la punta de los dedos en los labios. Nada de mentiras. Habíamos quedado en que diría la verdad o guardaría silencio. El silencio le venía bien. Me disponía a subir a la habitación para reunir algo de ropa y meterla en la mochila. Sheila me la alcanzó. Ya estaba lista, apoyada contra el sillón. Ella la había preparado. No sabía nada, pero lo sospechaba todo. Encima había algo de dinero, un sándwich de cebolla y huevo, una botella de agua.
Y la llave de Killybegs.
La sala estaba a oscuras y las cortinas cerradas. Sheila solo había encendido la lamparita del aparador, con su letrero de “París” en la base de color azul noche. En el bolsillo de mi abrigo, metió la foto que estaba en la pared de nuestra habitación, nosotros tres sonriendo, Jack de seis años, con un casco plástico de policía londinense en la cabeza. Luego me anudó la bufanda. Me pasó los guantes de lana que yo había dejado en la mesa de la entrada. Por un instante, temí que llorara, pero no lloró. No ahí, delante de mí.
Incluso tenía una sonrisa tenue, ese regalo que se le da al moribundo en su cama de hospital. La abracé. Ella me rechazó suavemente y luego me tomó las manos. Las besó, una después de la otra, y me dio una mirada profunda. Suspiró y metió una mano en el bolsillo de su chaleco. Me tendió el rosario que mi madre había gastado de tanto rezar, con sus cuentas negras lisas como balas de plomo.
Mamá murió en Drogheda, la noche del 29 de septiembre de 1979, con una sonrisa en los labios. Se había levantado a las cinco de la mañana y había ido a pie hasta Phoenix Park, donde Juan Pablo II tomaría la palabra.
La bebé Sara tenía cuarenta años. Había entrado al Convento de Santa Teresa, en el condado de Meath. Junto con las hermanas de la Visitación, había hecho el viaje en autobús y había invitado a mamá a compartir el rato con ellas. El día estaba radiante. Rezaron bajo el sol.
Por la noche, había regresado a su casa en estado febril. Rezaba en voz baja. Desde que vivía sola, las vecinas iban a visitarla antes de caer la noche. De a una. Aquella noche, mamá se había vestido para partir. Se había puesto su vestido de domingo, negro de cuello blanco, unos guantes de encaje y sus zapatos de charol. Se acostó sobre el cubrecama, con la imagen de la Virgen contra el pecho y dos veladoras en el suelo. El rosario estaba en la mesa de noche, metido en un sobre azul.
“Para Sheila Meehan, que lo necesita bastante”, había escrito mi madre.
La vecina la encontró así. El médico dijo que no había muerto de nada. Había muerto, simplemente.
“Para morir, basta pedirlo”, solía decir mamá.
Cuando abrí la puerta de nuestra casa para salir, Sheila no se movió.
No regreses, Tyrone. No mires nada más. Cierra tu vida sin hacer ruido. La noche. Mi calle. Mi barrio. Las primeras borracheras en la distancia. El papel engrasado pegado a mi pierna por causa de la lluvia. El olor de Belfast, esa náusea deliciosa de lluvia, de tierra, de carbón, de sombra, de desgracia. Todo ese silencio conquistado sobre el ruido de las armas. Toda esa paz aquí de nuevo. Recorrí mis bares, mis huellas, mis pasos. Abrí la reja de la plaza donde había sido erigido el monumento al 2.º Batallón de la Brigada de Belfast.
La bandera ondeaba al viento como si estuviera en el mástil de un navío. En el mármol negro, la lista de nuestros mártires: Vol. Jim O’Leary
1937-1981
Muerto en combate
Pronuncié su nombre. Y otros más. Los rodeaban dos siluetas grabadas. Dos soldados del IRA, con la cabeza en alto, las manos en la culata del fusil y el cañón en el suelo. Con el dedo, acaricié la piedra para escucharla. Cuando era apenas un niño escuchaba, apoyando la palma contra la corteza, al viejo olmo y al gran pino de mi padre. Interrogaba a los ladrillos tibios y negros de la chimenea, la madera de la barra del Mullin’s. Me creía brujo.
