Senderos salvajes

Santiago Mazarro · Capítulo 1 de 37

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Senderos salvajes

Primera parte: Abril de 1807 - enero de 1808

PRIMERA PARTE

ABRIL DE 1807 - ENERO DE 1808

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1

Un violín quebradizo llora desde hace días la muerte de un hombre libre.

Sus notas lanzan una melodía tan tenue que esta mañana apenas alcanzaban la orilla civilizada del Misisipí. Imagino que el difunto arrastrará siempre la fama de hombre feroz y extravagante, pero los que le conocimos no ignoramos que, ante todo, y digan lo que digan, don Manuel Lisa fue una buena persona. En realidad, por aquí todos le llamábamos «Manuel», o

«Capitán», por los años en que lideró la compañía de comerciantes más próspera de Norteamérica.

Lamento de todo corazón ser el último de nosotros con vida. Habría sido más fácil entender esta historia si la hubiese escrito cualquier otro.

Pese a ello, si estáis leyendo estas líneas, es porque, nada más volver de su sepelio, he decidido dejar constancia de quién fue Lisa y quiénes fuimos los que le seguimos.

Aunque español en origen, su verdadera patria fue siempre la frontera, y, con ella, cualquiera de los horizontes que visitamos los años en que hicimos del mundo indómito y salvaje nuestro auténtico modo de vida.

Manuel, que en paz descanse, admiraba la curiosidad frente al resto de las virtudes, y sabía hallar fortuna en la libertad absoluta que le confería su oficio. Tal vez por eso tuvo siempre la valentía de aventurarse en lo desconocido de nuestro continente; de soñar con un mundo nuevo.

Los primeros recuerdos que vienen a mi cabeza —y más ahora que en estas páginas trato de narrar cómo ocurrió todo— son de la primavera de 1807. Si cierro los ojos, casi puedo ver a Manuel esperándome en un pequeño banco de la ciudad de San Luis. Yo llegaba a caballo, tras cuatro

días de penurias que ahora no procede contar. Allí estaba él, manos en los bolsillos y rostro inquieto tras una chalina de paño grueso. La enorme espalda apoyada en el respaldo de roble. Las piernas cruzadas, la una sobre la otra. Recuerdo pensar que estaba en plena forma. Era un hombre imponente, bastante alto, fuerte y poseedor de unos penetrantes ojos marrones. Aquel día iba debidamente arreglado según la moda de la época: frac negro con cuello de piel y sombrero de copa, aunque el pelo negro enmarañado y las botas altas anticipaban en su aspecto costumbres más de campo que de ciudad.

Me acerqué. Se levantó lentamente. Pese a la voluptuosidad de sus patillas, no me fue difícil discernir que la herida fea que le recordaba en el cuello se había tornado en cicatriz. Pocos sabrán que se la hizo en la emboscada más famosa del año 1801, nada más arrancado el siglo. Una expedición de veinte españoles volvía exitosa a Nueva Orleans tras pasar el otoño cazando castores en el curso medio del río Misisipí. Al parecer, la niebla les hizo acampar en un lugar poco aconsejado, y los indios arikaras defendieron su territorio degollando, uno tras otro, a aquellos hombres cristianos. Que se sepa, solo dos lograron escapar a semejante barbarie.

Manuel Lisa fue uno de ellos. Cuentan que, en plena emboscada, se dejó caer bosque abajo, entre la maleza, esquivando los hachazos de los nativos.

Por pura fortuna encontró malherido a su hermano, escondido tras un arbusto. Retrocedió unos pasos, aupó el cuerpo sobre sus hombros y le convirtió así en el segundo superviviente de la velada.

Mi padre era aquel afortunado. Joaquín Lisa. Lo que convierte a Manuel en mi tío. Ambos fueron compañeros de incursiones durante muchos años; compartieron no solo un lazo de sangre, sino también una de esas hermandades propias de haber vivido cientos de aventuras juntos.

Desgraciadamente, mi padre murió al medio año, fruto del mal curar de sus heridas. Recuerdo el malestar que estas le provocaron durante meses y lo sorprendido que siempre me quedaba cuando le veía bromear con mi tío Manuel sobre arrancarse la costra de cuajo y echársela de comer a los cerdos.

