Regreso a Killybegs
Capítulo 23
Killybegs, miércoles 4 de abril de 2007
LA EXPLOSIÓN ME DESPERTÓ aquella noche a las tres de la madrugada. Violenta, en ecos de fragmentos. Un rayo. Un árbol percutido en el bosque. Estaba sudando. Reanimé el fuego. Me puse un chaleco sobre el pijama. Luego me bebí una cerveza mirando las llamas.
Ayer, cuando me iba a acostar, canturreé. Me sorprendió mi voz.
Estaba sentado en la cama, y había una biografía de James Connolly encima de las cobijas. Agucé el oído, como si otra persona hubiera entrado a la habitación. Cerveza, vodka, febrilidad, embriaguez.
Canturreé como quien quiere olvidar. Me acosté. Leí. Una página para llamar el sueño. Herido por el enemigo y luego cuidado por el enemigo, Connolly no podía estar de pie el día de su ejecución.
Entonces, lo fusilaron sentado en una silla. El 12 de mayo, día del suplicio, el cirujano que le había salvado la pierna le preguntó si podía rezar por él. Y también por aquellos que lo iban a matar.
—Sí, señor —respondió Connolly—. Voy a rezar por todos los valientes que cumplen su deber según lo que han comprendido de la vida.
Releí la frase, pronunciando cada palabra en voz alta.
“Según lo que han comprendido de la vida”.
Connolly había rezado por sus verdugos, porque estos creían estar cumpliendo su deber. Me levanté, arranqué la página. La pegué en el cuaderno. Luego, me tomé una cerveza. La última, la que viene siempre antes de la siguiente. Era una rubia suave, como agua. La envenené con vodka. Bebía la mezcla en vasos de a pinta de cerveza: alcohol y cerveza en partes iguales.
Me acosté ebrio y luego me levanté aterrorizado. No era un rayo.
Un grito desgarrado, de acero y chatarra. No muy lejos de la casa.
Tal vez en el camino. Saqué una linterna y el palo de hurling de Séanna, con la mano crispada en el mango. Estaba oscuro. No había nada afuera; solo yo. Le di la vuelta a la casa. Ruido a mis espaldas.
El rumor del bosque. Un zorro o un ratón de campo cazando.
—¡Aquí estoy! —grité—. ¡Tyrone Meehan está aquí!
El viento marino jugaba con mi pelo.
—¡Los estoy esperando, hijos de puta!
Escruté el cielo. No parecía que anunciara tormenta. La luna acariciaba los muros bajos de piedra y el lomo de las colinas. Me había despertado una explosión nocturna, un estruendo de la memoria. Esos remordimientos agitados que desgarran los sueños.
Entré de nuevo a la casa. Abrí la botella de vodka. Un chorro.
Eso. Así. La espuma de una cerveza recién abierta. Mezclé hasta el borde. Todavía borracho de ayer. Borracho ya de hoy. ¿Quién estaba presente para juzgarme? Aquí, hablo con los ratones. Las cochinillas son mis amigas. Comparto mi pan con las hormigas soldado. Unidades enteras marchan bajo mis órdenes. En la casa de
mi padre, mando yo. Descorrí las cortinas, abrí la ventana. Quería que me vieran en medio de la noche. En algunas horas, habría claridad en el horizonte. Las primeras aves. La luz que perdona. Un día más y estaría vivo.
* * *
No fue una explosión lo que me despertó, sino su eco. Su recuerdo perpetuo. Diez kilos de una mezcla de nitrato de amonio, diésel y TNT, que acondicionó Jim en un bote de basura metálico, lleno de clavos, de pernos, de limaduras, pedazos de vidrio roto y bolas de acero.Estábamos a nales de octubre de 1981. La huelga de hambre se había terminado unos días antes. Nos dolía en el cuerpo la necesidad de venganza. Jim había fabricado tres bombas similares, todas ellas escondidas en el segundo piso de una casa en ruinas de Divis Flats. El responsable de la logística le había pedido una bomba que se pudiera hacer explotar a distancia. La primera debía explotar el 11 de noviembre, para crear desorden en las ceremonias conmemorativas de la victoria. El IRA había decidido que el atentado tendría lugar durante la recepción ofrecida por la alcaldía, en un estacionamiento al aire libre, a algunas calles de distancia de ahí.
