Un corazón traidor

Marion Marquez · Capítulo 13 de 19

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Un corazón traidor

Capítulo 13

13

Ash pestañeó sintiendo la luz del sol en los ojos. Adormilada como estaba, le costó recordar dónde se encontraba y qué había pasado la noche anterior.

Pero no pasó mucho tiempo hasta que todas las imágenes de lo que había sucedido asaltaron su mente.

Se movió apenas, dándose cuenta de que no estaba sola en la cama. Tenía la cabeza apoyada en el pecho de su esposo y podía sentir el latido de su corazón bajo su oreja. Durante un minuto, se quedó quieta con los ojos cerrados, disfrutando del calor que le brindaba el cuerpo que la estaba abrazando.

Hacía demasiado tiempo que no tenía un despertar semejante, ni una noche parecida, pensó siendo sincera consigo misma. Su esposo había sido tierno, y se había dedicado a complacerla de todas las formas posibles, tal como lo recordaba. Parker siempre había sido así de generoso con ella y Ash tenía los mejores recuerdos de sus noches juntos.

Se movió despacio, tratando de no despertarlo, pero cuando miró su rostro descubrió que tenía los ojos abiertos.

—Buenos días —dijo él con una sonrisa.

—Buenos días —respondió ella devolviéndole el gesto—. Creí que estabas dormido. ¿Qué hora es?

—No tengo idea —respondió Parker levantando una mano para retirarle el cabello del rostro—. Estás preciosa con el cabello alborotado.

Ash apoyó la cabeza en la almohada y se tapó hasta la barbilla, siendo consciente de su desnudez. Después de las cosas que habían hecho, no debería avergonzarse, pero seguía sintiendo algo de pudor en su presencia.

Por debajo de la ropa de cama, Parker empezó a acariciar su cuerpo, mirándola desde arriba y apoyado con un codo sobre el colchón.

—Debería ir a ver a Harvey —comentó Ash sin mucho convencimiento.

—Estoy seguro de que está muy entretenido con la niñera.

—Pero… —quiso protestar y el conde la acalló con un beso.

—No pienso dejarte salir de esta cama al menos hasta el mediodía —

declaró y procedió a hacer todo lo posible para cumplir con su palabra.

Ash se colocó un sencillo vestido de mañana mientras todavía seguía riendo por haber escapado de su marido, quien la miraba desde el lecho con una sonrisa lobuna, contemplando cómo se ponía las medias de seda y las ataba con una cinta.

Se sentó en una silla para calzarse los escarpines y cuando alzó la vista, él estaba frente a ella, desnudo, sin mostrar ni una pizca de pudor.

Ash se ruborizó de inmediato y soltó una risita tonta cuando Parker la tomó por los brazos y la levantó para ponerla a su altura. Le rodeó con los brazos la cintura y la besó inclinándola hacia atrás en el proceso.

—Basta ya —logró articular ella cuando se dieron su tiempo para respirar

—. Tengo que ver a Harvey. No podemos pasarnos todo el día en la habitación.

—¿Por qué no?

—Porque es indecoroso —protestó—. Y tengo que atender a mi hijo.

Finalmente, el conde cedió.

—Oh, está bien. Ve —dijo apuntando hacia la puerta con un dedo—. Ve antes de que vuelva a atraparte y te arranque ese bonito vestido de un tirón.

Ashleigh lo miró sin poder moverse durante un segundo, pero terminó por soltar una carcajada y salió corriendo cuando sus ojos llenos de deseo volvieron a encontrarse.

Varias semanas después, Ash se encontraba tomando el té con Emmeline mientras sus hijos jugaban delante de ellas con unos nuevos juguetes que Parker le había comprado a Harvey. Después de contarle que su prima Kate había rechazado al tercer pretendiente que se le declaraba esa temporada, Emmie siguió hablando sobre lo mucho que deseaba regresar a la casa de campo de Thornehill, cuando a Ash se le despertó un extraño sentimiento de incertidumbre con respecto a su futuro.

Percatándose de su cambio de actitud, Emmie interrumpió su cháchara para mirarla con sus ojos grandes y preocupados.

