Senderos salvajes
Capítulo 4
4
Saqué dos yeguas del pequeño establo que mi tío tenía junto al almacén, predispuse los asientos y amarré las correas de tiro a sendos horcates.
Cuando quise entrar a avisar a Manuel de que ya estábamos listos, me sorprendió subido al carruaje.
—Joaquín, sube. Nos vamos.
Apoyé el pie en el ballestón y de un brinco me subí al carro. Pusimos rumbo sur por el camino del río.
Habían pasado dos días desde nuestro encuentro con Drouillard en el muelle de San Luis, y la visita a Nueva Madrid era el punto de partida del plan que Manuel Lisa había trazado en su cabeza.
Pude observar en su rostro que llevarme a Nueva Madrid y convertirme en cómplice de todo aquello le hacía cierta ilusión. En parte puede que le recordase a los tiempos en que iba con mi padre a esconderse en aquella ciudad para comerciar con las tribus atakapas que aún quedaban cerca de Lafayette. En cambio, lo único que yo recordaba de las veces que me tocó visitar Nueva Madrid siendo solo un niño era a Elena, la muchacha del toulousain.
—Me acuerdo de Elena.
—¿De qué Elena? ¿La del toulousain?
—Así es. Era la única niña del pueblo.
—Curiosa memoria —rio mi tío—; imagino que seguirá en ese antro.
Las cosas no cambian demasiado por allí.
Tiene cierta gracia. Durante los cinco años que estuve en Texas con la familia de mi madre, frecuenté una misión que regentaba un fraile
franciscano. El fraile había visitado Nueva Madrid y conocía perfectamente la obra de mi tío en la zona. Obviamente, me guardé mucho de confesarle mi parentesco con él, pues no parecían hacerle ninguna gracia ciertas historias que había oído y presenciado.
Nueva Madrid había sido durante años el acogedor refugio de Manuel y de mi padre. La joven ciudad, fundada hacía poco más de treinta años por Bernardo de Gálvez, el más insigne gobernador español de Luisiana, les había brindado a los dos unas cuantas temporadas de lúdica compraventa y ocasional tráfico de mercancías.
Como casi toda la zona del Misisipí, Nueva Madrid estaba habitada por un extraño compendio de españoles, franceses y colonos estadounidenses, a los que el antiguo gobernador había dejado entrar y emprender negocios con la condición de jurar lealtad al rey de España. El más exitoso de todos ellos, una tintorería. Tras la reciente adquisición del territorio por parte de Thomas Jefferson, Nueva Madrid había pasado a llamarse «New Madrid», y aquellos colonos habían recuperado su nacionalidad estadounidense. Un viejo empresario y antiguo coronel de la Guerra de Independencia, William Morgan, ejercía por aquel entonces de líder local. Por suerte para mi tío, los trapícheos de la anterior década habían bastado para labrarse una relativa amistad con el señor Morgan, y a nadie se le habría ocurrido en sus años de ausencia perturbar la casita, una vieja morada en la que Lisa aún guardaba provisiones, armas y aparejos de sus primeros contactos con los osages, los atakapas y los omahas.
Avanzamos traqueteando por campo abierto, dejando atrás las villas de St. Genevieve y Prairie du Rocher, cada una a un lado del río. El carromato crujía y avanzaba a trompicones mientras las yeguas tiraban hacia delante a paso lento. No sin cierta dificultad, conseguimos abrirnos camino por el puente de Veracruz tras un largo tramo balanceándonos por la margen derecha del Misisipí. Era curioso ver cómo algunos de aquellos pueblos estaban bien organizados y teman una iglesia y un mercado sobresalientes de entre la cuadrícula que conformaban sus calles, mientras que otros apenas se sostenían en pie entre tablones de madera mal colocados y provisionales lonas de cuero.
Antes de afrontar el tramo final del camino, comimos un par de manzanas y dejamos que las yeguas descansaran en un claro junto al río.
Observé las bolsas que llevábamos en la parte trasera de la carroza.
—Manuel, ¿para qué estamos yendo a Nueva Madrid? ¿Necesitamos dejar todo esto en la casita?
—Así es. Y necesitamos coger otras tantas cosas de allí… Ahora lo verás. En Nueva Madrid empezará nuestro viaje —respondió. Luego se mesó las patillas, me miró abriendo muchísimo los ojos y, sin añadir nada más, tomó de nuevo las riendas del carruaje.