Toqué el timbre. Mike O’Doyle me abrió. Vio mi mochila. Hizo un movimiento con la cabeza.
—Ya vengo —me dijo.
No me hizo pasar.
A través de la puerta de la sala, oí que hacía una llamada telefónica. Abbie, mi pequeña ahijada, entreabrió la cortina de la ventana. Con seguridad estaba arrodillada en el sillón. Me vio, me reconoció y me hizo una seña con la mano, sonriendo.
—¡Es mi padrino Tyrone!
Alcancé a leer mi nombre en sus labios.
Mike estaba frente a la pared, con el teléfono en la oreja. Se estaba poniendo la chaqueta con una mano. La niña golpeó el vidrio con el índice. Me hizo señas de que entrara agitando los dedos.
Sacudí la cabeza. No, preciosa. Es tarde. No puedo. Le hice su mueca favorita, con una mano en el ojo como si fuera un telescopio y una boca de pirata con mis dientes picados. Se rio. Dio media vuelta para decirle a su padre. Él levantó una mano con impaciencia. Ella abrió más la cortina. Con emoción, me señaló el árbol de Navidad que habían puesto en un rincón de la sala. Sus luces titilaban lentamente. Sonreí. Retuve un sollozo. Qué árbol más lindo, Abbie. Levanté un pulgar. Ella aplaudió. Mike guardó su teléfono celular. Se acercó a la niña, me miró. Él, en medio de esa tibieza, esa felicidad violenta. Yo, en mi noche helada, mi invierno.
Solo un vidrio nos separaba.
Una cortina de encaje blanco, corrida por la mano de una niña.
Mike el oscuro. Abbie la luminosa. El que sabe, la que ignora.
“Nuestra venganza será la vida de esos niños”.
Yo lo había dicho sobre la tumba de Danny Finley. Y así fue, Abbie.
Cuando Mike corrió la cortina ante los ojos de su hija, yo cerré los míos. Quería conservar ese instante. Esa despreocupación, esa inocencia, ese amor por mí.
* * *
El primer vehículo se detuvo sobre la acera, con las luces apagadas, entre la puerta de la casa de los O’Doyle y la calle, como lo hacían los tanques británicos para ocultar un arresto. Reconocí a Rorry, un muchacho del barrio de Short Strand. Él iba conduciendo. Había dejado el motor encendido. A su lado, Cormac Malone, miembro del Comité Central del Sinn Féin y amigo de toda la vida. Su presencia me tranquilizó. Me habían puesto en manos del partido, no del ejército. Ninguno de los dos volteó la cabeza. Miraban hacia el frente, concentrados como quien va por una autopista en medio de la lluvia. Peter Bradley estaba sentado en el asiento trasero. Pete el Asesino, que había pasado más tiempo en las cárceles británicas que en la sala de su casa.Pete no combatía contra los ingleses: los odiaba. Para él, no había diferencia entre un soldado y un niño. ¿Ellos mataban a nuestros pequeños? Nosotros debíamos matar los de ellos. Golpe por golpe, dolor por dolor. Metía en un mismo saco a los unionistas y a los protestantes. Como los racistas del frente, para quien todo católico lleva el IRA adentro, él decía que ningún presbiteriano era inocente.
A Bradley le aterraba la idea de la paz. La guerra era su vida.
Después del cese al fuego, algunos que pensaban como él pasaron a la disidencia, uniéndose a otros cuantos que se negaban a deponer
las armas. Él estuvo tentado, pero no lo hizo. Incluso después de disuelto, el IRA seguía siendo su ejército; y nosotros, sus jefes.
Simplemente hablaba fuerte en los bares, evocaba a Bobby Sands, jurando que “ese tipo” habría continuado el combate.
