Secreto Profesional
Capítulo 9
Aparcó Irene el viejo y polvoriento Ford Fiesta junto a la verja de hierro, cuya cancela estaba abierta, y bajó del coche. En cuanto la traspuso notó que el optimismo con el que había planeado el día anterior la visita a la casa de Sergio se iba apagando gradualmente conforme avanzaba por el empedrado sendero que, atravesando una pradera de césped, giraba en suave curva hasta la puerta de la casa. El edificio, de dos plantas, era moderno y las puertas de cristales que se abrían a la terraza reflejaban el tinte rojizo del sol de la tarde que empezaba a batirse en retirada. No había nada de siniestro en el artístico diseño de la casa ni en el cuidado jardín que la circundaba, pero, sin saber por qué, experimentó Irene una absurda aprensión conforme se iba aproximando al edificio.
Embutida en un chaquetón de color gris, Sandra la esperaba en la terraza, sentada en una silla de mimbre blanca, y se puso en pie en cuanto la vio aparecer. Rondaría los cuarenta años, probablemente los habría dejado ya atrás, y era alta y delgada, con un semblante anguloso, no muy agraciado, y un cabello oscuro, liso y sin brillo, que llevaba sujeto en la nuca, en una coleta.
—¿Es usted Irene Carvajal?, —le preguntó con una voz algo ronca.
Sostenía un cigarrillo entre los dedos y ella achacó la gravedad de su tono al hábito del tabaco, del que sin duda abusaba su interlocutora, como lo denotaba la tonalidad amarillenta de los dos dedos de su mano derecha.
—Sí, ¿y usted es Sandra González?
—Sí, he trabajado como secretaria de Diana durante los últimos cinco años, —le explicó con un semblante sin expresión—. Yo era su mejor amiga y…
—Lo siento, lo siento mucho, —murmuró apenas Irene—. Para usted ha tenido que ser una gran pérdida.
La otra hizo un gesto afirmativo sin que su serena expresión se alterase.
—Sí lo ha sido. Diana no se merecía que la estrangularan. —Pasó una mano por su frente como si estuviese mortalmente cansada y luego levantó hacia ella unos ojos apagados, carentes de brillo y de expresión—. Defiende usted a su marido, ¿verdad?
No había en su tono ningún matiz acusatorio, e Irene intuyó que aprobaba que se hubiese hecho cargo como abogado de los intereses de Sergio.
—Sí. Ayer fui a visitarle y… y me encargó todo lo que le comuniqué a usted anoche por teléfono.
Sandra se la quedó mirando inexpresivamente.
—El jardinero, Dorita y Charo han tenido que marcharse ya, —le manifestó indolentemente, con los brazos colgando a lo largo del cuerpo como si le faltasen las energías necesarias para elevarlos y poder así accionar con las manos—. No han querido esperarla al saber que no iban a cobrar por los días que han trabajado este mes. Yo me he ocupado de explicárselo, así que no tiene que preocuparse por ellos. Pero venga conmigo.
La precedió dentro del vestíbulo, tan limpio y ordenado como Irene recordaba y luego la hizo pasar al salón principal, blanco y luminoso, con flores sobre las mesas y repisas adosadas a las paredes por todos los rincones, soportando maceteros de cerámica de las que colgaban plantas.
Desde el cuadro que pendía sobre la chimenea, Diana sonreía y parecía mirarlas con sus ojos grandes y verdes, como los de una gata.
Sandra le señaló el lienzo.
—Era tal y como se la ve en el cuadro, guapa, alegre y… original, sí.
Todos los artistas lo son.
—Usted la conocería bien. Si llevaba trabajando con ella cinco años…
—La conocí mucho antes, —la interrumpió Sandra—. Empecé siendo su marchante y al cabo del tiempo me convertí también en una especie de secretaria. Viajábamos juntas y permanecía a su lado durante semanas, cuando elegía una playa que la inspiraba para pintar.
—¿Y qué hacía usted mientras ella se dedicaba a su arte?, —le preguntó Irene con curiosidad—. ¿Se sentaba a mirar como pintaba o…? ¿Qué es lo que hacía?
—Me ocupaba de ella, —musitó apenas, sin que su anguloso rostro reflejase ninguna emoción—. Como todo artista que se precie, Diana era antojadiza e infantil. Me ocupaba de proporcionarle sus caprichos y de animarla cuando se deprimía. Se deprimía muy a menudo, cuando el cuadro que pintaba no respondía al que había vislumbrado previamente en ese lugar del alma que es patrimonio exclusivo de los pintores. Impedía entonces yo que lo tirase al suelo y que patease el lienzo. Era una mujer muy temperamental.
