Secreto Profesional
Capítulo 13
Efectivamente llovía a cántaros ese domingo, pero Irene no se había decidido a cubrir con un impermeable el jersey azul pálido que estrenaba y el pantalón gris marengo que tiempo atrás le había regalado Marisa por su cumpleaños. La capucha le aplastaba la melena y, aunque él no fuese más que un cliente, deseaba estar presentable, por lo que optó por el paraguas.
Sergio la había recogido en su casa, conduciendo su impresionante Audi Coupé de color azul eléctrico y en ese momento veían como se desplomaba el agua como una difusa cortina a través de los cristales del ventanal del restaurante que habían elegido para comer. La lluvia tornaba borrosa la plaza Mayor. Desde la mesa donde se hallaba Irene en ese momento, se asemejaba a la imagen captada por una máquina fotográfica antigua. A la instantánea de una plaza en blanco y negro, barrida por la melancolía del invierno. Él no debía participar de esa impresión, porque parecía sumamente contento de encontrarse en su compañía y la observaba, cuando ella no se daba cuenta, con mal disimulada admiración.
—Casi no puedo creer que sea yo el que se encuentra aquí en estos momentos. —Le decía sonriente en ese instante, con aquellos ojos tan azules clavados en ella—. El que no ha estado en la cárcel no puede apreciar lo que es la libertad. Libertad que tengo que agradecerte.
Con un ademán, intentó quitarle Irene importancia a la intervención que había tenido en el sobreseimiento de su causa, aunque en su interior consideró sus palabras más que merecidas. Probablemente nunca podría imaginar él el abrumador desasosiego que había padecido desde su detención, los nervios que apenas si conseguía reprimir cuando era recibida por el juez que instruía el sumario y al que le había solicitado en repetidas ocasiones que decretase la puesta en libertad con fianza de su defendido.
Pero sobre todo de aquella espantosa sensación de impotencia, de llevar sobre la espalda un fardo imposible de soportar. Sin duda Sergio habría considerado que, por ser ella su abogado, era poco menos que un ser omnipotente en el que podía descargar el peso de la hecatombe que se había abatido sobre él al ser acusado de un delito que no había cometido, por más que una serie de fatídicas casualidades le señalasen como el asesino de su mujer. ¿Se habría preguntado él en algún momento si ella habría pasado las noches en vela por su causa? Sin duda no sospecharía ni por lo más remoto que durante el mes en el que había estado recluido en prisión ella no había podido pensar en otra cosa que no gravitara en torno a la obtención de su libertad.
—¡Bah!, solo he cumplido con mi trabajo, —replicó, al tiempo que se apartaba del rostro su rubia melena—. Pero dime, ¿de dónde has sacado el dinero para que te permitas el lujo de que comamos aquí? Cuando saliste de la cárcel estabas sin blanca.
Él se echo a reír y le guiñó un ojo.
—De una forma muy sencilla. He vendido un cuadro.
—¿Un cuadro?
—Sí, un cuadro de Diana.
Estupefacta, Irene abrió la boca hasta formar con ella un círculo y permaneció en esa actitud unos segundos hasta que consiguió reaccionar.
—Pero aún no puedes vender nada que haya pertenecido a tu mujer, —
le explicó—. Aún no la has heredado, ¿no lo entiendes?
Sergio volvió a reír.
—Sí lo entiendo, pero el inglés que me ha comprado el cuadro no lo sabía y no hay razón alguna para que se entere. Solo lo sabemos tú y yo y ninguno de los dos se lo vamos a decir.
Irene se acodó en la mesa, apoyando la barbilla en la mano.
—¿Y cómo te has puesto en contacto con ese inglés?
—Por medio del ordenador del despacho de Diana. Lo utilizaba Sandra.
Había mandado ese inglés un correo, un e-mail, diciendo que deseaba comprar un cuadro de Diana y le contesté a ese correo. Le entusiasmó el del comedor y se lo vendí.
Irene evocó el lienzo que colgaba sobre el aparador, en el que un sol deslumbrante refulgía reflejándose en un mar intensamente azul, que se deslizaba suavemente hacia una playa donde unos marineros recogían sus redes y se removió inquieta en su silla.
—¿Has vendido ese cuadro? Era precioso, —se lamentó.
—Sí, que lo era, —admitió él con indiferencia—. El inglés, al verlo, no lo dudó y lo compró en el acto.
—Pero… ¿Pero por qué lo has vendido?
Sergio se encogió de hombros como si la respuesta fuera obvia.
—No he encontrado ninguno de los restantes que había pintado para su próxima exposición. He llamado a Sandra al móvil para preguntarle donde los habían guardado las dos, pero no ha atendido mi llamada. Sé que Diana había proyectado exponer unos veinte y que los había terminado ya, pero no están en su leonera. ¿Tienes idea tú de donde han podido meterlos ellas?
