Senderos salvajes
Segunda parte: Septiembre - octubre de 1809
SEGUNDA PARTE
SEPTIEMBRE - OCTUBRE DE 1809
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Más de un año después de su muerte, el recuerdo limitado y azaroso de Fang, el perro del señor Colter, persistía en las páginas roídas y maltrechas del diario de viaje del naturalista Diego de Goiri. Un dibujo fiel, algo desproporcionadas las patas, pero nítido e inmortal en la trigésima página de sus Observaciones naturales y antropológicas de la expedición de Manuel Usa entre 1807y 1808.
Varios meses después de haber realizado aquel dibujo, en septiembre de 1809, De Goiri seguía siendo un hombre alto y delgaducho, de mirada sincera y sonrisa sempiterna a pesar de los no siempre afortunados avatares del destino. Manuel Lisa había estrechado con él, más, si cabe, una de esas amistades perennes y duraderas que con frecuencia eran capaces de omitir hasta el diálogo. A menudo se juntaban en la casa de mi tío para debatir e intercambiar libros, periódicos y opiniones acerca de pasadas y futuras incursiones en territorio salvaje. Precisamente aquel día jugaron al ajedrez en el salón, y mientras tanto, conversaron afablemente.
—Ayer recibí por fin una carta de mi maestro. De Mociño.
—¿Desde Madrid? —preguntó mi tío.
—No. Desde Montpellier, en Francia.
—¿Está con Napoleón?
—En absoluto. Conociéndole, lo dudo mucho. Pero me temo que la guerra en España ha sacado lo peor de nuestra gente. Le acusan de traidor y de afrancesado.
Aquellos días, España libraba una guerra de independencia contra las tropas de Napoleón, y las noticias que nos llegaban a San Luis eran siempre
tardías e imprecisas. De Goiri le arrebató a Lisa el alfil con el caballo. Las piezas de ajedrez se movían ágiles sobre el cuadrado, del mismo modo que lo hacían los peones españoles en Madrid, Sevilla y otras tantas ciudades europeas del otro lado del océano, tratando de defender a un rey cautivo y cobarde en el otro extremo del tablero.
—Le responderás, imagino, ahora que ya sabes por qué no recibía tu correspondencia en la capital.
—Así es. Debo hacerle llegar mis descubrimientos. Jaque.
—Y después ¿te irás?
—No puedo irme a un país que sigue en guerra. No sé nada de mis padres. Ni de mis hermanas. A menudo pienso en ellos, ¿sabes? —Una breve pausa dejó advertir el sonido de una torre ajusticiada—. Con suerte lograron salir de Bilbao antes del saqueo. No, no puedo ir. Madrid entera está tomada por la Grande Armée. Solo puede uno atracar en Sevilla o en Cádiz. E igualmente están asediadas. Cuando la guerra haya acabado, entonces ya veremos. Jaque mate.
—Maldita sea, condenado alfil… Cómo he podido dejar de verlo…
Se levantó Manuel Lisa, merodeó por la estancia con el semblante serio, como casi siempre, y miró por la ventana un largo rato. Sabía que los motivos de Diego de Goiri para desear volver a España eran varios, pero por encima de todos ellos destacaba uno que no había mencionado, uno al que raramente se atrevía a hacer alusiones, y, cuando lo hacía, era de un modo ambiguo y tormentoso. Con el paso del tiempo entendí que el vizcaíno mantenía una relación prohibida con un hombre madrileño. Una de esas relaciones entre hombres que la iglesia tilda de sodomitas y que por poco que sea uno alguien relevante le ponen a remar en galeras o le plantan directamente en el exilio. Manuel Lisa sabía lo suficiente acerca de aquella historia como para entender que, aunque no lo mencionase, Diego deseaba más que nada poder regresar a Madrid y comprobar si aquel hombre seguía con vida.
—He tomado una decisión, Diego. Pero para poder llevarla a cabo necesito que te quedes en San Luis. Al menos una temporada.
—¿Qué decisión?
