Regreso a Killybegs
Capítulo 12
EL 20 DE OCTUBRE DE 1979, fui condenado a quince meses de prisión. Un soplón del barrio me denunció. Por razones de seguridad, el tipo declaró frente al juez con el cuerpo tapado por una cortina. Solamente su voz contra mí.
—Meehan golpeó al muchacho diciéndole que el IRA castigaba a los expendedores de droga. Que si volvía otra vez con esas al barrio, le metían una bala en la rodilla…
Cerré los ojos, me concentré. Yo conocía esa manera temerosa de hablar. Tal vez Paddy Toomey: nuestros muchachos lo corrigieron, porque había masacrado a su mujer al regresar del bar. O Liam Moynihan, a quien habíamos condenado a irse del barrio después de un intento de violación. Me incliné ligeramente. Quería saber. Un hombro de tweed, una sombra de brazo detrás de las cortinas…
—Póngase derecho, Meehan.
Hice un gesto vago. Pasábamos los unos detrás de los otros frente a esas diplock courts. Un solo magistrado, ningún jurado, testigos escondidos. ¿Mandarme a la cárcel por haber amenazado a un expendedor de droga? Los británicos estaban perdidos. Nuestro ejército había sido reestructurado, organizado en unidades cerradas.
Yo le sonreía al magistrado. Él rehuía mi mirada. Después de haber estado a cargo del 2.º Batallón y luego de la Brigada de Belfast, acababa de entrar al Estado Mayor del IRA. El tipito vestido de
negro no tenía idea de quién era la persona que estaba juzgando.
¿Quince meses? Un regalo. Y, sin embargo, un horror.
* * *
A partir del 1 de marzo de 1976, los republicanos y los unionistas encarcelados perdían su estatus de prisioneros de guerra. En una sola noche, por la violencia de las leyes especiales, nos convertimos en bandidos. Y teníamos que llevar el uniforme carcelario de los delitos comunes. El 14 de septiembre de 1976, al llegar a la prisión de Long Kesh, Kieran Nugen exigió permanecer desnudo en la celda.Se envolvió con las cobijas. Tenía diecinueve años. Fue el primero de todos. Un segundo lo siguió. Luego un tercero. Frank Mickey Devlin, el hombre del bolígrafo, fue el noveno…
En marzo de 1978, golpeados cada vez que iban a la ducha, los muchachos rompieron su mobiliario y se negaron a salir de las celdas. En represalia, los guardianes lo desocuparon todo y no dejaron más que el colchón en el suelo. Algunos días más tarde, dejaron de sacar los baldes de excrementos. Cuando se desbordaron, los soldados republicanos decidieron orinar en el piso, cagar en sus manos y untar las heces en el muro. Cuando entré al bloque H4 de la prisión, el jueves 1 de noviembre de 1979, hacía tres años que trescientos compañeros estaban desnudos en sus cobijas y vivían en su mierda.
* * *
Hacía tiempo no temblaba. Delante de los cinco guardias, me quité la ropa sin una palabra, sin una mirada. Pensé en Jack, mi hijo, que había pasado por esa misma habitación cinco meses antes. Había unespejo en el suelo. Me acurruqué sin que me dijeran nada, abriéndome las nalgas con los dedos. Tenía cincuenta y cuatro años.
Los carceleros eran más jóvenes que yo. Uno de ellos me pasó la ropa de la cárcel, cuidadosamente doblada, azul petróleo, con su galón amarillo. Miré al jovencito a los ojos y escupí en la tela.
A los guardias no les gustó mi gesto. Me golpearon. Me tiraron desnudo a la celda, con una patada por la espalda. Mi frente se estrelló contra el piso, mi pómulo. Estaba bocabajo. Me senté con dolor. Tenía un esguince en el pulgar, dos costillas suradas.
Sangraba por la boca y la nariz. Un hilo ardiente me bajaba por la nuca. La parte de arriba de mi cabeza estaba lacerada. Me pasé la mano. Un mordisco. Faltaba un pedazo de carne. Me empezó a temblar la pierna izquierda. Me enrollé los brazos en el torso. Hacía frío. Miré la celda. En un rincón, una piltrafa de hombre metido entre sus trapos.
