Secreto Profesional
Capítulo 8
Irene se acodó en la repisa del locutorio de la cárcel de Alcalá Meco, adosada a la mampara de madera que dividía en dos el recinto y sobre la que un grueso cristal se elevaba hasta el techo, impidiendo así el contacto físico del recluso con su abogado. Tres días antes había sido puesto Sergio a disposición judicial y, tras haber prestado declaración, el juez había dictado Auto de procesamiento, decretando asimismo su prisión provisional sin fianza.
Era la primera vez que Irene acudía a una cárcel para comunicar con un preso, pero la visión de la inmensa mole gris de la prisión no le produjo ninguna sensación especial. Tampoco experimentó ningún sentimiento de repulsa ni de aprensión cuando, después de pasar los preceptivos controles, se encontró en el pasillo de los locutorios y se acomodó más tarde en la dura banqueta sobre la que estaba sentada, en el cubículo que le asignó un funcionario de prisiones para comunicar con su defendido.
Desde la perspectiva de un abogado de la defensa y en un día tan soleado, la cárcel le pareció un escenario conocido, aunque era la primera vez que pisaba una prisión. Se asemejaba a las que había visto en las películas, con sus rejas y sus barrotes. Sin embargo, esa impresión se desvaneció para trocarse en otra muy distinta en el mismo instante en el que Sergio apareció al otro lado del cristal. Llevaba la misma ropa que vestía el día que declaró ante el juez, un chándal azul marino, pero lo que era muy diferente era su expresión. En el juzgado traslucía desconcierto, como si no acabara de entender lo que le estaba sucediendo ni se explicase cómo podía ser él el protagonista de la imputación de que era objeto. En el locutorio, con el teléfono intercomunicador en la mano y sus clarísimos ojos azules fijos en ella, representaba la imagen de la desesperanza.
Irene se llevó el aparato al oído.
—¿Cómo estás, Sergio?
—Mal, como puedes suponer, —replicó él con un rictus amargo en su semblante que no había dejado traslucir nunca anteriormente—. ¿Qué noticias me traes?
—Pocas y no son buenas. He ido a ver al juez que instruye el sumario,
—empezó ella con precaución—. Es el mismo ante el que declaraste el otro día en el juzgado de guardia y le he dicho que iba a recurrir el Auto de prisión y a solicitar que te conceda la libertad provisional con fianza.
—¿Y…?
—Me ha contestado que no me moleste, que te la va a denegar.
—¿Que no me la va a conceder antes del juicio? ¿Y cuando piensas que podrá celebrarse?
Vaciló ella, sin decidirse a decirle la verdad. Podían transcurrir dos años, cuatro, o más. Se había entrevistado además con el fiscal y este le había manifestado que iba a pedir una pena de cuarenta años y un día de prisión. Veinte por cada asesinato, pero no podía permitir que él llegase ni tan siquiera a imaginarlo. Tiempo habría para darle tan malas noticias.
—No sé cuánto puede tardar en verse el juicio, porque no hay una regla fija, —le explicó con fingida animación— pero no te preocupes, porque voy a hacer todo lo posible por desenmascarar al imbécil de tu cuñado. ¿Sabes si soporta bien la bebida?
Desde el otro lado del cristal, Sergio se la quedó mirando fijamente.
Parecía no acabar de entender lo que ella le estaba diciendo.
—¿Has pensado emborracharle?
—Sí, se considera irresistible y le ha dado por hacerse el encontradizo conmigo, así que se me ha ocurrido aceptar una invitación suya y conseguir, cuando haya bebido bastante, que me diga dónde compró la barba y la peluca Es un hombre bastante vistoso y si la dependienta donde la adquirió le recuerda, conseguiré que vaya esta a declarar ante el juez. Sería una prueba de que te tendió una trampa, porque él obtendría un claro beneficio si te condenaran por el asesinato de Diana. ¿Entiendes?
Sergio meneó dubitativamente la cabeza.
—No sé. Ángel es bastante más listo de lo que te imaginas y además aguanta muy bien la bebida. Podría darse el caso también de que en lugar de una dependienta, fuese un dependiente el que le hubiera vendido la peluca y la barba y que ni siquiera se hubiese fijado en él cuando le atendió. Y en cualquier caso… —se la quedó mirando y a sus ojos asomó un sentimiento muy similar a la ternura—… en cualquier caso podrías correr peligro. Si se ve descubierto…
—¿Le crees capaz de rebanarme el pescuezo?