—¿Qué sucede, Ash? Parece que te has indispuesto de repente.

Ash se llevó las manos a la cabeza y soltó un suspiro ruidoso.

—Oh, Emmie. Tengo algo que contarte.

La marquesa alzó las cejas con intriga y se inclinó más hacia ella dejando la taza con su platito de nuevo en la mesa.

—¡Cielo santo, parece grave, cuéntame!

Ash miró a los niños y también se inclinó hacia Emmie para contarle sus confidencias.

—Parker y yo… —balbuceó poniéndose colorada como una manzana—.

Nosotros… Hemos… ¡Ay, cielos, Emmie! ¿Entiendes lo que quiero decir?

La otra joven la miró como si estuviera desconcertada y ladeó la cabeza mientras la escuchaba como si estuviese haciendo un gran esfuerzo por comprenderla.

—Me temo que no, querida. Parker y tú… ¡Oh! —exclamó abriendo aún más los ojos, si eso era posible, y se llevó una mano a la boca—. ¡Oh!

Ahora lo entiendo, Parker y tú habéis…

—¡Emmeline! —la regañó mirando de soslayo a sus hijos, que parecían

muy entretenidos moviendo los caballos y sus jinetes por toda la alfombra, mientras que la pequeña Aileen usaba los caballitos de madera para pasear a sus muñecas—. Si ya lo has entendido no es necesario que lo digas en voz alta.

—Ay, querida, somos dos mujeres respetablemente casadas, podemos hablar de ello con toda dignidad.

—Bueno, para mí no es tan fácil. Es muy difícil hablar de esto, pero no podía guardármelo más.

Emmie soltó una risa.

—Está bien, está bien. No te haré sufrir, pero tienes que contármelo todo.

¿Eso quiere decir que lo has perdonado?

La expresión de Ash se volvió lúgubre.

—Ese es el problema. No lo sé. Se está portando muy bien conmigo y con Harvey. Es todo un caballero y un buen padre. Pero…

—Todavía tienes tus dudas —terminó por ella—. ¿Y crees eso de que ha dejado a su amante?

Ash se encogió de hombros.

—Estoy segura de que es verdad. Por algún motivo, le creo. Y ya no sale por las noches si no es conmigo, lo que últimamente no es muy a menudo.

Emmeline sonrió.

—Lo sé. Ha cambiado mucho desde que lo dejaste. Creo que le hizo abrir los ojos. Entonces ¿qué es lo que te preocupa?

—Tengo miedo —confesó Ashleigh—. Tengo miedo de resultar herida de nuevo. No sé… No sé si podría resistirlo.

Con una palmadita en la mano, Emmie trató de insuflarle ánimos.

—Lo sé, Ash, lo sé. Pero en mi opinión, te arrepentirás mucho si no le das una oportunidad.

La joven suspiró y comenzó a mordisquear un bollo con mermelada.

Estaba en una encrucijada, tenía sentimientos encontrados con respecto a su matrimonio y a su forma de proceder en las últimas semanas.

Cada noche, Parker acudía a su habitación y hacían el amor hasta altas horas de la madrugada; luego, dormían juntos hasta el amanecer. Él la llenaba de regalos y muestras de afecto a cada hora del día. Ash vivía en un sueño aunque a veces se preguntaba, con cierto temor, cuándo iba a despertar.

Y ahora Emmie le decía eso cuando ella había esperado que le dijera que era una locura.

—Mamá —oyó decir a Harvey, que estaba de pie frente a ella.

Ash dejó el bollo a un lado y puso toda su atención en él.

—¿Sí, cariño?

—Me duele la cabeza, mamá.

—Oh, cariño —dijo y lo tomó para sentarlo en su regazo—. Ven, aquí.

¿Te duele mucho?

Harvey asintió y se abrazó más a ella apoyando la cabeza en su pecho.

Ash lo abrazó, conmovida por su ternura, pero sin tener la mínima idea de qué hacer además de consolarlo.

Ashleigh estaba despidiendo a Granville cuando Parker llegó a casa. Ambos se saludaron con un gesto de cabeza para nada amable y el vizconde se marchó de inmediato.

