Senderos salvajes
Capítulo 13
13
El día que se cumplían siete meses desde nuestra salida de San Luis corrió el whisky en Fort Raymond, pero a John Colter y a mí se nos prohibió beber una sola gota. Habían circulado rumores, se habían escuchado comentarios acerca de la planificación por parte de Manuel Lisa de una doble expedición hacia el oeste. Una partida subiendo el curso del río Yellowstone. La otra, haciendo lo mismo con el Bighorn. Tal vez, pienso ahora, además de encontrar tribus amistosas, pretendiera en esas expediciones dar con algún afluente que subiera hasta el lago de Heceta.
Observé el documento que exponía los planes de Lisa. Había sido colgado con esmero en la pared interior del fuerte. Weiser, que llevaba una turca de ordago, se acercó hasta allí, y me pidió que se lo tradujera.
—Habrá un par de incursiones… para cartografiar los dos ríos… —le dije en un malísimo inglés.
—¿Tú irás?
—Eso dice.
Una carcajada brotó de su interior y el licor le manó de entre los dientes.
Se limpió la barba con la manga de la camisa.
—¿Morirás?
—Confío en no hacerlo.
—Si mueres, me quedo con tu parte —creo que me dijo.
El Manco relevó a Weiser cuando el estadounidense se alejó de allí rumbo al salón principal.
—No le hagas ni caso, Joaquín —me dijo, y colocó una mano sobre mi hombro—. Si mueres, yo me quedo con tu parte.
Pese a que Ontopanga me había dicho que los crows —los indios que habitaban la zona— serían amistosos, ambas rutas me parecían en cierto modo peligrosas. Aun con ello, la apatía, el aburrimiento y el frío nos habían hecho a todos soñar con ser los elegidos para salir de una vez por todas del fuerte, en el que llevábamos cerca de doce días encerrados por una intensa nevada. Es más, antes de eso, habíamos pasado otro mes allí metidos. Y es que Fort Raymond había llamado la atención de los mandans, una tribu pacífica de indios que durante treinta días intercambió pieles con Manuel Lisa y ayudó a la compañía a identificar el paso de manadas de bisontes en las inmediaciones del puesto.
—Este lugar será recordado durante años —dijo Vázquez mientras proponía un brindis a los presentes—. Este fuerte será la insignia de esta compañía. Hay más de cuatrocientas pieles de bisonte empaquetadas en ese almacén. ¡Manuel Lisa ha construido este puñetero palacio, y nos ha hecho a todos ricos!
He de matizar que en el plano de lo olfativo, el palacio del que hablaba el Viejo más tenía que ver con una cuadra que con cualquier otra construcción. El hedor a resina de pino se había difuminado ya con el del almizcle grasiento de las pieles frescas y el de los barriles amontonados que contenían generosas raciones de salmón y bacalao en salazón. A todo ello, por supuesto, había que sumarle la incapacidad de ventilar la estancia mientras durase la tormenta.
—¡Brindemos también por los exploradores! ¡Al carajo con el mapa!
¡Que traigan mujeres! ¡Que no se les ocurra volver con las manos vacías!
—gritó Arturo.
El documento de mi tío era claro. Aquel 5 de diciembre, al tiempo que el almacén del último piso de Fort Raymond era oficialmente inaugurado, se decidió que John Colter fuese el responsable de cartografiar para la empresa de Lisa el curso alto del río Yellowstone, del mismo modo que se decidió que un servidor fuese su ayudante. Partiríamos de inmediato, al día siguiente, y por ese motivo a ninguno de los dos se nos permitió celebrar con alcohol la apertura definitiva del puesto comercial.
Era la primera hora de la mañana de un lunes. Amanecimos al alba, nos ataviamos con toda la ropa de abrigo de la que dispusimos y esquivamos el retumbar de los ronquidos provenientes de la buhardilla que compartíamos con los isleños. Desde la tercera cabaña seguimos el rumbo que Fang nos marcaba unos pasos más adelante, siguiendo por la empalizada hasta el establo.
Partimos tan temprano que no hubo tiempo de despedidas. Miré para atrás, hacia el cristal cubierto de vaho de Fort Raymond, y creí ver a mi tío vigilando nuestros primeros pasos desde la ventana. Dos banderas colgaban de la empalizada. Una tema dos bandas rojas a los lados y otra amarilla en el centro. Al parecer, la insignia con la que el reino de España surcaban los mares era la misma que habían empezado a izar, en los últimos años, los soldados españoles en fuertes y destacamentos. Junto a ella ondeaba con la brisa de la mañana una bandera de los Estados Unidos, teñida a rayas blancas y rojas y con un rectángulo azul en su esquina superior. Sobre el añil habían sido cosidas con mimo quince estrellas blancas de cinco puntas, una por cada estado de los que, en 1808, conformaban el país.