—Probablemente sí, —opinó caviloso. Luego meneó negativamente la cabeza—. No me gusta tu plan. Me parece demasiado arriesgado. Creo que deberías insistirle al juez en que me conceda la libertad provisional con fianza y cuando yo salga de aquí podremos buscar los dos la forma de probar que han tratado de acusarme falsamente de unos crímenes que no he cometido.
Bajó Irene la vista hacia sus manos sin decidirse a explicárselo. Luego levantó resueltamente la mirada hacia él.
—Veo muy difícil que te la conceda, Sergio, —articuló al fin, eligiendo cuidadosamente las palabras oportunas—, pero aún en el caso de que optara por dejarte salir, ¿cómo ibas a reunir el dinero necesario? La fianza sería muy elevada y no puedes tocar la fortuna de Diana, dada la situación procesal en la que te encuentras.
Por el atractivo semblante de él cruzó una sombra de desconcierto.
—¿Tampoco en ese caso me dejarían disponer de ese dinero? Es un caso de fuerza mayor.
—No, no te lo permitirían. No es tuyo ni lo será hasta que se te adjudique la herencia y no se te puede adjudicar si no sales absuelto de los cargos que te han imputado. Si no se te declara inocente, no lo será nunca.
Se mesó él su mal afeitada barbilla como si las palabras de Irene le hubieran hecho el efecto de un jarro de agua fría sobre la cabeza.
—Ya. No pensaba que Ángel fuese tan listo. La verdad es que ha sabido jugar muy bien sus cartas. Ha conseguido que me encierren aquí y que no pueda disponer ni tan siquiera de un euro para la fianza ni para pagar los trámites de la testamentaría. ¿Qué vamos a hacer?
Había agachado la cabeza como si el mundo se hubiese desplomado aplastándole bajo su peso, por lo que Irene sintió una inmensa conmiseración. Le estaba contagiando también su desánimo y no podía permitir que la desmoralizase. No, hasta que hubiese agotado el último cartucho. Intentó por ello dirigir la conversación hacia otros derroteros.
—Otra cosa, Sergio. Hay que decidir qué vas a hacer con el personal que atiende tu casa. Con la chica que va a limpiar, con la que guisa, con el jardinero, con la secretaria de Diana y… no sé si hay alguien más. Habrá que pagarles los quince días de este mes que han trabajado y… y decirles que no vuelvan… —vaciló ella nuevamente—, que no vuelvan hasta que puedas hacerte cargo nuevamente de todo. Como tu caso ha salido en todos los periódicos, no tendremos que mentirles sobre el lugar en el que te encuentras en estos momentos.
—No puedo pagarles esos quince días ni ninguno, ¿no lo comprendes?
—masculló él mordiendo las palabras—. Gracias a los buenos oficios de Ángel, en el instituto me habrán suspendido de empleo y sueldo, así que no tengo nada, ni un solo euro. Explícaselo al personal de mi casa y diles que les pagaré si se llegan a arreglar las cosas, lo que empiezo a dudar. No le veo salida a esto.
Tampoco se la veía Irene, pero logró sonreír con un inmenso esfuerzo, con el que sintió como se le atirantaban todos los músculos de la cara.
—Bueno, bueno, no hay que ponerse trágico. Vamos a repasar todas las restantes posibilidades. ¿No tienes ningún pariente próximo al que le importes mucho y que te pudiese prestar el dinero para la fianza, en el supuesto de que el juez se ablandase?
Él no tuvo que meditarlo, por lo que meneó rápida y negativamente la cabeza.
—No. Mis padres murieron hace años. Tengo un hermano que vive en Salamanca y que trabaja como cajero en un supermercado. Una tía vieja ingresada en una residencia y que padece Alzheimer, así que no sabe siquiera quien soy. Mis amigos son profesores de gimnasia, como yo, o entrenadores de algún deporte, por lo que a duras penas llegan a fin de mes.
No, no hay nadie más. ¿Y de qué me iba a servir además que me prestaran
el dinero, si dices que el juez no me va a conceder la libertad provisional con fianza?
Había tal desesperanza en su voz y en sus ademanes que a Irene no se le ocurrió ningún argumento que oponer, porque sabía que estaba en lo cierto.
