Secreto Profesional

Ursula Llanos · Capítulo 6 de 18

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Secreto Profesional

Capítulo 5

Subió apresuradamente los dos tramos de escaleras que debía salvar para alcanzar la primera planta del edificio y al llegar al amplio pasillo donde sea abrían innumerables puertas en la pared del fondo buscó la llave de su despacho en el bolso. Instantes más tarde entraba en la heladora nevera en que se había convertido la habitación desde que la abandonara la tarde anterior y se dirigió apresuradamente hacia el balcón para subir la persiana.

Desde allí se divisaba la amplia calle Sagasta con su estruendoso tráfico en plena efervescencia. Miles de automóviles transitaban en ambas direcciones, impregnando el aire con su olor a humo de aceite quemado.

Con los cristales del balcón cerrados no se percibía ese olor, pero aún así se adivinaba, como adivinaba ella el ensordecedor sonido de los coches que no llegaba tampoco a oír.

Puso en funcionamiento el convector e iba ya a sortear la mesa para sentarse tras ella, cuando sonó el timbre de la puerta. ¿Sería un cliente?

Alguien le había comentado que en el ejercicio de su profesión lo difícil era conseguir el primero y que los demás venían rodados. ¿Sería cierto?

Se dirigió resueltamente a abrirle, pero se detuvo un segundo antes, con la mano en el pomo. Acababa de recordar al tipo que la había seguido por el Paseo del Prado y al que había conseguido esquivar, corriendo como una exhalación por los pasillos del Metro. ¿Habría averiguado el hombre al que pertenecía aquella borrosa silueta oscura dónde trabajaba ella?

Cautelosamente miró por la mirilla y dejó escapar seguidamente un suspiro de alivio al reconocer a su vecino de despacho, al que le franqueó la puerta a continuación.

—¡Hola!, —la saludó este alegremente—. Vengo a preguntarte cómo te fue ayer. ¿Tuviste que asistir a la declaración de muchos detenidos?

Como siempre, Gonzalo llevaba la indumentaria que cualquier cliente esperaría que vistiese un abogado que le inspirase confianza. Un pantalón gris y una chaqueta azul marino. La corbata era de rayas azules y grises y llevaba su abundante cabello peinado con raya a un lado, aunque algunos mechones le resbalaban sobre la frente. Sin saber por qué a Irene le alegró su visita. Quizás porque aún estaba atemorizada por la persecución de que había sido objeto la tarde anterior y consiguientemente temía que este pudiese reaparecer en su despacho en cualquier momento y darle un susto de muerte.

—Solo tuve dos asistencias, —precisó—. Una en la comisaría de la calle Huertas y otra en la de la Luna. Pero no vas a poder creértelo cuando te lo cuente. —Había ido a sentarse tras su mesa y él se dejó caer enfrente de ella en uno de los dos sillones de los clientes.

—¿Qué es lo que no me voy a creer?, —le preguntó risueño.

Aparentemente se encontraba comodísimo en aquella estrecha butaca, que Irene había comprado de segunda mano.

—No vas a poder creer quien fue el detenido al que me tocó asistir en su declaración. ¿Has leído en el periódico los crímenes que se han cometido en el Museo del Prado, al pie del cuadro de “Las Meninas”?

—Sí, claro. Dos pintoras a las que ha estrangulado un viejo chalado con un intervalo de pocos días. —Se incorporó bruscamente para clavar en ella sus claros ojos castaños—. ¿Te tocó asistir al viejo chalado?

Irene meneó negativamente la cabeza, agitando al propio tiempo su rubia y rizada melena.

—No. Me tocó asistir al marido de la segunda víctima.

Gonzalo abrió la boca sin comprender.

—¿El marido era el viejo chalado?

—No. El marido es joven, como lo era ella, y no tenía nada que ver con el viejo chalado. La policía le detuvo, porque su mujer tenía muchísimo dinero y el marido es el heredero.

