Senderos salvajes

Santiago Mazarro · Capítulo 8 de 37

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Senderos salvajes

Capítulo 8

8

Los ojos de Manuel Lisa siempre anticipaban lo que nos íbamos a encontrar tras cada giro que daba La Santa Cruz. Llegué a creer que era capaz de ver a través de los álamos y los fresnos, que en aquella parte del río estaban más desordenados, como si ya hubieran desistido de seguir un orden lógico y hubiesen preferido apelotonarse en las orillas.

El río nos guiaba ahora ligeramente hacia el sudoeste, pero los pelícanos pasaban volando en sentido contrario, surcando el cielo en forma de cuña, como si el Todopoderoso nos advirtiese con una flecha en el cielo de que diésemos media vuelta y regresáramos por donde habíamos venido.

—¡Es una señal de Dios! —gritó en francés François Bissonet.

—¡Tal vez en aquella dirección encontremos una manada de bisontes, o alguna colina segura en la que establecer el campamento, capitán! —añadió Juan Ignacio.

Manuel Lisa se limitó a observar a sus hombres de soslayo y a conceder una sonrisa a su amigo naturalista.

—Dios no planea decirnos nada. Menos aún, a través de unos pelícanos.

Vuelven a casa —comentó Diego de Goiri respondiendo a las supersticiones de los demás tripulantes—. Probablemente hayan pasado el invierno en el golfo de México.

Un enorme pelícano americano, con sus alas extendidas y numerosas anotaciones bajo las patas, quedó dibujado aquel día en el cuaderno del vizcaíno.

Más tarde, tuvimos que usar la soga y los remos a modo de palanca para salir de un pequeño remolino que se había formado en el agua bajo nuestro

peso.

—Mirad, más cabañas —advirtió Vázquez oteando la resbaladiza orilla del Misuri. Un conjunto de en torno a diez o quince cabañas de tierra derruidas bajo la arboleda podía divisarse a simple vista.

Indios omahas. Tiempo atrás habían colonizado en pequeños campamentos todo el cauce del río, desde la desembocadura del Platte hasta los territorios del norte, casi en el nacimiento del propio río. La llegada de los europeos, y su constante y perpetua guerra contra los siux, los habían obligado a abandonar aquellas aldeas y agruparse en torno a Tonwantonga, la capital de su amenazada nación. En ella vivía su jefe, Ontopanga, a quien mi propio tío había visitado en cuatro ocasiones.

—Y allí hay al menos cinco cabañas más. Todas abandonadas.

No habíamos dejado de verlas desde la noche en que dormimos mojados y asustados entre el río Kansas y el Platte. Aquella noche en que John Colter y su perro casi nos matan de un susto —y nosotros a él—

apareciendo por sorpresa en la playa en que acampábamos. Colter, que había decidido acompañarnos al enterarse de que íbamos a establecer un campamento y a emprender una partida de caza subiendo el Misuri, conocía a mi tío Manuel, y sobre todo a George Drouillard, de la expedición de Lewis y Clark. El propio Drouillard fue el más sorprendido de haberle encontrado, pues, según nos dijo, todo el mundo le daba por muerto.

Al parecer, Colter llevaba tres años en territorio salvaje, sin tomar contacto alguno con la civilización, ya que había pedido de manera expresa a Lewis no regresar a San Luis con el resto del grupo. Aquella hazaña, que a mí me había dejado boquiabierto, le había mantenido un total de cinco años recorriendo —primero acompañado y luego en solitario— los afluentes y bosques que había al norte del Platte, por lo que mi tío celebró que aceptase un contrato de seis dólares al mes con toda la euforia que era capaz de manifestar. Y, aunque como más tarde veréis, el destino de Colter estaba estrechamente ligado al mío, recuerdo que lo que más me gustaba del estadounidense por aquel entonces era su acompañante peludo, Fang, un enorme y robusto perro de aguas de San Juan que pasó de inmediato a ser el primer y único miembro canino de la compañía.

—Colter —le dijo una mañana mi tío—. ¿Cómo estás?

—Vivo. Y empleado de nuevo. Y además esta noche he dormido como un oso. No me quejo.

—Quiero preguntarte algo.

—Soy todo oídos, capitán.

