Un corazón traidor
Capítulo 14
14
Después de enterrar a Harvey, Parker decidió que lo mejor para los dos era quedarse en su residencia veraniega. Ya no le veía sentido a volver a la ciudad: con el luto que guardaban no pensaban asistir a ninguna fiesta, ni hacer o recibir visitas.
Ashleigh no había salido de su habitación en ningún momento, había pasado cinco días llorando y durmiendo, sin que él pudiera hacer nada por sacarla de ese pozo de oscuridad en el que estaba sumida.
Y es que Parker no se sentía mucho mejor, estaba tan destruido como ella, su única diferencia era que hacía lo posible para no llorar y trataba de ser fuerte para su esposa cuando la visitaba en su cuarto, se acostaba a su lado y pasaba horas abrazándola.
Sus amigos solo se habían quedado un día y se habían marchado para darles privacidad en sus momentos de dolor.
Esa noche se sentó en la cama junto a Ash, que abrazaba un almohadón con la mirada perdida en un punto fijo de la habitación.
—Cariño, tienes que comer algo. Te he traído una cena caliente —dijo con delicadeza tomándole una mano y llevándosela a los labios.
Ella siguió sin mirarlo.
—No tengo hambre —murmuró con un suspiro.
—Solo un poco de sopa, por favor. Te sentará bien. Tu doncella dijo que te has sentido enferma. Tal vez es porque no has comido nada en días.
—No quiero estar bien, quiero estar con mi hijo, quiero irme con él —
murmuró mientras se apretaba más contra la almohada y empezaba a llorar.
—No digas eso, cariño —repuso acariciándole el cabello—. Estoy seguro de que a Harvey no le hubiese gustado oírte diciendo esas cosas, verte tan triste. Yo sé que es difícil, Ash, pero tenemos que seguir adelante. No estás sola, yo nunca volveré a dejarte sola.
Ella se hizo un ovillo y siguió llorando como si no hubiese oído nada de lo que él había dicho. Le dolía, ¡cómo le dolía verla así! Le hacía pensar que no solo había perdido a su hijo, sino también a su esposa.
Prefería mil veces que ella estuviese furiosa con él o que lo odiara, a verla así de inconsolable. Rodeó la cama y se tumbó a su lado, buscando abrazarla, si ella se lo permitía. Finalmente Ashleigh cedió. Se acurrucó junto a él y dejó que la consolara aunque no abandonó el llanto durante la siguiente hora hasta que acabó por quedarse dormida.
Ya habiendo perdido el hambre, él también desistió de cenar y se quitó la ropa para quedarse dormido junto a ella. Tenía el corazón cada vez más arrasado por la pena, y el tiempo, sin duda, no estaba siendo de ayuda en absoluto para mejorar su situación.
Cuando se despertó a la mañana siguiente, Ashleigh ya no estaba en la cama. Se levantó y se cambió rápidamente, extrañado de no encontrarla allí, donde había pasado recluida los últimos días.
Salió del cuarto y se dispuso a buscarla, preocupado por lo que pudiese estar haciendo. Bajó las escaleras y pensó en buscarla en el salón de desayuno, en caso de que hubiese cedido a alimentarse finalmente, pero antes de llegar, se cruzó con su ama de llaves.
—¿Has visto a mi esposa? —le preguntó.
—Ha ido a visitar la sepultura de lord Harvey, milord.
—Oh… —susurró—. Muy bien, gracias.
Pensó en ir con ella, pero después desistió. Probablemente quería algo de privacidad, pues, a diferencia de él, que ya había ido solo en otras ocasiones los días anteriores, Ash no se había despedido a solas de su hijo.
Le daba cierta paz hablarle a Harvey y al cielo, y pensar que el pequeño lo perdonaba por no haber sido el padre que debía. Lo había amado, lo había amado muchísimo y había tratado de ser un buen padre, cariñoso y presente, pero de algún modo sentía que le había fallado. De no haber sido por él y sus errores, por la forma en que había tratado a su madre, su hijo podría haber tenido una familia de verdad. Nunca podría perdonarse por eso.
Se encerró en su despacho e intentó enfocarse en el trabajo, pero no logró concentrarse, al igual que le había ocurrido en la última semana.
Se levantó de la silla y buscó una botella de whisky en el mueble. Se sirvió un vaso lleno casi hasta el borde y se lo llevó a los labios.
Embriagarse no servía para olvidar o sentirse mejor, pero de todas maneras se había emborrachado más de una vez en los últimos días hasta casi perder la razón cuando Ashleigh rechazaba sus cuidados y seguía llorando en la cama bajo las sábanas.
Pero ese día, se limitó a un vaso. Abandonó la bebida pensando en que quizá su esposa se sentía mejor y no quería estropearlo estando ebrio en plena mañana.
