Secreto Profesional
Capítulo 14
Había pedido permiso en el laboratorio esa mañana y en el Registro de Actos de Últimas Voluntades le presentó el resguardo Irene a la empleada que se hallaba sentada tras el mostrador. Esta no tardó mucho en localizar el correspondiente certificado y se lo entregó. Después de firmar la recepción del documento en el lugar que la otra le indicó, salió a la calle Ríos Rosas y solo entonces se aprestó a echar una ojeada al papel que tenía en la mano.
Desconcertada, leyó nuevamente los datos que contenía. ¿Cómo era posible? Sergio le había dicho que Diana había pedido cita en la notaría para modificar su testamento y que iba a acudir a esa cita el día siguiente al de su asesinato, pero, según el certificado que acababan de entregarle, su mujer había otorgado un nuevo testamento el día anterior al de su muerte.
Inquieta se mesó su rizada melena. Sin duda Diana habría desheredado entonces a Sergio. La sorpresa la hizo tambalearse y se aferró a un árbol que crecía en la acera para recuperar el equilibrio. En ese caso… ¿a favor de quién o de quiénes habría testado Diana? ¿A favor de sus hermanos?
La sola idea de tener que encontrarse con Ángel para entregarle el certificado que acababa de recoger le produjo un escalofrío. Creyó ver su sonrisa cínica y su expresión de triunfo al echar a Sergio de la casa en la que este vivía y hasta le pareció oír la grosera proposición con la que la obsequiaría a ella cuando le entregara el testamento.
Pero quizás el certificado contuviera algún error, se dijo para animarse.
Lo releyó de nuevo y dejó escapar un suspiro de desaliento. No, estaba claro. Quizás Diana intuyera algo o quizás la bronca que había mantenido con su marido la decidió a acudir a la notaría dos días antes al de la cita que tenía concertada. En el certificado constaba esta además y debería pedir allí la copia autorizada del testamento, por lo que extrajo su móvil del bolso y
averiguó la dirección. Se encontraba esa notaría al comienzo de la calle de Eduardo Dato. Iría a solicitar el documento que necesitaba sin perder un segundo.
Poco después ascendía los escalones de la boca del Metro en la calle de Santa Engracia y tras cruzarla y atravesar la plaza de Chamberí, desembocaba en la calle de Eduardo Dato. En la notaría le mostró el certificado al oficial que se encontraba detrás del mostrador y le pidió la copia autorizada del testamento de Diana.
—La semana que viene podrá recogerla, —le contestó este amablemente.
—¿La semana que viene? ¿No podría entregármela ahora mismo?
El hombre hizo un ademán denegatorio.
—No, no es posible.
—¿Y tampoco puede decirme a favor de quien testó doña Diana Alvear?
El oficial volvió a menear negativamente la cabeza.
—Lo siento, pero no puedo hacerlo. De todas formas, déjeme su número de teléfono y la avisaré en cuanto la tengamos preparada. Querrá llevarse también las escrituras de los inmuebles de los que doña Diana era titular, ¿verdad? Nos las trajo para que pudiéramos reseñar todos sus bienes en el testamento, pero para que se las entreguemos a usted tendrá que traernos una autorización del marido de doña Diana.
¿De modo que las escrituras que tanto habían buscado todos en la casa estaban en esa notaría? ¿Qué diría Sergio al enterarse y por qué no se lo habría aclarado Sandra a ella? Esta última lo tenía que saber.
Desalentada, se dijo que la noticia que se vería obligada a comunicarle a Sergio, terminaría de hundirle. Parecía otro desde la muerte de Consuelo.
Sobre todo, desde que se había enterado por la policía que había instruido el atestado de que los frenos del coche que conducía ella habían sido manipulados y que, consiguientemente, su muerte no había sido accidental.