Con su buen humor, Ash se dispuso a buscar a su esposo para recibirlo como era adecuado.

A pesar de todas sus dudas con respecto a cómo continuarían su relación una vez que la temporada hubiese acabado, ella no podía dejar de pensar en él ni emocionarse cada vez que lo veía llegar. Deseaba, con todo su corazón, que esa vida familiar y ese matrimonio lleno de cariño perdurasen.

Entró en la biblioteca, donde lo había visto meterse antes, y se acercó a él, que estaba de espaldas junto a la licorera.

—¿Qué tal ha ido hoy? —preguntó abrazándolo por detrás—. Has estado ausente toda la tarde.

Parker se soltó de sus brazos y caminó varios pasos lejos de ella, dejándola extrañada y fría. Ash se lo quedó mirando, puesto que siempre la recibía con un beso apasionado e insistía en subir a su cuarto a tomar el postre antes de la cena.

—Ha ido bien —comentó con el ceño fruncido y casi sin mirarla.

—Parker, ¿qué sucede? —inquirió con auténtica preocupación.

Él siguió caminando hasta sentarse en su escritorio, aún sin dirigir su mirada hacia ella.

—Nada, Ashleigh, tengo mucho trabajo por delante.

Sin creer que eso fuera todo lo que sucedía, Ash decidió no darse por vencida.

Se cruzó de brazos y se plantó frente a él.

—Creí que no habría más mentiras ni secretos entre nosotros.

Con un golpe estruendoso, Parker soltó el libro de cuentas que tenía en la mano. Ash dio un respingo, pero no se movió de su lugar; se cercioró de que su marido no estaba bien y de que fuera cual fuese el problema que tenía, era con ella.

—¿Cómo puedes preguntarme qué me sucede? —bramó—. Llego a mi casa, dispuesto a abrazar a mi mujer después de horas de estar fuera y la encuentro nada más y nada menos que con su amante. ¿Cómo crees que me siento?

La taladró con la mirada y Ash no supo qué responder porque estaba tan asombrada que se había quedado sin palabras.

Él prosiguió:

—Y lo peor es que lo entiendo. Yo te engañé en el pasado y ahora, cuando creo que estamos siendo felices, tú haces lo mismo. No debería haber esperado menos.

Ofendida, Ash abrió la boca y alzó la barbilla con obstinación.

—¿De verdad eso es lo que piensas? —replicó en su mismo tono—.

¿Que estoy paseando a mi amante delante de tus narices para vengarme?

—¿Qué otra cosa podría pensar cuando lo he visto con mis propios ojos?

Ella se inclinó hacia delante.

—¿Es que acaso nos has encontrado en la cama, Parker? ¿Qué clase de mujer crees que soy?

El conde se quedó en silencio con la misma expresión enfurruñada.

Ella rodeó el escritorio y se paró junto a su silla, obligándolo a levantarse para no tener que mirarla desde abajo.

Más relajada, intentando controlar su temperamento, Ash volvió a hablar.

—Granville nunca fue mi amante, Parker —confesó en voz baja—. Pero sí es mi amigo, mi buen amigo, y no dejaré de verlo porque tú te sientas celoso o inseguro.

Él siguió mirándola con recelo y se cruzó de brazos para sofocar el impulso de tocarla cuando la tenía cerca.

—Os vi, Ashleigh. Vi cómo te mira, cómo te toca, cómo te habla…

¿Cómo voy a creer que no teníais una relación íntima?

—Porque yo te lo estoy diciendo, Parker. Mi palabra debería bastar. ¿Es que no es suficiente? ¿No confías en mí?

El conde volvió a hacer una larga pausa.

—Claro que confío en ti. Pero yo… yo entendería si quisieras vengarte…

Tendrías todo el derecho a hacerlo. Fui el peor esposo que podrías haber imaginado, me lo merezco.

Ella ladeó la cabeza.

—Pero yo no soy así. Ya no. Si hice creer que era mi amante todos estos años es porque estaba resentida. Él solo se prestó porque es un buen amigo y le dije que si no me ayudaba me buscaría a otro hombre.

