Senderos salvajes
Capítulo 16
16
Por unas horas, la soleada mañana del día siguiente contribuyó a alejar de nosotros el mal sabor de boca que nos había quedado a causa de la nueva acusación contra mi tío, esta vez por la desaparición de John Colter. Manuel Lisa salió a la calle con una decena de mapas y contratos bajo el brazo e inspeccionó con ahínco el ánimo que desprendían las calles de San Luis a medida que subía de camino a las oficinas de su recién creada compañía. En las tertulias y corrillos que se formaban cerca de los soportales de la iglesia protestante se hablaba de la buena temperatura a modo de introducción para rápidamente opinar y debatir sobre el juicio del día anterior. Casi todos coincidían en afirmar que el español, a su parecer bruto y terco como nadie, acabaría por pagar tarde o temprano la osadía de actuar siempre al borde de la ley. Aparte de eso, los más próximos a los Chouteau acusaban al gobernador Lewis de no haber votado en contra de Lisa por poseer su hermano un porcentaje de los beneficios de la Compañía de Piel de Misuri.
Para rematar, los que idolatraban al propio Lewis —y le tenían ya por un héroe nacional— eran incapaces de contradecirle a pesar de no tener tampoco en muy buena estima a Manuel Lisa, de modo que por lo uno o por lo otro el debate estaba servido.
Algunas damas, indudablemente recién venidas del este, probablemente de Nueva York o de Virginia, paseaban aquella mañana en carruajes descubiertos, protegiéndose del sol del verano con grandes y elegantes sombrillas. Con su llegada, pensé, los rasgos que algún día definieron a San Luis como una ciudad francesa o española se atenuaban a una velocidad vertiginosa.
Por mi parte, salí de casa algo más tarde, y acompañé a Diego de Goiri hasta la librería Jean-Jacques, de Third Street, por ver si el Gazette decía algo de la guerra en España. Poca cosa. Apenas unos renglones mal impresos en la cuarta página. Los ingleses habían entrado a todo trapo a ayudar a los españoles en no sé qué batalla que, por supuesto, había vuelto a ganar Napoleón.
—No pinta bien la cosa.
—¿Para quién?
—Para los nuestros —creo que dije.
Recuerdo que por entonces aún pensaba que los españoles eran los míos. «Los nuestros», solía decir. Pese a estar enamorado de una india omaha, nunca haber estado en la metrópoli y llevar más de dos años en los Estados Unidos sin noticias de Nueva España. De una Nueva España que, por cierto, y para remate de este otro asunto, estaba aprovechando la guerra en Madrid para más pronto que tarde levantarse y declararse independiente.
—No pinta bien —suspiró el vizcaíno—. Supongo que tu tío lleva razón. Solo cuando haya acabado la guerra podré pensar en volver a mi hogar.
Aquella frase me entristeció de un modo insospechado.
Diego de Goiri tema en España, en su Bilbao natal, a toda su familia.
Contaba también con amigos y con un empleo prometedor en la ciudad de Madrid. Pero ¿cuál era el hogar para mí? Unas cuantas historias sobre la valentía de mi padre, el recuerdo cada vez más borroso de mi madre y apenas seis nombres difusos de conocidos y primos lejanos repartidos por Nueva España. ¿Sería San Luis mi nuevo hogar? «Tal vez las tierras salvajes del oeste», pensé. En las que vivían los omahas. En las que vivía Mitain.
—¿Es posible no tener un solo hogar?
—¿Cómo dices?
—Da igual.
Paramos a desayunar en la pequeña casucha en la que, junto a las caballerizas de la iglesia católica —menos concurrida ya que la protestante
—, vivía mal alimentado el Manco desde hacía un par de semanas. El suelo
y las paredes crujían a cada paso, y a la pequeña mesa que sostenía nuestras tazas le faltaba una pata, que había sido sustituida por la rueda de un carro.
—Pues ya me veis, trabajando en la parroquia, con los feligreses. Echo una mano en todo lo que puedo. —Le gustaba hacer esa broma, por su apodo, aunque en rara ocasión tema gracia después de la segunda o la tercera mención.
—¿No te llega con el sueldo que te da mi tío? —pregunté.
—Ni por asomo. Y aunque así fuera…, hay por ahí una boca más que alimentar.
—¿Cómo dices?
—Un chiquillo.
—¿Así que son ciertos los rumores? —intervino Diego de Goiri—.
¿Tienes un hijo?
—No es que viva conmigo ni nada de eso. Pero prometí a su madre que la ayudaría pasándole algo de dinero todos los meses.
—¿Quién es la madre? —pregunté.
