Secreto Profesional

Ursula Llanos · Capítulo 13 de 18

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Secreto Profesional

Capítulo 12

Estudió Irene críticamente a la visitante que tenía sentada enfrente de la mesa de su despacho. Era una mujer de unos treinta y tantos años, muy alta y de complexión fuerte, lo que no era de extrañar dado que su profesión era de la profesora de gimnasia. Su cabello oscuro y liso le llegaba hasta el hombro y brillaba con reflejos rojizos que probablemente serían obra de la peluquería y no de la naturaleza. Poseía un rostro muy llamativo en los que campeaban unos ojos oscuros muy grandes y una boca carnosa, excesivamente pintada de color rojo oscuro. Aunque su aspecto no carecía de atractivo, resultaba un tanto ordinario.

La había llamado la tarde anterior pidiéndole una cita, a lo que ella había accedido inmediatamente, pese a que sabía que los abogados de prestigio solían tener la agenda cubierta y no recibían a sus posibles clientes hasta bien transcurridos los veinte días desde su llamada.

Su visitante, que según le había dicho se llamaba Consuelo Díaz, se había presentado como compañera de trabajo de Sergio en el instituto. Irene la identificó inmediatamente como la amiga de este, con la que compartía los interminables días de soledad cuando Diana se marchaba a pintar a alguna playa de levante. Debía ser algo más que amiga, porque aludía a la relación de ambos como si fuese más íntima que la de meros compañeros de trabajo.

—Sergio se encuentra sin blanca, —le decía en esos momentos—. Por eso he venido a verla, para decirle que se ocupe en resolver cuanto antes la herencia que le ha dejado su mujer, ya que voy a prestarle yo el dinero necesario para los trámites previos. Dígame cuanto necesita y le haré una transferencia.

—¿Le va a prestar usted el dinero?

—Sí, Sergio me lo devolverá en cuanto se incorpore nuevamente a su trabajo en el instituto. Ya sabrá que este ha dejado sin efecto la suspensión de empleo y sueldo que acordó cuando le encarcelaron, pero ahora, cuando se ha comprobado por el juez que todo había sido un error, va a volver a desempeñar su trabajo como profesor a primeros del mes próximo para no perjudicar al interino que le ha estado sustituyendo, ¿comprende? Sergio es un hombre muy bueno y muy comprensivo y le está agradecidísimo a usted.

Los dos le estamos agradecidísimos.

Con un esfuerzo para no traslucir lo que sentía, Irene aceptó modestamente el cumplido, aunque interiormente lo consideró más que merecido.

—¡Bah!, únicamente he cumplido con mi trabajo y hemos tenido la enorme suerte de que ese chalado, Cosme Rodríguez, haya reconocido en comisaría y lo haya declarado ante el juez que él era el único autor de los crímenes del museo. Ahora está ingresado en el psiquiátrico y le están reconociendo especialistas en la materia, que tendrán que diagnosticar el grado de demencia que padece.

—Sí, ha sido una gran suerte que decidiera estrangular a esa pintora, creo que se llama Clara Fernández, pues de otra forma a usted le habría resultado mucho más difícil demostrar que Sergio no había intervenido para nada en esos asesinatos, —opinó Consuelo, observando la expresión de Irene con sus grandes ojos entrecerrados.

Seguidamente se quedó callada, con la mirada fija en el balcón, a través del cual veía discurrir el espeso y ruidoso tráfico de la calle. Parecía estar meditando sobre algo cuando desvió los ojos hacia Irene y le preguntó:

—¿Conoció usted a Diana?

Ella meneó negativamente la cabeza.

—No, he empezado a ocuparme de los intereses de Sergio después de que la hubieran asesinado. ¿Por qué lo pregunta?

—Quería conocer la opinión que tenía usted sobre ella. Era una mujer insoportable.

—¿Insoportable? Tenía entendido que era guapa, alegre y divertida.

—Eso es lo que le habrá dicho su secretaria, Sandra García, que la adoraba. También Sergio la adoraba, aunque a mí me resulte inexplicable.

Yo la conocí hace un par de años, un día en el que se presentó en el instituto a organizarle una tremenda trifulca a él. Se creía una diosa o poco menos y le trataba como si fuese un desecho. Al parecer, la fama se le había subido a la cabeza, porque, según me dijo Sergio, cuando se casaron era completamente distinta. No tenían un duro ninguno de los dos y a ella no le parecía que la profesión de profesor de gimnasia fuera un desdoro para que la ejerciera el marido de una secretaria. Entonces no era una pintora famosa.

