Secreto Profesional
Capítulo 1
El timbre del teléfono dejó oír su estridente sonido y Diego Valdés descolgó cansinamente el auricular. Era un muchacho de veintiocho años, de mediana estatura y de cabello castaño y ojos pardos. Había tenido un día horroroso en la comisaría y estaba deseando que llegara el momento de marcharse a su casa, para poder al fin tumbarse en el sofá después de cenar para ver un rato la televisión. Resignadamente se llevó el auricular al oído.
Al otro lado del hilo oyó una voz femenina con matices histéricos.
—¿Es la policía? Venga, vengan inmediatamente al Museo del Prado.
—La voz se quebró con un nervioso hipido—. Vengan… vengan a la sala de Velázquez, en la primera planta, en el salón ovalado. Es muy urgente.
Diego dirigió una desalentada mirada al reloj que colgaba de la pared.
Eran las ocho y siete minutos de la tarde.
—¿Cómo se llama usted?, —le preguntó en tono monocorde—. ¿Cómo se llama y qué es lo que le ocurre?
Oyó dos hipidos más a través de la línea telefónica.
—Me llamo Patricia Jiménez y… y acabo de encontrar en el suelo a una visitante del museo. Tiene la cara morada y… creo que está muerta… tienen que venir aprisa…
—De acuerdo, de acuerdo. Vamos ahora mismo. ¿Me ha dicho en la sala de Velázquez?
—Sí, ¿sabe cuál es?
Diego acababa de ser destinado a Madrid, donde se había incorporado a la comisaría de la calle Huertas, pero no había visitado en sus ratos libres el Museo del Prado, aunque podía distinguirlo desde la esquina de la calle, al otro lado del paseo del mismo nombre. Por ello meneó negativamente la cabeza, gesto que su invisible interlocutora no pudo ver.
—No, no lo sé, pero la encontraremos. No se mueva de ahí que no tardaremos en llegar ni cinco minutos.
Poco después, Diego y su compañero, Marcelino Martínez, ascendían precipitadamente la escalera del museo y echaban a correr por el salón central de las columnas para girar más tarde a su izquierda y precipitarse en la sala de Velázquez. El cuadro de “Las Meninas”, espléndido y grandioso, destacaba al fondo de esa sala, ocupando toda la pared frontera y al pie del lienzo divisaron un tumulto en el que varias personas discutían muy inquietas. Una mujer de mediana edad, con el uniforme de los vigilantes del museo, se destacó del grupo para correr hacia ellos.
—Vengan, vengan, por favor, —les dijo con una voz en el que se apreciaba un histerismo a duras penas contenido—. Está ahí en el suelo.
Yo… no sé cómo ha podido suceder…
Los dos policías se apartaron de la vigilante para acercarse al cuerpo caído en el suelo, al pie del cuadro de “Las Meninas”. Tras abrirse paso entre el grupo de personas que se agolpaban alrededor, se inclinaron sobre este. El de una mujer de unos cuarenta y cinco años, de cabello liso, oscuro y sin brillo, recogido en unas rastas que Diego consideró horribles, y un semblante con evidentes síntomas de asfixia, probablemente producida por un pañuelo azul de lunares blancos que le aprisionaba el cuello. Estaba muerta, no cabía duda, por lo que Diego se apresuró a comunicarlo al juzgado de guardia para que el juez se presentase a levantar el cadáver.
Luego alejó de allí a los vigilantes, apartándoles hacia una esquina, antes de volverse hacia la mujer que anteriormente se había dirigido a ellos.
—¿Es usted la vigilante de esta sala?
Ella asintió con un hipido. Tendría unos cincuenta años y su cabello castaño y lacio enmarcaba un semblante anodino y reseco, sin rastro de pintura.
—Sí señor. Soy la vigilante de tarde de la sala de Velázquez.
—¿Se llama Patricia Jiménez?, —trató de precisar Diego.
—Sí, sí. He sido yo quien les ha llamado.
—¿Y qué ha visto usted?
Patricia dejó escapar otro hipido.