Retrocedió Irene con la mente al sótano de la casa de Diana. A la oscuridad de ese antro polvoriento, con su característico olor a húmedo, y le pareció ver la inmensa cámara blindada, con los lienzos apilados dentro, unos sobre otros. Aún conservaba la llave de esa cámara, porque Sandra se la había entregado y le había faltado tiempo para devolvérsela a él, pero no se lo iba a decir, porque este parecía no aceptar que había unos formalismos jurídicos que cumplir antes de entrar en posesión de la herencia de su mujer.
—No, no lo sé, —mintió con aplomo.
—¿No te dijo a ti nada Sandra sobre ese particular cuando te entregó las llaves de la casa antes de marcharse?, —le preguntó con un interés que rayaba en la ansiedad.
Se había inclinado hacia ella sobre la mesa y aguardaba su respuesta conteniendo la respiración. Irene se dijo que él no era más que un chiquillo inmaduro, pese a que su aspecto parecía desmentirlo. Se había dado cuenta días antes de que los cuadros de Diana valían una fortuna y no estaba dispuesto a esperar a que ella cumpliera con los trámites previos para que le pertenecieran legalmente.
—Me dijo muchas cosas, pero nada que guardara relación con esos cuadros, —volvió a mentir—. De todas formas te he repetido hasta la
saciedad que no puedes disponer de los bienes de ella todavía. No son tuyos aún, ¿lo entiendes?
—Perfectamente, —afirmó Sergio con la expresión de un niño que ha recibido una regañina—. ¿Pero qué quieres que haga? Estamos a primeros de mes y hasta finales no cobraré mi nómina en el instituto. He tenido que dar de alta nuevamente la luz, el teléfono y el gas de mi casa y que pagar al personal que tú despediste y que yo he readmitido. ¿De dónde quieres que saque el dinero?
—No sé de donde, pero ese cuadro no era tuyo y además era único, irrepetible.
—Todos los cuadros de Diana son únicos e irrepetibles. No copiaba unos de otros, —recordó él con una mirada nostálgica en sus claros ojos azules.
Le dio a ella la impresión de que estaba reviviendo mentalmente momentos inolvidables junto a su mujer y que intentaba evitar que la emoción le asomase al rostro.
—Sí, ya lo sé, pero ese era extraordinario. ¿No lo echas de menos?
Sergio volvió a encogerse de hombros.
—Al cuadro no. La pintura nunca me ha interesado. Además no la entiendo. Pero sí, ha quedado el hueco y un rectángulo oscuro en la pared, Cuando aparezcan los lienzos de la exposición que estaba preparando, colgaremos otro cuadro de ella en ese lugar. No he cometido ningún crimen.
Parecía un tanto confundido, como si no hubiera podido imaginarse que la venta de esa marina tuviese tanta trascendencia, pero cambió inmediatamente de conversación.
—¿Cómo llevas los trámites de la herencia de Diana?, —le preguntó sonriendo de nuevo—. Dime cuánto dinero necesitas, porque ahora sí estoy en condiciones de dártelo.
Irene se quedó mirándole sin pestañear. ¿No le habría comentado su compañera del instituto, la profesora de gimnasia, que se lo iba a prestar ella y que se lo había ingresado a Irene por transferencia bancaria?
—¿No has visto aún a Consuelo Díaz?, —le preguntó.
—Sí, ¿por qué?
—Porque vino a verme al despacho el viernes y me dijo que había quedado contigo en adelantártelo. Me preguntó cuánto necesitaba y me lo transfirió ayer a mi cuenta corriente. ¿No te lo ha dicho?
Sergio asintió con indiferencia.
—Sí, pero ya no me hace falta, envíaselo. Nunca imaginé que los cuadros de Diana pudieran valer tanto. Ya te he dicho que no entiendo de pintura ni me gusta especialmente, pero me han pagado una fortuna por el que he vendido.
—Tampoco entiendo yo, —reconoció ella, recordando a Marisa y sus doctas explicaciones sobre el cuadro de “Las Meninas” y sobre la “Mona Lisa” española— pero creo que no hace falta entender de pintura para apreciar su obra. Tiene tanta luminosidad, tanta belleza… Debía ser una mujer tremendamente sensitiva con una inconmensurable alegría de vivir.
Algo semejante a un velo de tristeza nubló los claros ojos de Sergio y la voz le salió ronca de la garganta.
—¿Diana?, cuando nos casamos sí, pero al alcanzar la fama se convirtió en otra persona. Era caprichosa y egoísta. Se enfadaba por nimiedades y se creía el centro del universo. Si sentía esa alegría de vivir que le atribuyes, no lo demostraba. Casi siempre estaba de malhumor.