Había salido del salón e Irene la siguió a otro contiguo y de menores dimensiones, comunicado con el anterior por una puerta corredera. El sofá y las butacas de piel eran blancos y la mesita delantera, de cristal, estaba materialmente cubierta de orquídeas en flor. De la pared pendía un retrato de Sergio sobre un fondo marino y Sandra se lo indicó.
—Lo pintó Diana al poco de casarse. ¿Le gusta?
En el cuadro, su autora había plasmado a Sergio con total exactitud, aunque algo más joven. Parecía mirarla fijamente desde el lienzo con sus brillantes ojos azules. Irene no supo en un principio qué responder.
—Pues… yo diría que el parecido es asombroso.
—Sí, —reconoció Sandra impasible—, pero la técnica del cuadro deja mucho que desear. Por aquel entonces Diana era una pintora del montón.
Dudó Irene en formularle la pregunta, porque no sabía cómo iba a reaccionar Sandra al escucharla, pero al fin se decidió.
—¿Y Sergio no las acompañaba nunca cuando se marchaban las dos de viaje a alguna playa para que ella pintase una marina?
Por primera vez su semblante manifestó alguna emoción. Desvió hacia ella sus ojos castaños, de pestañas cortas y claras, y los fijó sorprendida en su semblante.
—¿Sergio?, no, claro que no. No podía dejar el instituto donde trabajaba, aunque por su gusto se hubiera venido con nosotras. Adoraba a Diana, aunque esta le trataba con bastante despego. Es un hombre maravilloso que transigía con todo, con tal de darle gusto. En la última
etapa, Diana no le soportaba. De hecho, se hubieran divorciado, si a ella no la hubiesen asesinado tan oportunamente.
Musitó las últimas palabras con el semblante sin expresión e Irene se rebulló inquieta. No acababa de saber si, en el caso de que el fiscal o ella misma la citasen como testigo, su testimonio favorecería a Sergio o si, por el contrario, le incriminaría aún más.
Precediéndola, Sandra había salido ya del salón y le mostró un comedor, abriendo otra puerta corredera. Era una amplia estancia con una mesa en el centro, lacada en blanco, rodeada de ocho sillas, y adosado a la pared un mueble bajo, igualmente lacado en blanco, que hacía las veces de aparador, sobre el que colgaba una marina resplandeciente de sol. Cegados por sus fulgores, unos pescadores recogían sus redes en la playa con los pies hundidos en la abrasadora arena. Sandra se la señaló.
—¿Le gusta?
—Sí, —reconoció Irene—. Es tan luminoso… Se nota al contemplarlo que su autora disfrutaba intensamente de la vida y que le entusiasmaba el mar.
—Efectivamente, —corroboró Sandra desviando su mirada hacia la ventana, a través de la cual se veía el jardín y la piscina, como un islote azul en un mar de césped—. Últimamente prolongaba indefinidamente las temporadas que pasaba en la costa, sobre todo en la de levante. Estaba pensando incluso trasladar allí su residencia.
—¿Iba a comprarse una casa en la playa?
—Ya era propietaria de una en la costa de Alicante. Era allí donde estaba planteándose trasladar indefinidamente su residencia.
Salieron al pasillo y entraron las dos en el despacho de Diana. Sandra localizó inmediatamente los contratos de suministro de la casa en una de las carpetas del archivador y se los entregó a Irene. Con disimulo y a espaldas de la secretaria, los guardó esta en el maletín, para que no pudiera darse cuenta de que no llevaba ningún documento en su interior. Luego Sandra le fue mostrando las restantes habitaciones de la planta baja: una biblioteca, un gimnasio, dos baños, la cocina y los dormitorios de servicio con otro aseo. Le enseñó después la leonera de Diana. Una estancia con salida
independiente al jardín, abarrotada de lienzos sin pintar, de caballetes, de cuadros apilados por los rincones y de útiles de pintura.
—¿Pintaba aquí?, —le preguntó Irene a media voz, con la sensación de encontrarse en un santuario.
—No, tenía un estudio en la plaza de Pontejos, en el mismo casco histórico de Madrid. En un piso muy pintoresco, de su propiedad, ubicado en la última planta de un edificio, cuya construcción data de finales del siglo XIX. En esta habitación guardaba sus útiles de pintura y… sí, pintaba aquí a veces, cuando no se sentía con fuerzas para arreglarse y salir a la calle.
Pestañeó Irene algo perpleja.
—¿Con fuerzas? ¿Padecía alguna enfermedad?
—No, qué va, disfrutaba de una magnífica salud, pero, como le he dicho antes, su humor era muy cambiante y cuando se sentía baja de forma no nos escuchaba a ninguno de los pretendíamos animarla.
La precedió seguidamente Sandra hacia el pasillo y cuando recorrieron este y llegaron al vestíbulo, le indicó la escalera.