—Nada, no he visto nada. Habíamos avisado ya para que los visitantes despejaran el museo, porque íbamos a cerrar. Cerramos siempre a las ocho de la tarde, pero avisamos diez minutos antes, y he salido de la sala al oír un alboroto en el salón central. Una señora se había resbalado y chillaba como una loca asegurándonos que se había roto una pierna y que no podía ponerse en pie. Por supuesto nos ha conminado con las penas del infierno, pero al final todo ha quedado en nada y se ha marchado cojeando. Ha sido al volver a entrar para comprobar que en el salón ovalado no quedaba nadie, cuando la he visto. Estaba caída en el suelo y no respiraba. Como tenía la cara morada y un pañuelo atado al cuello, Anita y yo hemos pensado que la habían estrangulado. Por eso les hemos llamado.
Había señalado al nombrarla a otra vigilante que estaba a su lado. Una mujer algo más joven y más agraciada, rechoncha y de pelo y ojos muy negros, que asintió al oír pronunciar su nombre con evidente expresión de inquietud.
—¿Han tocado algo?, —les preguntó Diego con aire profesional, aunque por su juventud y por su reciente ingreso en el Cuerpo era la primera vez que se encontraba frente a un cadáver. Había ganado la oposición cinco años antes, pero solamente llevaba un mes en Madrid en la comisaría de la calle Huertas.
Anita y Patricia se miraron consternadas antes de responder.
—Bueno…, —empezó la primera—. Patricia me ha llamado cuando la ha encontrado en el suelo para que me ayudara a levantarla. En un primer momento hemos pensado que se había caído, igual que la señora del salón central, y hemos intentado ponerla en pie.
—Así que la han tocado las dos, —dedujo acusadoramente Diego, emulando al policía de una película americana que había visto recientemente y que tenía lugar en los viejos fondos de Chicago.
Anita parecía tener más carácter que la otra, que, azarada, había bajado la cabeza para mirar la punta de sus zapatos, por lo que se apresuró a responder:
—No sabíamos que estaba muerta, ¿comprende? Sucede a menudo que algunos visitantes del museo se marean o tropiezan y se caen. Siempre les ayudamos a levantarse, que es lo que hemos intentado hacer esta tarde.
¿Cómo íbamos a imaginar que en esta sala que está siempre llena de gente iban a estrangular a la pintora de los lunes?
Con gesto interrogante, Diego clavó sus ojos castaños en el semblante de Anita.
—¿La pintora de los lunes?
En esa ocasión contestó Patricia por ella.
—Sí, la llamábamos así, porque venía al museo todos los lunes. Era pintora y admiraba profundamente el cuadro de “Las Meninas” de Velázquez. Solía acudir a eso de las seis y media y se plantaba delante del lienzo sin pestañear. Una tarde me dijo que era la única obra del museo que le interesaba, lo que es un poco extraño, ¿no le parece? Esta es la mejor pinacoteca del mundo y tenemos cuadros extraordinarios. ¿Le gusta “la familia de Carlos IV” de Goya? A mí me parece genial. Y no digamos nada de la “Mona Lisa española”. El público que viene a contemplarlo hace unas colas para entrar que dan la vuelta a este edificio.
La cultura pictórica de Diego dejaba mucho que desear, por lo que hizo un gesto evasivo con el que intentó soslayar la difícil pregunta de la empleada del museo.
—Sí, sí, claro, también es un cuadro genial, pero díganme, ¿qué saben de esa pintora?
Anita y Patricia volvieron a mirarse, consultándose con los ojos.
—Poca cosa, —repuso al fin Patricia—. Se llamaba Julia Ramírez y no solía hablar con nadie, aunque, como ya le hemos dicho, venía todos los lunes. En una ocasión me comentó que vivía sola y que era pintora, pero que apenas si conseguía vender algún cuadro de cuando en cuando. Que había estudiado la carrera de Bellas Artes y que visitaba el museo para examinar a fondo “Las Meninas”. Le entusiasmaban los blancos de plomo casi sin mezclas de diversos puntos del cuadro. Los utilizó Velázquez en las camisas, los puños de Mari Bárbola y en la manga derecha de Agustina Sarmiento. No solía contarme nada de su vida privada, pero se explayaba conmigo a veces sobre la técnica que empleó Velázquez en ese cuadro.
