Un corazón traidor

Marion Marquez · Capítulo 16 de 19

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Un corazón traidor

Epílogo

Era un día lluvioso, Parker miraba el agua que caía a raudales del otro lado de la ventana mientras rezaba para que no fuese un mal augurio. No en ese día.

Ashleigh llevaba más de dieciséis horas de trabajo de parto. Estaba encerrada en su habitación con Melanie, Emmie, el médico y su ayudante.

A él no le tenían permitido entrar ni pasearse delante de la puerta porque, según ellos, Ash podía sentir su nerviosismo e impacientarse.

Pero estaba desesperado. Se sentía impotente y un tonto.

—Esto es espantoso —murmuró a nadie en especial, pero Joseph y Francis le sonrieron al unísono—. ¿Qué puedo hacer?

—Nada, amigo mío —repuso Francis—. Solo esperar.

—¿Por qué no tomas un trago? —ofreció Joseph—. Ayudará, siempre lo hace. Tengo algo de experiencia en el asunto.

—¿De verdad te ayuda? —replicó Francis con expresión de incredulidad

—. Nadie lo diría.

Parker se desentendió de ellos y siguió paseando por la sala sintiendo ese nudo en la garganta que le impedía hasta respirar. Había pasado los mejores siete meses de su vida junto a Ashleigh. Habían disfrutado del embarazo y de su relación, todo iba sobre ruedas, con la sola excepción de que ninguno

de los dos dejaba de añorar a Harvey.

Más que amantes y esposos, se habían vuelto amigos. Era un deleite. Y

no se imaginaba su mundo sin ella, pero sabía de los riesgos del parto y si bien no era la primera vez para Ash, siempre podían surgir problemas, los cuales eran peores cuanto más largo se hacía.

Pasaron cerca de dos horas más, en las que el conde ya había marcado un camino en la alfombra, cuando Emmeline llegó hasta ellos con una amplia sonrisa.

—¡Parker, querido! —dijo abrazándolo—. Tienes una hija. Es hermosa, vamos, puedes subir.

—Una hija —murmuró sorprendido y se dejó guiar porque la mente no le respondía para hacer otra cosa.

Subió las escaleras como un autómata, y Emmie lo detuvo cuando llegaron a la puerta de la habitación.

—Espera aquí, te la traeré.

—¿Por qué no puedo entrar? —preguntó sorprendido.

Ella hizo una mueca.

—Ash está con las secundinas. Es decir, que el parto no ha acabado —le aclaró cuando él la miró sin entender—. Solo falta un ratito, es normal, no te preocupes. Pero quería que te avisara porque sabía que estarías muy ansioso.

«¿Qué rayos son las secundinas?», se preguntó Parker llevándose las manos a la cabeza. Debería abrir la puerta y entrar como el amo y señor de la casa que era. Tenía que comprobar con sus ojos cómo se encontraba su esposa.

Y estuvo a punto de hacerlo, pero la puerta se abrió antes y Emmie apareció con un pequeño bulto cubierto por una manta blanca entre sus brazos.

—Parker, te presento a tu hija —susurró y se la entregó.

Él la acurrucó contra su pecho y observó su diminuto rostro, que fruncía

los labios mientras abría y cerraba sus ojitos.

Con su cabello oscuro y abundante, era perfecta.

Emmeline desapareció dentro del cuarto una vez más y lo dejó a solas con su hija.

—Bueno, Evangeline, al fin nos conocemos.

Ella lo miró como si entendiera lo que le estaba diciendo.

—Vas a ser muy querida, amor mío. La niña más amada del mundo.

Mamá y yo te vamos a cuidar mucho. Vas a ser feliz, te lo juro.

Sonrió con lágrimas en los ojos y la besó en la frente. Siguió diciéndole palabras de cariño mientras ella lo miraba y movía la boquita como si estuviera hambrienta, hasta que en un momento oyó el llanto desaforado de un bebé y se la quedó mirando.

