Un corazón traidor
Capítulo 9
9
Ashleigh llegó a la fiesta tomada del brazo de Granville y eso desató una ola de murmullos a su alrededor. Estaban asistiendo juntos a casi todas las fiestas, haciendo más fuerte el rumor de que se habían convertido en amantes.
A su amigo, por supuesto, no le importaba lo que dijera la sociedad y tampoco le afectaba porque nadie parecía juzgarlo a él con la misma dureza que a ella. Pero para Ash la historia era diferente, porque a pesar de que todos sabían que vivía una vida separada de la de su marido, no dejaban de apuntarla con el dedo y hacer comentarios despectivos cuando pasaba cerca de ellos.
Dicho esto, las personas eran curiosas y por esa misma curiosidad no dejaban de invitarla a sus fiestas, eso era lo único que le interesaba.
Esa noche había asistido con la idea de divertirse después de haber tenido un mal comienzo de temporada.
Sabía que Parker estaría allí, pero había ido resuelta a ignorarlo. Bailaría, bebería y coquetearía como tanto le gustaba con todo aquel que se prestara a su juego.
Estaba hablando con el vizconde de Warrington, que ya se le había insinuado varias veces y no dejaba de halagarla, cuando vio a Parker
caminar hacia ellos con una mirada decidida. Trató de ignorarlo, pero le fue imposible cuando se detuvo junto a ellos y casi se interpuso en el medio de los dos.
—Warrington —lo saludó con un asentimiento con la cabeza y le dio la espalda para encararse a ella. Le sonrió con sus facciones encantadoras y Ash estuvo a punto de soltar un suspiro—. Ashleigh, querida, ¿le concedes este baile a tu esposo?
La sorprendió, sin duda. Pocas veces habían bailado cuando aún estaban juntos y solo por insistencia de ella. Ya después de separarse no habían hecho más que saludarse en las fiestas por cortesía y por las apariencias.
¿Por qué quería bailar con ella ahora?
No supo qué responderle porque la dejó helada. En cambio, su compañero de conversación fue más osado y volvió a interponerse entre los dos.
—Lady Ashleigh me ha prometido este baile a mí, Brookshire.
Parker sonrió, pero no estaba nada contento con la interrupción. Sin miramientos, le tomó la mano a Ash y la reclamó para sí.
—Tendrá que ser el próximo, ahora se me antoja bailar con mi esposa.
Remarcó las últimas dos palabras y le dedicó a Ash una mirada abrasadora. Ella, débil, no pudo resistirse. Además, tampoco le había dado opción a negarse sin armar un escándalo y esa noche le apetecía pasárselo bien.
La calidez de la mano de Parker sobre la suya, aunque enguantada, le quemaba. Pero era una sensación dolorosamente placentera.
Dejó que la guiara al medio del salón y que la tomara en sus brazos para bailar el vals. Entre todos los bailes, había elegido justo ese. Uno en el que les sería imposible mantener las distancias como ella habría preferido.
Tenía montones de cosas para decirle, quejas que manifestar por haberla interrumpido y sacado de una conversación de una forma tan descortés.
—Eres un bruto —masculló ofuscada por esa sonrisa que no se borraba
del rostro de Parker.
Él la ignoró.
—Me moría por decirte que estás preciosa esta noche. El azul hace que te veas como una diosa mitológica.
Ash no se esperaba semejante halago proveniente de él. Las mejillas se le colorearon de inmediato y se enfureció aún más por ser tan infantil.
—¿Por qué estamos bailando? —demandó saber.
—¿Acaso no puedo bailar con mi esposa?
—No soy tu esposa —replicó al instante y observó a las personas de su entorno. Estaban llamando la atención, muchos los contemplaban con interés y Emmeline, a lo lejos, tenía una expresión de patente incredulidad en su rostro de princesa.
—Claro que eres mi esposa. Estamos casados ante la ley y ante Dios.
¿Acaso no es esa la definición de matrimonio?
Ash hizo una mueca.
—Sabes lo que quiero decir. Nunca antes te había interesado bailar conmigo.
—Bueno, antes era un idiota —respondió teniendo la delicadeza de parecer avergonzado, lo que no hizo más que seguir sorprendiendo a su esposa.
La joven no supo qué contestar ante tremenda declaración. Quería hacer un comentario mordaz, preguntarle qué pensaría su amante al verlos bailar como una verdadera pareja, pero por algún motivo terminó callando.