Técnica que, por otra parte, todo el mundo conoce, ¿no cree?
Diego tragó saliva nuevamente. ¿Por qué pensaría aquella vigilante de rostro reseco que la pintura de Velázquez formaba parte del acervo común
de los mortales? Él no tenía la menor idea de cómo eran los blancos de plomo que utilizara siglos atrás el pintor en la manga derecha de Agustina Sarmiento e incluso desconocía quién pudiera ser el personaje del cuadro que respondía a ese nombre. Se prometió asimismo enmendarse en el futuro y procuró en ese instante adoptar una expresión de suficiencia para que no le conceptuara su interlocutora como un paleto de pueblo, recién llegado a la capital, lo que, por otra parte, era el calificativo que le cuadraba.
—Lo curioso es que esa mujer pertenecía a un movimiento de pintura abstracta, —continuó la docta Anita, con una expresión dubitativa en su atractivo semblante—. De abstracción lírica precisamente, o al menos ella pretendía que su pintura se encuadrara en esa corriente. Me contó el lunes pasado que acababa de exponer en la sala Dorée, en la calle Toledo, y que admiraba sobre todo a Kandinsky. No entiendo, por tanto, que le interesara Velázquez que, como usted sabe, era un genio, pero de la corriente figurativa.
Marcelino Martínez, un hombre corpulento y de bastante más edad que Diego, se les unió en ese momento, evitándole a su compañero efectuar el comentario que la otra esperaba. Venía tomando notas en un cuaderno y se adelantó a Diego para hacerles a las dos mujeres otra pregunta:
—¿Y no han visto en esta sala a nadie sospechoso, antes o después de que esa pintora se detuviese delante de “Las Meninas” a contemplar el cuadro?
Patricia frunció el ceño reflexionando, gesto que provocó que un sinfín de arruguillas aparecieron en su rostro, bordeando sus ojos.
—Pues… pues no. Comprenda que tenemos muchísimos visitantes, pero… creo que… Sí, un instante antes de la hora de cerrar ha entrado en el salón ovalado un profesor con un grupo de alumnos. Han pasado por delante del cuadro y han retrocedido sobre sus pasos casi enseguida.
Observará que esta sala tiene otras dos salidas, pero han preferido regresar al salón central. Recuerdo luego a una pareja de ancianos que también se han ido pronto. Yo diría que cuando hemos dado la señal de cierre quedaba únicamente la pintora de los lunes frente a “Las Meninas”, aunque…
—¿Aunque qué?, —la apremió Martínez, cruzando los brazos sobre su orondo estómago.
El reseco semblante de Patricia denotó confusión.
—Que creo recordar que, cuando he salido de esta sala al oír un tumulto en la sala central, me he tropezado con un señor muy mayor que entraba. Sí, le he dicho que ya era la hora del cierre y no me ha contestado, pero cuando he regresado para desalojarle ya se había marchado.
—¿Un señor muy mayor? ¿Y cómo era ese señor mayor?, —le preguntó inquisitivamente Diego, adelantándose a su compañero, deseoso de demostrarle a la vigilante que, aunque no entendiera nada de pintura, sabía realizar su trabajo de policía.
—No sé cómo era, —reconoció Patricia—. Vemos aquí a tanta gente que no es posible recordar sus caras. Solo puedo decirle que era un tipo muy alto con el pelo blanco y con barba, pero tienen que haberle grabado las cámaras de seguridad. Pregúntenle al señor Hernández.
El aludido era el único hombre que se encontraba en la sala de Velázquez cuando los policías habían llegado y por sus ademanes parecía ser el jefe de las vigilantes. Al oírse nombrar se apresuró a dirigirse a ellos.
—Naturalmente. Las cámaras de seguridad tienen que haber grabado todo lo que ha sucedido esta tarde en esta sala, así que iremos ahora mismo con ustedes a recoger las grabaciones para entregárselas.