Cuando por fin llegamos, descubrimos que la noche anterior había llovido por allí y que el barro impedía la entrada a la villa por su puerta principal, así que tomamos un rodeo.
—Baja y desatasca las palomillas, Joaquín. O no saldremos de aquí en toda la tarde.
Obedecí de inmediato. Entre el hedor de la tintorería y los charcos enlodazados, los niños correteaban y jugaban con palos y ruedas de madera.
—Buenos días, señor Lisa —musitó en español una anciana. De inmediato entendí que no había pasado inadvertida la presencia de mi tío.
—Buenos días —respondió él.
Casi habíamos llegado a la casita cuando por fin conseguimos sacar por completo el carruaje del barro. Atamos una cuerda larga al horcate de las yeguas y nos dirigimos por un camino de tierra con varias bolsas cargadas hasta los topes.
Era un lugar realmente bello. Frente a los cultivos de algodón, se alzaba una estrecha pero preciosa casa pintada de azul cielo.
—Las cosas cambian poco por aquí —señaló mi tío.
El paso del tiempo, no obstante, había hecho mella en los balaústres y en los marcos roídos de las ventanas. Los escalones exteriores chirriaron cuando ascendimos por ellos. Amontonamos los fardos junto al pórtico de madera de la hacienda.
—Llevo sin venir aquí años… —susurró Manuel. La llave sonó a óxido y el crujir de la madera adornó el lento abrir del portón marrón…
Al parecer, todo estaba tal y como mi tío lo recordaba. Las escaleras de caracol, el pequeño retrato de su padre junto a la chimenea… absolutamente
todo. Sin mediar palabra, dejamos dos o tres bolsas repletas de pieles en una alacena y ocultamos bajo una trampilla un buen número de objetos de los omahas. Entre ellos pude ver un par de cuchillos largos, una gran pipa adornada con plumas, una especie de escultura de cedro y una cornamenta de búfalo tallada con esmero.
—No me fío de Pierre Chouteau —dijo Manuel, que sin duda debió de reconocer en mi gesto el asombro por descubrir el contenido de los sacos—.
Y tienen a las autoridades de su lado. Si los Chouteau encuentran esto en San Luis… Hemos de dejar todo a buen recaudo.
Al abrir el altillo de la habitación principal, el haz de luz que entraba por la ventana dejó ver una cortina de polvo que caía arremolinándose por todo el cuarto. Manuel buscó con rapidez entre los utensilios que allí se encontraban y me fue dando para que guardase en la talega una cosa tras otra: un par de cuernos de pólvora, una gran bolsa de tela repleta de perdigones, un hacha de mano, cantimploras, munición, utensilios de cocina y una buena cantidad de suministros de tabaco.
—Coge todo esto. Lo vamos a necesitar.
Cargamos con las bolsas hasta el carruaje. Luego volvimos a la casita, ordenamos el altillo y entramos en una habitación diferente a todas las demás. Una especie de librería oscura y desordenada.
—¿Qué necesitamos de aquí? —pregunté, pero, como de costumbre, no obtuve respuesta. El suelo de la estancia crujía con cada paso.
Al fondo de aquel cuarto, bajo un tragaluz, había un pequeño escritorio lleno de contratos y hojas selladas. Manuel Lisa sacó del bolsillo de su frac una pequeña llave, la introdujo en la parte inferior del escritorio y activó de ese modo el mecanismo, que hizo salir de una de las patas de madera una diminuta gaveta tallada.
—Vaya… —susurré.
Observé con toda la atención que pude el objeto que mi tío extraía de la abertura, pero me fue prácticamente imposible dilucidar de qué se trataba.
Lo introdujo en un bolsillo de su abrigo. No hice preguntas. Sabía que no obtendría respuestas.
Al haber acabado en la librería y tras cerrar el cajoncito del curioso escritorio de madera, Manuel encendió su pipa en el jardín de la parte
trasera de la hacienda. Yo permanecí un rato apoyado en el alféizar y luego volví a entrar en el recibidor de la casita. Recorrí el pasillo, me asomé a un par de habitaciones oscuras y acabé apareciendo en el salón principal. «En otro tiempo debió de haber sido un salón majestuoso», pensé, pero por aquel entonces sobre la alfombra roída apenas quedaban una mesa —a la que además le faltaba una pata—, una estantería medio vacía y dos sillas carmesí mal dispuestas. Di con cierta timidez unos últimos pasitos para situarme en el centro de la estancia. Sobre la chimenea, y recubierto por alguna que otra telaraña, presidía aquel espacio el retrato de mi abuelo. Aún hoy recuerdo bien aquel cuadro. Sus penetrantes ojos grises. La casaca roja repleta de bordados en oro. La seriedad con que parecía vigilar a cualquiera que osase dirigirle la mirada.