Estaba seguro de que ese bramido no había venido de la niña. Lo comprobó cuando se oyó de nuevo y su hija seguía sin inmutarse.

La puerta de la habitación volvió a abrirse y esta vez fue Melanie quien salió. Tenía los ojos abiertos como platos pero estaba sonriendo.

—Parece que tienes otro hijo, Parker. Es un niño —comentó con incredulidad.

—¿Otro hijo? —repitió el conde como un bobo—. ¿Tengo un niño?

Ella asintió y soltó una risita.

—Ahora sabemos el porqué de esa barriga tan grande: tenía dos bebés.

Él deslizó la mirada de su hija a Melanie y luego volvió a la pequeña Evvie.

—¿Has escuchado eso, preciosa? Tienes un hermanito.

—Creo que ya puedes pasar —le informó Mel haciéndose a un lado para que entrara.

Parker no perdió el tiempo y se aventuró dentro del cuarto, sin apartar los ojos del lugar donde estaba la cama. Vio a su esposa sentada con el bebé en brazos y avanzó hasta colocarse a su lado sintiendo las piernas un poco temblorosas.

—Ay, Parker —susurró ella con los ojos llenos de lágrimas—. ¿Puedes creerlo?

—Todavía no termino de hacerlo —respondió él sonriendo y mirándola a los ojos—. ¿Cómo te sientes, Ashleigh?

—Feliz —dijo sin dudar y después bostezó—. Todo está bien. Todo es perfecto. Podemos usar los dos nombres. Evangeline y Grayson. Nuestros dos pequeñitos.

El conde miró a su hijo, que sollozaba en brazos de su madre, todo lo contrario a la niña, que estaba dormida junto a su pecho.

Emmie se inclinó hacia ellos.

—¿Quieres que la lleve a conocer a sus tíos? —preguntó haciendo referencia a Evvie—. Tal vez deberías tomar a Grayson para que Ash descanse. Debes de estar agotada, querida.

Él le pasó a la niña y sacó al bebé de los brazos de su esposa, que lo besó en la cabeza antes de entregárselo.

La puerta se cerró detrás de Emmeline y descubrieron que estaban solos.

—¿Tú eres feliz? —inquirió ella y le tocó una mejilla.

—El hombre más feliz del mundo, amor mío. ¿Cómo podría no serlo?

Me has dado el mejor regalo que podría recibir en toda mi vida. Gracias, Ashleigh —declaró y la besó en los labios.

—Te amo, Parker —confesó Ash y se dejó caer con suavidad en los almohadones.

—Y yo a ti, mi adorada esposa. Ahora duérmete. Estaré aquí cuando despiertes.

—Lo sé —musitó ella y cerró los ojos.

Era un día soleado y brillante, pero también era un día triste. Tenían una tradición en la familia, que cada año repetían sin importar el tiempo que hiciera. Era algo que ninguno de los dos podría asegurar si era correcto inculcar a sus hijos, pero imaginaban que enseñarles amor hacia el hermano

que nunca habían conocido no podía ser malo.

Todos se despidieron de Harvey y retomaron su camino de regreso a la casa después de dejar las flores sobre la lápida del niño, que ese día habría cumplido diez años.

Gray y Evvie corrían varios metros por delante, mientras ellos caminaban rezagados con sus otros dos hijos. Ash llevaba a Chase, de dos años, sujeto de la mano y Parker a su pequeña Davina en brazos, que no tenía más que cinco meses.

Los dos pasaban con sus hijos tanto tiempo como podían. Los llevaban a Londres cuando ellos se veían obligados a asistir por las obligaciones del conde y hasta se los habían llevado a Italia cuando este había tenido que ir allí por sus negocios.

No se separaban nunca.

Cuando llegaron a la casa, los mellizos ya estaban en una de las salas devorando galletas de chocolate y Evvie trataba de servir el té como la dama que proclamaba ser.