Martínez meneó negativamente la cabeza.
—No, nosotros no podemos salir de esta sala hasta que llegue el juez a levantar el cadáver. Si nos las trae usted, ganaremos tiempo.
—De acuerdo. Voy a buscarlas ahora mismo.
Un par de horas más tarde, y después de que el juez cumpliera su cometido y trasladaran el cuerpo de la mujer asesinada al Instituto Anatómico Forense, regresaban los dos policías a la comisaría y se dirigían directamente al despacho del inspector jefe a darle cuenta de sus investigaciones. Era este un individuo de corta estatura con un semblante rosado y grandes entradas en la frente. Se peinaba con raya el cabello rubio y ralo con el que intentaba cubrirse esas entradas. Pese a su aspecto bonachón poseía un genio temible y les apremió en un tono más alto del necesario cuando les vio aparecer.
—¿Qué?, ¿qué habéis averiguado?
Prudentemente dejó Diego que su compañero Martínez, de más edad y de mayor graduación, diese las explicaciones pertinentes, permaneciendo él en un segundo plano.
—Así que han estrangulado a una visitante en el Museo del Prado esta tarde, a una hora en que estaba lleno de gente y nadie ha visto nada, —
resumió el comisario en tono mesurado.
Como Diego y Marcelino conocían sobradamente su carácter se aprestaron a soportar el rapto de furor de su jefe que se avecinaba y que no tardó en producirse.
—¿Y cómo es eso posible?, —tronó como un energúmeno—. ¿Estáis seguros de que esa mujer no ha muerto de muerte natural?
Diego continuó en silencio delante de la mesa de su jefe, descansando alternativamente el peso de su cuerpo en un pie y luego en el otro, al tiempo que Marcelino trataba de explicarse con su habitual parsimonia.
—Mientras no nos notifiquen el resultado de la autopsia no podemos estar seguros de nada, don Fausto —repuso pausadamente—. Del examen del cadáver parece deducirse que esa mujer ha muerto estrangulada con un pañuelo azul de lunares blancos que tenía al cuello, pero creo que las grabaciones de las cámaras de seguridad del museo podrán aclarárnoslo.
Las hemos traído. ¿Quiere que las veamos aquí, en su ordenador, o prefiere que…?
—Trae esas grabaciones ahora mismo, —rugió el inspector jefe con voz de trueno.
Poco después contemplaban los tres atentamente en el ordenador que descansaba sobre la mesa de despacho el contenido de las grabaciones aludidas. En silencio observaron el sinfín de visitantes que entraban en el salón ovalado y se agolpaban bajo “Las Meninas”. Unos examinaban el cuadro con la boca abierta y otros distraídamente, pero resultaba obvio que ninguno era capaz de apreciar la genialidad del artista ni la equilibrada composición de la obra, cuya parte inferior plasmaba un grupo de personajes aquietados durante un instante para ser captados por los ojos del artista, mientras que la superior se iba desvaneciendo en una progresiva penumbra.
Tampoco los tres policías captaron la maravillosa naturalidad de la disposición elegida ni la armonía de los tonos matizados en el lienzo, lo que, por otra parte, era imposible que apreciaran en una grabación en blanco y negro. Su atención estaba concentrada en las personas que entraban y salían del salón ovalado. Una anodina multitud agolpándose en la sala, hasta que al fin apareció la pintora de los lunes y Martínez se la indicó a su jefe. Era una mujer todavía joven, pero poco armoniosa, de mediana estatura, vestida con unos pantalones vaqueros y un poncho marrón rematado por unos flecos. Rondaría la cincuentena y no resultaba muy agraciada con su cabello desastrosamente recogido en unas rastas y el rostro ausente de todo maquillaje. Examinaron atentamente cómo entraba apresuradamente y sin gracia en el salón ovalado a través del altísimo dintel por el que se accedía desde el salón central, pisoteando el suelo de granito con sus zapatones de tacones anchos y embarrados, y como se acercaba al cuadro para detenerse frente a él. Permanecía después inmóvil, soportando estoicamente los empujones de los últimos visitantes de la tarde: Un grupo de chiquillos que levantaron la vista hacia el cuadro sin el menor interés, aunque el profesor intentaba explicarles algo de la técnica empleada por el pintor, lo que evidentemente les tenía sin cuidado. Una pareja de ancianos que parecían cansados y que no tardaron en retroceder hacia la entrada a la sala, dejando sola a la pintora, ensimismada bajo el cuadro.
