Secreto Profesional
Capítulo 2
Irene Carvajal tomó asiento tras su mesa y pasó una mano helada por su frente. Estaba cansada, cansadísima. Pero no estaba cansada de trabajar, estaba cansada de no tener trabajo, se dijo paseando con desánimo su mirada por el despacho. Lo había alquilado el mes anterior y acudía puntualmente todas las tardes a las cinco con la esperanza de que apareciese algún cliente, pero hasta la fecha solo había tenido que formalizar la defensa de un par de asuntos que le habían turnado de oficio y redactar un escrito de descargo al portero, al que habían sancionado con una multa por una infracción de tráfico.
Su despacho formaba parte de los muchos que se alquilaban en un edificio antiguo, en la calle Sagasta, y consistía en una única habitación de regulares dimensiones y de techo exageradamente alto, con un balcón de balaustrada blanca que daba a la calle. En la pared había colgado dos cuadros con unas láminas que reproducían unas obras de Monet. La mesa de despacho la había comprado de segunda mano y era de madera oscura, imitando nogal, y sobre la misma había colocado, además del ordenador, un tintero de bronce con bolígrafos y lápices, así como una fotocopia de la demanda de un asunto que le habían turnado de oficio y que ya había entregado al procurador para que la presentase en el juzgado. Se había estrenado con ese asunto y con la fotocopia pretendía impresionar a sus futuras e hipotéticas visitas, que podrían así forjarse la idea de que llevaba casos importantes entre manos.
Los despachos del edificio carecían de antesala y sus ocupantes tenían derecho a utilizar el aseo, común a todos los de la planta. Irene no disponía de sala de espera, lo que hasta la fecha no le había importado, ya que no tenía clientes a los que hacer esperar. Tampoco disfrutaba de calefacción
central, por lo que se había visto obligada a adquirir un convector de aire caliente que producía un ruido infernal y que ponía en funcionamiento en cuanto llegaba al despacho. Este, a eso de las cinco de la tarde, hora a la que solía llegar, se asemejaba a un helador iglú. Acababa de conectar el cable del convector a la pared, pero aún tendría que transcurrir una hora o más antes de que la estancia se caldease y ella pudiese emitir algún sonido sin que los dientes le castañeteasen.
Pensativa se acodó en la mesa, diciéndose que no había imaginado durante los años en los que estudió Derecho en la facultad complutense de Madrid que pudiera ser tan difícil abrirse camino en el ejercicio de la profesión ni que para conseguirlo tuviera que verse obligada a soportar tanto frío. Cuando a eso de las nueve de la noche se marchaba a su casa, tras bajar la persiana del balcón y desconectar el convector, podía considerarse que la temperatura del despacho era aceptable, pero inevitablemente había descendido hasta límites insospechados cuando regresaba al día siguiente. Tiritaba entonces aún con el abrigo o el chaquetón puesto durante más de media hora, hasta que el dichoso convector cumplía con su misión de elevar nuevamente la temperatura. A veces se había preguntado qué opinaría el cliente tempranero que en el futuro pudiera acudir a su despacho a encargarle un asunto importante, al verla sentada tras su mesa, con los labios amoratados por el frío y dando diente con diente. Como no había recibido todavía a ese hipotético cliente no había podido comprobar cuál sería la reacción de este, pero estaba segura de que se marcharía decepcionado, diciéndose que aquella congelada abogado, que intentaba a duras penas controlar el temblequeo de sus helados miembros, no le ofrecía suficiente confianza para encargarle la defensa de sus intereses.
Nuevamente pasó una mano por su frente, preguntándose por el motivo de que no la acompañase la suerte. Había puesto toda la ilusión y todo su esfuerzo en estudiar la carrera de Derecho. Se había enfrentado incluso a sus padres que conservaban aún las costumbres ancestrales del pueblo de la Mancha en el que habían nacido y en el que vivían y consideraban que una chica no tenía por qué estudiar nada. Si acaso, le sugirieron, podría aprender a manejar el ordenador, por si se veía obligada a trabajar en una oficina al
no encontrar el marido adecuado que la mantuviera, lo que debería constituir su principal objetivo. Ambos se sintieron muy contrariados cuando Irene les comunicó que había decidido marcharse a Madrid a estudiar la carrera que le gustaba y que pensaba pagarse ella misma sus estudios. Y en cuanto a lo de buscar el marido adecuado, les dijo que de momento no entraba en sus cálculos, pero que si lo encontraba no pensaba vivir a su costa. Afortunadamente para Irene, sus padres tenían cuatro hijas más, mucho más dóciles, que al llegar a la mayoría de edad se aprestaron a buscar un novio en el pueblo sin mayores ambiciones, y dos hijos varones, y ella tuvo la enorme suerte de encontrar trabajo en Madrid al poco de trasladarse a la capital, por lo que no le había supuesto una carga a su familia. Devoró los libros de la carrera con sus cinco sentidos, compaginando el estudio con el trabajo de administrativo en unos laboratorios y cuando al fin consiguió su flamante título entró como pasante en un despacho de abogados, en el que durante cinco años redactó las demandas de los asuntos sin importancia que le encargaban a sus tres jefes.
Cuando al fin cumplió la exigencia que requería el Colegio de Abogados para entrar a formar parte del turno de oficio, se apresuró a despedirse del bufete y a alquilar un despacho para ejercer su profesión, con el absurdo convencimiento de que no tardarían en lloverle los clientes. Pero no había llamado nadie a su puerta ni tampoco había recibido otras llamadas telefónicas que las de su madre, preocupada por si comía lo suficiente y se encontraba bien, y las de Marisa, su compañera de piso, que todos los días le recomendaba que tuviese paciencia porque los comienzos del ejercicio de todas las profesiones liberales siempre eran difíciles.