—¿Jack?
No reconocí mi voz. Como una puerta que chirría.
Tuve miedo de que fuera él. Y esperaba que lo fuera. Pero no era mi hijo. Era otro hijo. Volteó la cabeza, se levantó lentamente de su rincón de la celda. Era muy joven, delgado o aco, más gris que pálido, con una barba en desorden y el pelo en los hombros. Sin una palabra, tomó la cobija que estaba doblada sobre el colchón desocupado, me cubrió los hombros con ella y se sentó junto a mí.
Entonces bajé la guardia. No sé por qué. Esa dulzura rugosa, tal vez, ese silencio atento. Tal vez también su mirada sobre la mía. Respiré
a tropezones. Solté el calor de mis orines. Oriné. El charco brillante y tibio crecía debajo de mí. Él no retrocedió. Ese líquido llegó hasta su pie desnudo, lo rodeó, continuó su camino por debajo de la cama.
Estiró la mano.
—Aidan Phelan, de la Brigada de Tyrone Oeste.
—Tyrone Meehan, de la Brigada de Belfast.
Sonrió.
—El amigo de Danny Finley, yo sé. Y es un honor para mí.
Luego prendió un cigarrillo, tabaco enrollado en un margen de su Biblia.
—Los muchachos dicen que Mateo quema mejor, pero yo pre ero las Epístolas.
Aspiró una bocanada acre y me lo pasó.
—San Pedro, san Pablo, da lo mismo…
Fumamos en silencio. Miré la celda oscura. Comida echada a perder, amontonada en pequeños montículos viscosos a lo largo de la pared. Una acumulación de inmundicias, de putrefacción húmeda, de descomposición. Y la mierda repartida hasta el techo. Huellas de dedos. Un cruci jo colgando del interruptor roto. Me estremecí.
Cuando me llevaron a la celda, los guardianes tenían unas máscaras puestas. El aire era denso como en una alcantarilla. Yo no sabía que un olor podía tapizar la garganta. Cuando cayó la noche, ya casi me había acostumbrado al hedor, a mis piernas pegajosas, al frío, a la oscuridad, a toda nuestra mierda.
— Is cimí polaitiúla muid!
Una voz lejana, el grito de una celda. Mi lengua.
—¡Somos prisioneros políticos! —respondió Aidan, cojeando hasta la puerta.
— Táimid ag cimí polaitiúla! —grité yo a mi vez.
Hasta ese momento, no había visto a nadie. Solamente la mirada de odio de los guardias. Ahora, el clamor de mis compañeros, mis amigos, mis hermanos de combate. Decenas de voces de rabia, de furor, de rocas. Una belleza. Una algarabía maravillosa. Gritos con los puños levantados, golpeando las puertas con la carne desnuda.
Busqué la voz de mi hijo en el corazón de todos esos hombres desollados. Y luego no quise oírla.
— Tiocfaidh ar là! —retomó el primer prisionero, por encima del tumulto.
— Tiocfaidh ar là! —respondieron los demás.
“¡Nuestro día llegará!”.
—Es tu primera oración de la noche —dijo sonriendo mi compañero.
Luego, todo quedó en silencio.
* * *
A veces, Aidan lloraba por las noches. Gemía como un niño y luego se subía la cobija hasta la cabeza. Una mañana, lo miré. Dormíabocabajo, con la boca abierta, la mejilla aplastada. El brazo en el suelo. Unos gusanos blancos se retorcían en su pelo y en la palma de su mano.
Al cabo de trece meses, yo me parecía a él. El pelo me tapaba las orejas y la nariz en mechones grasosos. Mi barba crecía en desorden.
La cara del uno era el re ejo de la cara del otro. Veía mi acura en sus rasgos vaciados, su piel muerta, sus ojos rodeados de negro.