El de Virginia, que reposaba la cabeza sobre el lomo del perro, se mesó la barba, se incorporó y escupió por la borda. Mi tío le miró con gesto sereno.

—Los kaws con los que nos topamos hace unos días insinuaron haber tenido problemas con hombres blancos. Con franceses, dijeron.

—Eso me ha dicho George, sí…

—¿Y bien? ¿Lo crees posible?

Colter se encogió de hombros.

—No veía a un hombre blanco desde hacía más de cinco años, Manuel.

No sé, de ser cierto, esos franceses no son de Montreal.

—La Compañía de la Bahía de Hudson no opera tan lejos de los lagos.

—Usted lo ha dicho, capitán: sean quienes sean, los franceses con los que se cruzaron los kaws subieron desde San Luis.

A mediodía, el viento que soplaba desde las montañas era cálido y agradable, el sol resplandecía en lo más alto y ni una sola nube podía contemplarse en el cielo, enorme y azul. Mientras la guitarra del Manco sonaba al compás del fluir del agua, sostuve en mi mano el colgante plateado de pequeños ribetes que había pertenecido a mi madre. Me acordé de ella durante un buen rato. Pensé en ella. En si habría visto con buenos ojos todo aquello. Si habría aprobado el hecho de que su único hijo se adentrase en territorio salvaje con unos desconocidos. «Probablemente no», me dije. Entonces empezaron a cantar los isleños, con un tono dulce y melancólico, al ritmo de la guitarra del Manco.

—«Yo, que arribé a esta costa, buscándome el abriguito, sentí una voz que decía: “Aquí estamos heladitos”. Era yo un pobre jaibero…». —

Cantaban algo que ellos llamaban «décimas» y que solían interpretar como pasatiempo. Fueron tantas las décimas que oí aquellos días que aún hoy las recuerdo, y a veces sin quererlo las tarareo en mi cabeza. Los que me conocen saben que esta misma que interpretaron a bordo del barco en aquel

día de primavera es la que a menudo canto en las rendez vous o cuando camino junto a un pelotón de forasteros por nuestro bosque: Era yo un pobre jaibero,

pescando en pleno febrero,

y entonces dijo otro jaibero:

« Hemos dado a un avispero,

maldito el mes de febrero…».

Durante el almuerzo, algunos de los hombres se mostraron nerviosos, susurrándose cosas al oído y riendo a carcajadas. Yo miré a Diego de Goiri en busca de una explicación y este se encogió de hombros al tiempo que guardaba en el baúl sus diminutos aparejos científicos. En aquel instante, unos brazos le agarraron los tobillos y le hicieron perder por completo el equilibrio. Cuando traté de incorporarme para ver quién había tumbado al señor De Goiri, noté cómo una mano tiraba de mi camisa y me hacía caer al suelo con brusquedad. Otra mano rodeó mi cuello y una tercera me inmovilizó las piernas. Intenté zafarme, pero solo logré que más y más manos se unieran a la causa de mis captores. Sentí sus respiraciones resoplando contra mi cuello y escuché una ola de carcajadas brotar de todas partes. Con el rabillo del ojo vi cómo alguien tiraba a Jean-Luc por la borda, y unos segundos más tarde, el Manco y De Goiri ya chapoteaban en las aguas del Misuri.

—¡No sé nada! —recuerdo oírme gritar al tiempo que pataleaba y me retorcía como un corcel salvaje. Mi tío observaba todo desde la distancia, con los labios arqueados en forma de sonrisa contenida.

Justo cuando creí que iba a escaparme, los enormes brazos de Drouillard me levantaron del suelo haciéndome volar por los aires. Caí al agua con toda la barriga, chocando contra el fondo de arena tras bajar algunos palmos y sintiendo cómo el frío inundaba todo mi cuerpo. Cuando subí a la superficie, de un brinco, la ropa me pesaba tanto que apenas era capaz de mover los brazos para mantenerme a flote.

—¡Me ahogo! —Desde la superficie del río vi al barco alejarse, y sobre él a toda la tripulación, riendo, asomada expectante por la borda—. ¡Me ahogo, mald…! —grité una vez más, tragando una bocanada de agua que

me hizo cerrar la boca a media frase. Chapoteé y maldije durante unos segundos antes de hundirme completamente bajo el agua. Abrí los ojos. La arena del fondo se arremolinaba descontroladamente a mi alrededor y el peso de las botas era como un ancla bajo mi cuerpo.

