Secreto Profesional
Capítulo 3
—¿Recuerda usted a Julia Ramírez?, —le preguntó Marcelino Martínez a la dueña de la galería de arte Dorée que les acababa de abrir la puerta y que les observaba con las cejas enarcadas. Sabían que se llamaba Narcisa Núñez y era una mujer de mediana edad, que pretendía parecer más joven, aunque la consecución de sus esfuerzos por aparentarlo no podía ser más desafortunada. Llevaba un vestido color lila con una falda cortísima, que dejaba al descubierto unas piernas demasiado gruesas, y calzaba unas botas altas que le llegaban hasta las rugosas rodillas. Con los ojos ribeteados de negro, un piercing en la nariz y el cabello oscuro a lo “afro” aureolándole la cabeza, su aspecto no podía ser más estrafalario. Más que a la dueña de una galería de arte, se asemejaba a una activista a la que se le hubiera pasado la edad para participar en manifestaciones violentas y añorara los tiempos en los que apedreaba furiosamente los escaparates de las tiendas.
—¿A Julia Ramírez?, —repitió en tono interrogante, indicándoles que tomaran asiento frente a ella en una especie de despachito, situado al fondo de la galería. Consistía esta en un espacio rectangular sin ventanas en la planta baja del edificio, con las paredes pintadas de un color malva intenso y con el suelo cubierto por una moqueta de color rojo. Resultaba obvio que los cuadros que colgaban de los paños laterales, iluminados mediante un sofito ubicado bajo el marco de los mismos, eran obra de un principiante o de un pintor con escasas cualidades artísticas. Toda la galería en su conjunto, incluyendo a su dueña, respondía al escaso nivel del barrio en el que estaba enclavada.
Sin imaginar siquiera lo que discurría por la mente de Diego Valdés, que en ese momento iba examinando su entorno con el ceño fruncido, cruzó ella ostentosamente las piernas, antes de hacer un gesto de asentimiento.
—Sí, claro. Expuso aquí hace menos de un mes unos veinte cuadros no figurativos, es decir, de arte abstracto.
—¿Y vendió muchos?, —inquirió cortésmente el joven policía evocando los que había tenido ocasión de contemplar en su estudio al día siguiente de su muerte y el pésimo efecto que le produjeron.
La dueña de la galería parpadeó con sus largas pestañas cargadas de rímel. Diego se preguntó si no serían postizas.
—¿Julia?, no. Recuerdo perfectamente que no vendió ninguno.
Ante el silencio de los dos policías, se les quedó mirando como si se estuviera preguntando si entenderían de arte y luego añadió:
—La mayoría de la gente no valora la pintura abstracta, a no ser que el pintor consiga que su obra logre emocionar, como, por ejemplo, Kandinsky, que era una excepción en ese terreno. —Se inclinó interesada hacia ellos—.
¿Qué les parece Kandinsky?, ¿les gusta?, ¿no les parece un artista genial?
Diego tragó saliva, preguntándose quién podría ser ese señor. Lástima que en la academia de policía no les hubieran impartido clases de pintura, porque últimamente, desde que asesinaran a la pintora de los lunes, estaba pasando unos ratos infames cada vez que le preguntaban algo relacionado con ese arte.
—Claro, claro, Kandinsky, —repitió el muchacho por decir algo y que no le tomara por un ignorante.
—Como saben, fue un pintor ruso precursor de la abstracción en la pintura —continuó ella con fluidez—. Con él se considera que comenzó la abstracción lírica. ¿Les gusta la abstracción lírica?
—Muchísimo, —le aseguró Diego sin vacilar—. Nos gusta una barbaridad.
Narcisa Núñez le miró inquisitivamente, preguntándose si aquel policía joven, con pinta de paleto, entendería verdaderamente de pintura y sería capaz de apreciar la innegable genialidad del pintor aludido. Por el aire de desorientación del muchacho debió de llegar a la conclusión de que era un completo ignorante en la materia, por lo que pasó condescendientemente a explicarle la escuela que ese artista había creado.
—La abstracción lírica es una tendencia dentro de la pintura abstracta que se desarrolló a partir de 1910 con la obra de Kandinsky. El tema
fundamental de su obra y la de los pintores que le siguieron fue la expresión de la emoción, de los sentimientos, rechazando representar la realidad de forma objetiva, ¿comprende?
Diego hizo un gesto de asentimiento que ella analizó con curiosidad y como no llegó a una conclusión sobre el alcance de los conocimientos pictóricos del joven policía, decidió volver al tema que les interesaba a sus interlocutores.
—Los cuadros de Julia pretendían pertenecer a esa escuela, —continuó explicándoles con fatuidad—, pero los visitantes de esta galería no veían otra cosa que manchurrones de colores no siempre estéticos. Por eso, como no me pareció que su obra fuese comercial, costeó ella misma su exposición.
Diego se la quedó mirando con la boca abierta, preguntándose qué opinaría de la imagen que le devolviera el espejo, cuando se contemplara en su pulida superficie. A él le recordaba muchísimo a una vieja bruja pintarrajeada, que además se expresaba de una forma ininteligible.
—¿Quiere decir que…? —empezó con precaución.
Narcisa Núñez hizo un gesto de asentimiento.
—Efectivamente. Sabrán ustedes que las galerías de arte tienen dos maneras de actuar. O bien se pacta que la galería obtendrá un tanto por ciento de la venta de cada uno de los cuadros del pintor o este paga una cantidad por utilizar esa galería para exponer sus cuadros. Julia Ramírez y yo optamos por esa segunda posibilidad, cuando me mostró su obra. Ya les he dicho que me pareció poco comercial y no quise arriesgarme. Tengo bastante experiencia en este campo y acerté. Sus cuadros estuvieron quince días expuestos aquí, pero no vendió ninguno.