La pieza de baile se terminó rápido, gracias al cielo. Pero él tardó en soltarla. Ash estaba lista para salir disparada lejos de él, pero, por lo visto, el conde tenía otros planes. Le tomó una mano y la colocó sobre su brazo sin dejar de sujetarla para que no la quitase.
¿Qué diablos estaba haciendo? ¿Qué pretendía? Desde su encuentro por la tarde él se había comportado de forma extraña, como si quisiera arreglar su relación.
Con esa idea en mente, Ash levantó la cabeza para mirarlo.
Nunca sucedería, su relación se había roto para siempre y no había vuelta atrás, no importaba lo mucho que le asegurara que había cambiado. La confianza estaba rota, al igual que su corazón.
—Ya hemos bailado —anunció decidida e intentó quitar su mano de debajo de la suya—. Ahora lo mejor es que tomemos caminos separados, como siempre.
—Iba a invitarte a tomar un refrigerio, ¿no quieres un refresco o un poco de ponche?
—Puedo tomarlo por mí misma, gracias.
—Insisto en acompañarte.
Y no le dejó más opción que permitírselo. Parker se negó a soltarla y la condujo pasando por delante de Granville y Francis, a los que saludó con un simple asentimiento.
Después de eso, Ash lo vio esbozar una sonrisa victoriosa. El muy maldito… Como estaba convencido de que Granville era su amante, se estaría imaginando a sí mismo ganando una especie de batalla al pasearse con ella por delante de sus narices.
Seguía siendo tan idiota como siempre. Lamentaba haber creído, aunque solo fuese por un segundo, que él cambiaría.
Parker se quedó con ella sumidos ambos en un silencio incómodo mientras tomaban un bocado y bebían una copa de la mesa situada en un rincón del salón. Ash bebió despacio, como la dama que era, pero, con todo, se esforzó por acabárselo rápido para poder marcharse a un lugar fuera de su dominio.
Si tan solo alguien más se les hubiese acercado para charlar… pero cada vez que alguna persona intentaba aproximárseles, parecía que él los disuadiera de la idea con una sola mirada agria.
—Muy bien, ya has cumplido con todos los deberes de un caballero —
comentó dispuesta a buscarse otra compañía.
—¿No deseas tomar un poco de aire en el balcón?
—No —se apresuró a contestar Ash y alzó la cabeza—. Ya he pasado más tiempo junto a ti del que puedo tolerar. Así que te deseo buenas noches.
Adiós, Parker.
Parker sacó a su hijo de la casa de los Welltonshire —y en especial del minucioso cuidado de Frannie, quien se creía su hermana y protectora—, con la excusa de que darían un paseo, aunque su idea era muy distinta. Ya había elaborado todo un plan que seguir para recuperar a su esposa de una vez y para siempre.
Tan solo un mes antes no se le habría pasado por la cabeza que ellos dos podrían darse una nueva oportunidad, pero verla de nuevo le había causado un gran impacto. Todo era diferente cuando ella estaba lejos. Todos esos años Ash había representado para él un gran error y una gran culpa, le costaba recordarla como a una mujer a la que podía desear o querer porque todo eso estaba empañado con el dolor que él le había causado y su enojo por haberlo abandonado.
Pero tenerla enfrente lo había cambiado todo. Ver que estaba interesada en su hijo, que le importaba, y que era capaz de tener otros sentimientos además de resentimiento hacia él le había despertado nuevas emociones que no era capaz de comprender, ni mucho menos controlar.
Ash ya no era la niña caprichosa y frágil con la que se había casado, sino una dama que podía seducirlo sin siquiera intentarlo, y eso ya lo había comprobado varias noches atrás, cuando la había visto llegar con ese precioso vestido del brazo de su amante.
En él se había despertado un deseo incontrolable y a la vez unos celos cegadores. Sabía que perderla había sido culpa suya, que el hecho de que tuviera un amante era para castigarlo a él y pagarle con la misma moneda, pero no comprendía por qué, de todos los hombres, había elegido a Granville, quien algún día había sido uno de sus mejores amigos.
De él lo entendía, ¿qué hombre se habría resistido a tener en brazos a una mujer tan hermosa? Pero ¿qué había visto Ash en Granville para escogerlo por encima de otro hombre? De solo imaginarlos juntos le hervía la sangre.