Desde entonces se presentaba en su despacho a diario. Se dejaba caer en una de las butacas frente a su mesa y apenas si pronunciaba dos palabras seguidas. Y estas versaban indefectiblemente sobre Consuelo, de cuya muerte se consideraba responsable por la amistad que habían mantenido los
dos. Aunque las pesquisas de la policía no conducían por el momento a considerar a Ángel Alvear como sospechoso, suponía Sergio que la habían quitado del medio como un aviso de lo que podría sucederle a él si no renunciaba a la herencia de Diana. Sin duda los hermanos de esta debían encontrarse directamente implicados. ¿Qué pensarían o qué sentirían cuando se enteraran de que Sergio no era el heredero de los bienes de su mujer? Imaginó la expresión de estupor de los dos o quizás la de la satisfacción más absoluta si en las disposiciones testamentarias Diana hubiese preterido a Sergio en favor de sus hermanos. Luego imaginó sin el menor esfuerzo la expresión de desolación de Sergio, debida, más que a perder la confortable situación en la que se había acostumbrado a vivir durante los últimos años, a verse obligado a aceptar el triunfo de los dos arpías que habían procurado hacerle la vida imposible con todos los medios a su alcance.
—¿Y tampoco puede entregarme esas escrituras ahora?, —le preguntó impaciente al oficial.
—No, ya le he dicho que necesitamos que lo autorice el marido de doña Diana.
—Está bien, se la traeré en cuanto me sea posible.
Se despidió del oficial y como una autómata salió a la calle. ¿Qué debería hacer ahora? ¿Llamar a Sergio para darle la noticia o esperar a recoger el testamento para estar segura de las disposiciones que contenía?
En esos instantes se encontraría él en el instituto dando clase de gimnasia a sus alumnos, por lo que, en cualquier caso, no era el momento oportuno para ponerse en contacto con él.
¿A quién podría pedirle opinión sobre la forma más oportuna en la que debería realizar su cometido?, se preguntó, mientras cruzaba la plaza de Chamberí en dirección al Metro. La mañana era fría, pero un sol pálido caldeaba los jardines de la plaza y los atravesó sintiendo su agradable calor en el rostro. Se cruzó con innumerables transeúntes que, indiferentes a la angustia que experimentaba, pasaron de largo sin reparar en el peso que sentía sobre los hombros ni advertir que una mano de hierro parecía oprimirla por dentro, dificultándole la respiración. Llegaba ya a la boca del Metro cuando de improviso recordó a Gonzalo. No había vuelto a saber de
él desde que se mudara de despacho, pero podía llamarle por el móvil y, si no estaba ocupado, ir a verle a su nuevo lugar de trabajo.
Le contestó al primer timbrazo del teléfono.
—Gonzalo, soy Irene Carvajal y necesito hablar contigo. ¿Dónde estás?
—En los Juzgados de la Plaza de Castilla, con una toga que no me cubre las rodillas, —le contestó en un tono que dejaba traslucir que se encontraba de buen humor.
Ella se apartó el aparato del oído para mirarlo desconcertada.
—¿Y por qué no te cubre las rodillas?
—Porque soy muy alto y la toga que me han dado me queda muy corta.
El español medio es más bajito que yo y la mayoría de las togas me están pequeñas, —respondió con guasa.
—¿Tienes un juicio ahora?
—Sí, estoy a punto de entrar.
—¿Y vas a tardar mucho?, —le preguntó tontamente ella.
Gonzalo tardó unos segundos en contestar. Seguramente debía de estarse riendo, porque al fin repuso con sorna:
—Pues mira, eso no lo sé. Depende de lo que se explaye el fiscal y de lo pesado que me ponga yo. Calculo que por lo menos una hora.
Después de consultar su reloj de pulsera, ella replicó impaciente:
—Es que necesito verte. Me ha sucedido una cosa terrible de la que he tenido conocimiento esta mañana y…
—¿Muy terrible?, —volvió a bromear él—. Pues vente por aquí. Entra en la sala a presenciar mi juicio y luego, cuando termine, me cuentas esa cosa terrible en el pasillo. A no ser que prefieras acercarte esta tarde a mí despacho. ¿Qué prefieres?
—No se trata de lo que yo prefiera, —replicó con una ansiedad que no lograba dominar—. Se trata de que necesito que me des tu opinión sobre un asunto muy grave, así que voy ahora mismo para allá. ¿En qué juzgado estás?
—En el nueve de lo penal, en la planta cuarta. Si llegas cuando ya haya acabado, te esperaré en el pasillo. Hasta ahora.
