Senderos salvajes

Santiago Mazarro · Capítulo 32 de 37

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Senderos salvajes

Capítulo 32

32

Sobre las paredes de Fort Raymond se proyectaban sin quererlo un centenar de tipis grises y ondulantes recortados contra el naranja del atardecer; la hoguera crepuscular de los omahas ardía en la creciente oscuridad, y provocaba que un sinfín de sombras serpenteantes dibujasen sus contornos sobre los maderos de la empalizada. Algo más lejos, sobre las aguas del río, ondeaba ya La Santa Cruz, que debía de haber regresado río arriba durante la última semana.

Mitain se encontraba apoyada en una pequeña valla del corral que servía a los cazadores para cobijar a los caballos. Al parecer, ella me había sentido llegar antes incluso de que hubiésemos cruzado el Bighorn a lomos de los caballos. No obstante, corrió a mis brazos, y yo a los suyos, nada más nos vimos desde la distancia.

—Joaquín —entonó con voz alta y clara haciéndose hueco entre los curiosos—. Sabía que volver, Joaquín.

La pérdida de Drouillard había sido tan horrible que ni Diego, ni Manuel ni yo nos atrevimos a elevar la voz durante los primeros minutos de nuestra llegada. Anduvimos a paso ligero entre sonrisas forzadas y pedimos a los omahas que nos trajeran un poco de agua. A lo largo de la colina sobre la que se erguía el fuerte, los cabellos rubios de Andrew Henry se arremolinaron al tiempo que el estadounidense descendía en nuestro encuentro. Aprovechando el ajetreo, Mitain y yo volvimos a abrazarnos, pero no perdimos ni un solo minuto en dilatar aquello con explicaciones precipitadas. Tomé su mano y la conduje hasta el poblado. Ella me besó en la mejilla, sonrió y me hizo entrar en un tipi blanquecino engalanado con

dibujos de bisontes y símbolos rectilíneos para mostrarme que en su interior se hallaba Rosalía. Los ojos marrones de la niña se encontraron conmigo por sorpresa, y luego emitió un sonido dulce y agudo entre la risa y el asombro. La cogí con ambas manos y la alcé sobre los barrotes de la cuna de roble. El pelo castaño seguía tan alborotado como de costumbre, pero le había crecido una barbaridad, y estaba ahora mucho más largo que en la anterior ocasión. Para mi sorpresa, la niña comenzó a balbucir un montón de palabras inconexas al tiempo que zarandeaba su sonajero de pezuña de ciervo. Luego noté la cabeza de Mitain sobre mi hombro y un montón de pensamientos difusos e irracionales quebraron la paz que durante un instante fui capaz de sentir en el interior de la piel de toro que conformaba la estancia. Inundaron mi mente el barco hundido del Jefferson, la repentina huida desde Three Forks y la muerte de George Drouillard. Dejé a la niña en la cuna y suspiré profundamente con el ánimo de contarle a Mitain cuanto había ocurrido en los últimos días.

—Mitain.

—Joaquín.

—Escucha. Hay poco tiempo. Tenemos que hablar de algo.

Minutos después Manuel Lisa y Ontopanga, así como el resto de jefes arikaras y poncas, se reunieron en torno a una hoguera a la entrada de Fort Raymond. Mi tío dio la voz de alarma y advirtió de un modo severo a los indios del peligro que corrían sus pueblos si se quedaban allí y no huían de inmediato. Con una mueca angulosa transida de fervor instó a hombres y mujeres a correr, a refugiarse en otra parte, a escapar una vez más del miedo y de la guerra. Diego de Goiri permanecía junto a Lisa. Tenía el gesto serio y meditabundo. Sus anteojos, que habían sufrido una ligera avería en la persecución de esa mañana, reflejaban con exactitud la luz rojiza y tintineante de las hogueras. Entre ambos se encontraba Andrew Henry, con el pelo más largo que de costumbre y el rostro afligido y derrumbado por la pérdida de su amigo. Lisa le había relatado la caída de Drouillard antes que al resto, a sabiendas de la relación de amistad que ambos habían mantenido en el pasado. Por su parte, Ontopanga no hizo más que asentir con seriedad ante el relato de mi tío y conceder miradas serias a todos y cada uno de sus interlocutores.