—¿Quiere ver el resto de la casa? Antes tengo que consultarle una cosa, porque la verdad es que no se qué hacer.
—¿A qué se refiere?
—A la exposición de pintura que Diana y yo teníamos proyectada. Ya había terminado ella todos los cuadros que tenía previsto exhibir y solo nos faltaba cerrar el trato con la galería de arte. Ahora que ella no está y que Sergio… que Sergio tampoco se encuentra aquí, no sé si es usted quien debe tomar las decisiones a ese respecto o… no sé qué hacer, ya se lo he dicho.
Irene lo consideró en silencio y terminó por asirse a la barandilla de la escalera, de espaldas a Sandra, para poder reflexionar con más libertad, y que Sandra no pudiese adivinar los derroteros de su proceso mental.
—Debemos esperar a que se resuelva la testamentaría de Diana, —
opinó sin mirarla—. Cuando la herencia le sea adjudicada a su heredero, será este el que decida cuándo es el momento más oportuno para realizar esa exposición, pero hasta entonces usted y yo nos limitaremos a custodiar
esos cuadros, manteniéndolos en un lugar seguro, ya que deben valer mucho dinero.
—Mucho, —corroboró melancólicamente Sandra—. Quiero enseñarle donde se encuentran y darle la llave para que sea usted la que se responsabilice de esa custodia. Venga conmigo.
La adelantó nuevamente por el pasillo en dirección contraria a la del vestíbulo, abriendo la puerta del fondo y cediéndole el paso a continuación tras encender la luz eléctrica, dado que las persianas estaban echadas. Se encontraban en una cocina, alicatada en una suave tonalidad crema, con muebles blancos y centros de flores sobre las encimeras. Nada más entrar, le indicó una puerta de madera, lacada en el mismo color de los azulejos, que parecía fundirse con estos en la pared frontera a la de la entrada, y que se hallaba junto a otra puerta de cristal por la que se accedía a la parte posterior del jardín.
—Por ahí se baja al sótano, —le explicó.
Al accionar Sandra la manilla para abrirla, dejó esta al descubierto el inicio de una vieja escalera de madera, apenas entrevista por la claridad procedente de la cocina. La secretaria le indicó con un gesto que la siguiera, después de accionar el conmutador de la luz y la precedió. Los peldaños chirriaron bajo sus pies cuando iniciaron el descenso hacia la oscuridad que se cernía a sus pies y que olía a húmedo. Desde la cocina, Sandra había encendido la luz y una bombilla polvorienta que colgaba del techo del sótano apenas si disipaba las sombras de la escalera por la que iban bajando, tanteando los peldaños con los pies.
Se dijo Irene que aquella escalera no guardaba relación alguna con la edificación, alegre y luminosa, que habían dejado sobre sus cabezas. Le pareció un elemento discordante en aquel entorno suntuoso, adecuada para ubicarse en un edificio construido en siglos anteriores que hubiese sido abandonado por sus dueños. Igualmente el sótano en el que acababan de recalar, podría pertenecer a esa casa vieja, pues no era más que un antro maloliente, abarrotado de chismes cubiertos de polvo.
—Tenga cuidado no se vaya a manchar, —le advirtió Sandra, aún asida al pasamanos, volviendo la cabeza hacia ella—. Esto está muy sucio, porque no se suele utilizar, pero venga.
Sin que al parecer le preocupase demasiado estropear su pulcra indumentaria, se dirigió en línea recta hacia una estantería que ocupaba la pared que se hallaba frente a la escalera y la corrió sobre unos invisibles carriles, empujándola de lado. Al retirarla, una puerta blindada apareció tras ella, que abrió con una llave que extrajo de su bolsillo.
—Aquí dentro están los cuadros que Diana pintó para la exposición que tenía proyectada. En total son unos veinte, —le explicó—. ¿Quiere ver alguno?
Recordando cómo había alabado Marisa la obra pictórica de Diana, Irene asintió, pues, aunque en ese terreno era una completa ignorante, sentía curiosidad por contemplar lo que su amiga consideraba extraordinario y único.
—Me gustaría, sí, ¿pero no la estoy entreteniendo demasiado?
Seguramente tendrá cosas importantes que hacer.
—No se preocupe, —replicó Sandra impasible.
De espaldas a ella, terminó de abrir la puerta blindada y extrajo un lienzo, mostrándoselo. El mar intensamente azul deshacía suavemente una ola sobre la arena dorada de la playa, en la que dos niños se agachaban para coger caracolas a sus pies.
La impresión que produjo en Irene al primer golpe de vista fue que en el lienzo había quedado aprisionado un sol cegador, que deslumbraba a los niños y que quemaba la arena que pisaban estos. Creyó sentir su calor en el rostro, como si en lugar de encontrarse en un sótano oscuro y mugriento, hubiese sido trasladada por arte de magia a una playa del mediterráneo en plena época estival.
