Un corazón traidor

Marion Marquez · Capítulo 1 de 19

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Un corazón traidor

Primera parte

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No se ama a alguien porque es perfecto, se ama a pesar del hecho de que no lo es.

JODI PICOULT

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PRIMERA PARTE

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1

Ashleigh bajó las escaleras de su nuevo hogar mientras miraba todo a su alrededor y se asombraba del nivel de abandono de la casa. Cuando habían llegado la noche anterior, todo estaba muy oscuro y ella demasiado nerviosa como para reparar en nada más que no fuese la presencia de su flamante esposo, lord Brookshire.

Ahora, con la claridad de la mañana, era imposible ignorar el deplorable estado del que se suponía que sería su hogar. O mejor dicho: que era su hogar. Se había casado con Parker, convertido en lady Brookshire y, por ende, en la señora de la casa.

Pero ese lugar era simplemente espantoso. El trabajo que tomaría adecentarlo para poder recibir visitas sería arduo y agotador, algo a lo que ella no estaba acostumbrada y que no había esperado tener que hacer durante su luna de miel.

¿Y dónde estaba el personal?

A su arribo nadie había salido a recibirlos y Parker había abierto con su propia llave.

«¡Su propia llave!».

Esperaba que no pretendiera que ella también cargara con una cada vez que saliera de casa.

¿Qué clase de sirvientes tenían que no estaban allí para abrirles la puerta cuando llegaban? En la casa de su padre el personal habría salido a recibirlos fuera la hora que fuese… su mayordomo jamás habría cometido un error de tal envergadura porque, de hacerlo, se quedaría sin trabajo de inmediato.

Parker aún dormía después de lo que Ash consideraba que había sido una noche maravillosa para los dos. Su esposo se había quedado con ella y dormido en la misma cama, algo que, creía, era una clara señal de lo enamorado que estaba.

Esa mañana, a pesar de saber que debería quedarse en la cama hasta que él decidiera que era hora de levantarse, la joven no había podido permanecer más tiempo acostada. Había estado muy ansiosa por empezar a recorrer la residencia y familiarizarse con las habitaciones para decidir los cambios que haría en cada una y escoger cuáles serían sus dominios personales.

También tenía que escribirles a sus padres y a su mejor amiga, Emmeline.

A los primeros para asegurarles que había llegado muy bien, que el viaje había sido muy tranquilo y que su esposo era el mejor hombre que pudiese haber escogido como tal. Y a Emmie para contarle todo sobre su primera noche como mujer casada. Emmeline, ahora marquesa de Thornehill, había hecho lo mismo con ella —aunque siendo Ash una dama soltera por esa época no debería estar al tanto de nada de eso— por medio de las largas y numerosas cartas que le enviaba desde su casa solariega, donde se había asentado con el marqués y pasaba la mayor parte del año.

Otra tarea urgente de la que tenía que ocuparse esa mañana era encontrar una nueva dama de compañía: la suya no había podido acompañarla y necesitaba ayuda para cambiarse y vaciar los numerosos baúles que había llevado consigo.

Con el pelo suelto y solo una bata que le cubría su camisa de dormir, caminó por el salón después de bajar las escaleras y miró a su alrededor

pensando en todos los cambios que haría.

—Lo primero que necesitamos es una nueva alfombra —comentó para sí y arrugó la nariz al ver lo desgastada, sucia y descolorida que estaba la actual—. Y definitivamente deshacernos de esos tapices de las paredes.

¿Cuánto tiempo llevan allí? ¿Cien años?

Tenía mucho trabajo por delante, pero era el sueño de toda mujer recién casada restaurar por completo y a su gusto el hogar de su esposo.

Recorrió todo el salón y tomó un pasillo largo sin saber adónde la llevaría, preguntándose dónde se hallaban todos los sirvientes. Si a esa hora del día aún estaban en la cama, era fácil comprender por qué la mansión se hallaba en ese estado.

Al primero que despediría sería al mayordomo, decidió. Él tenía que ser el principal culpable de todo ese desorden, pues si no daba las órdenes adecuadas el resto del personal no sabría qué hacer… ante sus ojos estaban los resultados.

Al final del pasillo, encontró una habitación que en algún momento parecía haber sido una cocina, pero que ahora se encontraba completamente vacía. No había ni personas ni tampoco enseres. Si ya no se utilizaba, ¿por qué no le habían asignado otro uso? ¿Por qué no la mantenían limpia?