—Don Cristóbal de Lisa —espetó mi tío desde el pasillo al verme observar la pintura. Luego entró en el salón y se detuvo junto a mí, examinando el lienzo con media sonrisa burlona.
Según tenía entendido, Manuel y mi padre no habían conocido mucho a su padre. Cristóbal de Lisa había venido a América desde Murcia, en España, a bordo de un barco del rey Carlos III. Lo que aquel día aprendí es que lo había hecho a las órdenes de Alejandro O’Reilly, un hispanoirlandés cuya misión era castigar las insurrecciones francesas en la Luisiana española. La población francesa aún le recordaba como «O’Reilly el sanguinario».
—… y O’Reilly mandó fusilar a todos los franceses sublevados de Nueva Orleans. Incluidos los niños.
—Eso es horrible —dije yo.
—Sí que lo es. Ese irlandés debía de ser un buen hijo de su puta madre.
—Manuel dijo aquello a la par que se carcajeaba de forma irónica y daba una calada a su pipa.
—¿Y el abuelo?
—¿Mi padre? Mi padre no dio ninguna orden… —esta vez, Lisa cambió el gesto y le concedió a su padre una reverencia, elevando su boquilla a modo de saludo—, pero alguien debe apretar el gatillo.
Al intuir mi reacción, Manuel Lisa se acercó a mí y puso su mano sobre mi hombro.
—Tu padre solía preguntarme si creía que tu abuelo había sido un hombre justo.
—¿Y tú qué le respondías?
—¿La verdad? —Manuel se mesó una vez más las patillas y paseó el dedo pulgar sobre la cicatriz de su cuello mientras fumaba. Luego apartó su mano de mí y cogió de la única estantería que allí había una botella de licor
—. La verdad, me trae sin cuidado. Apenas le conocimos. Pero tal vez si el Código O’Reilly hubiese seguido siendo la ley vigente, habríamos conservado nuestro derecho sobre el camino de Santa Fe —musitó.
—Qué más da eso —le respondí, ingenuo—. Encontraremos nuevos caminos al oeste. Nuevos senderos. ¿No? Para eso estamos aquí.
—Ya lo creo —rio; suspiró y se palpó el bolsillo en que acababa de introducir el objeto misterioso que había extraído del escritorio—. Una cosa no se le puede negar a mi padre: tenía buenos amigos.
En aquel momento, no supe entender el comentario de mi tío.
Brindamos con aquel licor espantoso, y unos minutos después, Manuel dejó en el suelo las copitas con las que habíamos brindado, se acercó a un cajón polvoriento, sacó de él una especie de fusil Hawken de aquella época y, tras comprobar que conservaba todas sus piezas intactas, lo extendió hacia mí con sumo cuidado.
—Si no te separas de mí, no tendrás que usarlo más que para cazar castores. Pero nunca se sabe.
—Gracias —contesté.
—¿Has usado de estos en Texas?
—Sí, más de una vez —le mentí. Me tomaba por un crío. E intuyo que hacía bien, aunque en aquel momento de camaradería y confidencias me fastidiase.
—Está bien. Venga, hemos quedado con los isleños en el toulousain.
Vamos para allá.
Prácticamente el único lugar para tomar algo en Nueva Madrid era una taberna situada en la planta baja de una posada sin nombre que todo el mundo conocía como «el toulousain».
—¿Los isleños? —pregunté.
—Los isleños, sí. Ahora los conocerás.
Aunque la duda que me venía realmente a la cabeza era si Elena seguiría por allí. La hija del dueño era Elena. La recordaba muy bien. De niña, solía tocar una guitarra vieja pero bien afinada que amansaba de manera oportuna a los borrachos de aquel lugar.
Agarré los obsequios de mi tío, me puse el abrigo y salimos por la puerta de atrás.
La acera esquinada del toulousain era en el fondo un tranquilo pero concurrido hervidero de ideas, viajeros y comerciantes que iban a San Luis y paraban a medio camino para cantar, discutir sobre política, beber licor y exigir que la pobre Elena les dedicase una canción.