—Ya, —murmuró Marcelino Martínez con su habitual tono mesurado
—. ¿Y la conocía usted con anterioridad?
—No, expuso en esta galería por primera vez y la verdad es que no había oído hablar de ella a ninguna persona perteneciente al mundillo de la pintura. Si Julia me hubiera preguntado mi opinión, le habría recomendado que se dedicara a cualquier otra actividad, porque creo que sería imposible que consiguiera vivir de ese arte. En otras circunstancias no hubiera accedido a que expusiera sus cuadros aquí, pero estamos viviendo unos
tiempos difíciles y no se puede desaprovechar la aportación económica de ningún cliente por floja que sea su obra, ¿no les parece?
Se interrumpió frunciendo nuevamente el ceño, como si se estuviera preguntando si su comentario estaría fuera de lugar. Después trató de explicarse, dirigiéndose a Marcelino Martínez que debió parecerle más importante que Diego, debido a su edad.
—Ya sé que ha muerto, —manifestó con los ojos bajos, fijos en la punta de sus dedos—. Lo leí en el periódico y la verdad es que aún no he conseguido explicármelo. La traté muy poco, pero durante los quince días en los que su obra estuvo expuesta en esta galería me forjé una idea sobre ella bastante acertada. Era una mujer solitaria, anodina, y que no tenía enemigos. Por lo que me contó durante los ratos en los que charlamos las dos en este despacho, no salía con nadie ni tenía más familia que una tía en su pueblo.
—¿Entonces no tiene idea de quién puede ser el viejo alto de pelo blanco que la asesinó en el museo?, —se aventuró a preguntarle Diego Valdés—. ¿Conoce a alguien que reúna esas características?
La mujer le miró con cara de pocos amigos.
—Claro que conozco hombres muy altos con el pelo blanco, pero no recuerdo a ninguno que visitara su exposición, —repuso en tono poco amistoso—. De hecho, en esos días no entró aquí casi nadie y los que entraron salieron inmediatamente. Ha sido la primera vez que hemos expuesto una obra de tan bajo nivel y espero que sea la última, aunque no sé, dependerá de cómo se desarrollen los acontecimientos, porque yo soy muy clásica.
Lo dijo con petulancia y Diego se preguntó qué entendería ella por ser una persona clásica. Para él el calificativo no cuadraba con su apariencia y mucho menos con el piercing que llevaba en la nariz.
En ese momento pasó por delante del recuadro de la galería en la que se hallaban, y que hacía las veces de despacho, un hombre que arrastraba los pies al caminar. Era muy alto y enjuto, con el cabello blanco, y vestía un guardapolvo de color azul. Se parecía tanto en su porte y en su forma de andar al viejo de la grabación de las cámaras de seguridad del museo, que Diego dio un respingo y le propinó a Marcelino un codazo indicándoselo
con la mirada. El hombre andaba un poco encorvado y aparentaba tener una edad próxima a la de la jubilación. Cuando desapareció de su vista por una puerta que se abría al fondo del despachito en el que se hallaban, el muchacho se inclinó hacia la dueña de la galería.
—¿Ese hombre que ha pasado por delante de nosotros trabaja aquí?
La otra dirigió sus pintarrajeados ojillos hacia la puerta por la que el hombre acababa de marcharse e hizo un gesto de asentimiento.
—Sí, Cosme es empleado mío, como antes lo era de mi padre. Se ocupa de transportar en nuestra camioneta los cuadros del pintor que va a realizar aquí la exposición de su obra. Recoge en su estudio los cuadros y los cuelga más tarde en las paredes. En realidad, realiza todo lo que supone trabajo físico, porque, como ya supondrán, mi cometido consiste en pactar con los pintores las condiciones en que va a tener lugar el certamen y en atender a los visitantes y posibles compradores, además de encargar los folletos publicitarios de la exposición.
Lo decía como si estuviera muy orgullosa del papel que se había reservado, pero los dos policías apenas si la escucharon.
—Si no le importa, nos gustaría hacerle unas preguntas a su empleado,
—manifestó pausadamente Marcelino Martínez con una sonrisa en su apacible semblante, con la que pretendía darle a entender a Narcisa Núñez que su pretensión respondía a la rutina habitual de una investigación por homicidio.
—¿A Cosme?, —se extrañó ella, pestañeando nuevamente—. No sé qué podrá decirles de Julia Ramírez, porque le falla bastante la memoria. En realidad le falla casi todo, por lo que no tardará en jubilarse, aunque no creo que se desligue totalmente del mundo de la pintura. Ha nacido entre botes de aguarrás y tubos de óleo y yo diría que es un crítico más experto que muchos de los que escriben en los periódicos.
Se había puesto en pie y se dirigió hacia la puerta del fondo del despachito, desde donde regresó poco después en compañía de su empleado. Este, al llegar junto a los dos policías les miró como ausente, como si tuviera la mente en otra parte y le estuvieran entreteniendo con niñerías.
—¿Querían ustedes preguntarme algo?, —inquirió en pie frente a ellos, que no tardaron en imitarle, levantándose de sus respectivos asientos.
—Sí, ¿pero no quiere sentarse?, —le invitó Marcelino Martínez, indicándole la butaca que su jefe había dejado libre.
Cosme tomó asiento en el borde de la misma como si tuviera prisa por marcharse a realizar sus quehaceres. No parecía impresionado por encontrarse frente a dos agentes de la autoridad, sino más bien aburrido e incomodado por la interrupción de que estaba siendo objeto.