—Me gustaría que fueses parte de la compañía.
Aquello sorprendió a De Goiri, pues no esperaba bajo ningún concepto que mi tío le hiciese tal ofrecimiento. Desde el regreso de la expedición, ocho meses atrás, el éxito comercial y la enorme cantidad de pieles adquiridas habían permitido a Manuel Lisa fundar la que él mismo bautizó como la «Compañía de Piel de Misuri», conocida generalmente con su nombre en inglés: « Missouri Fur Company».
La propia compañía estaba dirigida por mi tío, pero habían decidido unirse a él numerosos comerciantes, a saber: Andrew Henry, Reuben Lewis
—hermano de Meriwether Lewis, colíder de la famosa expedición de Lewis y Clark— e incluso el propio William Clark. Aquello había permitido a Lisa ganarse una reputación considerable, que naturalmente pronto generó envidias y rencores entre los sectores de San Luis que habían quedado fuera del acuerdo.
—No sé qué decir. ¿En qué forma podría ayudarte? Con la compañía, me refiero.
—Necesito aliados dentro del negocio, Diego. Y de nadie me fío más que de ti. Eres inteligente, has estado al servicio de grandes hombres.
Conoces bien a las personas, conoces sus ambiciones. Y eres un gran amigo. —Tales palabras, sorprendentemente salidas de la boca de mi tío, animaron a De Goiri muchísimo, instantes antes de infundirle una especie de vértigo.
—No conozco bien todos tus asuntos, Manuel. Me da miedo decir que sí y luego no poder cumplir con mi tarea.
—La parte relativa a la sede, aquí en San Luis, corresponderá a Clark.
Tú vendrías conmigo. Mi propósito es volver a Fort Raymond dentro de un mes, para subir aún más, llegar a los afluentes que hay al norte. Más allá del Yellowstone. Construir un nuevo fuerte en tierra de los mandans, y desde allí encontrar el paso fluvial hasta el Pacífico, dar con el lago de Heceta. Tú podrías seguir con tu investigación…
—Los ingleses que trampean en las Rocosas no han encontrado ningún paso.
—No han navegado por el Jefferson. Están demasiado al norte.
Diego se encogió de hombros, dubitativo.
—No sé, Manuel.
—Europa está en guerra, y aquí tenemos tanto por hacer…
—No hay noticias del fuerte desde hace meses.
—En esta ocasión llevaremos para ti algún que otro ayudante. Y un dibujante, por qué no.
Los ojos del vizcaíno brillaron en la estancia como la luz de un candil.
Como siempre, Manuel lisa guardaba con recelo sus planes para un buen día soltarlos de sopetón.
—Sigues creyendo que daremos con la conexión fluvial. Que llegaremos al Pacífico.
—Dejaremos pasar el invierno si es necesario y buscaremos el lago en primavera.
—¿Y si el mapa y las notas de Heceta se equivocan?
—En tal caso, haremos crecer el fuerte y las rutas comerciales en nombre de la compañía.
—¿Y qué hay del juicio? ¿Te permitirán volver? ¿Sin más?
—Benito Vázquez ya está planeando la ruta. Se lo he comentado a Drouillard, y parece estar decidido a trabajar con nosotros después de que se haya celebrado el juicio. Apuesto a que más de uno querrá usar el litigio para retenernos aquí, maniatados, pero, lo quieran o no, la compañía subirá por el Misuri en las próximas semanas.
Desde su regreso a San Luis, miradas críticas de empresarios, comerciantes y políticos de la Alta Luisiana no habían dejado de acechar a Manuel Lisa. No solo a él, de hecho, sino también a todos y cada uno de sus acompañantes. No tardó en difundirse el incidente ocurrido con Antoine Bissonet, en el que el propio Drouillard tuvo que seguir las órdenes de mi tío y disparar al francés por haber roto sus estrictos códigos de conducta.
Manuel y Diego departían unas horas antes de que se celebrase en la provisional Casa de Justicia el pleito por la denuncia que la hermanastra de Bissonet había interpuesto contra George Drouillard y Manuel Lisa.