Eran otros tiempos, que decía mi madre. Con ella, por cierto, me fui enseguida a vivir al presidio de San Antonio de Béjar, en la provincia

española de Texas. Allí pasé cinco años siendo mitad monaguillo en una misión católica y mitad sirviente en la casa de unos criollos que pocos respetos le guardaban ya al rey Borbón al otro lado del océano.

Aunque hoy día no me arrepiento, dudo mucho que, de haber conocido las actividades y compañías de mi tío Manuel en aquellos años, le hubiese ofrecido mis servicios tan a la ligera. Más aún teniendo en cuenta lo que acababa de ocurrirle aquella misma mañana. El caso es que, tras bajarme del caballo, le di un fuerte abrazo, y él me lo devolvió sin dudarlo ni un segundo.

—Joaquín, cuánto has crecido —creo recordar que fue lo primero que me dijo—. Siento mucho lo de tu madre. De haberme enterado, habría tratado de ir al entierro.

—Yo también me alegro mucho de verle, tío. Y le agradezco que me haya aceptado como ayudante.

Tanta desgracia junta os resultará abrumadora, pero la realidad es que mi pobre madre murió unos días antes del comienzo de esta historia —tras agravársele una gripe— y que yo me quedé sin empleo el mismo día que las tropas de San Antonio se marcharon a rendir cuentas al fuerte del Álamo.

No recuerdo si, harto de servir a desconocidos o deseoso de tener a mi familia cerca, robé un caballo más lento y flaco de lo que hubiera sido aconsejable para que me llevase directo a San Luis, lugar en que vivía mi tío Manuel como ciudadano estadounidense. Como sabréis, Napoleón le había comprado toda la Luisiana a España para tres años más tarde vendérsela a los Estados Unidos.

—¿Qué tal el viaje? —dijo mi tío, observando la montura escuálida que me acompañaba.

—Muy bien —mentí. Había sido un auténtico desastre.

—Has llegado el día esperado… y a la hora adecuada.

Manuel se mesó las patillas con calma y miró a su alrededor con un gesto de sospecha.

—Tío, de verdad, no sé cómo agradecerle… Pronto le permitiré ver que soy una persona responsable…

—Tranquilo. Es una buena noticia que estés aquí. Como digo, no podías haber llegado en mejor momento.

—Gracias.

—Tengo planes para ti. —No volvió a abrir la boca en un buen rato.

Manuel Lisa no era hombre de muchas palabras, ni mucho menos. Solo hablaba si era estrictamente necesario, y, cuando lo hacía, era para poner punto y final a un debate, pues poca gente le contradecía.

Subió a un caballo negro y robusto de un brinco y tiró de las riendas con agilidad. Yo hice lo propio para seguirle a paso ligero. Lisa era lo bastante conocido en San Luis como para que más de una persona en el camino parase el carro o la montura con el ánimo de concederle un saludo cortés.

La mayoría, sin embargo, parecía tenerle cierto respeto. Incluso me atreveré a decir que algo de miedo.

Avanzamos por un camino de tierra que muy pronto se convirtió en otro elegantemente adoquinado. Me avergüenza decir esto, pero otra cosa que me sorprendió nada más pisar la ciudad fue la actitud y la vestimenta de las mujeres, mucho más joviales y despreocupadas que en las ciudades de Nueva España, donde siempre andaban escondidas tras su misal y su rosario. En San Luis, los carruajes iban y venían con damas jóvenes que no dudaban en mirarte de pies a cabeza para concederte una sonrisa. El trajín era sorprendente para tratarse de una ciudad ubicada en tierra tan inhóspita.

Pronto me di cuenta de que estábamos dando extraños rodeos.

—Cuidado ahora. Acércate a mí —dijo Manuel con voz firme y segura

—. Bajaremos al río por la parte trasera; no quiero que nos descubran.

—¿Quiénes? —pregunté.

—Haz lo que te digo, Joaquín.

—¿Alguien nos persigue? —Pero no obtuve respuesta.

Muchos habréis oído hablar de la expedición de Lewis y Clark. Fue la primera llevada a cabo por estadounidenses con el objetivo de encontrar una ruta fluvial desde el Atlántico hasta el océano Pacífico. Pues bien, hacía apenas unos meses que Lewis y Clark habían regresado a San Luis, y los carteles de bienvenida aún podían verse bajo las ventanas de los edificios más próximos al río. Con el objetivo de reclamar la presencia estadounidense en el Oeste americano antes de que franceses, españoles o británicos pudiésemos hacer lo mismo, la campaña había sido un gran éxito.