—Tenemos entendido que lleva trabajando muchos años en esta galería,
—empezó Marcelino.
—Sí, muchos, —repuso el hombre clavando sus acuosos ojillos grises en su semblante—. Ya ayudaba desde niño a mi padre, que trabajó aquí antes que yo.
—Sabrá mucho de pintura entonces, —comentó Diego con la evidente intención de halagarle y de que se sintiera más cómodo, cosa que no logró, porque el arrugado semblante del hombre continuó completamente inexpresivo, con la mirada perdida en algo intangible que solo él parecía ver.
—Claro que sé mucho.
—¿Y qué le parecía la obra de Julia Ramírez cuando expuso aquí? Fue una exposición que se clausuró hará unos diez días.
El hombre pestañeó como si no le entendiera.
—¿La obra de Julia Ramírez? ¿Quién es Julia Ramírez?
—Una pintora que expuso en esta galería hace unos días, —repitió pacientemente Marcelino—. Una mujer cercana a los cincuenta, con rastas en el pelo, que pintaba unos cuadros abstractos en los que predominaban los colores rojos y amarillos. ¿No la recuerda?
La expresión de Cosme cambió radicalmente cuando Marcelino aludió al estilo pictórico de Julia. Su rostro se animó instantáneamente y pareció regresar de la lejana dimensión por la que su mente vagaba.
—Sí, ya sé a quién se refiere usted. No sabía pintar, si es eso lo que me pregunta. Emborronaba lienzos con colores chillones que mezclaba al tun tun. Ni dominaba técnica alguna ni sabía dibujar ni sabía nada, aunque ella
se empeñó en convencerme de que expresaba estados de ánimo con su pintura, o sea que cultivaba la abstracción lírica.
—¿Y usted cree que no expresaba nada?, —insistió Diego cautelosamente, porque cuando se hablaba de pintura no se sentía nada seguro.
—Claro que no expresaba nada. Como ella, se meten a pintores los que no saben dibujar, porque tampoco saben hacer ninguna otra cosa.
—El dibujo no lo es todo, —protestó la dueña de la galería que permanecía en pie junto a la butaca que ocupaba Diego—. Kandinsky que era su ídolo…
—Kandinsky es una excepción, que además sí sabía dibujar —la interrumpió bruscamente Cosme—. Hay alguno más, pero, en general, los pintores como Julia Ramírez son un fraude y no se les debería permitir que estafaran a los incautos que creen que un óleo, por el hecho de serlo, tiene algún valor.
Su arrugado semblante se había congestionado por la indignación y la dueña de la galería sonrió a los policías como para disculparle.
—Cosme se toma muy a pecho la pintura, porque como ya les he dicho es un entendido. Su padre trabajó en el Museo del Prado muchos años y Cosme aprendió desde muy niño a distinguir un Tiziano de un Rembrandt.
Luego, cuando a su padre le despidieron del museo, entró a trabajar aquí con el mío y él, que entonces era casi un niño, venía a menudo a ayudarle.
Los dos policías intercambiaron una mirada de inteligencia. ¿Sería posible que aquel altísimo viejo fuera el mismo que habían visto en la grabación de las cámaras de seguridad del museo estrangulando a la pintora de los lunes? Marcelino Martínez carraspeó para disimular la excitación que sentía, antes del dirigirse nuevamente al hombre.
—Si ha crecido usted en el museo y entiende tanto de pintura tendrá sus preferencias sobre los cuadros que allí se exponen. ¿Qué opina de Velázquez?, ¿le gusta?
Cosme le envolvió en una mirada de suficiencia, como si la pregunta que acababan de hacerle fuera estúpida.
—¿Cómo que si me gusta? Velázquez era un genio y no ha habido ningún otro pintor ni antes ni después que le haya superado. Sus cuadros
son de una complejidad extraordinaria, un auténtico reto que se planteó en cada uno de ellos al idear la composición que después plasmó en el lienzo.
Aparentemente impasible, Diego le había escuchado en silencio, aunque en su interior experimentaba una excitación creciente. Su porte era idéntico al del asesino de la grabación y seguramente se trataba de un chalado obsesionado con la pintura que despreciaba a las pintoras que, como Julia Ramírez, se limitaban a chafarrinar el lienzo con colores puros sin intentar siquiera reflejar en la tela la realidad que veían. ¿Pero cómo podría averiguarlo sin despertar su recelo y sin prueba alguna en la que apoyarse?
Marcelino parecía dispuesto a seguir divagando y él quería llegar al grano de una vez. Por esa razón interrumpió a su compañero que le pedía en ese momento su opinión sobre el cuadro de “Las Meninas”.
—Dígame, ¿dónde estaba usted el lunes pasado a eso de las ocho de la tarde?, —le preguntó en tono normal, que, pese a ello, sonó como un intempestivo trallazo y pareció ir chocando contra las paredes color malva de la galería para ir a perderse finalmente por la puerta que se abría al fondo de la misma.
Marcelino respingó sobresaltado, la dueña de la galería enarcó las cejas y Cosme se le quedó mirando inexpresivamente.
—¿El lunes?, —repitió este último en tono interrogante. Parpadeó varias veces con aire ausente, como si nuevamente hubiera ascendido a esa extraña dimensión en la que se aislaba de la realidad y no entendiera la pregunta.
—Sí, el lunes pasado, —remachó Diego, disimulando el bochorno que sentía por su falta de sutileza y por la alarma que sentía flotando en el aire que les envolvía y que se había tornado denso—. ¿No lo recuerda?
Ante la estúpida expresión de su empleado, la dueña de la galería se sintió obligada a responder por él.