Por esa misma razón la había invitado a bailar. Se moría por tenerla en sus brazos por primera vez en mucho tiempo y sabía que ella no habría podido rechazarlo en público, porque, de hacerlo, habría sido motivo de escándalo inminente.
Ahora, días después de la fiesta, ya tenía más resuelto cómo procedería en el futuro con el objetivo de recuperarla. Tendría que ser muy paciente y persistente, lo sabía, pero estaba seguro de que podría hacer las cosas bien y por fin enmendar sus errores.
Con Harvey tomado de su mano, pasó por una floristería y le compró un ramo de sus flores favoritas: tulipanes.
El mayordomo de Ash los atendió con cordialidad y lo reconoció a pesar de que él nunca había estado en esa casa. También miró a Harvey con cierta curiosidad por un instante, pero, como todo buen mayordomo, permaneció impasible y los hizo pasar y esperar mientras los anunciaba a su señora.
Parker tuvo la certeza de que serían recibidos. Era imposible que Ash se resistiera a ver a su hijo o que no sintiera un poquito de curiosidad por la razón que lo había llevado a su casa.
Harvey se sentó en un sofá y permaneció quieto, pero sin apartar los ojos de lo que lo rodeaba. Parker sabía que el niño no comprendía por qué lo había sacado de su sala de juegos para llevarlo allí y no al paseo prometido, pero como el pequeño caballero que era no emitió ni una queja.
—¿Por qué tuvimos que dejar a Frannie? —preguntó mirándolo con sus enormes ojos marrones—. Se quedó triste, papá.
—Porque hoy teníamos que salir solos tú y yo. No te preocupes por Frannie, le compraremos unas flores antes de regresar a casa y nos perdonará. ¿Qué dices?
El niño sonrió y asintió más conforme. Amaba a su hermana del corazón más que a nadie y estaba acostumbrado a pasar todo su tiempo con ella. Era una relación muy tierna, pero Parker sabía que los dos sufrirían muchísimo cuando tuvieran que separarse si Ash algún día quería hacerse cargo de él.
Ashleigh llegó a la sala en la que ellos aguardaban y se paró en el umbral de la puerta. Su mayordomo debía de haberle dicho quiénes eran sus visitantes, pero no parecía haberlo creído hasta verlos con sus propios ojos.
Ambos se pusieron de pie para recibirla.
Parker fue el único de los tres que se permitió sonreír.
—Espero que no hayamos llegado en mal momento —comentó mirándola de pies a cabeza. Había algo en ella que lo tenía cautivado, algo que iba más allá de la faceta más cálida y menos superficial que estaba mostrando. Ash había cambiado por completo por dentro y por fuera.
La joven tenía un vestido de mañana color crema con numerosas cerezas pintadas en la tela, un traje decente y recatado, pero lo más maravilloso era su cabello suelto, que sorprendió a Parker sobremanera.
—Me estaba arreglando —murmuró ella sin dejar de mirar al niño—. No quise haceros esperar mientras me trenzaban en cabello.
—Mejor para nosotros —contestó él a pesar de que no había recibido ni una sola mirada por parte de su esposa.
Sin embargo, su comentario la hizo sonrojar y se dignó por fin posar sus ojos en él.
—¿Qué… qué haces aquí, Parker? ¿Por qué has venido? —preguntó vacilante. No sonaba molesta pero sí desconcertada, estaba claro que no esperaba un movimiento como ese.
—Hemos venido a hacerte una visita, por supuesto —contestó él sin dejar de contemplarla con fascinación.
Ella asintió y volvió a girarse hacia su hijo. Se agachó despacio y se puso a la altura del niño, que la miraba con interés.
—Hola, Harvey —le dijo y le dio un beso en la mejilla—. Me alegra que
hayas venido a visitarme.
Con algo de vergüenza, él sonrió.
—Es un placer, milady.
Parker se puso asimismo a la altura de ellos y le habló a su hijo al oído:
—Dale el regalo que le hemos traído.
Harvey se giró, tomó el ramo de flores que habían comprado y se lo entregó sin borrar su sonrisa tímida.
—Para usted, porque es muy bonita.
El conde vio cómo su esposa tomaba las flores con una sonrisa y los ojos llenos de lágrimas. Su hijo no le era indiferente y eso lo alentaba a seguir con todos sus esfuerzos por recuperarla. Se mostraba cariñosa y deseosa por acercarse a él, aunque no podía decirse lo mismo de su anhelo de estar con Parker, pero con el tiempo, se dijo, lo lograría.