Iba a encogerse filosóficamente de hombros y a poner en marcha el ordenador que tenía sobre su mesa para jugar un ratito al solitario denominado “carta blanca”, que era el apreciado compañero de sus horas solitarias, cuando sonó el timbre de la puerta y, emocionada, dio un respingo. ¿Sería ese maravilloso cliente que iba a inaugurar al fin la lista de los innumerables que quizás vinieran a continuación? Había colgado el rótulo en la puerta con su nombre y su profesión, como todos los restantes inquilinos de la planta, pero no confiaba demasiado en su transcendencia
para atraer a algún desconocido con la intención de solicitar sus servicios profesionales.
Se levantó de un salto de la butaca y sorteando la mesa se acercó apresuradamente a la puerta procurando controlar la tiritera de su cuerpo.
Adoptó después una digna expresión de indiferencia para disimular la impaciencia que sentía de recibir, por fin, a alguien en su despacho, y abrió la puerta.
En el pasillo había un muchacho muy alto, aproximadamente de su misma edad, correctamente vestido con chaqueta y corbata, que le sonrió mostrando dos hileras de dientes blancos, perfectamente alineados. Por un instante pensó Irene que al fin se había cumplido su sueño y que delante de sus ojos tenía a un cliente, deseoso de encargarle que se ocupara de resolverle un peliagudo pleito, pero luego advirtió que el desconocido no llevaba abrigo, gabardina ni paraguas y aquella tarde de invierno soplaba un viento helador y llovía como si el cielo fuese a desplomarse sobre sus cabezas. No, se dijo, aquel hombre no venía de la calle.
—¡Hola!, —la saludó él con bastante desenvoltura—. Soy el inquilino del despacho contiguo a este y venía a preguntarte si me puedes prestar unos quince folios. Tengo que imprimir una demanda y se me han acabado.
¿Puedo pasar?
Sin acabar de reaccionar, se hizo a un lado Irene, luchando por disimular su decepción, y él entró detrás de ella dirigiendo una mirada curiosa en derredor, como si buscase el origen de la baja temperatura reinante. Luego se arrebujó en la chaqueta azul marino que vestía sobre un pantalón gris oscuro.
—¡Caramba!, qué frío hace aquí. ¿Has tenido abierto el balcón?
Se giró también ella en la dirección indicada, comprobando que sus puertas de cristales se hallaban herméticamente cerradas, pese a lo cual se filtraba el viento por las rendijas de las maderas pintadas de blanco. Lo cierto era que no lo había abierto nunca desde que alquilara el despacho, ni siquiera para ventilar este, para no asumir el riesgo de quedar convertida en un carámbano de hielo, por lo que meneó negativamente la cabeza agitando su rizada melena rubia mientras se dirigía hacia la mesa.
—No, no soy tan valerosa. Es que en este despacho no hay calefacción y acabo de llegar. Por eso hace tanto frío.
Él se echó a reír, envolviéndolo en una mirada curiosa.
—Desgraciadamente este edificio no dispone de calefacción central, —
corroboró—. En el mío he instalado un radiador eléctrico que calienta bastante más que ese cacharro que tienes en el suelo. ¿Quién te ha recomendado el convector?
—No me lo ha recomendado nadie. Lo compré, porque era más barato,
—replicó muy seria.
La miró nuevamente durante unos segundos como si la estuviera catalogando, con sus claros ojos color avellana.
—¡Ah!, ya, acabas de darte de alta como ejerciente, ¿no? He visto que en el rótulo de la puerta figura tu profesión y dice que eres abogado.
Irene hizo un gesto de asentimiento.
—Sí, terminé hace cinco años. Desde entonces he estado trabajando como pasante en un bufete de abogados y en cuanto ha transcurrido ese plazo y he podido darme de alta en el turno de oficio, he alquilado este despacho. No pensé entonces que en invierno tendría que soportar tanto frío aquí, —comentó, cruzando los brazos sobre la chaqueta de su traje pantalón con la intención de abrigarse con ella, mientras tomaba asiento tras la mesa.
Él volvió a echarse a reír y quizás por mimetismo fue a dejarse caer en uno de los dos sillones de los clientes, arrellanándose cómodamente tras cruzar sus larguísimas piernas. Luego se quedó mirándola con aire de sentirse complacido.
—Sí, es extraño que en este edificio, que es bastante aparente, no se hayan preocupado por la calefacción. Yo voy a mudarme a otro a la primera oportunidad.
Se acodó Irene sobre la mesa y apoyó en una mano su mejilla al preguntarle:
—También eres abogado, ¿no?
—Sí, también. Hace más de diez años que ejerzo y tengo ya bastante clientela, por lo que puedo permitirme el lujo de buscar un despacho que no sea una nevera en invierno ni una sauna en verano. Y por cierto, me llamo Gonzalo, ¿y tú?
—Irene. Irene Carvajal. He estudiado en la complutense.
—Y yo también.
Observó ella su semblante con la cabeza ladeada. Era un muchacho sumamente alto, que resultaba algo larguirucho, pues estaba excesivamente delgado. Poseía un cabello castaño, demasiado abundante, que le resbalaba sobre la frente y unos risueños ojos del mismo color. Con otra indumentaria parecería aún un universitario, pues aparentaba menos edad de las que probablemente tendría y aunque no era exactamente guapo, sí resultaba atractivo.
—Habremos coincidido entonces en la facultad, —dedujo ella— pero no te recuerdo.
—Ni yo a ti, —reconoció Gonzalo—. Aunque no es extraño, porque cuando empezaste tú la carrera, la estaba acabando yo. Quizás nos hayamos encontrado alguna vez en el bar. Porque irías al bar, ¿no?, —le preguntó con guasa—. ¿O eras una empollona insoportable y aprovechabas todos los momentos libres para subir a la biblioteca a hincar los codos en la mesa para recitar en solitario el código civil?
