Regreso a Killybegs

Sorj Chalandon · Capítulo 10 de 26

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Regreso a Killybegs

Capítulo 8

REGRESÉ CORRIENDO. Salté por encima del muro bajo, sin ver los arbustos de espino en la oscuridad. Sentí la violencia de las zarzas en la frente, en las manos. Ahogué un grito. Estaba enredado, con la nuca adolorida. El miedo. Detrás de mí venía Danny Finley, que se lanzó de cabeza en el macizo nudoso de zarzas.

—¡Ay! ¿Qué es esta mierda?

—Habrá que darles cursos de botánica a los muchachos de Belfast —gruñó nuestro capitán, un desertor del Ejército británico.

—Se llaman espinas. Se parecen a los alambres de púas de esa gente —murmuró otro en la oscuridad.

—Muy chistoso —gruñó Danny.

Éramos unos cincuenta, acostados detrás de los setos, pegados a los árboles negros, reptando sobre la tierra congelada. Danny sangraba, con la cara lacerada por los aguijones venenosos. Tuve un gesto de compasión.

—Tú no te ves mejor —gruñó para apagar mi sonrisa forzada.

Eran las cuatro de la madrugada. Estábamos listos para atacar las barracas de la Policía unionista de Lisnaskea, en el condado de Fermanagh. Al caer la noche, un joven sacerdote de Enniskillen

había bendecido a nuestra tropa. Roma nos amenazaba con la excomunión, pero nuestros curas perdonaban nuestras ofensas.

Estábamos reunidos en torno a él, en la landa, al viento, con una rodilla en el suelo y la mano en la madera helada de nuestros fusiles. Estábamos vestidos de civil. Sin uniforme, sin bandera siquiera. Abrigos, gorras, impermeables, chaquetones de paño y zapatos de calle. Más parecíamos una milicia que un ejército. Como nuestros padres, en la guerra civil de 1922.

Cada óglach debía cubrir a su compañero. Danny me cubría y yo cubría a Danny. Los expertos en explosivos acababan de poner cuatro bombas contra el muro de la estación. Danny y yo estábamos con ellos. Fue al regresar, para ponernos a salvo, cuando nos lanzamos a las espinas.

Era 14 de diciembre de 1956. Desde hacía dos días, el IRA había lanzado la “batalla de la frontera”. Provenientes del sur, las unidades republicanas daban golpes a los británicos y luego se replegaban en el otro lado. Por primera vez desde 1944, retomábamos nuestras armas. Y algunos combatientes de Belfast ofrecían sus refuerzos.

—Ahora, abran la boca y bajen la cabeza —ordenó nuestro o cial.

Las explosiones fueron terribles. Me dejaron sordo. Agarré con fuerza a Danny. Todo volaba a nuestro alrededor. Cemento, madera, proyectiles minúsculos que silbaban como balas. No teníamos que entrar al edi cio. Nada más atacarlo.

—¡A sus posiciones!

Tras los muros, la alerta. Pitidos, una sirena, gritos. Me tiré al suelo, apoyé los codos contra la tierra y me puse la culata del arma contra la mejilla. Era una carabina Mauser 98K. La había ensayado en el entrenamiento, pero no la había usado en una operación. Cada combatiente tenía tres cargadores con cinco balas. La idea no era sitiar el lugar, sino anunciar nuestro regreso al combate. Disparé mi primera bala sin apuntarle a nada. Una sombra humana, tal vez. No estaba en una posición sólida. Detestaba disparar desde el suelo. El vientre aplastado, el impacto del tiro en el hombro, la mejilla comprimida, un dolor en la oreja. Me levanté.

—¿Qué haces? —gritó un compañero.

Disparé cuatro veces, bien erguido, con las piernas separadas como en los entrenamientos. Le apuntaba al caos móvil. Las dudas que nos enfrentaban. Volví a cargar. No pensaba en nada. Vientre vacío, cabeza vacía. Solo la pólvora y el estruendo.

—¡Quédate en el suelo, Meehan!

Danny se levantó y se puso junto a mí. De pie. Un tercero se levantó también. Yo no veía nada. Hacía ruido con mi arma.

Disparábamos al mismo tiempo, con calma. Cuando contraatacaron, Danny me jaló al piso. Los policías respondían al azar. Avispas de plomo sobre nuestras cabezas. Metí mi último cargador. Y de repente, la voz terrible de la Browning. De agraciones de acero, entrecortadas, secas, violentas.

—¡Cuidado! ¡Ametralladora! ¡Todos, retirada! —ordenó nuestro capitán.

No hubo víctimas en nuestro bando, salvo Danny y yo, arañados por las zarzas. Nuestra unidad regresó al sur justo antes del amanecer.

Habíamos recibido la orden de rendirnos sin combatir si éramos interceptados por el ejército irlandés. El Estado Mayor del IRA había decidido que nuestras balas eran para el enemigo británico, no para nuestros hermanos del Estado libre.

