Senderos salvajes

Santiago Mazarro · Capítulo 2 de 37

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Senderos salvajes

Capítulo 2

2

Pese a la misteriosa conversación de la noche anterior, he de confesar que mi primer día en San Luis comenzó de un modo más bien tranquilo.

—Buenos días, primo. Tendrás hambre. El desayuno está servido —

susurró Rachel tímidamente y desde el pasillo al ver cómo me limpiaba el rostro con un paño humedecido.

—Gracias. Enseguida bajo.

Aireé las sábanas a sacudidas. Desayuné. Luego, cuando el sol apenas amenazaba con salir, acompañé a Polly a pedir una cita al practicante para la vacunación de mis primos contra la viruela. Más tarde fui a comprar unos huevos, que pude pagar con moneda de a ocho reales, puesto que el dólar vigente en San Luis seguía siendo el español.

—¿De dónde eres, chico? —me preguntó en inglés la vendedora, alzando la voz sobre la barahúnda. Por timidez o debido a la complejidad de la respuesta, no supe qué decir e hice como que no la había entendido.

Tras dejar los huevos con muchísimo cuidado en la repisa más alta del almacén de mi tío, entré de nuevo en la casa para acompañar a mi prima Rachel a la casucha que tenía la escolania junto la iglesia, donde había de ensayar junto al resto del coro para amenizar la misa del domingo.

Intercambiamos algunas frases vagas. Luego me quedé viendo a las demás niñas entrar y salir por el pórtico de madera. La mayoría de ellas era de origen francés. Alguna, española.

Todas estas tareas las agradecí mucho, porque sin duda me permitieron saborear y descubrir de primera mano las peculiaridades de una localidad de frontera. Y me explico, pues he podido saber que cuando en cualquier otra

parte del mundo se habla de «frontera», se entiende como tal la línea imaginaria que separa un país o una parcela del territorio vecino. Pues bien, lo que en Norteamérica se conocía —y aún hoy conocemos— como

«frontera» es algo bien distinto. Los estadounidenses incluso le ponen otro nombre. Como algunos sabréis, llaman « border» al concepto español de

«frontera». Y « frontier» al suyo.

La frontier es en realidad un vasto terreno, una amplia cantidad de tierras desdibujadas entre lo ya colonizado y lo aún inexplorado. Entre el este civilizado y el oeste salvaje. Dos mundos excluyentes que en aquella época se encontraban al borde de la masacre. Y si algo hacía famosa a San Luis era precisamente el hecho de ser la gran ciudad en la frontera. Sin embargo, pese a estar ganando fama como la Puerta del Oeste, ciertas calles se mostraban aún como un lugar tranquilo y apacible en el que perderse en aquella primavera de 1807.

Eran más bien las calles próximas al río a las que acudí con mi tío aquella tarde las que cada día se llenaban de viajeros y nuevos pobladores venidos del este. Manuel Lisa sabía reconocer la nacionalidad de cada uno solo con mirarlos desde la distancia. «Francés. Español. Alemán, tal vez polaco. Estadounidense». Todos ellos compartían las calles de una urbe que se sentía apátrida y salvaje. También había esclavos: negros e indios. Pero como las autoridades españolas habían prohibido esclavizar a los indios y las estadounidenses aún no se habían pronunciado al respecto, por la calle uno solo veía sirvientes negros, mientras que los nativos pasaban todo el tiempo de puertas para dentro. Tal vez por esta razón aún no había logrado ver un solo indio en San Luis, por irónico que resulte a los que hoy día me conozcan. Por supuesto, eso estaba a punto de cambiar.

Desde hacía un par de horas, y tras haber disfrutado en una mañana repleta de recados, me dedicaba a observar a la gente paseando por las calles. Casi aún puedo verme allí, sentado en una mecedora de fieltro, reposando tranquilo el pollo asado que habíamos comido. Saboreando la ciudad que pensaba que sería mi refugio por el resto de mis días. Una sombra lenta y alargada comenzaba ya a robarles el brillo a los charcos que se apelotonaban junto a la alameda. Desde el jardín de mi tío se escuchaba

el graznar de los patos. En ese preciso instante vino a buscarme a paso firme, agitando los brazos y silbando desde el camino.

