Secreto Profesional
Capítulo 11
Impaciente, se acodó Irene en la repisa adosada al cristal que en el locutorio de la cárcel soportaba el teléfono intercomunicador y aguardó la aparición de Sergio, dominando a duras penas su nerviosismo. Al fin lo había conseguido, al fin iba a darle a él la gran noticia, aunque no le correspondiera a ella el mérito en su totalidad. Todo había obedecido a un cúmulo de casualidades, pero ella había puesto en el feliz desenlace todo su esfuerzo y todo su interés.
Sergio no tardó más de unos minutos en presentarse en el locutorio, al otro lado del cristal, minutos que a Irene le parecieron siglos. Estaba pálido y demacrado y se sentó en la banqueta que se hallaba en el lado del cristal que correspondía a los reclusos, llevándose el teléfono intercomunicador al oído con el semblante crispado por la inquietud.
—¿Qué?, ¿sabes algo?, —le preguntó.
—Claro que sí, —repuso Irene que en esos instantes se sentía absolutamente feliz—. Sé algo extraordinario. Te van a dar la “bola”.
—¿Qué bola?, —se extrañó Sergio—. ¿De qué estás hablando?
Ella se echó a reír con ganas. Aunque hasta el día anterior tampoco conocía el significado penitenciario de esa palabra, Gonzalo se lo había explicado con detalle y ahora iba a aclarárselo ella a Sergio como si tuviera una gran experiencia en asuntos similares.
—La “bola”. En la jerga carcelaria se llama “bola” al mandamiento judicial de libertad del recluso. Vas a salir dentro de unas horas y tu causa se ha sobreseído. El fiscal ha retirado los cargos, ya que ha detenido la policía al verdadero culpable de los asesinatos del museo. Un viejo que se llama Cosme Rodríguez, que trabaja en una galería de arte y que está como un auténtico cencerro. Ha confesado en la comisaría y después antes el juez
que estranguló él a las pintoras, porque estaban destrozando el arte de la pintura con sus espantosos cuadros abstractos.
Estupefacto, Sergio abrió la boca hasta dibujar con ella un círculo.
—¿Qué lo estaban destrozando? ¿Y de qué las conocía?
—Por lo visto, trabajaba en una galería de pintura que se llama “la Sale Dorée”, donde habían expuesto las pintoras.
—¿Y se las encontró en el museo y por eso las mató?
—Sí, aunque parezca absurdo y carezca de toda lógica. Al museo también acudía él a menudo, porque la pintura, sobre todo la de Velázquez, era toda su vida. Cuando las vio en el salón ovalado examinando el cuadro de “Las Meninas”, que es su preferido, le pareció una profanación, según ha declarado. Ya te he dicho que está como una regadera.
Sergio enarcó sus oscuras cejas en un gesto de incomprensión.
—¿Y por esa razón estranguló a Diana? La pintura de Diana era figurativa. Ese tipo debió de confundirla con otra artista.
—Es posible, —consideró dubitativamente Irene— y eso ya no tiene remedio, pero la buena noticia es que vas a salir de la cárcel, que han sobreseído tu causa y que vamos a poder ultimar enseguida la testamentaría de Diana.
Tardó él en entenderlo. Por sus claros ojos azules fueron discurriendo las palabras de ella que asomaron a su rostro conforme fueron haciéndose inteligibles.
—Así que… ¿Y cuanto crees que tardarán en darme esa “bola”?
—Espero que esta misma tarde. Me lo han comunicado en el juzgado esta mañana, de modo que debe de estar a punto de llegar. Preguntaré ahora en administración y, si es cuestión de horas, esperaré para llevarte a casa.
A través del cristal, Sergio apartó el teléfono de su oído y se la quedó mirando fijamente. Luego parpadeó con los ojos húmedos y aproximó nuevamente el auricular a su oreja.
—¿Cómo podré agradecerte todo lo que has hecho por mí? Ningún otro abogado se habría tomado tanto interés ni habría demostrado tanta competencia en su trabajo. Eres la mejor del mundo.
