Senderos salvajes
Capítulo 9
9
—El choricero es un analfabeto y un caradura. Y, lo que es peor, un traidor.
Un completo desastre —dijo Benito Vázquez al tiempo que tiraba de cuchillo piel abajo despellejando la cabeza de un animal.
—En absoluto. De ninguna manera —le replicó Juan Ignacio mientras limpiaba con un gran trapo la sangre que había quedado impregnada en la empuñadura—. Hace lo que buenamente puede.
—Fornicar con la reina. Eso he oído que hace.
Hablaban de Manuel Godoy, el generalísimo de los ejércitos y favorito de los reyes de España en aquel tiempo. Un hombre polémico que al parecer había llegado al poder absoluto desde un origen humilde y al que casi todos aquí y allá achacaban los desastres de la patria. Había sido, dicho sea de paso, uno de los responsables en la venta de la Luisiana española a los franceses, y aunque aún nadie le imaginaba a este lado del océano, en apenas unos meses sufriría un motín que le mantendría exiliado de España hasta el fin de sus días.
—¿Qué hubieses hecho tú?
—Atacar a los franceses. Con toda la fuerza posible. Desde el mismo día en que a Luis XVI le cortaron la cabeza. Desde luego, jamás me hubiese unido a ellos. Ni siquiera, y mira que es tentador, para darles por el culo a los ingleses. —Hablando de aquel modo, ambos se estaban saltando por completo la norma que Manuel Lisa había impuesto relativa a no discutir de política en todo el transcurso de la expedición. Pero lo cierto es que la situación en el otro lado del mundo era muy delicada, y el hecho de no recibir noticias durante semanas permitía que los hombres dejasen volar su
imaginación. Napoleón tenía invadida media Europa, y era cuestión de tiempo que se decidiese a hacer lo mismo con España. De Es más, mientras nosotros despellejábamos búfalos y castores en un bosque americano, las tropas francesas ya ocupaban territorios de la península Ibérica y sometían a su voluntad ciudades enteras.
—¿Con qué dinero? Llevas mucho tiempo perdido en estas tierras, Benito. España es un país pobre. Y cuando el dinero habla, la verdad calla.
Poco tardarán los Estados Unidos en quedarse con Texas y la Florida. Eso si no proclama Iturrigaray la independencia de México o de toda Nueva España.
En el fondo, aquellos dos hombres, que habían nacido en Galicia y en Tenerife, eran el reflejo sempiterno de un secreto a voces. La personificación de un país afligido y consternado por la pérdida irreparable de su papel hegemónico en el mundo. Atareados en los quehaceres de su vida cotidiana, a menudo debatían de estos asuntos, pues, aunque pensaban que poco o nada repercutiría eso en su suerte, los ayudaba a matar el rato.
Uno de los días más trágicos de toda la expedición fue ese mismo.
Aquel día la conversación derivó en esto y en lo otro, y cuando nos quisimos dar cuenta, habían puesto a caer de un burro a toda Francia.
Aquello había llegado a los oídos de Bissonet y de Jean-Luc, porque créanme que «Napoleón» es una palabra que se entiende bien en todos los idiomas. Dándose por aludidos, se presentaron allí de inmediato y exigieron explicaciones al isleño y al gallego.
—¿ Tenés algún probleme con nosotros? —preguntó Bissonet, en un vago intento de hablar en español, enarcando las cejas con desdén. Olía a licor y a sangre seca y tenía cara de pocos amigos.
Nos quedamos perplejos. Reparé pronto en la botella que escondía en su cinturón.
—No. Con vosotros no —respondió Vázquez mirando hacia otra parte y evitando el conflicto. Pero la insistencia de los dos franceses, que sin duda habían cogido una turca de órdago, acabó por desesperarle—. Sí. Está bien.
He dicho que los franceses sois unos perros. Y unos herejes. Pero era una conversación privada.
