Regreso a Killybegs
Capítulo 16
Killybegs, domingo 31 de diciembre de 2006
SHEILA TRAJO UN MANTEL DE PAPEL BLANCO de Strabane, donde vive con una amiga desde que yo estoy aquí. Preparó nuestra cena de Año Nuevo antes de venir: un gran plato de bangers and mash que acabó de cocinar en mi hornillo de camping. A las salchichas y el puré, Sheila agregó cebollas caramelizadas, arvejas molidas y tajadas nas de manzanas amarillas.
Puse la mesa. Nuestros dos platos y unas tazas de gres a modo de copas. Había dejado afuera una botella de vino blanco, apoyada contra la pared. Estaría fría en el momento de la cena. También había llevado seis cervezas para mí y ginebra para ella. Corté el pan.
Dos tajadas para cada uno, con un pedazo de mantequilla. Miraba su espalda, inclinada sobre el único quemador. El olor del aceite calentaba la casa. Escuchaba el silencio de mi mujer. Sus movimientos como si nada. Cuando mi mirada se cruzaba con la suya, ella sonreía. No era una sonrisa de muchacha, de madre, de combatiente, sino una sonrisa de muchos años de edad que yo no le conocía.
No habíamos hablado. Cuando vino a verme aquí, después del interrogatorio que me hizo el IRA, me tomó en sus brazos, cerrando los ojos. Luego, me miró y me tomó las manos. Buscaba algún cambio en mis ojos. Quise responderle, decirle que su presencia me reconfortaba. Sin embargo, ella me puso suavemente la mano en la boca.
—No, Tyrone. No digas nada. No te voy a preguntar nada. No quiero saber nada.
Quise retirarle la mano. Ella se acercó.
—Por favor, hombrecito. Te tocaría mentir, entonces, no lo hagas.
Luego, abrió la bolsa. Productos de primera necesidad. Papel higiénico, velas, cigarrillos, pan, algunas conservas. Le pregunté si había traído el periódico. Ella respondió que no contaba nada bueno.
Puse dos tenedores a ambos lados de mi plato y dos cuchillos junto al de Sheila. Sonrió. Yo nunca había sido muy ducho en la cocina.
Luego, nos sentamos. Ella dijo una oración, tres palabras solamente, para agradecerle a María por habernos reunido. En Boots, había comprado una vela roja con una estrella dorada. Había decorado la mesa con piñas de pino y muérdago de roble. Brindamos con vino fresco. No era una esta sino una ceremonia dolorosa. El ruido incómodo de nuestros cubiertos, la batalla del fuego contra la leña húmeda, la llama de la vela.
—Está muy bueno —murmuré.
Sus ojos me respondieron.
Eran las nueve de la noche. El frío apretaba.
—No voy a esperar la medianoche —bostezó Sheila.
Estaba agotada. Se excusaba.
—Yo tampoco. Voy a escribir un poco y luego estoy contigo.
—¿A quién le escribes?
—A nadie. Son cosas que se me pasan por la cabeza.
La amiga de Strabane había hecho un crujiente de manzana.
Había empacado la mitad para mí. Era casi una comida de hombre libre.
Cuando iba llegando, Sheila fue detenida por la Garda Síochána. Su descripción me permitió reconocer a Séanna, el policía viejo que había venido a verme, y al joven que andaba con él. Su automóvil estaba estacionado más arriba en la carretera. A Dublín no le gustó el artículo del Donegal Sentinel y en la televisión hablaban de Killybegs.
—Por culpa de ese desgraciado periodista, toda Irlanda sabe dónde está escondido su marido.
—No está escondido —respondió mi mujer.
De todas maneras. Yo debía tener cuidado al salir, al hacer mis compras, al llegar al pueblo. Yo tenía que ser prudente a lo largo del
trayecto de dos kilómetros que había entre la salida de Killybegs y mi casa. Debía evitar los bares, las agrupaciones, cualquier cosa que pudiera poner en peligro a los habitantes.
—¿A los habitantes? —preguntó Sheila.
—No es nuestra guerra —respondió el viejo policía—. No acusamos a nadie, no defendemos a nadie. Simplemente queremos evitar que los asesinos vengan a meterse por acá.
Le pregunté si habían sido desagradables. No. Para nada. Estaban preocupados por los días que vendrían.
Sheila les avisó que el martes siguiente vendría con un visitante, un amigo, un francés. Los policías le respondieron que no temían la llegada de ningún francés, sino de todos los irlandeses del mundo.
—¿Usted cree que el IRA le quiera hacer daño? —preguntó el policía joven.
—No. Ni hacérselo ni impedir que se lo hagan —respondió Sheila.
—Entonces la cosa está mal —murmuró el viejo.
Nos levantamos de la mesa. La vajilla esperaría hasta el año entrante. Sheila vaciló y se me acercó. La abracé, mi cara perdida en su pelo gris. Era el instante de los deseos. Nos quedamos así un instante, con nuestras sombras bailando en la pared.
—Buena suerte para nosotros —susurró mi mujer.
—Buena suerte para ti.
Su calor, su piel de otoño, el humo de leña en su cabello. Apreté sus sollozos contra mí.
De repente, su voz brusca.
—Dios mío, Tyrone. ¿Qué nos hiciste?
Era un sufrimiento, no una pregunta. La abracé más fuerte. Lloré yo también, sin que mi cuerpo lo manifestara. Una pena de huérfano. Sin nada más, ni la madre, ni el padre, ni la casa, ni la tierra que lo nutre, ni el cielo que lo protege. Un espanto de soledad.
El silencio para siempre. Y el frío para la eternidad, tanto frío. Sentí disgusto. Lloraba por mí.
—¿Qué va a ser de mí? —preguntó mi mujer.
Le dije que ahí estaban Jack, sus amigos, su país.
—Tú eras mi país, hombrecito.
Se alejó, ocultando su tristeza con la mano. Se acostó, con mi suéter y sus medias, se volteó hacia la pared para buscar el sueño.
Los dos habíamos perdido el sueño. Ella, desde hacía diez días; yo, desde hacía veinticinco años.
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