—El lunes estuvo Cosme recogiendo con la furgoneta los cuadros que vamos a exponer mañana y que como podrán comprobar ya están colgados de las paredes, —les explicó señalándoselos—. ¿Por qué les interesa?
—Por nada, —repuso Marcelino, cogiendo disimuladamente un folleto de la mesita que tenía frente a él, donde se apilaba un montoncito de catálogos. Luego hizo intención de despedirse y empujó a Diego hacia la
puerta de cristales de la calle. Desde allí se volvió hacia los otros dos—.
Les agradecemos la atención que nos han prestado y… y ya nos marchamos. Quizás tengamos que hacerles próximamente nuevas preguntas.
—Será un placer recibirles, —les aseguró ella con una sonrisa—.
Vengan cuando quieran y así podrán disfrutar también de la obra que expongamos en ese momento. La dan a conocer aquí pintores jóvenes, en su mayoría muy buenos, —les aseguró acompañándoles hacia la puerta.
Cuando los dos hombres salieron a la calle Toledo, echaron a andar de prisa sin intercambiar una sola palabra hasta que al doblar la esquina desparecieron del campo de visión de Narcisa Núñez. Solo entonces Marcelino se inclinó al oído de Diego.
—¿Estás pensando lo mismo que yo?
—Sí, estoy seguro de que es nuestro hombre, pero antes de detenerle tendremos que averiguar dónde se encontraba a las ocho de la tarde del lunes pasado. Le preguntaremos al pintor que expone en la galería en este momento a qué hora pasó por su estudio a recogerle los cuadros. ¿Te has fijado en el nombre de ese pintor?
Marcelino le mostró el folleto que llevaba en la mano.
—Sí, aquí está el nombre y su dirección. Pero antes pasaremos por la Comisaría a informar a don Fausto.
El hombre que acababa de abrirles la puerta de su estudio rondaría la cincuentena y era de baja estatura y extremadamente delgado. Llevaba el rizado y canoso cabello sujeto en la nuca en una coleta y vestía una especie de mandil, plagado de manchurrones de colores, sobre unos pantalones de chándal. Diego dedujo en el acto que se trataba del pintor al que iban a visitar. Pese a ello, inquirió cortésmente, pero con voz firme:
—¿Don Felipe Cortés?
El enjuto y apergaminado semblante del hombre esbozó un gesto de alarmada sorpresa al distinguir la presencia de dos policías en el rellano de la oscura escalera.
—Sí, pero… —empezó a decir en tono inseguro.
Martínez se apresuró a tranquilizarle.
—Solo queremos hacerle unas preguntas. Estamos investigando el homicidio de una pintora, que ha sido cometido en el museo del Prado. Se llamaba Julia Ramírez. Es pura rutina.
El pintor se hizo a un lado para permitirles pasar y los dos policías entraron en una estancia de reducidas dimensiones, con una claraboya de cristal en el techo, bajo la que se ubicaba un caballete soportando un lienzo blanco con un dibujo a carboncillo que representaba a un frutero con mandarinas y manzanas. Al fondo del estudio vieron un banco de madera oscura que Felipe Cortés les indicó para que se sentaran, acercando él una silla de anea, en la que tomó asiento a su vez.
—Pues ustedes me dirán, —articuló a duras penas este, mirando alternativamente a sus dos visitantes.
Martínez meneó afirmativamente la cabeza y con su cachaza habitual inició un ademán que pretendía ser tranquilizador.
—Verá, tal vez haya leído en el periódico que el lunes pasado estrangularon a una pintora en el museo del Prado. Se llamaba Julia Ramírez y pertenecía al movimiento pictórico de abstracción lírica. ¿La conocía usted?
—¿A Julia Ramírez?, —repitió su interlocutor rebulléndose incómodo en su silla de anea—. Personalmente, no. Fui a visitar su exposición, porque a continuación iba a realizar yo la mía en la misma sala, pero no coincidimos. ¿Por qué?
—Porque queremos comprobar las coartadas de las personas que tuvieron con ella alguna relación, ¿comprende? Hemos estado en la sala Dorée, donde está exponiendo usted su obra en estos momentos. Queríamos preguntarle si recuerda la hora en la que el empleado de esa galería vino a recogerle los cuadros a este estudio.
—¿La hora?, —repitió el pintor en tono interrogante—. Claro que la recuerdo. Desde entonces solamente han transcurrido unos diez días y… sí, serían las cinco y media de la tarde cuando se presentó aquí ese hombre, —
puntualizó sonriendo más relajado.
—¿Y podría precisar también la hora en la que abandonó este estudio para dirigirse a la sala Dorée?
—Naturalmente. He expuesto dieciocho cuadros y ya los tenía embalados cuando Cosme Rodríguez vino a recogerlos. No tardamos más de veinte minutos en cargarlos en su furgoneta. Yo colaboré con él y le ayudé a bajarlos por la escalera, porque, como habrán advertido, en esta casa no hay ascensor.
Demasiado bien se habían dado cuenta los dos policías de esa circunstancia, pues acababan de subir resignadamente los cuatro pisos de que disponía el edificio para llegar al ático en el que se encontraban y Martínez, demasiado grueso, aún jadeaba por el esfuerzo.
—O sea, que calcula usted que Cosme Rodríguez se marchó de aquí cerca de las seis, —resumió Diego.
—Sí, esa hora sería más o menos.
—¿Y sabe a qué hora llegó a la galería?
El reseco semblante del pintor dejó traslucir una expresión de triunfo.
Parecía enorgullecerse de ser capaz de contestar con tanta exactitud a las preguntas que le estaban formulando.