Asintió entonces Bissonet, con las pupilas clavadas en el mostacho de Benito Vázquez. Yo observaba la escena preocupado, buscando con la mirada a mi tío, pero sin alcanzar a verle por ningún lado. Ni a él ni a George Drouillard. En esas estábamos cuando el gallego, viendo que su interlocutor no se daba por vencido, se puso en pie, desafiante. La mirada de los presentes fue de los ojos furiosos de Bissonet a los labios apretados y cortantes de Vázquez, y luego al machete que este mismo sostenía con su mano derecha, todo lleno de sangre de búfalo. Por último, al fusil Brown Bess, corto pero imponente, que el Viejo colgaba de su espalda. Después, sin mediar palabra, Jean-Luc dio un paso atrás y se fue por donde había venido, pero Bissonet se quedó allí, pasmado, desafiando aún a Benito Vázquez, no sé si con la certeza o el desconocimiento de que aquella actitud bien podría valerle un castigo severo.
—Exijo un disculpa, viejo.
—Entérese, Antoine: yo no tengo por qué disculparme, soy su superior en esta expedición. Váyase, siga trabajando y no informaré a Manuel Lisa de este incidente.
Diego de Goiri, que acababa de comprender lo que allí ocurría, dio un paso al frente y trató de apaciguar los ánimos, pero lo único que consiguió fue que todas las miradas se dirigiesen al fin hacia la contienda, lo que aumentó la tensión por momentos. Bissonet parecía haberse presentado en aquel claro del bosque con la testaruda misión de obtener una disculpa, y de difícil manera iba a cambiar de opinión. Bebió un trago de licor. Se tambaleó, y miró tanto a Benito Vázquez como a Juan Ignacio. El alcohol no hacía más que agravar la situación.
—Españoles… —A aquella palabra le siguieron un balbuceo en francés y un escupitajo que cayó vacilante hasta encontrar junto al suelo la bota del viejo Vázquez.
Dos segundos más tarde, un puño que había propulsado el brazo del gallego impactó de lleno en la cara de Bissonet. Me puse en pie de un salto y abrí bien los ojos. Colter agarró a Fang con fuerza para impedir que se metiese de por medio. Yen el tiempo en que ató al perro a un árbol, los otros dos ya se habían intercambiado media docena de puñetazos.
Si bien aquello había ido demasiado lejos, no había hecho más que empezar. Aturdido por el último golpe, el francés logró mantenerse en pie: buscaba a tientas su botella de whisky.
Aún hoy no consigo explicarme cómo fue capaz de agarrarla y lanzarla con el tino suficiente como para hacerla colisionar contra la cara de Vázquez, pero recuerdo con nitidez el reguero de sangre que discurrió primero por su ojo y más tarde por la roca en la que el Viejo había estado sentado. Al instante, Arturo y yo mismo sosteníamos a Bissonet, mientras que Diego y Juan Ignacio ayudaban al viejo a taponar la herida, que continuaba escupiendo sangre a borbotones.
Manuel Lisa y George Drouillard llegaron a tiempo para presenciar el desconcierto y trazar con acierto un análisis de los hechos. Cuando Bissonet cruzó con ellos la mirada, dibujó en su rostro un gesto abatido, como tomando conciencia de sí mismo y de sus actos. Pese a ello, muy lejos de disculparse o de entregarse a los designios de mi tío, me asestó un codazo en las costillas y salió corriendo entre los árboles, disparando a su paso para impedir que le siguiéramos.
Lo que Manuel Lisa ordenó aquel día es bien sabido por todos los que supieron de nuestras hazañas en los meses y años posteriores.
—Drouillard. —Unos segundos le bastaron para repasar en su cabeza las consecuencias de su orden, tiempo de sobra para que Antoine Bissonet volviese a disparar en la distancia—. Tráemelo. Preferentemente vivo. Si se resiste, muerto.
—¿Capitán?