Y si os cuento esto es porque me pareció curioso enterarme de que mi tío,

aun siendo español de nacimiento, había tenido un papel destacado en todo aquello. Conocedor en buena parte de los territorios del oeste —gracias a la experiencia obtenida como cazador e intérprete de los indios—, brindó a los estadounidenses un buen número de consejos, mapas y provisiones a cambio de que el nuevo gobierno de Luisiana le otorgase una sola cosa: la posibilidad de seguir comerciando con los territorios españoles de Texas y la Florida.

Apeados del caballo y casi a hurtadillas, como escondiéndonos de algo o de alguien, bajamos por el sendero adoquinado. A medida que nos acercábamos al río, el número de las calles iba descendiendo: 6, 5, 4…

Finalmente llegamos a una vía bastante larga en la que había un poste del que colgaba un gran cartel: «Second Street». Seguí de cerca a mi tío, mirando de reojo a los vendedores de carne de los soportales y a los jóvenes que jugaban a las cartas arañando los últimos rayos de sol frente al muro de una iglesia protestante. No escapó a mi atención un grupo de cuatro o cinco hombres que, observándonos desde lo lejos, intercambiaron susurros y palabras en un perfecto francés.

—Es aquí —dijo Manuel por fin. Su voz era áspera y ruda como ninguna.

Mientras atábamos mi caballo y el suyo a la parte trasera de su almacén, al otro extremo del pequeño jardín, desde una altura considerable y apoyado en la barandilla de madera, nos saludó mi primo Remón. Otros cabellos rubios y alborotados asomaban tímidamente entre los balaústres. Debían de ser los de su hermano.

Dieron las siete de la tarde en la torre de la iglesia. Y justo en ese instante, como si las campanadas hubieran definido con rigor la hora de llegada, subí con atino los peldaños de la casa, y antes de que pudiésemos hacer uso de la aldaba, la puerta se abrió de golpe. Mi tía Polly, a la que llevaba sin ver una eternidad, sonrió nada más verme y me dio un fuerte beso en la mejilla.

—Bienvenido, Joaquín. Siento mucho lo de tu madre. Ya sabes que ella y yo nos llevábamos bien.

—Gracias, Polly.

—Qué mayor estás… ¿Cuándo fue la última vez que nos vimos?

—En Nueva Orleans, hace al menos seis años —respondió mi tío.

Aunque hablaba español a las mil maravillas, su acento inglés seguía siendo inconfundible.

Polly Charles Chew, una viuda a la que Manuel Lisa había conocido años atrás en Nueva Orleans, era su mujer por aquel entonces. Tímida, amable y cariñosa, poseía unos preciosos ojos azules que combinaban a la perfección con una larga y ondulada cabellera rubia. No digo que no se quisieran, pero siempre tuve la sensación de que Polly le estaba más agradecida a mi tío que cualquier otra cosa. A fin de cuentas, Manuel Lisa se había hecho cargo de ella —y de su pequeña hija Rachel— tanto afectiva como económicamente en un momento de suma delicadeza para sus vidas en la capital. Con el paso de los años y tras su mudanza a San Luis, el matrimonio había hecho crecer la familia, trayendo al mundo a Remón y a Manuel, mis dos pequeños primos carnales.

—Te hemos preparado una cama en la habitación de Remón, en el piso de arriba —dijo Polly.

Creo que en aquel instante sonreí amablemente, le di las gracias por acogerme en su preciosa casa y seguí a mi tío hasta el salón, donde se encontraban los tres niños. Guardo de aquel momento un recuerdo tierno, de profunda calma y quietud. Los dos pequeños jugaban con un caballito de madera en torno a una mesa con la cena recién servida. Rachel, la mayor, leía junto a la chimenea. Cuando pienso en un hogar, tal vez por no haber tenido uno apropiado a lo largo de mi vida, viene a mí ese preciso instante.

Entré en la habitación y dejé en el arcón lo único que poseía: una camisa a rayas, ropa interior, unos calcetines bien gordos y un medallón de plata que solía cuidar como un tesoro, pues era lo único que conservaba de mi madre. Pocos minutos después, sentados a la mesa y tras haber ordenado lo poco que tenía, mi tío sacó una botella de vino tinto de un cajón, sirvió tres copas y extendió una hacia mí con cuidado. «Jerez Seco Selecto. Vino Andaluz», decía la etiqueta.