Al otro lado de la frontera, a la entrada de un pueblo, nos esperaba un camión de carbón. Entregamos nuestras armas. Yo pasé la mía a regañadientes. Un soldado no es nada sin su fusil, solo un vencido. Dos hombres las arroparon con unas cobijas negras y las metieron debajo de las piedras de hulla.

A nuestro alrededor, los primeros habitantes matinales. Bajaban la mirada a nuestro paso. No demostraban fervor, ni hostilidad. No encontré allí los guiños de Belfast, ni sus puertas abiertas de par en par. Para muchos irlandeses de aquí, la guerra se había terminado desde hacía más de treinta años. Si continuaba en el norte, “en el otro lado”, no era asunto suyo.

Algunos miembros de la unidad regresaron a su casa a pie, atravesando los campos. Eran campesinos, vecinos. Otros habían dejado sus bicicletas en la zanja. Dos se subieron al camión, con el revólver al cinto. El o cial nos dio la mano a Danny y a mí. Se tomaba su tiempo. Realmente quería mostrarnos que no tenía nada que temer. Que, en esta región, la República era soberana. En ese momento, aparecieron dos policías en la esquina de la iglesia. Nos

vieron. El uno detuvo al otro con un gesto del brazo. Sin decir una palabra, nos dieron la espalda y se fueron tranquilamente.

—No los estaremos sacando de aquí, ¿no? —les lanzó el capitán del IRA.

Se rio. Un vehículo llegó y él se subió. Había cuatro más. Para nosotros, una mano por la ventana abierta.

— Éirinn go Brách!

Me estremecí. La última vez que había escuchado ese grito fue cuando Patraig Meehan golpeó a George, el burro del viejo McGarrigle. Yo era un niño entonces. Sentí vergüenza de mi padre, vergüenza de ese grito de “¡Irlanda por siempre!”. Ahora era mi vida entera.

Danny y yo regresamos a Belfast en autobús. Cruzamos la frontera por separado. Detesté la primera bandera británica que vi en el camino, ondeando en un invernadero. Detesté las decoraciones de Navidad, que hacían sus muecas frente a las cortinas blancas de las casas ricas. Miré a mi país congelado. Su belleza. Su desgracia.

No sentía nada. Estaba agotado. Dormitaba. Me preguntaba si habría matado a algún policía en el ataque. Me había preparado para morir, no para matar. Esperaba no tener que afrontar jamás el rostro de un muerto. Estaba en suspenso. Víctima en suspenso.

Asesino en suspenso. Todos lo éramos, mucho. Y yo lo sabía, mucho.

* * *

Me encarcelaron el 16 de mayo de 1957, a mis treinta y dos años.

Fui arrestado como cientos de nacionalistas, de ambos lados de la frontera maldita. Una vez más, sin cargos, sin juicio, sin siquiera la esperanza de una condena.

En mi celda, en Crumlin, éramos tres. Ya no había espacio para la soledad en las cárceles británicas. La higiene era animal, la comida excremental. No sabíamos si nos iban a dejar ahí un mes o diez años, cautivos por un tiempo o reclusos para toda la vida. Los más débiles se rindieron, los más viejos, los que no tenían esperanza. A cambio de una liberación anticipada, cien de los nuestros renunciaron a la violencia. Séanna lo hizo. El capitán Séanna Meehan, mi hermano. Las batallas y la prisión lo habían estropeado. Y no le gustaban los rumores socialistas que corrían por nuestras las desde el n de la guerra.

—¡Yo soy un patriota irlandés, no un comunista! —respondía cuando soñábamos con otro país.

Ya no creía en nuestro destino. Decía que el IRA era un zancudo que en vano giraba en torno a un león. Se burlaba incluso de nuestras armas.

—¡Tres hombres por un fusil! Así llegaremos lejos.

No tenía miedo. No era eso. Se negaba a levantar los brazos en las requisas. Les escupía en la cara a nuestros guardianes. No les regalaba un grito cuando lo golpeaban. Simplemente estaba cansado. Abandonaba el fardo de nuestra República. Estaba harto de este combate. Deponía las armas. Primero fue Malachy Meehan,

nuestro abuelo, miembro de la Hermandad Republicana Irlandesa, asesinado por los británicos en 1896. Luego, Patraig Meehan, nuestro padre, muerto por haber sobrevivido a la derrota. Y yo, Tyrone Meehan, y él, Séanna Meehan. ¿Y mañana quién? ¿Quién más para llenar las cárceles inglesas o para terminar al otro lado de sus fusiles? ¿Niall Meehan? ¿Brian Meehan? ¿El pequeño Kevin Meehan? ¡Adelante! ¿Y por qué no ofrecer a la bebé Sara?