—Ha agredido a un superior. Estamos en zona hostil. Se dirige hacia el norte. Si le descubre una tribu, delatará nuestra posición y encontrarán nuestro barco.
—Es un mal idea.
—George…
—Pero, Manuel…
—Ya me has oído, George, maldita sea.
El mestizo suspiró profundamente y salió corriendo como alma que lleva el diablo con el fusil bien prieto entre sus manos.
Durante los treinta minutos siguientes lo único que rompió el silencio en nuestro campamento fueron los lamentos y quejidos de Benito Vázquez cada vez que Diego de Goiri asestaba una puntada en la ceja izquierda de su rostro. Una gota salada acarició mi labio. Otra cayó sobre la cara seria de mi tío. La tercera gota salpicó en la aguja ensangrentada que sostenía De Goiri. Y al poco de que una lluvia ligera se hiciese notar en el bosque, un disparo lejano encendió los susurros de toda la compañía, acallando enseguida los lamentos del compostelano.
Drouillard tardó al menos una hora en regresar, blanco como la espuma y con el cuerpo de Bissonet aún vivo sobre sus hombros. Le tendió junto a nosotros y se sentó a su lado, esquivando un pequeño charco que se había formado con la lluvia. La mirada perdida y el rostro desfigurado reclamaban atención en lo que hacía apenas una hora había sido Antoine Bissonet. De su boca manaban un murmullo ininteligible y un poco de sangre. También brotaba sangre —demasiada— del orificio grande que le había hecho la bala a la altura del riñón. Lisa se levantó solemnemente del tocón en que se había sentado y tocó la espalda de su amigo vizcaíno, diciéndole:
—Haz por él lo que puedas, Diego.
—No era mi intención, Manuel. También fue nuestra culpa —se lamentó Benito con la ceja recién cosida y la cara aún manchada de sangre.
—Cuando la culpa es de todos, la culpa no es de nadie —respondió Lisa
—. Alguno debe asumirla. Por agredir a un superior. Por estar beodo en turno de guardia. Y, lo peor, por desertar poniendo en riesgo las vidas de todos los aquí presentes. —Nadie replicó a sus palabras.
Bissonet murió aquel día.
Diego vino a las pocas horas negando con la cabeza al tiempo que todos cenábamos en torno a una pequeña hoguera. Weiser y Jean-Luc llevaron su cadáver hasta La Santa Cruz, y, la verdad, no se dijo gran cosa. Drouillard se llevó las manos a la cara y permaneció así durante horas.
—Las personas nacen el día que sus madres los alumbran —dijo de pronto mi tío—, pero necesitan ganarse la vida día tras día, responsabilizándose de sus propios actos. Que Antoine no haya sido capaz
de hacerlo no implica que no sea una tragedia. Al alba le daremos un entierro digno.
Aquella noche tuve una horrible pesadilla. Soñé que Drouillard traía sobre sus hombros a mi madre, convaleciente, sola. Y la vi perdida, mirándome a los ojos sin encontrarme, pidiéndome perdón con una mueca de dolor y una herida ensangrentada a la altura de los riñones. Me levanté sudando frío cuando aún no había amanecido, y mientras todo el mundo dormía, salí a pasear. Pensaba —erróneamente— que los grillos y el brillo tenue de la luna menguante eran mi única compañía. Cuando doblé la roca manchada con la sangre del viejo Vázquez, vi a mi tío. Estaba junto al río, con la mirada fija en su propio reflejo. Solo.
Mi madre sola en aquel sueño. George Drouillard disparando solo contra su amigo. Bissonet muriendo solo. Mi tío solo frente al río y yo mismo, allí solo, sin nadie que me explicase por qué sentía ese vacío.
Aquella noche de verano, la soledad y la muerte se me presentaron como las únicas certezas comunes en la vida de todos los seres que habitan este mundo.
