Un corazón traidor
Capítulo 4
4
La temporada al fin había llegado y Ash estaba lista para brillar tomada del brazo de su amado esposo. No tenía los mejores vestidos, como a ella le habría gustado, pero la modista del pueblo había hecho un trabajo decente.
Esa noche, la temporada se abría con una fiesta en la casa de la condesa de Hatfield, una anciana conocida por ser una de las más grandes anfitrionas de todo Londres.
Ash entró del brazo de su esposo, más radiante que nunca, aunque él se escabulló de la primera conversación que ella inició con una de sus conocidas.
La joven se movía como pez en el agua dentro de ese entorno, y no consiguió aburrirse ni cambiar su ánimo en ningún momento, a pesar de que Parker no había vuelto a aparecer.
Cuando pasó más de una hora sin verlo, Ash comenzó a preocuparse y empezó a buscarlo por todos lados.
Pero para su desgracia, con la única que dio fue con Portia.
Portia era una de las jóvenes que había conocido durante su presentación en sociedad y había pertenecido a su mismo grupo de amigas durante mucho tiempo. Aunque de amigas —reconocía Ash— no tenían nada.
Portia no era una persona amable, ningún miembro de su familia tenía una
pizca de bondad en su ser; en efecto, los cuatro, tanto sus padres como su hermano, el detestable George, no ocultaban su verdadera naturaleza insensible, y a pesar de no tener título, se creían mejores que cualquier persona.
—Ashleigh, querida —la saludó con efusividad y ella dejó caer los hombros. De todas las personas que había esperado encontrarse de nuevo en Londres, Portia era la última—. Ha pasado tanto tiempo…
La condesa forzó una sonrisa.
—Hola, Portia.
—¿Cómo te encuentras, mi pobrecita Ash? He oído lo de tu madre, no sabes cuánto lo lamento.
—Sí… Estoy bien, gracias. Ahora, si me disculpas, voy a seguir buscando a mi esposo.
Las cejas de Portia se alzaron con sorpresa.
—¿Estás aquí con él?
—Por supuesto —sonrió Ash y alzó la barbilla con orgullo.
La expresión de Portia se transformó en una de pena y, a pesar de saber que tenía que ignorarla porque todo lo que saliera de ella estaba cargado de resentimiento, Ash escuchó lo que dijo a continuación:
—¿Después de lo que te hizo? O de lo que te hace, mejor dicho. Creía que eras un poco más dura, querida. Te tenía en más alta estima…
—Hacerme ¿qué? —preguntó con aburrimiento—. ¿De qué estás hablando, Portia?
Como si le avergonzara decirlo en voz alta, esta se acercó a ella todavía más y le habló muy bajito:
—Lo de su amante, por supuesto. Sé que es normal que los hombres casados tengan una amante, pero a todos nos dio la impresión de que la tuya había sido una boda por amor.
—Claro que lo fue, estás divagando… Mi marido no tiene ninguna amante. ¿Por qué eres tan mala, Portia? ¿Por qué dices esas cosas?
—Oh, entonces no estás enterada —musitó la aludida con pena fingida
—. Pobrecita, lo siento tanto…
El corazón de Ash empezó a latir con fuerza por la rabia.
¿Cómo se atrevía Portia a decir algo semejante sobre Parker?
Era obvio que solo lo decía porque estaba celosa de que estuviera casada con un hombre bueno, joven y próspero, a diferencia de ella, que se había casado con un vizconde viejo y pobre que solo la había aceptado por su dote y al que ella había recurrido solo porque todas sus demás opciones se habían acabado.
—Estás diciendo tonterías.
Portia negó rápidamente con la cabeza y se llevó una mano al pecho.
—No son tonterías. Es verdad, todo el mundo lo está comentando. ¿Qué pasó, querida Ash, no lograbas complacerlo? Con solo escucharte puedo ver que sigues siendo una niña mimada que no tiene idea de nada, no me extraña que lord Brookshire sintiera la necesidad de buscar otro tipo de mujer para que le hiciera compañía.
Con los puños apretados y a punto de echarse a llorar, Ash habló entre dientes.
—Claro que no. Mi esposo y yo estamos mejor que nunca.
Portia la miró con pena y ella no pudo tolerarlo más. Terminó marchándose y dejándola sola en medio del salón.
Desistió de buscar a Parker y se refugió en uno de los balcones para esconderse del resto de los invitados. Estaba muy afectada por lo que le había dicho Portia a pesar de considerar que era una mentira vil.
¿Sería posible que alguien más estuviese diciendo esas barbaridades?
