Regreso a Killybegs
Capítulo 20
SOÑÉ CON ESE DÍA. Durante cincuenta y ocho años nunca dejé de creer en él. Tom Williams fue colgado el 2 de septiembre de 1942, a los diecinueve años, y enterrado como un perro en una fosa común en la prisión de Crumlin. Nos devolvieron su cuerpo el 19 de enero de 2000.
Su familia y sus últimos hermanos de armas estaban presentes cuando fue desenterrado. Algunos compañeros me pidieron estar ahí. No pude. Había bebido la noche anterior, toda la noche. Por la mañana, seguía borracho. Sheila me vistió para la ceremonia.
“Parece extraño honrar a un tipo que mataba a nuestros muchachos mientras que estábamos luchando contra los nazis”, había dicho Walder.
“Irlanda está por encima de todo eso, ¿no?”, me había preguntado Honoré.
Claro, cómo no. Ya no tenía ganas de responder. Ni al uno ni al otro. Ese día, a esa hora, cuando entré a la capilla de San Pablo, en Clonard, yo era tan solo el muchacho a quien Tom le había regalado aquella pelota de cuero. La tenía en el bolsillo. El alcohol me hacía titubear. Ahí estaban todos, sentados en la primera la. Nell, su novia de siempre. John, condenado a muerte junto con él pero perdonado después. Billy, Eddie, Madge, Joe, los integrantes de su unidad. Joe me saludó levantando su bastón. Les pidió a los otros
que se corrieran un poco. Rechacé la invitación con una sonrisa y un movimiento de la mano. Luego, hice el gesto del hombre que bebe, sosteniendo en la mano una pinta de cerveza temblorosa frente a los labios. Estoy algo borracho, compañeros. Perdido. Tengo sangre en el alcohol y sudores de cerveza. Joe me miró con tristeza. Se encogió de hombros y se volteó. Me senté junto al pasillo, no en la última la, pero casi. El lugar que ocupa cualquiera.
Sheila no había ido. Esperaba en una acera de Falls Road, con una bandera en la mano, como miles de personas más. Una calle de honor para nosotros, el cortejo fúnebre.
—Aquel que estaba perdido fue encontrado —dijo el padre O’Donnell durante la misa de entierro.
Tom Williams, el hijo pródigo. Aquí lo habían bautizado.
También aquí veníamos, siendo niños, a hablar de cosas graves mientras ngíamos rezar.
—Tom ha regresado a casa y nosotros lo recibimos con alegría.
Yo miraba su féretro. Se balanceaba en la oscuridad. La bandera tricolor, jada con puntillas, rodeaba la madera clara. En ocasiones, los sacerdotes se negaban a que los símbolos de la República, como la boina negra y los guantes del combatiente, entraran a la iglesia.
Había que negociar. O deshacerse de ese cura y buscar a otro. Sin embargo, ese día no hizo falta. Tom había sido colgado por esa bandera. La tierra de Irlanda debía darles la bienvenida a ambos y el cura de Clonard estaba de acuerdo.
Yo bajaba la cabeza, cerraba los ojos, los abría de afán antes de caer. Sentía sobre mí las miradas de lástima, de vergüenza, la
fraternidad repugnante que me rodeaba. Al nal de la ceremonia, decenas de manos se posaban sobre mí como los pájaros de Hitchcock. Suaves, rmes, acariciadoras, tímidas, palmadas, roces.
No sentía ni los brazos ni las piernas. Gritaba dentro de mi cabeza.
Un grito de torturado. Cuando salió el féretro, lloré. Una lágrima seca de hombre viejo. Un hilo de alcohol blanco en mi cuero. La muchedumbre era tan densa que me daba miedo. Yo ngía. Imitaba el regocijo. Ponía cara de victoria copiando la alegría ajena. El ambiente se sentía frío y seco. Había esperado este día durante cincuenta y ocho años y ahora me martirizaba. Mi rostro de piedra en medio de la felicidad.
El IRA había depuesto las armas. El primer niño de la paz se llamaba Samuel Stewart, nacido el 31 de agosto de 1994, algunos minutos después del cese al fuego. El último soldado británico ejecutado por nuestros hombres fue Stephen Restorick abatido a los veintitrés años por un francotirador, en los estertores del combate.
Nuestros presos políticos habían sido liberados. Todos. Algunos ingresaron a los concejos municipales, las administraciones, los ministerios. ¡Sonríe, Tyrone, por Dios! Mira el féretro de Tom en los hombros de sus compañeros en las calles de la ciudad. ¿Cuántas veces no te despertaste esperando la llegada de este sueño? ¿Qué?
¿La descon anza? ¡Por supuesto que existe la descon anza! Todo el mundo lo sabe, Tyrone. ¿El temor entre las dos comunidades? ¡Sí, claro! El trabajo difícil del duelo, la rabia, incluso el odio. Y también ese sentimiento de impunidad que lacera a las familias de las víctimas. Pero… en todo caso y a pesar de todo. El sueño de tu
padre, de Tom, de Danny. ¡La paz, Tyrone! ¡Eso es precisamente lo que estás viviendo ahora!