En ese instante le pareció inconcebible que, por la artimaña de un indeseable como Ángel y de unos indicios que podrían ser casuales, pudiera tambalearse la vida entera de una persona que hasta entonces había disfrutado de una existencia apacible y se viera como Sergio encerrado en una cárcel por una inculpación falsa. Intentó imaginarse al viejo del museo caminando hacia el salón ovalado con su pañuelo azul con lunares blancos en el bolsillo. Le vio en su mente aproximándose por detrás a sus víctimas y estrangularlas luego con ese pañuelo. ¿Dónde estaban en esos momentos los innumerables visitantes del museo? ¿Y cómo era posible que en ese instante no hubiese ninguno contemplando “Las Meninas”, que era un cuadro que despertaba mucho interés? Pero sobre todo, ¿por qué razón habría de habérsele ocurrido a Sergio caracterizarse como un hombre de mucha edad y buscar como escenario de su crimen un museo lleno de gente? No tenía ningún sentido. A Julia Ramírez ni siquiera la conocía y a Diana… su muerte le beneficiaba económicamente, eso era indiscutible, pero ninguna persona en sus cabales que se encontrase en el caso de Sergio hubiera decidido estrangularla en el salón ovalado y mucho menos guardar la peluca y la barba, de haberlas utilizado para disfrazarse como un viejo, en el sótano de su casa. Además de incauto, tendría que ser idiota.
—¿En qué estás pensando?, —le preguntó él, rompiendo el hilo de sus pensamientos.
—En que no me queda otra solución que emborrachar a tu cuñado —
replicó ella.
Algo semejante a la esperanza asomó a los ojos de él, clarísimos y transparentes como los de un niño.
—Te considero capaz de lograr cualquier cosa, pero ten cuidado. Ángel es un hombre peligroso.
—Sí, eso ya lo sé, —admitió Irene, reprimiendo un estremecimiento al recordar cómo la había seguido por el Paseo del Prado cuando salió de la
comisaría y su insolente expresión la tarde en que le conoció en casa de Sergio.
—Quería además pedirte un favor, —continuó diciéndole él—. Sé que no tengo derecho a molestarte más y que bastante estás haciendo por mí, pero me gustaría que te ocuparas de todo. Me refiero a mi casa, a la gente que trabaja en ella y… a todo. Si no te supone demasiada molestia, tráeme ropa la próxima vez que vengas a verme. Pídele las llaves a la secretaria de Diana y guárdala hasta que yo…
No terminó la frase, que se quedó flotando en el aire en el oscuro recinto del locutorio. En el futuro incierto que le aguardaba entre aquellas rejas de las que ninguno de los dos sabía si podría salir antes de que transcurriesen muchos años.
El funcionario les avisó de que había transcurrido el tiempo fijado para la comunicación del recluso con su abogado y ambos se pusieran en pie a la vez, cada uno en un lado del cristal.
—Vendré a traerte noticias, —le susurró ella por el intercomunicador.
—Te esperaré con impaciencia, —musitó Sergio por el mismo medio—.
Cuídate mucho.
Salió Irene al pasillo de los locutorios con la sensación de que las piernas le pesaban como el plomo y luego atravesó la soleada explanada donde había dejado el coche, un viejo Ford Fiesta que Marisa y ella habían comprado a medias, de segunda mano, y en el que su amiga iba todos los días a su trabajo, a un colegio de Majadahonda donde daba clase. Esa tarde habían decidido las dos que lo usara Irene para visitar a Sergio en la cárcel y que la otra se dirigiera a Majadahonda en el autobús, lo que la obligaría a recorrer a pie el trayecto desde la parada de este hasta el colegio. El Ford, además de viejo, ostentaba un mugriento color gris, porque aunque ese era el color de su carrocería, llevaba encima una capa de polvo de varias semanas e Irene se subió con un suspiro de desaliento al asiento del conductor.
Notaba la cabeza hueca. Marisa le había recomendado que al salir de la cárcel intentara olvidar los problemas del recluso que había dejado dentro, que discerniera entre los males que aquejaban a sus clientes y sus propias preocupaciones, pero no lo podía evitar. Le parecía tan injusto y sobre todo
tan absurdo. Y lo peor era la sensación de impotencia. De no ser capaz de demostrarle al juez que su cliente era inocente y que se había visto envuelto en la trama urdida por un indeseable. ¿Qué harían los abogados prestigiosos que tuviesen mucha experiencia en casos similares al que llevaba ella entre manos? Quizás con el tiempo se hubieran acostumbrado a cargar con el pesado fardo de esa responsabilidad y pudieran pensar en otra cosa al salir de la prisión, como a ella le habían aconsejado. Se lo preguntaría a Gonzalo. Le preguntaría cómo hacer para poder volver a respirar sin esa opresión que le comprimía los pulmones y para disipar la ansiedad que le producía su propia ineptitud.