¿Cómo podían ser tan horribles y soltar cosas como esas?
Se quedó allí un rato, pensando en cómo ser fuerte para hacer frente a la sociedad que había hecho correr un rumor tan hiriente sobre ella y su esposo cuando su hijo justo acababa de nacer.
Después de casi un cuarto de hora, decidió a salir y tuvo la suerte de ver a
Emmeline antes que a nadie en medio del gentío.
La marquesa tampoco tardó en localizarla y se despidió rápidamente de las personas con las que estaba hablando para caminar hacia ella con la urgencia de siempre.
Solo verla le levantó el ánimo.
Emmeline era capaz de alegrar hasta a la persona más triste y ablandar hasta el corazón más duro, algo que, según algunos comentaban, había hecho con su propio esposo.
—¡Ash! —exclamó abalanzándose sobre ella y abrazándola sin importarle las formas que se debían mantener en una fiesta como aquella—.
¡Qué alegría verte! Pensé que me aburriría mucho esta noche.
—A mí también me alegra verte, Emmie —saludó desganada y todavía triste.
Su amiga notó enseguida que algo andaba mal y la envolvió con su brazo instándola a volver al balcón junto a ella.
—¿Qué sucede? Estás triste.
La joven esperó hasta quedarse por completo a solas para hablar.
—Portia me dijo algo horrible, Emmie. Y por supuesto que no la creo, pero me entristece saber que la gente ande diciendo cosas tan feas sobre Parker y yo.
La frente de su amiga se arrugó.
—Yo no he escuchado nada, ¿qué andan diciendo?
A Ash le costó reproducir las palabras que dijo a continuación:
—Que Parker tiene una amante. ¿No te parece una barbaridad?
Excepcionalmente, Em se quedó sin habla. Apretó los labios y siguió mirándola sorprendida, con el ceño fruncido.
La marquesa pensó en qué contestarle porque no estaba segura de cuánta verdad había en los rumores. Parker era una buena persona, un buen amigo que los había ayudado a ella y a su hermano cuando más lo necesitaban, pero también sabía que tenía sus debilidades.
Emmie había temido que ese momento llegara en cuanto supo que iban a casarse.
—Portia es una víbora, ya lo sabes. No la escuches —dijo finalmente.
—Claro que lo sé, pero me duele que la gente sea así de mala —susurró con los ojos llorosos—. ¿Por qué inventarían algo así sobre nosotros? Si nos queremos tanto…
—Portia solo lo dijo porque está celosa. Su esposo tiene setenta años, Ash. Quiere que todo el mundo sea tan miserable como ella.
Los ojos de la condesa estaban nublados por las lágrimas.
—¿Eso crees?
—Claro que sí.
Emmeline trató de animarla. No estaba completamente segura de si el rumor que estaba circulando era cierto o no, pero lo correcto era apoyar a su amiga y consolarla.
Luego se tomaría el tiempo de compartir unas palabras con Parker y averiguar la verdad.
La primera fiesta había sido un fiasco. Portia había arruinado su noche por completo y su ánimo no había logrado mejorar ni siquiera con la presencia de su mejor amiga.
Tampoco había sido lo suficientemente valiente como para preguntarle a su esposo si él tenía idea de por qué habían surgido esos rumores. A pesar de que no los creía ciertos, era consciente de que esas ideas tenían que haber nacido en alguna parte.
Conocía a la sociedad demasiado bien como para justificar sus nervios.
Esa misma noche, al regresar, se sentó y escribió varias cartas de disculpa rechazando las invitaciones que le habían llegado para esa semana. Se sentía una cobarde, pero no podía enfrentarlos, no era tan fuerte como debería y no podía volver a mostrarse hasta sentirse recuperada.
Emmeline se enfadaría, lo sabía. Ella siempre la impulsaba a ser más
atrevida, más desafiante y no quedarse callada, pero había algo en su interior que se lo impedía.
Y por si fuera poco, como tantas otras noches desde que habían llegado a Londres, estaba sola en su casa sin saber nada sobre el paradero de su esposo.
A la mañana siguiente, Parker hizo un hueco en su atareado día para visitar la casa de Francis, que acababa de llegar a la ciudad junto a su esposa y su hija.
Los había visto hacía poco tiempo, al visitar su casa para ayudarlos a deshacerse del rufián que acosaba a Melanie y había robado a la pequeña Frannie. No sabía con certeza cuál era la relación de Melanie con ese hombre, pero no le había hecho falta para sumarse al grupo de rescate.
