Senderos salvajes
Capítulo 19
19
El 13 de octubre de aquel mismo 1809, Manuel Lisa, al volver de finiquitar unos asuntos legales para la Compañía de Piel de Misuri, halló en las escaleras de su puerta un ejemplar del Missouri Gazette por cuyo titular supo que Meriwether Lewis había muerto. Al parecer, la propietaria de una posada llamada Grinder’s Stand, en la carretera de Natchez Trace que unía el río Misisipí con Tennessee, había encontrado su cadáver abandonado con un disparo en la sien.
Mi tío escondió el ejemplar bajo su camisa, disimulando no haber hallado nada inquietante entre sus páginas, y nada más entrar en casa, cerró un poco las cortinas y husmeó un rato la calle apoyado en el alféizar.
—¿Te has enterado? —le espetó de pronto Polly desde su espalda.
—Han matado a Lewis.
—¿Matado? Un hombre en la iglesia ha dicho que se había suicidado.
—No puede ser una casualidad, Polly. Es imposible. —«Y menos en San Luis», habría añadido yo si hubiese llegado a tener la oportunidad.
—Es una tragedia. Solo tenía treinta y cinco años —dijo Polly, angustiada.
—¿Cómo lo sabes?
—Lo he leído en el periódico.
—¿En este? —Manuel Lisa sacó el ejemplar del Missouri Gazette que ocultaba bajo la camisa.
—No. En uno que me han dejado para que se lo leyera a la señora de Uderzo. Su marido lo compra a menudo, pero ella no sabe leer. ¿De dónde has sacado ese?
—Este estaba en las escaleras.
—¿En las nuestras?
—Sí. Ahí fuera. Y bien colocado. Como si hubieran querido que lo encontrara. Alguien lo ha tenido que dejar junto a la puerta —afirmó—.
¿Dónde están los niños? —dijo, unos segundos después, pensando que sus hijos podrían haberlo puesto allí, tal vez, jugando.
—En la escuela. Los tres. Yo llevo en casa varias horas, pero no he oído nada.
—Maldita sea. —Se levantó mi tío de la silla y se palpó las patillas un segundo, tratando de encontrarle una explicación a todo aquello.
—¿Qué vamos a hacer ahora? —inquirió su mujer—. Si Lewis ha muerto, alguien ocupará su silla en el Consejo. Probablemente algún amigo de Chouteau. Y el nuevo juicio por la muerte de John Colter se celebra en una semana.
—No solo es eso, Polly. Le di una copia de mi mapa. Y le pedí que nos consiguiese un salvoconducto para poder volver a navegar río arriba esta misma semana.
—¿Cómo?
—Traté de convertir al gobernador en nuestro aliado.
—¿Le diste una copia de tu mapa?
—Una sin marcar, sin anotaciones. Poco más que un dibujo, pero una copia, al fin y al cabo, maldita sea. Debo pensar bien en lo que ha ocurrido.
—Manuel abrazó a Polly nervioso y enfurecido, subió a su despacho y leyó la noticia de principio a fin un par de veces, confiando en hallar en el texto alguna pista, algún indicio que relacionase aquella muerte con su caso. Un disparo en la cabeza. ¿Suicidio? ¿Por qué iba a suicidarse alguien como Lewis? Se recostó sobre la cama, se quitó la casaca, la botas y la chalina y permitió que sus pensamientos fueran y vinieran varias veces, recorriendo los lugares más insospechados, ordenándose y desordenándose luego con el objetivo de poder hallar una respuesta a todo aquello. La muerte de Benito Vázquez, unos días atrás, le había dejado del todo pasmado. Estaba convencido de que su responsable había sido alguien que deseaba hacerse con sus mapas. Pero el gallego era un hombre mayor, y por todos sabido que de salud delicada en sus últimos años. Su cuerpo no presentaba signos
de violencia. Tal vez el susto por la aparición del propio ladrón fue lo que acabó con su vida. Tal vez un infarto. Sin embargo, el gobernador Meriwether Lewis era un hombre joven, de apenas treinta y cinco años. No solo eso, era el gobernador de la Alta Luisiana. ¿Se había atrevido alguien a matar al gobernador de un disparo en la sien?