—Una preciosidad del burdel sin nombre que hay frente a las plantaciones. El edificio de la pared blanca.
—Santo cielo.
—La santa es ella por dejarme ir a verlo de vez en cuando.
—Lo tuyo es de asombro, amigo —dijo Diego.
—Qué le voy a hacer, naturalista. Es española. La única de su oficio que habla nuestro idioma por aquí. Y ya sabes mi mama de fornicar en nuestra lengua…
—¿Y has decidido expiar tus pecados trabajando para la parroquia? —
se burló De Goiri.
El Manco soltó una risotada y miró con recelo a través de las cortinas.
—Casi todos aquí —dijo el Manco en voz— más baja examinando el patio de la iglesia, —el padre O’Connor incluso, comentan que Lisa mandó disparar a Colter, y que a ver si pronto le meten preso. Yo, porque no lo he oído de su boca, de la del cura, digo, sino siempre de boca de otros, pero como le escuche un día y me pille con la turca o ande yo por casualidad de mala uva, le arreo una paliza y lo tiro por el pozo.
—Pero si no entiendes lo que dice… —respondí al tiempo que bebía un sorbo de un café agrio y pasado al que tuve que echar varias cucharadas de azúcar para poder tragar con disimulo.
—¿Cómo no?
—¿En qué idioma habla el sacerdote?
—En inglés. —Pausó un segundo sus pensamientos y siguió al cabo de un rato—: Habla rápido, la verdad. Creo que es de familia irlandesa. Pero no creas, recuerdo las lecciones de Weiser. En Nueva Madrid cogí mucho vocabulario, y aquí estoy, perfeccionando mi acento. A la que vea que entiendo medio bien a O’Connor y le pille inventando otra de esas, le arreo.
—Sonrió Diego de Goiri, intuyo que más complacido por la fidelidad del isleño hacia su viejo amigo Manuel que por cualquier otra cosa—. En fin, Joaquín, ¿cómo está tu tío? ¿Qué dice él?
—Animado. No esperaba lo de Colter… Pero dice que si eso se resuelve rápido y nos damos prisa, podremos partir en unas semanas, regresar al fuerte… Dice que esta vez alcanzaremos por fin el nacimiento del río Misuri e incluso puede que encontremos la ruta fluvial hasta el Pacífico.
—Sigue obsesionado con eso, ¿eh?
—Eso parece.
—Pues Dios te oiga: estoy deseando salir de esta ciudad.
—El viejo Vázquez se está encargando de todo. De elaborar los mapas, de fijar la ruta y de conseguir provisiones.
—¿Y tú qué? —me dijo el Manco. Luego cogió su guitarra de debajo de la silla en la que estaba sentado.
—¿Cómo que yo qué?
—Coño, Joaquín, tú estarás deseando ir, tienes allí a tu india. Bueno, a la india de tu tío Manuel, a la niña, ya me entiendes.
—A Mitain, sí.
Por un momento me quedé pensativo, dudando si seguir guardándome aquel sentimiento extraño para mí mismo o si, por lo contrario, era lícito que me desahogara delante de mis amigos. El Manco ya había empezado a improvisar una décima al tiempo que rasgaba acordes sueltos con las cuerdas de su guitarra. El cuento del pobre Joaquín, enamoradito de Mitain.
—La echo mucho de menos —dije por fin con timidez, a riesgo de parecer un blando, interrumpiendo la canción del isleño. Al ver que hablaba en serio, dejó de tocar y me miró con firmeza—. Es injusto lo que está pasando con ella. Con ella y con todos los omahas.
—¿Qué pasa con ellos? —preguntó el Manco. De Goiri se quitó el poncho, lo puso sobre el regazo, se cruzó de piernas y se acomodó contra el respaldo para escucharme con atención.
—Pelean con los siux por las tierras. Y mueren. Pero esas tierras son suyas, no de los siux.
—¿Cómo lo sabes?
—Me lo dijo Mitain…
—Las tierras no son de nadie, Joaquín. Esta ciudad ¿pertenece a los españoles? ¿A los franceses? No, pertenece a los Estados Unidos. En su día puede que perteneciese a una tribu como la de tu niña, pero al final siempre gana el más fuerte. Ya lo sabes.
—Puede que tenga sentido —interrumpió De Goiri— que una tierra pertenezca al que primero la habita. Pero para los indios, y entiéndeme, Joaquín, no quiero desilusionarte, esa lucha está perdida.
—¿Por qué?
—Por desgracia, los indios no cuentan.
—Ya, bueno, para mí sí que cuentan.