—Ya, —musitó pensativamente él—. ¿Y qué tenían en común las dos víctimas? La primera, Julia Ramírez, además de ser una mujer extravagante, pintaba fatal. Llevaba el pelo engomado con algo que parecía engrudo y sus cuadros recordaban a un revoltillo de huevos con tomate.

Intrigada, Irene se inclinó hacia él sobre la mesa.

—¿La conocías? ¿De qué la conocías?

Se quedó él en suspenso durante un instante, pero luego se echó a reír.

—¿Conocerla?, no, no la conocía. La vi en varias ocasiones en la plaza Mayor. Ella iba allí cargada con sus cuadros con la intención de venderlos y yo a buscar sellos para mi colección. Colecciono sellos de España, —le aclaró.

—¿Y cómo era esa pintora?, —se interesó Irene, con sus claros ojos azules muy abiertos.

—Pues… muy desaliñada, ya te lo he dicho. Mal peinada, mal vestida y mal pintada. Bueno, creo recordar que no iba pintada en absoluto, pero lo peor eran sus cuadros. Decía que lo suyo era el arte abstracto, pero el efecto que producían sus lienzos era deplorable. Se asemejaban mucho a un conjunto de manchones morados, rojos y amarillos con formas geométricas y puntitos negros. Un niño lo hubiera hecho mejor.

—Hablaste con ella entonces.

—No, que va, —negó él rápidamente, aunque, sin saber por qué, a Irene le sonó a falso su respuesta—. La oí hablar con otras personas, que no es lo mismo. Con las personas que se le acercaban con la intención de ver sus cuadros, porque los vendía muy baratos. ¿La segunda víctima era también una progre zarrapastrosa que emborronaba los lienzos con manchurrones de colores?

Irene estudió cautelosamente al joven que tenía enfrente, que en ese instante le pareció que le estaba ocultando algo. También su estatura rondaría el metro con noventa centímetros y, según acababa de reconocerle, había conocido a la pintora de los lunes. ¿Pero no se estaría pasando de desconfiada?

—No, todo lo contrario, —repuso en tono monocorde—. Diana Alvear era joven, guapa y pintaba unos cuadros increíbles.

—Diana Alvear, —repitió él como para sí con una expresión que Irene no supo interpretar.

—Tampoco lo suyo era la pintura abstracta, —continuó ella—. Su estilo era el iluminista, —añadió, muy satisfecha de poder demostrar tanta cultura, gracias a las explicaciones de Marisa.

—¿Y eso qué es?, —le preguntó él, demostrando que tampoco estaba muy ducho en la materia. Sin el menor esfuerzo, Irene imaginó la expresión reprobatoria de Marisa de haberle oído manifestar tan claramente su ignorancia sobre un tema que su amiga consideraba trascendental.

—Un movimiento artístico que se caracteriza por el brillante tratamiento de la luz, —le explicó—. ¿Sabes quién fue Sorolla?

—Sí, claro.

—Pues Diana Alvear pertenecía a esa escuela y ganaba muchísimo dinero. No tiene nada en común con Julia Ramírez, salvo que las dos eran pintoras y que las dos fueron a visitar el cuadro de “Las Meninas” de Velázquez a la caída de la tarde, instantes antes de que cerraran el museo, momento que aprovechó el viejo de la barba blanca para estrangularlas.

Perplejo se acarició la barbilla.

—¿Pero por qué entonces detuvieron al marido de Diana?

—Porque la policía pensó que el marido que hereda a su esposa adinerada es siempre el culpable de su asesinato.

Lo decía con guasa y él se echó a reír.

—¿Y qué declaró el marido en la comisaría?

—Nada. Estaba tan sorprendido que no parecía considerar que lo que le estaba sucediendo fuera real. La policía además no tenía ninguna prueba contra él y le mandó a su casa después de que prestara declaración y de que yo dijera unas palabritas a su favor. Ahora él me ha pedido que me ocupe de su defensa en lo sucesivo, así que… ya tengo un cliente.

Gonzalo continuó mirándola fijamente. Parecía no acabar de entender lo que ella le estaba diciendo.