Irene se echó a reír, evocando aquellos tiempos ya lejanos, que desde la perspectiva del presente en que se hallaba parecían haber transcurrido en un soplo. Con cierta añoranza rememoró el semicírculo acristalado donde se ubicaba el bar de la facultad, en el que los estudiantes consumían la mayor parte de las horas en las que deberían haber asistido a las clases de las distintas asignaturas. Aunque ella no. Ella acudía siempre al aula donde se impartía la materia programada con anterioridad y escuchaba atentamente al catedrático, tomando apuntes a una velocidad increíble. Era extraño que pudiera recordar ahora con nostalgia esa época, que entonces creyó padecer día tras días, con la angustia que precedía a los exámenes al no disponer del tiempo necesario para asimilar el contenido de aquellos libros tan absurdamente voluminosos.
—Sí, era una empollona y puede que también fuera insoportable, —
admitió risueña—, pero es que no podía permitirme el lujo de perder curso.
Mis padres viven en un pueblo muy pequeño de la Mancha y yo me alojaba aquí, en Madrid, en un Colegio Mayor. Me salía carísimo, por lo que por las tardes trabajaba como administrativa en un laboratorio para poder pagarme
los estudios. A mis padres no les gustaba nada que me hubiera venido a la capital, porque están muy chapados a la antigua y hubieran preferido que sentara la cabeza y que me casara con el hijo del boticario, —terminó con sorna, aunque su expresión era de total seriedad.
Desconcertado, se la quedó mirando Gonzalo sin saber si le estaba hablando en broma.
—¿Con el hijo del boticario? ¿Y por qué tenías que casarte precisamente con el hijo del boticario?
Irene se encogió de hombros.
—Para que tuviera un futuro, ¿comprendes? En los pueblos todavía hay muchas chicas de mi edad que no trabajan y que procuran hacer una buena boda y el hijo del boticario era un buen partido, aunque estuviese lleno de granos.
—¿De granos?
—Sí, de acné juvenil.
—Ya, —murmuró escuetamente él, aunque su semblante traslucía la extrañeza de que aún mantuvieran esas ancestrales costumbres en los pueblos—. ¿Y de qué vives ahora? ¿Tienes ya suficiente clientela?
Irene meneó negativamente la cabeza, agitando nuevamente su rizada melena. Sabía que era bonita y estaba orgullosa de los bucles en los que se le ensortijaba el cabello de forma natural y de su color rubio ceniza, por lo que procuraba llamar la atención sobre su melena siempre que se le presentaba la oportunidad.
—No. Ya te he dicho que estudié la carrera trabajando en un laboratorio.
Después de colaborar como pasante en ese despacho del que te he hablado durante cinco años, he podido darme de alta en el turno de oficio, pero con lo que nos paga el Colegio no me da para vivir. Ahora, por la mañana continúo en el laboratorio y por las tardes intento trabajar aquí, aunque hasta la fecha no ha llamado nadie a la puerta ni tampoco ha sonado el teléfono. —Se echó a reír sin ganas—. Cuando he oído el timbre hace un momento he pensado que tú eras ese primer cliente.
La expresión de Gonzalo denotó consternación.
—¡Vaya por Dios! Te habrás quedado decepcionadísima.
Sí se había llevado una decepción, pero lógicamente no se lo podía decir, por lo que adoptó una expresión de estudiada indiferencia.
—No, que va. Me alegro de que seamos vecinos de despacho y de que ya tengas experiencia profesional. Así, cuando me encarguen el primer asunto, podré consultarte la cuestión que se dilucide para que me des tu opinión. ¿Tienes mucha experiencia?
Él se encogió de hombros con vaguedad.
—No me puedo quejar. La verdad es que hasta la fecha estoy teniendo bastante suerte.
Se quedó callado, sin duda reflexionando sobre algo a lo que ella se había referido poco antes, porque luego sonrió con guasa al comentarle:
—Yo también soy de pueblo, ¿sabes?, pero afortunadamente mis padres son más modernos que los tuyos y les pareció bien que me viniera a estudiar Derecho a Madrid. Tuve además la suerte de que mi abuela, al morir, me legara un piso en la calle Claudio Coello que es donde vivo, así que no tengo que pagar un alquiler.
—Sí que es una suerte, —reconoció Irene evocando la casa en la que vivía, su cochambrosa escalera, su inextinguible olor a verduras cocidas y, lo que era peor, la renta que debían pagar todos los meses, que no parecía estar en consonancia, por lo elevada, con el aspecto del edificio y la ausencia de ascensor.
—¿Trabajas aquí todo el día?, —se interesó ella, estudiando su juvenil fisonomía. Un mechón le resbalaba sobre la frente e Irene se dijo que su aspecto no sería muy distinto del que tendría años atrás, cuando aún era estudiante. Le hubiera gustado preguntarle su edad, pero no se atrevió.
—No, por las mañanas no vengo nunca. —Repuso Gonzalo desviando los ojos hacia el balcón, como si se estuviera preguntando si sería este el culpable de la gélida temperatura que padecían en el despacho. Luego, con un pliegue en la frente, se quedó mirando como ensimismado el estruendoso tráfico de la calle que se atisbaba a sus pies a través de los cristales. Debía estar rememorando algo que le preocupaba, pero que no parecía guardar relación con lo que, como abstraído, comentó a continuación sin apartar los ojos de los coches que discurrían por la calzada
—: Por las mañanas suelo tener que presentarme en el juzgado que
corresponda ese día, si tengo señalada la vista un juicio, —murmuró como para sí—. Y, si no la tengo, voy a entrenarme.
De una ojeada le catalogó Irene como jugador de baloncesto por su inusual estatura y esa conclusión debió de asomarle al rostro, porque él, al adivinarla, se echó a reír con ganas.
—No, no juego al baloncesto. Jugaba en el instituto, pero de eso hace mucho tiempo. No. Practico artes marciales: kárate y yudo. Ya soy cinturón negro.