Cualquiera que conozca el funcionamiento de la pequeña y corrupta ciudad de San Luis, entenderá de inmediato que Joséphine Bissonet, una viuda con escasos recursos económicos y que apenas conocía a su hermanastro, se animase a denunciar a Manuel Lisa solo tras haber recibido
el apoyo incondicional del abogado Abel C. Trébuchet, detrás de cuya C
mayúscula se escondía el apellido Chouteau.
—Auguste Chouteau y su hermano estarán molestos mientras podamos seguir operando río arriba —dijo Manuel—. Habrían preferido verme regresar de la expedición en un puñetera ataúd.
—Eso te asusta.
—Me preocupa que a través del juicio consigan confiscar nuestros mapas, toda nuestra información.
La avaricia de los poderosos. El verdadero miedo de mi tío. Su única y recurrente pesadilla.
—Estas semanas he oído que otra empresa planea hacerte la competencia. ¿Por qué no llegan los Chouteau a un acuerdo con ellos y se olvidan de nosotros?
—Tal vez ya lo hayan hecho —sospechó Manuel—. La American Fur Company de Nueva York. La dirige un tal John Jacob Astor. Un alemán.
—¿John?
—Su verdadero nombre es Johann. Se ha cambiado el nombre, pero dicen que su acento le delata.
—¿Y dices que se ha unido a Auguste?
—Lo llevan todo con un secretismo pasmoso. Podría haber diversificado su actividad. Podría estar operando en Nueva York y al mismo tiempo haber encargado a los Chouteau que controlasen sus negocios en el Misuri y el Pacífico.
—Podría ser… —arrancó De Goiri dubitativo—. En cualquier caso, mañana en el juicio irán a por vosotros, Manuel, con todo su arsenal.
Intentarán quitarte por la ley lo que hace un año no lograron arrebatarte ahí fuera.
Lisa volvió a mirar por la ventana. Polly regresaba a casa en aquel mismo momento, así que subió los escalones del pequeño porche de madera e hizo uso de la aldaba tocando en dos ocasiones. Mi tío la ayudó con las dos cestas que traía y Diego de Goiri se levantó para saludarla derrochando, como solía, cordialidad y buenos modales. Se sentaron luego los tres en torno a la mesa del salón y se sirvieron tres tazas de té, dejaron la tetera en el centro de la mesa y quitaron el tablero de ajedrez. Manuel y Diego
sacaron su pipa, sacudieron la cazoleta y la llenaron de tabaco. Cuando hubieron acabado, la mujer de mi tío se retiró de la mesa dejándolos de nuevo a solas. Una situación típicamente civilizada que jamás hubiese ocurrido en Tonwantonga, donde hombres y mujeres a menudo discutían de los asuntos importantes por igual.
—¿Se lo contaste? —susurró entonces De Goiri.
—¿A Polly? ¿Si le conté qué?
—Lo de la boda con la mujer omaha. Con la hija de Ontopanga.
—Sí, claro que se lo dije. Y no le ahorré detalles. La verdad es que no hay nada que ocultar.
—¿A qué te refieres?
—La chica y yo nos casamos por pura formalidad…
—Ya, claro, pero aun así…
—No pasamos ninguna noche juntos. Si es a lo que te refieres.
—Ah. ¿No? —El vizcaíno miró sorprendido a su viejo amigo, se recolocó con mimo los anteojos y las arrugas de su rostro se acentuaron al tiempo que fumaba de su vieja pipa de madera. Manuel sonrió, se recostó sobre su mecedora y dejó escapar mi nombre entre los labios.
—¿Joaquín? —Los ojos perplejos y la sonrisa sincera de De Goiri hicieron que mi tío asintiera y soltara una risotada al tiempo que se balanceaba—. Ahora lo entiendo. Qué callado se lo tenía… ¿Cómo se llamaba? La mujer omaha.
