Senderos salvajes
Capítulo 3
3
Como habréis notado, lo que le ocurrió a Manuel Lisa la mañana del día en que yo llegué estaba siendo la causa de todas sus decisiones precipitadas. Y
aunque bien es cierto que yo me enteré de los detalles semanas después, os hablaré de ello en este momento, pues fue también el detonante de la conversación con Drouillard que ya he mencionado y del resto de preparativos de nuestro primer gran viaje.
Por lo que más tarde supe y pude imaginar, Manuel Lisa madrugó aquel martes, a sabiendas de que debía finiquitar sus asuntos pronto para poder ir en mi búsqueda en torno al ocaso. Desayunó una manzana y guardó en un bolsillo recóndito de la chaqueta una vieja carta que había estado salvaguardando durante meses. Observó cómo los niños se desperezaban en la cama, depositó un beso tímido en la mejilla de Polly y salió dando un brinco por la puerta trasera.
Pasó junto al río y observó de lejos su pequeño bote, bien amarrado y flanqueado por otros dos mucho más grandes y altaneros. El ajetreo y el ruido de los muelles solo eran interrumpidos cuando una nueva expedición surcaba el río Misisipí hacia el norte entre vítores de familiares y curiosos, hecho que, pensaba él, empezaba a ocurrir con demasiada frecuencia.
Lisa avanzó calle arriba palpando la carta que llevaba en el bolsillo de su chaqueta gris y tratando de evitar que se le arremolinase el pelo de las patillas. Lo cierto es que antes de salir de casa —raro en él— se había afeitado y acicalado con cierto esmero, decidido a no causarle mala impresión a Auguste Chouteau, probablemente la persona más influyente de todo San Luis.
Pues bien, al cabo de unos minutos había llegado al prominente edificio níveo que antaño había sido la sede provincial de la Corona española.
Acabado el pequeño período de dominio francés, lucía ya una ostentosa bandera estadounidense. Subió lentamente los peldaños que separaban la calle recién adoquinada del ilustre porche blanco. Dos jóvenes bien equipados con aparejos y utensilios de trabajo colocaban junto a la puerta un nuevo y prominente letrero:
LOUISIANA DEPARTMENT OF WILDLIFE AND FISHERIES.
En el suelo, aún se podía leer el que acababa de ser retirado: CAPITANÍA GENERAL DE CUBA. LUISIANA ESPAÑOLA.
Golpeó en la puerta con la aldaba de bronce con cierto esmero y esperó unos segundos. Tras un rápido descorrer de cerrojos, el rostro no muy agraciado de una doncella más joven de lo esperado le sonrió bajo una cofia blanca.
—Buenos días. Tengo una cita con Auguste Chouteau. Decidle que Manuel Lisa ha venido a verle.
Sin mediar palabra, la doncella le invitó a pasar y se alejó dando saltitos por el pasillo.
Manuel entró en el enorme recibidor cerrando el portón tras de sí. Las ventanas estaban abiertas de par en par con la intención de airear la estancia recién pintada, por lo que el ruido de los carruajes era un tanto molesto.
Todo estaba como nuevo. Sillones tapizados, enormes cuadros de marco dorado con escenas dieciochescas, e incluso un oso disecado sobre una alfombra carmesí. Aquello le hizo meditar un segundo. Las cosas iban bien por San Luis. Y les seguían yendo bien a los Chouteau.
La doncella regresó al cabo de un instante y le rogó que le siguiese por un oscuro y largo corredor. Aquella parte del edificio estaba aún siendo remodelada.
—Esto está cambiando mucho —dijo Manuel. La joven sonrió tímidamente y se ofreció para sostener amablemente los guantes y la
chistera—. ¿Hace cuánto empezaron las obras?
La muchacha, que no hablaba español, volvió a guardar silencio mientras abría de un empujón una gran puerta de roble.
Manuel entró lentamente en el salón y se despidió de su acompañante, que cerró la puerta a toda prisa. Aquella estancia era de un extraordinario buen gusto. Al fondo, frente a un ventanal, se encontraba el escritorio principal, flanqueado, como era de esperar, por más tapices, un par de castores disecados y una buena pila de libros. Le llamó la atención un curioso violín que parecía no haber sido tocado en años y que yacía sepultado por una pila de mapas y contratos.