Los ojos de Parker se abrieron desorbitadamente al pensar en Ashleigh haciéndole semejante ofrecimiento a otro hombre. Granville al menos era una persona honrada y no se tomaría libertades que ella no le concediera.

Los dos se miraron durante lo que pareció una eternidad y él terminó por soltar un suspiro y estrecharla contra su pecho en un cálido abrazo. Apoyó

la barbilla en su cabeza y cerró los ojos mientras le acariciaba el pelo con movimientos rítmicos.

—Lo siento —murmuró mientras la sujetaba sin mucha delicadeza—.

Nunca voy a dejar de pedirte perdón por todo lo que te hice.

Ella no dijo nada, como siempre hacía cada vez que él le pedía perdón, y Parker sabía que era porque aún no había logrado perdonarlo del todo.

Aunque se entregaba a él cada noche y se mostraba cariñosa durante el día, sabía que aún había cierto resentimiento por parte de su esposa.

Y él no descansaría hasta borrar de su mente todos esos malos momentos ni los años de tristeza que le había hecho pasar.

En los días siguientes, su relación fue incluso mejor, dado que ella se sentía más tranquila por confesarle la verdad y él más seguro de que no escaparía con su amante cuando se descuidara.

Parker también contrató un pintor para que hiciera un cuadro de los tres como familia, puesto que deseaba poder colgarlo en su residencia de verano cuando se mudaran al final de la temporada, para lo que ya no faltaba demasiado tiempo.

Y así pasaron los siguientes días, posando para un artista francés sentados en la sala más luminosa de la casa.

—Me duele la cabeza, mamá —se quejó Harvey una vez más, igual que hacía muy a menudo en los últimos tiempos.

Ash se movió dejando su posición erguida para tomar al niño en los brazos. Le tocó la frente y notó que estaba anormalmente caliente.

El conde se giró hacia ellos y acarició la cabeza de su hijo.

—Me parece que alguien está demasiado cansado por hoy —comentó poniéndose de pie—. Dámelo, lo llevaré a la cama para que descanse.

Ash arrugó el entrecejo e hizo un gesto de negación.

—No creo que sea eso. Me parece que tiene fiebre.

Su padre también lo tocó y la expresión le cambió cuando confirmó las

palabras de su esposa. Harvey se acurrucó aún más en los brazos de Ashleigh.

—Y tengo frío, mamá.

Ash lo abrazó con más fuerza y miró suplicante a Parker, que parecía tan confuso como ella. Algo iba mal y ninguno de los dos tenía idea de qué se trataba.

—Iré… Iré a pedir que traigan al médico.

El facultativo exploró a Harvey y declaró que el niño tenía gripe, lo que no era extraño para esa época del año. Les dio a los padres todas las indicaciones y se marchó dejándolos a todos más preocupados que antes.

Y es que nada podía ser tomado a la ligera, mucho menos en un niño tan pequeño como Harvey.

Ash pasó cada minuto junto a la cama de su hijo, tranquilizándolo y prometiéndole que todo estaría bien. Por suerte, gracias a la dosis de láudano que le habían recetado, podían calmar su dolor y mantenerlo dormido para que no sufriera.

Lo despertaban de vez en cuando para alimentarlo y volvían a dejarlo dormir, para continua tortura de Ashleigh.

Un día entero después de la visita del médico y después de toda una noche sin dormir, Parker intentó convencerla de que fuera a su cama a descansar un poco.

—No, quiero quedarme con él. No quiero que despierte y no me vea.

—Pero tienes que dormir algo tú también. Yo me quedaré con él.

Ash negó con la cabeza y siguió aferrada a la mano de su hijo.

—Tú tampoco has dormido, ve a la cama, Parker. Quiero quedarme aquí.

Resignado, la besó en la frente y se dispuso a salir de la habitación, pero no con el objetivo de dormir, sino de hacer algo para evitar que su esposa también enfermara.

Bajó a su escritorio y se dispuso a escribirle una nota a la única persona

que podría ayudarlos.