Un segundo más tarde penetraba un viejo en el salón. La vigilante acababa de salir apresuradamente, como si algo importante reclamara su atención y él se dirigía con una agilidad que desmentía la edad que aparentaba hacia la solitaria admiradora que, como en éxtasis, continuaba examinando la pintura. Era un tipo muy alto, con una gorra sobre el pelo blanco y una barba del mismo color. Llevaba una bufanda al cuello y gafas oscuras y en un segundo se acercó por la espalda a la pintora con un pañuelo en las manos que anudó a su cuello. Esta se llevó ambas manos a la garganta luchando sin conseguirlo por aflojar la presión a la que la estaba sometiendo el viejo, y tras unos instantes de forcejeo caía al suelo en la posición en que la habían encontrado Diego y Marcelino. El viejo retrocedía entonces hacia la entrada de la sala.
En la grabación de la sala contigua le vieron salir del salón ovalado y atravesar a largas zancadas el salón central, mezclándose con la gente que se dirigía ya hacia la escalera y en la grabación de esta última le distinguieron entre una multitud que descendía hasta la planta baja para salir después a la calle.
Cuando acabó la proyección, el inspector jefe dejó escapar un prolongado suspiro.
—Imposible identificar a ese tipo, —refunfuñó—. Parece un viejo barbudo, pero no se le ve la cara ni un segundo.
—Y por sus movimientos da la impresión de que se trata de un joven disfrazado de viejo, —dedujo Marcelino entrecerrando sus ojillos con expresión beatífica—. Me parece absurdo, además, que ese tipo haya elegido precisamente la sala de Velázquez para cometer el crimen. En el estudio de pintura de su víctima, al que podía haber acudido con la excusa de comprarle un cuadro, en la escalera de su casa o en un callejón oscuro, podría haber cometido impunemente su crimen. ¿Pero por qué se le habrá ocurrido estrangular a esa mujer en el museo, donde hay cámaras de seguridad, y donde siempre se agolpa un gentío?
El suspiro de desaliento del inspector jefe sonó esta vez como un estridente graznido.
—Quizás se trate de un loco, —consideró después—. Solo a un chalado se le ocurriría estrangular a una mujer bajo el cuadro de “Las Meninas”. Es una de las mejores obras de Velázquez y atrae a muchísimos turistas, por lo que la posibilidad de cometer un crimen allí, sin que te vea nadie, es muy remota.
Diego esbozó un gesto de cansancio y miró a su compañero esperando de él una respuesta alentadora, pero este se encogió de hombros como si tampoco él pudiera explicarse la irrazonable elección del escenario del homicidio por parte del viejo.
—Tendremos que interrogar a los familiares y a los conocidos de la víctima, —dijo al fin con bastante escepticismo—. Tal vez tuviera esa mujer algún abuelo que, pese a su edad, se mantenga muy ágil o a algún vecino o conocido al que podamos identificar por su aspecto.
El inspector jefe hizo un gesto de asentimiento, mientras se atusaba su escaso cabello.
—De acuerdo. Usted, Martínez, tiene suficiente experiencia, así que no necesito explicarle lo que tiene que hacer. En cuanto a usted, Valdés, haga lo que le diga su compañero. Se le ha presentado una ocasión inmejorable para aprender el oficio. No tengo necesidad de advertirles que, por lo insólito y por lo absurdo, este asunto va a tener una gran repercusión mediática, así que espero de los dos que realicen una investigación modélica y que sean capaces de identificar a ese viejo que se mueve con tanta agilidad.