Cortó Irene la comunicación y volvió a tomar el Metro. Una media hora más tarde salía del túnel del suburbano para subir las escaleras que
ascendían hasta la plaza de Castilla y se dirigía luego apresuradamente hacia la puerta de cristales de chaflán del edificio donde se ubicaban los juzgados de lo penal. Ágilmente subió los escalones para alcanzar el vestíbulo, donde soportó con estoicismo los empujones de la muchedumbre que se agolpaba en su interior. Un gentío similar pretendía tomar el ascensor y la arrastró en volandas cuando, tras una espera interminable, descendió la cabina desde las alturas hasta la planta baja y se abrió la puerta de la misma. Durante los escasos segundos que invirtió el ascensor en alcanzar la planta cuarta, a la que ella se dirigía, recibió más empellones y algunos codazos, pero al fin pudo salir a un amplio pasillo de mármol que recorrió a toda prisa, consultando el número del Juzgado señalado sobre las correspondientes puertas de madera, que estaban abiertas y por la que se accedía a la respectiva secretaría. Próxima a esta se hallaba otra de dos hojas con un letrerito que indicaba que era la sala de vistas que le correspondía. La lluvia agrisaba la luz que se filtraba por los amplios ventanales que se abrían en la pared opuesta, confiriendo al largo y amplio corredor un aire melancólico, tristón, lo que no contribuyó a levantarle el ánimo.
Cuando alcanzó el juzgado número nueve, ya estaba cerrada la puerta de dos hojas, por lo que se acercó a la agente judicial para preguntarle:
—¿Sabe si ha empezado el juicio hace mucho? ¿Puedo entrar?
La chica hizo un movimiento negativo con la cabeza.
—No, no puede hasta que finalice y es el último de esta mañana. Lo siento.
¿Para qué podría querer ella entrar en la sala de vistas cuando el juicio de Gonzalo hubiera terminado?, se preguntó fastidiada. Seguramente la agente judicial la habría confundido con una estudiante de Derecho que hubiera acudido para aprender la mecánica de una vista. Estuvo por enseñarle su carné de abogado en ejercicio, pero luego lo pensó mejor y tomó asiento en el durísimo banco de piedra, sito bajo el ventanal, consultando impaciente su reloj. Era ya la una y empezaba a notar el estómago vacío, a la par que una ansiedad que iba en aumento. ¿Cómo iba a decirle a Sergio que no era el heredero de Diana? Tendría que abandonar él la suntuosa casa en que vivía y todo lo que había considerado suyo durante
tantos años, incluyendo el espléndido automóvil que conducía desde la muerte de su mujer.
Aunque fuese absurdo, lo sintió como un fracaso propio. Le entregaría el certificado del Registro de Actos de Últimas voluntades y la copia autorizada del testamento y allí terminaría su misión. Como Sergio no era el heredero, no tendría ella ya que efectuar la minuta de la escritura de adjudicación de los bienes de Diana para llevársela al notario. Bastaría con que se despidiera de él y sería Sergio el que debería ocuparse de entregarle a Ángel el testamento y las llaves de los inmuebles de los que había sido propietaria Diana.
Volvió a mirar el reloj. Marcaba ya la una y treinta de la tarde y la puerta de la sala de vistas continuaba cerrada a cal y canto. Se rebulló inquieta en el duro banco de piedra, preguntándose por qué tendría que haber salido aquel asunto tan mal y por qué tendría que ser ella la portadora de unas noticias tan desagradables.
Como la desazón que experimentaba le impedía permanecer quieta mucho rato, se puso en pie y empezó a pasear por el corredor, que iba quedándose desierto por momentos. Vio salir de la sala de vistas contigua a una señora gorda de semblante cetrino que vestía una falda de volantes y que lloraba junto a su abogado. Al fiscal que se detuvo a decirle algo a la agente judicial y luego a un chico con aspecto de gitano que iba esposado y que caminaba entre dos guardias civiles. Estos últimos continuaron hacia el fondo del pasillo y se marcharon escaleras abajo hasta que los perdió de vista. La señora gorda y el abogado se dirigieron en dirección contraria, hacia el ascensor, y, cuando lo tomaron, Irene se quedó sola en el pasillo.