Las enérgicas facciones de él traslucían un dolor profundo, por lo que Irene se reprochó a sí misma en su interior por sus anteriores palabras.
—Perdona, no he debido recordártela en estos momentos. Aún está muy reciente y… lo siento.
Sergio le dio unas palmaditas en la mano que tenía ella sobre la mesa.
—No te disculpes. Tú me la recuerdas mucho. Me refiero a como era ella en la época en que la conocí y también durante los primeros años de nuestro matrimonio. Quizás por eso me encuentro tan a gusto a tu lado.
Derrochas energía y seguridad, como derrochaba ella… al principio.
Después… no soportaba que yo pasara horas en el gimnasio cuando volvía del instituto ni que nadara en invierno en la piscina cubierta, porque opinaba que era una forma de perder el tiempo. Lo que a ella le hubiera gustado es que ocupara todas mis horas libres empollando libros de arte para que pudiera perorar con sus amistades del cubismo y de las diferencias entre la pintura abstracta perceptiva y de la postpictórica, por poner un
ejemplo. Pero esos son temas que a mí me aburren mortalmente. Cuando se lo decía, enganchaba unas rabietas monumentales y me llamaba de todo.
Desde analfabeto, hasta inútil. Luego, cuando se le pasaba el enfado, se arrepentía y me pedía perdón. Al menos salíamos a una bronca por semana, pero aunque pueda parecer absurdo, la echo de menos. Ya ves, antes, para no sentirme tan solo, buscaba la compañía de Consuelo, pero ahora me irrita su presencia. Quizás me cueste aguantarla, porque la comparo inconscientemente contigo, tan parecida a Diana en sus buenos tiempos.
Irene se rebulló inquieta en su silla. Su último comentario no entraba en el guion habitual entre un cliente y su abogado y ese era el único terreno en el que se sentía segura con él. Sergio mantenía la cabeza baja y la vista fija en el mantel, por lo que pudo analizarle sin que se diera cuenta.
Verdaderamente era muy bien parecido, se dijo. Con su alta estatura, el cabello tan oscuro y aquella piel tan tostada en la que destacaban sus ojos azules. Poseía también la forma física de un atleta, lo que era natural por su profesión. Como se sentía en terreno resbaladizo buscó inmediatamente la forma de cambiar de tema. ¿Por qué no se le ocurriría nada?
—Está lloviendo mucho, —dijo al fin, demostrando una carencia absoluta de recursos dialécticos.
Sergio parecía ensimismado siguiendo con un dedo el curso de una de las rayas del mantel y contestó mecánicamente:
—Sí, es que estamos en febrero. Puede que nieve uno de estos días. —
De improviso levantó la cabeza y le sonrió—: Y por cierto, ¿sabes esquiar?
Algo desconcertada por la pregunta, Irene agitó su rubia y rizada melena al menear negativamente la cabeza.
—¿Esquiar?, no. Me gusta la nieve para verla, pero no practico ninguno de los deportes de invierno porque soy muy friolera, ¿por qué lo dices?
—Porque tengo una cabaña en la sierra, al pie de Navacerrada, y he pensado que a lo mejor te gustaría que nos acercáramos por allí el próximo fin de semana.
Se lo había comentado con la expresión de un niño que le estuviera haciendo esa proposición a la profesora de su colegio, pero Irene volvió a rebullirse en su silla, más inquieta si cabe que antes.
—Pues… no, creo que no. Ya te he dicho que no me gusta la nieve y además tengo ahora demasiado trabajo. Es mejor que vayas con Consuelo.
Sí, creo que será lo mejor.
Él se la quedó mirando con una expresión extraña.
—¿Por qué con Consuelo?
—Porque es muy amiga tuya y se lo merece, aunque solo sea como contraprestación por todo lo que se ha preocupado por ti. Estoy segura de que a ella le encantaría ir contigo, —balbuceó tontamente después de haber buscado sin lograrlo una respuesta coherente en el desorden mental que padecía en esos momentos.
—A ella no lo sé, pero a mí desde luego no me apetece lo más mínimo.
Irene se preguntó qué podría decir para encauzar la conversación hacia un terreno menos resbaladizo. Habían terminado de comer y en el exterior seguía lloviendo acompasadamente con un rumor sordo y tristón, acorde con la desvaída y grisácea imagen de la plaza que divisaba a través de la ventana, por lo que no le pareció procedente sugerirle un paseo por el Madrid antiguo. Sergio había llamado al camarero ya y ella se removió inquieta en su silla reprimiendo el deseo de echar a correr en cualquier dirección. De improviso se le ocurrió una excusa para dar por finalizada la cita de ese día con Sergio y musitó, con la mirada fija en un transeúnte que corría empapado bajo la lluvia atravesando la plaza:
—Acabo de recordar que tengo que volver a mi casa temprano por un asunto de trabajo.