Todas aquellas aristas imposibles de franquear ocuparon la mente de Manuel lisa durante horas. Por un lado, no quería darse a sí mismo una importancia tal como para considerar que alguien pudiese haber asesinado a Meriwether Lewis con la intención de impedir que votase a favor de su inocencia en el caso de John Colter. Pero ¿y si esa persona estaba también al corriente de su conversación en el carruaje de Reuben? Por un instante, llegó a dudar del propio Reuben. Un escalofrío le haría sentir que bien podría haber ocurrido, que la familia Chouteau podría estar de algún modo involucrada en todo aquello, y que ahora, sin duda, alguien de su círculo privado ocuparía la silla de Lewis en la temporal Casa de Justicia.
—Santo Dios —susurró.
Se puso sobre la testa un sombrero y anudó al cuello su chalina con hombreras de piel de nutria. Dio unas vueltas en círculos por la pequeña habitación.
—Tal vez…
Finalmente decidió salir de la casa para caminar un rato por el muelle.
—¿Dónde vas? —preguntó Polly, asustada.
—Al muelle, tranquila.
—No me fío de nadie, Manuel. No te fíes de nadie.
—Está bien.
Los hombres iban y venían en el amarradero, cargando las barcazas o simplemente paseando sin rumbo. Entre todos ellos, como al margen del caótico gentío, estaba Manuel Lisa, con la mirada perdida y el rostro afligido. Es increíble pensar cómo un hombre dominante y capaz de sobreponerse a los obstáculos de cualquier territorio salvaje era al mismo tiempo incapaz de descifrar las intrincadas jugadas y estratagemas de aquella ciudad codiciosa.
—Lewis… ¿Qué es lo que has hecho? —murmuró una vez más como para sus adentros.
Lisa anduvo hasta el borde de su propio embarcadero, se subió a su vieja canoa de madera y observó pensativo el discurrir de las aguas sobre el Misisipi. Luego introdujo su mano en el bolsillo del pantalón y sacó de él la pequeña chapita metálica que semanas atrás había recogido del lugar en que Benito Vázquez había perdido la vida. Las tres iniciales seguían estando grabadas de forma nítida y profunda sobre el rectángulo de metal: «P. F.
C.».
—P… F… C… —dijo para sí mismo. Pero no fue capaz de sacar nada en claro.
Recortada su figura contra la luz de poniente, casi a sabiendas de poder ser el elemento principal de un cuadro, ataviado con su frac de paño negro, su chalina, su sombrero de copa y sus botas desgastadas, miró cómo se agachaba el sol entre los álamos. Manuel Lisa, la misma persona que no conocía la derrota al otro lado de aquellos bosques, estaba siendo consumido y vencido a este lado del río.
Una voz femenina invadió de pronto su discurrir.
—¿Qué le parece el paisaje? Creo que se trata la mejor vista de toda la ciudad.
Manuel Lisa guardó a toda prisa la chapa en el bolsillo de su pantalón y se volvió de inmediato, para encontrarse por sorpresa y contra todo pronóstico con la mirada cortante y desafiante de Mary Hempstead, la escurridiza dama que desde hacía unas semanas acechaba, curiosa —y sin miedo de ser vista—, los movimientos de mi tío. Hermana del abogado Edward Hempstead, Mary era una mujer de buena familia, y, sin embargo, al contrario que casi todas las señoras de alta cuna, no solía hacer el ademán de quitarse el guante de la mano y extender esta para que su interlocutor rozase con sus labios la piel de los dedos; es más, aquel día se limitó a dar un brinco para subirse sin previo aviso a bordo de la canoa de mi tío.
—Mary Hempstead, ¿en qué puedo servirla? —debió de preguntar Lisa con un rostro de sorpresa que, seguro, intentó disimular sin demasiada fortuna.
—Manuel Lisa. ¿A qué se dedica? ¿Medita acerca de lo bello de este mundo?
—No, señorita.
—¿Y qué hace un hombre reputado como lo es usted a estas horas en el muelle? ¿Planea darse a la fuga?
