Secreto Profesional

Ursula Llanos · Capítulo 1 de 18

Páginas del PDF

Secreto Profesional

Prologo

Úrsula Llanos

Secreto Profesional

ePub r1.0

Titivillus 11-09-2021

OceanofPDF.com

Título original: Secreto Profesional

Úrsula Llanos, 2014

Editor digital: Titivillus

ePub base r2.1

OceanofPDF.com

Estaba a punto de cerrar el museo, por lo que Julia caminó apresuradamente por el salón central, flanqueado de columnas, sorteando a la muchedumbre que se dirigía ya hacia la escalera para descender a la planta cero del edificio, en dirección a la salida. Todos los lunes acudía a visitarlo a última hora de la tarde, que era la única del día en la que podía contemplar “Las Meninas” sin que la sala estuviese invadida por turistas que se quedaban parados como postes frente al cuadro. Solían contemplarlo ensimismados sin captar la maestría de la técnica empleada por el pintor, ni valorar en su justa medida la equilibrada composición reflejada en el lienzo. Embobados, lo miraban sin verlo y sufrían estoicamente los empujones de los que continuaban de largo sin dirigir más que una distraída mirada al cuadro que ocupaba toda la pared del fondo de la sala. Unos ignorantes, sin duda.

Tampoco esos visitantes eran capaces de captar el aire de otras épocas que se respiraba en el museo. Recorrían sus inmensos salones sin apreciar los ecos del pasado que aún podían percibirse, pese a que la bulliciosa aglomeración de los turistas parecía constituir una nota discordante. A Julia le hubiera gustado poder disfrutar de su ambiente romántico en solitario, sin verse obligada a soslayar al gentío que obstaculizaba su paso y charlaba de banalidades, ajeno a la grandeza de lo que para ella constituía algo similar a un santuario.

Esa tarde se había retrasado. No se filtraba ya claridad alguna a través de la bóveda acristalada del salón central de la primera planta, mientras lo recorría taconeando con sus zapatones embarrados sobre el pavimento de granito gris, porque a esas horas era ya noche cerrada en Madrid en el mes de enero. La culpa la había tenido el fallido cliente que la había llamado por teléfono a la hora de comer, para concertar una cita con ella en su estudio de pintura con la intención de ver sus cuadros. Julia nunca recibía a los posibles clientes en su estudio los lunes por la tarde, ya que la reservaba para su visita al museo, pero necesitaba dinero. Últimamente solo había

conseguido vender un lienzo, en el que había intentado liberar su arte de imágenes preconcebidas, alternando las formas geométricas, con otras, ricas en colores y matices. Se lo había comprado un comerciante de encurtidos que tenía su tienda enfrente del edificio de cinco plantas en el que había alquilado ella un estudio, que hacía también las veces de su vivienda. Lo quería el tendero para decorar su tienda y darle “mayor realce”, según sus propias palabras.

Dudaba mucho ella de que el Pancracio fuera capaz de valorar, ni siquiera por aproximación, la abstracción expresiva, no figurativa, de la esencia evanescente que había plasmado en el cuadro. Había volcado en él un colorido intenso, culminado en formas espontáneas de abstracción lírica, pero todo lo que el Pancracio había sido capaz de decirle, cuando lo eligió entre los muchos que se apilaban en su estudio, fue que se veían claramente los huevos fritos con tomate, acompañados de unos buenos chorizos, que había reflejado en el lienzo. Por eso lo había comprado el muy bruto, porque sin duda pensaba que los clientes de su tienda de encurtidos identificarían como embutidos la singularidad de las formas cónicas que presidían el espacio de la tela que encerraba el bastidor, en las que había derrochado la vehemencia del color, liberándolo de la forma.

Había terminado el cuadro el mes anterior y había permanecido muchas horas frente a él, preguntándose por qué el vulgo no entendería el arte abstracto. Después lo había sustituido en el caballete por un lienzo en blanco y había continuado durante días mirándolo, sin decidirse a plasmar en él la expresión cromática que vislumbraba en su mente. No se encontraba con ánimos de coger la paleta, después de soportar estoicamente los prosaicos comentarios del Pancracio y de que días antes se hubiera clausurado la exposición de pintura de su obra en la sala Dorée sin haber vendido un solo cuadro.