—Verás, te contaré algo. —De Goiri se incorporó lentamente, se acomodó sus anteojos sobre la nariz y encendió la pipa de madera tallada—.
Yo tenía poco más de veinte años cuando, bajo las órdenes del capitán Bodega y Cuadra, llegué a la isla de Nutka.
—¿Dónde está eso? —preguntó el Manco.
—En el océano Pacífico.
—Bien lejos.
—Al desembarcar, los marinos y yo nos encontramos con una bandera española ondeando en lo alto de un fuerte, llamado por todos «Fuerte de San Miguel». Así que todo parecía indicar que aquello era suelo español.
—¿Y no lo era?
—Resulta que los ingleses, vete tú a saber por qué, reclamaban que aquella porción de tierra era suya, así que enviaron en otro barco a su
capitán, George Vancouver, para dialogar con el nuestro y repartir las tierras de un modo pacífico. —Mientras narraba su historia, un ruido de sillas y alforjas por poco tira la pared de al lado, lo cual no impidió que nos desconcentráramos; es más, pusimos, si cabe, el doble de oído en lo que el vizcaíno nos contaba—. Por si eso fuera poco, unos días antes de que los nuestros y los ingleses se sentaran a negociar, la Compañía de Voluntarios Catalanes, que eran los españoles que desde hacía más tiempo vigilaban nuestro fuerte, avisaron de que, a unas pocas millas, unos rusos tenían un puesto comercial que llevaba décadas instalado, y, para nuestra sorpresa, nos enseñaron un mapa ruso que efectivamente reconocía aquella isla como suya.
—¿Qué ocurrió finalmente? —le pregunté.
—Para evitar la guerra, España acordó abandonar el Fuerte de San Miguel. Y aquella tierra recóndita pasó a ser británica.
—Menudos perros. Sucios. Ingleses de los huevos —interrumpió el Manco.
—A los rusos se les dejó seguir comerciando —prosiguió Diego—, e imagino que hoy día lo siguen haciendo.
—¿Y bien? —inquirí yo a sabiendas de que no era esa su conclusión final—. ¿Fue justo? ¿Quién tema razón?
—Maquinna.
—¿Quién?
—El rey de los nutkas, Maquinna. Como parte del equipo científico de la expedición, me tocó investigar todo sobre aquellos indios. Los nutkas llevaban cientos de años habitando esa costa, construyendo sus casas con madera de cedro y fabricando enormes canoas con raíces y cortezas. Incluso confeccionaban lanzas puntiagudas que ataban a cuerdas y con las que eran capaces de pescar ballenas inmensas. —Miró un segundo por la ventana y en un lento suspiro soltó el humo de su pipa, que amenazaba con apagarse
—. Lo que quiero decir es que cuando españoles, ingleses y rusos se repartieron aquella tierra, ni siquiera mencionaron en su conversación a Maquinna, el rey de aquel extraordinario pueblo que había ejercido de anfitrión en sus reuniones. No es que no fuese tomado en cuenta como lo que era, un rey, es que ni siquiera fue considerado un ser humano en la carta
por la que se estableció el reparto. Y creedme: pese a lo que os digan por ahí, los indios son seres humanos.
Entendí bien la moraleja. De Goiri me hacía ver que mi preocupación por Mitain y por el pueblo omaha era de una rareza e incomprensión absolutas en la tierra en la que estábamos. Aun así, no pude evitar encontrar una enorme diferencia entre su ejemplo y el mío.
—Pero en el caso de los omahas es distinto. Ellos luchan contra siux, no contra estadounidenses ni contra europeos: luchan contra otros indios.
—Joaquín, tras años de paz, Maquinna se vio obligado a invadir otras tribus vecinas, puesto que los británicos no les dejaron seguir pescando en el antiguo territorio de los nutkas. Tú mismo has dicho que los siux no pertenecen a ese territorio. ¿De dónde crees que vienen? ¿Quién los ha expulsado? Y, sobre todo, ¿quién les proporciona armas?
Era más que evidente que De Goiri era contrario a numerosas actividades que los hombres blancos realizaban en la frontera. Supo ver, con acierto, a mi juicio, ciertas actitudes que a día de hoy algunos denunciamos y que, sin embargo, en aquella época eran el pan nuestro de cada día.