Imagino que la espontaneidad de la joven fascinaba de algún modo a mi tío.
—Más bien pienso en los muertos.
—Qué inspirador.
—Han matado al gobernador.
—¿Le han matado? Qué curioso. Yo había leído que se había suicidado.
El sentido del humor de Mary Hempstead era siempre de lo más particular. Aquel día vestía como casi todos, con un paño oscuro chapeado, un sombrero de ala corta sobre la bonita cabellera castaña y una delicada faja de color canela apretándole la cintura. La faja hacía juego con sus ojos, que, relucientes bajo aquella luz anaranjada, la hacían estar más bella que nunca.
—Usted y yo apenas hemos intercambiado palabras en dos o tres ocasiones —dijo Manuel— y, sin embargo, tengo la sensación de que hace días que nos sigue.
—No se anda con rodeos.
—No suelo.
—Me gusta.
—¿Entonces es cierto? ¿Nos está espiando usted por algún motivo?
—No diría tanto. Solo tengo curiosidad. ¿Daría conmigo un paseo? Tal vez así pueda explicárselo.
Manuel Lisa tardó varios minutos en aceptar la invitación de la señorita Hempstead. Luego sentenció:
—Paseemos.
Salieron del muelle por la pequeña playa que se formaba en al fondo del amarradero, justo donde arranca hoy la avenida Lewis, en honor al por entonces recién fallecido gobernador. A esa hora, los almacenes habían echado el cierre hacía ya varias horas y solo caminaban por las calles los protestantes que salían de la misa de ocho, como cada día. Dejaron atrás una tienda de jabones y una sombrerería, caminaron por Third Street y se sentaron a una mesita de madera que había en el único café al estilo francés
que podía encontrarse por aquel entonces en la ciudad, el Café de la Paix, un lugar acogedor con una terraza al aire libre situado junto a la iglesia.
—Es revelador que haya accedido a que nos sentemos al aire libre, siendo usted un hombre casado.
—No veo inconveniente alguno.
—Hay quien sí lo vería.
—No es mi caso, señorita. Me trae sin cuidado lo que piense la gente.
—Interesante. Así que el suicidio del gobernador es lo que le tenía meditando en el muelle —observó la dama con rostro serio mientras se acomodaba en su asiento.
—Meriwether Lewis era un buen hombre —respondió Lisa, grave y afligido, acompañando a Mary en la mesita baja adornada con un mantel amarillento.
—Sin duda, todos dirán que el mejor de los hombres, ahora que ha fallecido. —Se recolocó con disimulo la faja color canela y orientó la silla de modo que sombrero y pared hicieran de parapeto, tal vez para que nadie reparase en su presencia—. En cualquier caso, Lisa, permítame el atrevimiento: no es eso lo único que le hacía meditar.
—¿Cómo dice?
—Su muerte no le viene a usted nada bien.
Mi tío se detuvo unos segundos tratando de averiguar qué ocultaban los ojos color miel de aquella joven.
—¿Qué sabe Mary Hempstead de lo que me viene a mí bien y lo que no? —dijo Manuel finalmente, contrariado y removiéndose en su asiento pero luchando por no perder ni un ápice de su característico aspecto imponente.
El mozo apareció con una botella y un vaso de cristal. Sirvió a Manuel una copita de brandy. Una vez lo hubo hecho, Mary tuvo que pedir una para ella, de modo que pasaron unos minutos hasta que pudieron retomar su conversación con total intimidad.
—Estuve en el juicio —arrancó ella.
—Por supuesto.
—Lewis fue su ángel de la guarda. Los Chouteau van a por usted y a por su compañía, y tiene miedo de que algún amigo de Auguste ocupe
ahora el lugar de Lewis en el juicio que se avecina por la muerte de John Colter.
—Además de seguirme por la calle, por el muelle y en los juzgados,
¿piensa usted por mí?
—No, pero creo saber lo que piensa.
Manuel Lisa se impacientó. Dudó acerca de la lealtad de su acompañante y apuró la copa de brandy.
—Creo que nuestra conversación ha llegado a su fin. Tenga una buena tarde, señorita.