¿Ha visto usted sus cuadros?

Irene afirmó.

—Sí, no entiendo mucho de pintura, pero me parecieron extraordinarios.

—Son bonitos, sí, —reconoció Consuelo a su pesar—. Una imitación flojita de Sorolla.

—¿Usted cree?, —inquirió Irene algo molesta, evocando la luminosidad que Diana derrochaba a raudales en sus cuadros, el sol cegador de sus playas de levante aprisionado en sus lienzos. ¿Cómo podía decir que era una imitación flojita de Sorolla?

—A mí me parecieron maravillosos, —objetó con cierta acritud—. Y no creo que sean una imitación de Sorolla ni de ningún otro pintor, aunque pertenezca a la misma escuela que aquel.

—Bueno, bueno, no vamos a discutir sobre la pintura de Diana, —

contemporizó Consuelo, con un mohín con el que parecía querer disculparse—. Probablemente la he conceptuado así, porque a mí ella me caía mal. En el instituto nos presentó Sergio en esa ocasión que le he comentado y ni me saludó. Fingió que no le había oído a él y que no me había visto a mí. Como si yo no existiera. A veces Sergio no podía soportarlo más, lo cual no es de extrañar.

Irene bajó la cabeza para fijar la vista en sus manos. ¿Sería verdad lo que le había dicho Ángel el día en que le conoció? Este le había asegurado que Sergio era un faldero y que su último ligue con la profesora de gimnasia del instituto había motivado que Diana hubiese decidido divorciarse de él.

¿Sería esa versión la cierta y no la que le había dado Sergio?

—Quizás ella interpretase mal la relación que mantenía usted con él, —

aventuró cautelosamente, estudiando su expresión al pronunciar esas

palabras.

Su interlocutora no pareció inmutarse.

—¡Qué va!, —masculló desdeñosamente—. Desde hacía años a Diana le tenía sin cuidado Sergio. Le despreciaba como si fuese un ser inferior con el que se hubiera casado por equivocación. A ella únicamente le importaba su pintura. Ni siquiera le tenía a Sandra verdadero cariño y eso que esa pobre mujer se desvivía por ella. Era una diva inaguantable, una diva en sentido peyorativo.

—¿Sí? Bueno, es relativamente frecuente. No todos los artistas asimilan bien la fama.

—Ella desde luego que no. A mí me pareció una imbécil y una creída.

Insoportable como toda la familia.

—¿Conoce usted a sus hermanos?, —le preguntó Irene fingiendo una indiferencia que estaba muy lejos de sentir.

Consuelo afirmó con la cabeza y en su semblante se pintó un rictus irónico.

—Sí, a Ángel nos lo encontramos un día Sergio y yo a la salida del instituto en una cafetería donde habíamos ido a comer. Se nos acercó para meterse con él y para decirme a mí unas cuantas groserías que debió considerar muy sugestivas. Sergio estuvo a punto de pegarle.

—Y a María, ¿la conoce también?

—María vino a verme una tarde, a la salida de mi clase. Me llamó de todo y me dijo que dejara en paz a su cuñado. ¡La muy cretina! Hace años, antes de que Sergio conociera a Diana, salió con ella y la muy estúpida sigue loquita por él.

—¿Se lo dijo ella?

—No, claro que no, pero se desprendía de las palabras que no pronunciaba. —Desvió nuevamente la vista hacia el balcón y cuando volvió a clavar sus ojos en ella pareció decidida a concretar el motivo de su visita

—. Bien, dígame cuánto dinero tengo que transferirle. Le agradecería que agilizase en lo posible los trámites de la testamentaría, porque los dos hermanos de Diana intentarán impedir por todos los medios que Sergio herede a su mujer. Y son capaces de cualquier cosa.

Irene evocó las tres ocasiones en las que se había encontrado con Ángel y reprimió un estremecimiento. Ella también le consideraba capaz de cualquier cosa.

—¿Me apunta en un papel la cantidad que necesita?, —insistió la otra poniéndose en pie.

Como Irene no tenía mucha idea de que a cuanto podía ascender esos gastos, le apuntó la cifra que consideró más aproximada y luego le sonrió.

—Le daré las facturas de los pagos que realice y después ajustaremos cuentas, —le dijo mientras la acompañaba hasta la puerta.