—¡Joaquín! Vamos, levanta.

Brinqué de la mecedora y le seguí a paso ligero.

—¿Dónde vamos? —pregunté.

—Ahora lo verás.

Salimos de Second Street Doblamos un par de esquinas y recorrimos las colinas paralelas al río. La tarde le había quitado al día el resplandor impoluto del sol y los tonos del cielo se habían vuelto anaranjados. Tras caminar un poco entre las plantaciones, anduvimos por el muelle otro buen rato y nos paramos frente al último amarradero de la orilla, tan alejado del resto que los juncos casi se habían comido sus tablas de madera.

—¿Es este su muelle?

—Echame una mano, Joaquín.

Ayudé a mi tío a apartar unos cuantos tallos con la mano y descubrí entre la maleza una pequeña barca cubierta de telas viejas.

—¿Qué es?

Una vez más, no obtuve respuesta, así que allí esperamos, sentados. En silencio. Estaba acostumbrado a esperar, si os soy sincero. Me había pasado los cinco últimos años esperando. Esperando a que empezase la misa.

Esperando a que los señores decidieran salir de palacio para engalanar y limpiar sus monturas. Esperando, en definitiva, a que un golpe de suerte cambiase por fin mi fortuna y me ofreciese una escapatoria de una o de otra manera.

Las aguas del Misisipí se movían lentas y aletargadas frente a nosotros.

—Qué despacio se mueve el agua —dije sorprendido.

No sé a qué tanta sorpresa, pienso ahora. Ese río estaba allí antes de llegar nosotros. Y seguirá estando allí cuando todos nos hayamos ido. Los ríos no tienen prisa, que diría una vieja amiga.

Observando el agua, mi tío sacó un enorme puro de no sé dónde y le prendió fuego en un santiamén con el pedernal que llevaba en la bota. Se quitó el sombrero de copa, se echó para atrás el alborotado pelo negro y se mesó las patillas al tiempo que le daba una lenta y larguísima calada al habano. Luego suspiró profundamente y me concedió una mueca sonriente.

Sin yo saberlo, la calma con la que había comenzado mi segunda jornada en San Luis estaba llegando a su fin.

El sol se poma tras las montañas y teñía el cielo de un rosa pastel cuando una pequeña embarcación rodeó la que hoy día es la isla del Arsenal, por aquel entonces un islote fluvial sin importancia. Cuando la embarcación se hubo aproximado lo suficiente, Manuel Lisa destapó con brío la tela vieja que cubría la barca de madera que había dispuesta frente a nosotros, para descubrir bajo ella una considerable montaña de pieles y fardos de cuero.

—Joaquín, vas a tener que ayudarme con esto.

La balsa llegó por fin ante nosotros. De ella se apeó un hombre enorme que la amarró con presteza a un poste y se detuvo frente a mí al tiempo que se quitaba una capucha gris de la cabeza. La sangre se me heló de inmediato. Aún hoy puedo recordar el rostro sonriente de aquel indio, sus ojos penetrantes, los pendientes grandes y ovalados que colgaban de sus orejas y el trenzado de un cabello largo y negro que se perdía entre las mantas y tejidos que cubrían todo su cuerpo.

—Es mi sobrino —se adelantó mi tío—. Joaquín, este es George Drouillard.

—Oh… Hola. Encantado de conocerle —le dije. El indio estrechó mi mano con fuerza y comenzó a traspasar a toda prisa los paquetes desde la barcaza de mi tío hasta su pequeña balsa de madera. Esperé la señal de Manuel y comencé a ayudar, cruzando de un lado a otro todos los fardos y atadijos, dejando los más pesados para los musculosos brazos del tal Drouillard.

—¿Joaquín? Igual que su padre, yo imagino.

—Es el hijo de mi hermano Joaquín, sí.

Aunque Lisa permaneció en el muelle, el indio y yo seguimos cargando.

Algunos bultos eran más pesados que otros, pero a Drouillard no parecía importarle lo más mínimo el contenido de los paquetes.

