Senderos salvajes
Capítulo 6
6
Abrí un ojo. Luego el otro. El frío de la mañana le helaba a uno los huesos por dentro. Me incorporé lentamente y solo tras frotarme los ojos con energía pude observar la amplitud del río Misuri, que se extendía ante nosotros aún más enorme y caudaloso de lo que la noche anterior lo había imaginado. En la margen derecha los álamos se alzaban tupidos, apiñados, y sus ramas inmensas apuntaban hacia el cielo luchando por encontrar la luz de aquel sol salvaje. A la izquierda, las rocas caían más abruptas y tras ellas se desplegaban un sinfín de colinas verdes y frondosas que se perdían en el horizonte. Por un momento, me imaginé trepando hasta sus cimas, divisando en la lejanía una manada de bisontes o identificando en la distancia el vuelo de un águila calva. De pronto, y pese al frío, me sentí un afortunado por estar allí, explorando aquella tierra virgen, tan lejos de la rutina tediosa y mortecina que me había acompañado en los últimos años.
Me recuerdo también inocente. Ilusionado. Esperanzado por tener la oportunidad de afrontar con éxito aquella expedición en una tierra nueva y desconocida. «Una tierra repleta de sorpresas», pensé.
Tras ponerme en pie observé que el resto de la tripulación desayunaba y charlaba amontonada en la popa del barco, a los pies del pequeño alcázar.
Es curioso el modo en que los hombres conviven y se entretienen en un espacio tan reducido como las barcazas de río. Se agrupan por distintos motivos. Edad y galones son los principales, siempre por detrás del idioma.
Los franceses, Jean-Luc y Bissonet, se disponían en torno a Drouillard esa mañana. El mestizo se había soltado el pelo, y su larga cabellera llegaba hasta el suelo de madera. Por los gestos que hacía y la vehemencia de sus
palabras, compartía con los otros su experiencia en aventuras pasadas. A escasos metros, los isleños remaban y charlaban con Benito Vázquez, el más veterano del grupo, un gallego que a sus setenta años había pedido a mi tío realizar con él su último viaje hacia el oeste. A decir verdad, su conversación era más banal, creo que intercambiaban opiniones sobre una prostituta de San Luis a la que —al menos Vázquez y Arturo— habían visitado en las últimas semanas. El joven William Thomas, de Virginia, y el soldado veterano Peter Weiser, de Pensilvania, remaban juntos al final del navío. Manuel Lisa, que timoneaba personalmente la embarcación y parecía poner oídos en todas las conversaciones, me dio los buenos días con una leve mueca. Por último, sentado bajo el mástil de la única vela de La Santa Cruz, se hallaba un hombre distinto a los demás. El joven se llamaba Diego de Goiri, y, aunque delgado, era bastante generoso de talla. Debía de rondar el cuarto de siglo. Quizá tuviese treinta años. Desayunaba una hogaza de pan untada con mermelada de arándanos y trataba de no mancharse con ella un poncho que a duras penas le calentaba los huesos. Entre sus manos sostenía un cuadernito de piel plagado de anotaciones, todas muy ordenadas, intercaladas con detallados y preciosos dibujos.
—San Carlos del Misuri —anunció Manuel desde el alcázar—, el último pueblo civilizado que nos encontraremos en unos cuantos meses.
Drouillard, Bissonet y los demás se pusieron en pie para observar la aldea que se alzaba en una de las orillas del río. Giré sobre mí mismo y, efectivamente, pude ver a lo lejos un conjunto de casas de madera ordenadas en torno a la pequeña iglesia de san Carlos Borromeo. Drouillard conocía bien el pueblo, pues en la expedición del capitán Clark habían permanecido algún que otro día esperando allí a que todos los miembros de la misión se hubiesen reunido y aprovisionado de alimentos, licor y tabaco.
Se encargó de recordarlo con su curioso acento, y aquello suscitó la atención del viejo Vázquez. De Goiri cerró su libreta y se puso en pie de un brinco para divisar mejor la aldea.
—¿Sigue viviendo allí tu amigo Carlos? —preguntó Benito Vázquez al tiempo que miraba por el catalejo.