El viernes 17 de mayo de 1974, mucho antes de ser el Asesino, Peter Bradley y Niamh, su prometida, paseaban por Dublín. Habían cruzado la frontera por primera vez en su vida. Él tenía veintiún años; y ella, diecinueve. La fecha prevista para la boda era el 14 de septiembre. Habían visitado la O cina Central de Correos en O’Connell Street, donde Connolly y sus hombres habían proclamado el gobierno provisional de la República de Irlanda, en la Pascua de 1916. Se besaron en el Ha’penny Bridge, el lugar de encuentro de los enamorados, que cruza el río Li ey. Subieron por Grafton Street, soñando que eran ricos y estudiantes. Pete había comprado un par de zapatos; y Niamh, una blusa blanca. A las cinco y treinta de la tarde, caminaban por Parnell Street cuando estalló la primera bomba. La segunda estremeció Talbot Street. La tercera destrozó South Leinster Street. Niamh quedó hecha pedazos, proyectada con la cabeza por delante contra un muro por la violencia de la onda explosiva. Cuando llegaron los bomberos y la Garda Síochána, Pete sujetaba el cuerpo muerto, tratando de mantener un brazo en su sitio.
Luego, tan solo una hora más tarde, una bomba explotaba en Monaghan, un pueblo cercano a la frontera. Veintisiete muertos en Dublín, otros siete en Monaghan. Entre ellos, una mujer embarazada, una italiana y una francesa, judía, hija de sobrevivientes de los campos de concentración.
La milicia unionista de la Fuerza de Voluntarios del Úlster había decidido llevar la guerra a la República de Irlanda. Lo habían hecho a su manera, sin advertencias. Querían matar papistas. Las fuerzas de seguridad británicas fueron acusadas de ayudarlos.
Aquel día, en medio de la sangre y de los pedazos de piel, Peter Bradley se convirtió en Pete el Asesino. Ya no combatiría por la libertad de Irlanda, sino para vengar a Niamh, a su propia juventud y a su vida lacerada.
Junto a él, en el vehículo, estaba Eugene Finnegan, el Osito. Abrió la puerta y se hizo a un lado, para que yo me metiera entre los dos en el asiento trasero. El calor era as xiante, pero la colonia de Cormac Malone me dio la bienvenida. Era un eau de toilette que yo le había traído de París. Yo me aferraba a las naderías, a las esperanzas minúsculas. ¿Para qué usar esa colonia ese preciso día? ¿Qué quería decirme? ¿No hay nada que temer? ¿Soy tu amigo? Busqué sus ojos en el re ejo del parabrisas. Tenía la mirada vaga de los transeúntes de la calle.
Un segundo vehículo se ubicó al frente. Hubo un breve cambio de luces. Mike corrió y ocupó su lugar adelante. El Osito se sentó junto a mí. Me empujó contra Pete. El Asesino me puso una mano en la rodilla. La apretó como una garra animal. Yo era su prisionero y así me lo decía.
Atravesamos el corazón de nuestros barrios, tomamos las calles de siempre. Yo las conocía como se conoce a los hombres. Cada casa
tenía su historia; cada puerta, su secreto. Ellas me hacían una seña, yo les decía adiós.
Una tarde de 1972, en esa intersección de calles, Cormac Malone había estado a punto de morir. Desde entonces, cerraba los ojos cuando pasaba por ahí. También aquella noche desvió la mirada.
Los unionistas habían llegado en automóvil desde Shankill. Le dispararon desde la ventana, a gran velocidad, sin que les importara el hombre viejo que hablaba con él. Cormac los había visto venir. Se abalanzó sobre el viejo, lo tiró al suelo, con su bastón y sus verduras, lo cubrió con su cuerpo, pero ya era muy tarde. Tres balas en la espalda, dos mil personas en el entierro. Cormac detestaba a ese sobreviviente en el que se había convertido.
En octubre de 1974, bajo el farol de Spring eld Road, Denis O’Leary, hijo de Cathy y Jim, había sido asesinado por una bala de goma, disparada desde un tanque militar. Había ido por leche a la tienda. Murió a los trece años, en la acera, con un billete de cinco libras apretado en la mano.
A nales de febrero de 1942, en ese pequeño jardín, contra esa puerta de Beechmount pintada de rojo, un hombre del IRA me había dado mi primera pistola.
Cruzamos la frontera a las seis de la mañana, el sábado 16 de diciembre de 2006. Pete me apretaba la rodilla con la mano.
Cormac dormía; el Osito también, y roncaba suavemente, con la
frente apoyada en la ventana. Estábamos en la República de Irlanda.