Inexpresivamente, Sergio levantó una ceja.
—¿Hoy? Hoy es domingo.
—Sí, pero es que es un asunto muy urgente. ¿No te importa, verdad?
Él tardó en responder.
—Pues la verdad es que sí me importa.
Desesperadamente buceó en su mente para añadir a lo expuesto una disculpa que sonase convincente.
—Lo siento entonces, pero no tengo más remedio. Esos son los inconvenientes que tenemos los abogados, —le dijo con una risita falsa—.
No tenemos días de fiesta. En otra ocasión a lo mejor tenemos más suerte.
—Vale, vale, ¿estás segura de que no lo puedes posponer? —replicó él con el semblante totalmente inexpresivo—. Había pensado que esta tarde podríamos reanudar los dos la búsqueda de las escrituras que no aparecen, las de los inmuebles de Diana.
—¿Ir a tu casa ahora?, —inquirió vacilante sin saber qué pensar de la proposición que le estaba haciendo él.
En cualquier caso no le apetecía lo más mínimo. Recordó la tarde en la que, durante la reclusión de Sergio en prisión, había quedado allí con Sandra y el silencio absoluto que reinaba en sus inmensas y solitarias estancias. Un silencio similar al que se respiraba en los cementerios, pero sin la paz que caracterizaba a estos. Sintió ese día como… como si una presencia intangible se paseara por las habitaciones de la planta superior y fuera desvaneciéndose conforme el crepúsculo iba adueñándose de la luz del día. Y el pánico que sintió cuando, después de que se marchara Sandra, la sorprendió Ángel en el dormitorio de Sergio. En compañía de este no tenía nada que temer de su cuñado, pero tampoco sabía cuáles eran sus intenciones ni qué pretendía con su propuesta. Intuía que no la veía solamente como a una sesuda abogado que se ocupaba de sus asuntos jurídicos y a la que tenía que agradecer que le hubiera sacado de la cárcel.
En pequeños detalles imperceptibles había podido advertir que disfrutaba además, o sobre todo, de su compañía, porque era joven y atractiva. Otra, en su lugar, probablemente se hubiera sentido halagada, pero Irene consideraba que degradaba el papel que desempeñaba en la relación de cliente y abogado que mantenía con él, para dejarla reducida a la categoría de una chica guapa. Chicas guapas las había a cientos, pero profesionales capaces, no tantas. ¿Debería dejarle claro en ese momento que ella era su abogado y nada más que su abogado y que cómo tal debían mantener una actitud más distante? ¿Pero cómo podría hacérselo entender sin ofenderle?
—¿Cuánto crees que podríamos tardar en buscar esas escrituras en tu casa?, —le preguntó al fin con la expresión más impersonal que fue capaz de adoptar—. Me vence el plazo para presentar una demanda. Tengo que formalizarla esta tarde para que el procurador la presente mañana sin falta.
Podría disponer, a lo sumo, de una hora para buscar esos documentos en tu casa y no sé si será tiempo suficiente. ¿Qué te parece?
Pretendía que él se diese cuenta de que el único motivo por el que estaría dispuesta a acompañarle a la mansión en la que vivía consistía en la reanudación de la búsqueda de los documentos extraviados. Sergio debió entenderlo así, porque se la quedó mirando con una chispita de decepción en los ojos.
—Claro, claro. Pero nos tomaremos antes un café, ¿no?
—No, —replicó Irene implacable—. No nos tomaremos ningún café.
Tengo muchísimo trabajo y no puedo perder ni un segundo en esas frivolidades.
El semblante de él expresó algo de desconcierto.
—¿Te parece que un café es una frivolidad?
Irene se rebulló inquieta nuevamente. ¿Qué debería contestarle? ¿Habría entendido él lo que quería decirle con tanta divagación?
—No me parece que un café en sí mismo sea una frivolidad, —le aclaró muy digna—. Me parece una frivolidad perder el tiempo en una cosa tan superflua cuando tenemos que realizar otras mucho más urgentes.
¿Entiendes?
—Sí, pero no quiero que te veas obligada por mí a cambiar tus planes ni que tengas que permanecer despierta hasta bien entrada la madrugada para redactar esa maldita demanda. Otro día, quizás, podamos permitirnos alguna “frivolidad”.
Recalcó la última palabra con sarcasmo e Irene se dio cuenta de que estaba enfadado, aunque intentaba disimularlo. Se había puesto en pie y ella buscó en el desorden de su mente algún comentario oportuno que pudiese reconducir la tensión del momento a un punto de mayor relajación.
—Oye… —empezó a decir.
