Un corazón traidor

Marion Marquez · Capítulo 5 de 19

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Un corazón traidor

Capítulo 5

5

Varios días después, en una noche en la que ninguno de los dos tenía planeado asistir a ninguna fiesta, Ash vio que su esposo salía de la casa muy tarde por la noche, cuando se suponía que ella ya se había marchado a dormir.

Pero lo cierto era que Ashleigh había esperado que él se le uniera en la cama y cuando su doncella la informó que había mandado pedir un coche, ella hizo lo mismo a escondidas.

Esa noche lo seguiría y se libraría de la duda que no dejaba de atormentarla.

Nunca había salido sola a recorrer las calles de Londres por la noche y podría haber sido una aventura emocionante si el objetivo no fuera tan desolador.

No pasó mucho tiempo desde que salieron de la casa hasta que el carruaje se detuvo y Ash decidió mirar a través de una de las ventanillas. No vio nada, por lo que decidió mirar por la otra.

Y allí lo encontró.

Allí estaba su esposo parado delante de la puerta de una casa que parecía normal y… decente. Parker se giró y miró hacia todos lados. Ella, temiendo que pudiera verla en medio de la oscuridad, dejó de mirar

momentáneamente.

Cuando volvió a hacerlo, la puerta estaba abierta y del umbral salía una mujer que vestía con lo que creyó que era un camisón y una larga bata.

Ash se escandalizó con tan solo verla. ¿Qué clase de mujer salía a la calle con esa ropa? «Bueno —se respondió—, no sé de qué me sorprendo». Una mujer que se veía con un hombre casado a esas horas de la noche era capaz de cualquier cosa.

Los observó con intensidad y con el corazón palpitándole muy rápido. Se le formó un nudo en la garganta mientras la misteriosa mujer, cuyas facciones no podía distinguir a esa distancia y en la oscuridad de la noche, se acercaba a Parker y enredaba los brazos alrededor de su cuello para, posteriormente, besarlo en los labios.

Fue un beso largo y apasionado que hizo que el corazón de Ashleigh comenzara a deshacerse y caerse a pedazos.

Un millón de dudas no eran ni de lejos tan dolorosas como una confirmación. Portia no le había mentido: su esposo tenía una amante y todo el mundo lo había sabido menos ella.

Como una mártir, se quedó mirándolos hasta que los dos entraron a la casa; fue justo entonces cuando comenzó a llorar.

Al día siguiente se levantó del peor humor imaginable. Parker estaba durmiendo junto a ella como si no hubiese pasado la noche en los brazos de otra mujer y Ash se sintió asqueada.

Furiosa y dolida, se levantó de la cama y pidió que le preparasen un baño en la habitación contigua. Era un cuarto pequeño al que no le habían encontrado ningún uso, puesto que ella había insistido en que los dos debían dormir en la misma cama. Pero después de ese día, ya tendría un uso que darle: montaría allí su nuevo dormitorio. No yacería nunca más junto al hombre más traidor que pudiera existir en la Tierra.

Se bañó restregando bien cada parte de su cuerpo para quitarse cualquier

rastro de olor u enfermedad que pudiera haberle traspasado su esposo. Y fue fuerte, no derramó ni una sola lágrima por él. Ya lo había hecho con creces la noche anterior.

Sin siquiera pasar por la habitación de su hijo, desayunó sola y se dispuso a salir de la casa. Tenía mucho en que pensar y no podía hacerlo cerca de ninguno de ellos dos.

Estaba casada con un hombre que no la amaba, ahora lo comprendía. Y

lo peor de todo era que Harvey sería por siempre un recordatorio de que se había entregado a él en cuerpo y alma. Ni siquiera podía verlo o escucharlo.

Caminó por la calle principal de la ciudad y empezó a recorrer las tiendas. No había nada más efectivo para quitarse las penas que ir de compras. No le importó gastar una fortuna en sombreros y nuevos vestidos, tampoco en guantes o joyas. Ya no sentía ni una pizca de lástima por su esposo, esa sería su forma de vengarse por haberla humillado de semejante forma.

Cuando salió del último establecimiento, estuvo a punto de chocar con un hombre alto y elegante, pero logró detenerse antes.