«Moriré aquí», empecé a pensar.

Pero no pude completar aquel trágico razonamiento, porque cuando quise darme cuenta, sentí de nuevo el fondo arenoso bajo mis pies. Me puse en pie de forma instintiva, y una vez más, salí a la superficie. El agua me llegaba por la cintura, y al mirar atrás vi que estábamos a apenas unos pasos de la orilla. De Goiri, Jean-Luc y el Manco ya tendían sus ropas sobre las ramas finas de un arbusto con la intención de secarlas al sol de media tarde.

Al mirarnos, y mirar al barco atracando a tan solo unos metros de donde estábamos nosotros, no pude evitar soltar una sonora carcajada. Cuanto más reían —el Manco y los demás desde la orilla y Drouillard desde el barco—, más reía yo mismo. Salí del río y el agua brotó de mis botas como una catarata interminable. Nada más alcanzar tierra firme, me tumbé en aquella playa de pequeñas rocas grises y descansé, pues de la risa y del esfuerzo me dolía enormemente la barriga. «Desde luego, a madre no le hubiese gustado esto. Pero está siendo divertido», pensé. Cuando se llegaba lo bastante al noroeste y se entraba en tierra de búfalos, era costumbre entre los hombres de mi tío empujar al agua a los novatos que nunca habían viajado lo bastante lejos como para haber visto con sus propios ojos las grandes llanuras del curso medio del Misuri.

—El Manco y Arturo irán con Colter y con el perro del señor Colter.

Jean-Luc, Bissonet, Weiser, con Drouillard, hacia el sur. Thomas, usted colocará las trampas en la orilla opuesta. Que nadie cruce allí hasta que yo dé la señal. Joaquín vendrá conmigo; subiremos a aquella loma, no será difícil encontrar un buen escondite. Hay cabezas de toro para todos en este lado del río, así que paciencia: no quiero a ninguno atrapado en una estampida. Juan Ignacio, en el tiempo que estemos fuera el mando corresponde a Vázquez. Vigilad bien el barco y no perdáis de vista la posición del sol. —Tras decir todo aquello en un tono firme y conciso, mi tío se acercó a De Goiri, dio una palmada sobre su hombro y le susurró,

sonriente—: Diego, tienes dos días libres. ¿De verdad los vas a pasar tomando notas en una libreta?

—Oh, por supuesto, capitán; alguien debe estudiar a estas criaturas antes de que ya no quede ninguna —respondió De Goiri con ironía. Manuel Lisa le sonrió.

—Está bien. Ten cuidado. Pide a Juan Ignacio que te acompañe si te alejas demasiado del barco.

—Tranquilo. Que haya decidido no matar bisontes no implica que no sea capaz de defenderme de ellos o de cualquier otra amenaza.

El contrato que cada uno de aquellos hombres había firmado con Manuel Lisa era sin duda revolucionario para la época: un porcentaje de la venta de cada una de las cabezas de ganado que los hombres consiguiesen abatir iría directo al bolsillo de su respectivo verdugo. De ese modo, Lisa combatía la holgazanería, se garantizaba que cada uno de los cazadores tratase de abatir al mayor número de bisontes posible y motivaba, al dividirlos en grupos de dos o tres hombres, que cada equipo compitiese contra el resto por obtener el mejor botín.

Estaba claro que mi tío, pese a ser un hombre reservado, poseía un don incomparable para el liderazgo. Un don que, con envidia y admiración a partes iguales, aprendí a reconocer y a distinguir a medida que pasaban las semanas. En su mirada, en su carácter. En el tono grave y fascinante con el que era capaz de hablarnos a todos. Aquel día, mientras ascendíamos colina arriba cargados con una manta de ante y agazapados entre las hierbas, me dio alguna lección al respecto.

—Debes tener un conocimiento pleno de tus fortalezas, Joaquín, y de tus debilidades también, claro, para aprender a verlas en los demás. Y en ti mismo.

Subíamos ladera arriba, no por donde habría sido más lógico o más sencillo trepar, sino justo por donde su olfato nos hizo perdernos.