Quizás se hubiera equivocado al pensar que llegaría a ser una gran artista, se dijo melancólicamente. Dominaba la técnica, pero carecía del privilegio que solo era patrimonio de algunos, de captar la esencia intangible de lo sublime y de transmitirlo al lienzo con sus pinceles, prescindiendo de sus formas para convertirlas en vagas secuencias del color.

Por esa razón había accedido a la llamada del cliente que, después de

revolver todas sus obras pictóricas durante horas, se había marchado al fin sin comprar ninguna.

Ese era el motivo de que se hubiera retrasado tanto y de que apenas si le quedaran unos instantes para disfrutar de su visita. Hubiera podido posponerla para el día siguiente, pero los lunes era gratis la entrada del museo desde media tarde y no podía permitirse el lujo de abonar su coste otro día de la semana para deleitarse solamente unos minutos frente a “Las Meninas”. Ahora solo dispondría de un exiguo lapso de tiempo para admirar su cuadro preferido.

Torciendo a su izquierda, abandonó el salón central y pasó al “salón ovalado”, actual sala de Velázquez, que constituía el objeto de su visita.

Con los ojos entornados contempló el cuadro que colgaba de la pared y que ocupaba todo el paño del fondo de la sala. Se apreciaba con toda claridad que Velázquez había pintado “Las Meninas” sobre tres bandas de tela cosidas verticalmente. ¿No existirían lienzos de grandes dimensiones, como las ese cuadro, en 1656?, se preguntó, examinándolo con la cabeza ladeada. Quizás en esa época y recién terminado no se notara, pero ahora, al cabo de los siglos, resultaba palpable que la estructura del tejido que el pintor había utilizado como base estaba partida en tres piezas.

Estudió atentamente las figuras del primer término. El tema central era el retrato de la infanta Margarita de Austria, con unos cinco años de edad, rodeada por sus sirvientes, “las meninas”. Se dijo Julia que parecía haberse captado en el lienzo un instante de la vida cotidiana del Alcázar, en el que la niña, con sus acompañantes, se había acercado a visitar al pintor en su taller. La composición que reflejaba era de una espontaneidad y de realismo tal, que con razón se había dicho que Velázquez se había anticipado a la fotografía, que vería la luz varios siglos más tarde.

Analizó después la forma en la que el pintor había conseguido difuminar las imágenes del fondo del cuadro, como si la luz que enfocaba a la infanta y a sus criados no alcanzara a iluminarles y se fundieran con la penumbra del fondo de la estancia, cuyas dimensiones habían sido exactamente determinadas por los expertos, fijándolas en veinte metros cuadrados. Pero sobre todo, lo que a Julia le producía auténtica estupefacción era la atmósfera nebulosa de la parte alta del lienzo, Se podía

palpar el aire en la insondable estancia del piso bajo del Alcázar de Madrid, próxima al denominado “Cuarto del Príncipe”, por haber sido el aposento del príncipe Baltasar Carlos, muerto diez años antes, donde Velázquez había instalado su taller.

Se acercó más al cuadro para observar el deterioro en la mejilla izquierda de la infanta, producido en 1734 por el incendio que destruyó el Alcázar. Había sido muy bien restaurado, pero unos ojos expertos aún podían apreciarlo.

Absorta en su contemplación, no vio a los escolares que se detuvieron unos instantes junto a ella, con su profesora al frente. El salón ovalado tenía dos salidas laterales que daban acceso a otras tantas salas, pero los chicos deshicieron el camino andado poco después, marchándose por donde habían venido. Tampoco advirtió más tarde la presencia de la pareja de ancianos que pasó renqueando por su lado ni se percató cuando se fueron de que se había quedado completamente sola.

Ensimismada examinando el espejo plasmado al fondo del cuadro, que reflejaba las figuras del rey Felipe IV y de su esposa Mariana de Austria, no percibió el sonido de los pasos de alguien que acababa de entrar en la sala y que se le aproximaba. Un segundo antes habían avisado que los visitantes debían abandonar el museo, pero apenas si lo oyó. Ni siquiera se dio cuenta tampoco de que esos pasos se le acercaban por detrás y de que se detenían a su espalda. De improviso notó el roce de algo suave que le apretaba el cuello. Le apretaba hasta hacerle daño, la estaba asfixiando, y luchó con ambas manos por aflojar aquella presión que no la dejaba respirar. Se debatió con todas sus fuerzas, pero no logró exhalar ni un grito. Y

después… nada.

OceanofPDF.com