Cuando el mayordomo le abrió la puerta de la casa, a quien vio primero, para su desgracia, no fue a su amigo ni a la esposa de este, sino a Emmeline, quien no parecía muy contenta de verlo allí.
Conociendo sus expresiones, pero fingiendo que no la había captado, Parker le sonrió con educación y la saludó:
—Qué placer verte, Emmie.
—¿Qué haces aquí? —lo atacó ella y él retrocedió un paso.
—Lo mismo que tú, supongo. Vine a saludar a Francis.
La joven se colocó las manos en las caderas y lo miró con el ceño fruncido.
—Me refiero a qué haces aquí sin Ash. ¿Por qué no la has traído?
El conde no tenía ni idea. Se había convertido en una costumbre salir solo y dejar a Ash cuidando al niño u ocupándose de lo que fuera que las mujeres hicieran en la casa.
—¿Por qué no has traído a Joseph? —repuso él para no tener que responderle.
—Tiene asuntos que atender, vendrá esta noche —contestó rápido con un
movimiento de la mano, como restándole importancia, y volvió a hacerle una pregunta—: ¿Sabes lo que andan diciendo sobre ti, Parker?
El conde suspiró y miró hacia todos lados. ¿Dónde estaba su amigo cuando él lo necesitaba?
Se conformaría con que apareciera la condesa viuda, ella lo rescataría del interrogatorio indecente que su hija estaba llevando a cabo.
—No, Emmie. ¿Qué es lo que dicen sobre mí?
—Que tienes una amante —respondió sin tapujos—. Portia se lo dijo a Ash. ¿Es eso cierto, Parker?
El conde se quedó sin palabras y de inmediato supo que estaba en un aprieto. Tener una amante no era nada reprochable, la mayor parte de los hombres casados de la alta sociedad tenían una.
No obstante ese no era el caso del esposo de Emmeline, quien la adoraba más allá de lo que podía considerarse normal, y ella, fiel defensora del amor, nunca comprendería su posición aunque intentara explicárselo.
¿Y cómo era posible que su vida privada fuese de dominio público?
Siempre había sido muy discreto con Vanessa, su amante, para, justamente, evitar una situación así. Ash, al igual que Emmie, era demasiado inocente y soñadora y quedaría destrozada si llegase a conocer la verdad.
Lo último que Parker deseaba era avergonzar o lastimar a su esposa.
—No sé de dónde han sacado semejante idea —balbuceó apretando los dientes, pero por suerte, vio a Melanie bajar las escaleras con su bebé en brazos y consiguió esquivar a Emmeline sin tener que decir ni una palabra más.
Ash aceptó la invitación a la fiesta que se llevaría a cabo en casa del marqués de Thornehill porque no quería ofender a su mejor amiga.
Esa noche tuvo que viajar sola, dado que Parker se había disculpado con ella y le había asegurado que la encontraría allí más tarde, puesto que él tenía otros asuntos de los que ocuparse antes de llegar. No sabía dónde ni
con quién, y una parte de ella se preguntaba si se trataría de su amante, cosa que seguía sin atreverse a preguntar.
Por miedo o por vergüenza, siempre se quedaba callada cuando aparecía la oportunidad de tener una charla.
Saludó a sus conocidos con su mejor sonrisa, aunque decidió quedarse junto a Emmeline, que la protegería de las malas lenguas.
—Me muero por presentarte a mi cuñada, ha sido un éxito esta noche. Es todo un misterio y a todos les resulta muy interesante —comentó Emmie mientras Ash miraba a su alrededor en busca de su esposo.
—Maravilloso —murmuró distraída.
—Sí, estoy muy feliz por ella. La pobre ni siquiera había sido presentada en sociedad.
Las cejas de Ash se alzaron con renovado interés.
—¿De verdad? ¿Ni siquiera en alguna fiesta pequeña en el campo?
Para ella era inconcebible, no se imaginaba su vida sin ser presentada en sociedad, sin las fiestas, sin los vestidos o sin poder bailar como tanto le gustaba.
Le resultaba tristísima la vida de alguien que había vivido siempre en el campo, ella había tenido más que suficiente con pasar un año recluida.
—No conozco los detalles, pero su vida ha sido muy triste.
Siguieron saludando a sus conocidos, pero en un momento Joseph reclamó a su esposa y Ash volvió a quedarse sola.
Cansada, permaneció sentada en un rincón con una bebida en las manos y mirando a su alrededor. Si iba a pasar toda la temporada así de sola y aburrida, quizá debería volver a la casa de su madre, donde tenía más reformas de las que ocuparse.
