Un corazón traidor

Marion Marquez · Capítulo 2 de 19

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Un corazón traidor

Capítulo 2

2

Parker no informó a su esposa de que se marcharía sino hasta el día antes de hacerlo. Fue entonces cuando descubrió otra faceta de Ashleigh, una que le produjo ternura e incluso cierta tristeza.

A Ash se le cayeron las lágrimas cuando se lo dijo y pasó todo el día tratando de convencerlo de que la llevase con él. Y aunque sintió lástima por ella, eso era algo en lo que no podría consentirla, no cuando sus planes habían sido ideados especialmente para guardar las distancias. Todo era en pos de cuidar su joven y frágil corazón.

No quería herirla ni darle falsas esperanzas de un amor infinito, quería tener su matrimonio en paz tanto tiempo como fuese posible, que no fuera como el de sus padres, quienes terminaron odiándose al cabo de unos pocos años.

No existía el amor eterno, este siempre era pasajero y solo causaba estragos cuando llegaba a su fin.

Sabía que los únicos que pagarían por sus errores terminarían siendo sus hijos, como había ocurrido en su propia familia, en la que su madre había terminado quitándose la vida y su padre sumergido en el alcohol, llevándolos a todos a la ruina.

—Podemos quedarnos en la casa de mis padres —insistió Ash por

enésima vez—. De verdad que no será un problema para ellos.

Parker había usado como excusa el hecho de que aún no tenían una casa en la ciudad donde quedarse, dado que el anterior conde había perdido la suya en una apuesta. Lo cierto era que tenía muchos más motivos por los que no quería llevarla, pero esa era la única verdad que podría contarle sin lastimarla.

—Pero será un problema para mí, querida. No puedo dormir contigo debajo de su techo.

Ash suspiró con los ojos llenos de lágrimas y la voz temblorosa.

—Oh, vamos, Parker. No será por mucho tiempo. ¿Y no puedes alquilar algo? Tenemos el dinero.

—No quiero tirar el dinero en un alquiler —replicó él con paciencia—.

Te prometo que para la temporada tendrás una casa donde quedarte. Por ahora lo mejor es que vaya yo solo y me quede en el hotel como lo he hecho hasta el momento.

—Pero ¡faltan siglos hasta la próxima temporada! ¿Qué haré aquí yo sola?

Parker sonrió y le dio un suave beso para calmarla.

—Te entretendrás. Hay mucho que hacer en la casa, tú misma lo dijiste.

Necesita muchas mejoras y nadie mejor que la nueva condesa para ocuparse.

La joven bajó la cabeza y siguió sollozando.

—Pero estaré sola. Te echaré mucho de menos. No quiero que me dejes, Parker.

—Y yo no quiero dejarte —mintió él—. Pero tengo que encargarme de muchas cosas, necesitamos salir adelante. Ya te conté que mi situación económica es muy precaria.

—Pero ¡tenemos mi dote! Y siempre puedes pedirle más dinero a papá.

Él te ayudará.

Ella seguía sin entender, pensó Parker conteniendo un suspiro.

—Tu dote no durará para siempre, y no voy a pedirle nada más a tu padre. Ya ha hecho suficiente por nosotros. Tenemos que salir adelante aunque eso implique hacer algunos sacrificios, es nuestra responsabilidad.

No me iré para siempre, Ashleigh.

Sus palabras no hicieron nada por calmarla. Su joven esposa pasó la noche llorando y abrazándolo como si fuese la última que pasarían juntos en toda su vida.

Francis miró a su amigo desde detrás de su vaso lleno de whisky y luego lo levantó en señal de brindis.

—Por los buenos negocios de este año. Nos ha ido mejor de lo que esperábamos.

—A mí mejor que a ti —brindó el conde de Brookshire—. Con la dote de Ashleigh he cubierto todas las deudas de mi padre y he vuelto a ser un hombre libre.

Las cejas de Francis se alzaron.

—¿Un hombre libre? Hasta donde yo recuerdo, te has casado, amigo mío.

—¿Ves alguna esposa por aquí? —preguntó Parker en tono burlón. Su estado de embriaguez era evidente.

Welltonshire le dedicó una mirada de reproche y negó con la cabeza.

—Esa pobre niña debe de estar arrepintiéndose de haberse casado contigo. La has dejado abandonada y sola en esa casa en ruinas durante más de tres meses.

—Con el tiempo entenderá que es lo mejor para todos. Al menos así estaremos en paz, si estamos lejos no podemos hacernos daño. Y no la he abandonado, está en casa como la mayoría de las esposas de los que están aquí presentes —declaró mirando a los demás nobles presentes en el club.

Francis hizo una mueca pero no dio su opinión pues sabía cuándo era mejor no decir nada y permanecer en silencio.

Pero Parker no desistió:

—Oh, vamos. No me mires así. Tú no te has casado, no sabes cómo es.

—Habla la voz de la experiencia —repuso Francis sin poder resistirse—.

¿Cuánto has pasado con tu esposa? ¿Una semana?

—Una semana en la que la hice muy feliz. Si hubiese pasado más tiempo conmigo, se habría aburrido… o me habría odiado.

—Mi hermana estaría en desacuerdo contigo. Lleva cinco meses casada y no ha dado señas de estar aburrida en absoluto. Es más, me pidió amablemente que regresara a mi propia casa cuando fui a visitarla el mes pasado. Dice que están recién casados y necesitan tiempo a solas.

Parker sonrió con cariño recordando a Emmeline, con quien casi había estado prometido. Tal vez con ella todo habría sido distinto porque se conocían desde que eran niños y Emmie había tenido una infancia tan dura como la de él.

Pero la perfecta Ashleigh, criada entre sedas y amor, no lo comprendería de la misma forma. Aunque estuviese llena de buenas intenciones y tuviese un corazón noble, parecía incapaz de entender que el mundo no funcionaba como ella creía.

—Emmie es distinta y Joseph no es como nosotros.

—No, es peor —rezongó Francis—. No tienes excusa, hermano.

Era cierto, suspiró Parker. No tenía excusas, pero no daría su brazo a torcer. Ash le enviaba cartas casi todos los días y decía extrañarlo, pero él se preguntaba cómo podía hacerlo si casi no lo conocía. Lo único que lo explicaba era su juventud e inexperiencia en la vida en general.

Con cada señal de amor que ella le mostraba, él más se alejaba, tal vez porque creía que pasar mucho tiempo con ella llevaría a la ruina a su matrimonio, o quizá solo porque era un cobarde que tenía miedo a ser realmente feliz.

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