Secreto Profesional

Ursula Llanos · Capítulo 7 de 18

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Secreto Profesional

Capítulo 6

Rebulléndose inquieta en su butaca, dos días más tarde consultaba su reloj de pulsera una vez más, comprobando que eran las cinco y cuarto de la tarde. ¿Por qué el tiempo avanzaría tan despacio? Había llegado como siempre esa tarde a su despacho a las cinco en punto, sabiendo que tendría que transcurrir media hora antes de que Sergio pasase a recogerla, pero ese lapso de tiempo se le estaba haciendo interminable.

Sacó un espejito del bolso y constató una vez más que los rizos de su rubia melena enmarcaban un bonito semblante en el que destacaban unos ojos azules de pestañas largas y rizadas. Se las había rizado en casa con un aparatito que le había prestado Marisa y las había ennegrecido con el rímel que también le había dejado esta. Gracias a los polvos, su naricilla breve no brillaba en absoluto y el lápiz de labios de color rosa resaltaba la línea carnosa de su boca. Estaba todo en orden, se dijo. También la indumentaria que vestía era la adecuada. Le sentaba bien el traje pantalón azul marino, el jersey rojo de cuello alto y el chaquetón color crema. Toda esa ropa se la había comprado en las rebajas, pero era nueva y, sobre todo, le confería el aire profesional apropiado para empezar a ocuparse de su primer asunto.

De improviso recordó a Gonzalo y que se había marchado dos tardes antes sin aguardar a que, después de despedir a su último cliente, se presentase él en su despacho para escuchar lo que le había comentado María Alvear. Si pasaba a verle ahora, probablemente el tiempo de espera transcurriría con mayor rapidez. Le apetecía además que la viera tan bien arreglada, por lo que no se lo pensó dos veces. Apagó el convector y la luz, cogió el bolso y el maletín en el que no llevaba ni un solo papel, pero que coadyuvaba a proporcionarle un aire de abogado eficaz, y salió al largo pasillo. Gonzalo le abrió la puerta en cuanto llamó con los nudillos. Sin

duda esperaba a otra persona, porque abrió la boca sorprendido, aunque lo disimuló inmediatamente.

—¡Hola!, ¿eres tú?

No parecía que se alegrara de verla, pero quizás obedeciera su gesto a que ella le había dado plantón dos días antes, ya que se había marchado sin esperarle. Por eso se apresuró a excusarse.

—Sí, venía a disculparme por no haber aguardado a que se fuera tu cliente anteayer, tal y como habíamos acordado. Tuve que salir de aquí antes de lo previsto, porque me llamó mi compañera de piso, —improvisó sobre la marcha—. Se encontraba mal y me marché antes de que cerraran la farmacia, porque tenía que comprarle un medicamento. Lo siento.

Él se la quedó mirando como si no entendiera de qué le estaba hablando.

—¿Habíamos quedado en tu despacho a última hora? —se extrañó, enarcando sus oscuras cejas—. Perdona tú entonces, se me olvidó. Es que el asunto que me planteó el último cliente de la tarde era bastante complicado.

Estuve consultando el Aranzadi hasta muy tarde y… bueno, ya te he dicho que se me olvidó. Perdona.

—Eso también me lo has dicho, —refunfuñó Irene con sorna.

¿Sería posible que hubiera estado a punto de esperarle inútilmente?, se preguntó. Afortunadamente a ella también se le había olvidado que habían decidido verse más tarde y se había marchado eufórica después de hablar con Sergio y quedar con este para esa misma tarde, dentro de unos minutos.

Enrojeció al sentirse en una posición tan desairada y dejó escapar una risa falsa al tiempo que hacía intención de regresar a su despacho.

—Bueno, pues entonces estamos en paz, —le dijo en tono ligero—. No tenemos de qué disculparnos ningunos de los dos. Y ahora me marcho, porque van a venir a recogerme dentro de un momento.

—¿No vas a trabajar esta tarde?, —le preguntó él con una indiferencia que a Irene le molestó en lo más profundo. Y como estaba deseando fastidiarle, le contestó muy sonriente:

—Sí, claro que voy a trabajar. He quedado con el marido de la pintora estrangulada en ir a su casa para empezar con la testamentaría. Y por cierto, lo que quería comentarte anteayer es que vino su cuñada, la hermana de la

difunta, a decirme que Sergio no se merece heredar a su mujer y que además fue él quien la mató.

Apoyado en el quicio de la puerta, Gonzalo volvió a enarcar las cejas.

—¿Te dijo que tu cliente es el asesino de su mujer y lo que se te ha ocurrido es irte con ese asesino a su casa? ¿Estás bien de la cabeza?

—Voy a buscar unos papeles que necesito y que no encuentra, —

protestó ella—. ¿No lo entiendes?

—Sí lo entiendo, sí. A la que no entiendo es a ti. Me parece perfectamente natural que le defiendas en el juicio si le acusan de asesinato, pero no que te vayas con él a su casa, donde podría hacerte cualquier cosa.

¿Por qué estás tan segura de que es inocente?, ¿solo porque te parece atractivo?

Irene reprimió un exabrupto.

—El asesino es un viejo, —remachó al límite de su paciencia—. Le grabaron las cámaras de seguridad del museo y lo único que Sergio tiene de común con ese viejo es la estatura. Es muy alto también, pero eso no prueba nada.

—No, pero es un indicio, —alegó muy enfadado—. Deberías llevar más cuidado hasta que se averigüe quien es el culpable.

—Entonces también debería evitar hablar contigo hasta que lo detengan

—farfulló Irene con sorna—. Tú eres tan alto como él, así que también podrías haberte caracterizado como el viejo de la barba blanca y haber estrangulado a las dos pobres pintoras.

—¿Y qué motivos podría tener yo para estrangularlas?, —la rebatió indignado.

—Pues… pues no sé, —reconoció ella tras unos segundos de reflexión

—. A Julia Ramírez la conociste. A lo mejor fue tu novia y te dejó o puede que te hicieran chantaje o… o yo qué sé. Y a Diana… tampoco lo sé, pero, como ya te he dicho, tu estatura también es un indicio. ¿Cuánto mides?