Pero lo más importante ahora era: ¿dónde estaría la nueva cocina? Se sentía famélica, no había comido nada desde el banquete de su boda y de eso ya había pasado casi un día.

Un mejor servicio les habría tenido lista una comida caliente cuando llegaron la noche anterior o, al menos, les habrían llevado a su habitación el desayuno esa misma mañana.

Su estómago hizo un sonido extraño, reclamándole su necesidad de alimentarse y Ash empezó a divagar. Se dijo que quizá había tomado el camino incorrecto al salir de su cuarto y terminado en un sector de la casa que estaba en desuso.

Ese pensamiento era perfectamente lógico y justificaba que no hubiese

nadie más allí.

«La cocina tiene que estar en otra parte», pensó. Y si regresaba a la habitación que compartía con Parker, de seguro se encontraría con un desayuno delicioso y caliente esperándola.

—Sí, eso es —dijo en voz alta y se levantó el dobladillo del camisón antes de girarse y salir disparada de la cocina en dirección a su cuarto.

¿Qué pensarían los sirvientes de su nueva señora si se enteraban de que andaba vagando sola por los pasillos deshabitados?

Se dio prisa en subir las escaleras, y cuando llegó a la habitación, agitada y cansada, se encontró con que la cama estaba vacía.

Inmediatamente dio un respingo.

Miró hacia todos lados y halló a Parker de pie junto a la ventana sin zapatos, con unos pantalones y el torso desnudo.

—¡Ay, Dios mío! —gritó abriendo los ojos como platos para luego cubrírselos con una mano—. ¡Perdón, perdón! No sabía que estaba desnudo, milord.

La respuesta de su esposo tardó en llegar y lo hizo a modo de carcajada mientras se volvía hacia ella y comenzaba a acercarse.

—¿Desnudo? Querida mía, abre los ojos, no estoy desnudo. Y, por favor, tutéame. ¿Cuántas veces tengo que repetirlo? —pidió poniéndole las manos sobre los brazos.

—¡Claro que sí! Te faltan la camisa y los zapatos. Puedo ver… todo de ti

—balbuceó Ash con toda la extensión de su piel roja por el arrobo y la mano aún sobre los ojos.

—Eso no quiere decir que esté desnudo, mírame. Eres mi esposa, es completamente normal que me veas así; anoche tenía mucho menos que ahora y no me dio la impresión de que me encontraras desagradable.

Las mejillas de Ash adquirieron una tonalidad colorada aún más fuerte al descubrirse los ojos.

—¡Mi lord! —exclamó escandalizada—. No debemos hablar sobre eso.

—¿Por qué no? —inquirió él, divertido.

—Porque me avergüenza —declaró la joven parpadeando y llevándose una mano al pecho.

Todavía risueño, Parker se inclinó hacia ella y la besó en los labios.

—Muy bien, cariño. Discúlpame —susurró acariciándole la barbilla—.

¿Dónde estabas? Te escapaste de la cama, cuando me di la vuelta solo me encontré con las sábanas frías.

Ash hizo una mueca.

—Salí a explorar, pero no encontré a nadie. Creo que deambulé por la parte equivocada de la casa. Estaba buscando a algún sirviente para que nos prepare el desayuno —murmuró mirando con desilusión la mesa vacía a pocos metros de ellos—. Sé que no debería decir esto, pero me muero de hambre, ¿tú no?

La expresión del conde cambió de forma radical y se volvió muy serio.

—Sí… —comentó contrariado—. Sobre ese tema…

—Tus sirvientes son muy descorteses, Parker. ¿Qué clase de mayordomo tienes que no salió a recibirnos y no puedo encontrarlo por ningún lado? Y

nadie ha venido a preguntarnos si necesitamos algo —planteó perdiendo la vergüenza a causa del enojo.

—Bueno… —intentó decir él, pero Ash lo ignoró.

—¿Y te has dado cuenta de que no cumplen con su trabajo? La casa es un desastre… esa parte que he recorrido hace un momento no debería estar en tan malas condiciones por mucho que no la utilicen. Mi padre ya los habría despedido a todos por semejante falta de respeto. ¿Crees que lo hacen porque eres el nuevo conde? Dijiste que hacía mucho que no hablabas con tu padre, tal vez…

—No, Ash. —La cortó, mareado por la cantidad de palabras que podían salir de la boca de su esposa en tan poco tiempo. Ella guardó silencio enseguida y lo oyó atenta, con esa expresión de niña confundida que ya le había visto otras veces antes—. Lo que sucede es que en esta casa no hay

sirvientes, ni mayordomo, ni jardineros… no tenemos a nadie… no hay nadie, en suma, al margen de nosotros.