—Mitain —dije de pronto, dándome cuenta de que lo había pronunciado con un tono de voz lo bastante alto como para interrumpir de golpe la conversación que ambos mantenían en el piso de abajo. Posé con cuidado la pequeña libreta que sostenía entre mis manos y me quedé por un momento contemplando el papel de flores rosas que adornaba la pared.
—Baja, Joaquín. Maldito bribón, ¿cuánto tiempo llevas escuchando ahí arriba?
Bajé las escaleras despacio y saludé con afecto a Diego. Luego tomé asiento en una silla y me serví lo que restaba de té en una de las tacitas limpias que quedaban en la repisa.
—¿Cómo va esa cicatriz? —me preguntó—. Permíteme que le eche un ojo.
—Mejor. Apenas supura.
—No dejes de limpiarla.
—¿Volveremos este mes, entonces? ¿Pasaremos por Tonwantonga? —
pregunté mirando a mi tío.
No respondió. De Goiri sostuvo entre sus manos los anteojos y apretó la mirada como tratando de encontrar algo en la cicatriz que recorría mi pierna.
—Está cicatrizando bien, Joaquín. Anda, vuelve a contarme la historia de cómo te la hiciste, a ver si entiendo algo. —Se reclinó sobre la silla de madera tallada y dio un sorbito a la taza de té.
Cómo narrar de forma verosímil un episodio que ni yo mismo soy capaz de creer… Pese a ello, aquel día, y después de que echase un ojo a mis cicatrices, se lo volví a contar a Diego de Goiri. No sería la última vez. En repetidas ocasiones salpiqué con partes de la historia a todo aquel que quiso prestar su oreja para escucharla. Intuyo que pocos la creyeron, y los que de verdad lo hicieron ya descansan bajo tierra.
Las imágenes se amontonan en mi cabeza de forma azarosa ahora que pretendo ordenarlas en estas líneas de una vez por todas. El cuerpo inerte de Fang. Los gritos moribundos de Colter. La nieve en lo alto de la ladera. Los aullidos furiosos e irregulares de una enorme partida de guerreros. La urgencia de la muerte, que me obligó a ser temerario en lo alto de aquel risco…
No recuerdo si llegué a considerar la distancia a la que podía estar del suelo. Pero recuerdo el salto, cerrados los ojos, las manos pegadas a las caderas. Me tiré montaña abajo. Y aterricé.
Un latigazo fuerte en las dos piernas se convirtió en el dolor más exquisito que uno pueda sentir, pues si nos duele algo es que estamos vivos, y mal asunto es el caso opuesto. Rodé un rato por la ladera. Hundí las rodillas en la nieve, sentí la cara ensangrentada y escuché a lo lejos los lamentos de los indios pies negros. Me puse en pie. El espesor de la nieve era tal que bien podía haber caído por un nuevo acantilado. Anduve todo lo deprisa que pude, haciendo un esfuerzo por alcanzar pronto la espesura del bosque y pensando solo en esconderme. En salir de allí pronto. En ponerme a salvo.
—Estoy vivo —recuerdo haber musitado durante horas—. John Colter ha muerto.
No sé ahora cuánto tiempo corrí entre los árboles, supongo que hasta que mis piernas me fallaron. Entonces rodé cuesta abajo y caí, mala fortuna la mía, en una grieta profunda y húmeda.
La oscuridad me invadió de pronto, y a duras penas observé que de la pierna me manaba un reguero de sangre que teñía de rojo la nieve. No logré moverme. El cuerpo paralizado. La piel congelada. Cuando llegó la noche, cerré los ojos, y el frío me consumió hasta los huesos.
Desperté moribundo, en aquel agujero putrefacto excavado por el hielo y el viento en el declive de la montaña. Traté de trepar, pero mis piernas no soportaban mi propio peso al levantarme.
—Ayuda… Por favor —susurré.