Escuchó un murmullo a su espalda y se volvió despacio.
—¡Vaya, a quién tenemos aquí! —La carraspeante voz de Auguste Chouteau dejaba percibir, entre risas, un diluido acento francés—. Al comerciante con los precios más altos de Nueva Orleans.
Tres hombres emergieron de la habitación colindante. Auguste Chouteau iba el primero. Unos sesenta años, piel rosada y ojos azules. Por aquel entonces había engordado una barbaridad. Le seguía el que sin duda debía de ser su hermano Pierre. Mucho más joven, pero poseedor de la misma papada. El tercero en discordia era un estadounidense entrado en años enfundado en un uniforme añil. Sonreía altivamente y se adelantaba con premura a los dos hermanos Chouteau para estrechar la mano de Manuel…
—Manuel Lisa, es un placer conocerle al fin. —Le estrechó la mano enérgicamente durante el tiempo suficiente para que Lisa pudiese ver las medallas que engalanaban su chaqueta. La conversación prosiguió en inglés
—. Es usted tal cual había imaginado. Soy James Wilkinson, gobernador del territorio de Luisiana.
—Toma asiento, por favor, Manuel —le espetó Auguste Chouteau tras darle también la mano—. Este es mi hermano Pierre. Creo que no llegaste a conocerle en Nueva Orleans. —Pierre Chouteau parecía un hombre reservado, tanto que sin mediar palabra tomó asiento al fondo de la gran mesa de madera—. ¿Quieres un brandy?
—Sí. Ponme uno. —Manuel Lisa se acercó a su anfitrión aceptando una minúscula copita de fino cristal tallado. El brandy afrutado se había
convertido en un rito formal entre las clases más acomodadas del Misisipí.
Tomó del mismo modo asiento en un extremo de la mesa.
El gobernador se palpó la espalda con gesto dolorido y emitió un pequeño suspiro mientras se sentaba, según tengo entendido, junto a los dos Chouteau, justo enfrente de mi tío Manuel.
Se hizo un silencio lo suficientemente largo como para oír cómo un carruaje se acercaba y posteriormente se alejaba al otro lado del gran ventanal.
—¿Cómo está Polly? —preguntó Auguste.
—Bien. Cuidando como puede de los niños. —Por lo que ella le había dicho, Manuel sabía que Auguste Chouteau había visitado a su mujer en los últimos meses—. Y encargada también de los envíos de carne a la capital.
—Ha sido un mes muy frío. Pasé a visitarlos, a los niños y a ella…, hace unas semanas.
—Lo sé. Me lo dijo. —Manuel buscó rápidamente con la mirada a Wilkinson—. Le agradezco al gobernador que aceptase concedernos el nuevo terreno que solicitamos junto al río. Soy consciente de que las tierras ribereñas del Misuri son cada vez más cotizadas en San Luis.
—No hay nada que agradecer, Lisa —respondió amablemente el gobernador—. Alguien que ha prestado semejante servicio al propósito del presidente Jefferson no puede conformarse con una finca de rango menor.
—Al oír esas palabras, el menor de los hermanos franceses se removió, incómodo, en su silla haciendo chirriar las maderas.
—Tu petición era más que razonable, Manuel —continuó Auguste—.
Me alegré al saber que finalmente nuestro nuevo gobernador te la concedía.
—Con todos los respetos, hermano: ¿qué hizo este español por el presidente Jefferson? —preguntó en francés y de forma repentina el compungido Pierre Chouteau. Su hermano mayor sonrió mientras parpadeaba lentamente, con un rostro que a duras penas lograba disimular el hastío.
—Manuel Lisa guio al capitán Lewis y a William Clark…
—Las únicas cartas españolas que llevaron consigo fueron las de John Evans. Galés, por cierto.
—Pierre, Manuel aprovisionó…
—Tú lo has dicho. «Aprovisionó» —interrumpió Pierre—. Aprovisionó de suministros en su salida a Lewis y a Clark. Como no podía ser de otro modo si quería demostrar estar al servicio del Gobierno estadounidense y no del lado de los espías de la Corona española, como sin duda lo estuvieron sus compatriotas. ¿Me equivoco?