En su rincón de la celda, organizaba carreras de cucarachas. Yo le hacía recitar uno a uno los treinta y dos condados de Irlanda.
—Meath… Mayo… Roscommon… O aly…
Aprendía conmigo palabras en gaélico. Lo básico de la prisión.
— Póg mo thóin!
“¡Bésame el culo!”, su grito de guerra preferido, que él murmuraba cada vez que un guardián abría la puerta.
Habíamos decidido cagar juntos, para hacer de ese acto privado un ceremonial y transformar esa humillación en un ritual común. Él se acurrucaba a la izquierda de la puerta, yo hacía en mis manos.
Luego, esparcíamos nuestros excrementos con los dedos por las paredes, dibujando grandes círculos tibios. Al comienzo, yo vomitaba. Brutalidad de la imagen, violencia del olor. Luego, poco a poco, aprendí a transformar el asco en rabia. Capa fresca sobre capa seca, esparcí el estuco humano sin sentir vergüenza.
Los prisioneros habían fabricado unos tubos de cartón enrollado, que deslizaban en el resquicio entre la puerta y el suelo. A la hora convenida, después de comida, orinábamos en esos tubos y regábamos los orines por el corredor.
—¡Jamás nos doblegarán! —decía mi camarada.
Teníamos prohibidas las visitas, el correo; vivíamos encerrados día y noche, sin siquiera poder caminar. Habíamos renunciado a quemar el tiempo. Hablábamos poco. Pasábamos horas enteras mirando al suelo. Muchas veces, no nos atrevíamos a mirar al otro de frente.
—Si salimos de acá, no le podemos contar esto a nadie —dijo Aidan un día.
—Pero afuera todo el mundo sabe —respondí.
Él sacudió la cabeza.
—¿Lo saben, Tyrone? Pero ¿qué es lo que saben, por Dios? Nadie entiende lo que vivimos aquí. Para ellos, la mierda es una palabra, Tyrone. ¡No es algo material! ¡No es esta porquería que te rueda por los dedos!
Una mañana, los guardianes nos abrieron la puerta dando gritos. Los acompañaban policías con cascos. Corrían por el pasillo, golpeando los muros con la porra. Nos levantamos al escuchar los alaridos de los otros detenidos. Aidan se me pegó de inmediato, espalda con espalda, nuca contra nuca. Nos encadenamos, el brazo del uno unido al brazo del otro, los puños apretados en torno al torso.
Gritábamos por la vida, por el dolor. Temblábamos con nuestra rabia. Formábamos un solo cuerpo, que los guardianes destrozaron con golpes salvajes.
Quedé tirado en el suelo, me arrancaron mi cobija, y luego me arrastraron de las piernas por el corredor. La hilera de porras.
Protegidos por sus escudos antimotines, se vengaban de esos irlandeses hijos de puta, de sus sábanas, de su mierda, de sus insultos, de su desprecio. Golpeaban a hombres desnudos. Cabezas, piernas, espaldas, manos levantadas. Nos marcaban. Dejaban sus huellas.
Me jalaron de la barba y del pelo para llevarme a las duchas. Yo luchaba gritando. Ya no sentía dolor ni nada. Los gritos de los demás me embriagaban. Por un instante, creí que iban a matarnos.
El horror. Eran tres los guardianes. Me dejaron en el suelo. Me apretaban los brazos. Manos en el cuello. Yo les devolvía arañazos, escupitajos. Luego me levantaron como un bulto y me tiraron pesadamente en una bañera de agua helada. Me iban a ahogar. Yo movía los brazos y las piernas. Un golpe en la mandíbula. Caí hacia atrás y me golpeé la cabeza contra el muro. Me estaban bañando.
Estaban limpiando un año de resistencia. Un guardián me restregaba con un cepillo duro. La espalda, los brazos. Cepillaba un caballo malo. Raspaba la mierda de un inodoro. Resoplaba, con la boca abierta, amenazando a mi padre, a mi madre, a todos los cabrones de mi especie.
Gritó.
—¡Y esto es por Agnes Wallace, hijo de puta! ¿Te suena el nombre de Agnes Wallace?