Ash se rio como si se tratara de una broma hilarante.

—Qué divertido eres, esposo —musitó con ternura tomándole las mejillas con las manos.

Él sonrió apenado. No había creído que fuese tan duro tener que darle semejante noticia.

—No es broma, querida. No tenemos sirvientes, mi padre los despidió porque no tenía dinero para pagarles. Hablaba en serio cuando dije que dejó a mi familia en la ruina, vació las arcas por completo.

Ash se quedó muda, sumida en una conmoción profunda.

—No tenemos a nadie —repitió, parpadeando y por si acaso, volvió a hacerlo pero en forma de pregunta—. ¿No tenemos a nadie? ¿No tenemos ni un solo sirviente?

—Me temo que no, Ashleigh.

—¡Oh, caramba! —exclamó con una risita nerviosa—. Eso sí que es un problema.

—Entonces no hay cocina nueva… —murmuró Ash para sí misma cuando iban bajando las escaleras—. Ni desayuno caliente esperándonos en alguna parte.

—¿Qué cocina nueva, cariño? ¿De qué estás hablando?

Ella soltó un suspiro cargado de pena y siguió bajando los escalones mientras se levantaba el camisón para no tropezar.

—Nada, olvídalo. ¿Y qué vamos a desayunar sin nadie que nos cocine, Parker? ¿No habías pensado en eso? Voy a desmayarme en cualquier momento.

El aristócrata sonrió a su esposa para intentar darle ánimos y brindarle seguridad.

—No te preocupes, ya pensé en eso hace varios días —repuso mirando a

su alrededor ya sin asombrarse por el deterioro de la casa. Él también se había sentido horrorizado la primera vez que había puesto un pie allí tras muchos años de ausencia, pero el pasar de los días y la esperanza de que todo mejoraría pronto le habían permitido que dejara de hacerlo.

La condujo a la cocina, que era la misma que Ash había confundido con una reliquia y le ordenó que se sentara en unas desgastadas banquetas de madera antes de comenzar a sacar los utensilios de la alacena.

Ash lo observó mientras colocaba dos vasos en la mesa y los llenaba con leche que tenía en una botella antes de poner frente a ella una bandeja llena de pastelillos.

—Pedí que los trajeran ayer por la tarde. Hay dos mujeres del pueblo que vienen a limpiar una vez por semana. Ellas se ocuparon de preparar todo para tu llegada.

La joven no comentó nada porque no quería sonar desagradecida, pero no pudo evitar pensar que habían hecho un trabajo mediocre. Lo único que imaginaba que esas dos mujeres podían haber preparado era la cama.

Sintió pena por su pobre esposo, estaba claro que hacía lo que estaba en sus manos con lo poco que tenía y ella alababa sus nobles intenciones porque eran una sincera demostración de amor.

Tomaron su desayuno en muy poco tiempo y Ash se obligó a sonreír, alabando los pastelitos que no eran ni de lejos un alimento apropiado para esa hora del día, y que tampoco estaban tan apetecibles como le hizo creer a Parker, pero sintiéndose muy orgullosa de sí misma por la madurez con la que estaba manejando la situación.

—Entonces… —murmuró enderezando la espalda y alzando la barbilla

—. Imagino que usaremos parte del dinero de mi dote para restaurar la casa y contratar sirvientes, ¿verdad? Por muy… romántico que sea todo esto, no es sostenible en el tiempo. Voy a empezar a rodar si como pastelitos todos los días y a todas horas.

El conde hizo una mueca que enseguida intercambió por una sonrisa.

—Tranquila, querida. Eso es exactamente lo que haremos —asintió con un guiño—. Tendrás una casa bonita dentro de muy poco. Sin embargo, no podremos permitirnos grandes lujos hasta que mi negocio dé sus frutos.

Ash arrugó la frente.

—¿Tus negocios?

—El conde de Welltonshire y yo hemos comprado un par de viñedos en Italia, las ganancias deberían empezar a llegar el próximo cuatrimestre.

Invertí todo mi dinero antes de saber que quedaría a cargo de un título desprestigiado y lleno de deudas.

La joven condesa lo observó ladeando la cabeza, pero no hizo ningún comentario al respecto.

No sabía nada sobre negocios, ni estaba muy interesada por aprender. Le parecían completamente aburridos y tediosos, su padre siempre le había recomendado ocupar su cabeza en cosas que la hicieran feliz, como por ejemplo, bailar, recorrer tiendas y comprar todo aquello que la enamorara o tomar el té en el jardín en compañía de sus conocidas.