Pero, pese a que ambos policías extremaron su diligencia en la investigación, al atardecer del día siguiente regresaban nuevamente al despacho de su jefe, bastante desanimados. Don Fausto se apresuró a enderezarse en su butaca para acodarse sobre la mesa, antes de preguntarles con interés:
—¿Qué?, ¿qué habéis averiguado?
Martínez meneó cansinamente la cabeza, mientras Diego permanecía callado y en un segundo plano.
—Nada interesante ni concluyente, don Fausto, —empezó el primero con el aire del que ve obligado a comunicar unas noticias poco alentadoras
—. La víctima se llamaba Julia Ramírez y era una pintora completamente desconocida. Vivía en el mismo estudio en el que pintaba, un ático bastante decrépito en la calle Postas, que constaba tan solo del estudio propiamente dicho, un dormitorio, una cocina y un baño. Ese ático se encuentra en el cuarto piso, sin ascensor, de un edificio viejo que huele a comida, tanto en el portal, viejo, astroso y con portero automático, como en la escalera, así como en el interior de todos los pisos.
—¿Y habéis hablado con los vecinos?, —le interrumpió su jefe.
—Con todos, —continuó Martínez—. Con todos y ninguno la conocía más que de cruzársela por la escalera. Nos han dicho que vivía sola y que creían que su única familia era una tía que vive en un pueblo de Extremadura. Que no sabían que saliera con nadie y que algunas veces subía algún posible cliente a su estudio, pero que no solía vender sus
cuadros más que de Pascuas a brevas, por lo que se retrasaba siempre en el pago del alquiler.
—¿Y quién es el dueño de ese ático?, —tronó don Fausto con una sonrisa de suficiencia, pensando sin duda que Martínez se había olvidado de averiguarlo. Este se apresuró a desilusionarle.
—El dueño es el vecino del segundo. Se lo alquiló hace tres años y nos ha dicho que la víctima era una buena persona, pero una pintora muy poco comercial que pintaba unos cuadros abstractos horrorosos. Hemos inspeccionado el ático, al que hemos entrado con la llave que nos ha proporcionado el dueño, y verdaderamente su obra nos ha parecido un espanto.
El inspector jefe paseó sus ojillos por los semblantes de los dos policías que tenía sentados frente a su mesa. Valdés no había abierto la boca hasta el momento, por lo que pensó que ya había llegado el momento de pedirle su opinión.
—¿A usted tampoco le han gustado los cuadros de esa mujer?, —le preguntó, inclinándose hacia él sobre la mesa.
Diego no supo de momento qué responder por lo que terminó por encogerse de hombros.
—Bueno, yo… entiendo poco de pintura.
—Sí, ¿pero qué le han parecido?
Frunciendo el ceño para concentrarse mejor, el muchacho revivió con la mente la llegada al destartalado ático de techo de cristal que habían visitado esa mañana y que olía espantosamente a repollo recién cocido. Se ubicaba este en la calle Postas, próxima a la Plaza Mayor. Su fachada, de ladrillo oscuro, soportaba estoicamente el paso de los años con ese aire cansino de las casas viejas del Madrid antiguo que huelen a gato y a flores mustias, aunque nunca hayan albergado a ningún animal doméstico ni hayan adornado con flores los jarrones. Tras la agotadora escalada por la escalera, habían penetrado los dos hombres en un estrecho pasillo de suelo de tarima y paredes empapeladas, que terminaba en una estancia de regulares dimensiones y techo acristalado, en cuyo centro vieron un caballete plantado en su centro con un lienzo inacabado. Situándose frente al mismo con los ojos entrecerrados, Diego había intentado desentrañar el significado
de los manchurrones de colores amarillos y rojos que cubrían la tela, pero había terminado por desistir. En el suelo, junto al caballete, una paleta cargada de colores parecía aguardar el regreso de la artista y a su lado un frasco de cristal, que olía a aguarrás, contenía varios pinceles de distintos tamaños. Apoyado contra la pared vieron un banco de madera y apilados contra él varios cuadros ya terminados, tan desentonados y antiestéticos como el que soportaba el caballete.