Mis chillidos tapaban su voz.
—¿Y William Wright? ¿Tampoco, nada? IRA de la gran puta.
Me raspaba, me cepillaba. Me mantenía las manos en el borde de la bañera y me arrancaba la mugre de las uñas. Me ladraba nombres al oído.
—¡William McCully! ¡John Cummings!
Me golpeaba rítmicamente la espalda con el cepillo.
—¡Robert Hamilton! ¡John Milliken!
Milliken. Lo recordaba. Un director de guardianes de la administración penitenciaria, abatido por el IRA cuando regresaba a su casa.
¡Por Dios! Estaba vengando a sus muertos.
—¡Thomas Fenton, hijo de puta! ¡Desmond Irvine, asesino!
El segundo guardia lo relevó. Me arrancaba el pelo. Me araba el cráneo con unas tijeras romas. Cortaba, laceraba.
—¡Micky Cassidy! ¡Gerald Melville!
Entonces respondí.
—¡James Connolly! ¡Patrick Pearse! ¡Eamon Ceannt!
Aullé con todas mis fuerzas. Sangre por sangre, rabia por rabia, sus víctimas contra las mías.
Las tijeras me arrancaron un pedazo de oreja.
—¡Albert Miles!
—¡Tom Williams!
—¡Nazi! —gritó el guardia que me cepillaba—. ¡Hijo de puta nazi!
Tenía sangre en los ojos. El tercer guardia me estrangulaba. Me apretaba el cuello con el brazo. Yo apenas podía respirar. Tenía la boca abierta, la lengua afuera, contraía las mandíbulas en vano.
Frente a mis ojos, en su brazo tatuado, el asta de la Union Jack, la bandera del Reino Unido, rompía la bandera irlandesa.
—¡Ustedes mataron a Danny Finley!
Me metieron la cabeza en el agua. Así la mantuvieron, poniéndome una mano en el cráneo, la otra en la nuca, las piernas atrapadas por dos brazos y una bota en la cintura. Para as xiarme.
Al regreso, nos cruzamos con unos astronautas. Unos diez tipos con guantes de protección, botas, overoles, máscaras transparentes y capuchas impermeables. Llevaban material de limpieza, mangueras a presión, aspiradoras.
—¡Vuelve a Marte, hijo de puta! —gritó un prisionero herido.
Mi guardián me llevó de regreso a mi celda. Un tipo peculiar, casi calvo y mayor que los demás. Siempre tenía una palabra o una mirada para nosotros.
Lo llamábamos “Popeye”, por su mandíbula y porque le faltaban algunos dientes. Él nos llevaba la comida de la noche. Siempre miraba nuestra celda con cara de desolación. Se quitaba el
tapabocas de papel, como si quisiera compartir nuestro calvario.
Sacudía la cabeza murmurando:
—¡Jesús y María!
Seguro era católico.
Un día, me pidió que renunciara a la suciedad. Que aceptara el uniforme azul. Yo estaba solo en la celda. Aidan había sido transferido a la administración, pues le iban a informar sobre la muerte de su hermana, que había perecido en un incendio. Por lo general, Popeye se mantenía en el marco de la puerta. Esa vez entró.
Se quedó en el centro de la celda, lejos de las paredes sucias. Me puso el plato en el colchón.
—Ni los animales viven así.
Le repetí nuestras exigencias. Recité nuestros eslóganes. Y me sentí mal por haberlo hecho. Él me hablaba como un hombre y yo le respondía como un autómata. Su colega esperaba en el corredor y Popeye susurraba esas palabras con prudencia. Me dijo que a nadie le importaba nuestra porquería, que los británicos podían mantenernos así mil años si era necesario. Me dijo que, aparte de nuestros barrios, en el círculo aislado de los republicanos irlandeses, nadie en el mundo se jaba en nosotros.
—Ya han pasado cuatro años. Cuatro años, ¿te das cuenta? Y
mira dónde están. Tú eres el que vive en la mierda, Meehan, no Margaret Thatcher.