—¿Cree que el que mató a su amigo Benito Vázquez está detrás de lo de Lewis? —inquirió Mary, intrigada. Luego hizo un gesto con la mano pidiendo a mi tío que no se marchara.
—¿No dice usted que sabe lo que pienso? —respondió con sorna Manuel Lisa.
—Piensa que no. Que es imposible. Que debe de ser una coincidencia…
Pero al mismo tiempo le invade el miedo.
—No tengo ningún miedo a esos cobardes, señorita Hempstead.
—Por supuesto que sí. Si no lo tuviese, sería usted bobo. Desde que Luisiana dejó de ser territorio español, no posee la protección que necesita.
Pertenece a otros. ¿Conoce a mi hermano? —La pregunta sorprendió a mi tío, que trató de ganar tiempo de reacción ordenando con la mano al mozo que punieran dos nuevas copitas de brandy sobre la mesa.
—Edward Hempstead. Es difícil no conocerle —dijo por fin mi tío—.
Me han hablado de él a menudo, y tal vez en alguna ocasión nos hayan presentado. —Se recostó de nuevo sobre su asiento y se rascó la nariz con nerviosismo—. ¿Por qué lo dice?
—¿No decía usted que nuestra conversación había llegado a su fin?
—No sé adonde planea llegar. Tengo curiosidad.
—Mi hermano es un hombre despierto, Manuel.
—Eso me han dicho.
—No se le escapa una oportunidad de entender lo que le rodea, y, pese a su juventud, distingue como nadie a los hombres de esta ciudad. A menudo le invitan a las tertulias, ¿sabe? Eso cuando no las organiza él mismo, claro.
—Mary guardó silencio el tiempo justo para dejar que dos nuevas copas de
brandy fuesen servidas sobre la mesa—. Mi hermano ha seguido sus movimientos, Manuel.
—A través de usted, imagino.
—Hasta ahora era solo curiosidad. Leyó los artículos del Gazette en los que se decía que Manuel Lisa había viajado al noroeste y construido un fuerte en el curso alto del Misuri. En tierras de los crows.
—¿Y por qué le interesa a un abogado de tan distinguida familia lo que hayamos hecho nosotros al norte del Misuri?
—Esa es una buena pregunta.
—Y bien, ¿tiene respuesta?
—Siempre nos han interesado las tribus. Los indios en general.
Crecimos en Connecticut. Cerca de New London. Cuando yo no era más que una niña, mi padre nos llevaba en un carro inglés por un camino hacia el norte, hasta Massachusetts. Aún quedaban indios mohicanos por allí, al norte de Boston, conviviendo con los franceses. Sobamos observarlos con absoluta fascinación, si le soy sincera.
—Curiosidad.
—Así es.
Pasaron por la calle, frente a la terracita del Café de la Paix, dos jóvenes de buen aspecto ataviados con sombreros. Tras ellos, dos señoras cogidas del brazo con talle ajustado y falda hueca. Entre murmullos, Manuel Lisa y Mary Hempstead lograron discernir que hablaban de la muerte del gobernador Lewis. Por ello, solo cuando el grupo hubo pasado de largo, mi tío retomó la conversación.
—Sin embargo, hoy se ha acercado a hablar conmigo. Y aquí estamos.
¿Qué es lo que ha hecho que deje de ser todo mera curiosidad? ¿Acaso está interesado su hermano en invertir en nuestra compañía?
—Tal vez sí que sea tan inteligente como pretende aparentar.
—Pretendo serlo —respondió con aplomo mi tío al tiempo que observaba cómo Mary daba un pequeño sorbo a su copita.
—Mi hermano y yo estaríamos más que interesados en participar de la red de puestos comerciales que sin duda planea abrir en las Montañas Rocosas, y del comercio con las tribus. Al igual que lo estamos en saber si existe un paso fluvial al noroeste del continente. —Aquellas palabras
sorprendieron más que ninguna otra a Manuel Lisa, que, pese al desconcierto por el improvisado diálogo en el día que se había enterado de la muerte de Lewis, no pudo evitar sonreír y tratar de inferir si aquel era de verdad el objetivo final de la reunión.