—¿De su defensa? ¿De qué defensa? Si le han mandado a su casa sin tan siquiera cumplir el trámite de ponerle a disposición del juez, es que no tienen nada de que acusarle. Además, por lo que he leído en el periódico, las cámaras de seguridad del museo grabaron al asesino cuando estaba estrangulando a las dos pintoras y, como ya he dicho, era un viejo canoso.

¿El marido es un viejo canoso?

—No, ya te he dicho que es joven. Creo que le dijo al policía mandamás que tenía treinta y cinco años. Y además de joven, es guapísimo.

Gonzalo se la quedó mirando con algo de recelo.

—¡Ah!, ¿sí?

—Sí.

—¿Pero de qué quiere que le defiendas?, —insistió con expresión de sentirse embarullado por las explicaciones de ella.

—Quiere que le defienda si le vuelven a detener y, en cualquier caso, me ha pedido que me ocupe de la testamentaría de la pintora difunta.

Impasible, se quedó callado como si estuviera reflexionando y finalmente meneó negativamente la cabeza.

—No me gusta.

—¿Qué es lo que no te gusta?

—No me gusta ese asunto. No creo que tengas experiencia suficiente para verte mezclada en ese follón que me estás contando. ¿Hay más parientes de la víctima?

Indignada, Irene abrió la boca y la volvió a cerrar. Luego se revolvió en su butaca como si se aprestara a defenderse de las palabras de él.

—¿Que no tengo experiencia? Claro que no la tengo. Pero si no acepto su caso ni los que me surjan después porque no tengo experiencia, no llegaré a adquirirla nunca. Además, no es de la defensa de un delito de lo que en principio tendré que ocuparme. Es de una testamentaría, que es un asunto mucho más aséptico y mucho más rentable para mí.

—Vale, vale, —protestó él levantando una mano como si estuviera pidiendo una tregua—. De acuerdo, no tienes experiencia y llevando su caso adquirirás alguna. ¿Pero has pensado que esa testamentaría puede ser muy complicada? ¿Qué parientes tenía la víctima?

—Dos hermanos.

—¿Y la esposa de tu cliente había hecho testamento?

Vaciló Irene antes de contestarle.

—No sé si puedo contártelo.

—¿Porque el secreto profesional te obliga a no revelar a nadie lo que tu cliente haya podido declarar en esa comisaría?

—Sí y lo siento, porque me vendría bien conocer tu opinión y que me aconsejaras.

Gonzalo se echó a reír.

—No te preocupes entonces. Me comprometeré a colaborar contigo como asesor en ese asunto y de esa forma el secreto profesional me alcanzará también a mí. Yo tampoco podré revelar nada de lo que me refieras.

Escudriñó ella su risueña expresión con cierta desconfianza.

—¿Estás seguro?

—Completamente. Veo que no te has molestado en echarle una ojeada a nuestro código deontológico. ¿Sabes lo que dice su artículo 5?

Meneó Irene negativamente la cabeza.

—No, ¿qué dice?

—Dice que en el caso de que el ejercicio de la abogacía se efectúe en forma colectiva, el deber de secreto se extiende también a los demás componentes del colectivo.

Le observó ahora con la boca abierta.

—Pero tú y yo no somos un colectivo. Tú trabajas en tus casos y yo en los míos.

—Puedo ayudarte en tus casos, aunque no cobre. ¿Prefieres que lo haga constar así por escrito?

—Sí, me quedaría más tranquila.

—Está bien, —murmuró resignadamente él—. Déjame un instante tu butaca y tu ordenador.

Se levantó ella del sillón aún aturdida y permaneció a su espalda viéndole teclear en el aparato que tenía sobre su mesa. Imprimió después el escrito y se lo entregó firmado, al tiempo que se levantaba y le daba la vuelta a la mesa para volver a ocupar su anterior asiento.

—Vale, —admitió Irene en cuanto terminó de leérselo—. Te contaré lo que declaró Sergio Andrade en la comisaría. Cuando se casaron hace diez años, testaron recíprocamente los dos a favor del otro cónyuge.