Muchas veces los otros guardianes se burlaban de él. Entonces los prisioneros lo defendían. Algunos de nosotros pensábamos que su compasión era una maniobra, la táctica del guardián bueno y el
guardián malo. Sin embargo, una noche, cuando Aidan lloraba por su hermana, Popeye le dijo que le escribiera una carta a la familia.
Le hizo prometer que no tocaría el tema de la política. Una nota de pésame, el consuelo de un hijo a sus padres. Aidan aceptó. Para los dos hombres, era un acto arriesgado, criminal según las reglas de la prisión. En el caso de Popeye, se trataba de una traición.
El muchacho de Strabane se aisló, poniéndose frente al muro.
Primero, se tomó un tiempo largo para escoger un pasaje de la Biblia. Luego arrancó la página. Me la leyó. Súplica nacional después de la derrota, el Salmo 60. Unas palabras de David dirigidas a Dios:
Sometiste a tu pueblo a duras pruebas,
nos diste a beber vino de vértigo.
Me preguntó qué pensaba yo de su escogencia. No le respondí.
“Sí”, dijo Aidan, “Dios nos hizo ver cosas duras”. Y esta prueba era, para él, la demostración de su presencia. Luego, escribió largamente en los márgenes. Una escritura minúscula, apretada, como la de los prisioneros antes de la guerra de las cobijas, cuando todavía estaban permitidas las visitas. Cuando relatábamos nuestras vidas en hojas de papel de cigarrillo, dobladas hasta el in nito, hasta obtener una piedrecilla del tamaño de una uña. Esos secretos clandestinos, envueltos en papel de aluminio y en plástico transparente. Esos mensajes, ocultos en las mejillas de los hombres, en el lugar de una amalgama faltante. Mensajes que pasaban de una lengua a la otra, en la sala de las visitas, en el momento del beso.
Una noche, después de la cena, el guardián se fue con nuestros dos platos y el mensaje escondido entre unas sobras de fríjoles
blancos.
Los astronautas limpiaban las rejas. Popeye me llevaba. Me tenía agarrado de la cintura. Yo apoyaba una mano en su hombro. Y
cojeaba, babeando mi saliva y mi sangre. Todo me dolía. Las rodillas me traqueaban a cada paso. La piel me ardía, como devorada por el sol y frotada contra la arena. Todo giraba a mi alrededor. Tropecé.
Esperé un instante a que el suelo se calmara.
En ese momento, vi a Robert Sands. Por primera y última vez en mi vida. El prisionero que gritaba en gaélico al caer la noche era él.
Fuera de la cárcel me habían hablado de él con mucho respeto.
Tenía veintisiete años. Antes de las cobijas, escribía artículos para la prensa republicana, poemas, dibujaba, daba cursos de gaélico.
Bobby Sands había sido detenido cuando iba en un vehículo con cuatro óglachs. Había un revólver para cinco en el auto. Y les dieron catorce años de cárcel.
—Tu jefe está hecho trizas —murmuró Popeye.
Bobby era el comandante del IRA en la cárcel. Dos guardianes lo llevaban a su celda. Cada uno lo tenía agarrado de una axila y lo arrastraban con descuido.
—No mires.
Cerré los ojos. Lo vi de reojo, tapado a medias por su cobija.
Detrás de mis párpados cerrados, me quedé con esa piel blanca y las huellas de los golpes. Tenía los brazos caídos, las piernas ojas. Sus
pies desnudos se arrastraban por el piso de baldosas. Le colgaba la cabeza. Un alma envuelta en una mortaja áspera.
En la celda, me llevé una sorpresa. El piso estaba mojado, todo apestaba a blanqueador, a amoniaco, a cloro, una mezcla de morgue, cagadero y hospital. Habían limpiado las paredes. De nosotros no quedaba más que la sombra de nuestras huellas. Habían empapado nuestras cobijas y nuestros colchones. Aidan estaba en su rincón. La cobija mojada alrededor de los hombros y la cintura.