Se giró hacia Irene con las cejas enarcadas, pero no tuvo oportunidad ella de añadir una sola palabra para completar la frase, porque el sonido de llamada del móvil de Sergio lo impidió. Se fue apartando este para hablar por el aparato hasta el rincón más apartado del restaurante, yendo a detenerse delante de las puertas de los aseos, disimuladas tras una celosía de madera de color verde, Aunque no oía Irene lo que estaba diciendo, sí pudo apreciar su sobresalto al escuchar lo que su interlocutor le comunicaba. Con su moreno semblante desencajado, se reunió con ella poco después.
—¿Qué pasa? ¿Alguna mala noticia?, —le preguntó inquieta.
Hizo él un ademán afirmativo con la cabeza. Estaba pálido y como aturdido.
—Sí, Consuelo. Acaba… acaba de sufrir un accidente de tráfico. Me…
me han llamado del hospital,… y…
Se le quebró la voz y por un instante temió Irene que se echara a llorar.
Sin acertar a reaccionar oportunamente se le aproximó y puso una mano sobre su hombro.
—¿Cómo está?
—Mal. No tiene familia en Madrid y el número de mi móvil figura en su agenda. Por eso me han llamado.
Como atontado salió con ella a la plaza donde Irene abrió su paraguas, bajo el que los dos se guarecieron de la lluvia torrencial.
—Te llevaré a tu casa, —le dijo sin mirarla y con una voz que no era la suya—. Tengo que ir al hospital, pero te dejaré antes en tu portal.
Evocó Irene la alta y atlética figura de Consuelo y su aire resuelto.
Probablemente decidía ella por los dos y le mimaba como a un niño. Sin la profesora de gimnasia era muy posible que se sintiera perdido.
—¿Quieres que te acompañe?, —se ofreció Irene.
Tardó en oírla Sergio. Parecía ausente, con la mirada perdida en un punto indeterminado y cuando la fijó en su rostro parpadeó como si acabara de reparar en su presencia.
—No, no. Tienes que trabajar y apenas la conoces. Vamos a buscar mi coche al aparcamiento.
Le siguió ella hasta el estacionamiento subterráneo de la plaza Mayor, sin acertar con las palabras de consuelo apropiadas que debería decirle. Él seguía como ensimismado y solo cuando arrancó el vehículo y salieron a la calle pareció darse cuenta de que la llevaba al lado.
—Está en coma, ¿sabes? —murmuró apenas—. Y… y no sé que voy a hacer. Ella ha sido siempre mi mejor amiga, mi único apoyo en los momentos difíciles.
Esbozó Irene un gesto de asentimiento, preguntándose si no sería también algo más.
—Se ha estrellado de frente por la carretera contra un camión, —
continuó él—. Ayer me dijo que iba a aprovechar el domingo para visitar a una amiga que vive en un pueblo cercano y…
—Se pondrá bien, no te preocupes —susurró Irene—. Llámame luego desde el hospital para decirme como sigue.
Apenas si intercambiaron alguna palabra más durante el resto del trayecto. En cuanto llegaron a su portal, se despidió de él y echó a correr escaleras arriba deseando encontrarse en su casa cuanto antes y arrinconar en un compartimento estanco de su mente el desasosiego que le había hecho sentir Sergio durante la comida. En el piso que compartía con Marisa se sentiría segura. Podría, en la más completa soledad, poner en orden sus confusas ideas e intentar entender el significado de las insinuaciones de él, antes de llamarle para preguntarle por Consuelo. Le inspiraba esta una profunda lástima y no solo por el accidente que acababa de sufrir, sino también por los sentimientos que parecía inspirarle Sergio, a los que no estaba claro que él le correspondiera.
Los peldaños de madera crujían ahora bajo sus pies conforme ascendía hacia la primera planta, con el inconfundible olor a repollo hiriéndole el olfato. Se detuvo unos segundos en el rellano para recuperar el aliento y entonces oyó abrirse la puerta de cristales del portal. No era extraño que, pese a la lluvia, alguno de sus vecinos hubiera salido a dar una vuelta y regresara ahora, pero, sin saber por qué, sintió un escalofrío. Quizás se debiera a que, desde la tarde en la que asistió a la detención de Sergio en la comisaría de la calle de las Huertas, tenía los nervios alterados, porque en varias ocasiones había notado que la seguían. Pero que alguien hubiera comenzado a subir la escalera y se encontrara en ese momento un piso más abajo que ella no tenía nada de extraño, se dijo. Podía considerarse como habitual en un edificio de cinco plantas, con dos viviendas en cada una de ellas, coincidir por la escalera con alguna de las personas que las habitaban.