—¿Y cómo sé yo cuáles son las debilidades de los demás? —pregunté algo extrañado.

—¿Cómo dices?

—Si no conozco las propias.

—Debes conocer las inquietudes de todos los que te acompañan. Cada hombre es distinto, y nunca se sabe por dónde va a salir, por eso es bueno prevenir la música antes de que empiece el baile. —Miró de reojo mi reacción confusa y esperó a que hubiese dado unos pasos hasta haberme colocado a su altura—. Sé, por ejemplo, que lo que estás a punto de ver te sorprenderá más que a ninguno.

Nos alejamos poco a poco del grupo y al cabo de una hora aparecimos sobre una gran roca desde la que divisé, por primera vez en mi vida, una gigantesca manada de bisontes. La atmósfera de quietud y armonía era abrumadora. Un espectáculo para la vista, sin duda. Al menos dos centenares de aquellos toros inmensos pastaban junto a los islotes que formaba el Misuri en una de sus orillas. Admiré durante un rato el sosiego de la loma y dejé que acompañase a la vista un aroma de hierba mojada apenas consumido por el viento. Los bisontes parecían hormigas que iban y venían entre los pastos al ritmo de un compás meticuloso.

Vimos que unos pocos de aquellos animales estaban más próximos al río, así que fuimos hacia allí, muy despacio.

Era mucho más fácil, según comprendí esa mañana, dar caza a los animales junto al agua. Así luego no había que cargar con sus pieles y sus cuerpos más que para subirlos al barco.

Descendimos por la colina lentamente, por el lado opuesto al que la habíamos subido, y cuando por fin hubimos llegado a la parte cercana a la orilla, nos escondimos tras un matorral.

—Mira ese, el más grande. Es un toro muy viejo, pero su piel vale por la de dos —dijo mi tío al tiempo que apoyaba el cañón del rifle sobre una rama. El búfalo retrocedió un poco y luego se acercó, pastando a unos palmos de distancia de donde estábamos nosotros. Levantó su enorme cabeza y nos miró, masticando la hierba con calma, meneando las barbas a un ritmo lento y acompasado.

—Nos está mirando —susurré.

—Mientras no nos huela, no hay nada perdido. Saca la baqueta, apóyala en la roca y dispárale.

Hice lo que me dijo. El búfalo seguía allí quieto, acechándonos con unos ojos tristes y cansados, incapaces de ver el destino que le aguardaba.

Apunté. Solté todo el aire. Miré fijamente a aquel animal y apreté el gatillo.

El rifle me propinó una sacudida violenta en el hombro, y un sonido ensordecedor resonó por todo el valle. Cuando miré por encima de las ramas, vi a una decena de búfalos huir colina arriba e identifiqué al que yo mismo había disparado, tratando de seguirlos, cojeando, desplomándose sobre sus patas delanteras y cayendo por la ladera. Finalmente quedó tumbado frente a nosotros, gimiendo y revolviéndose en el suelo, lamentando no haber sido más joven, más listo y más rápido. Noté cómo una especie de tristeza inocente recorría mi rostro. Arrepentimiento. Manuel Lisa supo verlo al instante, y al tiempo que cargaba su propio fusil con pólvora y munición, me dio un golpecito en el hombro.

—Trata de atinarles siempre por encima de las costillas. —El disparo de mi tío, que sonó aún más fuerte que el mío, provocó una nube de polvo sobre el lomo del toro y atravesó su interior apagando para siempre sus ojos cansados.

Sacó entonces un cuchillo que brilló con la luz del sol, y me enseñó a extraer del animal el hígado, la lengua y ciertas partes grasientas que se amontonaban junto a sus patas. Luego colocamos al animal sobre la gran manta de ante y tiramos de ella con fuerza para situar el cadáver junto a la orilla. Cuando volvió a guardar su cuchillo, observé de refilón la cuartilla que había salvado de la lluvia unos días atrás, la misma que había tomado del escritorio de la casita y que llevaba siempre consigo en el bolsillo interior del frac. Luego retrocedimos unos pasos y volvimos a la colina para buscar un nuevo escondite entre las rocas.

Tragué saliva. Luego me decidí a hablar alto y claro.