—Se marchó a Florida. Como casi todos los españoles —respondió mi tío virando la embarcación lo suficiente como para darnos a entender que
no pararíamos a reponer víveres en San Carlos, o en Saint Charles, como se llamaba al lugar desde que los Estados Unidos compraran el territorio obligando a Carlos de Hault (antiguo gobernador del lugar y amigo de Manuel Lisa) a migrar a la Florida. El héroe local por allí, como aprendí tiempo después, era entonces un tipo llamado Daniel Boone. Un aventurero, comerciante, cazador e intérprete de los indios del que a menudo se contaban auténticas proezas. Dichas habladurías no tardaron en hacerse notar a bordo de La Santa Cruz.
—Dicen que Boone caza búfalos gigantes —susurró alguien.
—Yo he oído que ha batallado contra los pies negros en solitario.
—¿De verdad? Pensé que era un héroe de guerra.
—¿De qué guerra? —preguntó el Manco.
—De la guerra de la Independencia —respondió en inglés William Thomas. El chico de Virginia llevaba largo rato esforzándose por comprender la lengua española y, por fin, acababa de adivinar lo que decíamos—. Mató a decenas de perros ingleses con un hacha de madera y un arco con flechas. Sin usar bayonetas. Sin pólvora.
Ciertas o no, aquellas historias habían venido muy bien a los hijos del tal Boone, que, usando como bandera el apellido de su padre, habían montado en la zona varios puestos comerciales. Y aunque en 1807 aún no lo supieran, aquellos jóvenes estaban a punto de convertirse en los hombres más ricos de la ciudad. Algo inevitable, supuse. Aún hoy lo sigo pensando.
No creo que exista el destino, sin embargo, creo firmemente en lo inevitable. Y al igual que lo era que aquellos chicos disfrutaran de la reputación de su padre, lo era que otro como yo, desprovisto de toda gloria, buscase esperanzado la suerte en aquella tierra remota. Como decía mi buena madre, a cada uno le da la vida un desafío que pone a prueba su coraje. Esa mañana intuí que aquel viaje sería el mío.
Pasado San Carlos, la tripulación volvió a hacer uso vehemente de los remos. La Santa Cruz se adentró así río arriba, avanzando lentamente hacia lo más salvaje de aquellas llanuras tupidas e inhóspitas. Los aromas y sonidos distantes de la inmensidad cobraron vida. Me di cuenta entonces de que el tal Diego de Goiri hacía caso omiso de nuestra conversación, ni
siquiera miraba en dirección al curso del río, sino sobre los riscos escarpados que sobresalían en la linde del río.
—Ahora sí que no hay vuelta atrás, caballeros —se burló Vázquez, sonriente—. Si alguno se arrepiente de haber venido, que salte por la borda en plena noche, porque como le pille desertando a la luz del día, Dios sabe que ese mamón hijo de mil putas deseará no haber nacido.
—No blasfeméis, Vázquez —respondió el Manco, irónico—. Os tema por un hombre de fe.
El Viejo rio con ganas.
—Donde vamos no hay Dios que valga, hijo. Te garantizo que ninguno de los monstruos que vive río arriba sabe quién cojones es Dios nuestro Señor.
Así transcurrió un día, y otro, y llovió un poco cada mañana durante cuatro jornadas. Aquellas primeras noches dormíamos con el bote amarrado a la orilla, y hacíamos una decena de pequeñas hogueras a nuestro alrededor. De ese modo, decía Manuel Lisa, si los indios con actitud hostil nos veían en plena madrugada, la multitud de focos llameantes crearía en ellos la ilusión de que éramos una gran comitiva, y eso los mantendría alejados del campamento. Estaba muerto de cansancio, y, sin embargo, apenas lograba pegar ojo. El miedo, los nervios, el cansancio, los mosquitos, el barro.
Al amanecer, si podíamos y soplaba a favor la brisa, hacíamos uso de la vela. Pese a ello, los remos eran la mejor forma de conferir a nuestro esquife la fuerza necesaria para vencer ala corriente. Debido a ello, me habían brotado en ambas manos multitud de pequeñas heridas. En muchas ocasiones, cuando la corriente se animaba a coger algo de fuerza, había que saltar del barco, atar una soga a algún árbol y tirar de ella para salir pronto del atolladero. Otras veces, un tronco varado se interponía en nuestro camino, y si tras el primer aviso las ramas y palos a la deriva podían contarse por decenas, lo tomábamos como una buena señal: seguíamos la pila de maderas roídas hasta enormes diques de árboles tumbados en los que los isleños me enseñaban a cazar castores.
—Una castorera.
—Vamos a salir de aquí con unas cuantas pieles. Joaquín, saca el mosquetón.