—No sé de qué paso me habla.
—Está bien. Dejemos eso para otro momento…
—Si solo querían invertir en la compañía, ¿por qué han tardado tanto tiempo en reunirse con nosotros? —Mary se acercó a Manuel tanto que mi tío pudo oler sin esfuerzo el perfume que la joven llevaba puesto sobre la blusa.
—A la vista está que no es muy seguro apoyarle públicamente, Lisa.
—Entiendo…
—Cuando uno aprovecha bien sus orígenes en este territorio, organiza tertulias y encuentros e invita a ellos a las mejores familias de San Luis.
Empresarios, políticos, abogados. Sabemos que acostumbra a declinar las invitaciones a ese tipo de eventos, Lisa, pero seguro que sabe que tomando parte en ellos, como mi hermano hace, uno adquiere buena reputación. H
imagino que sabe mejor que nadie que la reputación lo es todo en el territorio de Luisiana.
El rostro de Manuel Lisa se iluminó, pues vislumbró de pronto lo que la menor de los hermanos Hempstead podría estar tratando de decirle.
Contuvo un segundo el aliento y leyó los ojos de su interlocutora con firmeza. Finalmente, fue la propia Mary la que confirmó sus sospechas.
—Mi hermano Edward va a ser elegido mañana para sustituir a Lewis entre los fideicomisarios de la ciudad.
De algún modo, aquellas palabras aliviaron de una manera descomunal a mi tío. En primera instancia quería decir que el puesto no sería ocupado por ningún allegado de los Chouteau. Pero además de eso, según lo que su propia hermana le estaba diciendo, Edward Hempstead parecía tener algún tipo de afinidad por los descubrimientos de la Compañía de Piel de Misuri, y aquello podría facilitar enormemente las cosas. Sin que hiciera falta aclarar la relación de ambos factores, Manuel Lisa arqueó las cejas, suspiró reconfortado y bebió el contenido de su segunda copita de un solo trago.
—Sería interesante conocer de primera mano a su hermano, señorita Hempstead.
—Sin duda, sería interesante.
—Sin embargo, como bien dice, habrá notado que la gente que toma partido por nuestra causa…
—… no corre la mejor de las fortunas en los últimos tiempos —
completó Mary, asintiendo vigorosamente y levantándose con cuidado de la pequeña sillita de madera—. Ya lo hemos contemplado. Por eso no es él sino yo la que observa quién acude sus juicios, Manuel. Y a los entierros de sus amigos. Y, por supuesto, la que deja que la inviten a un brandy en el Café de la Paix, a la vista de media ciudad.
—Con mucho gusto.
—Hemos de ser cautos, todo a su debido tiempo. Anímese, Manuel; sepa que no está solo en esta ciudad.
Doblaba ya la esquina Mary Hempstead, dispuesta a subirse a un coche caoba tirado por cuatro caballos que había aparecido con precisión junto a la terracita de Third Street. Corría al mismo tiempo yo mismo calle abajo, tratando por todos los medios de dar con mi tío. Nuestros caminos se encontraron apenas a unos pasos del Café de la Paix, cuando en un intento por esquivarla y por detener el ímpetu que me empujaba calle abajo acabé chocándome contra la mesita redonda de mantel amarillo en la que habían estado sentados ella y el propio Manuel Lisa. Una de las copitas de brandy se hizo añicos contra el suelo, y el estruendo del crujir de las sillas no fue capaz de mitigar el de mi propia caída. Fue mi tío el que me ayudó a ponerme en pie bajo la atenta mirada del mozo que limpiaba la loza, de la señorita Hempstead y de su cochero.
—¡Joaquín! ¿Qué estás haciendo?
—Manuel. Tío. Capitán.
La respiración fatigada apenas me dejaba convertir mis pensamientos en palabras.
—¿Qué haces aquí?
—¡Tienes que ver algo!
—Cálmate. Toma aire. —Mi tío puso una mano sobre mi espalda y me miró con un rostro entre extrañado e inquisitivo—. ¿Qué es lo que ocurre?
—Colter. John. —Suspiré profundamente y miré a los ojos de Manuel
—. John Colter está vivo.
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