Volvía a casa.
El partido había reservado el salón de un hotel en Dublín y convocado una rueda de prensa. El Sinn Féin estaba empeñado en demostrar que los británicos continuaban con su guerra sucia.
Después de haber intentado aplastar nuestra resistencia, la habían in ltrado y habían corrompido a algunos de sus miembros.
Todos se habían puesto una corbata antes de salir del vehículo.
Yo era el único que llevaba una camisa abierta, como un hombre detenido en la mañana. El salón estaba lleno. Llegué a pie, libremente, rodeado por los hombres. Sentí vértigo. Las cámaras, los micrófonos, todos esos periodistas hablando al tiempo. ¿Qué sabían de mí? ¿De nuestra lucha? ¿A qué habían venido? ¿A oír qué? ¿A enterarse de qué? ¿A contar qué? Para ellos, la guerra había sido muy fácil de relatar. Los británicos buenos, los terroristas malos.
Todo estaba dicho. No creían en el cese al fuego. “Maniobra”,
“táctica”. Sacaron sus titulares de una gran bolsa de dudas. Cuando tenían que haberse rendido a la evidencia, confundieron voluntad política con rendición militar y, luego, se alejaron de nosotros. ¿La paz? No les parecía interesante. La esperanza es más difícil de vender que el temor. Y, luego, de repente, aparecía el bocado delicioso de un traidor, un espía, una nueva emoción. Un viejo tu llo de guerra.
Cormac estaba detrás de mí, acompañado por otro dirigente del Comité Central. Estaban serios y adustos. Cuando aparecieron los micrófonos, confesé. Nada más. Así, los británicos sabrían que me había entregado.
—Me llamo Tyrone Meehan. Soy un agente británico. Me reclutaron hace veinte años, en un momento delicado de mi existencia. Me pagaban por entregar información…
Respiré profundo. Me volvía a entrar el aire. Ya está. Lo hice.
Tenía atragantada esa pesada confesión desde hacía muchísimos años. La había repetido día y noche. La había pronunciado en voz baja en las calles, en las barras de los bares, en el corazón de las marchas tricolores. La había murmurado con mis ojos. A Sheila, a Jack, a mis compañeros, a mis amigos. ¡Me habría gustado tanto que alguien la hubiese oído! Y también recé mucho, muchísimo, para que nadie lo supiera. Por la noche, quería liberarme. Por la mañana, todavía me creía un poco el gran Tyrone Meehan.
Confesé. Los hombres me llevaron afuera, en medio de decenas de preguntas. Volví a ocupar mi lugar entre Pete y el Osito. Me temblaban un poco las manos. El Asesino no me agarró la rodilla.
Me iban a llevar al campo, a unos cuantos kilómetros de Dún Laoghaire, para un interrogatorio del IRA. No habían entendido que esa confesión sin alma se dirigía también a los de mi propio bando.
Iba a guardar silencio. Ya había hablado demasiado. Había llegado el momento de callar.
* * *
Me dejaron de nuevo en la calle el 20 de diciembre, a las nueve de la mañana, tras cuatro días de interrogatorio. No me golpearon, ni siquiera me maltrataron. Se dieron por vencidos.—Hasta acá llegamos, Tyrone —me dijo Mike después de apagar la cámara.
—¿Ya me puedo ir?
—Sí.
Entonces, caminé. Por el puerto, hacia el centro de la ciudad.
Tenía unas gafas negras y la gorra bien hundida, como cuando era soldado. Mi foto había rodado por todos los diarios. Todavía la sacaban, en la parte inferior de la página. Dos rostros juntos: el joven Tyrone y el hijo de puta. El chico luminoso, rodeado por otros combatientes, con su sonrisa de contrabando en la cárcel de Crumlin. Y el anciano alelado entre Mike y Eugene, deslucido, despeinado, con los labios secos, la mirada desierta, rodeado de micrófonos dispuestos como los fusiles de un pelotón. Una bola de ansiedad. A esa misma hora, desde el norte hasta el sur de Irlanda, los bravucones de bar soñaban con dejarme como un colador. En las barras, retumbaba mi nombre, cientos de ojos me buscaban. Otros juraban que me habían conocido. Los entrevistaban sin cesar en el canal nacional.