Ash no notó que se había quedado dormida hasta que su marido la despertó.

Estaba sentada en la silla junto a la cama de Harvey y tenía la frente apoyada en el colchón. Él le sonrió y la acarició hasta que estuvo despabilada.

—Hay alguien que ha venido a ver a Harvey —susurró él y Ash levantó la cabeza encontrándose con la mirada preocupada de Melanie.

—Hola —saludó esta—. Espero que no te moleste que haya venido, tenía que verlo.

Dado que Melanie era más madre de Harvey de lo que ella nunca podría llegar a ser, Ash se levantó de la silla y asintió.

—Por supuesto —contestó mordiéndose los labios por los celos. Ash no sabía si alguna vez Harvey se había puesto enfermo, pero Melanie lo sabía todo sobre su hijo y posiblemente supiera mucho mejor que ella cómo consolarlo cuando se sentía mal.

—¿Por qué no vas a descansar un rato? Tal vez una siesta en tu cama te siente bien —comentó Melanie—. Yo me quedaré aquí con él por si despierta.

—Cariño, por favor —pidió Parker poniendo una mano en su hombro.

Ella terminó cediendo.

—Tal vez un rato —dijo y se levantó después de besar en la frente a su hijo, dejando que su marido la condujera fuera de la habitación.

Parker la llevó a su cuarto y se acostó junto a ella en la cama, abrazándola por detrás. Ash cerró los ojos creyendo que no iba a lograr concebir el sueño, pero al contrario de lo que pensaba, no tardó en dormirse.

Parker se despertó una hora después de haberse acostado junto a Ashleigh.

No había planeado dormir, solo acompañar a su esposa hasta que ella lo

hiciera, pero el cansancio lo había vencido.

Se levantó sin hacer ruido y salió de su cuarto dispuesto a comprobar el estado de Harvey. La puerta estaba entreabierta y cuando se asomó, se encontró con el rostro pálido de Melanie.

Al verlo, ella salió de la habitación y lo tomó de un brazo para alejarse un poco.

—¿Qué sucede? —preguntó alterado por el deplorable estado en el que se encontraba.

Mel negó con la cabeza.

—Tienes que llamar al médico, Parker. Tiene que venir a verlo.

—Pero ya lo hizo, dijo que no había nada que pudiera hacer. Que era una gripe muy fuerte.

—Es que… no creo que sea gripe —se lamentó ella—. Hace un rato han venido a asearlo y hemos descubierto que tiene unas pequeñas manchas rojas por todo el cuerpo. No sé mucho sobre medicina, pero nunca he visto una gripe que provocara eso.

Sus palabras lo dejaron helado. Él tampoco había visto nada igual y eso lo preocupó aún más.

—Mandaré a por el médico. ¿Puedes quedarte con él un rato más?

Ella asintió.

—No me moveré de su lado.

Cuando Ash despertó, estaba sola, pero lejos de molestarla, la dejó más tranquila saber que Parker estaba pendiente del niño. Se levantó y sin pensárselo un segundo, se marchó a la habitación de su hijo.

Ya estaba oscuro y pensó que quizá Melanie se habría marchado. Pero cuando entró al cuarto, los encontró a ella, a Parker y al médico.

—¿Qué está pasando? —preguntó a nadie en particular sintiendo que la desesperación volvía a consumirla.

En ese mismo momento, el facultativo se alejó de la cama y se acercó a

ella, seguido por los otros dos. Se quitó las gafas y soltó un suspiro que a Ash no le ofreció ninguna confianza.

—Por lo que he podido evaluar, me temo que las noticias que tengo que darles no son muy alentadoras. Estamos ante un caso de tifus y mucho me temo que en los niños no suele tener buen pronóstico.

Ash sintió que le clavaban un puñal en el corazón y fue incapaz de pronunciar palabra.

—¿Es que no hay nada que pueda hacer, doctor? —insistió Melanie con la voz titubeante, casi como si ella misma estuviese a punto de ponerse a llorar—. Seguramente tiene que haber algo…

—Lo siento, lady Welltonshire, pero lo único que podemos hacer es esperar y darle láudano para calmar su sufrimiento.