Le encontró en su despacho tres cuartos de hora más tarde, porque le llevó bastante tiempo aparcar, lo que consiguió al fin en una calle lateral. Le abrió la puerta en cuanto ella llamó con los nudillos y demostró esa vez, en contra de lo que acostumbraba últimamente, que se alegraba verdaderamente de verla.
—¿De dónde vienes?, —le preguntó en cuanto la distinguió en la oscuridad del pasillo—. He ido a tu despacho a preguntarte cómo te iba y no me ha contestado nadie. ¿Sabes la hora qué es?
Irene le empujó dentro de la estancia hasta que le dejó sentado tras su mesa y ella se dejó caer en uno de los dos asientos de los clientes. El despacho era similar al de ella, aunque el balcón se ubicaba en el lado contrario de la pared del fondo y el mobiliario era de más calidad. Una mesa de madera de nogal, a juego con la librería en la que brillaban los lomos de los Aranzadi, y dos cómodas butacas tapizadas en azul, frente a la mesa.
—Vengo de la cárcel de Alcalá Meco de visitar a Sergio Andrade. Ya te dije que le han imputado los dos asesinatos del museo y que el juez ha dictado contra él Auto de procesamiento y de prisión provisional sin fianza.
—Sí, eso ya lo sé, ¿y cómo estaba?
—Pues, ¿cómo va a estar?, hecho polvo. Y a mí me ha dejado con el ánimo por los suelos.
—¿A ti, por qué? A ti no te han acusado de nada ni estás en la cárcel.
Bien mirado eres una afortunada.
Se lo decía con guasa, pero Irene no estaba de humor para bromas, por lo que ni siquiera sonrió.
—No hagas chistes, que no tengo ganas de reírme. Vengo a que me aconsejes, porque no se qué hacer.
Como ya le había referido a Gonzalo anteriormente los trámites policiales y judiciales que habían ido soportando Sergio y ella, no tuvo que volvérselos a repetir y él se inclinó hacia Irene sobre la mesa.
—Que no sabes qué hacer, ¿y qué quieres hacer?
—De momento quiero sacarle de la cárcel, pero no tiene dinero para pagar la fianza en el caso de que el juez acordara concederle la libertad provisional.
Gonzalo meneó la cabeza con un gesto que parecía estar reconviniéndola por ser tan cabezota.
—No te empeñes, Irene. Con dos acusaciones de asesinato a cuestas no le van a dejar salir ahora ni dentro de varios años. Saldrá esposado y entre dos guardias civiles cuando se celebre el juicio, pero no antes.
Levantó Irene ambas manos en un gesto de impotencia.
—Pero es que es inocente, Gonzalo, ya te lo he explicado. Ha sido su cuñado el que ha escondido la peluca y la barba en el sótano para incriminarle. Yo tengo que hacer algo.
—¿Y qué es lo quieres hacer?
Vaciló ella sin decidirse a explicárselo. Seguramente se empeñaría en disuadirla y la tacharía de chiflada.
—Verás, he pensado…
—Sí, ¿qué has pensado?
—He pensado emborrachar a Ángel, al cuñado. Me lo encuentro a menudo y… creo que me resultaría fácil entrar en un bar con él y conseguir que se bebiera una botella, fingiendo que yo también empinaba el codo en su compañía. Cuando estuviera como una cuba, le sonsacaría y…
—Me parece un disparate, —la interrumpió él—. Por lo que me has contado, es un tipo peligroso, por lo que lo mejor que puedes hacer es mantenerte alejada de él.
—Entonces, ¿qué?
Gonzalo se echó hacia atrás con los dedos los mechones de cabello castaño que le resbalaban sobre la frente.
—Puedes interponer un recurso de reforma y subsidiario de apelación contra el Auto de procesamiento y de prisión, aunque no sé de ningún caso en el que haya prosperado en supuestos similares. ¿Cuándo le han notificado el auto al Procurador?
—Ayer.
—Pues solo tienes tres días desde la notificación para interponerlo, así que ya puedes darte prisa. Si quieres, puedo dejarte alguno como modelo.
—Sí, me harías un favor. ¿Crees que servirá de algo?
—Ya te he dicho que no sé de ningún caso en el que se haya estimado un recurso de reforma ni de apelación contra un Auto de esas características, cuando el inculpado ha sido acusado de asesinato, pero no pierdes nada por intentarlo.
Ella esbozó una mueca de impaciencia.