Se lo repitió varias veces por dentro, pero reanudó apresuradamente el ascenso, a la par que ese alguien hacía lo mismo un tramo de escalones más abajo. Sus pisadas chirriaban distintamente al compás de las de ella. Se habían detenido ahora al alcanzar Irene la segunda planta, por lo que esta aguzó el oído. Antes de iniciar la ascensión del siguiente tramo, se asió a la
barandilla de hierro, de la que, en la oscuridad de la escalera, apenas si vislumbraba algo más que los trazos negros de sus barrotes, y se abocó sobre la misma intentando avistar a la persona que subía tras ella. No logró ver más que sombras por el hueco. Las bombillas que iluminaban el rellano de las plantas se habían fundido tiempo atrás sin que nadie se hubiera molestado en reponerlas y los ventanucos que se abrían en la pared, entre planta y planta, apenas si filtraban alguna claridad a través de los cristales enturbiados por la lluvia. Pero había alguien en el rellano de la primera planta, porque en aquel absoluto silencio le oía jadear. Quizás, desde un piso más abajo, oyera también esa persona el martilleo incesante de su corazón, se dijo. Se le había disparado de improviso como si la maquinaria se le hubiera roto, por lo que se llevó una mano al pecho para acallar sus latidos, al tiempo que reanudaba el ascenso imprimiendo a sus piernas un ritmo creciente. Desembocó sin aliento en la tercera planta. Allí vivía el pretendiente de Marisa, pero sería inútil que llamara al timbre de su casa porque había salido con su amiga. No, tenía que rematar los cinco pisos interminables de aquella escalera y una vez en su casa estaría fuera de peligro.
Fatigosamente subió un tramo de escalones más y luego otro. Jadeaba ella también y oía la respiración de su perseguidor cada vez más cercana, por lo que finalmente se lanzó escalones arriba como una exhalación y no se detuvo hasta que al desembocar en la planta quinta se precipitó dentro de su piso, cerrando la puerta a continuación tras ella.
Apoyada de espaldas contra la hoja dejó escapar un suspiro de alivio, y luego, más tranquilizada, dio unos pasos en dirección a su dormitorio. Pero la sensación de hallarse a salvo se desvaneció en apenas un segundo. De improviso notó algo extraño a su alrededor, por lo que escudriñó aprensivamente el largo pasillo. Una luz grisácea procedente del cuarto de estar, cuya puerta estaba abierta, proyectaba una claridad incierta sobre el corredor sin acabar de disipar sus sombras. No se había dado cuenta anteriormente de lo vieja y decrépita que era la casa en la que Marisa y ella vivían ni en como chirriaban sus pasos sobre la tarima del pasillo, ahora que lo iba recorriendo. Con una mano temblona pulsó el conmutador de la luz y entró en su habitación, lóbrega y de reducidas dimensiones. Disponía de
una sola cama, adosada a la pared frontera a la de la puerta y cubierta con una colcha azul. A su lado, una mesilla de madera de estilo castellano, que habían comprado en el Rastro, servía de base a una lámpara con la pantalla de pergamino y a sus pies, un armario de dos cuerpos, también de madera que habían adquirido en la misma tienda, cubría toda la pared, dejando espacio únicamente para que pudiera abrirse la puerta. Junto a la cama, la ventana, estrecha y alta, daba a un patio donde los vecinos tendían la ropa, y a través de la cual se veía llover.
Se quitó el chaquetón y lo colgó en el armario. Luego se giró sobre sí misma diciéndose que se había alarmado sin motivo y en ese preciso instante oyó un ruido extraño en la puerta de entrada del piso. No podía ser Marisa, era demasiado temprano. Además su amiga tenía llave y el sonido respondía más bien a la manipulación de alguien que estaba hurgando en la cerradura. Se detuvo en el umbral, sintiendo sus músculos agarrotados.
Algo similar lo había experimentado en sueños, cuando padecía una pesadilla. También entonces intentaba correr, escapar del peligro que la acechaba, pero tampoco en sus sueños podía moverse, pese a las órdenes que les enviaba a las piernas su cerebro.
Asida al quicio de la puerta de su cuarto, notó que el sudor le resbalaba por la frente, pero permaneció inmóvil con los ojos desmesuradamente abiertos. El ruido volvió a repetirse. Quienquiera que fuese, estaba trasteando en la cerradura con la evidente intención de entrar en el piso, mientras ella seguía sin reaccionar, paralizada por el pánico.
Con un tremendo esfuerzo logró al fin mover un brazo y después las extremidades inferiores y finalmente echó a correr hacia el ensanche del pasillo que hacía las veces de vestíbulo para asegurar la puerta, echando el cerrojo fac que para mayor seguridad habían instalado Marisa y ella. Oyó una respiración agitada al otro lado y visualmente calibró la resistencia de la puerta. ¿Aguantaría la embestida del extraño que se encontraba en el descansillo de la escalera? En las películas había visto que no resistían los empellones de la policía cuando esta se lanzaba sobre la hoja de madera con el hombro ni cuando le atizaban un buen patadón. ¿Aguantaría la suya el envite?