Dentro de algunas semanas, Walder regresará a Inglaterra, el policía pelirrojo volverá a dirigir el tránsito, Honoré dará clases de historia de Irlanda y todo se habrá apagado. ¡Mira a tu alrededor, Tyrone! La gente te aclama con los ojos. Nadie lo sabe. Nadie sospecha. ¡Vas a salir airoso, compañero! Hace varios meses que no le das nada al enemigo. Además, ¿qué podrías darle? Ya no hay necesidad de un cementerio secreto, de un bus de dos pisos. La guerra ya no es tema de actualidad. Ayer, tus comandantes ordenaban bombardear el número 10 de Downing Street. Hoy, están tomando té con el primer ministro británico. Los antiguos combatientes del IRA y los que fueron paramilitares protestantes hacen la en la cafetería del Parlamento, ambos pidiendo otra ración de pan. La última vez que los viste, Walder te oía por costumbre. Honoré miraba el reloj. Ya no les sirves para nada, Tyrone. Ya estuvo. Se terminó. Van a olvidarte. Tú vas a olvidarlos.
Todo puede olvidarse.
Me di media vuelta hacia una pared. Tomé un trago amargo de vodka.
—¿Tyrone?
Me pidieron llevar el féretro. Los antiguos combatientes lo habían hecho. Nuestros jefes los habían relevado. Vamos, Tyrone Meehan: es tu turno. Ponte a la cabeza de los que llevan el cajón.
Seis: tres de cada lado. Vamos, Tenor: haz sonreír a tus amigos
ingleses. ¿Una foto en el periódico de mañana? El asesino de Danny cargando a Tom. No podía respirar. Jamás he podido respirar bien.
Siempre supe que el aire terminaría haciéndome falta. Dos muchachos me ayudaron a acomodar la carga en mi hombro derecho. Me tambaleaba un poco. Se miraron entre ellos sin decir una palabra. Del otro lado del féretro un hombre que venía de Derry. Me puso la mano en el cuello y yo apreté el suyo. Avanzamos a paso lento bajo la carga. Yo sentía el sliotar a través del bolsillo de mi pantalón. Contemplaba el cielo del invierno. Estaba adolorido.
No recordaba el peso del dolor. Miraba a la muchedumbre, en las aceras, que nos hacía honores.
Conocía cada rostro. Podía nombrarlos. Tim, que volvió de la cárcel al cabo de dieciocho años y ahora era un extraño para su mujer y sus hijos, que se sentía perdido en su papel de padre y dormía en el borde de la cama doble. Wally, que les explicaba a los niños de las calles que no había que lanzarles piedras a los tanques del Ejército, que eso era antes, cuando los niños morían por haberlas lanzado. Los hermanos McGovern, o ciales del 3.º Batallón, ahora desempleados con igual coraje. Paul, que había abandonado su huelga de hambre y tosía, cojeaba y dormitaba mientras esperaba la muerte. Terry, Alan, Dave, Liam, ahora taxista, barman, bouncer y carpintero. No éramos un país, ni siquiera una ciudad: solo una familia intensa. Yo respondía a los guiños, a los gestos, a los saludos con la cabeza. Trataba de devolver a todos el orgullo que ellos me ofrecían. Yo actuaba, hacía trampa, mentía. Ya no tenía dignidad para responderles.
Había esperado ese día durante cincuenta y ocho años, y terminó convirtiéndome en otra persona. Aunque todos me olvidaran, yo no
me olvidaría. Después de esas horas, no quedaría nada. Yo no estaba marchando con mi pueblo: me estaba despidiendo de él. Ya no era de aquí, ya no era uno de ellos, ya no tenía nada de nosotros.
Cuando vi a Sheila, tan hermosa en la acera, cerré los ojos. Cathy, Liz, Trish, las mujeres combatientes estaban a su lado. Ellas se persignarían al ver pasar el féretro: también tenían el corazón emocionado. Los niños estaban ahí a centenares, en uniforme de escuela, con sus profesores que repetían el nombre de Tom Williams escrito en el tablero.
Cuando me preguntaron si quería ceder mi lugar, me negué violentamente. Empujé al hombre que seguía en el turno con una patada y escupí en el suelo. Tom Williams era mío. Él había instalado mi colchón quemado en nuestra casa nueva en Dholpur Lane, en enero de 1942. Me había tendido la mano y me había dicho que lo llamara por su nombre de pila. Vigilé nuestras calles por él. Por él, aprendí la historia de mi país, boxeé en el cuadrilátero de Kane Street, le prendí fuego al enemigo. Fue él quien puso la primera bala en la palma de mi mano. Junto a él luché. Por él fui golpeado. Por él abandoné el uniforme de color de los Fianna y adopté la ropa sangrienta del soldado. Entonces, déjenme en paz. Déjenme cargarlo un poco más, unos metros más.
¡Déjenme! En ese féretro, no va solamente Tom. ¿Acaso nadie lo sabe? Una noche, me acuesto siendo scout, en pantalones cortos. Al día siguiente, soy este viejo. Entre los dos, casi nada. Un puñado de horas. Olor a pólvora, a mierda, a turba, a neblina. ¡Entonces, déjenme en paz!
Yo llevaba a Tom. Cargaba a mi jefe sobre mis hombros, a mi amigo, a mi hermano. Lo llevaba de regreso a su casa. Iba a abrir su cama de tierra e iba a lanzar allí mi infancia.
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