—Lo tengo preparado.
—Aguanta el aire, chico —me decían—. Síguele con el cañón, Joaquín.
El fusil que me había regalado mi tío tenía guardamontes y una empuñadura tipo pistola, así que no fue difícil hacerme con él. Al amanecer de nuestra quinta jornada, escondido entre unas rocas y con la ayuda de Juan Ignacio, conseguí atinarle a un castor de un solo disparo.
—Apunta bien —me susurró él antes.
—Ya lo hago.
—¿Estás seguro?
El animal iba y venía entre los salientes de un dique inmenso y caótico que había junto a la orilla. Las ramas se entrelazaban y ascendían perpendiculares a la orilla, y sobre sus ramas inferiores correteaba mi primera pieza de caza.
—Creo que sí.
—Creer no es estar seguro.
—Entonces sí —respondí, más convencido.
—Pues dispara.
Un sonido atronador salió despedido de mi rifle, y la nube de polvo grisáceo se interpuso entre nosotros. El castor, como digo, resultó abatido de un solo intento. Arturo y Bissonet lo recogieron y lo apilaron junto al resto de animales muertos.
—¡Tu primera víctima mortal, chaval! —gritó Arturo desde la orilla.
Mi tío celebró el buen tino, y aunque no dijo gran cosa, noté en su mirada cierto orgullo que le hizo estar de muy buen humor el resto de la mañana.
—Pues ya dispara mejor que su padre —fue lo único que susurró cuando los demás le dieron la noticia.
Cinco animales abatidos. Luego fueron diez. Veinte. Cincuenta. La pila de pieles de castor crecía cada jornada. A nadie se le ocurría por aquel entonces pensar que algún día apenas habría castores. Que las incursiones de hombres blancos río arriba se contarían por cientos. Que el saqueo de aquella tierra a manos de sus futuros pobladores sería tan desolador para sus
legítimos habitantes como rentable para los recién llegados. Creo que aquella primavera, años antes de que las rutas hacia el oeste se popularizasen entre los estadounidenses y los migrantes de todas las zonas de Europa, los exploradores de Manuel Lisa éramos prácticamente los únicos hombres blancos con el desconocimiento suficiente como para afrontar una empresa de semejantes características y no seguir más consejo que el de la propia intuición de mi tío.
Poco a poco, logré vencer mi timidez y charlar con los demás miembros de la expedición. Una mañana en que me levanté mojado, quejándome de la lluvia, Benito Vázquez, el Viejo, como todos le llamaban, se burló de mí diciendo que en su tierra natal —Santiago de Compostela, en España—
llovía casi todos los días del año, y que aún no habíamos visto en América una lluvia como la que él mismo recordaba haber conocido de niño.
Antes de ser trasladado a la Luisiana, Vázquez había sido soldado en la España de Carlos III; pero, tal y como él decía, de eso hacía ya muchos años.
—Hace tanto de eso que ni me acuerdo, muchacho.
—Entiendo.
—¿Entiendes?
—Lo puedo imaginar, quiero decir.
—Bueno, qué sé yo. No sé cuánta imaginación tendrás.
—Me refiero a que puedo entender que eso fue hace tiempo…, y por eso no se acuerda bien…
—Ni me acuerdo ni me quiero acordar. Este oficio, si se puede llamar así, es para lo que nací. Estar aquí, intentar enseñar algo a esos putos indios.
Comerciar con ellos. Fornicar de vez en cuando. Cazar castores y bisontes si Dios lo permite. Ya sabes. Esta puta libertad. Eso es ahora lo único que importa.
Por una cosa o por la otra, tanto había forzado el Viejo sus ojos oteando horizontes que aquellos ya no le dejaban ver con nitidez. Recuerdo que cada dos por tres desempañaba las lentes de sus diminutos anteojos con una camisa de lino turquesa, y maldecía la humedad del río cuando no tenía motivos para maldecir sobre otra cosa.
—La puta humedad, muchacho —decía—. Se me empañan los puñeteros cristales. Este maldito río de los cojones…
La verdad, se maldecía todo el tiempo a bordo del pequeño barco. Jean-Luc, uno de los chicos franceses de Drouillard, me enseñó una tarde a insultar en su propio idioma. Por ello, pasé toda una velada diciendo
« putain, merde, enculé» y otras muchas cosas que ya no recuerdo pero que sin duda fueron el divertimento de todo el grupo.