—Un metro, noventa centímetros. ¿Y tú?, —le preguntó mordaz.

—Yo, un metro, setenta centímetros. Soy muy alta, —replicó tontamente.

—Mucho, pero no cabe duda que tú no podrías haberte disfrazado de viejo asesino, —replicó hiriente—. ¿Y dónde vive este tipo con el que has

quedado?

—En la Moraleja, en un chalet impresionante, según me ha dicho María Alvear.

—Un sitio perfecto para que, si es el indeseable del museo, te rebane el pescuezo. ¿Por qué no le has citado en tu despacho?

—Porque tengo que buscarle en su casa unos papeles, —repitió impaciente—. Ya te lo he dicho antes.

—¿Y desde cuándo van los abogados a casa de sus clientes a revolverles los papeles?, —objetó él mordiendo las palabras—. Comprendo que estés emocionada al haber conseguido tu primer cliente, pero eso no es razón para que hagas tantas tonterías. Que busque los papeles él o que contrate a un detective, o mejor aún, a una gestoría. Y sobre todo, no te expongas a que ese tipo te mande al otro barrio o a que te dé un buen susto.

La euforia que sentía Irene se disipó al escucharle como si le hubieran arrojado sobre la cabeza un jarro de agua fría. ¿Tendría razón y ella se estaría comportando como una inconsciente? Pero ya no tenía remedio.

¿Qué podía hacer ahora? Sergio estaba a punto de llegar a recogerla y no se le ocurría ninguna excusa verosímil para anular la cita.

—No te preocupes por mí, que sé cuidarme, —le aseguró muy digna, aunque no sentía ni la mitad de la seguridad que aparentaba—. Mañana te contaré cómo me ha ido y te convencerás de que no había ningún motivo de preocupación.

Fue a retroceder Irene para volver por donde había venido, pero él la detuvo con un ademán.

—¡Ah!, quería comentarte una cosa. He encontrado otro despacho en un piso de la calle Príncipe de Vergara, con sala de espera y una secretaria común para el colectivo de abogados que trabaja allí, y me mudo el día primero del mes que viene. Te daré el teléfono para que me llames si necesitas algo.

Se quedó helada. Se marchaba. No se había dado cuenta hasta ese momento de la seguridad que le inspiraba profesionalmente el tenerle tan cerca. De poder consultarle sobre las insidias de María Alvear y de su hermano, sobre la testamentaría de Sergio y de su defensa en el caso de que volvieran a detenerle. Mentalmente calculó los días que faltaban para que

hiciera la mudanza. Aún tenía quince días por delante. Eran muy pocos, pero lo importante era que Gonzalo no se diera cuenta de lo que a ella le afectaba su marcha. Con un esfuerzo consiguió sonreírle.

—¡Vaya, pues cuanto me alegro! Va a mejorar mucho tu imagen y en nuestra profesión es importante. Y ahora me voy. Ya hablaremos, —le dijo tras consultar nuevamente el reloj y comprobar que ya eran las cinco y media.

Oyó el sonido de la puerta del despacho de él cerrarse bruscamente a su espalda y se dirigió hacia la escalera sin el optimismo que experimentara poco antes. No sabía qué le había molestado más, si que hubiera olvidado dos tardes antes que habían quedado para comentar la visita de María Alvear cuando se marchara el cliente de él, o que estuviera a punto de mudarse de despacho. No, lo que más le había fastidiado había sido notar que, en lugar de alegrarse al verla, le había importunado al acudir en dos ocasiones a consultarle, aprovechando que le tenía tan cerca.

Lo olvidó en cuanto salió a la calle y divisó un coche aparcado en segunda fila delante del portal. No entendía demasiado de marcas de coches, pero sabía que aquel era un Audi deportivo y que era carísimo.

Sergio descendió del vehículo en cuanto ella apareció en el portal y le indicó con un gesto que subiera al coche, haciendo él lo mismo por el lado contrario. Ya en el asiento del conductor, le sonrió al tiempo que giraba la llave y arrancaba el motor, poniendo el vehículo en marcha.

—¡Hola!, te agradezco mucho que hayas venido y siento hacerte perder la tarde, pero es que no sé dónde buscar ya. Diana se ocupaba de todo y…

Es como si al haberse marchado ella… es que no sé qué hacer, —articuló a duras penas, haciendo vanos intentos por sonreír.

Parecía un huérfano desvalido lo que resultaba paradójico en un hombre tan alto y de complexión tan fuerte, por lo que Irene sintió una inmensa conmiseración.

—¿Tú no te ocupabas de nada?, —le preguntó observándole de refilón.

Llevaba él el espeso cabello oscuro muy corto y vestía un pantalón vaquero y un jersey gris, bajo la cazadora de piel negra. No había en sus gestos nada de estudiado ni parecía ser consciente de su enorme atractivo.

Desvió un segundo sus ojos hacia ella y a esta volvió a sorprenderle el color azul de sus ojos, tan claros, tan transparentes.

—Tengo que reconocer que no, —admitió a media voz—. Cuando la conocí, era secretaria de dirección y se dedicaba a resolverle a su jefe todos los problemas. Le compraba el regalo de su mujer el día de su cumpleaños, le sacaba las entradas del teatro y hasta le elegía las camisas y los calcetines. Después, cuando nos casamos…

—Te resolvía la vida a ti, hasta en los asuntos más nimios, como anteriormente lo hacía con su jefe, —continuó Irene por él— ¿no es así?

—Sí, —reconoció Sergio.

—Y tú te dejabas cuidar y que ella se ocupara de todo.

—Sí, —volvió a admitir él—. Ahora no sé qué hacer, —repitió.

Irene evocó a su padre, incapaz de freírse un huevo, a sus dos hermanos varones que jamás intentaron ni tan siquiera hacerse la cama y a su madre corriendo por la casa de un lado para otro sin dar abasto con todo el trabajo doméstico que recaía sobre sus espaldas.

—Pero Diana disponía de mucho dinero, —objetó ella tras unos segundos de vacilación—. ¿No tenía ninguna clase de ayuda?