Notaba un frío intenso y cómo le latía desacompasadamente el corazón dentro del pecho, pero permaneció con el oído pegado a la puerta tratando de adivinar los movimientos del intruso. Al cabo de un rato, este pareció desistir de su intento, porque tras una última tentativa oyó como se alejaba por el rellano y luego el sonido de sus pisadas haciendo crujir los peldaños, escaleras abajo.
Con un suspiro de alivio, Irene se retiró de su observatorio. Tenía las piernas tan temblonas que a duras penas consiguió llegar hasta la cocina para hacerse una infusión de tila, pese a que esta se encontraba a dos pasos de la entrada. Instantes más tarde y con la taza en la mano se dirigió por el pasillo hacia el cuarto de estar, donde se sentó en el sofá con la puerta abierta. Desde allí distinguía perfectamente la entrada del piso y ahora el silencio era absoluto. Aunque la mano le temblaba ostensiblemente, consiguió llevarse la taza a los labios y tomar un sorbo del brebaje que se había preparado. No le gustaban nada las infusiones, pero necesitaba tranquilizarse y dejar de tiritar de frío y de miedo. ¿Por qué desde que Sergio le había encomendado su defensa vivía tan sobresaltada? Su existencia anterior, apacible hasta el aburrimiento, se había trocado, desde el día en que asistió a su declaración en la comisaría, en una angustiosa sucesión de vivencias incontroladas, unas veces por el peso de la responsabilidad que había asumido y otras por la agobiante sensación de haberse convertido en el blanco de alguien a quien ella le estorbaba. ¿Pero a quién y por qué? ¿Sería a Ángel, decidido a heredar a su hermana a toda costa?
Pero que hubiera asumido la defensa de los intereses de Sergio no era suficiente motivo, se dijo pasando una mano por su frente, que notaba húmeda de sudor. De no haberla aceptado ella, otro abogado, probablemente con más experiencia, se hubiera ocupado de esa defensa y no consideraba razonable que Ángel se dedicara a perseguir a todos los abogados que fueran ocupándose sucesivamente del caso.
Quizás lo más sensato fuese renunciar a seguir ocupándose de aquel asunto, se dijo tras una última mirada a la puerta del piso. Sergio disponía ahora de dinero y podía perfectamente encomendar la testamentaria de Diana a algún despacho de prestigio que seguramente se la resolvería sin
dificultad alguna y sin sufrir las persecuciones que ella estaba padeciendo.
Si renunciara, se libraría también de las insinuaciones de él, que parecía confundir la relación profesional que deberían mantener ambos con la de cualquier pareja de jóvenes que se atrajeran. No entraba en sus cálculos irse a pasar un fin de semana con él a la nieve ni a ninguna parte. Ni con Sergio ni con ningún otro cliente. La proposición de él la había hecho sentirse despojada del prestigio de la profesión que ejercía y de la importancia trascendental que había representado su intervención profesional el sacarle de la cárcel, para degradar la posición que desempeñaba, reduciendo su papel al de una chica atractiva como tantas otras. Se lo contaría a Marisa cuando regresara a casa. Seguramente consideraría que ella era completamente tonta y que no sabía aprovechar las ocasiones.
Su amiga la escuchó en silencio cuando al fin regresó esa noche al piso que compartían e Irene le refirió incoherentemente la persecución de que había sido objeto por las escaleras del edificio y como había intentado esa persona entrar en la vivienda. Con la intención de tranquilizarla, Marisa le dio unas suaves palmaditas en la espalda.
—Vale, vale, ya ha pasado todo. ¿Pero estás segura de que no se trataba de algún vecino que subiera renqueando detrás de ti con la exclusiva intención de volver a su casa? Hay varios de mucha edad.
—Claro que estoy segura, —replicó ofendida—. No lo tendría tan claro si esa persona no hubiera intentado después forzar la cerradura de la puerta.
Ya te he comentado en otras ocasiones que alguien me sigue por la calle. La de esta tarde no ha sido la primera vez. La diferencia es que hoy ha cambiado de escenario y me ha perseguido por la escalera de este edificio.
Marisa le sonrió con la intención de quitarle importancia al asunto.
—Sí, ya me contaste cómo te acosó el cuñado de tu cliente, ese tipo que se llama Ángel y que debe de ser un mal bicho. —Pensativa se acarició la mejilla—. Quizás lo que pretenda sea asustarte para que renuncies a ocuparte de los asuntos de Sergio Andrade, pero es absurdo, ¿no? Si renunciases tú, te sustituiría otro en ese cometido. En cualquier caso…
Se interrumpió sin acabar la frase. Se había sentado a su lado en el sofá del cuarto de estar e Irene la animó a qué continuase manifestando lo que había dejado a medias.