Me monté en el caballo y tiré de las riendas dándome la vuelta, despacio. Me detuve un segundo en el cerco nevado que los tipis de los omahas habían dejado sobre el terreno justo antes de marcharse.
—¿Volver a vernos? —me había dicho Mitain.
—Sí, claro. Volveremos a Tonwantonga después del invierno, antes de ir a San Luis. ¿Lo entiendes, Mitain?
—¿Volver?
—Volveré.
El recuerdo del beso secreto con el que nos habíamos despedido aquella noche de principios de noviembre distrajo mi atención por un instante.
— C’mon, Joaquín, wake up —me dijo Colter.
El primer día cabalgamos durante horas, siguiendo siempre el curso del río. De cuando en cuando, el perro se adelantaba y echaba un vistazo entre las copas de los árboles, con unos ojos alegres y traviesos que brillaban como el oro líquido. John y yo tratábamos de entablar algún tipo de conversación. Lo lográbamos formulando frases cortas y concisas, frases que, por supuesto, incluían español, inglés y un lenguaje de signos que
fuimos inventando sobre la marcha. También nos descifrábamos gracias a un tipo de comprensión mutua, de esa que solo experimentas cuando compartes una responsabilidad con alguien el tiempo suficiente como para entenderte sin necesidad de verbalizarlo todo en exceso.
John Colter era un hombre honesto, de sangre fría y temperamento calmado. Mantenía como norma general un tono grave y tranquilo, y era capaz de estar alerta solo cuando era necesario. La gran barba larga y rubia y los cabellos también dorados le hacían poseedor de un aspecto entre lo místico y lo salvaje. Con alguna que otra dificultad, acabé por entender lo que me respondió cuando le pregunté que dónde había nacido. Treinta y tres años antes en el estado de Virginia. Jamás había vuelto. Ahora su home era el oeste. Vivía con su perro en la frontera, sin muchas normas, con pocos horarios, free, libre. « This place. Buen lugar», me dijo.
Hizo un frío espantoso aquella primera noche. Tanto, que casi habría echado de menos Fort Raymond y su pestilente hedor si no hubiese dispuesto de Tonwantonga en la memoria. Pensé en una hoguera cálida y apacible, en una cabaña de madera. Casi vi a Mitain en ella, esperándome, dispuesta a cobijarse conmigo entre una decena de mantas, aguardando indiferente que el mundo se derrumbase fuera mientras nos tuviésemos el uno al otro.
Escuché un ruido entre las ramas cercanas y eché mano de mi fusil. «No es nada. Algún ratón». Con el transcurso de los meses me había vuelto precavido y el instinto había hecho mella en mi forma de entender la naturaleza salvaje del curso alto del Misuri. Supervivencia, no cobardía. No quería morir allí. Quería vivir. Para correr nuevas aventuras. Para ayudar a los omahas. Quería volver a ver a Mitain.
—Puede incluso que…'tengamos un hijo —susurré.
Al segundo día, Fang mordió el cuello de una nutria y la dejó malherida en la orilla del río Yellowstone. Decidimos rematarla con el trinchete y compartir su carne con el perro, que instantes después bebió de un charco y se tumbó a dormir bajo los árboles. Al tercero, nevó un poco y algunas partes del río amanecieron congeladas por la mañana. Colter hizo un agujero en el hielo, se desnudó y se metió de lleno en el agua gélida. El grito que dio debió de oírse más allá de las Montañas Rocosas.
Yo me atreví a hacer lo mismo el cuarto día, justo después de contemplar durante un rato uno de los paisajes más hermosos que he podido presenciar en mi vida, y es que sobre un bosque de robles nevados salpicados con cerezos de Virginia se alzaba la que años más tarde los franceses bautizarían como «Cordillera Tetón». Al quinto día, cabalgamos durante muchas horas, cazamos una ardilla, ascendimos por el borde de una cascada y vimos un alce al que dejamos ir, pues era demasiado joven y escurridizo, y, la verdad, teníamos comida de sobra.
Al sexto día, a medianoche, nos encontramos por fin con indios crows.
El primero en sentir su presencia fue Fang, que ladró durante varios minutos, despertándonos a los dos. Entonces me incorporé, y vi media docena de figuras ensombrecidas escondiéndose entre unos matorrales.