—Sí, claro que sí. Para las faenas domésticas contrató a una chica que cumple ese cometido desde hace más de siete años. Su secretaria vivía en nuestra casa y se encargaba de preparar las exposiciones y de la venta de sus cuadros…, ya sabes. Pero Diana se ocupaba directamente de las finanzas y de la adquisición de los bienes con los que se encaprichaba y esas son las escrituras que no encuentro, las de los inmuebles.

—¿Y le has preguntado a la secretaria?

—Sí, pero me ha contestado que esos temas los llevaba Diana y que cree que los documentos los guardaba en su despacho, en el archivador del que te he hablado, pero allí no están.

—Bueno, bueno, ahora veremos, —replicó ella pretendiendo animarle, porque la expresión de Sergio no podía ser más sombría. Parecía no entender que Diana hubiese desaparecido de su mundo, lo que no dejaba de ser extraño si su relación con ella se había deteriorado tanto que ella proyectaba pedir el divorcio.

—¿Y en los últimos tiempos Diana seguía ocupándose de todos tus asuntos?, —le preguntó en tono monocorde.

—Sí, —reconoció él—, de todo lo que guardaba relación con la casa en la que vivíamos. De pagarle a Sandra, que era su secretaria, al jardinero y a las dos chicas, la que limpiaba y la que guisaba. De contratar a los pintores que estaban remozando las paredes de las habitaciones, de comprar los potingues que hay que echarle a las piscinas para que el agua no críe algas…, ya sabes.

Irene no había tenido en su vida una casa con piscina, ni por supuesto secretario ni jardinero, pero esbozó un comprensivo gesto de asentimiento.

—Claro, claro, resolvía ella todas las cuestiones domésticas. ¿Pero qué pensabas hacer tú cuando os divorciarais?

Aunque solo le veía de perfil, pudo captar la expresión de consternación de él, como si fuera un niño al que le anunciaran que se iba a quedar sin madre.

—No había pensado nada… aún. Es que me lo dijo el día antes de… de que la mataran. Estaba tratando yo de hacerme a la idea y… supongo que hubiera tenido que alquilar un piso.

Irene frunció el ceño, intentando ponerse en su lugar y descifrar su reacción.

—Dime una cosa, ¿cuándo te dijo ella que quería divorciarse, no te pidió que te marcharas ese mismo día de la casa en la que vivíais?

Sergio meneó negativamente la cabeza.

—No. Estaba enfadada. Cuando se enfadaba perdía los estribos, pero probablemente cuando se le hubiera pasado la rabieta hubiera cambiado de opinión. Aunque… no sé. Yo pensé entonces que había encontrado otro y que por eso…

La voz se le quebró a él al pronunciar la última frase, por lo que Irene se revolvió inquieta en su asiento, temiendo que a continuación pudiera derramar alguna lágrima, pero afortunadamente no fue así. Sergio se limitó a dar un sorbetón y siguió diciéndole más tranquilo:

—Ella no me dijo que fuera esa la razón, así es que a lo mejor me lo estoy imaginando.

—¿No notaste nada?

—Pues no, —reconoció él—. Era muy independiente. Pasaba temporadas en las playas de levante pintando, porque el mar y el sol eran sus temas preferidos. Yo no podía acompañarla por mi trabajo en el instituto.

—Pero bueno, —le interrumpió ella— el día en que te detuvieron me dijiste que desde que se había hecho famosa os llevabais mal y que ella te decía que eras un pobre hombre. No me parece que ese comportamiento, al que te estás refiriendo ahora, le cuadre a la mujer que me describiste ni a la relación que manteníais. Serían más propias de una persona que te quisiera, pese a vuestras trifulcas.

Sergio pareció meditarlo y luego manifestó desconcierto.

—Sí, me gritaba cuando discutíamos, pero cuando se le pasaba el enfado se disculpaba. Era muy temperamental, pero al mismo tiempo muy cariñosa. Últimamente tenía los nervios sumamente alterados, lo que le sucedía siempre que preparaba una exposición. Después, cuando la crítica la ensalzaba y vendía todos los cuadros, reaccionaba eufóricamente en un primer momento, pero luego caía en la más sombría depresión. Le obsesionaba su carrera y a los que la rodeábamos nos trataba desdeñosamente. Incluso con Sandra, su secretaria, que era su paño de lágrimas, se comportaba como si fuera una niña caprichosa y maleducada.

—¿Y Sandra se lo toleraba?

—Sí, porque admiraba su pintura. Probablemente fuese lo único que realmente les importara a las dos.

Habían dejado atrás Madrid y el coche recorría velozmente la carretera bajo un sol pálido que agrisaba el horizonte, anunciando el crepúsculo entre unas nubes deshilachadas. Al llegar a la urbanización, Sergio se desvió de la avenida principal para recorrer una larga calle con chalets a ambos lados, y detenerse finalmente ante una cancela de hierro, que abrió con un mando automático. La atravesó seguidamente y enfilando un camino que en curva atravesaba una pradera de césped bien cuidada, terminó por detenerse frente a una impresionante mansión de dos plantas. Una terraza bordeada de rosales rodeaba toda la planta baja, a la que se accedía por tres escalones ubicados frente al recio portalón de entrada.

Irene subió los peldaños en pos de Sergio y entró detrás de él en un amplio vestíbulo pavimentado en mármol blanco, al fondo del cual arrancaba una escalera también de mármol y del mismo color, que, según pudo comprobar más tarde, debía ser el preferido de Diana.

Sergio se detuvo indeciso en mitad del vestíbulo.

—¿Quieres tomar algo?

—No, quiero que me lleves al despacho de Diana, para buscar esos documentos que no encuentras.

Él vaciló nuevamente.

—¿No prefieres que te enseñe primero la casa?

Irene volvió a denegar con la cabeza su proposición.

—No. Voy a mirar primero en su despacho y si no aparecen las escrituras buscaremos después en los lugares que te parezcan más probables.

Sergio hizo un gesto de asentimiento.

—Ven entonces. El despacho de Diana está por aquí.