Remar, cazar, comer y volver a remar hasta que se pusiese el sol.
Manuel Lisa escuchaba atentamente la mayoría de nuestras conversaciones, pero rara vez intervenía en ellas. Años más tarde comprendí que la autoridad que se precisa para liderar a un grupo de hombres en aquellas condiciones está reñida con cierto tipo de confianzas.
Por ello, a menudo se obligaba a sí mismo a mantenerse apartado del resto, examinando sus mapas con cautela y tomando siempre notas en un pequeño diario.
Enseguida noté que con el único con el que se tomaba ciertas libertades en el trato era con Diego de Goiri. Incluso ocurría a la inversa, por lo que cada día me producía mayor curiosidad saber de qué se conocían mi tío y él y cuáles eran los motivos de tan estrecha confianza.
Acabé descubriéndolo una velada lluviosa en la que acampamos junto a un bosquecillo, recién pasada la desembocadura del río Osage. Hicimos un par de fuegos en el centro de un claro de la alameda. El ambiente era algo tenso porque Drouillard y mi tío nos habían pedido tener las armas bien cargadas y estar alerta. Al parecer, a partir de la desembocadura de aquel río la probabilidad de encontrar indios hostiles se acentuaba de forma considerable.
—Weiser, haz guardia en aquella colina —ordenó en inglés Drouillard
—. Jean-Luc, permanece a bordo del barco.
Yo seguí sus instrucciones y, tras cenar un poco de carne de castor, me arrodillé junto a la hoguera. El sol se había puesto ya tras el horizonte y el cielo, anaranjado e inmenso pero salpicado de nubarrones, se ennegrecía por momentos. Fuera del círculo del campamento, con su vórtice de fuego, la pradera plagada de matorrales parecía desvanecerse en la oscuridad más
absoluta. Saqué de mi talega el ejemplar de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha y comencé a leerlo para apaciguar el miedo.
Capítulo primero, que trata de la condición y ejercicio del famoso hidalgo don Quijote de la Mancha.
En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astil ero, adarga antigua, rocín flaco…
—¿Qué lees? —me dijo De Goiri, de pronto, al tiempo que se sentaba a mi lado y se colocaba unos pequeños anteojos. Le mostré la cubierta de mi libro y asintió sonriendo. Vi que él también tenía su pequeño cuadernito entre las manos.
—¿Y tú? —le pregunté yo.
—Yo no leo, escribo. —Extendió hacia mí el cuaderno con cuidado, y, tras abrirlo, pude leer el título rotulado a mano en su primera página.
ESTUDIO DE LA NATURALEZA Y LA BOTÁNICA DE LUISIANA.
Miré a Diego con sorpresa y comencé a ojear el resto de las páginas.
EXPEDICIÓN DE MANUEL LISA. 16 DE ABRIL DE 1807.
Nada más dejar la ciudad de San Carlos, avistamos varias cabras de enormes cornamentas en los riscos cercanos al río Misuri.
Junto al texto, Diego de Goiri había dibujado un detallado esquema de una de las cabras, señalando su altura y la longitud de sus cuernos.
—¿Estudias a todos los animales?
—A todos los que puedo, desde luego. Plantas y animales. Trato de ampliar los resultados de la Real Expedición Botánica a Nueva España.
Aunque este territorio ya no pertenezca a la Corona…
Removí el trasero sobre la roca de piedra dura y me incorporé levemente para permitir que la luz de las llamas iluminase con propiedad la libreta.
—Vaya… Es increíble. —Me quedé unos minutos más absorto ante los dibujos y anotaciones de Diego de Goiri, y a medida que pasaba las páginas, le hice varias preguntas. Quise saber todo sobre él, pues su extraña
ocupación me había producido mayor curiosidad que la de ningún otro hombre que hubiese conocido hasta la fecha.
Nacido treinta y dos años atrás, en Vizcaya, Diego de Goiri era naturalista de profesión. A los quince años había entrado como aprendiz en el Real Gabinete de Historia Natural de Madrid y allí había pasado su adolescencia, fascinado con las aves y animales que venían enjaulados desde América. A los dieciocho, se alistó en una expedición científica a Nueva España autorizada por el rey, y al llegar al puerto de La Habana, conoció a un jovencísimo Manuel Lisa, que en aquella época aún trabajaba para la Marina.
—Tu tío y yo viajamos juntos a Nueva Orleans, en el mismo navío. Nos hicimos buenos amigos.