En el umbral, Consuelo se volvió hacia ella.

—Quiero darle las gracias nuevamente. Lo hemos pasado muy mal los dos, pero al final se ha solucionado todo satisfactoriamente. Téngame informada de todo lo que se refiera a la herencia.

Se perdió en la oscuridad de la escalera y en cuanto desapareció de su vista Irene aporreó con los nudillos la puerta del despacho de Gonzalo. Este le abrió casi inmediatamente y ella advirtió en el acto que no estaba trabajando. Su despacho estaba desmantelado, con la librería desmontada y con múltiples cajas de cartón por el suelo conteniendo los libros del Aranzadi.

—¿Esperas a alguien?, —le preguntó ella por decir algo, porque era evidente que en aquel despacho tan revuelto no podía Gonzalo recibir a nadie.

Sonriendo con cierta sorna, él la condujo a uno de los sillones de los clientes donde la hizo sentarse, tomando asiento en el otro, en lugar de hacerlo tras la mesa.

—Es obvio que solamente a ti, que espero que me ayudes a seguir embalando trastos. Mañana vendrá la casa de mudanzas a trasportar mis muebles y estoy adelantándoles el trabajo.

Recibió Irene la noticia con la boca abierta y le costó trabajo hacerse a la idea.

—¿Te marchas mañana? ¿Y por qué tan pronto?

—No es tan pronto. Mañana es uno de febrero y ya te dije que me marcharía a primeros de mes.

—Pero es que ha transcurrido muy deprisa, —protestó ella como para sí, pero en voz alta—. Precisamente ahora que te necesito más que nunca…

Trató de imaginar los días venideros sin tenerle a él cerca para consultarle sobre los asuntos que pudieran encargarle sus futuros clientes y de improviso se sintió como una huérfana desvalida.

—Vaya, pues eso es muy halagador, —bromeó Gonzalo—. ¿Y por qué o para qué me necesitas tanto?

—Para que me expliques lo que tengo que hacer. No he llevado nunca una testamentaría y contaba con tu ayuda. Me parece muy mal que te largues precisamente ahora.

—¿La testamentaría de ese Sergio Andrade que ha salido hace poco de la cárcel? Creía que no tenía un duro y que no podía pagar los gastos que conlleva.

—Sí, pero es que me ha visitado hace un momento una compañera suya de trabajo que se ha ofrecido a prestarle el dinero. Una profesora de gimnasia del mismo instituto. Me va a hacer mañana una transferencia bancaria y quiero empezar inmediatamente a poner el asunto en marcha.

Gonzalo enarcó las cejas estudiando atentamente su semblante.

—Supongo que ese cliente tuyo te estará agradecidísimo.

Había en su tono algo de sarcasmo, pero ella no lo advirtió.

—Sí, sí que lo está, aunque si todo se ha solucionado satisfactoriamente no ha sido gracias a mí. Afortunadamente el viejo chalado que estrangulaba pintoras en el museo decidió estrangular a una más y le cogieron con las manos en la masa. Por esa razón le dieron la “bola” a Sergio y sobreseyeron su causa, pero él me atribuye unos méritos que no tengo.

—Te has tomado muchísimo interés en su caso y has hecho un enorme esfuerzo, —consideró él en tono más distendido.

—Sí, porque es mi trabajo, pero probablemente solo con mis escritos no hubiera conseguido nada, ¿no crees?

—Puede ser, pero dime, qué relación tiene esa chica que te ha visitado con él. ¿Es solo una amiga o es algo más?

Irene frunció el ceño al tratar de precisar los detalles de la conversación que había mantenido con ella.

—Pues yo creo que es algo más, aunque Sergio lo negó cuando me habló de ella. Probablemente lo hizo así para causarme buena impresión, ya que concurrían en su caso muchas circunstancias desafortunadas que parecían inculparle.

Esbozó Gonzalo un gesto con el que parecía aprobar las consideraciones que acababa de efectuar y ella estudió su rostro como si le viera por primera vez. Aparentaba menos edad de la que probablemente tenía, pero la seguridad que derrochaba infundía seguridad a su interlocutor y le prestaba un enorme atractivo. Sin duda lo apreciarían así sus visitantes femeninos y más de una habría intentado con él una relación más íntima que la de abogado y cliente. En ese momento y por asociación de ideas le vino a ella a la memoria lo que le había referido Sandra sobre las intenciones de Diana de divorciarse de Sergio y sobre su posible relación con el abogado que se lo iba a tramitar. ¿Sería Gonzalo? Recelosamente levantó sus ojos azules hacia él, estudiando atentamente su expresión.