Miró por la ventana hacia fuera, donde el sol brillaba en lo alto como pocas veces en Inglaterra. Un día como ese era un privilegio y uno de los favoritos de su hijo, a quien le encantaba jugar en el jardín y pasear en su poni.
Se llevó una mano al cuello cuando sintió que la garganta se le cerraba, y un sonido proveniente de la puerta lo distrajo. Se volvió y se encontró con Ashleigh de pie observándolo en silencio.
—Oh, cariño, ¿cuánto tiempo llevas allí?
Ella mantuvo su expresión triste de siempre y lo miró con los ojos vacíos.
—Acabo de llegar. Necesito hablar contigo.
No perdió tiempo en acercarse a ella y tomarla de la mano para invitarla a sentarse. Cuando tomaron asiento en el sofá de dos cuerpos, continuó con una mano entre la suyas, viéndose incapaz de soltarla.
—¿Cómo te sientes? ¿Necesitas algo?
Ella negó con la cabeza.
—He venido a decirte que me marcharé mañana por la mañana.
Regresaré a mi casa.
Aturdido, Parker parpadeó.
—¿Irte? ¿Por qué vas a marcharte? ¿Quieres regresar a Londres? No tienes que hacerlo sola, yo te acompañaré. Arreglaré todo aquí y…
Ella negó con la cabeza, interrumpiéndolo:
—No voy a Londres. Voy a la casa de mi madre.
El conde no supo qué decir. Ash se mostraba fría y apagada, hablando con un tono que no denotaba ninguna emoción.
—Pero… —balbuceó— ¿por qué?
—Porque es mi casa, y es donde debo estar —respondió ella como si fuera obvio—. Ya no hay nada que me retenga aquí, a tu lado.
Él empezó a desesperarse. La idea de perderla a ella también era simplemente devastadora.
—No puedes irte, Ashleigh —rogó, tomándola de ambas manos—. Nos necesitamos. Hemos perdido a nuestro hijo, pero aún nos tenemos mutuamente. Ash, yo te quiero.
Ella se soltó de sus manos y se puso de pie.
—Volvimos a vivir juntos porque Harvey nos necesitaba —musitó sin mirarlo—. Ahora él ya no está.
Parker también se levantó del sofá.
—Creí que estábamos arreglando las cosas. Pensé que estábamos retomando nuestra relación, que me habías perdonado. Podemos hacer que
funcione, sé que sí. Tenemos que luchar.
—Yo ya no tengo nada por lo que luchar —declaró ella muy despacio, casi en un susurro—. Lo siento, Parker. Voy a marcharme mañana, solo quería que lo supieras.
«No», pensó Parker. No podía dejarlo, no iba a soportar perderla a ella también. Había estado solo demasiado tiempo, siempre abandonado por los que quería, por unos padres que lo habían dejado a un lado desde el momento en que nació. Ahora que conocía lo que era tener una familia, no iba a darse por vencido cuando se trataba de conservarla.
Cayó de rodillas frente a ella, con el mismo sentimiento de impotencia que había sentido al ver a su hijo en sus últimos momentos de vida, y se abrazó a sus piernas apoyando la cabeza en su abdomen.
—Por favor, Ash. Por favor, no te vayas. Voy a hacer lo que sea por verte feliz de nuevo, vamos a superar esto juntos. Te lo juro por mi vida.
Ella no lo tocó.
—No creo… no creo que pueda hacerlo. Nosotros nunca debimos estar juntos, y lo único que nos unía ya no está presente.
Parker apretó los ojos sintiendo el picor de las lágrimas.
—Yo sé que te hice daño y lo lamento con mi vida. Voy a pasar el resto de mis días demostrándotelo y compensándotelo.
Ashleigh empujó sus brazos para liberarse de su agarre y él no tuvo más remedio que soltarla. Nunca haría nada en contra de su voluntad.
Con los brazos caídos a los costados, alzó la cabeza y la miró a la cara.
Ella observaba la puerta.
—Ashleigh… Por favor… —rogó.
La joven condesa arrugó los laterales de su vestido tomándolo con los puños cerrados.
—No puedo, no puedo hacerlo. Lo siento.
Y con eso, pasó a su lado y salió de la habitación.
Ashleigh se había marchado.
Lo había abandonado y él no había sido capaz de detenerla.
Había tratado de razonar con ella, le había rogado que no se fuera mientras sus baúles eran cargados en un carruaje, pero su esposa se había mantenido firme en su decisión.
Ahora sí lo había perdido todo. Se había quedado solo y todo por culpa de sus malditos errores. Arrepentirse no le había servido de nada, no había forma de remediarlo.
Cuando vio el carruaje desaparecer de su vista, el conde se dirigió a la biblioteca y fue directo a la alacena donde guardaba todas sus bebidas.