—Tío, eso que llevas en el abrigo… ¿es lo que por poco pierdes mientras huíamos de los kaws? ¿Lo que guardabas bajo llave, en el escritorio la casita?

Manuel Lisa oyó perfectamente la pregunta, pero tardó varios minutos en responder. Fue algo después, cuchillo envainado, cabeza erguida y espalda recostada sobre una roca alejada de la manada, cuando decidió que era oportuno despejar mis dudas.

—Así es.

—¿Es el mapa del que todos hablan?

—El mapa de Heceta. —Sonrió.

—¿Heceta? ¿Dónde está Heceta? —pregunté, pensando, por el tono con que lo había dicho, que se trataba de un lugar.

—Espero que debidamente enterrado —respondió Manuel.

—¿Se trata de un hombre?

—Bruno de Heceta fue un marinero español, vizcaíno, por cierto, como Diego.

—¿Está muerto?

—Está muerto, sí, murió hace apenas unos meses. Pero mucho antes lideró una campaña militar en el océano Pacífico, ¿sabes?, subiendo al norte, desde California, cartografiando toda la costa.

—¿Le conociste? —inquirí entonces, dejando a un lado el fusil y acercándome a la roca en que estaba apoyado mi tío.

—Bruno era un buen amigo de mi padre, de tu abuelo. Antes de marcharse a Europa, cuando hubo acabado su contrato en el Pacífico, y al enterarse de la muerte de tu abuelo, nos envió a tu padre y a mí un mapa como regalo.

—El mapa del que todos hablan.

—Eso es. El mapa de Heceta. Entonces no le dimos importancia.

—¿Y ahora sí?

—Por supuesto.

—¿Y qué indica?

Ante esa duda, Manuel me miró con atención, ordenando una vez más, como solía hacer, sus ideas en la cabeza.

—Este mapa pertenecía a tu padre tanto como a mí. Imagino que tienes derecho a saberlo.

Instantes después se palpó el bolsillo interior y desdobló el pliego amarillento sobre la roca.

Un detallado esquema, repleto de líneas sinuosas e indicaciones de toda índole, podía apreciarse desde mi posición. Me incorporé para observar con más detenimiento la cuartilla y Manuel continuó explicándomelo todo con detalle a medida que señalaba el mapa con el dedo.

—Los guardiamarinas del teniente Heceta enfermaron de escorbuto en la desembocadura del río Columbia. Justo aquí. En el Pacífico. Pero cuando atracaron para reponer fuerzas, en lo que hoy día conocemos como la Entrada de Heceta, Bruno continuó navegando seis días más, ascendiendo río arriba, por aquí.

A medida que Manuel Lisa decía todo aquello, su dedo iba discurriendo a lo largo del pequeño mapa. Me miró. Asentí. Continuó al ver que entendía todo lo que decía.

—Heceta identificó los afluentes del río Columbia. Los dibujó todos, observa. Y justo aquí —mi tío posó su dedo sobre una gran mancha de tinta negra— encontró un lago del que, tal y como explica en sus notas, nace un segundo río, uno inmenso y caudaloso que se pierde hacia el sur.

De inmediato entendí la importancia del descubrimiento.

—El Misuri —dije, equivocado.

—El Jefferson. Así lo bautizaron Lewis y Clark. Afluente del Misuri.

No puede ser otro.

—¿Y crees que…?

Razoné por un momento mis palabras.

—Adelante.

—¿Podría ser esa la conexión fluvial? —pregunté sorprendido—. ¿La forma de llegar desde el Atlántico al Pacífico por agua? ¿La misma que no lograron encontrar los estadounidenses el año pasado?

—Tu padre creía que sí.

—¿Mi padre?

—Durante un tiempo, lo convirtió en una obsesión.

—¿Y tú?

—No me importaría averiguarlo.

—¿Y subiremos para ello hasta tan arriba? ¿Sin ser más de los que somos?

—Así es.

Tragué saliva de nuevo. Los isleños me habían contado historias. Al parecer, las tribus del norte eran bien distintas de las de las praderas. Más numerosas y hostiles. Mucho más reacias al contacto con el hombre blanco.

Y no se podía decir que nuestro primer encuentro con una tribu de las praderas hubiese sido alentador.

—¿No será peligroso?