Nadie podía oírme. Creo recordar que el sol de la mañana me calentó de nuevo el pecho, los brazos y los dedos de los pies. Intenté trepar de nuevo y eso fue aún peor, pues caí desde una distancia considerable e impacté de bruces contra el suelo profundo de la grieta. Tratando de frenar el golpe, me hice un daño terrible en las manos. Pasé allí al menos otro día entero. No recuerdo mucho más. Sé que la sed y el hambre se pegaron a mi alma y tirité hasta perder la conciencia de mi propio ser.
—¿Y entonces? —interrumpió De Goiri.
Su pregunta me trasladó de nuevo al salón acogedor y tranquilo de la casa de mi tío. Sonreí y me encogí de hombros, intentando pellizcar cada detalle en mi memoria.
—Olor a carne, a tripas.
Mi mente regresó al frío de aquella grieta. Un hedor a carne cruda me hizo despertar. La luz cegadora de la mañana inundaba con su brillo todo lo que había a mi alrededor, así que tardé varios minutos en poder discernir dónde me encontraba. Cuando conseguí entreabrir los ojos, vi mi cuerpo lleno de sangre. Coloqué mi mano sobre mi vientre y la aparté de nuevo toda roja y pringosa. Del susto traté de correr.
Tras ver que no podía moverme, miré alrededor. Comprobé con absoluto asombro que me hallaba en el interior de una enorme criatura. Un
bisonte, muerto, tendido en el suelo, abierto de arriba abajo y con la mirada inerte. La sangre que recorría todo mi cuerpo no era mía, sino suya.
Alguien me había metido allí dentro, vaciando de tripas al animal y colocándome a mí en su interior, imagino que con la intención de que permaneciese caliente y a resguardo de la intemperie. Oí un cántico. Una voz aguda y alegre en el interior de mi cabeza. Y la vista se me nubló.
Pensé en mi madre. En Manuel Lisa. En las ganas que tenía de volver a ver a Mitain.
Lo siguiente que recuerdo es el rostro envejecido y arrugado de una mujer india, dándome de beber con una especie de tinaja de cerámica y cantando tras una humareda descomunal. Llevaba un vestido marrón de ante y un collar que tenía dientes de animal. En su boca, en cambio, no habría más de tres piezas.
—¿Quién eres? —pregunté.
Luego introdujo unas hojas machacadas y secas en la enorme herida que, al parecer, recorría mi frente de arriba abajo. Entré y salí de un extraño sueño durante al menos otros dos días. Tal vez más. Soñaba con mi madre, con su pelo negro y sus ojos verdes, con su voz dulce y con la necesidad de volver a casa. Pero también con cielos estrellados, con árboles de ramas rojizas, y aunque parezca mentira, con ardillas y culebras que corrían desorientadas sobre campos de ceniza y praderas humeantes.
En los momentos de vigilia, llegaba a vislumbrar un cazo con agua y un cuchillo con cuentas de colores. Y humo. Muchísimo humo a mi alrededor.
A lo lejos, siempre, la silueta de la mujer india que murmuraba, cantaba, reía y me ofrecía comida de vez en cuando. Recuerdo también un caballo negro. El trote irregular de la montura sobre la nieve. Nos detuvimos. Volví a sentir entonces el frío de la nieve. Cuando volví a abrir los ojos, solo hallé un montón de cabezas pálidas abrigadas con pieles de animales muertos.
Rostros preocupados, familiares. Miradas sorprendidas de volver a verme con vida, aunque fuera con ese aspecto.
—¿Es Joaquín?
—¿Cómo es posible? ¿Quién le ha traído hasta aquí? ¿Dónde está Colter? Joaquín, ¿qué ha pasado, dónde está John Colter?
—¡Traed mantas!
Ladeé la cabeza y reconocí las siluetas del Manco, de Drouillard y de Manuel Lisa. Suspiré.
—¿Dónde? —fue lo único que logré verbalizar—. ¿Dónde estamos?
—Estás en el fuerte, Joaquín —respondió mi tío—. Descansa.
Cerré los ojos y respiré aliviado. Una lágrima recorrió mi rostro.
—Gracias. Muchas gracias.
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