—¡Ah!, —musitó ella por todo comentario sin que se le ocurriera nada que añadir, ya que desconocía casi todo lo que se relacionaba con esas artes y las categorías de cinturones existentes—. Y por cierto, querías unos folios, ¿no?
Se marchó él poco después con medio paquete de papel en la mano e Irene continuó tiritando durante un rato más hasta que, harta de esperar allí sentada algo que no parecía que fuese a llegar esa tarde y de jugar en el ordenador a su acostumbrado solitario, descolgó su chaquetón del perchero y cogió el paraguas. No tuvo que bajar más que un tramo de escalera para salir a la calle Sagasta, chorreante bajo la lluvia, esquivando los charcos que relucían a la luz de las farolas. El estrepitoso tráfico le atronó los oídos y el agua que resbalaba por las varillas del paraguas le empapó el hombro izquierdo de su chaquetón, antes de que alcanzara la boca del Metro y se mezclara con la multitud que a aquellas horas lo invadía.
La casa en la que vivía con una amiga distaba poco de la estruendosa calle de Sagasta y generalmente regresaba dando un paseo, pero esa tarde llovía demasiado para caminar bajo la tromba de agua, por lo que descendió rápidamente la escalera del suburbano, dando un suspiro de satisfacción cuando, entre los empujones de la gente, pudo cerrar por fin el paraguas y aspirar el aire denso y caliente del túnel que la llevaría hasta el andén, donde se apiñaba una multitud.
Tardó pocos minutos en llegar a su casa, el quinto piso sin ascensor de un viejo edificio en la calle de los Reyes, sito en ese viejo barrio de calles estrechas, enclavado en las inmediaciones de la calle de San Bernardo, en la que aún parecían resonar los ecos de los cascos de los caballos, uncidos a las berlinas que en el siglo XIX transitaban sobre el desempedrado
pavimento. Sin duda el inmueble había sido edificado en esa época. No disponía de portero y los peldaños de madera de la escalera estaban desgastados en su parte central por las contumaces pisadas de sus moradores durante tantas décadas. Olía a verduras en el portal, oscuro y necesitado de una mano de pintura, por lo que Irene lo atravesó como todos los días conteniendo la respiración, e inició a continuación el fatigoso ascenso por la escalera, hasta que lo remató sin aliento al alcanzar el rellano de la quinta planta. Las bombilla que pendía del techo se había fundido varios años antes sin que nadie se hubiera molestado en sustituirla por otra, lo que motivó que tuviera que tantear a oscuras la cerradura de la puerta con la llave antes de conseguir abrirla.
El interior del piso no era mucho mejor que la escalera. Un estrecho y oscuro pasillo hacía las veces de vestíbulo y continuaba hasta el fondo de la vivienda dando acceso a las distintas habitaciones. La primera puerta de la izquierda correspondía a su dormitorio, la segunda al de Marisa y la que cerraba el fondo del pasillo daba paso a un pequeño cuarto de estar con vistas a la estrecha calle. Esta discurría desde la calle de San Bernardo hasta la Plaza de España, pero desde el herrumbroso balcón de esa estancia no se divisaba ninguna de las dos. Únicamente la fachada de la casa de enfrente, tan vieja y cochambrosa como la de la que ellas habitaban. Frente al dormitorio de Irene se ubicaba una oscura cocina, con ventana a un patio estrecho que olía a rancio y frente al de Marisa, un anticuado cuarto de baño sin ninguna clase de ventilación.
En el cuarto de estar encontró a Marisa, su compañera de piso, que tenía cinco años más que ella y que había nacido también en su pueblo. Había estudiado arte en la facultad y ahora daba clase en un colegio de Majadahonda, un municipio cercano a Madrid. Estaba echada en un sofá, que habían comprado entre las dos de segunda mano, y leía el periódico cuando ella entró en la habitación. Era una chica bajita y algo regordeta, de pelo oscuro, muy corto y rizado y semblante mofletudo. No era precisamente atractiva, pero su carácter era dulce y comprensivo. Se habían conocido en el pueblo con motivo del duelo por el fallecimiento del cartero.
En su pueblo todavía era costumbre velar al difunto durante toda la noche anterior a su entierro y las dos habían permanecido cabeceando en el mismo
sofá hasta que el sol se levantó desperezándose y decidió alumbrar la tierra desde el cielo, poniendo punto final a aquella noche interminable. En el transcurso de las horas que parecían negarse a transcurrir, en las que las dos bostezaron a ratos, dormitando otras, Irene supo que Marisa vivía sola en Madrid en un piso que deseaba compartir con otra chica y no lo dudó. Se ofreció en el acto, abandonando el Colegio Mayor cuando se acabaron las vacaciones de verano de las dos. Desde entonces subía estoicamente los cinco pisos de escalera al menos dos veces al día, pero se sentía muy a gusto en compañía de la otra, que cuidaba de ella como si, por ser cinco años mayor, estuviera obligada a sustituir a su madre.
Tumbada en el sofá y abstraída en la lectura del periódico, no levantó la cabeza del diario cuando Irene entró en el cuarto de estar y solo se dio cuenta de la presencia de su amiga cuando esta se dejó caer a su lado a los pies del sofá, cuyos viejos muelles se quejaron lastimosamente bajo su peso. Se incorporó entonces, acomodándose a su lado para luego levantar la cabeza hacia su rostro.
—¡Hola!, qué pronto has venido hoy. ¿Ha aparecido por fin algún cliente?
Irene esbozó un gesto negativo. Se despojó después del chaquetón de cuadritos blancos y negros y lo arrojó sobre una vieja butaca que habían comprado las dos en el Rastro. Aún jadeaba por el esfuerzo de subir los cinco pisos, por lo que respondió entrecortadamente:
—No, aún no. Solo he tenido una visita, pero no era un cliente. Era el abogado del despacho contiguo y ha venido a pedirme papel para su impresora.