—¿Que no pierdo nada?, pierdo el tiempo. ¿De qué le va a servir a Sergio que emborrone papeles, si el juez no va a estimar el recurso? Tengo que hacer algo más práctico.
—¿Como qué?, —le preguntó Gonzalo pacientemente.
—Pues no lo sé, es lo que quiero que me aconsejes.
Él se la quedó mirando con cierta ternura indulgente.
—Deberías comprender, Irene, que ningún abogado puede hacer milagros. El procedimiento judicial es bastante lento, por cierto, y no tienes más remedio que seguirlo. Procura no sentirte impotente mientras se tramita. Todos hemos padecido esa sensación alguna vez. Ve a visitar a menudo a tu cliente a la cárcel e intenta animarle. Interpón todos los recursos que contempla la Ley de Enjuiciamiento Criminal y ve a hablar con el juez de cuando en cuando, pero no te amargues la vida, porque no puedes hacer más.
Evocó Irene la expresión de desconcierto que una hora antes asomaba a los ojos azules de Sergio al otro lado del cristal del locutorio, como si no pudiera explicarse la razón de lo que le estaba sucediendo. Y sí, también la ilimitada confianza con la que la miraba, como si ella fuera omnipotente.
¿Qué pensaría si supiera que solo era capaz de redactar unos escritos de recurso que probablemente no iban a servir para nada?
Pero quizás sí pudiera hacer algo más, se dijo, reflexionando intensamente. Quizás en la casa de él hubiera dejado Ángel algún indicio que le relacionase con los objetos que había escondido en el sótano. Sergio le había encomendado que le pidiera la llave de la casa a la secretaria de Diana y que se ocupara de despedir a esta y al resto del personal. Iría al día siguiente a esa casa, ya que además podía aducir como excusa la búsqueda de los documentos notariales que no aparecían.
Gonzalo parecía seguir el hilo de los pensamientos de ella, porque a su semblante apareció una expresión de alarma.
—¿Qué tonterías estás maquinando?
—No maquino ninguna tontería, —replicó ella que empezaba a sentirse más animada—. Dame un modelo de esos recursos, porque lo voy a redactar ahora mismo y mañana…
—Mañana tendrás que entregárselo al procurador para que lo presente en el juzgado, —la interrumpió.
—Sí, claro, —admitió Irene—. Lo haré antes de salir para el laboratorio y por la tarde… por la tarde haré unas cuantas gestiones que a lo mejor…
—¿No estarás pensando otra vez en hacer esa estupidez?, me refiero a la de emborrachar a ese tipo.
—No, no le voy a emborrachar, al menos por el momento. Anda, sé bueno y dame ese modelo de recurso, porque voy a dejarlo listo esta noche y no quiero llegar a mi casa a las tantas.
Poco después salía del despacho de Gonzalo y se introducía en el contiguo, helado como un invierno en la Antártida, y en cuanto tomó asiento tras la mesa, extrajo del bolso el papel donde había apuntado el teléfono móvil de Sandra y marcó el número con dedos inquietos. Un par de segundos más tarde oyó una voz femenina al otro lado del hilo.
—¿Es usted Sandra García?, —le preguntó, procurando imprimir a su voz un matiz de seguridad.
—Sí, dígame.
—Soy Irene Carvajal, la abogado de Sergio Andrade, —le comunicó con voz clara—. He ido a verle esta tarde y me ha encomendado que le
lleve ropa a la prisión y que le busque unos documentos en su casa, Me ha encargado que, para llevarlo a cabo, le pida a usted la llave y que me ocupe también de dar de baja los contratos de suministro, así como de despedir al personal. ¿Dónde podríamos quedar mañana, a primera hora de la tarde?
La voz de su interlocutora no denotó sorpresa alguna.
—¿Dónde?, ¿le parece bien en la propia casa de Sergio? Así podría explicarle en qué lugar se encuentran las cosas que necesita saber y encontraría además allí a las personas a las que tiene encomendado despedir. La esperaré a eso de las cuatro y media.
—De acuerdo, hasta mañana entonces.
Colgó cuidadosamente el auricular y se retrepó satisfecha en la butaca.
Quizás al día siguiente pudiera encontrar en la casa de Sergio algo que hubiese olvidado Ángel y que demostrara la inocencia de su cliente. Y
ahora iba a preparar el dichoso recurso de reforma y subsidiario de apelación ante el órgano jurisdiccional superior, apoyándose en el modelo que le había dejado Gonzalo. Tenía que apurar todas las posibilidades.
OceanofPDF.com