El toulousain debía su nombre a uno de esos viajeros. Alexandre. Un chasseur de Toulouse que solía recitar sus versos las tardes que traía su mercancía desde Lafayette. De forma habitual y durante más de diez años, estuvo mezclando sonetos con efusivas canciones que enaltecían la reciente Revolución francesa. Cierta noche, llevado tal vez por el furor de los aplausos o por la mezcla de sus creencias con más vasos de vino de la cuenta, acabó golpeando a un español muy monárquico que desde luego no compartía sus ideas. Sumado esto al hecho de haber recitado sus versos en la por entonces católica Nueva España, apenas hicieron falta unas horas para acusarle de alborotador y de traidor y así llevarle al paredón de fusilamiento. Era una noche de noviembre y los truenos no dejaron discernir el disparo que acabó con su vida. Solo después de su trágico fin, los comerciantes reconocieron que aquel hombre había sido el mejor poeta que había pasado por Nueva Madrid.
—Ese hombre era un completo idiota, Joaquín.
—Me acuerdo de él. De niño me dio mucha pena enterarme de…
—Hablaba mucho, pero no decía nada.
—Una noche mi padre me llevó a verle recitar. Y me pareció muy divertido.
—Supongo que sí. Eras un niño. Desconfía de la gente que dice que hace cosas. Y confía solo en quien veas que las hace.
Caminamos con presteza entre las arracimadas casitas de madera y a través de los cultivos de algodón. Cruzamos por completo dos calles
embarradas hasta una sucia plaza que debía de ser la del mercado, desde la cual tomamos un atajo que desembocaba directamente en el lugar.
Nada más entrar en la taberna, un par de colonos reconocieron la cara de Manuel Lisa y nos dejaron su sitio en la barra. Al tiempo que una señora gorda y escandalosa llamaba la atención de un niño, pedimos dos cervezas y esperamos un rato.
En contraste con la tranquilidad absoluta del exterior, el toulousain estaba lleno de mayoristas y ganaderos beodos.
—Las cosas no cambian nunca por aquí —volvió a decir Manuel.
Un violinista de mediana edad subió al estrado y comenzó a pellizcar las cuerdas de su instrumento. El músico llevaba un andrajoso abrigo de cuero, zapatos viejos y unos pantalones manchados de barro. Sus aspavientos alborotados y los gestos exagerados no disimulaban en absoluto el hecho de que el violín sonara estrepitosamente mal.
Ahora que escribo estas líneas, no puedo evitar recordar el sonido que lograba sacarle al mismo instrumento la buena de Mary Hempstead; la mejor violinista que he conocido y un personaje fundamental de este relato.
No obstante, creo que aún no ha llegado el momento de hablaros de ella.
Hoy, en su lugar, os contaré cómo conocí a los isleños.
Cuando nos hubieron servido la cerveza, Manuel Lisa se sentó a una mesa en la que, para mi sorpresa, ya se habían acomodado otras tres personas.
—Siéntate aquí, Joaquín.
Varias jarras vacías sobre la madera demostraban que nuestros acompañantes habían de llevar un buen rato esperando. Comprobé que uno de los presentes trataba de saludar de forma efusiva a mi tío.
—¡Capitán!
—Quietos. No os levantéis —les espetó Manuel a aquellos hombres—.
No he querido avisar a nadie que no vaya a venir. Solo a los necesarios. No quiero llamar la atención, y hasta pasados unos días no dejaremos ningún comunicado oficial sobre la expedición. Por el momento, solo algunos conoceréis la ruta. Vamos a viajar hacia el norte subiendo por el Misuri, más allá de Fort Elisabeth. Estableceremos un campamento al norte del Platte. Tal vez en el río Yellowstone. —La tranquilidad pasmosa con la que
mi tío hablaba de todo eso ante aquellos desconocidos chocaba de bruces con el nerviosismo que producía en mí un viaje de tales características—.
No quiero que nos sigan. El lunes saldréis desde aquí, todos juntos, a bordo de La Santa Cruz. —El más viejo de aquellos tres hombres asintió en silencio. Otro, en cambio, se encogió con asombro:
—¿El Yellowstone? ¿Alguien ha establecido algún campamento tan al norte?
—Aún no —respondió Lisa—. Llevad provisiones con vosotros. A medianoche pasaréis a buscarnos en San Luis; saldréis del río por el canal del almacén. Allí estaré yo con Benito, con George Drouillard y con sus ayudantes.