Es difícil discernir hoy día con exactitud el peso que las advertencias de Lisa tuvieron sobre el jefe de los omahas. Como líder, en ocasiones —y esto es algo que he aprendido con posterioridad— uno toma la decisión que siente que debe tomar y no la que le es más sencilla o la que presupone que su gente va a seguir de más agrado. En sus palabras, Ontopanga hubiese dicho que no importa cuánto retrase uno su destino en la vida, que al final siempre le llega el momento de afrontarlo.

Así pues, la luz gris macilenta de las nubes de tormenta sirvió para subrayar las órdenes del gran jefe: no habría más huidas. Su pueblo no seguiría escondiéndose por salvar la vida. Aguardarían el embiste de los pies negros armados, preparados para la batalla y orgullosos de defender la tierra que les había servido de hogar en el invierno. Con todas las consecuencias que aquello implicaba.

Pensé de inmediato que Ontopanga ya había perdido una hija huyendo precipitadamente por las riberas del Misuri. Escapar hacia el sur como había propuesto mi tío era una opción inviable para él, pues en Tonwantonga y al sur del Yellowstone tendrían que lidiar con los siux. Por eso asentí cuando me enteré de que esa, la de luchar, y no otra, había sido su decisión. Manuel Lisa, sin embargo, se encabritó. Frotó sus ojos, incrédulo, una y otra vez y apretó el puño, enfurecido, al tiempo que se cobijaba en el fuerte para dar a sus hombres las órdenes de retirada. Nuestro capitán sabía sin duda cuál era el destino aciago que les deparaba a los indios si se quedaban allí apostados para luchar contra lo inevitable.

—La muerte. Es lo único que les espera si se quedan. Joaquín, recoge tus cosas. Nos vamos.

Observé mis botas embarradas tratando de hallar una respuesta que nunca llegó. Luego comencé a caminar, meditabundo, en silencio, observando cómo el sol se ocultaba ya entre las colinas. Me dejé caer por el camino y asomé el rostro al interior de la tienda de Mitain, notando enseguida la mirada severa del propio Ontopanga, que parecía haberle encomendado a su hija una tarea relevante en ese preciso instante. Por supuesto, no tardé en enterarme, cuando se hubo retirado el padre, de cuáles habían sido las órdenes recibidas por la hija. Mitain apretó mis manos con fuerza y emitió un sollozo tenue pero amargo y rabioso, mitigado apenas

por el ruido ajetreado de los indios en el exterior, que entre gritos de alarma esparcían el mensaje de la inminente batalla. El miedo podía sentirse a la perfección desde el interior de aquellas lonas oscuras. Aquella gente iba a luchar. Y muchos de ellos, si no todos, morirían antes incluso de haber comprendido el motivo de la contienda.

Tras un instante que pareció eterno, cuando Mitain por fin hubo soltado sus manos de las mías, pude distinguir en el brillo de sus ojos pinceladas de miedo, angustia y tristeza. Rabia por el hecho de conocer y no poder cambiar el destino que les aguardaba. Después me llevó una vez más ante la cuna de Rosalía y dejó escapar una lágrima. Una sola gota veloz y escurridiza que se precipitó junto al rostro adormilado de la niña.

Contemplé la escena tratando de hacer caso omiso del ruido y del alboroto del exterior y pasé mi mano por el rostro tierno e inocente de Rosalía.

Aquella niña era mi hija, pensé, y Mitain, lo más preciado que tenía. Los tambores de la batalla se cernían sobre ambas dispuestos a arrebatármelas.

Comencé a limpiar el cañón de mi mosquete con un trapo engrasado.

Mitain se secó las lágrimas. Por el hueco que dejaba la lona mal cerrada veíamos a los hombres de mi tío cargar con fardos de pieles y llenar carretillas con licor, tabaco, faroles, armas y herramientas de la compañía.

No supe qué hacer o qué decir, pero creo recordar que hincando las rodillas sobre el suelo terroso y húmedo tomé una decisión. Una sentencia firme que en aquel momento entendí como la más razonable y coherente que un hombre noble pudiera haber tomado de haberse hallado en mi situación.