Más tarde, salí a pasear por el muelle en solitario, comí en la taberna de Lautrec y desde allí me dirigí sin rumbo por la avenida del Misisipí, alejándome de las casitas blancas y de los almacenes comerciales para encontrarme poco a poco con las grandes fincas que los plantadores de tabaco y algodón habían abierto a las afueras. Por lo menos una docena de negros trabajaba de sol a sol en cada una de ellas. Pasé por delante de la casa georgiana del señor Calloway, en cuyos campos se cultivaba también el cacahuete, y al cabo de unos minutos descubrí que estaban levantando dos enormes mansiones de estilo francés en la ribera del río, justo delante un camino serpenteante que acababa en St. Genevieve. Aunque los dueños
—los hermanos Murray— aprovechaban con astucia los canales naturales del caudal, habían encomendado a sus esclavos construir alguno adicional.
Observé desde la valla los esfuerzos ímprobos de los esclavos negros por lograrlo, hundiendo la azada con fuerza en la tierra una y otra vez, siguiendo las indicaciones constantes y agitadas de los gemelos.
De pronto, una mujer apartó la pala con la que retiraba la tierra mojada y me miró fijamente. Sus ojos eran dos soles apagados, perdidos, casi moribundos en un rostro de una edad incalculable. Permanecimos unos instantes con la mirada encontrada, yo de un lado de la valla y ella del otro.
Acto seguido esgrimió una mirada hacia uno de los capataces, y sin concederme una despedida, siguió cavando con presteza. El capataz, a su vez, había recibido órdenes de los gemelos, que con un bastón en ristre y desde lo alto de una elevadísima mecedora blanca hacían señales con las manos, indicando en qué dirección querían que horadaran sus negros aquella tierra inabarcable.
Enseguida entendí cuáles eran sus intenciones.
Crecer. Crecer hasta el mismo río y llegar hasta la carretera. De ese modo no desaprovecharían ni una sola porción de aquel terreno inmenso que, si no me equivoco, acababan de adquirir de una familia española.
Crecer para prosperar. Prosperar para medrar. Medrar para seguir creciendo. Y de forma infinita.
El ascenso constante era el destino natural de todos los hombres que habitaban aquella ciudad. A costa de los esclavos negros que cultivaban las plantaciones. Del mismo modo que lo harían en el valle, río arriba, a expensas de las tierras que pronto robarían a los indios. Era injusto.
Una semilla de rebeldía luchaba por germinar en mi interior. Una idea en su forma más pura, desprovista aún de toda coraza, pero firme y sincera.
Insuficiente, en cualquier caso, como para impulsarme a centrar mis fuerzas en dicha causa. Al fin y al cabo, ¿qué se podía hacer, si el nuevo presidente del país, James Madison, que había sustituido a Jefferson hacía apenas un par de meses, era, sin ir más lejos, el reconocido propietario de un millar de esclavos negros?
Un violín llamó de pronto mi atención; volví la vista atrás y observé cómo a unos pocos pasos una mujer joven, hermosa y de cabellos rebeldes tocaba furiosamente el instrumento en las escaleras de la mansión Hempstead. Me acerqué con disimulo y, apoyado en la pared de piedra, le escuché acariciar las cuerdas con el arco. Aquella fue la primera vez que vi a Mary Hempstead.
La melodía, probablemente escrita por algún célebre compositor europeo de aquellos a los que ella idolatraba, era hermosa y apacible, pero por algún motivo la interpretaba de un modo intrépido, absolutamente feroz.
Podría detenerme aquí. Contar mil cosas sobre Mary, hablaros de su pasado y, sobre todo, de su futuro, pero sobre ella volveréis a leer todo tipo de anécdotas a lo largo de esta historia. De hecho, para no irme por las ramas, lo que creo que debo contar ahora es que fue en ese momento del día, mientras observaba a Mary tocar el violín bajo un sol que amenazaba con esconderse, cuando un carro se acercó a toda prisa por el camino adoquinado y se detuvo ante mí de golpe.
Abrió la puerta un hombre moreno, de mediana edad, que aderezaba camisa blanca y portaba un sombrero bajo el brazo.
—¿Joaquín Lisa? —Era estadounidense.
—Soy yo —respondí en inglés.
—Soy Reuben. Reuben Lewis. Sube, tu tío te está buscando. Está muy preocupado. —Sabía que Reuben, además de hermano del gobernador, era socio de Manuel Lisa en la nueva compañía, de modo que no puse pegas a su demanda. Concedí una última mirada a la violinista y subí al carruaje de un brinco. Para mi sorpresa, en su interior estaba también George Drouillard, mirando por la ventana a través de las cortinas, pálido como un hueso, con la melena suelta y desaliñada tapando sus enormes pendientes ovalados.
—George.
—Hola, Joaquín.
—¿Qué ha pasado? —le pregunté.
—¿No te has enterado? —musitó él con un gesto preocupado.
—¿Enterado de qué?
—Han matado al viejo Vázquez.
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