—Es… es precioso, —articuló a duras penas.
A su espalda, Sandra permaneció en silencio unos segundos, antes de darle su opinión.
—Es sencillamente genial, —la corrigió—. Diana plasmó en el lienzo esa achicharrante luz del sol de las playas de levante en pleno verano. Casi puede sentirse, ¿no cree?
Aún con la boca abierta, Irene hizo un gesto afirmativo.
—Y fíjese en las sombras, —se entusiasmó Sandra señalándolas en el lienzo. Por primera vez desde que la había conocido, su anodino semblante
se había distendido al reflejar las sensaciones que experimentaba. Parecía iluminado por una luz interior, como si la emocionada admiración que le producía aquel cuadro afluyese a su rostro embelleciendo sus facciones—.
Al igual que para los impresionistas, para Diana no eran de color gris, sino malva en la mayor parte de las ocasiones, —continuó con una voz trémula que no se asemejaba a la suya—. ¿Lo ve? Este es mi cuadro predilecto, aunque los demás no desmerecen.
Volvió a guardarlo y cerró la puerta blindada con dos vueltas de llave.
Luego le entregó esta a Irene y corrió la estantería sobre ella.
—Cuídelos, —le pidió—. Procure sobre todo que Ángel y María no averigüen su paradero. Cuando salga Sergio de… del lugar donde se encuentra, decidirá lo que haya que hacer.
Parecía creer que él quedaría absuelto en breve plazo de la imputación de la que había sido objeto y que, consecuentemente, heredaría a no más tardar los bienes de su mujer. Irene hubiera dado algo en ese momento por creerlo también, pero afortunadamente Sandra no le preguntó nada a ese respecto. Silenciosamente se había dirigido de nuevo hacia la escalera y la precedió por los chirriantes peldaños hasta que las dos alcanzaron la cocina.
Una vez allí le indicó el pasillo, que recorrieron en silencio y ya en el vestíbulo le señaló la escalera de mármol.
—¿Quiere ver los dormitorios?
Hubiera preferido Irene haber dispuesto de más tiempo para inspeccionar el sótano con la intención de que algún detalle revelador, por insignificante que fuese, denotase que Ángel había escondido en ese antro unos días antes las prendas que había encontrado la policía y que inculpaban a Sergio, pero no se le ocurrió ninguna excusa que alegar. Por esa razón, meneó afirmativamente la cabeza.
—Sí, si me hace el favor.
En la planta superior, la barandilla de la escalera describía un semicírculo sobre el vestíbulo y en ese rellano se abrían las puertas, también lacadas en blanco, que daban acceso a las habitaciones aludidas. La primera de ese pasillo era la de Diana, luminosa y alegre, con la colcha y las cortinas estampadas en flores rosas. Dentro del dormitorio, el inmenso cuarto de baño estaba alicatado también con azulejos de color rosa pálido.
A continuación pasaron a otro dormitorio algo más pequeño decorado en tonos azules, que también disponía de su propio cuarto de baño. Sobre la cama Irene vio una maleta ya cerrada.
—Este era mi cuarto, —le comunicó Sandra a media voz—, pero ya he recogido mis cosas y me marcharé en cuanto termine de enseñarle la casa.
—¿Vivía usted aquí?
—Sí. En algunos aspectos Diana era… era como una niña pequeña. Al principio de conocerla me quedaba a dormir aquí alguna noche, pero después fue convirtiéndose en costumbre, porque ella me necesitaba para todo.
—¿Y dónde va a ir usted ahora?
Sandra hizo un gesto evasivo.
—Tengo un apartamento en la calle Castelló y mi profesión es la de marchante de cuadros.
—Si últimamente solo se ocupaba de promocionar la pintura de Diana, tendrá que empezar de nuevo.
El inexpresivo semblante de Sandra no esbozó gesto alguno ni dejó traslucir ninguna emoción.
—Sí, —admitió sencillamente.
Irene experimentó una súbita simpatía por ella. Parecía una mujer tan fuerte, tan decidida y al mismo tiempo tan resignada… Le iba a entregar todas las llaves de la mansión, incluso la de la caja blindada donde se guardaban los cuadros de Diana, sin una sola queja, sin resentirse por haber sido relegada a la posición de una extraña en la casa en la que había vivido durante tiempo y donde había desempeñado una posición relevante.
—Si puedo ayudarla en algo…
—Gracias, pero no creo que esté en su mano. Diana era para mí… como una hermana pequeña y ni usted ni yo podemos hacer que ella vuelva. Solo espero que sea feliz donde quiera que se encuentre ahora.
Le pareció a Irene que la secretaria estaba a punto de echarse a llorar y como le horrorizaban esas descargas emocionales se apresuró a cambiar de conversación.