Como más tarde supe, Manuel y él ya habían tenido asuntos antes, sobre todo porque tres años atrás George Drouillard había aceptado ser el intérprete principal en la expedición de Lewis y Clark, hasta convertirse en una pieza fundamental de aquella empresa intercambiando mapas y

provisiones con mi tío. Sin embargo, los dos se habían encontrado por primera vez mucho antes, en el asentamiento francés de St. Genevieve, en torno a un asunto de venta de tierras en el que Drouillard había velado por los intereses de los franceses, y los hermanos Lisa —Manuel y mi padre—

habían hecho lo propio para con los españoles. Tal vez os preguntéis cómo un indio llegó a ser interlocutor de los franceses. Os diré que el padre de Drouillard fue un colono francés en Quebec, y su madre, una india de la tribu shawnee. Aquel año, Drouillard ya había trabajado para ingleses, franceses, iroqueses, estadounidenses y osages, así que cualquier cosa podía esperarse de un hombre como él.

—Señor Manuel, ¿es cierto lo que lo gente ahora dice?

—Es cierto, sí.

—Mal para usted. Los omahas son amigos contigo.

—Y lo seguiremos siendo.

El comentario rotundo de Lisa consiguió incrementar la atención del indio, que dejó por un momento de cargar fardos para mirarle con atención.

—Tengo un regalo para ti —dijo mi tío.

Mientras lo decía, sacó de debajo de su chaqueta una pequeña bolsa de papel y la puso sobre el poste en el que estaba amarrada la balsa, cerca de Drouillard. El indio la observó sonriente y al mismo tiempo inquisitivo.

Tras un instante, estiró el enorme brazo para agarrar el envoltorio de papel.

Sabe Dios que pude ver entonces con claridad el enorme tatuaje que llevaba aquel hombre en la muñeca. Muy similar al que le había visto a mi tío la noche anterior, bien definido y negro como el carbón sobre el pecho descubierto.

Drouillard rompió el papel y extrajo de él una caja de madera que poseía en su cubierta una ilustración a todo color.

—¿Qué es?

—Ábrelo.

—Pero…

—Tú ábrelo. Es la última de estas que me queda en el almacén —dijo Lisa—. No encontrarás unos mejores.

El indio giró la caja para leer con detenimiento la colorida etiqueta, en la que rezaban unas cuantas líneas en español:

TABACO PURO.

CALLE DE SAN IGNACIO, LA HABANA.

HECHO EN CUBA.

—Parecen de los buenos.

—Eso creo yo, desde luego.

—¿ De dónde los tienes?

—Un viejo conocido mío tiene dónde conseguirlos, y los lleva a Valenzuela desde Florida.

—Y usted los subes desde Valenzuela. Sin pasar por Nueva Orleans.

—Efectivamente.

—No sé cómo siempre te consigues lo que te propones.

—Ojalá lo consiguiera solo la mitad de las veces que lo intento.

Drouillard guardó los habanos en la bolsa en que venían y los colocó en la balsa, junto a todo lo demás. Luego siguió cargando el resto de la mercancía y concedió a Manuel Lisa una pequeña risotada.

—Yo diría que intentas comprarme.

—Eso hago. ¿Vendrás con nosotros? —preguntó mi tío de inmediato.

—Es posible.

—¿Qué te ha dicho Lewis de mí?

—Que usted necesitabas poner a buen recaudo estos provisiones. Y

también que necesitas un intérprete para su viaje.

—¿Y qué te parece?

—Como ves, no tengo problema en ayudarte con lo premier. Pero tengo algunos dudas con lo otro. No me cae bien la familia Chouteau, pero lo dirigen todo por aquí. Si vamos a emprender un expedición sin avisarlos…, van a estar enfadados. Es un mal idea.

—Es posible, sí. Puedes quedarte con todo lo que estás cargando como adelanto.

La oferta debió de sorprender a Drouillard tanto como a mí, ya que arqueó las cejas mirando a mi tío y dirigió una ojeada alrededor en busca de algún curioso. Cuando vio que tras los juncos todo estaba despejado, depositó él mismo el último fardo en su balsa y dio un brinco para ponerse justo enfrente de mi tío, apenas a un palmo de distancia.