—Pruébalo, Joaquín. Un barco solía llegar cargado de barricas desde el puerto de Cádiz. Directo a Nueva Orleans. Tu padre y yo las subíamos en bote por el Misisipí y lo vendíamos aquí y en San Carlos. —Mi tío evocó

aquel recuerdo como si la llegada de su sobrino hubiese pellizcado de algún modo su memoria.

—¿Y ya no llega? —preguntó Rachel sin levantar la vista del libro que leía al mismo tiempo que cenaba.

—El vino que llega ahora es francés. Todo es francés. ¿Qué estás leyendo, Rachel? Seguro que también es francés.

Rachel sonrió, dio la vuelta a su pequeño librito y lo dejó sobre la mesa.

El título de la portada estaba escrito en inglés:

The Mysteries of Udolpho, a Romance; Interspersed with Some Pieces of Poetry.

Probé el vino. Estaba realmente bueno.

—Creo que la novela es inglesa. Pero la protagonista es francesa —

contestó Rachel—. ¿Tú sabes leer, Joaquín?

—Sí que sé —respondí orgulloso—, aunque no he tenido oportunidad de hacerlo muy a menudo.

—¿Cuántos años tienes?

—Veinte.

—¿Y no has tenido tiempo? No lo entiendo.

—Si Dios quiere, pronto leeré alguna novela. He oído que el Quijote de la Mancha es muy divertida. Mi padre tenía un ejemplar y solía recitar alguno de sus pasajes de memoria.

—No la conozco.

En las estanterías del salón había al menos dos o tres decenas de libros viejos. Los observé con calma. Luego hubo un breve silencio que sirvió a mi tío para medir sus siguientes palabras.

—Escucha, Joaquín. —Manuel lisa me miró firmemente—. Esta mañana, unas horas antes de que llegaras, ha ocurrido algo. Algo que cambia mis planes. Olvida la carta que te mandé: ya no me servirás en el muelle.

—¿Qué ha ocurrido?

—Pronto lo sabrás. —Sus manos inquietas delataban en él cierto grado de nerviosismo—. Muy pronto. Por el momento, quiero que descanses bien esta noche y que estés preparado. No vamos a estar mucho tiempo en San

Luis. —Asentí, acabé con presteza la sopa que Polly había preparado y apuré poco después la copa de vino. Escuché el coloquio posterior sin volver a abrir la boca. Luego pedí permiso para levantarme de la mesa y retirarme a mi nueva alcoba. Me tumbé en la cama. Una cama dura y rígida de madera sobre la que colgaban sábanas gruesas y amarillentas.

Aquella primera noche aprendí que Rachel, la hija adoptiva de Manuel Lisa, leía a menudo novelas de terror. Que Remón y el pequeño Manuel detestaban leer y preferían jugar con sus amigos en los canales del río.

Aquella noche, arropado ya entre mantas de piel, se me escapó una lágrima tras pensar un buen rato en mi pobre madre. No tuve tiempo de despedirme de ella, de poner en orden nuestros asuntos. Todo había sido tan precipitado…

Justo después escuché a Polly lamentarse. Fuera lo que fuese aquello que había ocurrido por la mañana y que tanto inquietaba a mi tío, preocupaba sobremanera a mi tía. Por el quicio de la puerta vi la silueta apenas iluminada por las llamas de Manuel Lisa. Se acercaba a su mujer para darle un abrazo. Sobre el torso descubierto, y para mi sorpresa, Manuel Lisa lucía un enorme tatuaje. Una forma oscura, geométrica y alargada sobre la que se cruzaban un par de flechas. Entiéndase que el impacto que me causó aquello fue debido a que, pese a que era común entre marinos y otras profesiones, solo en una ocasión había visto un dibujo similar sobre la piel, concretamente en el pellejo de un indio comanche al que llevaban preso los guardias de Santa Fe.

Cuando se hubieron separado, observé cómo él le mostraba a ella una carta hecha añicos que llevaba en el bolsillo.

—Lo haremos por nuestra cuenta —susurró—. No nos queda otra manera.

Arrojó los pedazos de papel al fuego y observó lentamente cómo se consumían.

—¿Sigues confiando en el dibujo?

—¿En qué dibujo?

—El mapa de Heceta.

—Por supuesto. —Manuel Lisa giró sobre sí mismo y apagó la pequeña lámpara de gas que iluminaba la estancia.

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