Nunca me han gustado las bombas. Para mí, después de la guerra mundial y el Blitz en Belfast, esa palabra era alemana. No me gusta la idea de la muerte programada.
—La bomba es el arma de nosotros los pobres —se defendía Jim.
Un día que estaba ebrio, dijo que aquel que hacía bombas hacía preguntas. Todo el bar se rio. Yo no. La bomba no mata: profana el cuerpo. Lo desmiembra y lo lacera. Tampoco estoy seguro de que el alma pueda sobrevivirla.
Llamé a Walder el 5 de noviembre. Cita en el cementerio, junto a la tumba de nuestro patriota. Tenía algo para él, pero quería que reiterara su compromiso. Me miró con interés. ¿Sin arrestar a nadie?
De acuerdo. Ya habíamos hablado de eso. ¿Asumía el compromiso?
Lo asumía.
—El IRA está preparando algo para el 11 de noviembre.
El agente del MI-5 palideció. Maquinalmente, se acomodó el red poppy que adornaba su solapa, la amapola de papel para honrar a los soldados caídos en la Gran Guerra.
—¿Algo como qué?
—Un atentado. En el momento de la ceremonia.
La conmemoración debía ocurrir a las once de la mañana. La bomba debía ser detonada a las once y media, en el momento de los discursos. No le haría daño a nadie, pero el ruido opacaría el evento.
—¿Dónde la van a poner?
—No. No les voy a dar la unidad. Solo la bomba.
El asunto no representaba gran riesgo. Una casa en ruinas en la parte baja de Falls Road. Tres botes de basura escondidos debajo de
unos escombros. Aunque el IRA tenía vigilantes, no iba a intervenir.
No se entra en combate para salvar material.
—¿Tú no corres peligro? —me preguntó Walder.
Me tocó. Yo no solo era víctima de su chantaje, sino que también era objeto de sus cuidados.
—¿Ustedes no hacen rondas para vigilar qué hay en las ruinas y esas cosas?
—De día y de noche —sonrió el inglés.
—Pues, entonces, el IRA pensará que los agentes tuvieron una suerte loca.
Walder tenía prisa de irse. Estaba febril. Me tendió la mano de verdad. Como quien trata a un igual.
Mientras me alejaba sentí algo extraño. Jamás lo había admitido ante mí mismo. Sin embargo, ese día y durante algunas horas más, tuve un sentimiento de orgullo. Entregarle tres bombas al enemigo no ponía en peligro nuestro futuro. Yo combatía la muerte y tranquilizaba a aquellos que se creían los amos.
Esa noche, en el bar, me olvidé del traidor.
—Da gusto verte de buen ánimo, Tyrone —me dijo un viejo compañero.
Cuando volvimos a casa, Sheila y yo hicimos el amor riéndonos.
Al día siguiente, el 6 de noviembre, fui a comprarle ores y una vela con olor a rosas, que un vendedor ambulante vendía en Castle
Street. De regreso, vi a Jim, con Manus y Brenda, dos jóvenes que se habían unido a la causa durante las huelgas de hambre. Jim me guiñó el ojo. Manus acababa de obtener su licencia de conducción.
El experto en explosivos quería ponerlo a prueba para el transporte del material. Brenda me sonrió. Después de la muerte de Bobby Sands, me dijo que quería prestarnos algún servicio. Los tres se dirigían hacia el escondite. Si los británicos habían hecho su operación en la noche, como estaba previsto, el IRA no encontraría más que las huellas de sus botas en el polvo.
Tomé un taxi colectivo. Me sentía ligero. Una colegiala me preguntó si tenía fuego. Después, me preguntó si tenía un cigarrillo.
Me dio risa. Una chica de los nuestros, insolente, con el mentón en alto y los puños en las caderas.
Iba caminando hacia nuestra casa. Al pasar frente a la puerta de un bar de barrio, oí el susurro de algo que me gustaba. Me disponía a entrar, con la mano puesta en el picaporte de cobre, cuando todo explotó. Un estruendo enorme, más abajo, en Divis. La calle quedó paralizada. Yo estaba desconcertado. Un humo negro ascendía por detrás de los edi cios. La gente empezó a correr hacia el fuego. Dos taxis negros daban media vuelta dando bocinazos para socorrer a las víctimas. En Belfast, no se huye de la desgracia: se presta ayuda a quien la padece.