—Me gustaría hacerte una pregunta, pero quiero que me contestes la verdad.

—Es lo que se espera cuando se hace una pregunta, ¿no?, —replicó él irónicamente.

—Estoy hablando en serio, Gonzalo, —protestó armándose de paciencia

—. ¿Me vas a decir la verdad?

Él se echó a reír con ganas.

—Pues no lo sé, pero pregúntame lo que quieras, que ya pensaré yo lo que te contesto.

Irene tragó saliva y buscó en su interior las palabras adecuadas, sin encontrarlas. En cualquier caso, ya daba lo mismo. En el presente, el asesino de las pintoras había sido detenido y el muchacho que se sentaba en la butaca destinada a los clientes, gemela a la suya, no podía ser sospechoso de ningún tipo de delito.

—Quería preguntarte si le estabas llevando tú el divorcio a Diana Alvear. ¿Eras tú su abogado?

Gonzalo se la quedó mirando sin pestañear.

—¿Yo?, no, claro que no. ¿Por qué se te ha ocurrido semejante cosa?

—Porque su secretaria me dijo que se estaba ocupando del divorcio un abogado más joven que ella y me dio a entender que Diana se había encaprichado con él. Tú eres más joven que ella. ¿Cuántos años tienes?

—Treinta y dos, —repuso aparentemente divertido—. ¿Y cuántos tienes tú?

—Veintisiete, pero los años que pueda tener yo no vienen al caso. Lo que quiero saber es si tuviste con Diana Alvear algún tipo de relación.

Gonzalo tardó en responder. La estaba mirando de frente, pero Irene se dio cuenta de que no la veía. Parecía como ensimismado, como si estuviera rememorando algo que le producía cierta añoranza.

—Pues sí, la de un abogado con su cliente, pero ya te dije el otro día que de eso hace varios años y que el asunto que le llevé no tenía demasiada importancia. Fue una reclamación a la galería de arte donde había expuesto sus cuadros. ¿Pero por qué lo quieres saber?

—Pues…

Irene se lo preguntó a sí misma en ese momento. Le hubiera gustado poder darle una respuesta clara y convincente, pero no se le ocurrió ninguna, porque no podía decirle que, sin saber por qué y dado que se habían conocido, había imaginado que pudiera ser Gonzalo el aspirante a convertirse en el nuevo marido de Diana.

—Es que me parece extraño que no te afectara en absoluto enterarte por el periódico de que la habían asesinado, —le dijo al fin, intentando recordar literalmente los comentarios de él en las ocasiones en las que habían comentado el asesinato de la pintora—. Cuando muere de forma violenta alguien a quien has conocido, se suele sentir cierta conmoción, pero tú no has hecho sobre ese asunto la menor observación.

—Tienes razón, pero es que en un primer momento no caí en que se trataba de la misma persona.

Su explicación le pareció a Irene forzada, pero creyó inoportuno insistir.

Lo importante ahora era resolver la testamentaría que llevaba entre manos y no darle más vueltas a algo que pertenecía al pasado.

—Vale, vale, dejemos ese asunto. ¿Me dices ahora qué tengo que hacer para resolver ese enrevesado testamento?

Él se echó a reír.

—Te lo diré, si a cambio haces tú algo por mí.

—¿Cómo qué?, —trató de puntualizar, amoscada.

—Como ayudarme a hacer la mudanza. Mañana, a primera hora, vendrán a recoger mis trastos para transportarlos a mi nuevo despacho.

Necesito que me ayudes a desembalar las cajas y a colocar las cosas en su sitio, ¿entiendes?

Irene se mesó su rubio y rizado cabello.

—Pero mañana es sábado.

—Precisamente. Así tendré el despacho en condiciones para poder empezar a trabajar el lunes. Cuando terminemos de desembalar, podemos ir a comer y después a donde tú quieras.

—Claro, claro, —murmuró ella dubitativa.

Él intentó descifrar su expresión, observándola con la cabeza ladeada.

—¿Qué pasa? ¿Es que ya tenías otro plan para mañana?

Verdaderamente no tenía nada previsto para el día siguiente. Lo más probable era que Marisa y ella dieran un paseo por la tarde o que se metieran en algún cine, pero sin saber por qué circunscribía su relación con Gonzalo exclusivamente a su trabajo y no podía imaginar que él tuviera cabida al margen de este.