—¡John! —Dejé el rifle en el suelo, y John Colter debió de pensar que era buena idea, porque hizo exactamente lo mismo nada más levantarse.
Permanecimos un largo rato quietos, mirándonos los unos a los otros.
— Let me see…
John Colter avanzó hacia ellos, tranquilo, sin su rifle, con una sonrisa tenue dibujada en los labios. Les hizo un gesto para que se acercasen a él, y ellos obedecieron de inmediato. Parecían vacilantes, curiosos. Eran niños.
Seis niños crows y una única mujer adulta, enjaezada con dos trenzas largas, un vestido repleto de dientes de ciervo y unos mocasines negros.
Colter se quedó quieto y dejó que fueran los niños los que, bajo la atenta supervisión de la mujer, se acercaran a él y le rodearan por completo.
Tras un intercambio de risas y juegos, subí a hombros a una de las niñas. No tendría más de cinco o seis años. Ella rio a carcajadas, y tanto la mujer como nosotros mismos respiramos aliviados y contentos de que aquel encuentro se hubiese desarrollado de un modo tan cordial y divertido.
—Nuestro fuerte. Aquí. Nuestro fuerte —le dije.
Le entregamos a la mujer un improvisado mapa con la intersección de los ríos Yellowstone y Bighorn. Sobre él, había un pequeño dibujo de Fort Raymond. Le hicimos también señas con la mano para indicar la dirección en la que estaban nuestros compañeros. Ella asintió con la cabeza y más tarde, como si de una aparición fantasmagórica se hubiese tratado, desapareció entre los árboles sin dejar rastro. Nunca supe si fue aquel
encuentro o el azar lo que en las siguientes semanas llevó a varias decenas de indios crows a comerciar con Manuel Lisa en el puesto comercial. Antes de irse, la mujer, con seriedad en el rostro y vehemencia en sus palabras, nos habló de lo que encontraríamos a continuación siguiendo el curso del río.
—Dice que no vayamos. Que no sigamos hacia delante —susurré.
Colter, que había entendido lo mismo que yo, asintió con la cabeza y se encogió de hombros justo después de que la mujer se hubiese ido.
Al día siguiente apenas habíamos avanzado una hora a caballo cuando entendimos a qué se refería.
Me cuesta elegir las palabras. Ni siquiera años después de haber visto aquello por primera vez sabría describirlo con exactitud. El caso es que a medida que cabalgábamos junto al río, el bosque de pinos fue muriendo poco a poco, y una sensación extraña se adueñó del ambiente. Lo primero que percibimos diferente fue el olor. Un extraño aroma bañaba todo el paisaje, un tufo a pólvora, veneno y óxido.
Después, el propio río se movió en todas las direcciones, emitiendo un feroz sonido que provenía de lo más profundo de su ser. Aquello me dejó boquiabierto. Sorprendió del mismo modo a Colter y a Fang y, por supuesto, a los caballos, que enseguida tuvieron miedo y escondieron la cabeza entre las patas, y cuando los obligamos a seguir, se agitaron y se encabritaron, y no nos quedó más remedio que continuar a pie y llevarlos cogidos de las riendas. Nada más apearme de la montura, percibí en el suelo un tono pálido. Unos pasos después, una costra blanca y polvorienta que se extendía, bulliciosa, ante nosotros proliferó en todas las direcciones.
Una especie de fuego ardía bajo la tierra. Como si un espíritu incandescente abrasase árboles y plantas e hiciese que el agua saliese hirviendo a la superficie escupiendo furiosos chorros de vapor. Fang ladraba y gemía asustado, escondiéndose a cada instante bajo mis piernas. Un escenario como aquel le hacía a uno preguntarse si algún espíritu de los indios había permitido tal desorden natural, o si, por el contrario, era el mismísimo diablo el que estaba detrás de aquella magnífica y sobrecogedora aberración. La respuesta se presentó por sí sola cuando, desconcertados, avanzamos un poco más entre los troncos desnudos de los
pinos carbonizados. Un mar ondulante y ocre repleto de árboles muertos se extendía ante nosotros, y al final de él, una humeante boca que era azul, verde y amarilla se hundía en lo más profundo de la tierra. Del otro lado de la niebla que formaba aquella forma extraña y monstruosa, una decena de bisontes nos miraban con desdén. Sin saber por qué, del más absoluto asombro, las lágrimas se me amontonaron en los ojos, y no pude hacer nada por disimularlo.
—¿Qué es este lugar? —conseguí decirle a John aun a sabiendas de que no entendía mis palabras. Colter se limitó a tartamudear unas cuantas veces, a dejarse caer al suelo abrumado por todo aquello y a responder, finalmente, una sola cosa:
— Hell.