—Pues vaya por Dios, —se lamentó Marisa.
—Sí, cuando he oído el timbre de la puerta, he creído que al fin se había producido el milagro, pero estoy segura de que no se ha dado cuenta de la decepción que he sentido al comprobar que me había equivocado. —Se encogió de hombros con la intención de quitarle importancia a lo que le comentaba y luego le preguntó—: ¿Y a ti cómo te ha ido?
Su amiga hizo un gesto evasivo, sosteniendo el periódico entre sus manos con la evidente intención de continuar con su lectura en cuanto Irene se lo permitiera.
—Yo he aguantado con paciencia a la colección de salvajes que tengo por alumnos. No saben nada de arte y lo peor es que no les importa. Son unos completos ignorantes y encima están satisfechísimos de serlo e incluso alardean de su falta de conocimientos. En opinión de esos chiquillos, lo único interesante en el siglo XXI es la técnica y las mil maquinitas con las que juegan a todas horas.
Irene se echó a reír con ganas. A ella tampoco le interesaba demasiado el arte y no acababa de entender la desilusión de su amiga cuando comprobaba que la mayoría de los habitantes del planeta lo ignoraban o, lo que era peor, lo desdeñaban.
—Bueno, por lo menos tienes a alguien que te escuche, —bromeó, propinándole unas palmaditas en el brazo en cuya mano sostenía el periódico—. En cambio yo hablo sola para escuchar algún sonido inteligible y tirito detrás de la mesa del despacho esperando y esperando.
La otra le sonrió con aire distraído para infundirle ánimos y volvió a centrar su atención en el artículo que leía anteriormente, mientras murmuraba:
—Ya te turnarán algo de oficio, no desesperes. Consuélate pensando que al menos puedes dormir toda la noche como un ceporro, sin que te quite el sueño el peliagudo asunto de un cliente, porque mira lo que publican hoy en el periódico. Compadezco al abogado que tenga que llevarle la defensa a ese tipo. Menos mal que no serás tú.
Le mostraba el diario que leía al entrar ella y que mantenía abierto sobre la vieja falda gris que vestía siempre en casa. Sin comprender, Irene la miró con sus ojos azules muy abiertos.
—¿A qué tipo?
—Al viejo que ha estrangulado a la pintora. ¿No has leído el periódico?
Es un asunto de lo más curioso. Al parecer, han estrangulado con un pañuelo azul con lunares blancos a una pintora que estaba de visita en el Museo del Prado, cuando se encontraba contemplando el cuadro de “Las Meninas”. El crimen se cometió ayer, instantes antes de que lo cerraran.
Irene se la quedó mirando de hito en hito, preguntándose si a su amiga le hubiera interesado tanto aquel crimen si, en lugar de haber sido cometido en su adorado museo, lo hubiera sido en cualquiera otra parte del planeta.
—No puede ser, —dijo envolviéndola en una mirada de escepticismo—.
El Museo del Prado está siempre atestado y además dispone de múltiples cámaras de seguridad. ¿Por qué la han estrangulado?
Marisa le mostró el artículo del periódico con su rubicundo semblante arrebolado por la intriga.
—No se sabe.
—Y precisamente en el museo, —continuó Irene que lo había visitado años atrás y lo recordaba como una ruidosa aglomeración de empujones y de codazos—. El homicida será un chalado. ¿Le han cogido ya?, —se interesó, devolviéndole el periódico, demasiado cansada para leer el artículo.
—No. Las cámaras de seguridad han grabado a un viejo muy alto con el pelo y la barba blancos en el momento en que la estrangulaba y está la policía investigando a los vecinos y conocidos de ella, pero hasta el momento no han dado con una pista fiable. ¿Qué opinas tú?
Irene lo consideró durante unos instantes con la mirada perdida, evocando la sala de Velázquez. Recordaba que se accedía a ella desde el salón central y que poseía también dos salidas laterales que comunicaban un sinfín de salas, de paso unas para otras.
—Pues que tiene que ser un chalado, ya te lo he dicho. Ninguna persona normal mataría a otra en ese escenario, porque es imposible pasar desapercibido y que no haya uno o más testigos que lo hayan presenciado.
Lo lógico sería que hubiera esperado a la pintora a la salida, en el Paseo del Prado, y aprovechara la oscuridad. Recuerdo que el museo cierra a las ocho y a esa hora es ya completamente de noche en esta época. ¿Pero por qué hacerlo en la sala de Velázquez? La última vez que lo visité, esa sala me recordó por lo concurrida a un vagón del Metro en las horas punta. También compadezco yo al pobre abogado que tenga que defender al asesino cuando le detengan.
—¿Qué piensas que podría alegar?, —le preguntó Marisa interesada—.
¿Enajenación mental transitoria o… o qué?
Irene se encogió de hombros, recordando las clases de práctica jurídica a las que había asistido tiempo atrás, cuando comenzó a trabajar como pasante en aquel bufete. En ninguna de ellas se había planteado un supuesto
similar ni tampoco en el despacho de los abogados que la habían contratado al terminar sus estudios.
—No lo sé, —reconoció pensativa, desviando los ojos hacia el balcón que traslucía la negrura de la noche bajo una lluvia persistente que enturbiaba los cristales—. No sé qué motivos podría tener ese viejo. Puede que sea un novio despechado o… no lo sé. Supongo que lo más probable es que ese viejo esté como un cencerro. Hasta es posible que no supiera quién era la pintora y que le molestara verla con la boca abierta mirando el cuadro.
—¿Conoces “Las Meninas”?, le preguntó Marisa, animándose al tener ocasión de hablar de su tema preferido.