—Ya, —musitó Gonzalo entre dientes.

Irene estudió recelosamente su expresión. Parecía contrariado por lo que acababa de comentarle y eso le produjo la sensación de que la estaba minusvalorando a ella.

—¿Qué quieres decir con ese “ya”?

—Quiero decir que si el marido es en cierto modo sospechoso de haberla asesinado, los hermanos de ella no van a permitir que se efectúe a su favor la adjudicación de la herencia, ¿no lo entiendes?

Irene pestañeó con la boca abierta.

—¿Por qué no lo van a permitir?

—Porque el atentar contra la vida del cónyuge es una causa de desheredación del que le sobrevive, ¿no te acuerdas?

Tardó ella en entender lo que le estaba diciendo.

—Sí, pero Sergio no ha atentado contra la vida de su cónyuge. La policía le detuvo por equivocación. Él dijo ayer que era inocente.

—Todos dicen que son inocentes, —puntualizó él con sarcasmo—. No he conocido ni un solo caso en el que reconozcan su culpabilidad.

—¿Me estás diciendo que Sergio es el autor de los crímenes del museo?, —se enfadó Irene—. No lo es. Tú no le conoces. Es un hombre amable y educado y…

—Y guapísimo, —la remedó él.

—Bueno, sí, pero eso no tiene nada que ver. Ciertamente, si fuera él el culpable, una vez que el juez dictara sentencia condenatoria, perdería el derecho a heredar a su mujer y sus hermanos pasarían a ser sus herederos, pero no es el caso.

—Pero aunque no lo sea, ya procurarán los hermanos implicarle en el crimen y complicarte la vida. ¿Y estás segura de que vas a saber defender los intereses de ese hombre?

Respiró hondo Irene para no soltarle una impertinencia. Luego contó hasta diez y finalmente replicó con voz helada:

—A lo mejor piensas que porque soy mujer no voy a estar a la altura de las circunstancias y que tú lo harías mucho mejor. —Tomó aire antes de continuar y luego añadió—: Siento muchísimo que no te hayan encargado ese asunto a ti, pero como da la casualidad de que me lo han encomendado a mí, pues me voy a ocupar yo y estoy segura de que no lo haré tan mal.

Desconcertado por su explosivo enfado, la observó en silencio con la cabeza ladeada. Luego luchó infructuosamente contra los mechones de cabello que le resbalaban sobre la frente.

—Yo no he dicho que las mujeres sean peores abogados que los hombres, —manifestó, haciendo un alarde de paciencia—. Ni lo he dicho ni lo pienso. Simplemente me he preocupado por ti, porque he pensado que ese asunto podría complicarse bastante y que quizás te vieras envuelta en algo muy desagradable, pero si prefieres que no me meta en lo que no me importa… pues… de acuerdo. Y perdona, —le dijo poniéndose en pie—.

Me marcho para que puedas trabajar a gusto.

En dos zancadas llegó hasta la puerta y al abrirla tropezó con una señora que iba a llamar al timbre en ese instante. Era una mujer de unos cuarenta años, de melena rojiza y rostro muy blanco y pecoso. Tenía los ojos de color verde claro y vestía un pantalón vaquero con el bajo deshilachado y una especie de poncho con flecos en el borde. Gonzalo la identificó como una progre del barrio de Chueca o como una hippie de cualquier lugar del mundo, pero se limitó a dejarla pasar y salió al pasillo sin volver la cabeza.

La recién llegada penetró resueltamente en el despacho y avanzó hacia la mesa, tras la cual la abogado se había puesto en pie.

—¿Irene Carvajal?, —le preguntó la desconocida, olvidando anteponerle el tratamiento de doña a su nombre.

—Sí, soy yo, —repuso ella observándola desconfiadamente. ¿Sería otra cliente? Si le pedía que le prestase sus servicios como abogado, ya le enseñaría educación y buenos modales y que se le dirigiese con el debido respeto.