—No podemos saberlo aún. Confío en la ayuda de los omahas.

Mientras hablábamos de todo aquello, otros disparos lejanos sonaron más al este. El rifle de Colter, el de Arturo, el de Drouillard, el de Bissonet.

Pensé en todos ellos y en cómo se tomarían el plan de mi tío.

—¿Estamos aquí para encontrar ese paso? —pregunté.

—Estamos aquí para establecer el primer campamento civilizado del curso alto del Misuri. Para cazar, obtener pieles que vender tras el invierno y comerciar con las naciones indias. Si de paso encontramos la forma de navegar hasta el Pacífico, habremos hecho historia. Nadie antes ha ido adonde pretendemos llegar. Sé reservado con esto, Joaquín. Sé que podrás.

No es ningún secreto que llevo el mapa conmigo; sin embargo, prefiero no distraer a la expedición con este asunto.

—Así lo haré.

Probé de nuevo con la caza al atardecer.

Un búfalo solitario bebía en una zona de penumbra en la que el río había crecido tanto que inundaba los troncos de los árboles. Caminé despacio, con el cuidado de impedir que las botas hiciesen demasiado ruido al hundirse en el agua. Apunté. Solté todo el aire. Le miré fijamente y levanté un poco el cañón, tratando de no volver a darle en las patas. Apreté el gatillo. Esta vez logré atinar al animal en el corazón, y lo abatí de un solo disparo. Tal vez no me habría alegrado tanto de haber sabido lo que hoy día sé de esas llanuras. Ya no quedan bisontes a los que abatir en ese tramo del río. Tan solo diez años después comenzó a ser imposible divisarlos en grandes manadas al norte del Platte y por debajo del río Cheyenne. La llegada de las nuevas y cada vez más grandes compañías peleteras estaba acabando con ellos. Claro que en el verano del 1807 no lográbamos imaginar que en los años venideros más gente decidiese seguir nuestros pasos río arriba: tramperos aficionados a vivir rodeados de tribus indias y praderas desprovistas de toda comodidad.

Horas después, hicimos recuento de munición, organizamos las piezas abatidas y volvimos al barco cargados con tres grandes pieles y con todas

las partes comestibles del animal que pudimos acarrear. Sin saberlo, mi mente cargaba además con mis propias experiencias, y mis manos, con la destreza aprendida en la lección de aquel caluroso día. Como algunos ya sabéis, conservo con cariño las páginas del diario de Diego de Goiri. El único integrante de la expedición que en aquellas jornadas no disparó a un solo bisonte fue al mismo tiempo el que más aprendió de las peculiaridades del curso medio del Misuri.

EXPEDICIÓN DE MANUEL LISA. 3 DE JULIO DE 1807.

Nos hal amos en una zona de este mundo absolutamente virgen. De los ríos manan enormes corrientes de agua a pesar de haber l egado ya la estación estival. Al menos un centenar de aves distintas deben de habitar en este val e. Hay mamíferos también: bisontes, nutrias de río, castores, mapaches y un sinfín de ratones. Deduzco que decenas de el os sin catalogar. He podido capturar a roedores para el estudio. Añado al final unas ilustraciones.

El señor Thomas tuvo un pequeño incidente colocando las trampas durante la tarde. Una de el as se activó y le hirió en la pierna izquierda. Tuve que limpiarle la herida y cosérsela con esmero al anochecer.

Cicatrizará bien si se le otorga un permiso para dejar de cazar durante unos días. Manuel Lisa se lo concederá, aunque él mismo desea volver pronto a la faena, pues ansia la comisión que todos el os reciben por cada animal abatido.

Estaré aquí algunas jornadas más, ya que los hombres de Lisa cazan búfalos y castores a diario. Las partes del bisonte que no utilizan sirven de alimento para unos lobos blancos y formidables a los que planeo examinar mañana mismo. Somos muy precavidos en no ir en solitario más al norte por el momento, pues al parecer es un auténtico milagro que no nos hayan descubierto tribus indias, y estas mismas podrían ser tanto amistosas como hostiles, o incluso una mezcla, tal y como ocurrió con los kaws. Con el ruido que hacen los rifles al disparar, considero imposible que no nos hayan detectado. Tal vez nos estén evitando.

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