Tenía el pelo más corto de un lado y un gran agujero blanco en la parte frontal del cráneo. Se frotaba las rodillas. Me le acerqué. De su lado se veía el tragaluz lechoso hacia afuera. Llovía. Me dolía la piel, la cabeza. Mi sangre palpitaba. En el fondo de mi mandíbula, dos dientes rotos. Mi lengua era una sola herida. Aidan tenía un ojo cerrado. Y yo, la boca abierta. No luchamos contra el silencio.
Esperamos la noche, apretados el uno contra el otro, sin una palabra.
— Tiocfaidh ar là!
“¡Nuestro día llegará!”.
Un alarido en el corredor. El último de nosotros regresaba a su celda. Yo estaba adormilado, junto al muro. Levanté los ojos. Aidan me interrogaba en silencio. Sonreía en la oscuridad. Los guardianes todavía no habían encendido las luces. Luego, se levantó. Se acercó a la puerta, en su rinconcito, debajo del cruci jo. Entonces, me levanté. Él cagó en el suelo y yo en mis manos. Y comenzamos a pintar de nuevo nuestro calabozo.
* * *
Cuando me fui de Long Kesh, el 7 de enero de 1981, abracé a Aidan.
Lo apreté como si fuera Jack. Nuestras barbas, nuestros pelos mezclados, nuestras cobijas sucias, nuestro orgullo. Bobby Sands estaba organizando una huelga de hambre para que obtuviéramos el estatus de presos políticos. De celda en celda, reformulamos nuestras exigencias. Teníamos cinco y eran miserables. Derecho a llevar ropa de civil, a reunirnos libremente y a no trabajar para la cárcel. Queríamos recibir una visita, una carta y un paquete por semana. También queríamos una reducción de la sentencia, aumentada por causa de nuestra protesta.
Le pedí a Aidan que no se inscribiera en la lista de voluntarios para el martirio. Tenía diecinueve años y una hija de dos.
Condenado apenas a cinco años de prisión, un día saldría libre.
Podría hacerse cargo de ella.
Porque sabíamos que esa huelga sería mortal.
El año anterior, en octubre de 1980, siete prisioneros hicieron un ayuno de dos meses y medio. Por su parte, tres mujeres en la cárcel de Armagh habían dejado de comer. Londres buscaba ganar tiempo.
Al negociar la suspensión del movimiento, los británicos prometieron revisar el estatus carcelario. La huelga de hambre se terminó. Mary y los dos Mairead accedieron a alimentarse. Al igual que Tom, Séan, Leo, Tommy y Raymond. Al igual que Brendan, el o cial del IRA que comandaba en la prisión y fue reemplazado después por Bobby Sands. Un mes después, Humphrey Atkins, secretario de Estado de Irlanda del Norte, se retractaba de lo
prometido. Los reos republicanos seguían siendo prisioneros comunes.
Bobby había aceptado poner n a ese primer ayuno. Ahora se ponía a la cabeza del segundo. A su determinación se agregaba el sufrimiento de haber sido engañado. Comenzaría su protesta el 1 de marzo de 1981. Otros lo seguirían, uno cada semana, y los vivos relevarían a los muertos.
Pero no Aidan. No. Mi Jack no. No sé por qué le hice prometer eso. Aquí, metido entre estos muros, no tenía derecho a darle ninguna orden. Yo era o cial por fuera, pero, adentro, los alambres de púas y las garitas me habían convertido en un simple soldado.
Nunca nadie podría pedirle a Bobby que interrumpiera su huelga de hambre. Ni el Consejo del IRA, ni todos nuestros jefes, ni todos nuestros sacerdotes, ni todas las oraciones de nuestras mujeres en las calles, ni su hermana, ni su madre, ni las lágrimas de Gerald, su hijo de siete años. Y yo le suplicaba a este muchacho que viviera. Le pedí que lo hiciera por mí.
—Tú vas a seguir vivo —le dije a Aidan Phelan, el carpintero de Strabane.
Me lo prometió como un hijo. Y cumplió su palabra.
OceanofPDF.com