Le indicaba un pasillo al que se dirigieron los dos y que recorrieron, para abrir él a continuación la primera puerta de la izquierda, por la que se accedía a una luminosa estancia. Aunque ya estaba anocheciendo, los últimos rayos del sol penetraban por una inmensa cristalera que abarcaba toda la pared del fondo y que daba a la terraza. Los muebles eran blancos.

Una mesa de despacho con un ordenador portátil sobre ella y una butaca de piel del mismo color, una librería y un archivador constituían todo el mobiliario. De las paredes colgaban dos marinas, en las que el mar, intensamente azul, refulgía bajo un cielo deslumbrante por un sol cegador.

—Aquí pasaba Diana la mayor parte del tiempo que estaba en casa, cuando no estaba pintando —le explicó Sergio paseando nostálgicamente su mirada en derredor—. Era el reducto en el que se aislaba de todo y de todos.

Esos cuadros los pintó ella cuando nos acabábamos de casar.

Le señalaba las dos marinas e Irene asintió con la cabeza contagiada por la añoranza que percibía en él. Parecía sentir la ausencia de la que había sido su mujer como si aún esperase verla aparecer en cualquier momento e incorporarse a aquel escenario que había sido tan suyo, como si aún pudiera oír el eco de las palabras de ella, aprisionado entre aquellas paredes.

—¿Te parece que empiece por el archivador?, —le preguntó para romper la tensión que se palpaba en el ambiente.

—Sí. ¿Quieres que me quede o prefieres que me marche?

Irene lo consideró unos instantes.

—Prefiero que te marches. ¿Dónde está el salón?

Él la miró indeciso.

—¿Cuál de ellos?

Como Irene no había estado anteriormente en ninguna casa que tuviera más de un salón, vaciló, aunque lo disimuló inmediatamente.

—En el salón donde tengas el aparato de la televisión. Seguro que retransmiten un partido de fútbol. Porque te gustará el fútbol, ¿verdad?

—Sí, claro, —afirmó él como si lo contrario fuese impensable—. Está ahí enfrente, —le dijo, señalándole una puerta que podía verse desde donde se encontraban, al otro lado del pasillo.

—Pues ve al salón, que cuando te necesite te llamaré.

En cuanto Sergio salió de la estancia, se dirigió ella directamente al archivador y empezó a revolver los papeles que había en las carpetillas del cajón superior. Facturas atadas con una goma elástica, folletos de exposiciones, recortes de periódicos con la crítica de expertos en arte alabando su pintura, álbumes con fotografías de sus cuadros, pero ninguna escritura notarial. Pasó revista entonces al cajón inferior con el mismo resultado negativo. La emprendió a continuación con los mil cajones y cajoncitos de su mesa de despacho en los que encontró objetos tan curiosos como gomas de borrar, bolígrafos ya gastados y hasta una bombilla fundida, pero ningún documento de importancia. Iba a empezar a revolver los armaritos bajos de la librería, cuando una voz a su espalda la sobresaltó.

—¡Hola! ¿Eres la nueva chica de Sergio?

Con un respingo se giró en redondo. El propietario de la voz era un hombre pelirrojo y muy alto. Tenía los ojos rabiosamente verdes y un aire petulante y descarado que la inquietó, aunque consiguió aparentar una seguridad que estaba muy lejos de sentir.

—¿Quién es usted?, —le preguntó con voz helada.

—Me llamo Ángel Alvear. Diana era mi hermana.

Aunque el color de su cabello y el de sus ojos era el mismo que el de María, difería su aspecto del de su hermana en todo lo demás, pues el de esta respondía al de una mujer solitaria y amargada y, por el contrario, el que tenía delante era un hombre muy bien parecido.

—¿Y por dónde ha entrado?

Él dejó escapar una risita sarcástica.

—¿Qué por donde he entrado? Por la puerta naturalmente. Estaba abierta como siempre. Solo la cierran de noche y no todas, pero te he hecho una pregunta.

Irene adoptó un aire adusto y le miró de arriba abajo con severidad.

—He oído una grosería, no una pregunta, y no suelo hablar con personas mal educadas. Estoy trabajando, así que le agradecería que se marchase, a ser posible, por la puerta, ya que, según dice, está abierta.

Ángel se echó a reír, mostrando unos dientes muy blancos. A su pesar se vio obligada Irene a reconocer que era realmente atractivo aunque a ella siempre le había desagradado ese tipo de hombres vividores que no parecían respetar nada.

—Vamos, vamos, no te pongas así. ¿Puedes decirme qué estás haciendo aquí, en el despacho de Diana? ¿O es que eres la nueva chica de la limpieza? No tienes pinta de limpiadora.

Irene volvió a mirarle desdeñosamente de arriba abajo.

—No, no estoy limpiando. Soy la abogado de don Sergio Andrade y estoy trabajando, ya se lo he dicho, así que le agradecería que se marchase de una vez.

—¿Nada menos que la abogado de Sergio?, —comentó él con sorna—.

No cabe duda de que mi cuñado ha tenido siempre buen gusto. ¿Puedo ayudarte a buscar eso que te interesa tanto?

—No, no puede. Y si no se marcha, llamaré a Sergio para que le enseñe la puerta.

Él se apoyó en la pared sonriendo descaradamente.

—Llámale. Si de verdad eres su abogado, estarás buscando las escrituras de las propiedades de Diana, ¿verdad? No las vas a encontrar. Ya las he buscado yo antes que tú y tampoco he dado con ellas. ¿Sabes que Diana y Sergio se iban a divorciar?

Consiguió permanecer impasible sin que se le contrajera ningún músculo de su rostro.

—Lo que sepa yo, no le importa a usted, —replicó muy digna.

—¿No?, bueno, por si no estás al tanto, te haré un resumen. Sergio está liado desde hace mucho tiempo con la profesora de gimnasia de su instituto.

Dicen que el interesado es el último que se entera y en este caso es cierto.

El caso es que, cuando Diana se enteró, le puso de patitas en la calle. ¿No te lo ha contado?