—Pues sí, también lo sé. A eso de las seis y media me llamó Narcisa Núñez para decirme que Cosme estaba descargando ya los cuadros de la furgoneta y que podía presentarme en la galería a la mañana siguiente para indicarle el lugar donde deseaba yo que se colgaran. —Se interrumpió para observar atentamente la expresión de los policías y luego añadió con cierta fatuidad—: No sé si saben ustedes que los artistas somos un poco especiales y que nos gusta decidir su colocación en las paredes de las galerías de arte.
—¿De veras?, —se interesó Diego, que nunca lo hubiera sospechado.
—Sí, la proximidad de unos lienzos respecto de otros puede realzarlos o, por el contrario, deslucirlos. Por eso su ubicación es tan importante.
—Claro, claro, —manifestó Diego a quien ese tema le tenía sin cuidado y su interés se circunscribía exclusivamente a determinar si el viejo de la galería Dorée había tenido posibilidad de hallarse en el salón ovalado del museo del Prado a las ocho de la tarde del lunes anterior—. ¿Y sabe qué es lo que hizo Cosme Rodríguez después de descargar sus cuadros en la galería?
—Se marcharía a su casa, supongo, —repuso Felipe Cortés tras unos instantes de vacilación—. Ya no tenía cometido alguno que realizar hasta la
mañana siguiente, pero ese detalle deberían preguntárselo a Narcisa, ya saben, la dueña de la galería. Yo no lo sé con seguridad.
—Claro, claro, —repitió Diego, a quien no se le ocurrió otra cosa que decir.
Martínez acudió inmediatamente en su auxilio.
—Le agradecemos mucho que haya contestado a nuestras preguntas con tanta precisión y ya nos marchamos.
Había huelga de transportes, por lo que Diana Alvear, al salir de su estudio de pintura, tuvo que utilizar esa tarde su propio vehículo, un Audi Coupé azul eléctrico, con el que se dirigió al museo y que aparcó junto a la iglesia de los Jerónimos.
Llovía como si el cielo fuera a desplomarse sobre el Paseo del Prado desdibujando en tonos grises el edificio, que apenas si se distinguía, borroso bajo la cortina de agua. Resignadamente descendió del vehículo y abrió su paraguas, dirigiéndose a paso ligero hacia la entrada, después de consultar su reloj de pulsera. Eran las siete de la tarde, hora de gran afluencia de público, como había podido comprobar en sus anteriores visitas, pero confiaba en que la huelga de transportes, el mal tiempo y el interés suscitado por la restauración de la “Mona Lisa española”, que había regresado recientemente de París, concentrara gran número de curiosos frente a este cuadro y le permitiera visitar el salón ovalado sin recibir demasiados empujones. Era una muchacha de unos treinta y cinco años, de figura estilizada y elegante y una llamativa melena pelirroja que hacía destacar la blancura de su rostro algo pecoso, y el color verde intenso de sus ojos. Se sabía guapa y elegante, por lo que, despreciando el ascensor, subió ágilmente la escalera y en cuanto se encontró en la primera planta del museo se encaminó con la desenvoltura del que está acostumbrado a llamar la atención hacia la sala central de las columnas. Notó como la gente se volvía a su paso. Unos porque la encontraban atractiva y otros, los más, porque sabían que era una pintora famosa. Había expuesto unos meses antes en una galería de arte del Paseo del Prado y, como de costumbre, había vendido todos sus cuadros durante la primera semana, lo cual no era de
extrañar. Eran buenos y además, tan luminosos, tan decorativos… Le encantaba el mar y había conseguido plasmar su infinita gama de azules bajo un cielo radiante y cegador, así como la arena dorada de las playas de Levante en la que se deshacían suavemente las olas salpicándolas con su espuma. Su pintor preferido era Sorolla, pero de vez en cuando se acercaba al museo del Prado a examinar la increíble técnica de Velázquez, aunque su estilo pictórico fuese bien distinto del suyo.
Afortunadamente esa tarde el museo estaba prácticamente vacío. Saludó a su paso a la vigilante del salón central, flanqueado de columnas y luego a la del salón ovalado. Las dos la conocían de verla en el museo, en la televisión y en las revistas del mundillo artístico, y le sonrieron deferentemente cuando pasó por su lado. Diana cruzó el salón ovalado y se detuvo bajo el cuadro de “Las Meninas” levantando los ojos hacia la que consideraba la obra más genial de su autor. No le gustaba el colorido del lienzo, oscuro y sobrio, pero admiraba la maravillosa naturalidad de la composición y el aspecto de secuencia improvisada que había sabido imprimirle. Con el ceño fruncido examinó cómo el pintor había destacado en el grupo principal de personajes, sobre una capa ocre, algunos matices grises y amarillentos en contraposición a los grises oscuros del fondo y de la zona alta del cuadro. Analizó luego como había sabido definir la verdadera calidad de la madera en la puerta de cuarterones del fondo y con pocos y precisos trazos negros el personaje a contraluz del fondo.
Absorta en su contemplación no advirtió que el tiempo transcurría, que la vigilante salía precipitadamente de la sala al oír un tumulto en el salón central ni que se había quedado completamente sola en el salón ovalado.
Tampoco oyó el sonido de unos pasos que trasponían la entrada y que se le acercaban. Se detuvieron a su espalda y solo entonces, al recordar el crimen que se había cometido en ese mismo lugar la semana anterior y que había leído en el periódico, intentó volverse hacia la alta figura que extendía las manos hacia ella. Un viejo canoso, con barba y gafas oscuras, que rodeó con algo suave su cuello, con algo que oprimía. Luchó por aflojar la presión que sentía en la garganta e intentó gritar, pero no consiguió emitir el menor sonido. Sentía como si una mano de hierro le estuviera privando del aire
que precisaba para respirar y después… el salón ovalado se tornó borroso y se sumergió en un abismo oscuro que no parecía tener final.