Hablamos largamente. Horas. Me sostuvo la cabeza entre sus manos gruesas. Él iba a rmar el pacto. Su rendición. Volvería a estar cerca de nuestra madre. Se llevaría lejos a aquellos de nosotros que pudiera salvar. Me pidió que lo siguiera. Hablé más de la cuenta, con palabras de los muertos. Le grité que un Meehan no se iba de su tierra. Se rio con crueldad.

—¿Mi tierra? ¿Cuál tierra? ¿Qué hace Irlanda por nosotros? A ver, dime, ¿qué ha hecho por nosotros? Tu problema, Tyrone, es que miras el mundo desde tu calle. Cuando un viejo te guiña un ojo en la esquina, cuando un niño te aplaude, cuando una puerta se abre, crees que el pueblo entero te apoya. Estupideces, hermanito. ¿Qué es la Irlanda republicana, Tyrone Meehan? ¿Doscientas calles en Belfast, unos guetos leprosos en Derry, en Newry, en Strabane?

¡Jirones de pueblos! Los protestantes son mayoría en su Úlster y así se van a quedar. Dublín nos da la espalda. Los irlandeses nos persiguen con el mismo odio que los británicos. Nos pasamos todo el tiempo detrás de unos barrotes y, cuando salimos, es para llorar miseria. ¿Y qué? ¿Quién escucha nuestro llanto? ¿Qué país nos de ende? ¿La Alemania de Hitler? ¡Bravo! Excelente lección de política. ¿Apoyar todo lo que combate nuestro enemigo? ¿Eso es?

¿Bailar con el diablo por el resto de nuestros días?

Lloré de angustia y de rabia.

—¡Abre los ojos, Tyrone! ¡Despiértate! No es una batalla lo que acabamos de perder. Es la guerra. La guerra de nuestro padre. ¡Se acabó, soldadito! ¡Se acabó! ¿Me oyes? Somos miles, rodeados por cientos de miles de sordos. Hay que renunciar, Tyrone. Salvar lo que nos queda, tu vida, nuestras vidas. Quiero ver a Áine con un vestido que no le haga sentir vergüenza. ¿Entiendes eso, Tyrone? Quiero risas, caras nuevas, calles sin soldados. Estoy harto de lo que somos, hermano. Irlanda me agotó. Me pidió demasiado. Me exigió demasiado. Estoy harto de nuestra bandera, de nuestros héroes, de nuestros mártires. No quiero agotarme más tratando de ser digno de eso. Me rindo, Tyrone. Y yo sé que tú te rendirás también. Algún día, cuando recibas una herida de más. Me voy a respirar. ¿Me oyes? Vivir como un transeúnte cualquiera de la calle. Un héroe de hoy en día. El que lleva su salario a la casa los sábados y comulga el domingo con la cabeza en alto.

Mi hermano salió de Crumlin en octubre de 1957. Bendecido por mamá, se llevó a Brian y a Niall a los Estados Unidos, donde vivía un tío Finnegan.

En la Pascua de 1960, cuando me liberaron, mi hermano era policía en Nueva York. Se había casado con Déirdre McMahon, inmigrante del condado de Mayo. Para la esta de san Patricio de ese año, des ló por la Quinta Avenida con su uniforme, junto a otros colegas irlandeses, detrás de la banderola verde de la Emerald Society, una asociación de cooperación. Mamá me mostró una foto

de él, posando frente a un arpa de madera. Con el dedo, acarició su cara, su gorra, su uniforme extranjero. No estaba ni orgullosa, ni triste, ni nada. Le pasé un brazo por el hombro.

Yo tenía treinta y seis años. Fui ascendido al grado de teniente del IRA. Me casé con Sheila Costello. Nuestro único hijo, Jack, nació un año después, el 14 de abril de 1961. Junto con él y el pequeño Kevin, yo era el único hombre Meehan, rodeado de cuatro muchachas. Yo sabía que solo nuestra madre nos mantenía juntos.

Un día, después de su muerte, sería el turno de Róisín de partir.

Luego Mary. Y Áine. El pequeño Kevin y Sara seguirían a una de sus hermanas como si fuera una madre. Mientras mamá rezaba a voz en cuello, mis hermanas se escondían de mí para hablar de Australia y de Nueva Zelanda. Sin confesármelo jamás, Áine soñaba con irse a Inglaterra.

La “batalla de la frontera” tenía como propósito liberar algunas regiones del norte de Irlanda para instaurar allí las bases de una república provisional. El fracaso fue total. Una vez más, debíamos volver a construirlo todo. Nuestro ejército en desbandada, nuestro movimiento en jirones, nuestro coraje. Cuando cesó o cialmente la campaña del IRA en febrero de 1962, ocho de los nuestros habían sido asesinados, seis policías habían encontrado la muerte y solo nuestros ríos corrían libres.

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