—¡Lord Beckford, qué sorpresa! —exclamó al verlo.

Granville Winn, conde de Beckford, era un viejo amigo y compañero de Francis y Parker, a quien Ash había conocido al inicio de la temporada.

Recientemente había heredado el título de un primo lejano y, según le habían explicado, por mediación de él se habían conocido Francis y Melanie.

—Lady Brookshire, qué placer —contestó el hombre sonriendo.

—¿Está de compras, milord? —preguntó mucho más animada de lo que había salido de su casa por la mañana. Ver un rostro amable y atento había conseguido distraerla.

—No, solo paseaba. ¿Está sola, milady? ¿Dónde está mi buen amigo Parker?

—Durmiendo, supongo. Parece que tuvo una larga noche —comentó

mirando hacia otro lado sin poder resistir hacer alusión a su traicionero y ponzoñoso esposo. Granville hizo una mueca y no supo qué contestar, entonces Ash se apiadó de él y siguió hablando—: En fin, estoy sola.

¿Desea acompañarme a tomar el té? Sirven uno maravilloso a dos manzanas de aquí y la verdad es que me muero de hambre. Si no tiene planes, por supuesto.

Él sonrió.

—Claro que no. Será un gusto acompañarla, milady.

—Ya te lo digo, Emmie. Los vi. Estaban ahí, los dos y se besaban con mucho… amor —contó Ash sin dejar de llorar a pesar de que se había prometido que no volvería a derramar una lágrima por él.

—No puedo creer que sea tan cretino. ¿Cómo pudo hacer algo así? ¿Qué vas a hacer, Ash? No puedes quedarte callada, tienes que enfrentarte a él y decirle que lo sabes todo.

La joven siguió llorando mientras Emmeline la consolaba.

Había tomado el té con lord Beckford y luego había decidido que aún no estaba lista para volver a su casa y ver la cara de su estúpido marido. Así que se había marchado a la residencia de su mejor amiga y no habían pasado más de cinco minutos de su llegada cuando había comenzado a llorar como la noche anterior.

—No lo sé, Em. No sé qué voy a hacer. ¿Qué haría una mujer como yo sin un esposo? Me convertiría en una paria para la sociedad si lo abandonara. No podría vivir así.

—Joseph y yo te ayudaremos con lo que sea, lo sabes, ¿verdad?

—No sería suficiente —suspiró—. Si dejara a Parker, tendría que volver a vivir con mi padre. Sería una vergüenza para él, un escándalo. Sé que tengo que seguir con Parker, no hay otra opción. Pero te aseguro algo: nunca, jamás, volverá a tocarme. No le permitiré que siga humillándome así y tratándome como a una… tonta.

Emmie la apoyó y le dio un apretón en la mano.

—Claro que no, Ash. Tú vales mucho, no dejes que se burle de ti.

Ash se puso de pie y comenzó a caminar por los alrededores. No sabía de dónde sacaría fuerzas para hacerle frente, para rechazarlo y alejarse de él.

Parker podría estar enamorado de otra, podría desear a esa mujer indecente, pero ella siempre lo amaría a él.

Tendría que odiarlo por lo que le estaba haciendo, por haberla traicionado y mentido, pero su corazón le pertenecía por completo.

Alejarse sería lo más difícil que tendría que hacer en la vida.

—¿Por qué crees que se casó conmigo si la amaba a ella? —preguntó deteniéndose de golpe con esa idea en la cabeza.

Emmie negó con la cabeza.

—Eso no es amor, Ash. Los hombres no aman a sus amantes, lo que tienen no es más que pasión.

Ash ladeó la cabeza.

—¿Cómo estás tan segura?

—Lo leí en mis libros, por supuesto —dijo la marquesa encogiéndose de hombros—. La pasión está muy lejos de ser amor.

—Pero ¿por qué? —inquirió dejándose caer en el sofá sin ninguna elegancia—. ¿Por qué buscarse una amante cuando yo también podía darle pasión, Em? No es justo.

A Emmeline le dolió no tener una respuesta y bajó la cabeza con pena.

—No lo sé, Ash. Supongo que algunos hombres simplemente son así. No saben valorar el amor verdadero ni aunque Cupido les dé un flechazo en la cabeza.