—Por supuesto, —replicó Irene ofendida, diciéndose que, aunque a ella no le interesara lo más mínimo la pintura, para desconocer la obra maestra de Velázquez tendría que ser una completa ignorante—. ¿Cómo no voy a conocer ese cuadro?
—No, lo que te pregunto es si entiendes de pintura.
Se apresuró Irene a negar con la cabeza.
—No, me ocurre lo que a tus alumnos. Carezco por completo de sentido artístico, aunque he visto ese cuadro mil veces, al natural y en fotografía.
—Pues es una obra genial, —le explicó Marisa, entrecerrando sus ojos oscuros con expresión extática—. Uno de los catedráticos que me dio clase en la facultad admiraba muchísimo a Velázquez y nos llevó a los alumnos en varias ocasiones al museo para explicarnos la técnica del pintor. También nos refirió los significados ocultos que se han atribuido a ese cuadro.
—¿Qué significados ocultos?, —se interesó inmediatamente Irene, imaginando que se trataría de algún sortilegio o alguna maldición, como las del libro que estaba leyendo que narraba el descubrimiento de la tumba de Tutankamon.
Acostumbrada como estaba a que sus oyentes bostezaran al oír sus explicaciones, Marisa estudió atentamente su semblante para convencerse de que efectivamente la estaba escuchando y de que estaba pendiente de sus palabras.
—Pues… los que lo han estudiado, dicen que tiene muchos. Según parece, Velázquez era aficionado a la astronomía y a la cosmografía y tenía
un tratado sobre esas materias y tres telescopios para contemplar las estrellas. Por eso se le ha atribuido una simbología astrológica a las Meninas. Los entendidos dicen que, uniendo con una línea imaginaria el corazón o las cabezas de las que serían las cinco figuras principales, o sea, Velázquez pintando su autorretrato, la menina Agustina Sarmiento, la infanta Margarita, la menina Isabel de Velasco y el aposentador José Nieto, se puede reconstruir el dibujo de la constelación Corona Borealis, cuya estrella central se llama Margarita Coronae, como la infanta que ocupa también el lugar central en el cuadro.
Irene apartó de su rostro su rizada melena rubia y contempló a la otra con curiosidad.
—¿Y qué más?
—También se dice que trazando un círculo entre estos personajes y añadiendo líneas hacia los personajes secundarios se obtendría el signo de Capricornio, que era el signo zodiacal de la reina Mariana de Austria. Esta aparece también en el cuadro, reflejada en el espejo.
Irene volvió a luchar con su cabello, húmedo aún, que se le rizaba como una aureola alrededor de la cabeza.
—Sí, pero no veo que todo eso tenga nada que ver con el crimen. ¿O
piensas que el viejo canoso entendía de constelaciones y se cargó a la pintora antes de que esta pudiera descubrir algún significado siniestro del cuadro?
Marisa negó con la cabeza.
—No, no creo que los símbolos del cuadro tengan nada que ver con el crimen. ¿Será un asesinato?
Irene no había llevado como pasante ningún asunto penal, pero le pareció que retrocedía a sus años de estudiante y que se hallaba en el aula de la facultad, donde el catedrático peroraba jactanciosamente sobre la diferencia entre el homicidio y el asesinato.
—No podemos saber todavía si en el viejo que cometió el homicidio concurría alguna agravante, —dictaminó, segura de sí misma en ese terreno
—. Por lo que me has contado que dice el periódico, es casi seguro que el criminal es un loco que tendrá alguna fijación con ese cuadro.
Se interrumpió para desviar la mirada hacia el balcón contra el que se abatía torrencialmente la lluvia chorreando por los cristales, a través de los cuales no se veía otra cosa en ese momento que la oscuridad de la noche bajo una cortina de agua.
—Es curioso. Solo he ido al museo del Prado en dos ocasiones y porque no pude negarme. En las dos me aburrí como una ostra y terminé con un espantoso dolor de pies, pero en este momento me intriga ese asunto y me gustaría examinar ese cuadro contigo ya que, al parecer lo tienes bien estudiado. También me gustaría ver el de la “Mona Lisa española”, que ha despertado muchísimo interés, dado que por lo visto es una réplica exacta del que pintó Leonardo Da Vinci.
Marisa hizo un gesto de asentimiento, animándose ante la perspectiva de explicarle a la otra lo que para ella constituía el centro nuclear de su mundo.
—Sí, ese cuadro se encuentra en el Museo del Prado desde su fundación, pero se creía que era una copia del de Leonardo. Al restaurarlo, han podido comprobar que no se trata de una copia, sino que se pintó al mismo tiempo que el otro, probablemente por un alumno suyo. Desde entonces se ha convertido en una nueva atracción del museo y se forman todos los días colas enteras de personas que acuden a contemplarlo.
Le vinieron a la mente a Irene sus interminables tardes en su despacho, viendo como a través del balcón la luz del día se iba desvaneciendo sin que el timbre del teléfono dejase oír su estridente sonido y la sacara de su letargo. Si faltaba alguna tarde no se iba a perder la llamada de ningún cliente, estaba segura de ello. Por esa razón, se inclinó interesada hacia su compañera de piso.
—¿Cuándo te vendría bien que nos acercáramos al museo?
Reflexionando, Marisa apoyó la barbilla en la palma de la mano.
—Pues… no puedo faltar al colegio. La mayor parte de los días tengo que quedarme cuando ya se han acabado las clases para corregir los deberes de los alumnos. No suelo salir antes de las siete. Podemos ir si quieres a última hora de la tarde, a las siete y media, por ejemplo. El lunes próximo sería un día perfecto, porque ese día de la semana la entrada al museo es
gratuita. ¿Qué te parece? ¿Es que te quieres meter a detective o lo que te apetece ver es el cuadro de la Mona Lisa?
Irene hizo un gesto ambiguo.
—No, solo siento curiosidad por ver esa réplica de la Gioconda y por pasearme por el escenario del crimen. Así podrías explicarme la simbología astrológica a la que te has referido antes y señalármela delante del cuadro.