Y ahora que era una mujer casada, le hacía feliz saber que su esposo la adoraba, por lo que pretendía pasar con él la mayor cantidad de tiempo posible.

No veía que el dinero fuese un verdadero problema aunque él pareciera pensar que sí. No conocía la cifra exacta, pero el monto de su dote no podía ser nada despreciable: su padre siempre había buscado darle lo mejor y asegurar su bienestar a cualquier precio.

Además, en Londres había comprado montones de vestidos y un ajuar por lo demás completo, así que la ropa tampoco sería una preocupación, al menos por esa temporada.

—Bueno, muy bien —exclamó inspirando hondo y esbozando una sonrisa renovada—. ¿Y qué haremos ahora mismo? Es domingo, dudo que puedas encontrar ayuda hasta mañana.

—Lo sé, sobreviviremos hasta mañana, Ash.

La sonrisa de la joven tembló y tuvo que esforzarse por mantener los labios curvados.

—¿Y… qué vamos a comer?

El conde sonrió con ternura.

—Me aseguré de tener comida fresca hasta mañana, querida. Tenemos muchas verduras, puedo hacer una ensalada y hay carne asada en uno de los platos que hay allí mismo —dijo señalando la alacena—. Todo estará bien.

Ash suspiró. Dudaba de la calidad de la comida, pero no podía por menos que sentirse agradecida por la suerte que había tenido al encontrar al hombre perfecto.

Lord Brookshire era amable, atento y considerado.

«Además de guapo y encantador», le recordó una vocecita en su cabeza.

Era el sueño de cualquier dama, uno que muy pocas lograban cumplir.

Ese día los dos recorrieron la casa y Ash lo hizo tomando nota de los arreglos que había que hacer y todo lo que ella consideraba que era indispensable cambiar.

Parker descubrió que su esposa era una aficionada a derrochar dinero y que la definición que los dos tenían de «indispensable» era muy diferente.

El lunes por la mañana, a primera hora, se dirigió al pueblo más cercano y se puso en contacto con todas las personas que habían servido a su padre en la casa. Desde el mayordomo hasta el jardinero, contrataría a todos de nuevo para que el título y la residencia volviesen a tener algo de dignidad.

Dejaría que Ashleigh gastara cierta parte de la dote en las mejoras más urgentes y así dejarla en buenas condiciones cuando él tuviese que marcharse de regreso a la ciudad a ocuparse de sus negocios, puesto que si no se hacía cargo de ellos pronto estarían de nuevo en el punto de partida.

La sonrisa de su esposa fue inmensa cuando esa misma tarde vio entrar a todos los sirvientes a la sala de la casa; enseguida comenzó a repartir órdenes como si fuese una experimentada en administrar una casa. Y en

parte imaginaba que así era, pues según sabía su madre había enfermado hacía varios años y ella había dirigido las residencias del conde de Weston tanto en el campo como en la ciudad.

Se había casado con la mujer perfecta: era encantadora, sabía comportarse y tenía toda la clase que un hombre como él necesitaba encontrar en una esposa. No era difícil encariñarse con ella, y tampoco le sería difícil enamorarse si se lo permitía a sí mismo.

El único problema que quizá podría presentársele era lo que su amiga Emmeline, la hermana de su mejor amigo, el conde de Welltonshire, había predicho. Ash era muy joven y soñadora, y él nunca podría estar a la altura de sus expectativas.

Era por eso por lo que lo mejor para los dos era mantener una sana distancia.

Ella tenía un hogar del que ocuparse y, con suerte, muy pronto también un hijo. Y él repartiría su tiempo entre su estadía en la ciudad y los viajes de negocios intentando devolverle a su título el prestigio que alguna vez había poseído.

Aunque quizá Ash no lo viera así al comienzo, vivir separados era lo mejor que podría ocurrirles. Algún día ella se lo agradecería.

Esa misma noche, tras hacerle el amor a su esposa, se sentó en el escritorio que alguna vez había pertenecido a su padre, el hombre que se había gastado la fortuna de la familia en bebida, que había apostado todo su dinero y la mayoría de las propiedades que no estaban ligadas al título.

Decidió no pensar en los dolores de cabeza que le había dejado el conde como herencia y se dedicó a planear su marcha para la semana siguiente.

Escribió varias cartas a las personas más importantes que deseaba que lo esperaran en Londres. Entre ellas, su amante.

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