Ash volvió a casa cuando ya había anochecido. Joseph la había enviado en su propio carruaje para asegurarse de que llegaba a salvo y ella estaba agradecida. A pesar de que siempre le había tenido miedo al reacio marqués, ahora reconocía que él era un verdadero caballero y Emmie había

tenido mucha suerte al encontrarlo.

Parker estaba dando vueltas en el recibidor cuando ella entró y se detuvo de golpe al verla llegar.

—¡Ashleigh! Al fin llegas. ¿Tienes idea de lo preocupado que estaba por ti?

La joven alzó el mentón y las cejas.

—¿Ah, sí? —preguntó con indiferencia.

—¡Claro que sí! —exclamó el conde tomándola por los brazos y sacudiéndola—. ¿Qué ocurre contigo? Has estado fuera todo el día. ¿Has visto la hora que es?

—Fui de compras y luego a la casa de Emmeline, supongo que perdí la noción del tiempo.

Él la miró como si estuviese loca.

—¿Perdiste la noción del tiempo?

—Sí, Parker —sentenció—. Ahora si me disculpas quiero ir a cambiarme. Y hazme el favor de decirle al mayordomo que cenaré en mi habitación. Gracias.

Se zafó de su agarre y comenzó a subir las escaleras buscando en su interior toda la fuerza posible para no llorar. Verlo le resultó mucho más difícil de lo que había imaginado.

Llegó a la habitación y se quitó el vestido como pudo sin contar con la ayuda de nadie. Esa noche aún tenía que pasarla allí, pero a partir del día siguiente empezaría a montar un nuevo cuarto para dormir sola. Si de ella dependiera, hasta se mudaría de casa.

Cuando la comida llegó, una hora después, picoteó un poco del plato y lo dejó a un lado. Se le habían quitado las ganas de comer y lo único que quería era dormir y olvidarse de todo.

Pero no lo logró.

Mientras se cepillaba el cabello antes de acostarse, Parker entró en la habitación y se acercó a ella. Le quitó el cepillo de las manos y empezó a

cepillárselo él.

Ash pensó que si lo hubiera hecho días atrás, se habría derretido. Ahora ya no le provocaba nada, excepto un revoltijo de emociones en su interior que solo la hacían poner triste y más enfadada.

¿Cómo podía ser tan hipócrita, tan cobarde?

—¿Vas a contarme qué sucede, cariño? —preguntó con delicadeza.

Ella lo miró a través del espejo.

—¿Y por qué mejor no empiezas tú por ser sincero conmigo?

Parker no tenía idea de qué estaba hablando, Ash pudo saberlo por la expresión en su rostro.

—¿Qué quieres decir? —indagó, curioso.

Quitándole el cepillo de las manos, Ash se puso de pie y lo miró a los ojos.

—Que ya lo sé todo, Parker. Os vi, os vi a los dos.

El conde arrugó la frente y dio un paso atrás.

—¿De qué estás hablando, querida? ¿A quién viste?

—¡A ti y a tu amante! —gritó lanzando el cepillo al suelo—. Y no te atrevas a negarlo. Se me cayó la venda de los ojos, eres un cretino, un mentiroso.

—Ashleigh… —susurró conmocionado, estirando un brazo hacia ella. Lo había dejado sin palabras, cogiéndolo totalmente desprevenido y sin posibilidades de defenderse.

—¡No! No te acerques. No quiero volver a tenerte cerca, ¡nunca! ¡Vete!

¡Vete con tu amante!

—Querida, por favor… No lo entiendes, yo…

Él quería explicarse, pero ella estaba decidida a no seguir oyendo más mentiras. Dolían demasiado.

Abrió la puerta de la habitación y señaló hacia el pasillo.

—Vete, Parker. No quiero oírte. Olvídate de mí. A partir de ahora este es un matrimonio de palabra. Yo haré mi vida y tú harás la tuya. Diviértete,

haz lo que quieras con quien quieras. Ya no me importa. Déjame en paz.

Parker se plantó delante de ella.

—Ash, por favor. Déjame explicarme, te juro que mi intención nunca fue herirte.

—Pero lo hiciste —replicó ella con los ojos llenos de lágrimas.

—Por favor, haz un esfuerzo por perdonarme, por el niño.