Infierno.
Tan rápido como pude, saqué un papel de mi costal y comencé a dibujar todo lo que veían mis ojos. Las terrazas ocres y blancas. Las grietas humeantes. Los árboles torcidos, moribundos. Mi intención no era otra que la de enseñar aquellas ilustraciones —malas e inexactas, pero ilustraciones, al fin y al cabo— a Diego de Goiri, pues pensaba que si había una persona en el mundo capaz de entender lo que veíamos, sería él. Luego cogí de mi canana el saquito verde en el que solía guardar la pólvora, cargué mi rifle con lo poco que quedaba y, cuando ya estaba vado, prendí un puñado de aquella arena humeante que había bajo nuestros pies y la introduje en su interior. Un rato después la costra blanca que se extendía por el suelo y el agua hirviendo se acabaron de forma abrupta y dieron paso a una llanura salpicada de bosquecillos de pinos.
Más hacia el sur, cuando los caballos volvieron a tranquilizarse y hubimos cabalgado durante unas horas para salir de aquel terreno infernal, encontramos el lago Yellowstone.
—Descansemos aquí un rato —dijo Colter en inglés.
Esa tarde, frente al lago, Colter y yo nos echamos en el suelo cómo solíamos hacer, meditando con paciencia, en silencio, dejando que la brisa fría del invierno zumbara en nuestros oídos. ¿Conocería Mitain aquella tierra? ¿Acaso sus dioses, y no el nuestro, reinaban en aquel valle? Pensé en los espíritus del fuego y el cielo. En las llamas azules de Tonwantonga y en
los hombres del cielo de Omaha que bailaban las noches de verano en torno al Umo ‘ho ‘ti. ¿Conocerían ellos aquel territorio espectral en el que Colter y yo habíamos estado? ¿Era acaso real? «Un atributo de lo infernal es, al fin y al cabo, la irrealidad», comencé a pensar…
—No es por aquí —dijo Colter en inglés.
—¿El qué?
Obtuve respuesta, pero no logré descifrar lo que decía. Al intuirlo, John cogió un palo y dibujó sobre el terreno el discurrir del río. Al final de la línea, esbozó una cruz y negó con la cabeza.
—El paso que quiere encontrar tu tío. No está aquí —entendí entonces.
Asentí.
—Tal vez… —cogí otro palo para indicarle la dirección— sea más al norte.
—No sé…
—En el propio nacimiento del río Jefferson…
—¡Joaquín! —John me miró asustado, soltó el palo y señaló el horizonte incorporándose lentamente. Desde el otro lado del lago, una gigantesca nube de polvo se arremolinaba, salvaje, para luego esfumarse entre los árboles. Pero aquello no eran espíritus. No eran fantasmas infernales ni extraños fenómenos naturales, sino el rastro polvoriento de un centenar de indios espoleando furiosamente a sus monturas.
—¡Santo Dios! —exclamé—. ¿Son crows?
John Colter metió todo lo que había sacado en el hatillo y me hizo un gesto serio y cortante. Corrimos.
Subimos a nuestros caballos en un santiamén y cabalgamos hacia el norte a toda prisa. Bajo mi cuerpo, sentí el ímpetu del caballo rompiendo a correr, y solo entonces miré atrás. Colina arriba cabalgaban bajo la nube de polvo un montón de corceles. Sobre ellos iban jinetes armados.
—¡Huyamos! ¡Deprisa! —chillé. Volví a mirar. Fang nos seguía a toda velocidad. Tras él se acercaba, amenazante, un ruido ensordecedor de gritos y alaridos; aullidos agudos que emitían los guerreros. Nos habían visto partir e iban demasiado rápido. Pese al frío, muchos de ellos llevaban el pecho descubierto y sus largas melenas ondeaban en el aire ataviadas con
plumas de colores. Llevaban la piel pintada, por lo que Colter y yo no tuvimos duda de que se trataba de una partida de guerra.
—¡Rápido, Fang! —El perro, que se había quedado atrás, logró alcanzarnos a los pocos segundos. Mi caballo ascendió a duras penas por un risco siguiendo a la montura de John.
De repente, otro buen número de indios nos cortó el camino por delante, y no nos quedó más remedio que frenar en seco derrapando y resbalando en lo alto de un cortado nevado y puntiagudo.
—Estamos rodeados. —Tragué saliva. Temamos un precipicio a nuestra espalda.
— Blackfeet —dijo Colter, que aunque en español quiere decir «pies negros», en aquel momento no lo entendí. Supe, no obstante, que más de cien indios nos rodeaban contra una cornisa nevada y plagada de aristas.