—Le repito que lo que me haya contado no es asunto suyo, —repuso Irene intentando no demostrar su sorpresa. Sergio le había dicho que era Diana la que tenía una nueva relación y que por eso quería divorciarse, ¿le habría mentido?

El otro la miraba ahora con curiosidad, displicentemente apoyado en la pared.

—Debes ser tú entonces la abogado a la que María fue a ver anteayer,

—dedujo observándola con una expresión nueva—. ¿Fue a verte a ti?

—Sí, y haga el favor de no tutearme. No le conozco de nada ni tengo intención de conocerle en el futuro.

—Ya, —continuó él como si no la hubiera oído—. Me dijo mi hermana que eras dura de pelar y que sigues empeñada en defender a Sergio, aunque ella ya te informó de que fue él quien asesinó a Diana.

—¿Estaba ella en el museo y vio como la estrangulaba?, —inquirió Irene secamente.

Él se echó a reír con ganas.

—¿María en el museo?, no.

—¿Y usted?

—¿Yo?, claro que no. No he ido en mi vida a ningún museo ni pienso ir en el futuro. A la que le gustaba la pintura era a Diana, que incomprensiblemente ganó mucho dinero emborronando lienzos. También me parece incomprensible que aguantara a Sergio durante tantos años, pero cuando se enteró de que él tenía un nuevo ligue, la profesora de gimnasia del instituto, decidió darle la boleta. Mi querido cuñado tiene mucho que ocultar y tú cometerías una insensatez ocupándote de sus asuntos.

Fue Irene a replicarle airadamente, pero en ese momento alguien que acababa de entrar y se encontraba de espaldas a ella lo hizo en su lugar.

—¿Qué es lo que tengo que ocultar, Ángel?

Antes de volverse hacia la alta figura que se perfilaba en el umbral de la puerta, reconoció ella la voz de Sergio que, aparentemente tranquilo, se apoyaba en el quicio y miraba imperturbable a su cuñado. Este esbozó una caricatura de sonrisa, visiblemente incómodo.

—Nada. Acabo de conocer a tu abogado y la estaba saludando, —

mintió con toda desfachatez—. He venido a verte por si, dadas las penosas circunstancias que atravesamos, necesitas algo que yo pueda hacer por ti.

A diferencia de la actitud que mantenía con ella instantes antes, parecía estar ahora verdaderamente apenado por la pérdida de su hermana y había perdido su aire fanfarrón y descarado, pero no engañó a Irene ni por supuesto a Sergio que replicó en tono duro:

—Pues mira sí, ya que me lo preguntas sí podrías hacerme un favor y es que te largues inmediatamente y que no vuelvas a aparecer por aquí. No te he dado una llave de esta casa ni creo que te la diera Diana, así que no hay ninguna razón para que te cueles en ella cuando te dé la gana. Y ahora si me haces el favor…

Su tono era amenazador y aunque Ángel era de la misma estatura y quizás algo más corpulento, se encogió visiblemente asustado.

—Ya te he dicho que solo he venido a ver cómo te encontrabas, pero ya me marcho. Te repito que si necesitas algo…

—No necesito nada… de ti. Y ahora te acompañaré hasta la puerta.

Irene les vio salir a los dos del despacho y permaneció indecisa, hasta que un momento más tarde regresó Sergio. Tenía el semblante crispado y fue a sentarse de medio lado sobre la mesa del despacho.

—¿Te ha molestado ese imbécil?, —le preguntó mordiendo las palabras.

Irene hizo un gesto evasivo.

—Lo ha intentado, pero ya sabes que no ofende quien quiere sino quien puede. Me ha parecido un tipo bastante insolente y me ha dicho que había entrado por la puerta, porque nunca la cierras de día. ¿Es verdad?

Sergio se encogió de hombros.

—Puede ser, pero aunque cerrara el portalón de entrada, hay un sinnúmero de puertas de cristales que abren a la terraza. Fue un capricho de Diana y el efecto es muy espectacular, pero esta es una casa que haría las delicias de cualquier ladrón. Podría entrar por infinidad de sitios.

Irene meneó negativamente la cabeza.

—No, si te molestaras en adoptar las medidas de seguridad más elementales, tales como colocar rejas en las ventanas e instalar una alarma conectada con la policía. Creo que deberías procurar que tu cuñado no pueda entrar en esta casa cuando tenga por conveniente. No me ha parecido una persona de fiar.

—No, no lo es, —reconoció él con expresión sombría—. Le define el calificativo de “mal bicho”.

—Y si es un mal bicho, ¿por qué no le impides que venga sin que le hayas invitado?

Él se acarició pensativamente la barbilla.

—Pues… pues no lo sé. Tienes razón, pero es que todavía no me he acostumbrado a esta nueva situación. Antes aparecían él y María sin avisar y Diana les recibía siempre, aunque no se llevaba demasiado bien con ninguno de los dos. El motivo de las visitas de sus hermanos era siempre el mismo. Venían a pedirle dinero y Diana se lo daba. Luego venía ella a quejárseme y me decía que eran un par de aprovechados, pero sentía una curiosa debilidad por ellos, aún sabiendo que no se lo merecían.

—¿A qué se dedica Ángel?, —le preguntó Irene, sentándose también de medio lado sobre la mesa del despacho.

—Es entrenador de baloncesto de los chicos de un colegio. Nos hicimos amigos precisamente cuando éramos unos adolescentes porque formábamos parte del mismo equipo. Por él conocí a María, con la que salí durante un tiempo, pero luego… nos encontramos una tarde los dos con Diana en una cafetería y a partir de entonces…

—Cambiaste a María por Diana, —terminó Irene por él—. ¿Y cómo le sentó a María?

Sergio bajó la vista para fijarla en la punta de sus zapatos como si estuviera avergonzado.

—Mal, le sentó muy mal y aunque han pasado los años sigue sin perdonármelo. Ya casados, encizañaba a Diana contra mí siempre que podía e incluso me atribuía unas aventuras que solo existían en su imaginación.

—¿Una aventura con la profesora de gimnasia del instituto donde trabajas?

Sergio levantó la vista para fijar sus clarísimos ojos en el semblante de Irene. Parecía desconcertado.