Tiempo después, bajo las órdenes del capitán Bodega y Cuadra, en una expedición que llegó hasta la isla de Nutka, en el Pacífico, Diego de Goiri había conocido a su maestro y mentor, el naturalista José Mariano Mociño, con quién pasó largos períodos de tiempo catalogando especies del Nuevo Mundo.
Ahora, escribiendo estas líneas, comprendo que Diego representaba el triunfo de la razón y el progreso frente a las sombras oscuras de aquel primitivo pero creciente mundo en expansión.
—Así que cuando me disponía a acompañar a mi maestro a Madrid con los resultados de la expedición —concluía De Goiri, sonriente—, escuché lo que habían descubierto Lewis y Clark para los Estados Unidos, y quise quedarme para ayudar a ampliar nuestra investigación.
—Te acordaste entonces de mi tío…
—Tu tío me dejó venir con la condición de hacer también de cirujano del grupo. —Diego sonrió y se encogió de hombros—. No pude resistirme.
Aquello explicaba que la maleta de Diego fuese siempre llena de pinzas, sierras y demás aparejos destinados a arreglar las piezas maltrechas de un hombre herido.
—¿Crees que descubriremos muchos animales nuevos en este viaje? —
pregunté, realmente deseoso de que así fuera.
—Confío que sí, la verdad.
—¿Y le pondrás tu nombre a alguno de ellos? ¿A alguna cabra gigante, o algo así? —Al oírme decir aquello, una tímida risa salió de los labios del vizcaíno.
—Hagamos un trato, Joaquín Lisa: si de verdad encontramos algún tipo de cabra gigante, le pondremos tu nombre.
Sonreí complacido, pero antes de poder devolver una respuesta amable, George Drouillard nos chistó desde el otro lado de la hoguera. Tanto él como el resto del grupo habían creído oír un ruido a nuestra espalda. Miré hacia atrás, compungido, y, si os soy sincero, me pareció oír un crujir de ramas lejanas.
Bissonet y Jean-Luc estaban tendidos tras un arbusto, señalando a la amenazante oscuridad e intercambiando impresiones.
Me acerqué al fuego, lo más que pude, con la intención de calmar el escalofrío que me producía pensar que algo pudiera estar acechándonos desde el otro lado de la arboleda.
—¿Tienes miedo? —me preguntó un susurrante De Goiri—. No pasa nada si lo tienes. Yo también lo tengo a veces en estos viajes.
Agradecí enormemente aquella sinceridad e intenté no pensar en ello, abriendo de nuevo mi novela y concentrándome en la lectura…
Es, pues, de saber, que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso (que eran los más del año), se daba a leer libros de cabal erías con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza…
—Tenéis razón. Alguien nos acecha —advirtió de pronto en inglés Peter Weiser, que había bajado a hurtadillas desde lo alto de la colina cercana.
Cerré el libro y lo guardé en la talega. Eché mano rápidamente a mi arma de fuego y suspiré tratando de alejar de mí pensamientos asustadizos.
—Peter, ¿qué has visto? —preguntó Drouillard.
—Ver nada, señor. He oído pasos y voces del otro lado de la alameda.
—Calma —susurró Manuel Lisa—. No os separéis y permaneced alerta.
Si alguien necesita orinar, que lo haga en el propio campamento.
Duplicaremos la guardia esta noche.
Nada más decirlo, se palpó el bolsillo del frac. Aquello me hizo recordar que, en ese preciso bolsillo, Manuel Lisa había metido, días atrás,
el objeto que tan a buen recaudo había permanecido escondido en el escritorio de la casita.
Oímos ruidos durante toda la noche. Crujir de ramas, cantos rodados cayendo colina abajo, chapoteo de charcos y otro montón de zumbidos, chasquidos y estrépitos irreconocibles.
Yo permanecí despierto hasta el alba, con el mosquetón sobre el vientre, los ojos clavados en el cielo estrellado y el corazón a punto de salírseme del pecho. El sol apareció por el borde del mundo, y poco a poco las cosas comenzaron a revelarse en la oscuridad. Nos mirábamos algo compungidos.
Simulando estar tranquilos cuando era evidente que ninguno lo estaba. Un par de hombres inspeccionaron la zona con timidez y apagaron la poca llama que aún quedaba consumiéndose sobre las ramas carbonizadas.
Después recogimos nuestros bártulos en silencio y volvimos a toda prisa a bordo de La Santa Cruz.
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