—¿Quiere que vuelva a proyectar la grabación, jefe?, —le preguntó Martínez al Comisario—. Habrá visto que se trata del mismo viejo canoso y achacoso que estranguló a Julia Ramírez. O ese tipo tiene una fijación con el cuadro de “Las Meninas” o la tiene con las pintoras que acuden al museo a contemplarlo.
Con un gruñido de asentimiento, los tres hombres clavaron los ojos en la pantalla y en silencio observaron cómo Diana Alvear atravesaba el alto paso de puerta por el que se accedía al salón ovalado y caminaba ligera hacia el fondo del mismo para detenerse bajo el cuadro que colgaba de la pared frontera de la sala. Vestía unos pantalones oscuros y un chaquetón de color beige sobre el que resbalaba su melena rojiza, que brillaba con reflejos dorados. La muchacha parecía examinar atentamente la pintura sin la molesta presencia de otros visitantes, porque no había nadie más en la sala, a excepción de la vigilante que estaba sentada en una silla junto a la pared de la derecha. Diana se acercaba más al cuadro y ladeaba la cabeza como si hubiera descubierto algo de interés en la pintura. Parecía musitar algo para sí misma. Instantes después, la vigilante se levantaba sobresaltada de la silla que ocupaba y salía apresuradamente del salón ovalado. Diana Alvear se quedaba sola en ese salón mirando fijamente el cuadro y segundos después trasponía la puerta una figura muy alta, con una gorra en la cabeza, bajo la que escapaba su cabello blanco, del mismo color que su larga barba. Cubría sus ojos con unas gafas oscuras y se acercaba por detrás a la pintora para situarse a su espalda. Con la habilidad de un prestidigitador extraía de su bolsillo un pañuelo azul con lunares blancos que anudaba al cuello de su víctima. Esta trataba de resistirse llevándose ambas manos al pañuelo para aliviar la presión y forcejeaba intentando inútilmente aflojarlo de su garganta. Instantes más tarde caía al suelo. El viejo saltaba entonces sobre su cuerpo y a paso ligero se encaminaba hacia la puerta. Pasaba al salón central de las columnas y se mezclaba con el gentío que se encaminaba hacia la escalera en busca de la salida.
Don Fausto dejó escapar un suspiro de desaliento.
—Igual, exactamente igual que en el primer asesinato, —se condolió, parpadeando deslumbrado cuando Diego encendió la luz—. ¿Qué habéis averiguado esta vez? ¿Habéis encontrado huellas?
Martínez meneó negativamente la cabeza.
—No, señor. El viejo llevaba guantes también en esta ocasión, cómo habrá observado al ver la grabación.
El inspector jefe no se había fijado en ese detalle, pero hizo un gesto de asentimiento.
—¿Y os habéis enterado ya del motivo que indujo a la vigilante a salir apresuradamente del salón ovalado? Parece como si hubiera ocurrido algo fuera que la sobresaltara.
En esa ocasión se atrevió a Diego a intervenir.
—Sí y hemos traído también la cinta que ha grabado lo que sucedía simultáneamente en el salón central y que alertó a la vigilante. Unos segundos antes de que entrara el viejo en el salón ovalado, una mujer alta, rubia y con gafas de sol se ha puesto a gritar en ese salón acusando a un chico de que le había robado el bolso. Por lo visto se ha organizado un alboroto monumental y la vigilante de la sala de Velázquez ha salido para ver lo que ocurría. Los de seguridad han detenido al chico, pero no llevaba encima el bolso ni nada que pudiera pertenecer a la rubia.
Don Fausto le había escuchado en silencio y luego se pasó pensativamente una mano por la barbilla.
—Es muy curioso, —musitó al fin.
—¿Qué es lo que le parece curioso?, —trató de averiguar Martínez.
—Lo de la rubia. También cuando estrangularon a la pintora de los lunes se armó una escandalera semejante en el salón central y también fue una rubia la que empezó a chillar, gritando que se había roto una pierna. Por ese motivo salió esa tarde la vigilante del salón ovalado a ver qué ocurría y fue entonces cuando estrangularon a Julia Ramírez que se había quedado sola contemplando “Las Meninas”. ¿Es que no os acordáis ya?
Desconcertado, Diego observó la expresión de su jefe con nuevo respeto. No suponía que fuera tan sagaz ni que reparara en unos detalles que a él se le habían escapado.
—Claro, claro, —admitió confuso, sin acertar a añadir un nuevo comentario—. ¿Quiere que le traigamos la cinta del primer asesinato para que podamos comparar la una con la otra?
—Naturalmente, —replicó don Fausto en tono más alto del necesario—.
Quiero ver esa cinta y la quiero ya.
Poco después examinaban los tres policías la cinta grabada por la cámara de seguridad instalada en el salón central, correspondiente a la tarde en la que estrangularon a Julia Ramírez. En absoluto silencio observaron los tres cómo avanzaba por ese alargado recinto el viejo de la barba blanca y cómo torcía hacia la izquierda al alcanzar el paso de puerta por la que se accedía al salón ovalado, desapareciendo instantes después. Casi al mismo tiempo distinguieron a una pareja de mediana edad que avanzaba hacia el fondo del salón, cuyo paraguas chorreaba sobre el pavimento de granito gris formando un charco en el que resbaló aparatosamente una mujer rubia, con un pañuelo en la cabeza y gafas oscuras. Aunque apenas se le veía bien el rostro, podía aparentar unos treinta y tantos años de edad por su figura estilizada y por la agilidad de sus movimientos, lo que les hizo notar don Fausto a los otros dos.