Conociéndole, mi tío Manuel debió de pensar que aquella impertinencia era propia de un pupilo sin modales. Fijó su mirada en el joven Pierre y pensó que tal vez no fuera tan joven. Parecía haber rebasado con creces la tercera década de vida, tal vez fuese de la misma edad que el propio Manuel Lisa. Un silencio aún más largo —y sin duda más tenso que el anterior—
sostuvo el pulso de la estancia.
—Hermano —continuó Pierre—, tratemos antes que nada el asunto de los omahas… —Esa fue la primera intentona del tal Pierre de mencionar el tema relativo a los indios omahas.
—Ahora no, Pierre —le interrumpió Auguste con una nueva sonrisa, esta vez entre cordial e incómoda—. ¿Cuál es el motivo de tu requerimiento, Manuel?
Manuel Lisa, con la mirada aún fija en Pierre Chouteau, tardó unos instantes en reaccionar. Finalmente asintió, echó mano al bolsillo de su chaqueta y extendió la carta de aspecto maltrecho como el que extiende un mapa. Comenzó a explicar con calma los motivos de su visita.
—Hace hoy tres años, me comprometí a ayudar, guiar y aprovisionar de mapas y herramientas al capitán Meriwether Lewis y al subteniente William Clark en un peligroso y reconocido viaje que duró más de dos años, desde mayo de 1804 hasta septiembre de 1806. —Se reclinó en su asiento y continuó su explicación con aparente calma, aguardando a que el gobernador se bebiese el último sorbo de brandy—. Conocedor de las rutas fluviales desde la época en que la Corona española poseía estas tierras, no tuve dificultad en señalarles y aconsejarles el que consideré que podría ser el mejor camino hasta el océano Pacífico. —Volvió a hacer una breve pausa, estudiando con aplomo la reacción de Pierre Chouteau, que negaba lentamente con la cabeza.
Wilkinson tomó con cuidado la carta que Manuel había extendido sobre la mesa y empezó a examinarla con detenimiento.
—Como puede ver, gobernador —prosiguió Lisa—, a cambio de tales servicios, su antecesor en el cargo se comprometió a mantener los planes comerciales que yo mismo había acordado con Juan Manuel Salcedo, el antiguo gobernador español de la Luisiana. Por eso solicito de ustedes un salvoconducto que me permita abrir una ruta comercial con Santa Fe.
Las manos de James Wilkinson depositaron cuidadosamente la carta en las de Auguste Chouteau, que leyó despacio mientras se mordía un poco el labio inferior, pensativo. Cuando acabó, dejó la carta en la mesa y fijó su mirada en Manuel Lisa.
—Manuel, Santa Fe pertenece a la Corona española. Y solo mi familia tiene derecho a ese monopolio a través de Texas.
—¿Tu familia? ¿Desde cuándo? —inquirió mi tío, sorprendido.
—Desde el verano pasado. Pensé que lo sabías.
—Yo te hablé de esa ruta, Auguste. La conoces gracias a mí.
—Mi sobrino y su mujer disponen desde el año pasado del monopolio comercial que recorre el camino de Santa Fe… Sin embargo, sabiendo que este es tu deseo, no creo que tengan problema en contratarte para la expedición de este verano.
Aquellas palabras fueron un jarro de agua fría para Manuel, que continuó sosteniendo el vaso de brandy con firmeza. Manuel Lisa había trazado aquella ruta. Y si la familia Chouteau la conocía, era gracias a sus esfuerzos. Sus posibilidades de crecer económicamente dependían en gran medida del contenido de esa carta. Por un momento miró al suelo buscando las palabras adecuadas. Después se volvió lentamente hacia su viejo amigo.
—Te conté en múltiples ocasiones mi intención de abrir una ruta comercial con Santa Fe, Auguste. Sabías que me fue prometida la posibilidad de abrir la maldita ruta. Tengo una carta que lo acredita. —El español blandió de nuevo la misiva con su mano derecha mientras depositaba con la zurda su ya vacía copa de brandy—. Esa era mi ruta. Es mi ruta, Auguste.