—No, a mí tampoco me han parecido unos cuadros decorativos, —
repuso al fin en contestación a la pregunta de su jefe—. Me han dado la impresión de ser un conglomerado de colores rojos y amarillos que igualmente hubiera podido pintar un niño de diez años. La pintora era además una persona muy desordenada. Se había dejado en la cocina los platos sin fregar y, en su cuarto, la cama deshecha. Además de enredos por todas partes, la ropa lavada seguía dentro de la lavadora, de lo que parece que puede deducirse que no pensaba tardar en volver a su casa.
Seguramente tenía previsto regresar en cuanto cerraran el museo, o sea, a las ocho y media, más o menos.
Como si se estuviera forjando mentalmente una idea de la víctima, don Fausto hizo un gesto de asentimiento.
—Ya, —murmuró, con la mirada perdida en un par de transeúntes que caminaban por la calle peatonal que se divisaba a través del cristal de la ventana—. ¿Y qué hay del viejo que la asesinó?
Martínez meneó negativamente la cabeza.
—No hay ningún viejo de pelo blanco entre los vecinos y tampoco conocen a ningún anciano que reúna las características del que aparece en las grabaciones de las cámaras de seguridad. No saben si la pintora tenía algún enemigo. Según ellos era una mujer solitaria y poco comunicativa.
Hemos encontrado en su estudio un cuaderno en el que anotaba los gastos que le suponían los materiales que utilizaba para pintar y lo que había cobrado por los cuadros que vendía. El último se lo compró un hombre que tiene una charcutería enfrente de su casa. También hemos hablado con él, pero no hemos sacado nada en limpio. Es un hombre de unos cincuenta años, de corta estatura, sin barba y con el pelo castaño, algo canoso. No
guarda ningún parecido con el viejo de las grabaciones, —terminó casi sin aliento.
—¿Y el dueño del ático?
—¿Qué le pasa?, —se interesó Diego, olvidando que debía permanecer callado si no quería recibir algún improperio de su desabrido jefe.
—¿Que cómo es el dueño del ático?, —le aclaró este con impaciencia
—. ¿Qué aspecto tiene?
—¿Piensa acaso que podría haberla estrangulado para que le dejase el piso libre, ya que era una inquilina morosa?, —le preguntó Martínez sonriendo cansinamente—. No. Es un hombre de mediana estatura con un enorme bigote negro que daba la impresión de estar en sus cabales. El asesino tiene que ser un tipo arriesgado o un chiflado, seguramente esto último, porque hace falta estar mal de la cabeza para estrangular a alguien en el museo del Prado delante del cuadro de “Las Meninas”. ¿No le parece?
—¿Pero entonces no tenemos ninguna pista? ¿Había huellas en el pañuelo o piel en las uñas de la víctima?, —insistió el Inspector Jefe, resistiéndose a admitir un resultado tan desastroso de la investigación.
—No había nada, don Fausto, nada en absoluto. El viejo llevaba guantes, como habrá podido usted apreciar en la grabación. Hemos averiguado, eso sí, que la pintora acudía a la plaza Mayor los domingos con sus cuadros y allí intentaba que algún turista se interesara por ellos, pero ningunos de los vendedores de sellos y de monedas que colocan en la plaza sus tenderetes los días de fiesta recuerdan a ningún viejo de las características del que aparece en las grabaciones.
—No tenemos nada de nada, —le aseguró Diego Valdés—. Ese viejo ha aparecido como por encanto y se ha esfumado de la misma forma.
—Aún nos queda algo por investigar, —le interrumpió Marcelino esbozando una cansina sonrisa—. En el piso de Julia Ramírez hemos encontrado unos folletos con el anuncio de una exposición de pintura de sus cuadros en una galería de arte, que se encuentra en la calle de Toledo. La exposición se clausuró hace unos diez días y mañana nos acercaremos Valdés y yo por allí a ver qué podemos averiguar.
—Esperemos que encontréis en esa sala una pista que nos lleve a alguna parte, —refunfuñó don Fausto con expresión de escepticismo—. Es absurdo
que un crimen cometido en un museo tan frecuentado pueda quedar impune. Sí, es completamente absurdo.
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