—Me llamo María Alvear, —le dijo la visitante, dejándose caer en la butaca que Gonzalo acababa de dejar libre, aunque nadie le había dicho que tomara asiento.

Como sabía que un abogado de prestigio no debía traslucir ninguna emoción, Irene se la quedó mirando inexpresivamente.

—La he estado llamando por teléfono esta mañana, pero no me ha contestado nadie, —le explicó su visitante, fijando los ojos en el aparato blanco que ella tenía sobre la mesa—. Quería aclararle algunas cosas, puesto que, al parecer, es usted la abogado de Sergio.

—Efectivamente, —replicó Irene impasible, diciéndose que era lógico que nadie hubiese atendido su llamada telefónica, pues por las mañanas trabajaba en el laboratorio y no podía permitirse el lujo de contratar a una

secretaria que citara a los posibles clientes cuando ella se encontraba ausente.

—Vengo a decirle que no debería ocuparse de los asuntos de Sergio. Es un indeseable que hizo muy desgraciada a Diana, —masculló la mujer en un tono que destilaba resentimiento.

Irene se acodó en la mesa y apoyó la barbilla en una mano sin pronunciar una sola palabra. María empezó a rebullirse inquieta en la butaca.

—¿No dice nada?

—¿Qué quiere que diga? La estoy escuchando.

—Es que usted no sabe cómo es él, —insistió con énfasis al tiempo que su blanco semblante se enrojecía por el ardor con el que se expresaba—. Lo único que le importaba a Sergio era el dinero de Diana. Por eso se casó con ella.

—¿En qué trabajaba su hermana cuando contrajeron matrimonio?, —le preguntó Irene con una voz sin inflexiones.

—¿Diana?, era secretaria del jefe de sección de una empresa de telefonía.

—¿Había heredado ella entonces dinero de sus padres o de algún pariente?

—No, ¿por qué?

—Como me acaba de decir que don Sergio Andrade se casó con ella por dinero, —apuntó Irene con sarcasmo.

María Alvear parpadeó desconcertada.

—Bueno, no se casó por dinero, porque entonces no lo tenían ninguno de los dos. Fue después, cuando ella vendía sus cuadros por unas cantidades astronómicas.

—¿Qué es lo que dice que hizo mi cliente después?, —inquirió pacientemente Irene.

—¿Que qué hizo?, darse la gran vida. Diana se compró un chalet impresionante en La Moraleja y Sergio vivía allí como si fuese un marajá.

Sin inmutarse, Irene continuó acodada en la mesa, mirando a la otra sin pestañear.

—¿Seguían estando casados los dos?

—Sí, claro.

—¿Y dónde cree usted que debería haberse ido a vivir él?, —le preguntó con sorna—. ¿Quizás a la casa del guarda?

Aunque no le gustaba citar literalmente los artículos de ninguna norma porque le parecía una pedantería, como le apetecía fastidiarla le recitó de carrerilla:

—Según el artículo 68 del Código Civil, los cónyuges están obligados a vivir juntos. Por lo que me está diciendo, esa prescripción la cumplieron tanto su hermana como mi cliente al pie de la letra. ¿Qué es entonces lo que le parece mal?

María se mordió los labios, claramente humillada.

—No me ha entendido. Lo que he querido decirle es que Sergio se aprovechó siempre de la situación. Vivía con ella porque le convenía, pero él tenía otra. Por eso es por lo que Diana decidió al fin divorciarse de él.

¿No se lo ha dicho?

Irene se encogió de hombros, aunque en su interior recordó que lo que le había referido él era completamente distinto. En la versión de Sergio era Diana la que había encontrado otro y por esa razón quería obtener el divorcio.

—Lo que me haya podido comunicar mi cliente es estrictamente confidencial, —le contestó con voz helada.

—Bueno, sí, ya lo sé, pero es que yo quería aclarárselo todo. Por eso he venido. Para explicárselo y para decirle que fue Sergio quien la asesinó.