Cerca de cuarenta pasos separaban el tipi de Mitain de la entrada de Fort Raymond, pero me bastaron veinte para llegar ante el umbral del fuerte con paso firme y gesto sereno. Manuel Lisa ayudaba a los hombres a recoger provisiones con la intención de poner pies en polvorosa antes de que los pies negros se presentaran allí dispuestos a acabar con todo. Nuestras miradas se encontraron el tiempo suficiente como para que mi tío supiese entender el motivo de mi gesto desafiante. Pese a ello, no tardé en decir alto y claro cuáles eran mis intenciones.

—Yo me quedo.

—No, Joaquín.

—Ontopanga ha encomendado a Mitain quedarse al cuidado de las mujeres. Las llevará a todas al bosque. Yo me quedo a luchar. Con los guerreros omahas. Me quedo por ella. Y por la niña.

—No sabes lo que estás diciendo.

Entré precipitadamente en el fuerte. La brisa que entraba por las ventanas no era suficiente para ventilar el destacamento, y el olor a cera se mezclaba aún con el de la sangre de bisonte. Me senté en un taburete medio roto que había junto a la gran mesa central, volví la cabeza y comprobé que mi tío seguía mirándome de un modo inquisitivo.

—Ellos aceptaron casarla contigo a cambio de protección —le dije—.

Si nos vamos todos, estaremos incumpliendo…

—No estaremos incumpliendo nada. Hemos dejado que acampen junto a nuestro fuerte todo el invierno. Es más, se lo dejaremos ahora para que lo usen en caso de necesitarlo. Les hemos proporcionado armas, munición, herramientas…

—No es suficiente —interrumpí.

—Estamos tratando de salvarles la vida, avisándolos a tiempo.

Instándolos a que se marchen. Incluso les he ofrecido caballos, escolta…

—Obligarlos a escapar no es salvarlos de nada.

Manuel Lisa soltó las bolsas que acarreaba con un aire cansado y abatido.

—George Drouillard ha muerto para que pudiésemos llegar a tiempo de avisarlos. A todos ellos. Es un milagro que hayamos llegado hasta aquí antes que los pies negros. Que los indios hayan decidido declinar nuestro consejo es su problema.

Me arrepiento hoy día por no haber sabido ver entonces la carga que suponían en Manuel Lisa la muerte de su amigo y la decepción por no haber hallado el paso del noroeste. Lo último que necesitaba en aquel momento era discutir conmigo sobre los motivos de mi decisión. Pese a ello, por una vez, Manuel Lisa no perdió la paciencia. Suspiró profundamente y se acercó a mí con el ánimo de hacerme entrar en razón.

—Somos comerciantes, Joaquín. No soldados. Avisa a Mitain, dile que coja a la niña y que venga con nosotros. Les haremos sitio en el barco. A las dos.

—Le han encomendado cuidar de las mujeres.

—Son demasiados, Joaquín, y están bien armados. Primero acabarán con vosotros. Después las encontrarán a ellas. Quieren su territorio, sus armas, sus pieles, y probablemente querrán a sus mujeres. Hay que saber cuándo se puede luchar y cuándo no.

—Yo me quedo. Lo tengo decidido.

Logré ponerme de pie con torpeza, azorado y con los ojos muy abiertos pese al cansancio que soportaban mis piernas.

El hombre responsable de las cuentas del señor Hempstead entró en el fuerte.

—Lisa, señor. Las pieles del almacén no están atadas. Ni siquiera figuran en el albarán…

—Dejadlas.

—Son más de cien pieles de bisontes, capitán.

—No da tiempo a cargarlas todas. Los pies negros están al llegar.

Recoja sus cosas y embarque en La Santa Cruz.

El hombre desapareció y el fuerte volvió a permanecer en silencio. El ajetreo del exterior era cada vez más tenue. Los hombres de la compañía estaban embarcando. Manuel Lisa se quedó paralizado, con la mirada fría y el rostro serio como nunca.

—Joaquín… Nos vamos, es una orden.

—La decisión está tomada, capitán.

Diego de Goiri, que había estado escuchando el diálogo desde la distancia, avanzó hacia el interior de la estancia e introdujo la mano en un baúl de tapa oscura. El vizcaíno sacó de él una bolsa de medicinas, un cuchillo en una funda decorada con cuentas, su viejo mosquetón, un cuerno para pólvora y la carta con la que había cargado durante semanas.