Todo el coraje que había juntado para encararlo se tambaleó por un instante. Quizá podría perdonarlo, si se disculpaba adecuadamente tal vez…

«¡No! —le advirtió una vocecilla en su interior—. ¡No lo perdones!».

—No me importa el niño. Es tu hijo, tu deseado heredero, hazte cargo tú.

No quiero nada que me una a ti.

Parker negó con la cabeza.

—Estás diciendo tonterías —le apuntó—. Mis errores y nuestros problemas no tienen nada que ver con el niño. No puedes castigarlo a él.

—Vete, Parker —le ordenó con cansancio—. Déjame sola.

El conde terminó por rendirse y se marchó de la habitación. Sus fallos habían comenzado a salir a la superficie mucho antes de lo que esperaba y ahora tendría que comenzar a pagar por ellos.

En las semanas que siguieron, Ash no le dirigió la palabra a Parker y tampoco se acercó a su hijo en ningún momento. En su lugar, se dedicó a mudarse de habitación y continuó con sus compras desmedidas.

Parker estaba desesperado. El niño extrañaba a su madre, no dejaba de llorar, y a pesar de que ella podía escucharlo, no hacía nada por consolarlo.

Parecía que se hubiese arrancado el corazón del pecho.

Él intentó hablar y volvió a disculparse una y mil veces, pero no consiguió llegar a ella. Estaba castigando a su hijo para castigarlo a él.

No era justo, pero ya no sabía qué hacer al respecto.

El niño tenía niñeras y una nodriza, pero ninguna de ellas llenaba el espacio que su madre había dejado vacío.

Viendo que no había forma de hacer entrar a Ash en razón, Parker empezó a pasar más tiempo con el bebé y dejó de lado toda fiesta a la que sus negocios no lo obligaran a asistir.

Era su deber como padre no dejar abandonado al niño como habían hecho con él durante su infancia. Uno de los dos tenía que protegerlo y aunque Parker nunca se había considerado el más apto para hacerlo, estaba decidido a hacer el trabajo de la mejor manera posible.

No obstante, esa noche, no podía dejar de asistir a la velada que había organizado uno de los lores más influyentes de toda la sociedad, el duque de Harsburn, padre de Joseph.

Sabía que Ashleigh asistiría, la había oído prepararse en la habitación contigua, pero ni siquiera se había molestado en preguntarle si irían juntos porque conocía su respuesta de antemano. Su esposa lo odiaba y él era el gran culpable.

No perdía la esperanza de que si hacía las cosas bien, algún día lograse recuperarla o por lo menos hacer las paces para vivir en paz por el bien de Harvey, pero en un futuro cercano no contemplaba esa posibilidad.

Cuando salieron al pasillo, lo hicieron los dos al mismo tiempo pero en sentido contrario, llegando a encontrarse de frente cuando él iba de camino a despedirse de su pequeño. Ash clavó sus ojos en él y alzó la cabeza. Tenía un vestido rojo oscuro de mangas cortas y unos delicados guantes blancos que le cubrían hasta los codos. Para completarlo, llevaba un largo collar de perlas que la hacían aún más delicada.

Estaba bellísima, él siempre lo había sabido, se había casado con una de las mujeres más hermosas de la sociedad. Pero sus ojos, que antes habían brillado llenos de amor y esperanza, ahora estaban llenos de rabia contenida, tristeza y algo parecido al odio.

Darse cuenta de que él era el causante de semejante cambio fue como un golpe directo al corazón. Si se había buscado una amante, si se había mantenido alejado de ella, había sido exclusivamente por todo lo contrario,

por no herirla. Había creído que la distancia les haría bien a los dos, que no tendrían la oportunidad de hacer nada que le causara daño al otro.

Había sido un imbécil.

—Estás preciosa —le dijo con una media sonrisa, ya presintiendo cuál sería su respuesta.

Ella estuvo a punto de sonreírle, Parker se percató, pero finalmente no lo hizo.

—Lo sé —musitó alisándose el vestido—. ¿Me permites pasar? Tengo una fiesta a la que asistir.

—Por supuesto —susurró él y la miró alejarse con su porte majestuoso.