El lunes próximo puedo salir un poco antes del despacho, sin perjuicio de perderme la llamada de uno de esos clientes que no tengo. ¿Crees que me bastará con media hora para atravesar Madrid y llegar al museo?
Marisa se apresuró a asentir con la cabeza.
—En Metro, sí.
—Pues entonces saldré a eso de las siete. ¿Te parece?
El lunes siguiente, Irene apagó el convector en su despacho a las siete en punto y descendió a pie el tramo de escalera que mediaba desde su planta al portal. Salió luego a la calle, ancha y ruidosa y, como siempre, con un estrepitoso y ensordecedor tráfico. Era ya noche cerrada, pero las farolas encendidas que proyectaban una luz macilenta, trazaban sombras alargadas en la acera por la que caminaba apresuradamente en dirección al Metro, donde se integró con la abigarrada muchedumbre que se dirigía a los correspondientes andenes. No invirtió más de diez minutos en el recorrido que aquel efectuó hasta la estación de Banco de España y una vez allí salió nuevamente al exterior.
A esas horas el Paseo del Prado estaba solitario. Un viento helado recorría la amplia avenida por la que caminaba apresuradamente después de dejar atrás la plaza de Cibeles con su emblemático monumento central. La diosa, en el carro del que tiraban los leones, arrojaba hacia las alturas el agua de su fuente, salpicando a los transeúntes que se aproximaban demasiado. Se subió el cuello de su chaquetón para protegerse del frío y apretó el paso, alegrándose de calzar zapatos bajos. No muy lejos vislumbraba el majestuoso edificio del Museo del Prado, con la denominada puerta de Velázquez y su frontis de orden dórico, que incorporaba el relieve del ático y las estatuas y medallones alegóricos al rey Fernando VII.
Irene sabía que la entrada de los visitantes se hallaba en la fachada lateral del edificio, por lo que lo bordeó y después de sacar en la taquilla el
ticket gratuito, accedió al museo a través de una puerta de cristales, encaminándose seguidamente hacia la sala cuarenta y nueve, en la planta cero. Un gentío se empujaba en esos momentos en dirección a la salida, por lo que, a empujones, logró abrirse camino hasta el salón donde se encontraba la Mona Lisa. A la entrada del mismo la esperaba Marisa que la tomó del brazo y la condujo hacia el lugar donde se encontraba la famosa obra. El cuadro colgaba de la pared entre una escalera y “El sacrificio de Isaac” de Andrea del Sarto, pero este último cuadro no parecía interesarle a nadie. Por el contrario, una verdadera multitud se apiñaba ante el cuadro de la Gioconda, defendida tan solo por un cordón que impedía aproximarse demasiado a los curiosos. Los visitantes comentaban su similitud con la de Leonardo Da Vinci, aunque la mayoría opinaba que la española era mejor y más bonita.
Ajena al bullicio que las rodeaba, Marisa había conseguido acercarse al cordón y contemplaba el cuadro sin pestañear, como si se encontrara en trance, con sus ojos oscuros muy abiertos. Con seguridad estaba analizando cada pincelada y cada sombra de los pliegues del vestido de la “Mona Lisa española”, que, como la de Leonardo, sonreía enigmáticamente.
A codazo limpio, Irene consiguió llegar hasta su lado para comentarle:
—¡Qué pequeño! ¿No crees que es un cuadro muy pequeño?
Marisa descendió del limbo al que había ascendido para admirar la pintura y se encogió de hombros.
—Tampoco el de Leonardo es mayor que este. Son de un tamaño similar.
—¿Y qué te parece? ¿Crees tú también que este es mejor que el original?
Abstraída como estaba en la contemplación de la pintura, Marisa tardó en contestarle y lo hizo sin apartar la vista de la “Mona Lisa”.
—No, no es mejor. Sí lo es su estado de conservación y en este cuadro se aprecia con precisión el paisaje del fondo, después de haber sido restaurado en 2010. Antes tenía un repinte negro que tapaba ese paisaje, por lo que resultaba casi idéntico al de París, que mantiene el fondo oscuro, porque, como está hecho polvo, no ha sido posible restaurarlo. Pero la
técnica empleada es distinta. Este tiene una pincelada mucho más simple, más lineal y compacta. El dibujo también es de inferior calidad.
—¿Y las cejas?, insistió Irene, que había leído que se diferenciaban asimismo en ese detalle.
—Sí, también en ese detalle son diferentes. La Mona Lisa de París prácticamente carece de ellas.
Una señora gorda que la escuchaba con disimulo, decidió acercarse a Marisa, para obtener información de primera mano, lo que logró a fuerza de empellones.
—¿Es usted pintora?, le preguntó cuando consiguió llegar resoplando a su lado.
—No, soy profesora de arte. Doy clase en un colegio.
La señora la envolvió en una mirada admirativa.
—¿Y no le gusta nuestra Mona Lisa?, ¿le gusta más la del Louvre? Pues yo creo que es más bonita esta y más alegre. Si los dos cuadros tuvieran el mismo fondo no sería fácil distinguirlos, así que no sé por qué le dan tanto bombo a ese Leonardo. A fin de cuentas, este cuadro es igual al de su Mona Lisa y parece que lo pintó un alumno suyo del que nadie sabe el nombre.
Como Marisa no tenía intención de darle una conferencia sobre arte, se encogió evasivamente de hombros y empujó a Irene fuera del tumulto que se hacinaba frente al cuadro, en dirección a la escalera, por la que subieron las dos hasta la primera planta. Recorrieron después el salón central para desviarse más tarde hacia el gigantesco paso de puerta que, a su izquierda, conducía al salón ovalado. Al fondo de ese salón y ocupando toda la pared, el cuadro de las Meninas destacaba en todo su esplendor y bajo el mismo se apiñaba también una multitud de curiosos, más interesados en el asesinato que se había cometido allí unos días antes que en la insuperable maestría del autor del cuadro. A codazos lograron las dos acercarse y levantaron a la vez la vista hacia la pintura.