—Sí, con la pobre Consuelo, que es y ha sido siempre una magnífica amiga, pero solamente una amiga. ¿Es que te ha comentado Ángel…?

—Sí, me lo han comentado los dos, pero a mí puedes decirme la verdad,

—le advirtió, animándole con un gesto de comprensión a que se explayara con ella—. Te recuerdo que el secreto profesional me obliga a no comentar con nadie lo que tú puedas contarme.

Él negó vigorosamente con la cabeza.

—No, te he dicho la verdad. Consuelo es una compañera de trabajo y nada más. Bueno, algo más, —reconoció después de meditarlo—. Ha sido durante muchos años mi paño de lágrimas. Me desahogaba con ella cuando Diana y yo teníamos un altercado. Consuelo es soltera y vive sola, así que muchas tardes, al salir del instituto, me iba a cenar a su casa y luego veíamos la televisión. Es una mujer muy comprensiva. Solíamos quedar, cuando Diana se marchaba a la playa a pintar. A veces tardaba un mes o más en volver y la verdad era que yo me sentía bastante solo.

Irene se le quedó mirando conmiserativamente.

—¿Y llegó a enterarse Diana de ese supuesto ligue con esa chica?

Sergio esbozó una sonrisa irónica.

—Sí, claro. María no perdió un segundo en ir a contárselo y luego acudió inmediatamente Ángel a echar más leña al fuego.

—¿Y fue por esa razón por lo que decidió divorciarse?

Sergio se quedó silencioso. Luego extrajo una pitillera del bolsillo y le ofreció a Irene.

—¿Quieres?

—No, gracias, no fumo, pero no me has contestado.

—Es que yo también me lo estoy preguntando. No llegó a decirme el motivo y pensé entonces que ella había encontrado otro…, pero sí, esa tarde

estuvo en el saloncito con María y con Ángel y después de despedirles fue cuando me dijo de sopetón que quería divorciarse.

Examinó Irene su moreno semblante ensombrecido, en el que destacaban poderosamente sus ojos azules.

—¿Y no le preguntaste nada? ¿No le preguntaste cuál era el motivo por el que había tomado esa decisión?

Sergio meneó negativamente la cabeza.

—No. Estaba furiosa y cuando se enfadaba era mejor no hacerle muchas preguntas. Pensé aclarar las cosas más adelante, cuando se calmara, pero al día siguiente fue al museo y… —Se interrumpió, incapaz de seguir hablando y ella le dio unas palmaditas en el hombro.

—Era una mujer preciosa, —continuó él cuando consiguió recuperar la voz—. ¿Quieres que te enseñe un autorretrato que pintó hace unos meses?

Está en el salón, encima de la chimenea.

—¿En el salón?, ¿en cuál de ellos?, —le preguntó tontamente Irene, aunque afortunadamente Sergio no la oyó.

Había salido del despacho y la precedía por el pasillo hasta una enorme estancia a la que se accedía desde el vestíbulo por una puerta cristalera de dos hojas. Ella parpadeó deslumbrada al entrar y no porque estuviera la habitación profusamente iluminada. Era por la luminosidad que le proporcionaba la enorme cristalera que daba a la terraza, que a esas horas teñía de un color rojizo el sofá y las butacas tapizados de piel blanca que flanqueaban la chimenea y las que aparecían diseminadas por la estancia.

Junto a la chimenea, una palmera elevaba sus verdes ramas hacia el techo y por todas partes los centros de flores ponían una nota de colorido en la nívea blancura de la decoración. Sobre la chimenea colgaba un cuadro en el que una bonita muchacha de rojizo cabello y ojos de un clarísimo color verde sonreía soñadoramente.

Irene la contempló en silencio.

—Sí, era preciosa.

También él miraba fijamente el cuadro con los ojos húmedos.

—No solo tenía un físico muy atrayente, —dijo con una voz muy ronca

—. Aunque tenía un carácter muy inestable y estaba obsesionada con la

pintura, también era alegre y muy positiva. A su lado cualquier problema se minimizaba. Parecía capaz de resolverlo todo.

Irene paseó su mirada por el salón. Aún no se habían marchitado las flores que en los centros diseminados por la habitación había cuidado ella.

En un revistero junto al sofá estaban apiladas las revistas que sin duda había hojeado y en el aire quedaba todavía el eco de las palabras con las que se despediría de Sergio para ir al museo. Sintió tan real su ingrávida presencia que se rebulló inquieta y consultó su reloj de pulsera.

—Es muy tarde, ya, Sergio. Tengo que regresar al despacho porque he citado a las ocho a una visita.

Él pareció bajar de las nubes.

—Pero no hemos encontrado nada. Por culpa de Ángel no has podido registrar a fondo el despacho de Diana. ¿Quieres que antes de irnos te enseñe la casa?

—No, no. Debe de ser muy grande y no tengo tiempo.

—Bien. Nos marcharemos ya, pero antes me gustaría que vieras la piscina cubierta. Hay otra en el jardín en la que nos bañábamos en verano, pero ese patio es un reflejo de cómo era ella.

La precedió por el pasillo hasta una puerta de cristales que abrió e Irene salió tras él a un patio interior con el techo acristalado que se asemejaba a un jardín tropical. En su centro, una piscina intensamente azul, rodeada de césped en el que crecían las plantas más diversas, recordaba al estanque de un vergel paradisíaco. Las paredes estaban materialmente cubiertas de enredaderas en flor y en pequeños arriates crecían ciclámenes y hortensias de todos los colores. Sin el menor esfuerzo la imaginó allí, alta y pelirroja, entre aquel estallido de verdor, bañándose en la piscina, tan azul como el mar que pintaba en sus cuadros.

También Sergio debía estar rememorando momentos vividos con su mujer en ese lugar, porque, aunque no le miraba, le oyó extraer de su bolsillo su enorme pañuelo y sonarse con él.

—Es precioso, —articuló a duras penas Irene.