No estaba disfrutando nada como le gustaría, ni las fiestas, ni a su esposo. Nadie la invitaba a bailar y sus vestidos no eran ni de lejos tan espectaculares como los de la mayoría de sus conocidas.
De repente, mientras estaba perdida en sus propios pensamientos
lamentables, sus ojos se posaron en el centro del salón y su corazón se detuvo.
Allí estaba él, tan guapo como siempre.
Se puso de pie dispuesta a acercársele, pero no había dado más que unos pocos pasos cuando vio que Parker no estaba solo: junto a él había una mujer rubia, y los dos parecían estar divirtiéndose mucho. Estaban solos y más próximos de lo que deberían. Como si eso fuera poco, Parker le hablaba cerca del oído.
Se quedó sin respiración, ¿sería esa su amante? No podía ser cierto, no se atreverían a mostrarse delante de todos y sabiendo que ella estaría presente.
En un ataque de furia, se armó de valor y decidió acercarse a hacerles frente. No le importaba armar un escándalo, no permitiría que la humillaran de esa forma. Se levantó el vestido y caminó en su dirección.
—Parker —dijo en voz más alta que la que normalmente utilizaba.
Él se volvió hacia ella y la recibió con una sonrisa, como si lo que estaba haciendo fuese de lo más normal.
—Hola, querida. Estaba esperando que llegaras.
Ash estaba lista para gritarle.
—¿De verdad?
—Sí, hay alguien a quien debes conocer —musitó, dando un paso hacia atrás, y le tomó una mano a la joven que tenía al lado para acercarla a ellos
—. Ash, te presento a lady Welltonshire.
Sorprendida, Ashleigh abrió la boca y miró a la mujer más bella que había visto nunca. Era la misteriosa esposa de Francis, la que tanto éxito estaba teniendo en su fiesta de bienvenida.
¿Y cómo no iba a hacerlo con semejante belleza?
Había cautivado a todos, incluso a su esposo. Ashleigh nunca había odiado a alguien tanto como la odiaba a ella en ese momento.
Miró de pies a cabeza a la renombrada lady Welltonshire y respiró hondo antes de decir algo que no la dejara malparada. Necesitaba tranquilizarse
para no quedar en ridículo. Nunca había tenido semejante ataque de rabia ni sentido celos de otra persona como esa noche.
—Lady Welltonshire —masculló con una expresión pétrea.
Melanie hizo una pequeña venia y habló en voz muy baja:
—Lady Brookshire.
—¿Dónde está el conde? —inquirió sin un ápice de simpatía.
No pretendía ser maleducada, pero había algo en su interior que no le permitía estar de otro humor. Ya era demasiado con los cotilleos que circulaban como para tener que ver a su esposo tan amistoso con otra mujer.
Una mujer tan perfecta como lady Welltonshire.
Melanie tenía la piel de porcelana, los ojos claros y brillantes, y el pelo rubio peinado en un recogido que la hacía parecer un ángel. No le importaba que fuese la esposa de su mejor amigo, Ash no veía por qué Parker tenía que quedarse a solas con ella.
—No lo sé —respondió Parker y miró a Melanie—. Fuimos a bailar y lo perdimos.
—Ya veo —dejó escapar apretando los dientes.
Mel dio un paso atrás y se disculpó.
—Los dejaré solos, gracias por la compañía, milord.
Parker trató de detenerla como si le preocupara dejarla sola, pero Ash fue más veloz y lo tomó del brazo.
—A mí me gustaría bailar, esposo. No he bailado con nadie en toda la noche —dijo con una sonrisa.
Él también le sonrió, pero sus ojos se quedaron posados en Melanie mientras esta se alejaba.
—No debería estar sola, no conoce a nadie.
—Nadie va a robársela, querido. Ya es hora de que empiece a mezclarse en la sociedad. No puede vivir recluida toda la vida, es la condesa de Welltonshire.
Él hizo una mueca y Ash volvió a sentir una punzada de enojo.
¿Por qué se preocupaba tanto por esa mujer? ¿Sería cierto que de verdad era su amante?
—¿Qué sabes tú de ella?
Ash suspiró.
—Que nunca fue presentada en sociedad y que nunca había venido a Londres. ¿Hay algo más que deba saber?
Parker le respondió con toda seriedad:
—La pobre ha tenido una vida difícil. No sé los detalles, pero Francis me dijo que tiene sus razones para sobreprotegerla.
—¿Y te asignó a ti como su cuidador personal? —replicó Ash cruzándose de brazos.
—Ashleigh —la regañó frunciendo el ceño—. Es un amigo al que le debo mucho, lo menos que puedo hacer es ayudarlo. ¿No harías lo mismo por Emmeline?