Volvió a consultar el reloj. Ya eran las dos de la tarde. ¿Es que Gonzalo no iba a terminar nunca su dichoso juicio? Le imaginó sentado en el estrado, a la izquierda del tribunal. A esas horas debería estar formulando ya sus conclusiones definitivas, tras haber expuesto el fiscal las suyas. ¿O
estarían todavía practicando alguna prueba?
En ese mismo instante se abrió la puerta de dos hojas de la sala de vistas del juzgado número nueve y un tumulto de personas que hablaban al mismo tiempo salió al pasillo. Sobre el gentío distinguió la cabeza de Gonzalo que sobresalía sobre las de todos ellos y luego, cuando se fueron dispersando
camino del ascensor, pudo verle de cuerpo entero, con una toga que efectivamente le quedaba corta, pero que le confería una gran prestancia.
Llevaba una cartera de papeles en la mano y se le acercó muy sonriente.
—¿Has tenido que esperar mucho?
Sin saber por qué le pareció a ella distinto, más importante que cuando ocupaba el despacho contiguo al suyo, por lo que carraspeó algo azarada.
—Sí, bueno, no. ¿Cómo ha ido tu juicio?
—Para lo que cabía esperar, bastante bien, pero cuéntame ese terrible problema que tienes que resolver con tanta urgencia.
Le indicaba el banco de piedra en el que había estado sentada durante tanto rato, pero ella se resistió a volver a tomar asiento en él.
—No, es muy tarde ya. Vamos a devolver la toga que llevas y a marcharnos de aquí. ¿Has quedado con alguien?
—No, ¿por qué? ¿Es que quieres invitarme a comer?
Se lo preguntaba con cierta ironía, rememorando sin duda el día en el que le había hecho una proposición similar y ella la había interpretado erróneamente, pero, pese a que ese suceso no les dejaba a ninguno de los dos en buen lugar y que había dado motivo a que él se enfadase seriamente, resultaba evidente por su expresión que lo había superado ya y que se alegraba verdaderamente de verla.
—No te voy a invitar a nada, —replicó enfurruñada—. Cada cual puede pagar su comida, porque ya somos mayorcitos.
—Yo sí, —la interrumpió Gonzalo—, pero tú me parece que no.
—Pues estás muy equivocado, —protestó ella levantando dignamente la barbilla—. Por si no lo sabes, te diré que ya he cumplido veintisiete años.
—Sí, ya me dijiste tu edad el otro día. Un vejestorio, —masculló por lo bajo.
—¿Decías algo?, —inquirió recelosamente.
—No, no decía nada, pero vámonos antes de que nos echen. Pasaremos por la sala de toga, devolveremos esta tan raquítica que me dado el encargado y que no me tapa las rodillas y luego podemos tomar algo en una cafetería que está aquí cerca. Pero eso sí, pagando cada uno su cuenta, —
terminó disimulando las ganas de reír.
Seguidamente descendían los dos en el ascensor hasta la planta baja para devolverle la toga al encargado, que la tomó de sus manos y volvió a colgarla en su lugar, entre otras muchas, y poco después se sentaban en la mesa de un local próximo, ya en el paseo de la Castellana, donde los dos pidieron un sándwich mixto y una cerveza. Cuando se marchó el camarero que les había atendido, se acodó él en la mesa, inclinándose hacia Irene con una estudiada expresión de interés.
—Bueno, soy todo oídos. ¿Qué es eso tan espantoso que tienes que decirme?
Ella tomó aire antes de hablar.
—Verás, he ido esta mañana a recoger el certificado al Registro de Actos de Últimas Voluntades para saber cuál era el último testamento que había otorgado Diana Alvear. Ya sabes, la mujer de mi cliente que fue asesinada en el museo y a la que tú le llevaste un asunto hace años. Una pintora famosa, ¿te acuerdas?
—Sí perfectamente.
—Pues me he enterado de una cosa horrible.
—¿De qué cosa?
—Que resulta que Diana se presentó en la notaría el día anterior al de su muerte y otorgó un nuevo testamento en esa fecha, lo que parece indicar que dejó sus bienes a otra persona que no era su marido, porque todo el mundo sabe que se iban a divorciar.
—¿Quién sabe que se iban a divorciar?, —trató de puntualizar Gonzalo.
—Pues a mí me lo dijo Ángel, que es el hermano de Diana, María, que también era su hermana y Sandra que era su secretaria. Si Diana se iba a divorciar de Sergio, lógicamente no iba a testar a favor de él, ¿no te parece?