—Oh, gracias, Harvey. Eres un niño adorable. ¿Por qué no te sientas y hablamos un ratito?
Él asintió varias veces y tomó asiento por sí solo en un sofá de dos cuerpos. Ash se sentó a su lado y Parker lo hizo frente a ellos.
Se limitó a oírlos y contemplarlos. Harvey fue perdiendo la timidez y empezó a soltarse cada vez más mientras ella lo escuchaba con adoración.
Le explicó cosas acerca de sus juguetes, del poni que le habían regalado para su cumpleaños y le habló mucho sobre su hermana Frannie, siempre con cariño y devoción.
Cuando Harvey pareció haberse aburrido de conversar, Ash pidió el té para todos y le ofreció a su hijo acompañar al mayordomo a la cocina para abastecerse de galletas y de los dulces que pudieran llegar a encontrar.
Parker volvió a ponerse de pie cuando Ash hizo lo propio para acompañar a su hijo hasta la puerta de la sala.
Mientras ella seguía distraída, él aprovechó para acercársele de manera sigilosa.
Al girarse ella, el conde ya estaba a menos de un paso de distancia y la
joven estuvo a punto de chocar contra él.
—¡Ay, cielos! —soltó con los ojos abiertos como platos y balbuceó—.
Estás demasiado cerca, Parker.
—¿Y eso te molesta? —susurró aproximándose más e inclinándose para hablarle muy cerca del oído.
Ella colocó las dos manos delante de sí, como si pudiera detener su avance, pero no hizo más que terminar apoyándolas en su pecho a modo de caricia.
—Sí —musitó ella con poca convicción—. Estás invadiendo mi espacio personal.
—Solía gustarte que invadiera tu espacio personal —continuó él en tono seductor y llevó una mano a la mejilla de su esposa—. ¿Lo recuerdas? Lo pasábamos muy bien.
Ella emitió un suspiro ante su roce y permaneció en silencio un instante más. Aprovechando su falta de negativa, el conde se inclinó más y la besó una vez en la mejilla y luego sobre la punta de la nariz.
—Te echo de menos, esposa.
Intentó besarla en la boca, pero ese fue el momento en el que Ashley reaccionó y lo empujó lejos de ella antes de retroceder.
—No. No hagas eso —le advirtió apuntándolo con un dedo—. ¿Quieres saber lo que yo recuerdo, Parker? Recuerdo que me mentiste, recuerdo verte besando a esa otra mujer, recuerdo que te aprovechaste de lo estúpida que era para…
—¡Nunca creí que fueses estúpida! Lamento haberte herido, Ash. Tomé un camino equivocado, pero mi intención nunca fue hacerte daño.
Ella soltó una risa amarga.
—¿Y qué pensabas? ¿Que me encantaría la idea de que tuvieras una amante?
Él se llevó una mano a su cabellera oscura y se la despeinó en un gesto de frustración.
—Creí que la distancia sería buena para los dos. Creí que si vivíamos de esa forma, con un matrimonio en paz pero distante, no podríamos hacernos daño. Reconozco que fue una idea estúpida y ahora sé que no estaba preparado para…
—¡Si no estabas preparado nunca debiste casarte conmigo! Pero no te casaste porque me querías, ¿verdad? Te casaste por mi dinero.
Parker cerró los ojos y soltó un suspiro.
—No voy a mentir y negártelo. Sí, necesitaba tu dinero y tú lo sabías.
Nunca te oculté que estaba en apuros. Pero también te quería, Ashleigh.
Todavía te quiero.
—Mentiroso —replicó ella y se enjugó unas lágrimas de la mejilla—. Tú no me amas, no como yo te amé. Me rompiste el corazón, Parker. Y no te importó.
—Claro que me importó. Me importas mucho. Si tan solo me dieras la oportunidad de demostrártelo…
La condesa negó con la cabeza.
—¿Para qué? ¿Para que vuelvas a lastimarme? Prefiero ahorrarme la molestia. Lo único que quiero ahora es recuperar a mi hijo. ¿O vas a negármelo solo porque no te quiero de vuelta en mi cama?
Él bajó la cabeza, rendido.
—No. Por supuesto que no.
—Bien —repuso ella dando por finalizada la discusión.
Parker siguió mirándola a pesar de que ella hizo todo lo que estaba en sus manos por ignorarlo. Había perdido la primera batalla, pero no se daría por vencido hasta ganar la guerra.
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