—¡Una puta bomba! —dijo el dueño del bar, saliendo a la calle.
Me tambaleé en la acera. Vi de nuevo a Jim, Manus y Brenda tratando de poner cara de inocentes.
Nada de arrestos, había dicho Walder. Y había cumplido su palabra el muy hijo de puta.
Jim O’Leary, Manus Brody y Brenda Conlon murieron pegados.
Fue necesario separar las carnes unidas por el fuego. El IRA explicó que el responsable de su unidad había sido víctima de un error de manipulación. Era falso. Nuestro Estado Mayor lo sabía, pero no quería reconocer el revés tecnológico.
Yo estaba enloquecido de la ira. Interrogué a Walder, al policía pelirrojo, a todos esos cerdos que creían ser mis patronos. El policía habló. Para que me calmara, para que me mantuviera en mi lugar, para que dejara de joder. Una unidad antiexplosivos había entrado de noche a la casa, con cuatro agentes de los SAS. No se llevaron los explosivos: simplemente estudiaron su sistema de detonación.
Esperaban encontrar un sistema de modulación complejo, que respondiera a impulsos codi cados. Lo que tenían al frente era un sistema no protegido, un transmisor de radio como los del aeromodelismo. La frecuencia de la bomba estaba abierta a otras señales.
—Mallory es demasiado seguro de sí mismo. Esa va a ser su perdición —suspiró un soldado.
Volvieron a poner el material en su lugar y borraron todas las huellas. Pusieron la casa bajo vigilancia desde un techo de Divis Flats. Luego, esperaron a que la unidad volviera a su trabajo para poner a circular al emisor, disfrazado de camión de helados.
Enlazado con un helicóptero que sobrevolaba la zona, escaneó un gran espectro de frecuencias de radio, buscando el interruptor que activaría la bomba. La operación tomó menos de una hora. Si
hubieran tardado más, los británicos la habrían abandonado.
Demasiado peligroso. Con su carillón triste, los camiones de helado siempre atraen enjambres de niños. Aquel daba vueltas como un merodeador silencioso. Un hombre que estaba pintando de blanco su reja lo vio pasar dos veces. A la tercera, decidió interpelar al conductor.
En ese momento, explotó la bomba, detonada por los británicos.
Un humo negro espeso. Gritos. Y esa lluvia de proyectiles, regados por todas partes.
—Un policía como yo no decide lo que se hace con tu información —me dijo el pelirrojo.
—¡Mataron a tres personas!
—Era su bomba, no la nuestra.
Walder me dijo lo mismo. Lo lamentaba. Los SAS habían descubierto que el IRA jamás había tenido la intención de poner la bomba en un estacionamiento al aire libre, sino derribar las puertas de la alcaldía con un carro bomba.
—¡Eso es falso, cabrones! ¡Pura mentira!
—Es una palabra contra otra palabra, Meehan. Me perdonas, pero yo les creo más a mis servicios de información que a los tuyos.
No queríamos correr ningún riesgo. Eso es todo.
No rechacé el sobre que me dio. Ciento cincuenta libras para mi taxi y por la molestia.
Caminé mucho tiempo. Atravesé barrios hostiles, deseando acabar con todo. Me quité la chaqueta, me recogí las mangas de la
camisa. Mostré mis tatuajes como quien enseña el dedo corazón. La bandera irlandesa, la cruz celta y el año 1916 en tinta negra.
No me pasó nada.
Yo había matado a Danny. Había matado a Jim y a dos de nuestros jóvenes. Ya no era un traidor: era un completo asesino.
Todo se había acabado. No había forma de dar marcha atrás.
* * *
Tengo ebre. El día tarda en llegar. Sigo esperando ese jirón de claridad. Siento el frío de mi país, el dolor de mi tierra. Ya no respiro… bebo. La cerveza rueda como lágrimas por mi pecho. Sé que están esperando. Van a venir. Ya están aquí. No me moveré.Estoy en la casa de mi padre. Los miraré a la cara, sus ojos en los míos, el perdón del fusilado ofrecido a sus verdugos.
Dios mío, mamá, ayúdame.
Tengo tanto miedo…
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