—Aunque no llegué a conocerla, yo también lo deseo. Enséñeme ahora los restantes dormitorios, aunque me parece que la estoy entreteniendo
demasiado.
Le mostró Sandra el contiguo al que había ocupado ella. Era completamente distinto al resto de la casa. Aunque las paredes estaban también pintadas de blanco, la decoración carecía del buen gusto que presidía las restantes habitaciones que había visto. La cama, con el cabecero de madera muy oscuro, estaba cubierta por un edredón de cuadros marrones y morados, sobre la ventana no colgaban cortinas ni visillos y la única butaca de la habitación quedaba materialmente oculta bajo un cerro de objetos heterogéneos.
—Este era el cuarto de Ángel, cuando se quedaba a dormir en la casa,
—le explicó Sandra.
—¿Dormía aquí? Creía que vivía solo.
—Sí, pero venía a menudo y cuando cenaba con nosotros, me refiero a Diana a Sergio y a mí, solía beber más de la cuenta. No se marchaba entonces hasta la mañana siguiente. Como podrá constatar, tenía un gusto pésimo, pero nunca consintió que su hermana decorase esta habitación. La quería como está.
—¿Toleraba mal el alcohol?, —le preguntó Irene, fingiendo desinterés para que su acompañante no pudiera sospechar lo que estaba maquinando.
Si la respuesta de Sandra fuera acorde con lo que le convenía, podría plantearse todavía poner en práctica su primitivo plan.
—No, todo lo contrario. Es que abusaba de la bebida, sobre todo del cava.
—Bueno, le gusta a la mayoría de la gente, —contemporizó ella.
—Sí, pero Ángel no se conformaba con una sola botella. Además, antes de sentarnos a la mesa iniciaba su sesión etílica con un whisky como aperitivo. Luego bebía vino con la cena y terminaba con al menos una botella de cava en el postre. Naturalmente después no se tenía derecho. Por esa razón Diana se empeñaba en que se quedara a dormir aquí. Aunque él era mayor que ella, como es una calamidad, Diana le trataba como si fuese un niño del que se viera obligada a responsabilizarse.
Irene hizo un gesto de asentimiento.
—Sí, le conocí el otro día. Vine a esta casa a ayudar a Sergio a buscar unos documentos y me dio la impresión de que es un hombre muy poco
respetuoso y al que le gustan demasiado las faldas.
Sandra clavó su mirada en ella con curiosidad mal disimulada.
—¿Estuvo inconveniente con usted?
—Sí, nada más verme, sin saber quién era yo ni que estaba haciendo en el despacho de Diana, me preguntó si era el nuevo ligue de Sergio y luego, cuando le aclaré que era su abogado, hizo algunos comentarios de bastante mal gusto.
—Es un tipo odioso, —corroboró Sandra con mal disimulado rencor—.
Le dije a Diana que no quería permanecer en esta casa las noches en que se quedaba él, porque ni aún echando el cerrojo a la puerta se podía dormir tranquila, pero ella no me hacía caso. Sentía por sus hermanos una inexplicable debilidad, porque ninguno de los dos se lo merece. Solo acudían a visitarla cuando necesitaban dinero, lo cual ocurría muy a menudo. Eran como dos sanguijuelas.
—Él entrena a un equipo de baloncesto en un instituto, pero, ¿a qué se dedica María?
—Trabaja como secretaria en una empresa, aunque está empeñada en pintar, como Diana, pero no llegará nunca a nada. No tiene sensibilidad ni es capaz de captar la belleza intangible que solo los genios son capaces de plasmar ni posee la técnica necesaria para convertir el modelo que elige en una obra genial. Por eso envidiaba tanto a su hermana, sin comprender que el arte es un don con el que se nace y que ella no lo posee ni lo poseerá por mucho que se empeñe.
Continuaron adelante por el pasillo y Sandra le mostró el dormitorio siguiente, que pertenecía a Sergio y que sí parecía acorde con la selecta decoración de la casa. La cama, estaba cubierta con una colcha color marfil, a juego con la tapicería de la butaca y con las cortinas de la ventana, por la que penetraba la macilenta luz del crepúsculo que iba relegando a la oscuridad la claridad del día. La habitación estaba en orden y no había a la vista ningún objeto personal. Ni una fotografía sobre la mesilla de noche ni sobre la cómoda. Un espejo con marco de madera blanco colgaba sobre esta e Irene se contempló al pasar por delante de él. La pulida superficie le devolvió la imagen de una bonita muchacha de ensortijada melena rubia, algo revuelta, y de brillantes ojos azules bordeados de pestañas negras y
largas. Su aspecto respondía al de una estudiante universitaria, aunque el maletín que portaba en la mano desmentía esa impresión y le prestaba la imagen de la eficiente profesional que pretendía aparentar.