—Sí, desayunábamos aquí casi siempre, —musitó él en apenas un susurro—. Y luego, los días de fiesta, como yo no tenía que marcharme al instituto, nadábamos un rato. En invierno, incluso en los días en que

nevaba, nos bañábamos juntos y veíamos como los copos de nieve iban cubriendo el cristal del techo. Diana se reía y me decía que quizás un día lograría pintar lo que veíamos desde el interior de la piscina, pero nunca lo intentó.

Volvió a sonarse e Irene, temiendo que diera rienda suelta a sus emociones, le hizo abandonar el patio y salir al pasillo, donde los recuerdos de él no serían tan dolorosos.

—Tengo que marcharme, —repitió en el tono más pragmático que fue capaz de emitir, pues el ambiente de la casa, tan melancólico, le estaba afectando también a ella—. Creo que lo más práctico será que pidamos un certificado de los bienes que tenía Diana en el Registro de Índices. Después consultaré en el Registro de la Propiedad el nombre del notario y la fecha y el número de protocolo de la escritura y pediremos un duplicado en la correspondiente notaría. Es lo más sencillo.

Él la miró con expresión inescrutable.

—¿Y todo eso cuanto me costará?

Desconcertada, Irene se le quedó mirando con la boca abierta.

—Pues… pues unos cuantos euros, sí, pero tú tendrás algún dinero en el Banco, ¿no es así?

Él meneó negativamente la cabeza.

—Estoy peor que mal de dinero. Diana y yo no teníamos una cuenta corriente conjunta. Hasta que no lleves a cabo la testamentaría…

—Claro, hasta entonces no puedes tocar nada de lo que te haya dejado.

—No, hasta entonces, no.

—¡Pues vaya por Dios!, —se lamentó ella—. No puedes disponer de sus fondos ni por supuesto de sus bienes y para tramitar la testamentaria necesitamos las escrituras. ¿Se las habrá llevado tu cuñado pelirrojo? Él me ha dicho que también las ha buscado y que no las ha encontrado.

Sergio hizo un gesto de impaciencia.

—Lo mejor será que vuelvas otra tarde. Sé que estás muy ocupada y que te estoy haciendo perder el tiempo, pero te pagaré tu minuta en cuanto resolvamos este asunto. Y ahora, vámonos. No quiero que por mi culpa hagas esperar a ese cliente.

Media hora más tarde la dejaba frente al portal de la calle Sagasta y aunque no la esperaba nadie y podía marcharse ya a su casa, se sintió obligada a subir hasta su despacho por si Sergio hubiera decidido espiarla para verificar si era cierto el pretexto que le había dado. La escalera estaba oscura y silenciosa y volvió varias veces la cabeza para cerciorarse, mirando a su espalda, de que no la seguía nadie. ¿Pero quién la iba a seguir?, se preguntó. Había visto cómo Sergio arrancaba el coche y cómo se fundía su automóvil con el espeso tráfico que se dirigía hacia la cercana plaza de Alonso Martínez. Pero de todas formas subiría hasta la primera planta y una vez allí volvería a bajar, se dijo. Se quedaría más tranquila asegurándose de que él se encontraba ya lejos del despacho y de que no podría comprobar por tanto que su pretendida visita de las ocho de la tarde era tan solo una excusa.

Ascendió dos peldaños más tirando de su cartera vacía y de improviso se detuvo con el corazón en la garganta. Una alta y oscura figura se destacaba en la negrura del rellano. Se había quedado inmóvil aguardando a que ella alcanzara el largo pasillo donde se encontraba la puerta de su despacho, por lo que estuvo a punto de darse la vuelta y echar a correr escaleras abajo. Se detuvo en seco al reconocer la voz de Gonzalo.

—Irene, ¿eres tú? Ya me marchaba.

—¡Qué susto me has dado!, —protestó sintiendo cómo el corazón le latía dentro del pecho como una máquina descompuesta—. He creído…

—Que era el asesino del museo, —se rio él, sin sospechar siquiera que eso era precisamente lo que Irene había supuesto. Y cómo ni le pasó por la cabeza que ella pudiera elucubrar tales horrores, le preguntó de buen humor

—: ¿Cómo te ha ido en la casa de ese tipo? ¿Has encontrado las escrituras que buscabas?

Antes de que encontrara las palabras que del susto se le habían perdido en la garganta, descendió Gonzalo un tramo de peldaños hasta alcanzar el escalón en el que se encontraba ella, tratando de distinguir su expresión en la oscuridad de la escalera.

—¿Qué?, ¿no me contestas nada?

Irene se giró sobre sí misma e hizo intención de iniciar el descenso, sin ganas de comentar el resultado de la infructuosa búsqueda en la que había

malgastado la tarde.

—Mal, me ha ido mal. No he encontrado nada y… ya me marcho a casa.

Incomprensiblemente Gonzalo se echó a reír. Al menos a ella le pareció incomprensible su manifestación de hilaridad, cuando ella se sentía tan baja de forma.

—¿Qué es lo que te hace tanta gracia?, —le preguntó mohína cuando recalaron en el portal.

—Que te tomes tan en serio los pequeños contratiempos, —le aclaró él con cierta sorna—. Que no hayas encontrado esas escrituras no es el fin del mundo. Hay otros medios de resolver ese problema.

—Sé perfectamente cuáles son esos medios, —replicó Irene con acritud

—. Pero es que mi cliente no tiene un duro y no puede por tanto solicitar esos datos en el Servicio de Índices, para luego consultar las inscripciones que le interesen en el Registro de la Propiedad y finalmente pedirle una segunda copia al notario. El problema mayor es el notario, que es lo más caro, ¿lo entiendes?

—Sí, claro que lo entiendo. El dinero es necesario para todo.

Habían salido a la calle e Irene hizo intención de despedirse.

—Espera, ¿por qué no me lo cuentas más despacio?, —le pidió él reteniéndola—. Eso y todo lo que te ha sucedido esta tarde que te tiene tan malhumorada. En la esquina hay una cafetería.

—Pero es que…

—Pero es que nada. En media horita y mientras nos tomamos un café puedes desahogarte a gusto. Venga, vamos.