—Claro, ¿pero cuál es el problema?
Había ido cambiando de expresión y ahora la miraba serio, con la cabeza ladeada, por lo que Irene se sintió un tanto insegura y carraspeó.
—¿Cómo que cuál es el problema?, está clarísimo. ¿Cómo se lo digo a Sergio? Que Diana le haya desheredado significa que tendrá que abandonar la mansión en la que vive desde hace muchos años y olvidarse de todo el lujo de que ha disfrutado mientras ella estaba en este mundo. ¿No lo entiendes?
—Claro que lo entiendo, —replicó él sin alterarse—. Lo que no entiendo es el motivo de que te angusties tanto. No es a ti a quien han desheredado ni tienes la culpa de lo que pueda sucederle a él. Tú te has limitado a pedir el certificado y la copia autorizada del testamento, así que has cumplido con tu trabajo.
—Sí, pero…
La envolvió él en una mirada socarrona al interrumpirla, impidiéndole que terminara de exponer su objeción.
—Y me parece además que no te acuerdas de que el viudo es un heredero forzoso de su mujer, por lo que esta no le puede desheredar más que en determinados supuestos, que no concurren en el presente caso, aunque haya testado a favor de otra persona.
Parpadeó Irene perpleja, intentando hacer memoria. Le pareció que el código civil danzaba ante sus ojos y que, por más que lo pretendía, no conseguía detenerlo en la Sección que le interesaba para refrescar sus conocimientos sobre la materia.
—¿Así que Sergio heredaría en cualquier caso?
—Sí, porque, afortunadamente para él, aún no había obtenido Diana sentencia de divorcio. Por lo que me has comentado, ni siquiera había presentado la demanda.
—Claro, —aventuró ella—. Porque de haberse divorciado ya…
—En ese supuesto sí hubiera podido Diana desheredarle y no tendría derecho a nada de nada.
Sintió Irene un alivio inconmensurable al oírle, a la par que seguía luchando por traer a su memoria los correspondientes artículos del código civil. No había tenido ocasión de llevar ninguna testamentaría en el despacho de abogados donde había trabajado como pasante y apenas si recordaba con claridad lo que había estudiado años atrás en la facultad sobre ese particular, pero como Gonzalo la estaba mirando con guasa mal disimulada, no quiso reconocer que en esos momentos no se acordaba de cuáles eran los derechos hereditarios que asistían al viudo. Por eso frunció el ceño como si estuviera pensando intensamente y murmuró:
—Es que estoy muy cansada de tanto corretear y me he confundido.
Entonces Sergio tendría derecho… tendría derecho a…
—Al usufructo de dos tercios de los bienes de su mujer, ya que esta no tenía descendientes ni ascendientes, —terminó Gonzalo por ella, sin que a su rostro aflorase lo que pudiera estar pensando.
Le pareció a Irene que se había dado cuenta él de que lo ignoraba hasta que se lo había aclarado y que estaba reprimiendo las ganas de reír, por lo que se sintió incómoda y se rebulló inquieta en su silla.
—Bueno, —musitó—. Entonces no es tan terrible, porque Diana debía de tener un patrimonio importante. Lo malo es que si Sergio hereda únicamente el usufructo sobre los dos tercios de esos bienes, no podrá venderlos y por supuesto tampoco podrá vender ninguno de los cuadros que pintó ella.
Meneó Gonzalo afirmativamente la cabeza y un mechón de cabello le resbaló sobre la frente, que retiró peinándoselos con los dedos.
—No, pero si se le adjudicara por su cuota alguno de los inmuebles de los que era propietaria, podría alquilarlo y obtener así una renta.
Lo consideró Irene en silencio, acodada sobre la mesa y con la barbilla apoyada en una de sus manos.
—Sí, pero probablemente el valor de la mansión en la que vive supere el importe de esa cuota, por lo que no sería posible adjudicársela en usufructo. Tendría que abandonarla y buscarse otra, acorde con sus nuevas posibilidades.
Su semblante se había oscurecido y Gonzalo la observó con suspicacia.
—No creo que eso sea tu problema.
Irene se le quedó mirando, extrañada de que no comprendiera la sensación de fracaso que estaba experimentando.