—Veamos ahora la otra cinta, la del salón central que habéis traído hoy.
Cuidadosamente Marcelino introdujo la cinta en el ordenador, deteniéndola en el momento en el que la rubia caía al suelo, para agrandar a continuación la imagen de su rostro. Don Fausto meneó dubitativamente la cabeza.
—Podría ser la misma, pero no se distinguen bien sus facciones. ¿Qué habéis averiguado de la muerta? Era una pintora famosa, ¿no es así?
Martínez se apresuró a proporcionarle la información de que disponían.
—Efectivamente. Se llamaba Diana Alvear. Tenía treinta y cinco años.
Estaba casada desde hace diez con un profesor de educación física que se llama Sergio Andrade, pero no tenían hijos. Vivían en un chalet en la Moraleja a todo tren, porque al parecer ella ganaba muchísimo dinero. Él cobraba una nómina como profesor en un instituto del barrio de Salamanca que se llama “San Isidro”.
—Ya, —le interrumpió Don Fausto con los ojos clavados en la ventana contra la que se oía repiquetear el agua. Martínez acababa de subir la
persiana y a través de los cristales se distinguía la calle peatonal, borrosa bajo el agua—. ¿Y qué aspecto tiene el marido?
Martínez intercambió una mirada de complicidad con Diego antes de contestar.
—Pues es un hombre muy alto, de la misma edad que ella, que parece un actor de cine.
—¿Quieres decir que es un guaperas?
Martínez hizo un gesto de asentimiento.
—Sí, es un guaperas. Parecía estar destrozado y se le quebraba la voz cuando contestaba a nuestras preguntas.
—Claro, —refunfuñó su jefe, mesándose pensativamente la barbilla.
Sabía, a través de su dilatada experiencia, que el asesino solía ser alguien del entorno cercano de la víctima, por lo que afirmó petulantemente—: Tanto si es verdad que lo siente como si lo finge, es lo que debe aparentar.
¿Tiene alguna coartada?
Martínez enarcó las cejas.
—¿Piensa acaso que ha sido él el que ha estrangulado a su mujer, caracterizado de viejo? Creía que habíamos llegado a la conclusión de que se trataba del tipo de la galería de arte Dorée, que, o está obsesionado con el cuadro de “Las Meninas” o con las pintoras que acuden al museo a contemplarlo. ¿No es así?, —inquirió con la mirada clavada en su meditabundo jefe, que continuaba abstraído sin escucharle—. Para el asesinato de Julia Ramírez, el viejo no tiene coartada, porque pudo aprovechar esa tarde, después de descargar los cuadros de su furgoneta en la galería, para dirigirse poco antes de las ocho al museo y estrangularla.
Tenemos que averiguar ahora donde se encontraba ayer Cosme Rodríguez entre las siete y las ocho de la tarde, porque creemos que ha podido ser él el autor de los dos asesinatos.
Diego le apoyó en el acto.
—Y creemos también que ese viejo tiene una cómplice, que en las dos ocasiones ha organizado un escándalo en el salón central para llamar la atención de la vigilante de la sala de Velázquez y que la pintora de turno se quedara sola al pie de “Las Meninas”. Momento que ha aprovechado el viejo para estrangularlas a las dos.
Su jefe les envolvió en una mirada vaga.
—No sabemos todavía nada con seguridad y debemos investigar todas las posibilidades. ¿Tenía Diana Alvear padres u otra familia?
—No. Sus padres murieron hace años, pero tiene un hermano y una hermana, con los que, según nos ha dicho el marido, no se llevaba nada bien.
—Ya, —repitió caviloso Don Fausto—. De modo que probablemente el marido será el heredero de la pintora. ¿Sabéis si había hecho ella testamento?
Aunque hasta ese momento no había abierto la boca, Diego se decidió a intervenir.
—No, no lo sabemos. Estrangularon a la pintora ayer a eso de las siete y cuarto de la tarde y no hemos tenido tiempo de más, aunque sí hemos averiguado que a esa hora el marido había salido ya del instituto donde trabaja y se encontraba en su casa, que ya le he dicho que es un chalet en la Moraleja.
—O sea, que no tiene coartada, —resumió su jefe—. ¿Y sabéis que tal se llevaba con su mujer?
Diego reprimió un resoplido de exasperación.
—No, no lo sabemos. ¿Pero por qué piensa que el marido puede estar implicado? Creo que sería más útil averiguar qué tenían en común Diana Alvear y Julia Ramírez, puesto que las han asesinado de la misma forma y en el mismo sitio.
—¿Y qué tenían en común? —repitió su jefe en tono interrogante como si fuera su eco.
—Hasta ahora no hemos encontrado ningún punto de contacto, —
replicó Martínez—. La única coincidencia entre las dos es que ambas se dedicaban a pintar al óleo como profesión, pero mientras que a Julia Ramírez no la conocía nadie en el mundo artístico, su pintura era abstracta y vivía miserablemente, Diana Alvear había alcanzado la fama. Al parecer era una discípula de Sorolla tan aventajada que sus obras no desmerecían al lado de las de su maestro.
Diego pestañeó aturdido al oír a su compañero.
—¿Sorolla fue el maestro de esa pintora?
Su jefe le dirigió una mirada displicente, como si considerase que era natural que el muchacho, por ser de pueblo, careciese de la más elemental cultura.
—Me parece, Valdés, que deberías interesarte un poco más por el arte.
Cuando esa chica nació, hacía mucho tiempo que se había muerto Sorolla.