—¿No dormían juntos Sergio y Diana?
—No, últimamente no. Ella tenía los nervios desquiciados y se quejaba de que cualquier ruido la despertaba. Por esa razón Sergio terminó por trasladarse a esta habitación para no molestarla. Es un hombre muy considerado.
Irene vaciló antes de hacerle la siguiente pregunta.
—¿Había… había algún otro hombre en la vida de Diana últimamente?
Ángel me dijo el otro día que ella quería divorciarse de Sergio y que un abogado había iniciado ya los trámites pertinentes.
Sandra no contestó inmediatamente. Había desviado la mirada hacia la ventana del dormitorio, a través de la cual y ya en sombras se veía la piscina exterior, bordeada de césped.
—Se lo estaba planteando, sí, —dijo al fin en voz muy baja—. Se había encaprichado por ese muchacho que le iba a llevar el divorcio, como se encaprichaba por tantas cosas absurdas. Ya le he dicho que era como una niña antojadiza. Intenté hacerle comprender que Sergio no se lo merecía, pero no me hizo el menor caso. Le aburría la docilidad de él, la sacaba de quicio que nunca se le enfrentase ni discutiera sus decisiones, pero es que Sergio la adoraba y disculpaba siempre sus excentricidades por absurdas que fuesen, ¿me comprende?
Irene asintió con la cabeza.
—Y ese abogado… ¿recuerda su nombre?, —le preguntó con una vaga sospecha arañándole por dentro.
—No, no he llegado a conocerle. Le he llamado muchacho porque sé que era más joven que ella. Diana había cumplido ya los treinta y cinco, igual que Sergio.
Irene no se atrevió a preguntar más y la siguió cuando le mostró el cuarto de baño, al que se accedía desde el dormitorio, antes de hacer intención de despedirse de ella.
—Me voy a marchar ya, así que tome la llave de la casa. No olvide al salir apagar las luces y cerrar la verja del jardín.
Recogió la maleta de la habitación que había sido su cuarto y salió nuevamente al pasillo con la cabeza baja. Irene vio que pestañeaba con los ojos húmedos y que se volvía de espaldas a ella al salir al pasillo, quizás para evitar que viera como se le deslizaban unas lágrimas por las mejillas.
Reprimió el impulso de darle un abrazo de despedida, con lo cual hubiera sido muy probable que Sandra se hubiera echado a llorar. Por eso no lo hizo. En su lugar salió tras ella al corredor y se apoyó en la barandilla para verla bajar la escalera. Desde el vestíbulo vio como la secretaria levantaba la vista para decirle adiós con la mano y luego salió a la terraza.
Irene permaneció en la misma posición unos segundos, sintiendo la despedida de Sandra como si fuera la de una amiga a la que hubiera conocido muchos años antes. Entristecida como estaba no se percató de que iban transcurriendo los minutos. Notó de pronto que estaba sola en aquel inmenso edificio y que la luz del día iba apagándose gradualmente, por lo que se apartó de la barandilla e hizo intención de retroceder hasta el interior del dormitorio de Sergio para recoger la ropa de él y llevársela a la prisión.
Antes de alcanzar la puerta se detuvo en el pasillo. El silencio era excesivo.
No se oía ni el piar de un pájaro en el jardín, como si la naturaleza entera se hubiera adormecido alrededor de la mansión. Tampoco los pasos de ella arrancaban crujido alguno del pavimento de madera. El crepúsculo había invadido ya el dormitorio de Sergio cuando abrió la puerta y se detuvo en el umbral. No le pareció la misma habitación, ahora que las sombras del atardecer oscurecían los contornos de los muebles y se adueñaban del espacio que allí se respiraba. Pero necesitaba él que le llevara ropa con la que mudarse durante la larga ausencia en la que permanecería apartado de su casa y de su mundo. Y después, aprovechando que se había quedado sola, debería bajar al sótano a buscar algo que pudiera inculpar a Ángel.
Aunque le estremecía y le erizaba el vello de los brazos el silencio tan excesivo de la casa, disponía en esos momentos de la oportunidad que necesitaba para demostrar que este le había tendido una trampa a Sergio.
Evocó la esperanzada expresión de este en el locutorio de la cárcel cuando se despidió de él la tarde anterior. La había mirado como un niño miraría a su madre, confiando en que esta le salvara del peligro que le amenazaba.
Una confianza ciega que no respondía a las aptitudes de ella ni a la
capacidad de que disponía para sacarle del aprieto, pero que la obligaba a hacerse merecedora de esa confianza.