—Pero es que Sergio va a perder lo que seguramente consideraba que le pertenecía. El hogar es importante para todo el mundo.
—¿Y qué?, ¿es que es algo tuyo?
—No, pero…
—… pero no te apetece nada decirle que puede ir haciendo las maletas para trasladarse a vivir a un piso corriente, en una calle corriente, y darle la llave de esa casa tan impresionante en la que vive a un extraño. Hasta es posible que no sea un extraño y que la hereden los hermanos de ella.
Reprimió Irene un escalofrío al imaginar esa eventualidad.
—¿Tú crees?
Gonzalo se encogió de hombros.
—No, no lo sé, pero creo preferible que no nos adelantemos a los acontecimientos. ¿Para qué hacer cábalas cuando ignoramos a cuánto asciende la cuantía de la herencia? Cabe suponer que ese hombre tenga suerte y que se le pueda adjudicar en usufructo esa mansión.
El semblante de Irene empezó a aclararse.
—¡Oh!, eso sería maravilloso. Es una casa impresionante con un jardín precioso y una piscina espectacular.
Incomprensiblemente para ella, Gonzalo empezó a dar señales de irritación.
—Sí es tan magnífica, me parece improbable que la pueda mantener con su nómina, aun alquilando el resto de los inmuebles que herede en usufructo, si es que pudiera heredar alguno más, ¿lo entiendes?
—Sí, claro que lo entiendo, pero… Lo que es obvio es que tendrá que olvidarse de los cuadros de ella. Los vendía Diana por una millonada y dejó preparada una exposición de unos veinte, que iba a presentar dentro de un mes. Me enseñó uno de ellos la secretaria de la difunta y, aunque no entiendo de pintura, me pareció extraordinario. Era como una explosión de luz y de sol, —comentó con los ojos entrecerrados como si aún lo tuviese ante los ojos. Su expresión soñadora dejó paso a otra absolutamente práctica y murmuró fastidiada—: Pero, si Sergio los heredara en usufructo, no los podría vender, así que tendrá que olvidarse de ellos.
—No, no los podría vender. Tendría que contentarse con contemplarlos, colgados en las paredes de esa casa tan maravillosa.
Pronunció su última frase con una acritud tan palpable que Irene lo advirtió y estudió intrigada su expresión.
—¿Qué es lo que te molesta?, ¿qué me guste esa casa?
Gonzalo se encogió evasivamente de hombros.
—No, no me molesta, ¿por qué habría de molestarme?
—Pues lo parece. Aunque la considero maravillosa, a mí no me gustaría vivir en ella. La última vez que fui allí para que Sandra me entregara las llaves, Sergio estaba en la cárcel y Ángel, el hermano de Diana, me dio un susto de muerte.
El semblante de él se tornó sombrío.
—Estupendo. Comprendo que estés ansiosa por resolver las cuestiones de esa familia, —masculló sarcásticamente.
Irene se quedó desconcertada.
—Lo que te molesta es que me tome tanto interés por los problemas de Sergio, pero estoy segura de que tú te volcaste también con tu primer asunto. ¿En qué consistió?
Desviando sus claros ojos castaños hacia la calle, sonrió él al recordarlo.
—Fue un divorcio que me turnaron de Oficio. Intenté que aceptaran divorciarse de mutuo acuerdo y les cité a los dos en mi despacho. Allí me obsequiaron con una bronca monumental. El marido se marchó enseguida como un energúmeno y la mujer enganchó una llorera tremenda. Hipaba e hipaba. Al día siguiente volvieron los dos contentísimos y me dijeron que se habían reconciliado. Me dieron las gracias y se marcharon tan felices. ¿Qué te parece?
—Muy satisfactorio, —opinó ella—. Yo llevo uno contencioso en estos momentos. El de una amiga de la vecina del segundo de mi casa, pero si lograra convencerla de que su marido es un santo y se reconciliara con él, me sentiría estupendamente, porque habría hecho una buena obra.
—Una magnífica obra, —aprobó Gonzalo con sorna.