—Bueno, —aprobó al fin— después de comer podemos subir de nuevo a tu despacho o volver al mío para que me hagas una relación de los organismos a los que tengo que acudir para resolver la herencia de Sergio.

Y después… después me darás tu nuevo teléfono para poder llamarte cuando necesite tu ayuda.

A Gonzalo no pareció agradarle demasiado el plan que le proponía ella, porque torció el gesto, aunque casi inmediatamente recuperó su habitual expresión guasona.

—De acuerdo, te lo daré, pero espero que me llames para algo más que para ayudarte a resolver los problemas jurídicos que te surjan. ¿Hay algo que te interese al margen de tu profesión?

Irene lo consideró con el ceño fruncido. Le gustaba la naturaleza en todas sus manifestaciones, le entusiasmaba leer y le entretenía la jardinería, pero en el presente le absorbía tanto su trabajo que no podía perder el tiempo en ocuparse de ninguna otra cosa.

—No, ya veo que no, —rezongó él con sarcasmo después de leer en su semblante el curso de sus pensamientos.

—Es que acabo de vivir una experiencia única, —le explicó ella—.

Cuando el otro día recogí a Sergio de la cárcel y le llevé a su casa fue…, No sabría explicarte como me sentí.

—Sí, yo he vivido también unas experiencias similares, pero la sensación de triunfo que se disfruta después es efímera. Enseguida surge un nuevo problema que hay que resolver, por lo que no debes concederle demasiada transcendencia.

Irene se encogió de hombros sin ganas de discutir.

—Es posible, pero todavía estoy disfrutando de esa sensación de triunfo. Y ahora dime qué es lo primero que tengo que hacer con la dichosa testamentaría.

Él asintió con expresión condescendiente.

—¿Has pedido ya el certificado en el Registro de Actos de Últimas Voluntades? Está en la calle Ríos Rosas. Por medio de ese certificado sabrás cual fue el último testamento de Diana y la fecha y la notaría donde lo formalizó.

—¿El último testamento?, —se extrañó Irene—. El testamento lo tiene Sergio.

—No, él tiene una copia del que otorgó Diana hace años. No sabemos si ella dispuso de sus bienes más tarde a favor de otra persona. Con ese certificado tienes que ir después a la correspondiente notaría para pedir una copia autorizada del testamento.

No había imaginado Irene que pudiera ser tan laborioso. Por eso insistió:

—¿Y esa copia autorizada es la definitiva?

—Sí. Tardan en expedir el certificado unos quince días, así que deberías solicitarlo cuanto antes.

Aturdida, hizo un gesto de asentimiento.

—Vale, vale, ¿pero si van a tardar tanto en expedírmelo por qué no me lo has advertido antes? Habría ganado tiempo.

—Tú no me lo has preguntado y, según me dijiste el otro día, tu cliente no estaba en condiciones de pagar la minuta del notario ni el coste de los

documentos que debéis aportarle.

Abrió Irene la boca para protestar, pero en ese instante sonó su teléfono móvil y se aprestó a establecer comunicación. A través de la línea reconoció la voz de Sergio.

—Irene, soy Sergio Andrade, ¿cómo va todo?

¿A qué se referiría con ese “todo”? ¿A su salud, a su estado de ánimo o a la testamentaría? Como no consiguió discernirlo, decidió contestarle ambiguamente.

—Bien, va todo bien.

La voz de él sonó animada.

—Te llamo para invitarte a comer mañana, que es sábado. Quiero agradecerte todo lo que has hecho por mí.

En un primer momento no entendió lo que le decía, pero luego, cuando sus palabras fueron haciéndose inteligibles, parpadeó desconcertada, aunque en ese momento recordó que había quedado ya en ayudar a Gonzalo a hacer la mudanza.

—¿Mañana?, no. Mañana no puedo.

Se hizo un silencio, como si su interlocutor no hubiese esperado esa respuesta y se hubiera llevado una sorpresa.

—¿Has quedado ya o es que tienes trabajo?

¿Cómo debía conceptuar la mudanza de Gonzalo?, se preguntó. ¿Cómo una contraprestación por la ayuda que le proporcionaba él o como una excusa para salir con ella? Como no lo tenía claro, repuso con vaguedad:

—Las dos cosas, lo siento.

—¿Y el domingo?

—¿Qué pasa el domingo?