Sus palabras la llenaron de satisfacción. No se consideraba ni mucho menos la mejor abogado del mundo, pero sí creía haber puesto todos sus
conocimientos y todo su esfuerzo en sacarle libre de la imputación de que había sido objeto por las malas artes de su cuñado.
—Gracias, pero solo he cumplido con mi deber, —le contestó, abatiendo modestamente los párpados—. Y por cierto, seguí tus indicaciones y di de baja la luz, el gas y el teléfono de tu casa, así que cuenta con que vas a estar a oscuras cuando llegues allí esta noche.
Sergio se echó a reír.
—¿Y crees que eso me va a importar? Podría sentirme muy feliz sin ninguna de las tres cosas el tiempo que haga falta. Me va a parecer mentira volver a mi casa, aunque por la noche tenga que ir palpando las paredes.
Irene coreó su risa. Recordaba pocos momentos en los que anteriormente se hubiera sentido tan satisfecha de sí misma. Quizás el día en que terminó la carrera… pero no, el que estaba viviendo era un momento único e irrepetible.
Aún tuvo que aguardar varias horas a que Sergio saliera por la puerta de la cárcel con la mochila al hombro que contenía las pertenencias que llevaba encima el día en que fue recluido y las que le había llevado ella después. Los trámites burocráticos de excarcelación de un recluso son absurdamente lentos, por lo que Irene terminó por aguardarle en el coche con la radio puesta para entretener el tiempo que aún tendría que esperar.
Pero al fin salió. Nervioso como nunca le había visto y parlanchín en grado sumo, como si tuviera que aprovechar el trayecto que recorrieron los dos hasta su casa para referirle todas las impresiones que había experimentado durante los larguísimos días en que había estado privado de libertad.
Cuando al fin detuvo el coche Irene frente a la cancela de la casa en que vivía Sergio, descendió este del vehículo y se detuvo un instante junto a la verja como si necesitara respirar nuevamente el olor a tierra mojada del jardín y sentir cómo le despeinaba el viento fuera de las tapias de la cárcel.
Luego se volvió hacia ella para agitar la mochila en el aire a modo de despedida.
Irene arrancó sintiendo un alivio inconmensurable, una sensación de triunfo casi indescriptible y durante un instante pensó que no podía haber nada en el mundo comparable a ese sentimiento. Sabía que el mérito no era solo suyo. Tenía que agradecerle a Cosme Rodríguez que hubiera decidido
atentar contra la vida de Clara Fernández bajo el cuadro de “las Meninas”
demostrando así que su cliente era inocente. Pero aunque no se debiera exclusivamente a su intervención, había conseguido que Sergio saliese de la cárcel yendo a ver al juez que instruía su sumario y apremiándole para que dictase el mandamiento de libertad esa misma mañana. Había hecho todo lo que estaba en su mano y verle abandonar al fin el centro penitenciario era una experiencia insuperable que nunca podría olvidar.
Pero tenía que compartir ese momento con alguien. ¿Quién podría entender la emoción que le vibraba por dentro y que le ascendía hasta un lugar que no supo identificar? Marisa no. Se alegraría por ella pero sería incapaz de sentir lo mismo, porque nunca se había visto en el caso que ella había padecido. Su familia tampoco. Allí en el pueblo pasaban pocas cosas y ninguna que tuviese que ver con una detención. De los que conocía, solo Gonzalo podría concebir la intensidad de la triunfal exaltación que experimentaba, porque habría vivido momentos parecidos. Sin pensarlo más le llamó al móvil y cuando oyó su voz a través de la línea le costó trabajo encontrar la suya.
—Gonzalo, al fin, al fin ha salido de Alcalá Meco. Le acabo de dejar en su casa.
Él no tuvo que preguntarle a quien o a qué se estaba refiriendo. Solo por el tono con que se lo comunicó supo de qué le estaba hablando.
—Enhorabuena, Irene. Me alegro muchísimo por él y por ti. Sobre todo por ti.
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