—¿La asesinó?, —inquirió inexpresivamente Irene. Se había retrepado en la butaca y observaba a su interlocutora sin pestañear—. ¿Cómo sabe que la asesinó? ¿Estaba usted en el museo esa tarde y le vio hacerlo?

Sin acertar a responderle, María se mordió los labios.

—No, claro que no.

—Entonces… ¿cómo puede afirmar tal cosa?

Con un vago ademán de su mano, pareció querer retractarse de sus anteriores palabras.

—Lo que quiero decirle es que, aunque Ángel y yo éramos sus hermanos, incomprensiblemente ese código civil que me ha recitado antes

ha dispuesto que sea el marido el heredero de todo si ella había testado a su favor, pero no es justo.

Irene desvió su mirada hacia la punta de sus dedos para que su visitante no advirtiera que le relampagueaban los ojos de indignación.

—¿Qué cree usted que sería lo justo? ¿Qué heredasen los hermanos al menos una parte de los bienes, cuando el causante fallece nombrando heredero universal al marido en su testamento?

María Alvear no le contestó. Se la quedó mirando con sus claros ojos verdes ribeteados de negro, como si no se atreviese a darle una respuesta afirmativa. Al fin replicó con voz débil:

—Bueno, nosotros somos de su misma sangre y Sergio es únicamente un advenedizo. Un aprovechado, que además la hizo muy desgraciada.

Diana hubiera querido que la heredásemos nosotros dos.

Tardó Irene en contestarle y, aunque impasible en apariencia, su tono dejaba entrever la opinión que se había forjado de su visitante.

—De ser así, nada le impedía testar disponiéndolo así. ¿Hizo testamento a favor de ustedes dos?

María bajó la vista hacia su deshilachado pantalón del que sacudió un polvillo imaginario. Luego meneó negativamente la cabeza.

—No, pero sé que tenía previsto modificarlo. Estaba yo con ella cuando concertó cita con el notario para el día siguiente. Después, esa misma tarde fue al museo y por eso Sergio la estranguló. La mató para que no pudiera desheredarle.

—Ya, eso ya me lo ha dicho antes —murmuró Irene con todo el sarcasmo que fue capaz de dejar traslucir—. ¿Y cómo lo hizo? ¿Se disfrazó para aparentar que era un hombre de mucha edad y la siguió por el museo hasta que ella se detuvo bajo el cuadro de “Las Meninas”? Es un salón que está siempre atestado de gente, por lo que el lugar me parece indicadísimo para que cualquier marido estrangule a su mujer, si está deseando heredarla.

Y eso sin contar que, unos días antes, el mismo viejo estranguló al pie de ese cuadro a otra pintora que, al parecer, no tenía un duro. ¿También la mató su cuñado para heredarla o para qué?

Intimidada, María tragó saliva.

—Bueno… yo no sé por qué mataron a esa otra pintora. Lo que le estoy queriendo decirle es que no es justo que Sergio herede a Diana y que Ángel y yo vamos a hacer lo imposible por impedirlo. ¿Me entiende? Se lo digo para que se lo piense.

—¿Qué es lo que tengo que pensar?, —replicó Irene con acritud—. ¿Si me voy a seguir ocupando de los intereses del señor Andrade, ahora que sé que su hermano y usted están empeñados en disputarle la herencia de la señora Alvear? Pues mire, sí, me voy a seguir ocupando. Y ahora, si me lo permite, tengo mucho trabajo.

Se puso en pie y la otra la imitó vacilante, por lo que la tomó ligeramente por el brazo empujándola hacia la puerta del despacho que abrió de un tirón. Ya en el umbral, María hizo un último intento de resistirse a marcharse.

—Piense en lo que le he dicho, —murmuró en tono bajo—. Sergio no merece heredar a Diana.