—Que si estás libre el domingo. Quiero celebrar contigo mi libertad y el domingo podría ser un día estupendo.

Tampoco tenía nada especial que hacer el domingo, pero sin saber por qué no le apetecía encontrarse con él en un escenario ajeno a su trabajo.

Buscó en su mente una disculpa.

—Pero… ¿Cómo vas a invitarme a comer si estás sin blanca? Tú me has dicho que no tienes ni un euro.

—Hasta ayer era cierto, pero las cosas han cambiado, —le contestó él alegremente.

—¿Sí?, ¿y de dónde has sacado el dinero? No habrás hecho alguna tontería, ¿verdad?

—No, claro que no, pero te lo contaré mientras comemos. ¿Dónde te recojo y a qué hora? ¿Te parece bien las dos de la tarde?

Aún vacilante, Irene estuvo conforme y le dio su dirección. Después cortó la comunicación y se quedó mirando pensativamente el aparato.

—¿Era tu cliente, verdad?, —le preguntó Gonzalo observándola inquisitivamente con el ceño fruncido.

—Sí, quiere celebrar su libertad y agradecer mis esfuerzos por lograrlo, pero… no sé, no entiendo nada.

—¿Qué es lo que no entiendes?

—Que me invite a comer. No lo entiendo en primer lugar porque no tiene un duro. Ni siquiera ha pagado al personal de su casa antes de despedirlo. Además esa señora que me ha visitado esta mañana y que se ha marchado hace un momento me va a transferir el dinero que va a necesitar él para gestionar los gastos de la testamentaría. ¿Cómo es que dispone ahora de medios para invitarme a comer?

Desde el sillón en el que estaba sentado, se inclinó él hacia la mesa para tabalear con un lápiz sobre su superficie.

—A lo mejor se lo ha pedido también a esa chica y piensa devolvérselo después, cuando cobre o cuando herede la fortuna de su mujer. Pero, en cualquier caso, ¿a ti qué más te da? Te sentirás muy ufana con tanta invitación a comer, ¿no?

—¿Con tanta invitación?, —repitió sin comprender.

—Sí, con la mía y con la de ese tipo. ¿O es que todos los fines de semana tienes a pares proposiciones como esas?, —le preguntó con sorna.

—Tú no me has invitado a comer, —replicó muy digna—. Me has pedido que te ayude a desembalar tus trastos en el nuevo despacho, a cambio de ayudarme tú a resolver la dichosa testamentaría de Diana. En cuanto a la comida, lo que has dicho es que, después de desembalar, comeremos en alguna parte, dándome a entender que lo haremos porque es una necesidad fisiológica.

Gonzalo enarcó las cejas francamente extrañado.

—¿He dicho yo lo de la necesidad fisiológica?

—Exactamente así, no, pero no has dicho que fueras a invitarme.

Abrió la boca él y la volvió a cerrar con un resoplido de impaciencia.

—Pues yo creo que se sobreentendía. ¿O es que piensas de verdad que necesito que me coloques los Aranzadis en la librería y que les limpies el polvo después? Ha sido una forma, al parecer poco afortunada, de quedar mañana contigo. Tampoco tienes por qué sentirte obligada, —añadió empezando a enfadarse—. Te ayudaría con esa estúpida herencia en cualquier caso.

—Pero…, —empezó ella, completamente desconcertada.

—Pero nada. Olvida la mudanza de mi despacho y aprovecha mañana, que es sábado, para trabajar. Me está empezando a parecer que es lo único que sabes hacer.

Al oír la forma desdeñosa en que se le dirigía, inexplicablemente sintió ella una cierta decepción. En ese momento advirtió que sí le apetecía la cita que él le había propuesto y de la que parecía haber desistido.

—Pero quiero ayudarte a desembalar, —objetó, diciéndose que aún estaba tiempo de arreglarlo—. Me has entendido mal. Además, me gustaría ver tu nuevo despacho.

—Puedes aparecer por allí cuando quieras, —le contestó en tono hiriente—. Tengo unos cuantos compendios jurídicos que te puedo prestar para que te sientas completamente feliz estudiándotelos. Y ahora, perdona, pero tengo que seguir recogiendo esta leonera.

Se había puesto en pie con la evidente intención de despedirla y ella le imitó sin saber qué decir. En cualquier caso no le dio oportunidad. A grandes zancadas se dirigió hacia la puerta y la mantuvo abierta como una clara invitación a que se marchara. Ya en el umbral, Irene hizo un último intento.