—¿Es que…? —intervino Parker—. ¿Usted cree que mi hijo está sufriendo?

—En efecto, es un proceso muy doloroso para la persona que lo padece, milord. La fiebre, los delirios… Y lo peor ni siquiera ha comenzado.

A Ash se le escapó un sollozo, pero los ignoró a todos y fue directa al lado de la cama de su hijo. Se puso de rodillas en el suelo y comenzó a rezar tomándole la mano entre las suyas.

Habían pasado tres semanas desde que Harvey había comenzado a guardar reposo, semanas en las que Ashleigh, Parker y Melanie se turnaron para cuidarlo, sin dejarlo solo ni un minuto. El niño pasaba por momentos de delirio con intervalos de lucidez en los que abría los ojos y hablaba con ellos como si todo estuviera bien, a excepción de su carita pálida, su cuerpo frágil y su voz tenue.

Ese día, con tan solo verlo, Parker supo que algo andaba mal. La piel de Harvey había adquirido un tono morado y su respiración era rápida y superficial. Se sentó junto a él, relevando a Melanie de su turno, quien seguía demostrándole ser una excelente amiga y amar a su hijo tanto como

si fuera propio, y notó que el niño ardía en fiebre, con los ojos entreabiertos y la mirada fija.

Dejó escapar unas lágrimas, cansado de fingir que no era débil y tomó al pequeño en brazos para acunarlo contra su pecho.

—Tienes que ser fuerte, muchacho —le dijo con la voz ronca—. Tienes que ser fuerte y recuperarte por mamá y papá. Te queremos mucho, cariño.

Te necesitamos con nosotros.

Pero Harvey ni se movió, solo emitió un quejido que hizo que a Parker se le rompiera el corazón.

Lo mantuvo cerca de su pecho durante un largo rato, pensando tontamente que de esa forma le daría fuerzas para seguir, pero terminó poniéndolo en la cama y sentándolo con su ayuda, cuando llegó una doncella con el caldo para alimentarlo.

Esa tarde no lograron hacer que comiera nada. Harvey rechazó todo el alimento negándose a tragarlo y tuvieron que darse por vencidos.

Volvió a acostarlo en la cama y siguió velando su agitado sueño.

Más tarde, ya de noche, el conde estaba mirando por la ventana cuando sintió unos ruidos provenientes de la cama. Se giró pensando que Harvey había despertado, pero comprobó que se trataba de su respiración. Esta había cambiado, volviéndose dificultosa y soltando suspiros espasmódicos.

Sin saber qué hacer, se precipitó escaleras abajo y mandó llamar al médico sin importarle la hora que fuera.

Cuando volvió, Ash y Melanie caminaban por el pasillo en dirección al cuarto, pero no se detuvo a hablar con ellas. Entró en él y tomó a su hijo en sus brazos, que seguía igual de mal que cuando lo había dejado.

—Tranquilo, hijo, tranquilo —le susurró y lo besó en la frente—. Todo estará bien.

—¿Qué le ocurre? —inquirió Ashleigh precipitándose dentro de la habitación.

—No lo sé —respondió él sin mirarla, concentrado solo en poner

cómodo a su hijo.

Lo sostuvo contra sí, le acarició el cabello y le habló en voz muy baja mientras Ash le tomaba la mano desde el otro lado. Pasó más de una hora hasta que el médico por fin llegó, pero los tres se quedaron más tranquilos cuando vieron que durante ese tiempo Harvey se había calmado y sumido en un sueño profundo.

—Hágame sitio, por favor, milord.

Con suma reticencia, Parker dejó al niño en la cama y se movió a un lado.

El facultativo comenzó a explorarlo con suma eficiencia, pero soltó un

«santo Dios» en cuanto comenzó.

—¿Qué sucede? —preguntó el conde dando un paso hacia delante.

El médico no hizo caso a su demanda y siguió con su trabajo. Cuando por fin se giró hacia ellos, tenía una expresión para nada alentadora en su rostro.

—Milady, milord, lo siento mucho, pero el niño ha fallecido.

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