Irene le cerró la puerta en las narices y luego retrocedió pensativa hacia su mesa. Ya le había advertido Gonzalo que iba a suceder con los dos hermanos lo que precisamente había ocurrido. ¿Pero qué podrían estos hacer? ¿Impugnar el testamento? Sabía que se sustanciaba en un juicio largo y pesado y también sabía que ella tenía muy poca experiencia, pero en caso de necesidad le pediría ayuda a Gonzalo. Se sentó tras la mesa y acodándose sobre su brillante superficie apoyó la cabeza entre sus manos.

¿Debería ir a reconciliarse con su vecino de despacho? Después de todo, únicamente le había advertido él sobre las dificultades que tendría que soslayar, como si fuera un vidente.

Lo meditó durante unos segundos y cuando al fin se decidió salió apresuradamente al pasillo y llamó con los nudillos a la puerta del despacho contiguo. Al no contestarle nadie, repitió la llamada y luego pulsó el timbre.

Un instante más tarde Gonzalo entreabría la puerta y asomaba la cabeza por la abertura.

—¡Ah!, ¿eres tú? Ahora no puedo atenderte. Estoy con un cliente, —le dijo sin expresión, pero a Irene le pareció que le exasperaba que le hubiera importunado en su trabajo.

—Perdona, es que necesito hablar contigo. Tenías razón en lo que me dijiste el otro día, pero…

—Está bien, —la atajó, sin esperar a que terminara de explicarse—.

Cuando termine de atender a mi cliente, pasaré a tu despacho para que me lo cuentes. Es el último de esta tarde.

Con una vaga sensación de malestar retrocedió ella sobre sus pasos.

Estaba claro que le había molestado su interrupción. Cerró a su espalda la puerta de su despacho y regresó a su butaca tras la mesa, sin saber qué hacer para entretener la espera. Miró el reloj de pared que le había regalado Marisa, que marcaba las siete de la tarde y luego comprobó la coincidencia de la hora con el que llevaba en su muñeca izquierda. Tabaleó luego con un lápiz sobre la superficie de la mesa y después puso en marcha el ordenador.

¿Por qué tardaba tanto Gonzalo? No tenía ella absolutamente nada que hacer y necesitaba consultarle lo que le había comentado María Alvear.

Inquieta se puso en pie y se acercó al balcón, comprobando que ya había oscurecido y que apenas si se distinguían los transeúntes que caminaban por la acera. Solo alcanzaba a ver los faros de los coches, que, como una luminosa exhalación, recorrían la calzada a sus pies y se fundían con la noche antes de llegar a la plaza.

El estridente sonido del teléfono sobre la mesa la obligó a dar un respingo y a inclinar la mirada hacia el aparato. ¿Quién podía llamarla?

¿Sería Gonzalo para advertirle que ya había terminado la entrevista con su cliente? ¿O sería…? Se dijo que lo más conveniente era dejar de hacer cábalas y descolgar el auricular, por lo que se lo llevó inmediatamente al oído.

—Diga.

Oyó una voz masculina, pero no era la de su vecino de despacho.

—Irene, ¿eres tú? Soy Sergio Andrade.

De la sorpresa se dejó caer sentada en la butaca e inconscientemente, pese a que él no podía verla, adoptó una expresión circunspecta.

—Sí, soy yo, ¿hay algo nuevo?

—No, verdaderamente no. Solo quería saber cuándo ibas a empezar con la testamentaría de Diana. Estoy en casa y he estado revolviendo en su

despacho para buscar los papeles que supongo que necesitarás, pero no he encontrado nada.

—¿No has encontrado las escrituras de los inmuebles?, —se extrañó ella.

—No, Diana guardaba los documentos importantes en un archivador que hay aquí, en su despacho. Era bastante ordenada y lo tenía todo perfectamente clasificado. No lo entiendo.

—Bueno, no te preocupes que ya aparecerán, —le tranquilizó—. Tenía entendido que querías dejar la testamentaría para más adelante, para cuando la policía encuentre al viejo chalado y quedes libre tú de toda sospecha. ¿Es que has cambiado de opinión?

La voz de él, grave y bien timbrada, sonó alterada.