—Escuche, Manuel. Los Chouteau tenemos el monopolio legal del comercio con Santa Fe, entérese —añadió el joven Pierre echándose hacia delante.
—No estoy hablando contigo. Auguste, puedes decirle de mi parte a tu hermano que cierre la boca en lo sucesivo —replicó Lisa señalando al joven.
—Cálmese, Manuel. Las cosas han cambiado mucho —susurró el gobernador Wilkinson—. Hace ocho años esta ciudad era española. Hace cuatro, francesa. Ahora es estadounidense. Las normas cambian… Y, por tanto, todos estos asuntos… cambian. La persona que firmó esta carta no tenía potestad para hacerlo. Además, si es solo eso, una carta, no tiene validez legal. Lo que usted acordase con Salcedo es ahora irrelevante.
Luisiana se rige por las leyes estadounidenses.
Luisiana se regía, para que quede claro, por las leyes del soborno.
—Sin embargo, los Chouteau sí pueden comerciar en territorio español.
Hay algo que nunca cambia, gobernador —respondió Manuel—. La familia Chouteau siempre ha dispuesto de todo lo que le ha venido en gana.
Pierre Chouteau se puso en pie de un salto, se detuvo para inspirar profundamente y le dedicó a Manuel una mueca desafiante mientras le señalaba con el dedo.
—Somos los fundadores de esta ciudad, Lisa. No sé quién diablos te has creído que eres, pero mientras permanezcas en los Estados Unidos deberás acatar nuestras leyes. Ese monopolio es nuestro. Bastante halago es que te hayamos recibido en presencia del gobernador…
—Nunca debisteis lealtad a Salcedo, ni a Carlos IV… Y tampoco se la debéis a Napoleón. —Manuel Lisa se incorporó, enfrentándose con el pequeño de los Chouteau. Acto seguido lo hicieron Auguste y el gobernador Wilkinson. El español frunció el ceño y sus labios se contrajeron en un gesto de ira contenida—. Así que no te atrevas a justificar el saqueo que estáis llevando a cabo con las leyes del maldito presidente Jefferson.
—¡Él es ahora tu presidente, desagradecido! ¡Sus leyes son las mismas por las que tienes una casa en nuestra ciudad! Y eso que con ese aspecto andrajoso no mereces más que una pocilga… ¡Desaparece de nuestra vista!
—Pierre Chouteau cogió la carta de encima de la mesa y con dos giros bruscos de muñeca la partió en cuatro pedazos. Manuel Lisa se agachó. Con apenas dos movimientos rápidos de sus dedos sacó de su botín un cuchillo
afilado y lo posó en un abrir y cerrar de ojos sobre el cuello desnudo del más joven de los Chouteau. El trinchete era corto, con mango de cuero y cuidadosamente decorado con motivos tribales.
—Es evidente que no sabes bien quién soy —dijo Chouteau, aunque lo podría haber dicho cualquiera de los dos.
—Lisa, si no te calmas, tendré que pedir que te arresten. Baja el arma —
dijo James Wilkinson al tiempo que cogía cuidadosamente los restos de la carta y se los tendía a su propietario. La respiración de Pierre era pausada pero notablemente inquieta—. Este documento no tiene validez alguna. La ruta a la que hace referencia tiene un acuerdo de monopolio con la familia Chouteau. Te recomiendo que vuelvas a casa y recapacites sobre la opción de aceptar un contrato laboral con su compañía. —Manuel bajó el cuchillo y lo arrojó ferozmente contra la mesa de madera.
—Ese cuchillo… es de los omahas —observó Pierre—. Hermano, no he venido aquí a escuchar amenazas y sandeces sobre el camino de Santa Fe.
He venido a dejar claro el asunto de los omahas. —Pierre miró a su hermano, que a regañadientes asintió con la cabeza antes de volver a fijar la mirada sobre Manuel.
—Cuando fui a verla, tu mujer comentó que estabas en la capital —dijo Auguste—. Sin embargo, tú mismo dijiste que fuiste a vender pieles de castor al mercado de Nueva Madrid. Y por lo que hemos sabido, no estuviste ni en un sitio ni en el otro. Estuviste en Tonwantonga.