Bruscamente se dirigió al armario y lo abrió. Pantalones, chaquetas y cazadoras colgaban de la barra y en la balda vio apilados varios jerséis perfectamente doblados. Fue guardando en una bolsa lo más imprescindible y aproximó luego la butaca y poniéndose de pie sobre el asiento alcanzó las puertas del maletero y las abrió también buscando alguna manta, aunque no estaba segura de si se la admitirían en la prisión. Su interior estaba completamente vacío, por lo que saltó al suelo, colocando nuevamente la butaca en su sitio. Cuando se dirigía ya hacia la puerta con la intención de bajar al sótano, se detuvo en seco al oír algo. Si instantes antes el silencio le había parecido absoluto y opresivo, ahora el sonido de unos pasos que subían por la escalera la sobresaltó, desbocándole los latidos del corazón.
¿Quién podría ser? Sandra al salir había dejado abierta la puerta de la casa y la cancela del jardín, por lo que podría haber entrado cualquiera.
Notó que un sudor frío le corría por la espalda y aguardó junto a la puerta entreabierta, con los ojos agrandados por el miedo. Las pisadas continuaban ascendiendo y las oía más y más cercanas. El intruso había alcanzado ya el rellano de la planta superior y a través de la rendija de la puerta vio que se encaminaba en su dirección. La oscuridad del pasillo no le permitía distinguir sus facciones. Solo consiguió avistar confusamente una figura muy alta que avanzaba sin prisas.
¿Qué podía hacer? ¿Encerrarse dentro del dormitorio, echándole a la puerta el pestillo? Esa decisión la obligaría a pasar allí la noche, ya que no podría averiguar si el desconocido se había marchado o la aguardaba en el corredor. Recorrió con la vista la habitación, buscando entre las sombras que la invadían y que difuminaban las siluetas de los muebles algún objeto contundente. Sobre la mesilla de noche adivinó más que vio una lamparita de bronce con una pantalla de pergamino. Otra lámpara más sólida descansaba sobre la cómoda y se decidió por esta última. En caso de necesidad intentaría asestarle al intruso un golpe en la cabeza.
Se apartó resueltamente de su observatorio y de puntillas se encaminó hacia esa cómoda. Sigilosamente alargó la mano y estaba ya rozando el pie
de cerámica de la lámpara cuando se abrió bruscamente la puerta y la alta figura de Ángel se perfiló en el umbral. Irene ahogó un grito.
—¿Qué haces tú aquí?, —le preguntó él, al tiempo que se apoyaba petulantemente contra la pared.
A duras penas consiguió Irene recuperar el uso de su voz.
—He venido a buscar ropa de Sergio para llevársela, —murmuró, mientras su mente trabajaba a toda velocidad—. Me ha pedido además que me ocupe de dar de baja los contratos de suministro de esta casa, ya que no puede pagarlos durante el tiempo en que él permanezca en… en el sitio donde está. Ya sabe, la luz, el teléfono y el gas.
—¿Quieres decir mientras esté en la cárcel?, —puntualizó él observándola con sorna—. Será mejor entonces que le hagas la maleta, porque tiene para rato. ¿O es que esperas conseguir para él la libertad provisional?
—Naturalmente, —afirmó ella procurando que su voz sonase segura, lo que incomprensiblemente consiguió.
—Me parece que eres una optimista, o es que…
Irene le interrumpió antes de que pudiera sugerir una grosería, mientras su mente trabajaba a toda velocidad.
—La policía científica está analizando la peluca y los demás objetos que motivaron su detención, —inventó, ya con la lámpara en la mano—. Parece ser que no hay ADN de Sergio en esos objetos, aunque si lo hay de otras personas que están tratando de identificar.
Ángel encendió la luz de la lámpara del techo y se la quedó mirando sin que expresión alguna se pintara en su semblante, pero Irene adivinó que le habían impresionado sus palabras.
—¿Quieres decir que la policía ha averiguado ahora que pudo ser otra persona la que se caracterizara como un viejo para estrangular a esa otra pintora y a Diana?
—Eso es.
—¿Y cómo entonces no analizaron esas prendas antes de detenerle?, —
objetó, observándola fijamente con sus claros e insolentes ojos verdes.
—Porque… porque las pruebas de ADN llevan un tiempo, —replicó improvisando sobre la marcha.
—Me estás contando un cuento. ¿Crees que soy idiota? ¿Y dónde vas con esa lámpara?
Irene desvió la vista hacia la que sostenía en su mano.
—La llevo abajo, a la cocina, para fregarle el pie de cerámica. Está muy sucio.
—Ya. ¿Y a ti qué te importa? ¿Desde cuando eres tú la dueña de esta casa y te preocupas de limpiar lo que está sucio?
—No soy la dueña de esta casa, pero Sergio me ha pedido que me ocupe de mantenerla en condiciones hasta que él pueda volver. Es usted el que no pinta nada aquí.