Ella se encogió de hombros sin pizca de culpa por cómo estaba comportándose.
—Supongo —murmuró—. ¿Podemos bailar? Está comenzando una nueva sonata.
Emmie volvió a encontrarse con ella después de un largo rato, cuando ya estaba a punto de irse a casa.
A pesar de que lo había intentado, la fiesta no la había divertido tanto como antes.
Estar pendiente de Parker le impedía disfrutar de la velada en general. Y
para colmo, su esposo prácticamente no le había prestado atención, porque al parecer también dentro de una fiesta debía ocuparse de sus negocios.
Sí, habían bailado una vez, pero después de eso había vuelto a desaparecer.
—¿Conociste a mi cuñada? Al final estuve tan ocupada con los invitados que no pude presentártela —preguntó Emmie sonriendo después del éxito
que había sido la noche.
—Sí, Parker me la presentó —contestó Ash sin muchos ánimos.
Emmeline alzó las cejas.
—¿Y? ¿Hablaste con ella? ¿Qué te pareció? ¿No es adorable?
—No lo sé, no hablamos, solo nos presentamos.
La otra joven la miró con extrañeza, como si intuyera que Melanie no había terminado de agradarle. Pero, por fortuna, no llegó a preguntarle nada porque una pareja llegó a despedirse y tuvo que dedicarles toda su atención.
Ash buscó a su esposo por todos lados para marcharse juntos, sin embargo, cuando lo encontró, pudo ver que estaba en un rincón hablando con Francis y su esposa.
Como se negaba a relacionarse con esa mujer, decidió que no quería inmiscuirse en la conversación, por lo que prefirió esperarlo junto a la mesa de los dulces. Oliendo los pastelitos expuestos, pero sin ganas de probar ninguno, suspiró cuando Portia se acercó a ella y lanzó una plegaria pidiendo poder ser amable y no decirle lo que pensaba de ella por hacerla dudar de la fidelidad de su esposo.
—Buenas noches, querida. Qué placer verte, no nos hemos encontrado antes.
«Eso es porque te he evitado», pensó Ash y sonrió.
—Por lo visto no, Portia.
—¿Has investigado lo que hablamos la otra noche?
A Ashleigh se le erizaron todos los pelos de la nuca.
—No sé de qué me estás hablando.
Portia soltó una risita.
—Oh, vamos. Sabes muy bien de qué te estoy hablando. ¿Tu esposo y su amiga especial? ¿Ya sabes de quién se trata? Me muero por saber.
—Mi esposo no tiene ninguna amiga especial —masculló con los dientes apretados—. Deja ya de decir tonterías, Portia. Alguien más podría escucharte y creérselo.
Con un ademán de la mano, Portia soltó una risa.
—Ay, querida. Si todo el mundo lo sabe… Lo único que aún no sabemos es la identidad de tan misteriosa dama, tu marido ha hecho un buen trabajo en ocultarlo.
Los ojos de Ash se llenaron de lágrimas y apretó los puños con fuerza.
Era lo más humillante que le había sucedido en toda su vida. Ya no creía que Portia estuviera mintiendo. ¿Y que todo el mundo lo sabía? ¿Cómo podía ser cierto?
Aun así, no justificaba que se lo dijera a la cara en medio de una fiesta.
Eso era pura maldad.
Dolida y con el corazón marchito, se acercó a ella y la apuntó con un dedo.
—Eres la persona más horrible que he conocido en toda mi vida —le soltó y se volvió dispuesta a salir de allí.
Necesitaba llorar y golpear algo y, si no se marchaba ya, a quien golpearía sería a Portia.
Se levantó el vestido y apretó el paso para no cruzarse con nadie en el camino. Llegó a la vereda y se quedó allí, respirando profundamente y secándose las lágrimas que se le habían escapado mientras aguardaba que llegara su carruaje.
No habían pasado más de un par de minutos cuando sintió una presencia detrás de ella. Se volvió de golpe creyendo que se trataba de Portia de nuevo, esta vez decidida a golpearla por seguir molestándola.
Pero no era ella. Era Parker.
—Querida, ¿estás bien?
La joven alzó la cabeza, determinada a no mostrarse débil frente a él. Si de verdad la estaba engañando, no le daría el gusto de verla llorar.
—Todo está bien. Quiero irme a casa —musitó.
—¿Por qué estás llorando?
—No estoy llorando —replicó ganándose una mirada de desconfianza.
Parpadeó—. Todo está bien, se me metió un poco de polvo en el ojo.
Y Parker la creyó, otra señal de lo idiota que era.
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