—¿Me habéis estado siguiendo?
—Contrataste a los isleños. Subiste por el Misuri con ellos… Tienes una canana con tres plumas pintadas de rojo en tu escritorio, Lisa. Según los textos de Lewis, es el emblema de Big Elk.
Big Elk es como los hombres blancos llamaban a Ontopanga, el jefe de los omahas. Sin duda, Chouteau había ido a visitar a Polly para confirmar la teoría de que Manuel Lisa intercambiaba pieles y herramientas con la nación omaha.
—Lisa, podemos pasar por alto que mintieses a las autoridades. Pero sabemos que tienes algún tipo de acuerdo con los omahas. Y eso debe terminar —sentenció Pierre—. Los contratos de comercio con Tonwantonga
y esa tribu pertenecen a la familia Chouteau desde el día primero del mes pasado.
Manuel creyó haber oído mal. Se encogió de hombros e hizo un amago de enfrentarse a su interlocutor, pero se detuvo a la mitad, sorprendido y confuso. Su mirada se encontró con la del gobernador Wilkinson, que asintió con firmeza. Mi tío había ido a aquella reunión con la esperanza de alcanzar acuerdos que le hicieran progresar económicamente, y esta nueva situación no solo no se lo permitía, sino que cortaba de raíz su única fuente de ingresos. Se produjo entonces el silencio más largo hasta el momento, solo interrumpido por el sonido de un martillo lento y grave en el pasillo colindante. Manuel cogió los añicos de la carta que le tendía el gobernador y se guardó el cuchillo de nuevo en el botín. Esta vez, dos carruajes pasaron bajo la ventana. Manuel permaneció inmóvil un último momento, con los ojos clavados en la papada sudorosa de su viejo amigo Auguste.
—Iré al tribunal para asegurarme de que lo que decís es cierto.
—Ve adonde tengas que ir, Manuel. Verás que la única compañía que opera ahora en San Luis bajo contrato legal es la nuestra. Además, entiende que tus compatriotas no te lo están poniendo fácil. Hace apenas unas semanas las autoridades españolas arrestaron a uno de nuestros mejores exploradores…
—Me trae sin cuidado, Auguste.
—Lo más inteligente por tu parte sería mantener una buena relación con…
—El problema de nuestro tiempo es que los hombres débiles y decrépitos sois más ricos y poderosos que los que aún tenemos fuerza para explorar este continente. —Manuel Lisa supo en ese momento que su temperamento había echado por tierra toda posibilidad de buscar un nuevo acuerdo con sus anfitriones. Cosa que, por otro lado, le agradó profundamente. Pese a la rabia, de pronto, se sintió liberado. Recordó que esa tarde llegaba a la ciudad el que suscribe estas líneas. Se acordó de Drouillard, de Diego de Goiri y de los viejos amigos que aún le quedaban en Nueva Madrid. Elaboró en su mente el esbozo de un plan.
—Coge tus cosas y sal de aquí, Lisa.
—Puede que controléis la ruta de Santa Fe. Y puede que sobre el papel hayáis adquirido un monopolio con los omahas. Pero si voy allí y alcanzo un nuevo acuerdo con ellos…
—¿Con qué tripulación, Lisa? Nosotros tenemos hombres para hacerlo.
Eres un gran explorador. Pide perdón por tus palabras, recapacita y únete a nosotros. ¿Es cierto que tienes ese mapa del que todos hablan?
—Sé navegar por el Misuri. Conozco mejor que nadie a las tribus, y sabéis de sobra que soy mejor explorador de lo que llegaréis a ser cualquiera de vosotros. Allí, río arriba, hay cosas que apenas imagináis, Auguste. Cosas que vosotros no sabríais encontrar. Y créeme, cuando las descubra, seguiréis peleando por las migajas de un botín obsoleto. Buena suerte en su nuevo cargo, gobernador. —Manuel Lisa dio media vuelta sobre sí mismo y caminó con presteza hacia la puerta oscura de roble—. A propósito —añadió justo antes de salir y tras haber escupido sobre la moqueta—: el brandy estaba asqueroso.
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