Pintaría ella con el mismo estilo que este y por lo que decís lo hacía muy bien, porque vivir de la pintura no es fácil y si su trabajo le daba de sí para tener un chalet en la Moraleja, pues… A no ser que hubiera heredado de sus padres. ¿Sabéis si heredó algo de sus padres?, —inquirió dirigiendo alternativamente su mirada a cada uno de sus subalternos.
Estos intercambiaron una nueva mirada de satisfacción al estar en condiciones de contestar a la pregunta.
—No, no heredó nada de sus padres. El era un funcionario de Correos y ella, ama de casa. Diana Alvear no tenía un duro cuando se casó con su marido. Fue después. Ganó un premio con un cuadro en un certamen y después empezaron a lloverle los encargos. Hemos visto alguno de sus cuadros en su casa y son realmente espectaculares, —le explicó Martínez.
—¿A ti también te han parecido espectaculares?, —le preguntó socarronamente su jefe a Diego.
Este se apresuró a asentir.
—Sí, están llenos de sol. De ese sol cegador de las playas de levante que parece quemarte la piel. Los cuadros que hemos visto no tienen nada que ver con el estilo de Velázquez, así que no me explico el motivo por el que examinaba el cuadro de “Las Meninas” con tanta atención. Puede que este último sea una obra de arte, pero a mí me parece bastante tristón.
—El estilo de Sorolla es muy luminoso, —le explicó pacientemente su jefe— y, por lo que me decís, también debe serlo el estilo de Diana Alvear.
Quiero que averigüéis si ese tal Sergio Andrade tiene alguna coartada para la hora de la tarde en que asesinaron a Julia Ramírez y también si su mujer había hecho testamento a su favor. Si es un tipo muy alto, podría ser el viejo canoso caracterizado. ¿Cuánto calculáis por la grabación que puede medir ese viejo?
Martínez echó hacia atrás la cabeza y cerró los ojos, como si necesitara aislarse del despacho en el que se encontraban para efectuar el cómputo.
—Un metro, ochenta y cinco, diría yo, o quizás un metro noventa centímetros. En España escasean los hombres tan altos.
—¿Y cuánto puede medir el marido?
Esta vez fue Diego el que contestó.
—Sí, tendrá aproximadamente esa estatura.
—Magnífico, —aprobó su jefe—. Averiguad lo que os he dicho y también si conocía a Julia Ramírez, si su mujer había hecho testamento a su favor o si, en cualquier caso, él es su heredero. ¡Ah!, y también si se llevaban mal. Y no tardéis.
El eco de su último graznido parecía retumbar aún por la escalera cuando regresaron horas más tarde. Los dos estaban cansados, pero eufóricos. Parecía mentira que en un asunto tan enrevesado como el que estaban investigando hubieran podido encontrar varias pistas con tanta facilidad. Don Fausto les hizo pasar a su despacho en cuanto anunciaron su llegada y se acodó en la mesa, inclinándose impaciente hacia ellos.
—¿Qué?, ¿qué habéis averiguado?
Con la parsimonia que le caracterizaba, Martínez extrajo un papelito de su bolsillo, donde había escrito lo que su jefe les había indicado que averiguasen y lo leyó en el mismo orden en que aquel se los había indicado.
—Verá, don Fausto. Parece que Sergio Andrade no conocía de nada a Julia Ramírez. Al menos eso es lo que nos ha dicho él, pero cabe en lo posible que coincidiera con ella en algún evento pictórico al que también asistiera su mujer. En cualquier caso, no sabemos aún si tenía con ella algún tipo de relación. Nos ha dicho que estaba en su casa viendo la televisión a la hora en que estrangularon a la pintora de los lunes y también ayer, cuando asesinaron a Diana Alvear, pero no hay nadie que pueda corroborarlo. O
sea, que no tiene coartada para ninguno de los dos crímenes. En cuanto al testamento, el matrimonio testó hace años todos sus bienes a favor del otro cónyuge. Y por cierto, se llevaban fatal y estaban a punto de divorciarse.
—Fenomenal, —tronó Don Fausto, en un tono que parecía indicar que se alegraba de que el matrimonio se llevara mal y que tuvieran proyectado el divorcio. Su sonrosado semblante había adquirido un tinte rojizo, probablemente por la euforia que experimentaba y Diego se sintió
gratificado en lo más íntimo por el reconocimiento a sus esfuerzos y a los de Martínez.
—Entonces… —empezó el muchacho, esperando que tras la felicitación de su jefe, les indicara este que podían marcharse ya a su casa en cuanto llegara el compañero que hacía el turno de noche. Decepcionado, comprobó que tal idea no había pasado siquiera por la cabeza de don Fausto.
—Entonces, —terminó este— vais a detener a ese tipo ahora mismo. —
Le voy a interrogar yo en cuanto me lo traigáis, así que preguntadle primero si tiene un abogado que le asista en la declaración y si no lo tiene, llamad al Colegio de Abogados para que nos mande uno de Oficio. ¿Está claro?
—Clarísimo, —articuló a duras penas Martínez.
—¡Ah!, —rugió Don Fausto—, y no se os olvide leerle sus derechos.
¿Me habéis entendido?
—Sí, ¿pero no le parece que esa detención es un poco prematura?, —se atrevió a objetar Diego—. No tenemos base alguna para inculparle, salvo una serie de circunstancias que pueden ser causales y nosotros estamos seguros de que el autor de los crímenes es el viejo de la galería Dorée.
Hasta arrastra los pies de la misma forma que en la grabación de las cámaras de seguridad del museo.
Don Fausto hizo caso omiso de sus palabras y levantó aún más la voz al repetirles:
—No quiero oír una palabra más. Traédmelo aquí y leedle antes sus derechos, ¿de acuerdo?
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