—Cariño, cariño. Es muy pesado para ti —intervino Ash poniendo las manos sobre las de su hija y quitándole con delicadeza la tetera de porcelana—. Podrías quemarte.

—Pero, mamá, siempre le sirvo el té a mis muñecas. ¿Verdad que sí, Gray?

El otro niño asintió varias veces sin prestarle mucha atención, concentrado en terminar su galleta.

—Está bien, cielo, pero deja que ahora lo sirva yo. ¿Cómo va a querer el té, lady Evvie?

Como si fuera la reina, Evangeline se sentó recta en el sofá con las manos sobre su regazo y dijo:

—Con crema y una cucharada de azúcar, por favor.

Ash miró a Parker antes de servirle, y los dos sonrieron. Su hija iba a ser todo un personaje cuando creciera.

Davina empezó a llorar y su padre la acomodó en sus brazos en posición para dormir, donde se tranquilizó y quedó a gusto. Chase, por su parte, se sentó en el suelo al lado de la mesa con una galleta en la mano imitando a su hermano mayor.

Pasaron así largo rato mientras las damas tomaban el té y él trataba de hacerlo mientras su hija dormía plácidamente acurrucada junto a su pecho.

Era una escena familiar, muy frecuente en esos días en la casa de los Brookshire, y que nunca se cansarían de repetir.

Después de la cena, Parker se había retirado a su despacho a ocuparse de algunos papeles urgentes que había dejado en espera todo el día, pero no pasó mucho tiempo hasta que se reunió con su esposa en su cuarto.

Cuando entró, la encontró en la cama, abrazada a lo que él reconoció como el oso preferido de Harvey. Un juguete que nunca les habían entregado a sus otros hijos y que habían guardado ellos en sus aposentos personales como un recuerdo muy preciado.

Se quitó la ropa y se acostó junto a ella sin decir nada. Sabía lo que Ashleigh estaba sintiendo, porque a él le sucedía exactamente lo mismo.

Era una extraña melancolía, añoranza. Ya se habían convencido hacía mucho tiempo de que Harvey estaba en un lugar feliz y que era un ángel de la guarda para sus hermanitos más pequeños; aun así, dolía no tenerlo con ellos.

—A veces me siento como una desagradecida —murmuró Ash con la espalda apoyada en su pecho—. La vida me ha dado tanto… y yo aquí llorando por mi hijo perdido. Soy feliz, juro que lo soy. Amo a todos mis hijos por igual, pero lo echo tanto de menos…

—Nadie cree que seas una desagradecida, mi amor. Yo también extraño a nuestro hijo, especialmente en este día. Malo sería si no lo recordáramos.

Harvey se merece que lo añoremos y que sigamos amándolo sin importar el tiempo que pase.

Ella se giró y apoyó las manos en su pecho desnudo dejando escapar un suspiro.

—Lo sé, tienes razón. Y tú, Parker, ¿eres feliz? ¿Tienes todo lo que deseas?

Él sonrió.

—Tengo más de lo que deseo, cariño. Tengo unos hijos maravillosos y una esposa que es lo mejor que me ha sucedido en la vida.

Ash se ruborizó y parpadeó derretida por sus palabras.

—Te quiero, Parker —musitó acariciándole los labios con los suyos. El conde se entusiasmó y enseguida los reclamó dispuesto a devorarlos, pero ella se alejó recordando algo—. Caray, me he olvidado de contártelo.

Emmie me ha escrito hoy. Parece que está esperando otro bebé.

Los ojos de Parker se ampliaron con sorpresa.

—¿Otro más? ¿Este será el quinto o el sexto?

—El quinto, si no son gemelos —lo corrigió ella.

El conde negó con la cabeza y la besó en la frente.

—Cielo santo, Ash, espero que te hagas a la idea de que nunca los alcanzaremos.

Ella soltó una risita y escondió la cabeza en el hueco de su garganta.

—Ya veremos, mi amor. Ya veremos.

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