Llenó un vaso con whisky y lo vació en su garganta en cuestión de segundos. Sintió en el pecho un gran nudo que le impedía respirar y el inconfundible dolor de un corazón roto, que solo había experimentado una vez en su vida: cuando sintió que su hijo exhalaba su último aliento.
Se tiró en el sillón con la botella y el vaso en la mano, pero terminó lanzando este último al suelo y bebiendo directamente de la botella hasta perder el conocimiento horas más tarde.
En esa misma posición lo encontró Emmeline quince días después cuando entró a la biblioteca sin ser anunciada. Había llegado sola, para hacerle compañía a su amiga durante unos días, y había dejado a Joseph y sus hijos en Londres con toda la intención de no provocarle más dolor a Ash paseándose con sus niños ante su mirada.
El mayordomo había intentado retenerla comentándole que la condesa no estaba en la casa y que el conde se hallaba indispuesto, pero la había invitado a tomar el té en la sala mientras decidía si quería quedarse después de todo o marcharse de inmediato.
A ella le había parecido extraño desde el primer momento e insistió hasta que logró sonsacarle la respuesta al estirado mayordomo.
—Y así ha estado la mayor parte del tiempo desde que la condesa se marchó —terminó de explicar mientras miraba con pena al hombre que
yacía dormido en el sofá de la biblioteca—. Solo se ha reunido en dos ocasiones con el administrador y ha ido varias veces a visitar la tumba de su hijo. Casi no come y se pasa el tiempo encerrado aquí, bebiendo.
Emmie suspiró. Había esperado encontrarse con un panorama desolador al llegar a la casa, pero, sin duda, no de tal magnitud.
¿Por qué se había marchado Ashleigh? Tal vez le resultase demasiado doloroso seguir en esa casa.
Ella no sabía cómo se enfrentaría al fatídico hecho de perder a un hijo, era algo inimaginable, pero jamás respondería alejándose de Joseph.
Aunque quizá ese era el problema, su matrimonio era muy distinto al de su amiga.
Se acercó a Parker y lo tocó en el hombro.
—Parker, querido, despierta —dijo en voz baja para no asustarlo. Pero no obtuvo respuesta alguna, así que repitió sus palabras con mayor volumen.
Nada.
No era de extrañar, estaba como una cuba.
Se acomodó inclinándose hacia él y lo tomó por los hombros para sacudirlo.
—¡Despierta, Parker! Tienes que despertarte.
Después de unos segundos, él parpadeó y ella dejó de moverlo.
—¿Ashleigh? —murmuró aún adormilado y a Emmie se le encogió el corazón.
—Soy yo, querido, Emmie —respondió tomándole una mano—. Vamos, levántate.
Él abrió los ojos y tardó un momento en acostumbrar la vista a la tenue luz de la biblioteca.
—¿Emmie? ¿Qué haces aquí?
—Vine a ver cómo estabais. Parece que llegué en el momento justo, si llego a tardar más, ibas a terminar muriendo por inanición y embriaguez.
Dándose cuenta de su posición, se movió —con lentitud, porque todo le
daba vueltas—, hasta quedar sentado en el sofá. Cuando le hizo un sitio, ella aprovechó y se sentó a su lado.
El mayordomo carraspeó y Emmeline tomó el control y lo despachó diciendo que lo llamarían si lo necesitaban.
—Se fue —soltó Parker cuando Emmie se volvió hacia él—. Se ha ido, Emmeline. Le rogué que se quedara, se lo pedí de rodillas, pero no puede perdonarme. Ahora que Harvey no está, ya no quiere nada conmigo.
Ella se quedó sin palabras, cosa que rara vez le ocurría. Estaba desconcertada.
Sentía lástima por su amigo, le dolía verlo en ese estado.
Em solo podía esforzarse por comprenderlo. Su hijo estaba muerto ¡por todos los santos!
No era que pensara que Ash no estaba igual o peor, por supuesto. Pero en ese momento le costaba pensar en alguien más que no fuese el ser humano que tenía a su lado.
—Creo que tienes que darte un baño y descansar. ¿Necesitas ayuda para llegar a tu cuarto? Yo creo que sí. Si me esperas un momento, tocaré la campanilla para pedir a unos lacayos que te ayuden.
Ella intentó ponerse de pie, pero él le tomó una mano.
—Nunca va a perdonarme, ¿verdad? Dímelo, tú tienes que saberlo.
La marquesa volvió a suspirar.
—No lo sé, querido. Nada me gustaría más que todo estuviera bien entre vosotros.
El conde dejó caer la cabeza entre sus manos y ella le palmeó con suavidad en la espalda. Parker no estaba llorando, no de forma visible, pero Emmeline sabía que su corazón estaba hundido en un mar de lágrimas.
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