Antes de salir en un carruaje distinto, Parker finalmente se despidió de su hijo, que dormía tranquilo en su cuna. Al pobre le esperaba un futuro incierto sin una madre que le diera amor, y cuando creciera, sabría a quién tendría que culpar. Pero hasta que llegara el momento en el que lo entendiera todo y terminara odiándolo, se esforzaría al máximo para que fuese feliz.

Cuando llegó a la fiesta, encontró la casa abarrotada de gente y soltó un suspiro, no estaba de humor para una fiesta de esa magnitud. No pensaba quedarse mucho tiempo, solo lo suficiente para saludar a sus conocidos y ser presentado ante varias personas, cuya colaboración necesitaba para un par de negocios que le interesaban.

Ni siquiera tenía la obligación de bailar con su esposa, y ahora que ella lo rechazaba, por alguna razón, se moría por hacerlo.

De milagro, enseguida se encontró con Francis y Melanie, pero no vio ni rastro de Ashleigh.

—¿Han visto a mi mujer?

—Para nada —contestó Francis—, ¿acabáis de llegar y ya la has perdido?

El conde miró hacia todos lados, avergonzado por la respuesta que estaba

obligado a dar:

—No hemos venido juntos.

Las cejas de Francis se elevaron.

—¿Y eso por qué?

—Se enteró de lo mío con Vanessa. Me siguió hasta su casa, ¿puedes creerlo?

Su amigo soltó una carcajada sonora y lo palmeó en la espalda.

—Oh, Parker. Te dije que sucedería algún día, solo que no pensé que tan pronto. La niña no es tan tonta como creíste, ¿verdad?

—No te burles —repuso enfurruñado—. No sé qué voy a hacer. Ha abandonado por completo al niño, que no hace más que llorar porque la echa de menos. Es un bebé, pero entiende que su madre no se ha acercado a él en una semana.

Melanie intervino por primera vez:

—No entiendo, ¿por qué no querría ver a su bebé? ¿Qué es lo que hizo usted, milord?

—Es demasiado escandaloso para tus tiernos oídos, mi amor —se apresuró a aclarar Francis.

Ella se cruzó de brazos.

—No seas tonto, quiero saberlo.

Él suspiró, resignado a obedecer a su esposa y complacerla en todo lo que le pedía.

—Vanessa es su amante y Ashleigh los descubrió juntos.

Los ojos de Mel se abrieron como platos.

—Oh… milord… Cielo santo… Y… —hizo una pausa en la que paseó su mirada entre los dos hombres—. ¿Qué culpa tiene el niño?

Parker seguía avergonzado y se llevó una mano a la frente.

—Ser mi hijo. Me dijo que era mi hijo, mi heredero, que yo debía ocuparme de él.

—Pero… la pobre criatura… —se lamentó Mel negando con la cabeza

—. Desearía poder ayudarlo, milord. Pero casi no conozco a su esposa. Tal vez Emmeline…

—No —sentenció Parker—. No quiero involucrarla. Yo solo me metí en este problema y lo correcto es que yo lo arregle, aunque todavía no sepa cómo.

Francis asintió mostrando su conformidad, pero Melanie siguió insegura.

—Tal vez… —susurró con su voz suave de siempre—. Si usted no se ofende, milord, tal vez yo podría pasar algún tiempo con el bebé. Necesita una madre, no puede estar solo. Hasta que todo se arregle yo puedo cuidarlo junto con Frannie. No sería un problema, me encantan los niños y los dos tienen casi la misma edad.

A Parker se le iluminó la mirada. Era lo más bonito y noble que había escuchado en mucho tiempo. Sin duda, no se merecía a sus amigos.

—¿Haría eso, milady? ¿No sería… demasiado?

Ella sonrió.

—Claro. No sería ningún problema. Siempre y cuando su esposa esté de acuerdo… Puedo imaginar que carga con una pena muy grande, no quisiera que mi intervención empeorase la situación de ninguna manera.

Él hizo una mueca.

—No creo que a mi esposa le importe. Ya casi nunca está en casa… y cuando lo hace, no se acerca a su habitación.

—Eso está muy mal, Parker —agregó Francis—. ¡Menudo lío en el que te has metido!

—Me conoces, amigo. Es para lo único que soy bueno.

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