Como Irene no lo captó, se quedó silenciosa mirando a través de la cristalera de la cafetería a la gente que transitaba por la calle. Caminaban deprisa, con el semblante arrebolado por el frío invernal y el cuello de sus abrigos o chaquetones levantado, cubriéndoles el cuello para protegerlo de la gélida temperatura. Al cabo de unos instantes giró pensativamente la cabeza hacia él.
—Oye, ¿qué crees que debería hacer? ¿Debería llamar a Sergio ya, para explicarle lo que sucede con el testamento o puedo esperar a que me lo entreguen en la notaria?
—Yo esperaría, —repuso él sin detenerse a meditarlo—. Cuando sepas los términos en los que Diana Alvear dispuso de sus bienes, entonces se lo dices y si pasas un mal rato, pues te aguantas. Los malos ratos van incluidos en el trabajo de un abogado.
Con una sonrisa de alivio, Irene aceptó su consejo.
—Muchas gracias por todo, Gonzalo. No sabes lo que me has ayudado ni lo mucho que te he echado de menos desde que te marchaste del despacho.
—¡Ah!, ¿sí?, —murmuró él con el semblante impasible—. Pues no se te ha notado mucho. Desde que me mudé, no me has llamado por teléfono ni una sola vez. Será porque todo lo demás te ha salido bien y no has tenido problemas.
Dudó ella en contarle el miedo que había pasado en las ocasiones en las que había notado que la seguían por la calle y la tarde en la que esa persecución había tenido lugar por la escalera del edificio en el que vivía. Y
el pánico que sintió cuando acudió a la casa de Sergio para que Sandra le entregara las llaves y se quedó sola en el chalet. ¿Debería referirle cómo la había atemorizado Ángel ese día y en todos los que se había encontrado con él o sería mejor no decirle nada? Imaginó al instante lo que Gonzalo le diría. Que renunciase a llevarle a Sergio su testamentaría y que en lo sucesivo aceptase únicamente los asuntos de los clientes menos conflictivos. Pero no lo podía hacer. No podía dejar a Sergio en la estacada ahora que había muerto Consuelo y que probablemente las disposiciones del testamento de Diana no serían tan satisfactorias para él como esperaba.
Tendría que ocuparse de que al menos el usufructo de los dos tercios de la herencia de ella recayese sobre los bienes que prefiriese. Luego le perdería de vista y podría vivir nuevamente sin sobresaltos.
—¿En qué estás pensando?, —le preguntó él, sorprendido al verla tan callada.
—En que me gustaría ver tu despacho nuevo, —repuso ella para no tener que decirle lo que verdaderamente pasaba por su mente—. ¿Estás a gusto en él?
—Sí, la renta es más alta, pero su nivel es muy superior al del tuyo.
¿Cuándo quieres que te lo enseñe? Creo que hay un despacho que se va a quedar libre y a lo mejor podría interesarte.
—¿Y cómo lo iba a poder pagar?, —protestó pesarosamente Irene—.
Dudo mucho que Sergio pueda abonarme una minuta decente ahora, aunque quizás…
Él se quedó pensando, con la mirada fija en los transeúntes que pasaban por la calle.
—¿Te gustaría sustituir a otros compañeros en las vistas de sus juicios?,
—le preguntó repentinamente.
—¿Quieres decir que…? Pues no lo sé, porque todavía no me he estrenado en ninguna vista. ¿Por qué lo preguntas?
—Porque sé que varios compañeros de mi nuevo despacho están buscando a un abogado principiante que cobre poco y acuda a las vistas en su lugar. A lo mejor te interesa.
Ella lo consideró con el ceño fruncido.
—Pero es que entonces tendría que dejar de trabajar en el laboratorio y como tres veces al día con el sueldo que me pagan. Gracias de todos modos.
Ahora tendremos que irnos. Llama al camarero y…
—… y cada uno pagaremos nuestro sándwich, —terminó Gonzalo riéndose—. Me pregunto por qué te molesta tanto que te inviten a comer.
Recordó Irene el domingo en el que había salido con Sergio para celebrar su excarcelación y lo mal que le había sentado que le propusiera pasar un fin de semana con él en la sierra. Y lo que le había desconcertado que pretendiera que se acercaran después de comer a su mansión de la Moraleja con el pretexto de buscar las escrituras de las propiedades de Diana. ¿O no sería un pretexto y la intención que le guiaba verdaderamente era continuar con la búsqueda de esos documentos?