Abrió él completamente la puerta, obstaculizándole el paso con su cuerpo.
—¡Ah! ¿Sí? Me has contado una historieta que te has inventado, pero te voy a decir yo la verdad sobre lo que va a ocurrir. Esa policía científica o como la hayas llamado no va a descubrir nada sobre el ADN, porque no hay nada que descubrir. Me he asesorado yendo a visitar a un abogado que, por cierto, me ha cobrado una pasta solo por cacarear un rato, —añadió con un acento que a Irene le pareció ordinarísimo—. Sé que cuando condenen a Sergio, porque le van a condenar con tu defensa o sin ella, María y yo heredaremos esta casa y todos los bienes de Diana, así que, me parece que la que sobras eres tú.
La miró ofensivamente de arriba abajo y de pronto se echó a reír.
—Bueno, si quieres puedes quedarte y lo pasaremos estupendamente tú y yo, ahora que no está Sergio aquí para impedírnoslo.
Notó Irene como el sudor le corría por la espalda y asió nuevamente el pie de la lámpara con la mano derecha. Con la izquierda extrajo su móvil del bolsillo y marcó el primer número de la agenda que encontró. Luego se lo llevó al oído. A través del aparato oyó la sorprendida voz de Marisa.
—Irene, ¿eres tú?
—¿Hablo con la policía?, —dijo ella, fingiendo un absoluto aplomo—.
Hagan el favor de venir inmediatamente, aquí a la Moraleja. Ha entrado un tipo en mi casa, que me está amenazando para que le abra la caja fuerte. Es un hombre muy peligroso.
La voz de Marisa denotó una tremenda sorpresa.
—¿Pero Irene, qué es lo que te pasa? Estás llamando al número de mi móvil. Te has confundido.
Fingió Irene que la policía le estaba preguntando la dirección de la calle y se la dio, sin hacer caso de las protestas de Marisa que seguía tartamudeando incoherencias. Cortó seguidamente la comunicación y sin soltar la lámpara se volvió hacia él.
—Tiene cinco minutos para marcharse, porque no creo que tarden más en llegar. Ya les he dicho lo que pretende, así que será mejor que se largue por las buenas, si no quiere que le detengan y le hagan pasar la noche en el calabozo de la comisaría. De presentar formalmente la denuncia ya me ocuparé yo.
La risa se le cortó a él en seco.
—No creo que hayas llamado a la policía.
—¿No?, pues quédese conmigo a esperarla. Ya le he dicho que no tardará.
Ángel reculó marcha atrás, saliendo al pasillo.
—Eres una estúpida, pero ya me voy. Y recuerda lo que te he dicho.
Esta casa será mía dentro de poco, así que no te des tantos aires. Y no vuelvas tampoco tú por aquí, no vaya a ser que un día de estos te lleves un buen susto.
Aún sudando de miedo, le vio alejarse por el pasillo y luego oyó el sonido de sus pisadas por la escalera. Asida a la barandilla del rellano de la planta en la que se encontraba, le siguió con la mirada hasta que salió del vestíbulo y después, a través de la ventana del cuarto de Sergio observó cómo se subía al coche que había aparcado junto a la terraza, arrancándolo a continuación.
Aguardó ella unos segundos hasta que notó como el pulso iba normalizándosele y se miró seguidamente en el espejo que colgaba sobre la cómoda. Estaba pálida y desencajada. ¿Cómo habría podido engañarle y hacerle creer que había llamado a la policía? Se notaba a la legua que estaba asustadísima y, para colmo, no había conseguido nada. Había perdido una magnífica oportunidad de proponerle a Ángel que se tomasen una copa juntos, abajo, en el salón, para sonsacarle con habilidad y determinar si había intervenido o no en el incidente de la peluca y de la barba postiza y en
su posterior denuncia a la policía. Pero es que él le producía un miedo pavoroso. Todavía le temblaban las piernas. Para colmo empezaba a sentir de nuevo que el silencio de aquella casa era excesivo y más aún ahora que se había hecho de noche. Bruscamente se aproximó a la pared para apagar el interruptor de la luz y con el bolso al hombro, su maletín en la mano y la bolsa con la ropa descendió rápidamente la oscura escalera. No se sentía con fuerzas ya para bajar a inspeccionar el sótano, por lo que cruzó corriendo el vestíbulo, cerrando con llave el portalón en cuanto salió a la terraza. Luego echó a correr por el enarenado camino hasta la verja del jardín, donde también cerró la cancela y subió a su desvencijado coche, que en esos momentos identificó con una tabla de salvación. Cuando oyó el familiar rugido del motor al ponerse en marcha, dejó escapar un suspiro de alivio y enfiló la calle hasta que dejó atrás la urbanización.
OceanofPDF.com