—¿Y tu teléfono? Has dicho que me ibas a dar tu número de teléfono.

—Sí, claro, —rezongó él— para que puedas llamarme cuando no sepas qué hacer con los papeles o con los clientes. Espera un momento.

Con otras dos zancadas retrocedió hasta la mesa y garrapateó unos números en la hoja del calendario que tenía sobre la mesa y que aún no

había recogido. Luego regresó junto a ella y se la entregó bruscamente.

—Toma. No olvides llamarme cuando tu sabiduría no esté a la altura de tus necesidades. Y que tengas mucha suerte.

La empujó hacia el pasillo y luego cerró la puerta dando un portazo. En la oscuridad levantó ella el papelito para leer el número de teléfono y se dio cuenta en ese momento que tenía los ojos llenos de lágrimas. Se los limpió de un manotazo y regresó a su despacho para recoger su bolso y apagar la luz. Después bajó la escalera y al salir a la calle apretó el paso para llegar cuanto antes a su casa.

Marisa estaba fregando el suelo de la cocina cuando llegó, pero al ver su expresión apartó el cubo con el pie, dejó apoyada la fregona contra la pared e, inquieta, salió al pasillo para preguntarle:

—¿Qué te ha pasado?, ¿te ha ocurrido algo? Tienes una cara malísima.

Irene se encogió de hombros sin contestar, pero su amiga la obligó a continuar andando por el pasillo hasta el cuarto de estar, donde con suavidad no carente de energía la sentó en el sofá.

—Cuéntamelo, ¿te ha perseguido alguien por la calle como la otra noche?

Ella meneó negativamente la cabeza.

—No, no ha sido nada. No te preocupes.

Se lo refirió, haciendo hincapié en que Gonzalo la había echado de su despacho, ante la mirada comprensiva de Marisa que la escuchó sin interrumpirla.

—¿Y qué es lo que te ha molestado más? ¿Que se haya enfadado contigo o que, como consecuencia, no puedas contar con él para que te ayude en lo sucesivo en los asuntos que no sepas cómo resolver? —le preguntó cuándo terminó su relato.

Lo meditó ella en silencio como si no se le hubiera ocurrido esa última posibilidad.

—Pues… no lo sé. Me ha molestado todo. La forma en la que ha interpretado mis palabras, que me haya calificado de rollazo jurídico y que me haya puesto de patitas en la calle. Bueno, de patitas en el pasillo. Yo no tenía intención de molestarle y lo que había entendido era que necesitaba

que yo le ayudara a hacer la mudanza. En ningún momento ha aludido a que tuviera intención de invitarme a comer.

Una expresión de ternura distendió el apacible y pecoso semblante de su amiga, al tiempo que meneaba condescendientemente la cabeza, como si se estuviera preguntando qué edad mental tendría su compañera de piso.

—Eres completamente tonta, Irene. Estás tan obsesionada con tu trabajo y con los clientes que te van saliendo, que no te das cuenta de lo que sucede a tu alrededor. Por lo que me has contado de él desde que le conoces, está claro que con la excusa de la mudanza ha pretendido salir contigo mañana.

Irene lo consideró en silencio.

—¿Tú crees?

—Sí, a mí me parece evidente.

La otra volvió a meditarlo con el ceño fruncido.

—No lo sé, pero no es tan raro que me absorba lo que se refiere a mi trabajo. Me ha costado mucho conseguirlo, ¿sabes? He tenido que pagarme los estudios trabajando por las tardes en un laboratorio. En el mismo en el que trabajo ahora por las mañanas. Me llevaba los libros a la cama, porque a menudo no encontraba otro momento para empollar y a veces me quedaba dormida con el libraco entre las manos. En esos años aprovechaba los fines de semana para estudiar y ni una sola vez salí de vacaciones en verano. Me iba al pueblo con mis padres a seguir empollando las asignaturas a las que no me había podido presentar en junio. Y cuando por fin conseguí terminar la carrera, y alquilar un despacho con tu ayuda, me he dado cuenta de que aún me faltaba lo más difícil, o sea, que alguien me llamara por teléfono o que pulsara el timbre de la puerta para encargarme algún asunto.

Marisa le dio afectuosamente unas palmaditas en la espalda.

—Sí, sí, ya lo sé. Y ahora que al fin tienes un par de clientes, no puedes pensar en otra cosa.