—No me molesta. Lo que me irrita es que alguien confunda una reunión de trabajo con una cita, —replicó muy seria. Son dos cosas distintas.
—Completamente distintas, —admitió muy serio.
—Pues eso, no me gusta que los clientes me inviten a comer y confundan una cosa con otra.
—Pero yo no soy tu cliente, —alegó él a media voz.
—No, pero sí somos compañeros de trabajo. Cuando nos vemos, es para hablar de los temas que llevamos entre manos y para tratar de resolverlos, no para hacer el tonto. Por eso cada uno debe pagar su cuenta.
—Efectivamente, —dijo él como si le hubiera convencido.
—De todas formas, me gustaría ver tu despacho. En cuanto termine con los problemas de Sergio te llamaré y si te viene bien, me acercaré en un
momentito. ¿Qué te parece?
—Me parece estupendamente, —manifestó él en tono lúgubre.
Después de pagar al camarero que les había atendido, salieron al Paseo de la Castellana, con sus amplios bulevares que parecían reflejar la tristeza del invierno bajo el cielo plomizo hacia el que los árboles alzaban sus ramas desnudas. A esas horas de la tarde apenas si algún coche transitaba por sus amplias calzadas y se cruzaron tan solo con un par de ateridos transeúntes que caminaban aprisa, como si se les hiciera tarde para llegar a su destino.
—¿En qué has venido?, —le preguntó él.
—En Metro, ¿y tú?
—También. ¿Tienes a algún cliente citado esta tarde en tu despacho?
Ella denegó con la cabeza.
—No, citado no, pero últimamente suelen aparecer algunas visitas sin avisar. Me refiero a Sergio, que se presenta casi todos los días. Viene a desahogarse, a descargar su depresión.
—¿Y quién más ha confundido tu despacho con la clínica de un psicólogo?, —le preguntó con sorna.
Irene esbozó un gesto evasivo.
—No, me he expresado mal. Ha transcurrido ya algún tiempo desde que recibí a esas visitas espontáneas. Ya te comenté en su día la conversación que mantuve con María Alvear. Vino a meterse con Sergio, porque no le perdona que prefiriera a Diana en su momento. Por lo visto salió primero con ella, pero cuando él conoció a su hermana menor, que era igual de pelirroja, pero más alta, más guapa y además pintaba mejor, se decidió por esta. María me pareció una amargada y una rencorosa, que sigue loquita por él. Después vino también una compañera del instituto donde trabaja Sergio, que ha muerto hace unos días en un accidente de tráfico. Según la policía, alguien manipuló los frenos del coche de Consuelo y se estrelló esta contra un camión, pero hasta la fecha no ha encontrado ninguna pista de quién haya podido ser el autor. Sergio está ahora deshecho y no habla de otra cosa.
—¡Vaya!, lo siento. ¿Y tiene tu cliente alguna sospecha plausible?
Irene se encogió cansinamente de hombros.
—Sergio piensa que su cuñado, Ángel ha sido el autor. Es un mal bicho y haría cualquier cosa por perjudicar a Sergio. Consuelo estaba muy unida a este, incluso es posible que fueran más que amigos.
—O sea, que te han visitado en el despacho todas las mujeres que pertenecen al harén de ese hombre, —comentó él con algo de sarcasmo.
—Bueno, sí, —reconoció Irene pensativa— pero no creo que Sergio se haya dejado engatusar por ninguna de ellas, porque adoraba a su mujer que debía ser de armas tomar.
—¿Por qué lo dices?
—Porque él vivía a su sombra. Ahora se siente como un niño que al perder a su mujer se ha quedado huérfano. Aunque es tan alto como tú y bastante más corpulento, a mí me produce la impresión de que es incapaz de valerse por sí mismo.
—Será todo lo desvalido que quieras, pero produce estragos en el sexo femenino, —apuntó Gonzalo en un ácido tono que destilaba ironía—.
¿Cómo llevaba esa circunstancia su mujer? A lo mejor, por eso modificó su testamento.
—No, ya te he dicho que el motivo fue que ella quería divorciarse. Pero ahora tenemos que volver a nuestros respectivos despachos. Yo voy a coger el Metro, ¿y tú?
—También.
—Pues vamos.
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