No se le ocurrió a Irene ninguna excusa que oponer y pensó además que quizás él pudiera darle algún consejo que la ayudara a resolver el tema que llevaba entre manos, por lo que caminó a su lado en silencio, ya que con el ensordecedor estruendo de los coches que discurrían vertiginosamente por la calzada era imposible entenderse. Ya en la cafetería tomaron asiento en una mesa apartada, junto a la ventana, e Irene le refirió los incidentes que le habían sucedido desde que se despidiera de él unas horas antes.

—Así que tu cliente vive en una mansión imponente, pero no tiene donde caerse muerto —resumió Gonzalo pensativamente—. El dinero era

de su mujer y él es el heredero, pero no puedes formalizar la aceptación y la adjudicación de la herencia porque han desaparecido los títulos de dominio.

Pues me parece muy curioso.

Irene levantó la mirada hacia él. Se había acodado en la mesa y un mechón de cabello le resbalaba sobre la frente, que había fruncido al reflexionar.

—¿Qué es lo que te parece curioso?

Él se encogió de hombros con vaguedad.

—Nada. ¿Estás segura de que no fue él quien se cargó a su mujer?

—Claro que estoy segura, —replicó exasperada—. Ya hemos comentado ese tema el otro día. Pareces olvidar que antes que a su mujer estrangularon a otra pintora en el mismo sitio y que fue la misma persona la que cometió los dos asesinatos, porque la grabaron las cámaras de seguridad. Un viejo muy alto, vestido de negro.

—Podría haberse caracterizado como un viejo, porque me has dicho que es un tipo muy alto, —apuntó acusadoramente.

—Sí, podía haberse caracterizado, pero si hubiera sido Sergio el asesino, no habría matado a su mujer en un museo. Es el lugar menos apropiado para pasar desapercibido y solamente le cuadra elegir ese escenario a un chalado que estuviese obsesionado con el cuadro de “Las Meninas”. No sé si Julia Ramírez y Diana Alvear tenían algo en común. Las dos eran pintoras y quizás expusieron en la misma galería de arte y el viejo las conoció entonces o… o yo qué sé.

—¿Y qué impresión te ha causado tu cliente?, ¿cómo le definirías?, —le preguntó Gonzalo con curiosidad—. ¿Te ha parecido un hombre violento o responde más bien al tipo frío y calculador?

Rememoró Irene la expresión de él cuando contemplaban el cuadro de Diana que pendía sobre la chimenea y el aire de desamparo que traslucía su semblante en el despacho de su mujer. Pero sobre todo la desolación que denotaba el encogimiento de sus hombros en el patio interior donde se encontraba la piscina cubierta, semejante a un florido invernadero.

—No, me ha parecido que la muerta lo era todo para él. Que dependía absolutamente de ella y que ahora no sabe qué hacer. Da la impresión de haberse quedado huérfano, en lugar de viudo. El cuñado en cambio es un

tipo odioso. También es muy alto y tal vez pudiera haber sido él el que se caracterizó de viejo y estranguló a su hermana.

—¿Y qué sacaría ese cuñado con su muerte?, —objetó Gonzalo cavilosamente—. ¿Recibiría de la pintora asesinada algún legado en el testamento?

—No, que yo sepa, —reconoció Irene—. Pero es un caradura sin escrúpulos que aparece en la casa sin avisar y que ya había registrado anteriormente el despacho de Diana. A mí me daría miedo encontrármelo por ahí. Le creo capaz de hacer cualquier cosa.

Se quedó callada mirando pensativamente la calle, donde la gente transitaba apresuradamente, con la cabeza baja para defenderse del frío reinante.

—No creas que estoy desanimada por no haber encontrado las escrituras que he ido a buscar, —le dijo al fin con la vista fija en la oscuridad del exterior que adivinaba a través de la ventana—. Lo que me ha afectado ha sido el ambiente que se respira en esa casa. Es… es como si ella estuviera todavía allí, entre las flores que cuidaba. Casi me ha sorprendido no encontrármela en ese patio interior tan luminoso. He sentido… como si su presencia perdurara en el escenario en que vivió hasta su muerte. ¿Me entiendes?

Gonzalo hizo un gesto afirmativo.

—Entiendo que eres muy impresionable y que él es tu primer cliente. A veces resulta difícil no involucrarse demasiado, pero debes procurar mantener la cabeza fría y que sus problemas no te perturben. Es la única forma de poder hacer un buen trabajo.

Desvió ella la mirada de la ventana para clavarla en el semblante de Gonzalo que traslucía comprensión. Parecía como si él se hubiera encontrado a menudo en situaciones similares.

—¿Lo haces tú así?

—Lo procuro.

—¿Y lo consigues?

—Yo diría que casi siempre, pero entiendo lo que te sucede. Diana era una mujer muy especial y sin proponérselo ejercía una extraña sugestión en

los que la rodeaban. Al parecer, sigue produciendo ese efecto después de muerta.

Lo había comentado como para sí mismo, con la mirada perdida en algún punto que solo él podía ver, y ella dio un respingo al escucharle.

Desconfiadamente estudió su expresión.

—¿Conociste a Diana?

Gonzalo pareció volver a la realidad desde la dimensión en la que se había ausentado y pestañeó para enfocarla con la mirada como si le costara trabajo reconocerla a ella y regresara a la cafetería desde un lugar muy lejano.

—¿A Diana?

—Sí, acabas de decir que era muy especial. ¿De qué la conocías?

Tardó Gonzalo en responder. Parecía medir cuidadosamente las palabras.

—Hace tiempo le llevé un asunto. Nada importante. Entonces todavía no era famosa ni vivía en esa mansión que me has descrito.

—¿Y después no la has vuelto a ver?

Negó él con la cabeza, pero a Irene le dio la impresión de que no le estaba diciendo la verdad. A continuación miró Gonzalo el reloj e hizo intención de llamar al camarero.

—Es muy tarde ya, Irene. Será mejor que nos marchemos.

—Pero…, intentó objetar ella con la pretensión de insistir sobre el mismo tema.

—Vámonos, —repitió él. Y la tomó por el codo, empujándola hacia la puerta.

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