—Eso es. Además, el asunto de Sergio no ha sido fácil y si ha salido bien ha sido por casualidad.

—No, no lo ha sido y entiendo que te sientas satisfecha contigo misma, pero creo que deberías intentar comprender también a ese muchacho. Él ha superado ya esa etapa en la que te encuentras tú y resulta que el despacho

contiguo al suyo ha sido alquilado por una chica que no está mal y entonces ha hecho intención de salir con ella.

—Sí, ¿y qué?

—Que entonces la chica, en lugar de contestarle que estaría encantada de comer con él, le ha soltado un latinajo y…

—Yo no le he soltado ningún latinajo, —protestó Irene.

—El equivalente a un latinajo, —precisó su amiga—. Es lógico que el hombre haya decidido dejarte por imposible. Lo de echarte de su despacho me parece una reacción un tanto brusca, pero bueno, probablemente tendrá mal genio.

Ante la sorpresa de Irene, se echó a reír.

—Yo no le encuentro la gracia, —se enfadó ella.

—Pues yo sí. Vamos a ver, ¿te interesa ese chico? Si te interesa, dentro de unos días le llamas por teléfono y quedas con él con cualquier excusa. Y

si no te interesa… si no te interesa no tienes de qué preocuparte, ya que se habrá marchado a otro despacho y es muy improbable que en una ciudad tan grande como Madrid te lo encuentres por la calle. Como verás no es demasiado complicado de resolver.

Irene apoyó la barbilla en una mano y permaneció reflexionando con la mirada perdida en la oscuridad de la estrecha calle, que adivinaba más que veía a través de los cristales del decrépito balcón.

—No sé si me interesa, —murmuró como para sí—. Hasta esta tarde solo le valoraba por la ayuda jurídica que podía prestarme, pero ahora que se muda a otro despacho y que no voy a poder comentar los incidentes que surjan a diario… pues no sé. Le voy a echar de menos.

La otra volvió a echarse a reír.

—Bueno, esa cuestión no tienes por qué resolverla esta noche. Hay mucho tiempo por delante. Y ahora vamos a cenar.

Irene la retuvo por un brazo cuando la otra hizo intención de levantarse.

—¡Ah!, se me olvidaba contarte una cosa. Mañana estoy libre, porque, como ya te he contado, mi cita con Gonzalo se ha ido al garete, pero el domingo voy a comer con Sergio que quiere invitarme para agradecerme lo que he hecho por él.

—¿Con Sergio?

—Sí, me ha llamado por teléfono al móvil cuando acababa de proponerme Gonzalo que le ayudase a desembalar sus trastos en el despacho nuevo y por eso he quedado con él en comer el domingo.

Con los ojos entornados, Marisa escrutó la expresión de su amiga.

—¿Y te apetece?

—Pues tampoco lo sé. Me encuentro más cómoda con cualquiera de los dos en un ambiente de trabajo. Incluso en la cárcel me sentía en un escenario apropiado, porque los dos representábamos unos papeles predeterminados. En un restaurante… te repito que no lo sé.

Marisa se puso en pie meneando desaprobadoramente la cabeza.

—No seas absurda. Tienes la edad apropiada para salir y divertirte, al tiempo que cultivas nuevas amistades. Ser abogado no implica que te conviertas en un rollazo jurídico, como, según me has dicho, te ha calificado Gonzalo. Pásalo bien, que ya tendrás tiempo el lunes de plantearte cómo resolver los temas que te hayan encargado. El fin de semana es sagrado.

Interiormente agradeció Irene el afecto que su amiga le demostraba y su generosidad. Al parecer ni siquiera se había molestado al verse relegada el domingo al ostracismo al haber quedado en salir ella con otra persona, pero Irene sí lo pensó.

—¿Y… y qué vas a hacer tú?

—¡Ah!, por mí no te preocupes. Seguramente quedaré con Leandro que me ha llamado un montón de veces esta semana.

El tal Leandro era el vecino del tercero que subía a menudo a su casa con cualquier excusa y que hacía tiempo que rondaba a Marisa, aunque no parecía que a esta le hiciese mucha gracia.

—¿Pero te apetece salir con él?

La otra se encogió de hombros.

—No es mi príncipe azul, si es eso lo que me preguntas, pero para una tarde lluviosa de domingo da la medida. Y por cierto, ten en cuenta que el domingo va a llover, así que busca una ropa adecuada para salir con ese profesor de gimnasia.

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