Aquellos hombres escuchaban con atención. Manuel Lisa les hablaba tan pausadamente y convencido de sí mismo que no ponían en duda una sola de sus palabras, pues las pronunciaba con una determinación que habría convencido hasta al mismísimo diablo. Los gestos de sus manos y el brillo de sus ojos emanaban un respeto tan profundo que rozaba la sumisión.
—¿Preparamos nosotros el barco?
—Sí. Preparando el esquife desde aquí evitaremos llamar la atención allí. Sencillo. De modo que si los cuatro salís de…
—¿Los cuatro? ¿Qué cuatro, capitán? —interrumpió el más joven de ellos.
—Este es mi sobrino Joaquín. Va a iniciar el viaje con vosotros, os echará una mano. Acabamos de estar en la casita y le he dado provisiones y armas para que no tengáis que ocuparos de él.
Como podéis imaginar, me enteré al mismo tiempo que aquellos hombres de las intenciones de mi tío.
Fijé entonces la atención en los tres, tratando de aislarme del sonido horripilante del violín y de los abucheos que inundaban el toulousain. Uno de ellos, bajito y de prominente mostacho, puso su mano izquierda en forma de visera para tapar el candil luminoso que le impedía verme con claridad y extendió la derecha en señal de saludo.
—¿Sobrino? No sabía yo… Un placer el conocerle, Joaquín. Me llaman
«el Manco». Y estos dos son Arturo y su padre, Juan Ignacio. Nos llaman
«los isleños». —Extendí mi mano y se la estreché a aquel joven, que hablaba con un acento extrañísimo—. No sabía yo que tuviese sobrinos, capitán.
—Encantado de conocerlos —respondí, nervioso.
—Por cierto —interrumpió esta vez el tal Arturo—. ¿Cómo es que viene ese Drouillard? Lo que no sabía yo es que pactásemos ahora con los perros franceses que tienen invadido nuestro país.
—Drouillard será el segundo al mando —respondió Lisa—. Al igual que Vázquez. Es mitad indio y mitad francés, y tú serás su subordinado, Arturo. —El dedo de mi tío se posó ligeramente en el pecho del isleño—.
Sin embargo, puede que sus ayudantes sí que sean franceses. Así que evitaréis los comentarios relacionados con Napoleón, con la cabeza de su rey y con la verga del nuestro. Lo que pasa en Europa…
—Si el nuestro no tiene verga, Manuel, pues no la tiene.
El semblante serio de mi tío advirtió de que aquella broma no era bienvenida, y respondió:
—Lo que pasa en Europa se queda en Europa.
—El mundo entero está en guerra, capitán. No solo Europa. No hace ni dos meses arrestamos a espías estadounidenses en el río Colorado.
—Facundo Melgares sorprendió a Zebulon Pike en Nuevo México —
respondió Manuel Lisa haciendo gala de que conocía bien el caso—. Los Chouteau también lo mencionaron. Pero Nuevo México es suelo español, y donde vamos nosotros no existen fronteras.
—Entendido, capitán.
—No existe la política en la tierra a la que vamos.
Lisa remató el contenido de su jarra en un abrir y cerrar de ojos, y añadió:
—Tenéis dos días para prepararlo todo, tiempo de sobra dada la austeridad de nuestro viaje. Hacedme un favor: tratad bien a Joaquín.
Aunque va a tener que empezar a cuidarse solo.
—¿Y tú qué harás? —se me escapó.
—Despedirme de Polly y de tus primos. Empieza nuestro viaje, Joaquín.
Nos vemos en un par de días.
Manuel se levantó y colocó el abrigo sobre sus hombros con presteza.
Luego se palpó el bolsillo del frac con sumo cuidado. Vigilaba que siguiese allí lo que fuera que hubiese cogido de la gaveta secreta del viejo escritorio de su padre. Me revolvió el pelo de forma cariñosa y se dispuso a salir del toulousain.
Yo me quedé petrificado, rodeado de aquellos hombres a los que acababa de conocer. Pedí otra cerveza —que no pude acabarme— y masticamos tabaco en silencio hasta que llegó la hora de cenar. En ese instante caí en la cuenta de que la mujer gorda que no hacía más que gritar era Elena, y el niño pequeño, supuesto receptor de los alaridos, su hijo.
Según comentó el Manco, el violinista era el padre de la criatura.
—Las cosas cambian rapidísimo por aquí —susurró.
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