—¿Necesitas un intérprete? Pensé que usted hablas algo en la lengua de los omahas. Además…, con razón tienes la fama de loco, señor Manuel.

¿Cómo vamos a emprender un nuevo viaje hacia el oeste sin haber preparado nada antes?

El comentario resbaló en el semblante impasible de mi tío, que se limitó a fumar su puro con paciencia. Manuel lisa llevaba semanas estudiando las rutas que Lewis y Clark habían tomado, pero sobre todo las que no habían tomado. Claro, que eso Drouillard no lo sabía. Y yo, por aquel entonces, menos aún.

—No solo necesito un traductor, Drouillard. Necesito un rastreador, un cartógrafo y un buen tirador. Y tú eres todo eso.

—Tengo otras ofertas. Otros expediciones.

—No tienes otra oferta como la mía.

Desde la orilla, observé con atención los comentarios y reacciones de ambos interlocutores durante un largo rato. George Drouillard se divertía con la forma de ser de mi tío. Constantemente le retaba a sorprenderle, como tratando de adivinar un atisbo de sonrisa bajo las pobladas patillas y el rostro enigmático de Lisa. Por su parte, Manuel concedía a aquel indio mucho más crédito del que daba a la mayoría de los hombres con los que entablaba conversación, pues no rechistaba por ninguna de las bromas que lanzaba, incluso sonreía con alguna. La decisión parecía tomada desde hacía varios minutos, más aún cuando juntos compartieron su mutuo desprecio por la familia Chouteau, de la que hasta aquel momento nunca había oído hablar pero que sin duda tenía algo que ver con lo repentino de aquella empresa.

En ese instante, mi tío le hizo una nueva oferta a Drouillard.

—Serías el segundo al mando, junto con Benito Vázquez.

—¿El viejo Vázquez? Me sorprendo que siga vivo.

Dos bromas del indio más tarde, George Drouillard y mi tío se daban un corto pero firme apretón de manos.

—Una cosa más, Manuel. ¿Es cierto lo que dicen? ¿De verdad tienes contigo ese mapa?

—Es posible.

—Apuesto a que sí. Planeas encontrar el ruta por el agua hasta el Pacífico.

—Si la encontráramos, sería interesante, sin duda.

—Lewis y Clark no lo consiguieron. Créeme, Lisa, yo estuve allí. Los ingleses dicen que no existe. Los franceses dicen que no existe. ¿Se te ha ocurrido que, tal vez, no exista?

—Tal vez. —Una sonrisa inundó de nuevo el rostro de los dos hombres.

—¿Cuándo salimos?

—No tenemos mucho tiempo; en cuatro o cinco días, calculo.

—Poco tiempo. Tendré que reclutar un o dos de ayudantes. No les diré el motivo del viaje. Entiendo que seremos muy pocos. —Tras decir esto, Drouillard se giró hacia mí y sonrió de oreja a oreja—. ¿Vendrá con nosotros Joaquín Lisa?

—Sí —respondió mi tío.

Aquel monosílabo estaba a punto de cambiar mi suerte por completo, aunque yo aún no lo sabía. Resumía de algún modo mi participación en un viaje hacia lo desconocido y, por lo tanto, me pondría en un camino nunca antes transitado hacia tierras que jamás hubiese soñado imaginar. Pero al mismo tiempo aquel monosílabo resumía una incursión arriscada en tierra inexplorada, pensé, que bien podía acabar con una flecha en mi sien, o tal vez en plena noche, con un cuchillo indio rebanando mi garganta. Mi tío había hecho multitud de pequeñas y grandes incursiones más allá de la frontera, pero sin duda esa, que fue la más precipitada, y la primera que hizo conmigo, fue la que más quebraderos de cabeza le proporcionó durante años. En cuanto a mí, bueno, tal y como tengo intención de seguir contando en estas páginas, en ella descubrí mi valentía, encontré el amor, perdí mi inocencia y por poco hallo la muerte. Se dice pronto. Sería esa empresa y no otra la que cambiaría nuestras vidas para siempre.

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