Pensé que de difícil manera viviríamos para contarlo.
Comenzó a nevar con fuerza en lo alto de aquel peñasco. Un guerrero joven y menudo, poseedor de una larga trenza oscura, se colocó frente a nosotros con el ceño fruncido y una lanza en ristre.
—No somos enemigos —conseguí decir, pero nadie entendió mis palabras.
Eran demasiados. Es bien posible que aquellos pies negros estuviesen yendo a la batalla y nos encontraran por casualidad en aquel momento de la mañana. Tal vez fuesen cazadores. En cualquier caso, no parecían tener ninguna gana de pasar por alto la oportunidad de rebanarnos la cabeza.
John Colter sacó su rifle, lo cargó y me lo dio a toda prisa mientras cargaba el mío. Al ver lo que hacíamos, los indios gritaron alarmados, y el guerrero de la trenza respondió a su llamada espoleando a su caballo hasta haberlo puesto a galope directo contra nosotros. Cuando se hubo acercado lo suficiente, se agachó y asomó su lanza sobre la cabeza del animal, dispuesto a arrojárnosla en cualquier instante. Colter apoyó mi rifle en su hombro y aguantó la respiración siguiendo con el cañón la trayectoria del jinete.
El sonido del disparo hizo eco en las montañas cuando solo un palmo de distancia le separaba de nosotros. Miré hacia atrás y vi que el caballo era el único que seguía su rumbo y frenaba en seco para no caer por el barranco.
El jinete indio había dejado de serlo, y permanecía inmóvil tendido en el suelo con un charco de sangre brotándole del cuello.
Tras un pequeño silencio, todos los demás pies negros comenzaron a gritar de nuevo. Me di cuenta de que cada vez nevaba más y más fuerte. La sangré se me heló de inmediato. Me temblaban las piernas.
—Atento, Colter —susurré.
Dos nuevos jinetes indios se acercaban a galope con un arco entre las manos.
Levanté el rifle. Antes de que Colter pudiera decirme nada, yo ya había disparado contra uno de los arqueros, al que acerté en la pierna y logré derribar del caballo. Cargué el arma a toda prisa. Una nueva bala salió del rifle que John sostenía con fuerza, silbando junto a mi oído e impactando sobre la masa homogénea que formaban los guerreros. Por los gritos furiosos de los presentes, debió de haberle atinado a alguno. Vi al jinete al que antes había derribado arrastrarse hacia nosotros. Disparé contra él, pero no logré hacer blanco y la bala se hundió en la nieve. Fue Fang el que nos salvó de su ataque, mordiéndole el rostro con fiereza. Colter, por su parte, consiguió atinar en el pecho al segundo arquero a caballo instantes antes de que este hubiese podido dispararnos.
Cinco indios más, que fueron cuatro cuando Colter me quitó el rifle y le acertó a uno en la cabeza, salieron a galope hacia nosotros, pero dos de ellos se resbalaron con la nieve e hicieron que los otros dos tropezaran con sus caballos.
—¡Sí! ¡Bien hecho! —grité nervioso.
El caos se apoderó de aquel risco, y cuando creí que no había nadie capaz de alcanzarnos, una nube de disparos brotó de entre los copos de nieve e impactó contra mi caballo, que perdió el equilibrio por completo.
Balas. Aquellos indios acababan de disparar una decena de rifles.
La nieve fría golpeó mi cara y luego mis rodillas a medida que rodaba ladera abajo. Me giré y vi a Colter forcejear con varios indios, tendido en el suelo, gritando e insultando a todos los que osaban acorralarle. Otros tantos disparos sonaron a mi espalda. Coloqué mi fusil sobre el cuello del caballo, que yacía abatido en la nieve, pero lo único que pude ver por la mira del
cañón fue el cuerpo también inerte y sin vida de Fang. Una de las balas había atravesado su cabeza y lo había matado al instante.
Me quedé paralizado al ver aquello. «Qué muerte tan injusta», pensé.
Detrás de su cadáver, un buen número de pies negros cargaban sus rifles y otros tantos corrían hacia nosotros levantando hachas y cuchillos por encima de sus cabezas.
El viento aullaba y estábamos atrapados, con el precipicio a las espaldas y una muerte segura ante nosotros. John Colter dejó escapar un grito de intenso dolor. Estalló un disparo que pasó junto a mi cabeza y se perdió en la lejanía. «No quiero morir aquí —pensé—. No puedo morir. Mitain».
Solté el rifle, cerré los ojos y salté al vacío.
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