—En cualquier caso, ¿qué?
—Nada, estaba pensando que quizás fuese preferible que decidieses renunciar a llevarle ese asunto. Tienes los nervios de punta desde que asististe a su declaración en la comisaría. ¿No te das cuenta?
Con un esfuerzo, logró controlar Irene la tiritera que padecía, pues, pese a la tila que había ingerido y a la compañía de Marisa, aún experimentaba una aguda sensación de pánico, imposible de traducir en palabras.
—Sí, lo estoy pasando mal, pero no puedo tirar la toalla solo por ese motivo. Él confía en mí y mi obligación es sacarle del atolladero, aunque los hermanos de Diana me hagan la vida imposible. ¿No crees?
Marisa esbozó un gesto dubitativo.
—No lo sé. No sé hasta qué punto te sientes obligada con él, pero lo que sí sé es que si renunciaras a ese asunto viviríamos las dos más tranquilas y él resolvería igualmente su problema encomendándoselo a otro abogado, porque ninguno somos insustituibles.
Se volvió Irene para mirar a su espalda los cristales del balcón, contra los que se abatía la lluvia formando chorreantes regueros, como si pretendiera otear si en la calle había alguien vigilando ese balcón.
—Tienes razón, no soy insustituible y otro cualquiera lo haría, cuando menos, tan bien como yo.
—¿Entonces…?
Levantó Irene ambas manos en un ademán de impotencia, ya que no lograba expresar con palabras los sentimientos que estaba experimentando y necesitaba valerse de gestos para traducirlos.
—Es una sensación extraña la que me mueve a continuar ocupándome de sus intereses, —murmuró a media voz—. Le veo tan… tan incapaz de defenderse de esas dos arpías que son sus cuñados…
Marisa enarcó escépticamente las cejas.
—¿Y qué pasa? ¿Qué tú si eres una mujer valerosa y capaz de soportar cualquier asedio? ¿No será que le encuentras tremendamente atractivo? ¿Te has detenido a meditarlo?
Frunció Irene el ceño y bajó la mirada para fijarla pensativamente en la punta de sus dedos. Luego meneó negativamente la cabeza.
—No, no creo que sea ese el motivo. Aún no te he contado que me ha propuesto pasar el próximo fin de semana en una cabaña que tiene al pie de Navacerrada y que he denegado su ofrecimiento.
—¿Por qué? ¿No te apetecía?
Se lo preguntó a sí misma en ese momento y no tardó en encontrar la respuesta.
—Porque soy su abogado, no su ligue.
La otra se echó a reír.
—Una cosa no excluye necesariamente la otra, pero creo que has hecho bien. No considero correcto que de buenas a primeras pretenda pasar un fin de semana contigo. Me has dicho que es un hombre muy guapo, ¿no?
—Sí, es muy guapo. Físicamente está muy bien.
—Bueno, quizás se le den las chicas como hongos y crea que todo el monte es orégano. En cualquier caso, insisto en que deberías renunciar a seguir ocupándote de sus asuntos.
Irene se quedó callada, mirando pensativamente cómo la oscuridad de la noche se había adueñado de la calle. Únicamente se distinguía la luz de las ventanas de la casa de enfrente, salpicada por las gotas de agua de la lluvia.
—Sí, pero perdería un cliente y solo tengo dos. Él y la amiga de la vecina del segundo, la del marido pendón.
—¿Y qué? De momento no has sacado ni un euro y sí muchísimos disgustos. Y en cuanto al desamparo que sientes que padece, creo que deberías ser más prudente. No sabes nada de él ni él de ti, así que creo que lo más sensato sería que le dieses la boleta.
—¿Y con qué motivo? No se me ocurre ninguno. Y aún no te he contado lo que le ha sucedido esta tarde a la profesora de gimnasia de su instituto. Es su mejor amiga, si es que no es algo más. Ha tenido un accidente de tráfico y la han ingresado en coma en un hospital. Por eso he vuelto tan pronto a casa, porque él como una exhalación se ha marchado a verla.
En ese instante sonó el timbre de llamada del móvil de Irene y esta se lo llevó al oído poniéndose en pie para salir al pasillo y mantener la conversación sin ser escuchada por Marisa. Regresó instantes después, pálida y con el semblante desencajado.
—Era Sergio, —le dijo desde el umbral—. Me ha llamado para darme la mala noticia. Estaba deshecho, casi no le salía la voz de la garganta.
—¿Sí? ¿Qué le ha pasado?
—Que Consuelo, la profesora de gimnasia de la que te estaba hablando, ha muerto hace unos minutos.
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