—Diego, vuelve a guardar tus cosas —le dijo mi tío en un tono calmado

—. Joaquín se queda. Nos vamos.

De Goiri cerró los ojos por un momento y se tomó unos segundos para doblar sobre sí misma la misiva manchada y envejecida que sostenía entre las manos. Luego metió con cuidado la mano en el bolsillo para guardarla a buen recaudo y tomó el cuerno de pólvora deslizándolo sobre su hombro.

Mi tío contempló todo aquello un rato más sin comprender en absoluto los motivos de sus actos.

—¿Qué haces? —preguntó Lisa finalmente. Diego se agachó de nuevo, tomó el mosquetón del suelo y se lo colocó sobre el hombro izquierdo, el único que tema libre.

—Yo también me quedo —respondió finalmente.

Pese a la lobreguez y el abatimiento con que se había manifestado Diego en las últimas semanas, jamás habría imaginado una reacción similar a esa. Menos aún mi tío, que nada más apreciar cómo escapaban las palabras de los labios de su amigo, arqueó las cejas y se recolocó con nerviosismo la chalina sobre el cuello. Imagino que vosotros tampoco seréis capaces de entender sus motivos. Demasiados misterios rodearon siempre la vida de Diego. Si os soy sincero, logró llevarse a la tumba la mayoría. No obstante, y aunque aún tardé unos días en conocer lo que se hallaba escrito en el interior de aquella carta, os la transcribiré a continuación con la intención de que juzguéis vosotros mismos los motivos de su duelo: Don Ernesto de Larra y Langelot

Cal e de Segovia, 4. Madrid, España

5 de mayo de 1808

A la atención de don Diego de Goiri, a quien se deba presentar este oficio en la ciudad de Nueva Orleans.

Diego, lamento comunicarte lo siguiente por correspondencia, pero creo justo que lo conozcas con la mayor premura posible. Como bien sabrás pese a tu estancia en América, en los últimos meses los franceses apostados por toda España han ido tomado posesiones sobre nuestro pueblo capital, así como sobre las tropas españolas. Ante lo cual, el pueblo de Madrid se sublevó el pasado 2 de mayo. Si te escribo estas líneas es porque mi hermano Carlos fue apresado en los disturbios y, por orden del general Murat, ajusticiado de un disparo con arcabuz sobre la colina de Príncipe Pío en la jornada del 3 de mayo. Sabes bien que él y yo diferíamos en nuestras ideas, pero yo sé bien que Carlos habría querido que fueses el primero en conocer la noticia, de modo que pido a Dios que este envío no se extravíe ni pase por malas manos. Lamento una vez más lo ocurrido, pues si su pérdida es dolorosa para todos, sé que para ti lo será de forma especial.

La guerra parece estar a punto de extenderse por toda España, mas, si sigo con salud a tu regreso, no olvides pasar a saludar por la plaza de la Paja preguntando por Ernesto a las puertas del palacete.

Dios te guarde en su gloria.

ERNESTO DE LARRA

Andrew Henry irrumpió en el fuerte para advertir a mi tío de que su caballo ya estaba listo a las puertas de la empalizada. Luego se retiró, intuyo que sin conocer en absoluto cuáles eran las intenciones del vizcaíno y de un servidor. Manuel Lisa se limitó a mirarnos con aplomo durante un último instante eterno.

—Diego, si haces esto por la muerte de ese hombre…

—Carlos murió luchando por algo, Manuel. Si me quedo, tendré la oportunidad de hacer lo mismo.

—Diego…

—Está decidido, capitán. No más órdenes por hoy.

Manuel Lisa asintió, se puso en pie cariacontecido, limpió el polvo de su sombrero y se lo colocó lentamente sobre su testa. Luego se mojó los labios, como tratando de buscar las palabras adecuadas.

Pero no las encontró.

Por último, y justo cuando ya se iba, se acercó a mí, me miró fijamente a los ojos y me apretó contra su pecho en un abrazo fuerte y sincero.

—Joaquín. Moriréis todos aquí —me susurró, con una voz quebrada entre la tristeza y el enfado—. Lo respeto. Pero deja que al menos salve a la pequeña.

—¿Cómo?

—No tienen derecho a sacrificar a Rosalía de esta manera. Deja que me lleve a tu hija a San Luis.

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