El día amaneció raro y silencioso. Hicimos un gran hoyo en el suelo y enterramos a Bissonet en la profundidad de la tierra. Luego cubrimos el agujero con un buen número de rocas para protegerlo de carroñeros y saqueadores. Manuel Lisa quería irse de inmediato. No le gustaban ni el lugar elegido para el sepelio ni la demora en todo aquello, pero no se atrevió a contradecir el deseo de Jean-Luc y de Drouillard de fabricar con palos y ramas una gran cruz para la tumba. Así que esperamos.
—Es increíble —murmuró el Manco.
—¿El qué? —pregunté yo.
—Lo que pesa un muerto.
—¿Cómo dices?
—El cadáver de Bissonet. Pesaba muchísimo.
Diego de Goiri, que había oído nuestra conversación, se introdujo en ella de forma repentina:
—¿Cuánto querías que pesase?
—Muchísimo menos que estando vivo —respondió el isleño.
—¿Y eso por qué?
—Por el alma.
—¿El alma? —dije yo.
—El alma de un hombre debe de pesar… por lo menos lo mismo que uno de sus brazos.
—Entonces tú irás al infierno —murmuró De Goiri muy serio. Sonreí melancólico.
—¿Y eso por qué?
—Porque eres el Manco —concluí después.
Continuó siendo una mañana reflexiva, triste para algunos y aburrida para otros, hasta que los hechos acabaron por darle la razón a mi tío.
—¿Qué es ese sonido? ¿Habéis oído?
Algo se acercaba desde el otro lado de la colina.
—Maldita sea, escondeos —dijo alguien.
—Demasiado tarde.
Cerca de quince indios perfectamente armados y escondidos entre las hierbas nos sorprendieron al tiempo que colocábamos la cruz sobre la tumba de Bissonet. Precisamente había sido la huida rápida y ruidosa del francés río arriba lo que había delatado, la tarde anterior, nuestra posición en aquel territorio. Vestían con calzones de ante atados a un cinturón sobre la cintura y con camisas abiertas de cuero sobre las que portaban cuchillos, lanzas y flechas de distintos tamaños.
El encuentro, como veis, fue tan rápido e inesperado que ni siquiera tuvimos tiempo de temer por nuestras vidas.
—Estamos rodeados —dijo el Manco, que parecía haber olvidado la cuestión relativa al peso del difunto e intentaba alcanzar con la mano su mosquete.
El ruido lejano se hizo presente. Jinetes. Sonido de herraduras chocando contra la tierra que anticipaba la llegada de ocho indios más, todos ellos montados sobre caballos blancos y marrones.
Juan Ignacio sacó un cuchillo largo de su bota y retrocedió unos cuantos pasos. Yo me agaché, tratando de ocultarme sin éxito tras una roca.
Drouillard nos miró a ambos enfadado. A Juan Ignacio le obligó a guardar el cuchillo. A mí me agarró por el pescuezo y me hizo mantener el cuerpo erguido junto al resto. Diego de Goiri se colocó a mi lado y se ajustó los
anteojos con brío. Tras unos segundos de confusión y miedo, intervino Manuel Lisa.
—Ya basta. Calma, que nadie mueva ni un solo dedo. Hemos tenido suerte.
—¿Suerte? —preguntó Juan Ignacio.
Para mi sorpresa, Manuel Lisa, John Colter y George Drouillard dieron un paso al frente, sonrieron y mostraron nuestras reservas de tabaco y pólvora a aquellos guerreros. Acto seguido señalamos todos hacia el río, haciéndoles ver que allí teníamos un barco cargado de pieles de castor y de búfalo. Los jinetes se apearon del caballo. Sus pieles, perfectamente tatuadas. Su cabellera, morena y recubierta con plumas rojizas. Sus flechas, por suerte, ya a recaudo de sus aljabas.
Tocaron el hombro de mi tío y nos hicieron gestos amables, indicando que los acompañásemos a través del bosque. Eran omahas, amigos de Manuel Lisa.
Nadie volvió a mencionar nada relativo al incidente con Bissonet en las siguientes semanas.
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