—No, es que me preocupa que en algún momento en que haya salido yo de esta casa, aparezcan por aquí mis cuñados y me escamoteen esos documentos, ¿entiendes? Y es posible que lo hayan hecho ya, porque, como te he dicho, no los encuentro.

—¿Es que tus cuñados tienen llave de tu casa?, —trató de precisar Irene.

—No, claro que no, pero cuando vivía Diana se presentaban cuando les venía bien, sin avisar, y la chica que limpia les hacía pasar al salón y allí esperaban a mi mujer hasta que regresaba de su estudio. Estoy seguro de que ahora arrollarían a esa chica si intentara impedirles la entrada, por lo que… por lo que quiero que esos documentos los guardes tú hasta que resuelvas todos los trámites que sean necesarios.

—No te preocupes, —repitió ella—. Si los hermanos de Diana se han llevado esas escrituras, podemos pedir en las correspondientes notarías una segunda copia.

Se hizo un silencio al otro lado de la línea. Aunque no podía verle ni oírle, Irene adivinó que no se decidía a hacerle una proposición.

—¿Querías algo más? —le animó.

—Sí, pero no sé si te pareceré un atrevido.

—Si me lo pareces, ya te lo diré.

—Es que…

—Sí, dime.

Le dio la impresión de que él tomaba aire antes de preguntárselo.

—Quería pedirte que vinieras mañana a mi casa a ayudarme a buscar esos papeles. Trabajo en el instituto hasta las cinco de la tarde, pero podría recogerte a las cinco y media en tu despacho.

La proposición de él era tan inesperada que momentáneamente no supo qué decir.

—¿Qué vaya a tu casa?

—Sí, no es muy ortodoxo, ¿verdad? Tendrás mil clientes a los que atender y yo te voy a hacer perder la tarde, pero es que estoy muy preocupado. María y Ángel son capaces de hacer cualquier cosa por perjudicarme.

Evocó Irene a la pelirroja con aspecto de hippie que había recibido esa misma tarde y su expresión huidiza.

—Mientras tú buscas esos documentos en su despacho, yo podría hacer lo mismo en su dormitorio, —continuó Sergio—. No creas que tengo intención de… de nada. Solo quiero tener la seguridad de que mis dos encantadores cuñados no me han jugado una mala pasada.

Irene intentó poner en orden sus ideas para contestarle adecuadamente.

¿Era algo raro lo que le estaba proponiendo? De todas formas no podía darle la impresión de que era una abogado sin pleitos ni clientes. Tenía que aparentar que tenía mucho trabajo.

—Mañana me viene muy mal, —replicó al fin con voz clara—. Tengo toda la tarde ocupada. Quizás pasado mañana, pero tendré que estar de vuelta en el despacho antes de las ocho, porque a esa hora tengo una cita que no puedo posponer.

No tenía absolutamente nada que hacer a esa hora ni a ninguna otra, pero le pareció que con esa invención incrementaba su prestigio, por lo que, con el aparato en su oído, se apoltronó en su butaca más cómodamente, satisfecha de sí misma.

—De acuerdo entonces, —replicó él—. Hemos quedado en que te recogeré pasado mañana en tu despacho a las cinco y media. Hasta entonces.

Oyó el clic que cortaba la comunicación y depositó ella también el auricular en su horquilla sintiendo una incontenible excitación. Iba a

comenzar su primer asunto de pago, al fin iba a poder poner en práctica algo de lo que había estudiado durante las interminables tardes en las que sus compañeras de Colegio Mayor salían a divertirse y ella se quedaba en su habitación con los codos sobre la mesa, alumbrándose con un flexo plateado, hasta que las letras del libro empezaban a bailotearle ante los ojos.

En su euforia experimentó la sensación de que era incapaz de seguir sentada en su butaca y de permanecer en el despacho un segundo más.

Olvidando por completo que su vecino de despacho había quedado en pasar al de ella para escuchar lo que le había comentado la visita que había recibido esa tarde, se puso en pie, descolgó el chaquetón del perchero y tras cerrar la puerta con llave bajó alegremente la escalera para salir después a la calle.

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