—¡Chica, qué follón de gente!, —susurró Marisa al oído de su amiga—.
Vamos a ver si conseguimos reconstruir con los ojos esas líneas imaginarias de las que te hablé en casa.
—¿Las de esa Osa Polar que encubre el cuadro? —trató de precisar Irene—. ¿Dónde está la Osa Polar? —Yo no la veo por ninguna parte.
—La Corona Borealis, —le corrigió la otra, que a su lado seguía aguantando con estoicismo los empujones de la gente—. Pero eso no es lo más significativo de ese cuadro. Lo más asombroso es la técnica que utilizó Velázquez para pintarlo. ¿No te parece sorprendente?
Irene levantó sus ojos azules hacia el lienzo y lo contempló durante unos segundos sin pestañear. ¿A qué se referiría su amiga? Pero como tampoco quería quedar como una estúpida empezó vacilante:
—Pues… pues no sé qué decirte. Es un cuadro grande y oscuro, como la mayoría de los de esa época, que representa a una infanta con sus sirvientas y sus enanos y a Velázquez que se autorretrata pintándoles. ¿Dónde está ese mérito tan enorme que los entendidos le atribuyen?
Iba Marisa a reírse de las apreciaciones de su amiga, pero un codazo en las costillas de una señora que trataba de acercarse más al lienzo cortó en seco su ataque de hilaridad.
—¿Es que no lo ves?, —protestó cuando consiguió recuperarse del trallazo—. ¿No ves que la composición del cuadro es extremadamente compleja? Parece ser que lo que representa es su taller de pintura en el momento en que lo visitaba la infanta Margarita con sus sirvientes, sus enanos y su perro y parece ser que lo que estaba pintando Velázquez era a los reyes, que seguramente se encontraban en el lugar en el que estamos situadas nosotras y que por eso se reflejan en el espejo que se ve al fondo.
¿Lo entiendes?
Irene lo observó atentamente y luego ladeó la cabeza hacia ella.
—¿Tú crees?
—Sí, la composición es como un acertijo enrevesado, pero además te darás cuenta de que Velázquez fue un maestro en el tratamiento de la luz. Se ve claramente que iluminó el cuadro con tres focos luminosos independientes, sin contar con el pequeño reflejo del espejo. ¿Los ves?
Irene no los vio, pero hizo un gesto de asentimiento, aunque no pareció sentirse impresionada por la explicación de Marisa.
—Bueno, sí, pero todos esos focos no explican que el viejo de la barba estrangulara aquí a la pintora de los lunes. Yo pensaba que de la contemplación del cuadro y de sus auroras boreales sacaríamos alguna pista que nos permitiera averiguar por qué mataron aquí a esa pobre mujer.
—¿Auroras boreales?, querrás decir Corona Borealis, —la corrigió nuevamente Marisa con algo de impaciencia—. Puede que el cuadro y sus significados astrológicos no tengan nada que ver con el crimen y que el viejo fuera un chalado o un psicópata que sintió un repentino arrebato homicida al ver a esa pintora frente al cuadro, lo mismo que lo habría sentido si se la hubiera encontrado a ella o a otra frente al estanque del Retiro.
Irene dejó escapar un decepcionado suspiro.
—Pues vaya por Dios. Yo esperaba descubrir algo más emocionante esta tarde. Menos mal que la entrada al museo no nos ha costado nada.
Ahora fue Marisa la que suspiró resignadamente al advertir que su amiga era incapaz de apreciar la genialidad del pintor. Seguramente era ese un don del que disfrutaban únicamente algunos privilegiados, porque podía leer en la expresión de la mayoría de la gente que se apelotonaba bajo el cuadro la misma ausencia de sensibilidad ante la maestría de la obra.
En ese momento se oyó el aviso de que los visitantes debían abandonar el museo y el gentío que se apiñaba junto a ellas comenzó a disgregarse para encaminarse hacia la altísima puerta por la que se retrocedía a la sala contigua. Marisa retuvo a Irene por un brazo, pese a que esta intentó resistirse.
—Espera. Lo que sucedió el lunes pasado es que la pintora continuó embobada al pie del cuadro y que entonces fue cuando apareció el viejo y se la cargó. Espera un poco.
Irene se echó a reír.
—¿Para qué? ¿Quieres ambientarte mejor en el escenario del crimen, ahora que todo esa muchedumbre se ha marchado, o es que esperas que el viejo de la barba vuelva a aparecer?
Unos segundos habían bastado para que los visitantes despejaran el salón ovalado y de improviso se dieron cuenta de que se habían quedado solas. El rumor del gentío que abandonaba el museo se iba alejando camino de la escalera y sintieron las dos al mismo tiempo algo inquietante en el ambiente que no supieron definir. Casi a la vez oyeron el sonido de unos pasos que se acercaban. Resonaban rítmicos y acompasados en la sala contigua y se miraron con los ojos agrandados por un miedo absurdo.
—Vámonos, —balbuceó Irene tomando a su amiga por el brazo.
—¡Chist, calla!
—Pero es que…
El sonido de las pisadas se oía más y más cerca y al fin una figura traspuso el dintel de la sala y se las quedó mirando desde allí. Con un suspiro de alivio reconocieron a la vigilante que regresaba y que les indicó con un gesto que abandonaran la sala.
—Vamos a cerrar, —les dijo con voz firme—. Tienen que marcharse ya.
—Sí, sí, a… ahora mismo, —tartamudeó Irene—. Ya nos vamos.
Cogió a su amiga del brazo y tiró de ella hacia la salida sin aminorar el paso hasta que volvieron a salir a la calle.
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