“¿Nunca sospechó nada?”.
Sheila había escondido 150 euros en la mochila. Tres billetes de 50
doblados en la servilleta de papel de mi sándwich. Tomé un autobús hasta el centro de Dublín. Me dolía el estómago… la cabeza. Nunca me había sentido cómodo en esa ciudad y ahora me había convertido en una amenaza. Decidí ir hasta Donegal en bus. Así, no tendría que pasar por ninguna estación de tren, no tendría que exponerme tanto como en tren. Una vez que uno se acomoda en su silla, está protegido. El primer Bus Éireann salía a la una de la tarde.
Me senté en el fondo, a la izquierda, para evitar el gran retrovisor del chofer. Me comí el huevo agrio y las cebollas, el pan reblandecido de Sheila. Algunos asientos más adelante vi mi foto desplegada. Me dejé escurrir en mi puesto. Necesitaba dormir.
Cerré los ojos en Navan. Solo algunos minutos. Virginia, Cavan.
Mi país des laba frente a mis ojos en silencio. En cada parada, me pegaba contra la ventana, poniendo las manos en las sienes.
Ballyconnell, Ballyshannon. El conductor se divertía con las ovejas en la carretera, con un árbol caído, con esa turista estadounidense que se había subido en Pettigo y tomaba fotos dentro del bus.
—En Irlanda, se cobra un euro por pasajero el derecho a tomar fotos —murmuró el chofer por el micrófono.
La turista se puso roja y se excusó de manera cómica, antes de que las risas la tranquilizaran.
Atravesamos Donegal. Ya estaba oscureciendo. Sentía que latían en mí las fronteras de la infancia. Casi cinco horas de camino.
—¡Killybegs! ¡Upper Road! —gritó el chofer.
Era un pelirrojo bajito, con unas gafas azules graciosas. Como un campesino que las hubiera tomado prestadas a un estudiante de Trinity College. Caminé en silencio por el pasillo, con la bufanda subida hasta la boca. Yo era el único que iba a bajarse. Todavía no se había abierto la puerta. Me vi obligado a dar media vuelta y mirar al chofer. Accionó la palanca.
—Buena suerte —dijo.
Yo estaba en la escalera. Lo miré de nuevo. Él me observaba.
Incliné la cabeza. A un pasajero se le dice “adiós, hasta luego”.
“Ojalá que no llueva”. Pero no “buena suerte”. No respondí. El hombre inclinó la cabeza y cerró la puerta cuando me bajé.
Atravesé el pueblo. Caminé hacia la casa de mi padre. Estaba encorvado, me dolían las piernas, estaba cansado de todo. La noche no había caído por completo cuando llegué al camino de tierra. El gran pino, el viejo techo de pizarra. Tirado entre las zarzas había un bote de alquitrán y una gran brocha.
¡Traidor!
El letrero en la fachada.
No se habían entrado a la casa. La llave accionó la cerradura.
Dejé cerrados los postigos, pasé el pestillo y puse la cadena.
Quedaban unas diez velas en el estante y una botella de alcohol para la lámpara. Encendí un pedazo de vela. No quería que vieran la luz desde la carretera. No me desvestí. Me quedé con la bufanda puesta, la gorra, los guantes. La chimenea podía esperar hasta mañana. Me acosté así, con los zapatos, enterrado bajo nuestras cobijas y las de la cama de Jack. Abrí mi frasco de vodka. Estaba medio vacío. Me lo bebí todo de un trago. Para encender mi fuego.
Escuché el silencio. El invierno de mi infancia, con la Navidad a lo lejos. Brindé por mi regreso. Las desdichas de mi madre. Los puños de mi padre. Volví a ver a mis hermanas, a mis hermanos, apeñuscados en la gran cama, en el suelo sobre esteras. Conté sus sombras en la oscuridad. Saludos a todos, mis amores. La noche va a
ser larga. La noche más larga que haya vivido un hombre. E incluso si se levanta de nuevo, nunca amanecerá. Ni vendrá la primavera ni el verano. Nada distinto de la noche.
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